1. Introducción
En el presente artículo1 se reflexiona acerca del modo en que la intelectualidad latinoamericana procesó la derrota de la Unidad Popular tras el golpe de Estado de Augusto Pinochet en 1973. La pregunta de investigación emergió del caso estudiado en una tesis doctoral propia referido a la producción intelectual de Carlos Matus. Este economista chileno fue presidente de la Compañía de Acero del Pacífico, ministro de Economía y presidente del Banco Central de Chile durante el gobierno de Salvador Allende. Son tres las preguntas que orientan este trabajo: ¿qué relación existe entre el balance de la derrota presentado por Matus a lo largo de sus escritos y otros ejercicios autocríticos similares provenientes de la intelectualidad latinoamericana?, ¿cuáles son los aspectos teóricos y políticos en los que estos ejercicios críticos se concentran y cuáles se relegan?, ¿qué lecturas podemos proponer hoy sobre esos balances? La hipótesis que se verifica a lo largo del texto remite a la existencia de dos miradas diferentes sobre lo acontecido en Chile: una, que tiene entre sus exponentes a Matus, se concentró en los errores cometidos por la dirigencia popular; la otra se enfoca en el accionar de la derecha chilena con el apoyo del imperialismo norteamericano, decidido a poner fin al proceso de cambio desatado en 1970. La primera lectura es la más extendida luego de la segunda mitad de la década de 1980, y ha arrastrado consigo diversos desplazamientos teóricos de los que daremos cuenta en lo que sigue.
La exposición se organiza en cuatro secciones. La primera está dedicada a la “autocrítica” elaborada por Matus, e interrogaremos qué aspectos críticos convoca, así como el ethos o la tonalidad específica que reviste. Veremos que esta autocrítica se centra en lo que Matus denomina capacidades de gobierno, forjando un cierto modo de leer e interrogar la derrota del proyecto popular. La segunda se detiene en otras perspectivas esbozadas por figuras como Norbert Lechner, Ruy Mauro Marini, René Zavaleta Mercado, Agustín Cueva, Pedro Vuskovic y Gonzalo Martner. Aunque todos ellos coinciden en observar la presencia de dos estrategias al interior de la Unidad Popular, y en señalar las dificultades vinculadas a la relación entre los avances económicos y la acumulación de legitimidad política, también establecen que la derrota no se explica tanto por estos problemas, sino más bien por la determinación del enemigo para sofocar la revolución. En la tercera sección se aborda un conjunto de reflexiones teóricas acerca de la relación entre la tópica marxiana base/superestructura y los problemas que plantea la transición al socialismo. En este punto, quedará señalado que el propio Matus, en Planificación de situaciones (1980), propone afinidades con dichas consideraciones, que tenderán a desaparecer de su producción posterior. En el cuarto apartado se indagará de nuevo en la autocrítica matusiana respecto a sus costos en términos críticos partiendo de dos interrogantes: aquél que denominamos trágico, dirigido a los errores del pasado, y el que llamamos político, por la viabilidad futura de una estrategia. Se plantea entonces que, tras el olvido de la lectura alternativa sobre la derrota, la primera pregunta tenderá a condensar toda la atención y a desplazar a la segunda. Por último, se proponen las conclusiones y aristas por las cuales esta investigación podría continuar.
Antes de comenzar con el desarrollo, se ofrece en breve la perspectiva teórico-metodológica que orientó este ejercicio. Se ha tomado como base el análisis del discurso francés para el trabajo con documentos, el cual considera los textos como resultado de prácticas materiales antes que como transmisores de “ideas” (Aguilar et al., 2014; Foucault, 2008). Ello implica que todo texto se encuentra siempre atravesado por elementos que remiten a otros textos y conforman su exterior constitutivo. Los modos en que se inscriben otras voces en el discurso representan una negociación con su heterogeneidad constitutiva, con aquel Otro que habla en él sin que su “autor” lo advierta (Authier-Revuz, 1984; Pêcheux, 2017). Es decir, que la manera en que el autor dispone y delimita otras voces son formas de lidiar con la polifonía que atraviesa aquella voz que reclama como propia. Por tanto, un análisis de este tipo se concentra en detectar las marcas textuales de dicha polifonía, que pueden ser leídas como síntomas ideológicos (Grüner, 2021). Sin embargo, por razones de espacio no se consideran aquí las trayectorias, instituciones, redes y otras “prácticas no discursivas” con las que los discursos se imbrican, punto que se deja para futuras indagaciones.
2. Punto de partida: la autocrítica
La labor de Carlos Matus comenzó en el seno de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) a mediados de los años sesenta. Desde 1970 formó parte del equipo económico de la Unidad Popular con altos cargos ejecutivos y, con posterioridad al golpe de Pinochet, fue encarcelado en isla Dawson y luego en Ritoque. Partió exiliado a Caracas en 1976, acogido por el Centro de Estudios para el Desarrollo (CENDES), donde vivió hasta 1998. Se trata de un autor conocido por desarrollar los principios teórico-metodológicos de la planificación estratégica situacional, referencia fundamental para los estudios vinculados a la planificación pública y el accionar estatal (entre las más destacadas: Bernazza, 2006; Bernazza & Longo, 2014; Spinelli, 2012, 2019). Su distinción entre planificación normativa y planificación estratégica es una de las que aparece con más recurrencia en la bibliografía. Mientras que la primera consiste en un procedimiento tecnocrático que asimila el plan a una “norma”, la segunda considera especialmente el problema de la viabilidad política. Entre sus aportes también destaca el concepto de triángulo de gobierno, figura ideada con el fin de ilustrar que la tarea de gobierno precisa considerar tanto el proyecto como la gobernabilidad del sistema y las capacidades de gobierno; estas últimas son lo que crecientemente concentra la atención sobre Matus.
Suele afirmarse que los desarrollos teóricos y metodológicos de Matus comenzaron como un proceso de autocrítica a la experiencia del gobierno de la Unidad Popular y su derrota. En efecto, en una entrevista el autor afirmó: “[...] llevo por el resto de mi vida la experiencia de Chile con Allende, y no hay noche que no reflexione sobre mis errores. Mis teorías han surgido especialmente como una fuerte autocrítica” (Matus, en Zeran, 1998, p. 16). En 1987 publicó la primera edición de Adiós, Señor Presidente, libro que comienza con una carta dirigida a “Su Excelencia”, figura en la que se supone (aunque el texto no lo nombra) a Salvador Allende. Para presentar dicha autocrítica, proponemos el siguiente recorte:
Usted, señor presidente, no pudo prepararse para gobernar como el Príncipe del Renacimiento [...] Usted supo que gobernar es una tarea dura, mucho más compleja y de naturaleza distinta a la de ganar elecciones. Usted constató que estábamos impreparados para gobernar [...Hoy] vivimos entre dos grandes confusiones que aisladas son costosas y juntas son nefastas. La primera apunta a la crisis de las ideologías. La segunda a la pobreza de los métodos de gobierno [...] En esta obra, señor presidente, yo me preocupo de la segunda confusión, no porque sea más importante, sino porque tuve miedo ante la complejidad de la primera. Estoy consciente de que he dejado de lado lo sustantivo y concentré mi atención en lo adjetivo, pero puedo argumentar que por fallar en lo adjetivo muchas buenas y malas intenciones se van al infierno de la ineficacia y el caos [...] Un amigo común me dijo al leer este manuscrito: ahora quizá sé cómo gobernar, pero estoy seguro de que no sé para dónde, para qué gobernar. Yo le respondí: eso es un gran avance; antes estabas demasiado seguro de tu ideología y de tu proyecto, y demasiado ignorante de los métodos de gobierno (Matus, 2014, pp. 11-13. Énfasis propio).
Se ve cuál es el tono, el ethos (Maingueneau, 2002) que impregna aquella carta; cuál es la escena imaginaria a la que nos convoca. El autor de este texto se proyecta como quien humildemente extrae aprendizajes de una experiencia no obstante muy vasta. Anuncia que se ocupará de los “métodos de gobierno”, pues quienes condujeron la Unidad Popular estaban “impreparados” para gobernar. Con el fin de no extender demasiado la cita textual, hemos quitado otros fragmentos que referían al “heroísmo”, “valor” y “lealtad” de Allende, así como al “afecto” que inspiraba y el “gran honor” que significaron “sus enseñanzas”. Ellos contribuyen a un ethos de profunda admiración, de quien escribe con gran afecto pero también, como puede leerse en el fragmento anterior, con cierto pesar o melancolía.
Este recorte muestra el modo en que buscamos interrogar la autocrítica matusiana: aquí se elabora la derrota de la Unidad Popular concentrándose en los errores propios, producto del desconocimiento del “buen gobierno”. De la falta de virtú, diríamos en el lenguaje de Nicolás Maquiavelo. Sobre la base de esta figura de la autocrítica se ha construido una narrativa2 acerca de la trayectoria de Matus que suele repetirse en sus lectores contemporáneos bajo la forma de lo ya-sabido, de la evidencia (Pêcheux, 2017). Se sostiene así que sus elaboraciones en materia de planificación son producto de la derrota, un reconocimiento de que se subestimó el accionar de otros actores sociales y políticos en la conducción del gobierno.3
Ahora bien, en el párrafo citado quedaron señaladas en itálicas algunas marcas de polifonía que introducen otras voces en esta carta. Encontramos en primer lugar el fragmento en el que anuncia que dejará de lado lo “sustantivo” por el “miedo” que le provoca su “complejidad”, seguido de un pero que lo posiciona del lado contrario: el de quien conoce la importancia de no “fallar en lo adjetivo”. Aparece también la voz de aquel “amigo común” que le dice que su trabajo permite entender cómo pero no para qué gobernar. Y la voz principal responde con dureza: el amigo es “demasiado ignorante” de los métodos. Son marcas que suelen descuidarse en las lecturas contemporáneas. Algo similar sucede con el vaivén en el sugerente título del libro: Adiós, Señor Presidente. Matus convoca a Allende en un tiempo en que no pocos querrían olvidarlo, pero sin embargo... ¡le dice adiós! Podemos establecer un paralelismo entre esta despedida y el pedido del Hamlet de William Shakespeare al espectro de su padre: rest, rest, perturbèd spirit (descansa, descansa, espíritu perturbado). Eduardo Rinesi (2019) se detiene en este pedido del príncipe y juega, también, con la familiaridad entre rest y resto, entre el descanso (rest, en inglés) y los restos que son llamados a descansar. Hay entonces una disposición en Matus a nombrar lo que, movedizo, se resiste a restar. Pero, al mismo tiempo, ese Señor Presidente está precedido por un “adiós” que parece querer que el espectro se retire. “¡Que se quede ahí y no se mueva ya!”, diría aquel arduo pensador de lo espectral que fue Jacques Derrida (1995, p. 23). Adiós, Señor Presidente, descanse. Comenzaremos ahora a desarrollar los métodos de gobierno, ¡ojalá los hubiéramos tenido en el pasado! Ponerlo así puede parecer impiadoso y, en cierto sentido, lo es. Pero no estamos tratando de impartir juicios sino de mostrar con claridad una ambivalencia. El ex ministro de la Unidad Popular conjura a Allende, lo convoca a conversar. Y el Señor Presidente lo asedia, lo perturba, marcando la polifonía que impregna aquella carta.
Siguiendo la teoría del discurso de Michel Pêcheux (2017), advertimos que la eficacia de la ideología tiene su base en las estructuras de la lengua. Sobre la base lingüística se erige el proceso discursivo y, más precisamente, la forma metonímica de articulación discursiva que Pêcheux denomina efecto de sostén, uno de los mecanismos por los cuales opera el exterior constitutivo del discurso. ¿No son entonces estas marcas textuales síntomas de que hay algo más sucediendo en este texto, más allá de las intenciones manifiestas del autor? Es preciso notar que es bajo esta misma forma polifónica que funciona el mecanismo ideológico de la Verleugnung o renegación, bajo la lógica de “ya lo sé, pero aun así” (Grüner, 2021). Sé que estoy dejando de lado lo “sustantivo”, dice Matus, pero aun así... Renegación de aquello que es capturado, arrojado a un costado, siempre fuera de la voz principal, siempre antes del “pero”. Leída por Eduardo Grüner (2010, 2021), esta lógica fetichista es el mecanismo ideológico por excelencia: la sustitución del todo por la parte. Un discurso que se presenta como totalidad completa, desconociendo su parte renegada y, por tanto, desconociendo el proceso de producción del cual él mismo resulta presentándose como el todo. Siguiendo esta pista, podríamos pensar que lo que en Matus leemos antes del “pero”, esa otra voz que advierte acerca de la “crisis de las ideologías”, que observa cierto exceso en “lo adjetivo” en desmedro del sustantivo para qué gobernar, esa otra voz es la que está siendo renegada, desmentida, repudiada.
Lo que se forja en esta autocrítica es entonces una cierta lectura acerca de la derrota, que parece presentarse como la única posible: el “error” fue la desconsideración del adversario en la propia estrategia, o bien una mala apreciación de la correlación de fuerzas, es decir, de la relación entre la fuerza propia y la del adversario. Veremos en nuestro próximo apartado que hubo otras lecturas que difieren considerablemente.
3. Lecturas alternativas acerca de la derrota
En un texto escrito en diciembre de 1972, Norbert Lechner señalaba la ausencia de una teoría del derecho y del Estado que permitiera arrojar luz sobre el proceso chileno. Allí, el autor observaba que los éxitos económicos del programa llevado adelante por Pedro Vuskovic no se habían traducido en éxito político, lo que arrojaba dos tareas complementarias: la tarea teórica de repensar la relación economía/política en los procesos de transición y la tarea política de construir una potente movilización de masas. En esta difícil encrucijada, el proyecto estaba asediado por dos peligros. Por un lado, el “oportunismo de la ultraizquierda”, que confundía “interés de clase con política de partido” y planteaba “un antagonismo falso (porque no mediado) entre las masas y el aparato estatal” (Lechner, 2007, p. 196). Por el otro, el tecnocratismo que, relegando a un plano secundario la lucha de clases, se apoyaba sobre el aparato jurídico-estatal, descuidando la organización popular. Esta perspectiva perdía de vista el carácter necesariamente conflictivo del proceso de transición, homologando la “vía legal” a una “vía pacífica”. Por el contrario, era necesario torcer esa legalidad y forjar una “conciencia jurídica de clase que arrebate a los mandarines el monopolio ético de ‘lo justo’” (Lechner, 2007, p. 207). Para ello, el Estado y el derecho no debían ser entendidos como meros instrumentos que podrían ponerse indistintamente al servicio de una u otra clase, sino como mediaciones que debían ser transformadas para la consolidación del proceso revolucionario. Lo que parecía estar sucediendo en Chile en el momento en que el autor escribía era lo contrario: “apoyándose en el aparato estatal y el sistema jurídico vigentes, las organizaciones populares despolitizan la lucha de masas y, a la inversa, la desmovilización de las masas refuerza la estructura jurídico-institucional existente” (Lechner, 2007, p. 206).
Una cuestión similar fue señalada por Ruy Mauro Marini pocos meses antes de producirse el golpe militar: la legitimidad del gobierno no debía basarse en la legalidad burguesa, sino en la organización masiva del pueblo. Aunque su concepción acerca del Estado tendía más bien a homologarlo a un instrumento, a diferencia de la lectura de Lechner (Tzeiman, 2021), Marini coincidía en señalar que era en el terreno político donde se jugaba la suerte de la Unidad Popular: “el parámetro para evaluar la acción del actual gobierno no es la construcción del socialismo, sino más bien la conquista del poder político” (Marini, 1973, p. 85). Contrario a ello, la conducción se orientaba hacia la búsqueda de apoyos en las clases medias y en las Fuerzas Armadas desde el compromiso con la institucionalidad vigente. Marini fue especialmente crítico de la política económica aplicada por Carlos Matus, que por sustentarse en mecanismos de mercado expresaba una “perspectiva tecnocrática” (Marini & Sepúlveda, 1973, p. 115). Un año más tarde, ya producido el golpe militar, dicho autor reiteraba esta crítica (Marini, 1974a). Asimismo, en este último artículo, presentaba la tesis de la existencia de dos estrategias en el proceso chileno4 que no se relacionaban con la determinación del enemigo, sino con la del bloque revolucionario, sus alianzas y mecanismos de control de masas. El “problema de fondo” era “¿cómo se logra y cómo se mide una correlación favorable de fuerzas?” (Marini, 1974a, p. 42). Su posición es clara: fue la victoria de una estrategia proclive a las concesiones, más bien tendiente al reformismo, lo que debilitó al gobierno ―cuestión debatida en Marini (1974b)―. Así, en la puja por la conducción de la Unidad Popular, la estrategia victoriosa fue la proclive a la moderación. No obstante esta debilidad, en la visión de este autor el golpe militar no se explicaba tanto por ello sino por la acción decisiva del enemigo: “¿Por qué, entonces, el golpe? Porque sólo él permitiría zanjar la crisis del sistema de dominación en beneficio del gran capital nacional y extranjero” (Marini, 1974a, p. 38).
Mientras que para Marini el problema consistía en que el gobierno se había apoyado en el Estado en vez de procurar su destrucción, Lechner planteaba que esta destrucción no podía realizarse sino por medio de una transformación. En sentido similar, René Zavaleta Mercado decía que la destrucción del Estado no implicaba la del aparato, sino de “la ideología del Estado, o grado hegemónico”, es decir, “un reemplazo ideológico” (Zavaleta Mercado, 1986, pp. 89-90). Pero eso no ocurrió en Chile. En cualquier caso, estos diagnósticos coincidían en señalar que el elemento decisivo estuvo en el nivel de la batalla político-ideológica. A ellos se puede sumar la lectura de Agustín Cueva, quien indicaba que el aislamiento del enemigo en el plano económico era insuficiente para consolidar la victoria y que se necesitaba avanzar en el plano político sin recostarse en la institucionalidad vigente: “lo esencial del problema nunca se ubicó a nivel de las reglas formales de juego, sino en la correlación de fuerzas (estructura de poder) de la que el tejido institucional existente no era más que una expresión superestructural” (Cueva, 1979a, p. 109). Puesto que las instituciones estaban atravesadas por la lucha de clases, era preciso abandonar las “ilusiones legalistas” y comprender cuál era el “problema fundamental: el del poder” (Cueva, 1979a, p. 117). En este sentido, los errores de la conducción tenían que ver con una subestimación de la importancia de la lucha ideológica, de la organización y movilización de masas. A su vez, por la izquierda amenazaba el “ultraizquierdismo”, cuyo problema era que había sostenido una equivocada caracterización del gobierno “cuando ya se necesitaba ser ciego para no ver (aunque sólo fuese por las reacciones del enemigo) qué intereses de clase representaba el gobierno de Allende” (Cueva, 1979a, p. 124). No había duda para Cueva de que el gobierno avanzaba en dirección hacia la construcción del socialismo, cuestión advertida por la propia burguesía y el imperialismo. El problema entonces era cómo torcer la correlación de fuerzas en favor de las clases populares.
Por último, vale incorporar aquí la reflexión de otros altos funcionarios del gobierno, compañeros de Matus desde los tiempos de la CEPAL. Un año después del golpe militar, Pedro Vuskovic, el ex ministro de Economía, advertía que el programa económico de la Unidad Popular “estaba llamado a desenvolverse en los marcos de una lucha política cada vez más aguda” y que su derrota no podía “interpretarse como prueba de que el proyecto político y el programa de la Unidad Popular no fuesen viables” (Vuskovic, 1974, pp. 153-154). Desde su punto de vista, al afectar poderosos intereses económicos, era necesario también doblegar el poder político de quienes los sustentaban. A su vez, la agudización de la lucha de clases volvía difusos los límites entre política y economía, o más bien, ponía la primera al frente de la segunda: “la economía se constituye entonces, ante todo, en otro escenario de la lucha política” (Vuskovic & Aceituno, 1982, p. 12). Así, la “transición al socialismo” se caracterizaba por un predominio de las “motivaciones políticas” por sobre la “decisión económica”. Por un lado, porque la burguesía tendía a unificarse en una contraofensiva que operaba a través del sabotaje del mismo campo económico con fines a políticos.5 Por otro, porque el apoyo popular no se obtendría únicamente con “estímulos materiales”, sino también con “incentivos morales”. En otras palabras: no alcanzaba con favorecer el consumo, este debía acompañarse de una intensa lucha ideológica, participación y política de masas. Por supuesto, esta necesidad no siempre era “compatible” con contribuir a la “política de alianzas”. Se requería gran sensibilidad y decisión política para entender hasta dónde y a qué velocidad podía avanzarse en el terreno económico sin que peligrara la consolidación del poder político. Esa relación no podía tomarse en modo alguno como algo dado, sino que era un problema a descifrar:
En una apreciación superficial, pareciera obvia la vigencia de una relación lineal y directa: mientras más débil la situación de poder político, más pausada y cautelosa la velocidad que se imprima a las transformaciones, de modo que se gane el tiempo necesario para “acumular fuerzas” antes de emprender nuevos avances. Pero hay que reconocer también una lógica en la proposición contraria: la propia debilidad de la situación de poder político obliga a un avance rápido y continuo, que ayude a mejorar la correlación de fuerzas con ese doble efecto de ganar respaldo político y debilitar la sustentación económica de las fuerzas adversas (Vuskovic & Aceituno, 1982, pp. 25-26).
De alguna manera quedaban allí ilustradas las dos estrategias de las que hablaba Marini y que se sintetizan en dos fórmulas: frenar y consolidar o “avanzar sin transar”, como rezaba la consigna de la época. Enhebrado con ellas, se vislumbra el problema teórico de la relación entre economía y política. Vuskovic no parecía tomar partido por una u otra estrategia, pero sí señalaba que esa elección nada tenía de evidente, sino que debía evaluarse en cada coyuntura. Por su parte, el ex ministro de Planificación, Gonzalo Martner, recogió estas preocupaciones en un texto publicado en la década de 1980. Exiliado en Austria, comparaba lo sucedido en el gobierno de la Unidad Popular con el caso del país que lo acogía:
El problema de la velocidad de la transición seguirá siendo debatido. Algunos han dicho que el principal error de Allende fue “ir muy rápidamente”, es decir que su gobierno actuó con gran velocidad e hirió intereses externos (empresas transnacionales) y también internos (reforma agraria, estratificaciones, etcétera). Al escribir este artículo en Viena he tenido la oportunidad de realizar comparaciones. El gobierno de Karl Renner y los socialistas “no anduvieron rápidamente”; se demoraron muchos años introduciendo reformas graduales; no pudieron ni aún así conquistar a las “clases medias” las cuales se plegaron a la burguesía y el país enfrentó la guerra civil en 1934 y la incertidumbre hasta 1938 (Martner, 1984, p. 798).
Así, el avance gradual que buscaba el austromarxismo no lo dejó a salvo de la derrota. Por otra parte, aunque se posicionaba a sí mismo en el “ala gradualista”, Martner coincidía con Marini en sus críticas a la política económica desplegada por Matus. Su artículo incluía una anécdota en la que él y Matus habían discutido durante una reunión con Allende de la cual tuvo que retirarse derrotado y “con sabor amargo”. Curiosamente, Martner y Vuskovic suelen ser presentados como exponentes de la vertiente más decidida a avanzar con las transformaciones en el terreno económico. El esfuerzo del primero en este artículo era, contrario a ello, demostrar que la estrategia había sido “gradualista” desde el comienzo. Su caracterización resulta, en este punto, bien distinta a la de Marini. No obstante, Martner no vacilaba en señalar como equivocada la posición que responsabilizaba a la izquierda por el golpe o exageraba el peso de los errores en el desenlace final: “la derrota de la experiencia chilena fue esencialmente provocada por sus enemigos de fuera y de dentro del país” (Martner, 1984, pp. 802-803).
Recapitulando, las reflexiones que consideramos en esta sección abarcan un periodo que va desde 1972 con Marini hasta mediados de los años ochenta con Martner. Precisemos ahora qué es lo que nos interesa rescatar de ellas. En primer lugar, resulta clara la referencia en todos los textos a lo que en palabras de Marini se nombra como dos estrategias: una más proclive a avances graduales, realizar concesiones y apoyarse en la institucionalidad vigente; otra más decidida al enfrentamiento abierto y la transformación del Estado a partir de la movilización de masas. Sea para lograr un acercamiento a los sectores medios y a la Democracia Cristiana, o bien una potente organización de masas bajo la hegemonía proletaria, los diagnósticos coinciden en que la suerte del gobierno se jugaba en el terreno político-ideológico. No obstante, en este cuerpo de materiales es claro que los errores propios no se ponderan por sobre la acción decidida del enemigo en la consecución de la derrota. Al contrario, se enfatiza la estrategia del gran capital de utilizar el sabotaje económico para arrastrar tras de sí a las clases medias. Por último, atravesando todas estas consideraciones, encontramos un problema teórico: el de pensar las relaciones entre política y economía en los procesos de transición al socialismo. A esto último nos abocaremos en la próxima sección.
4. Tópica y transición: un legado teórico renegado
Pocos años después del golpe militar, Lechner avanzaba sobre un programa teórico que permitiera entender la naturaleza del Estado en relación con el proceso capitalista de producción.6 Concibiendo al Estado como forma, abstracción general o mediación, intentaba despejar la noción que lo identificaba a un garante principalmente coercitivo y lo proponía como instancia organizadora del sentido del orden:
El Estado burgués aparece como “lógicamente posterior” a las relaciones capitalistas de producción, como un garante externo del modo de producción capitalista. Ello implica no reconocer el proceso social como una totalidad. De ahí que se estudie el Estado como un poder autónomo que “interviene” en la esfera económica y no como un momento co-constitutivo de las relaciones capitalistas de producción. Olvidando que las condiciones materiales de producción son a la vez las condiciones sociales de vida, se restringe el capitalismo (y el socialismo) a la estructura económica (Lechner, 2012, p. 360. Énfasis nuestro).
A continuación, retomaba con otro nombre un problema que ya había planteado en el texto de 1972: la consecuencia política de concebir al Estado como exterior “se traduce en una oscilación oportunista entre un realismo (economicista) aferrado a la ‘intervención estatal’ y una utopía (voluntarista) de la extinción del Estado” (Lechner, 2012, p. 360). Así, un problema teórico en la comprensión de la relación economía/política era el correlato de un problema político, que a su vez alimentaba la división especular en dos estrategias que privilegian uno u otro polo de dicha unidad. En este aspecto, la mirada de Lechner resulta quizá la más sagaz de las que venimos recuperando, puesto que él, antes que ubicarse a uno u otro lado de la división, procuraba pensar justo en el punto ciego que ella expresa, desde el problema que plantea.
En la cita previa, destacamos en itálicas las metáforas con que el autor intentaba pensar la totalidad de modo tal que sus esferas no resultan exteriores/anteriores unas de otras. Así, la política no podía ser subsumida bajo la economía sino que, por el contrario, ambas esferas debían entenderse como coconstitutivas. Sus reflexiones se parecen a las que pocos años antes había producido Louis Althusser (2015), señalando la necesidad de revisar la tópica materialista de modo que la unidad resulte un problema a ser pensado.7 Asimismo, encontramos una resonancia entre este modo de pensar la totalidad y las reflexiones de René Zavaleta Mercado:
[...] la falacia de suponer que la economía existe antes y la superestructura después o, al menos, que una y otra existen por separado, aunque la una determinada por la otra [...] Pero la simultaneidad de la base y la superestructura es el hecho central del conocimiento social (porque en el capitalismo no existe una parte desintegrada de la otra, así como los individuos no pueden existir para sí mismos), o sea que la sociedad existe aquí como una totalidad orgánica (Zavaleta Mercado, 2009, p. 80. Énfasis nuestro).
La aparición del Estado es con todo a lo Jano porque es el único que comparte la internidad de la sociedad, y es a la vez la externidad a ella [...] La manera abigarrada que tienen las cosas al entrelazarse propone por sí misma el concepto de ecuación social o sistema político, que es una de las acepciones que daba Gramsci al bloque histórico: el grado en que la sociedad existe hacia el Estado, y lo inverso, pero también las formas de su separación o extrañamiento (Zavaleta Mercado, 1986, pp. 84-86. Énfasis nuestro).
Internidad y externidad, modos abigarrados de entrelazarse, de entrecruzarse, intentos por pensar la complejidad de una tópica que no responde a la espacialidad simple del “círculo” dibujado en un papel.8 Por último, observamos un planteo similar en un texto de Agustín Cueva:
Hay, pues, un problema en el tratamiento de la relación externo-interno que, a nuestro juicio, no ha sido adecuadamente resuelto por la teoría de la dependencia. De hecho, ésta parece oscilar entre una práctica en la que la determinación ocurre siempre en sentido único (lo que sucede en el país dependiente es el resultado mecánico de lo que ocurre en la metrópoli), y una “solución” teórica que es estrictamente sofística y no dialéctica: no hay, se dice, diferencia alguna entre lo externo y lo interno, puesto que el colonialismo y el imperialismo actúan dentro del país colonizado o dependiente. Esto último es cierto, ya que de otro modo se trataría de elementos no pertinentes, ajenos simplemente al objeto de estudio; pero hay un sofisma en la medida en que de esa premisa verdadera se derive una conclusión que ya no lo es: ese “estar adentro” no anula la dimensión externa del colonialismo o el imperialismo, sino más bien la plantea en toda su tirantez (Cueva, 1979b, p. 33. Énfasis nuestro).
El problema que intentaba pensar Cueva no era el de la relación base/superestructura, sociedad/Estado o economía/política, sino la relación centro/periferia. Pero en cierto sentido se trata de un mismo problema: pensar la totalidad en tanto unidad determinada y la relación entre sus instancias, es decir, pensar la tópica alejándose de la determinación simple, del sentido único o mecánico. En los trabajos de Pêcheux este problema remitía a la reproducción-transformación del modo de producción y se articulaba con el término décalage, también presente en textos de Althusser y Balibar, que puede traducirse como ruptura, desajuste, diferencia, distancia o desplazamiento (Glozman, 2020). Como observa Mara Glozman, el mismo puede referir tanto a la relación entre los distintos niveles estructurales de una formación económico-social como a una relación entre dos discursos. En ambos casos, remite a una brecha cualitativa y desigual entre elementos, a una jerarquía o dominancia. El décalage funciona entonces como refiriendo a una dis-locación del espacio, podríamos decir, como un intento por desimaginarizar la representación más bien intuitiva con que tendemos a pensar las esferas y sus relaciones. En este sentido, los autores que venimos trabajando estaban pensando un mismo y único problema, haciendo abstracción de cuál fuera específicamente la relación a propósito de la cual lo hacían (economía/política, centro/periferia, ciencia/ideología, etc.). Ahora bien, lo que nos interesa destacar es que ello solo puede ser un problema si nos encontramos dentro de una problemática con vocación de pensar la totalidad. Y de pensarla, además, en forma determinada, jerarquizada.
Curiosamente, este asunto fue abordado por Carlos Matus en Planificación de situaciones(1980), libro que comenzó con una serie de borradores escritos durante el confinamiento en isla Dawson y Ritoque:
La situación constituye una unidad o totalidad compleja, y no un simple conjunto de elementos, porque las determinaciones estructurales son desiguales, una es la determinante y cohesionadora de las otras; a su vez, la genosituación es inconcebible sin la fenosituación, es su modo de existir, y sin él, la genosituación tampoco sería una realidad [...] La eficacia de las estructuras está referida al acontecer fenosituacional y la eficacia de la acción fenosituacional está referida a la cohesión de las estructuras. Ninguna contradicción puede pasar de latente a activa (por fuertes que sean las contradicciones) sin la acción fenosituacional, sin la lucha política. La contradicción no puede trascender la fenosituación, o sea expresar su existencia en la intensidad y carácter correspondientes, sin la lucha política (Matus, 1980, pp. 132-134. Énfasis original).
Matus denominaba genosituación al modo de producción como base estructural y fenosituación a su “modo de existir”. Ambas configuraban la situación que, como la cita anterior deja entrever, el autor intentaba pensar a partir de las lecturas althusserianas de Mao y Lenin, cita explícita en el trabajo. Así pues, lejos de ser un “puro fenómeno”, la superestructura era el modo de existir de la base económica y refería a su unidad. Por último, para que la contradicción en la base pudiera expresarse al nivel de la totalidad, era imprescindible la lucha política. Cabe agregar que, en este libro, había un gesto autocrítico pero este no se centraba en la impreparación para gobernar, sino en los problemas de “desfasajes” entre economía y política que traía aparejada la transición. Asimismo, se afirmaba que la victoria de Allende en las elecciones de marzo de 1973 había catapultado la firme decisión del enemigo de eliminar cualquier gesto de rebeldía: “Todas las fuerzas sociales reaccionarias internas, el imperialismo y las fuerzas armadas se unen para derrotar el proyecto de la vía chilena hacia el socialismo” (Matus, 1980, p. 251).
Por razones de espacio, no es posible extendernos en estos desarrollos de Matus.9 Si los hemos mencionado es para observar que, en este libro escrito en prisión y publicado en 1980, relumbran cuestiones que contradicen en gran medida la narrativa construida con posterioridad. En Planificación de situaciones, los esfuerzos se dirigen a conceptualizar la totalidad, precisando cuáles “zonas” serán las decisivas en los periodos de transición, especialmente en el de transición al socialismo. De hecho, el objetivo manifiesto del libro es elaborar “una teoría general de la acción política de clases” (Matus, 1980, p. 19), cuestión que rara vez encontramos advertida en sus lecturas contemporáneas. El Matus de Teoría del juego social, publicado póstumamente, reemplazaría aquel objetivo por la elaboración de una “teoría de la práctica social” o “de la producción en el juego social” (Matus, 2007, pp. 29, 31). En sus escritos posteriores a los años ochenta, la situación será conceptualizada como un espacio social plural en el que conviven conflictivamente una multiplicidad de actores. El marxismo será arrojado al lugar de los desechos, desterrándose tanto el principio de inteligibilidad política de esta perspectiva como la búsqueda teórica por dar cuenta de la totalidad y su reproducción-transformación. No obstante, como hemos visto, en los albores de la derrota todavía intentaba pensar la relación entre política y economía bajo la inscripción marxista. Pero estas valiosas lecciones fueron devoradas, soterradas, renegadas, en pos de otros modos más “plurales” de comprender la realidad. Los escritos de Matus no son los únicos en los que se produce este desplazamiento. Podemos afirmar, basándonos en trabajos recientes (Cortés, 2012, 2014; Giller, 2017, 2020; Tzeiman, 2021), que el abandono del cuerpo teórico marxista y del socialismo como horizonte político se observa en buena parte de la intelectualidad latinoamericana hacia mediados de los años ochenta. Se impone entonces una única visión de la derrota, una sola forma de leerla e interrogarla.
5. Adiós al futuro: autocrítica y temporalidad
Decíamos al comienzo de este artículo que hacia los años ochenta se forjó en Matus una lectura de la derrota que se concentraba en los errores cometidos. Más precisamente, que señalaba la desconsideración de las capacidades del adversario y la sobrevaluación de la fuerza propia. Esa mirada se deja leer en diferentes escritos y, muy especialmente, en Adiós, Señor Presidente. Ahora bien, este modo de pensar la derrota conlleva una pregunta acerca de “la viabilidad de la vía chilena”, según las palabras de Tomás Moulian (1998, p. 74). En otros términos, el interrogante que organiza el desarrollo de la autocrítica puede plantearse así: ¿pudo haberse evitado este desenlace? Pregunta marcada por el deseo imposible de volver el tiempo atrás, al momento anterior de lo que, una vez acontecido, parece demasiado determinado, demasiado necesario como para poder ser evitado. “No obstante, no lo era mientras no ocurría”, dice Horacio González a propósito de otra tragedia (2012, p. 67). Ello supone una segunda pregunta, atada a la anterior: ¿era viable nuestro proyecto? Así la expresaba otro ex ministro de la Unidad Popular:
¿Era absolutamente necesario que las cosas ocurrieran como ocurrieron, y que por lo tanto, en todo caso se iba a producir un golpe militar victorioso? Si la respuesta fuera afirmativa, ello significaría que el proyecto político de la Unidad Popular era esencialmente inviable, y que por lo tanto, cualquiera que hubiera sido la conducta del gobierno, su destino y su derrota estaban ya sellados de antemano. Si la respuesta fuese negativa [...] esa respuesta requiere decir que el proyecto político de la Unidad Popular era en realidad viable (Almeyda, 1978, p. 288).
Elegimos la cita anterior porque permite ver la encerrona a la que conduce la pregunta trágica, orientada al pasado: si no se podía evitar, entonces el proyecto era inviable; si se podía evitar, entonces era posible lo que soñamos y solo basta revisar los errores. La viabilidad del proyecto queda supeditada a lo ya acontecido. Se trata de un desplazamiento al menos curioso, puesto que pocos años antes el término viabilidad no se dirigía al pasado sino al futuro: allí están los esfuerzos de Oscar Varsavsky (1971), así como los plasmados en el modelo mundial latinoamericano (Herrera et al., 2004), para probar la viabilidad de un “estilo de desarrollo” alternativo al impuesto por los países centrales, en el que las necesidades físicas, sociales, culturales y espirituales de todos los seres humanos estuvieran resueltas. El mismo Matus participó en aquellos debates de los años sesenta y setenta, interrogando especialmente el problema de la viabilidad política, es decir, el asunto de lidiar con los apoyos y resistencias que todo proyecto encuentra en su realización (Matus, 1972). Pero, en ellos, la pregunta se dirigía al futuro y, por lo tanto, la viabilidad era un asunto a construir. Después de la derrota, en cambio, ella se dirige al pasado: ¿era viable la “vía chilena”? Para Clodomiro Almeyda, lo era: el desenlace podría haberse evitado si se hubiera librado una fuerte batalla ideológica al interior de las Fuerzas Armadas. Tal fue, desde su punto de vista, el error. Pero debemos señalar que, en su lectura, la pregunta trágica se anuda a la posibilidad de retomar el camino de cara al futuro, lo que la emparenta en cierta forma con aquellas de Lechner, Marini, Zavaleta y Cueva que presentamos más arriba y con lo escrito por el propio Matus en Planificación de situaciones. Había allí un intento por reflexionar sobre los errores, pero esa pregunta se orientaba también al futuro, al interrogante por cómo retomar el camino. Nos estamos refiriendo, claro está, al camino al socialismo. Ese es el horizonte futuro que quedó obturado con el sentido de la autocrítica consolidado hacia mediados de los años ochenta.
No se nos escapa que aquello que englobamos bajo el nombre de autocrítica reconocía una serie de problemas que también estaban en las lecturas alternativas. Así, por ejemplo, Moulian advertía la presencia de dos estrategias opuestas al interior de la Unidad Popular: una más proclive a las concesiones y otra más decidida a avanzar. Su tesis, contraria a la de Marini y los autores restantes, era que la negativa del ala más radicalizada a negociar el proyecto condujo al gobierno a la inmovilidad. Para vencer a la misma, la vertiente más proclive a la negociación tendría que haber reprimido a sus propias fuerzas, tendría que haber sofocado al ala más dura. Pero entonces el mismo proyecto se hubiera desvirtuado. Por eso, la experiencia de la Unidad Popular fue para Moulian una “tragedia” (1998, p. 105). Aun cuando este autor señalaba los peligros de ubicar la derrota en el lugar de una fatalidad necesaria, su reflexión parece conducirnos en tal sentido. Es decir, él partió de aquel diagnóstico que Marini nombraba como “dos estrategias”, pero sus conclusiones fueron por completo diferentes. A continuación ofrecemos una reflexión acerca de este punto.
Mientras que los trabajos que relumbran en los albores de los años ochenta se hicieron desde una preocupación por el futuro de la revolución ―es decir, sosteniendo a esta última como futuro (Giller, 2020)―, la autocrítica se constituyó plenamente en una instancia para evaluar las razones del fracaso. De este modo, la pregunta trágica ―¿pudo haberse evitado?― ha tendido a ocupar el centro de la escena, desplazando a la pregunta por la viabilidad futura del proyecto popular. Si la ideología opera por medio de los mecanismos de condensación y desplazamiento (Grüner, 2021), cabe observar entonces que la autocrítica reconocía una parte del diagnóstico de los restos renegados, pero desplazaba el problema al cual ellos intentaban dar respuesta y, en su lugar, condensaba todo el asunto del lado de la virtú, de las capacidades de gobierno. De este modo, amputaba a la política de su relación con la economía, olvidando que el problema de la lucha política emergía en la problemática marxista como instancia en la totalidad sobredeterminada. Tenemos entonces dos interrogantes: ¿pudo haberse evitado?, pregunta trágica orientada a los errores del pasado; ¿será posible?, pregunta política orientada a la construcción del futuro. Aclaremos, una vez más, no de cualquier futuro sino del proyecto que implicaba una revolución del modo de producción: el fin de la relación de explotación capitalista. El olvido de aquel proyecto condujo a la negación de todo aquello que en política resulta imposible de calcular. La política se obstina en no ser trágica, sostiene una causa perdida y en esa insistencia se juega su sentido porque la tragedia es una posibilidad siempre latente: puede pensarse la mejor de las estrategias y, aun así, fracasar (Rinesi, 2011). El problema de la autocrítica es que, a fin de cuentas, ella se montó sobre la confianza en el sueño tecnocrático de que se podría haber evitado la derrota si se hubiera actuado con una mayor virtú. Pero entonces estamos ante una paradoja: junto a la negación tecnocrática de lo que hay de trágico en la política, la derrota pasa a ser leída como irreversible. Negación de lo que hay de trágico en la política, pero férrea creencia en la inevitabilidad del destino trágico de la revolución. Esto no sucedía en las reflexiones de autores como Lechner, Marini, Zavaleta y Cueva. Para poder edificar la autocrítica sobre la derrota, encima de sus ruinas, sería necesario silenciar todo aquello que se produjo en y desde ella hacia fines de los años setenta y hasta los albores de los ochenta. El precio de aquella operación de condensación y desplazamiento parece haber sido aquel futuro que todavía se sostenía en los escritos que analizamos en la segunda y tercera sección de este artículo y, junto con él, el corpus teórico que permitía proyectarlo y pensarlo. “Obediente a las consecuencias de las acciones, la autocrítica puede desmerecer su defendible e indispensable programa de ajustar las ideas al mundo efectivo, en nombre de cierto ritualismo adaptacionista que la acompaña”, decía Horacio González a propósito de la discusión sobre el “No matarás” y la famosa carta de Oscar del Barco (2006, p. 15). Tal “ritualismo adaptacionista” es lo que hemos intentado problematizar en el presente trabajo, basándonos en los olvidos que la autocrítica arrastró consigo.
6. Conclusiones
A lo largo del presente escrito, intentamos recorrer distintas lecturas acerca de la derrota del proceso chileno. Comenzamos por ubicar una narrativa autocrítica, que identificamos específicamente en Adiós, Señor Presidente de Carlos Matus, en la que se enfatizaban los “errores” cometidos, principalmente la desconsideración del adversario en la propia estrategia. Contrapusimos esta mirada con aquellas de Lechner, Marini, Zavaleta Mercado, Cueva, Vuskovic y Martner, momento en que destacamos que allí el balance crítico se vinculaba a la relación entre economía y política, al tiempo que se enfatizaba el papel del enemigo en la derrota mucho más que los errores propios. Luego, vimos que esta lectura estaba acompañada de una reflexión teórica concerniente a la tópica marxiana y los problemas de la transición. Más precisamente, encontramos en estos intelectuales un esfuerzo por dar cuenta de la totalidad de manera jerarquizada sin descuidar la mutua imbricación entre las instancias. Por último, esbozamos una reflexión acerca de la autocrítica matusiana y propusimos leerla en clave del desplazamiento de la pregunta por el futuro de la revolución.
Para finalizar, nos gustaría sugerir que este trabajo podría profundizarse atendiendo a las lecturas del presente sobre nuevas derrotas. Es habitual en la discusión pública latinoamericana de actualidad la consideración de la “correlación de fuerzas” como límite a la acción política, como un dato del que solo cabe tomar nota y resignarse a avanzar hasta donde ella lo permita. Pero esa necesidad de prudencia no resulta tan evidente cuando recurrimos a los restos de aquella catastrófica derrota de 1973, cuando nos dirigimos a sus escombros humeantes sin dejarnos obnubilar por ella, parafraseando a Álvaro García Linera.10 Así, vimos que no pocos autores consideraron que fue precisamente la moderación lo que debilitó al gobierno y que, más allá de ello, el golpe militar no se explicó tanto por los errores propios sino por la acción decidida de la derecha y el imperialismo. Sin embargo, tras la renegación de este valioso legado, se forjó la evidencia de que fue el sector más radicalizado el que condujo al gobierno a la inmovilidad. Como vimos, hay una paradoja por la cual se afirma la inevitabilidad del destino de los movimientos revolucionarios, al tiempo que se sostiene una fe tecnocrática en las bondades de la virtú para ordenar la acción política. ¿Será posible esbozar una lectura más bien psicoanalítica de lo que mostramos hasta aquí? “He llegado al convencimiento que esa derrota es el nudo inconsciente de toda mi visión de la política”, reza una frase de Moulian (1998, p. 7). Parece que ella reviste el carácter del trauma, de repetición compulsiva de una escena que no termina jamás de retirarse. Nuestra investigación nos convoca, finalmente, a recoger los aportes del psicoanálisis para pensar el problema. Para un nuevo recomienzo, podríamos guiarnos por el recorrido del propio Freud (1992a, 1992b): la elucidación de los “hechos” que darían origen a la escena traumática no es lo relevante, sino la fantasía que opera como escena originaria que se reitera una y otra vez. Traducido a nuestros términos: debemos dirigir la crítica no a lo realmente acontecido sino al imaginario que se ha forjado alrededor suyo. Este trabajo no es un intento por dar cuenta de las razones de la derrota en sí, sino el modo en que esas razones se han articulado con una clave de lectura del presente de la que todavía resulta demasiado trabajoso despegarnos.










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