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Estudios de cultura maya

Print version ISSN 0185-2574

Estud. cult. maya vol.64  Ciudad de México  2024  Epub Mar 11, 2025

https://doi.org/10.19130/iifl.ecm.64.2024/0011wx00s905 

In memoriam

Los hombros de un gigante A Robert M. Carmack (1934-2023)

Diego Vásquez Monterroso* 

*Universidad de Edimburgo, Escocia, Reino Unido/Instituto de Investigación en Ciencias Socio Humanistas,Universidad Rafael Landívar, Guatemala


Nos parecía alguien tan lejano, inaccesible, pero a la vez uno de los pilares fundamentales de nuestra disciplina. Mientras estudiaba arqueología en la Universidad del Valle de Guatemala, entre 2003 y 2009, Robert M. Carmack -o Carmack a secas- fue una referencia fundamental para comprender no solo el pasado de los mayas del altiplano (sobre todo de los k’iche’), sino además el presente de los pueblos indígenas de Guatemala, donde efectivamente muchos de ellos son mayas. Los trabajos de Carmack guiaban buena parte de nuestros estudios en ese entonces, cuando su nombre ya era una postura interpretativa del pasado maya en sí mismo. En esos años también toda una nueva corriente de investigadores -entre los que estaban Ruud van Akkeren, Edgar Esquit, Robert M. Hill II, entre otros- seguía sus pasos pero además cuestionaba ya algunos de los supuestos que habían definido lo maya, y sobre todo lo k’iche’, en la segunda mitad del siglo XX.

Hablar de Carmack es hablar de cómo los mayas del altiplano pasaron de ser sujetos secundarios dentro de los estudios mayistas a tener un rol central. También es hablar de la larga segunda mitad del siglo XX guatemalteco, con una guerra civil que devino en una guerra de exterminio hacia las poblaciones mayas (y hacia cualquier disidencia), y de cómo los mismos mayas enlazaron discursivamente su presente con aquel pasado prehispánico de las Tierras bajas, pero también el de los altiplanos, y rompían con la dicotomía estatal guatemalteca de mayas prehispánicos versus indios modernos. La constitución de buena parte del movimiento político maya de finales del siglo XX le debe mucho a trabajos como los de Carmack y de los proyectos que dirigió, que sentaron las bases discursivas para desafiar el ninguneo estructural al que el Estado guatemalteco había sometido a los mayas del altiplano. No me enfoco acá en la totalidad de su obra, que incluyó el trabajo en otros países como México o Costa Rica, sino en aquellos aspectos que me han marcado como investigador.

Algunas exploraciones arqueológicas se habían hecho ya hacia mediados de la década de 1960 en el altiplano maya, y la etnohistoria y antropología del área eran conocidas de forma general. Sin embargo, fue a través de Carmack y el proyecto que dirigió en esos años lo que ayudó a refinar nuestra comprensión del altiplano maya guatemalteco. Cumpliendo con la máxima de los estudios conjuntivos ya planteados por La Farge décadas antes -la combinación de arqueología, antropología e historia como máxima del trabajo de los mayistas-, Carmack y su equipo lograron construir una comprensión del pasado y del presente de los mayas del altiplano como no se había logrado hasta ese momento. De aquel equipo de entonces y que después continuó hubo y hay muchos exponentes prestigiosos, como Dennis y Barbara Tedlock, John Fox, Garrett Cook, Walter Little, Claudia Dary o Ruud van Akkeren, entre otros, y que continuaron -y también desafiaron- aquellos primeros postulados que pulieron la antropología y la historia del altiplano.

Mientras se llevaban a cabo aquellas investigaciones, el país también cambiaba. Después de la caída del proyecto estatal revolucionario en 1954, y la represión que le siguió, llegó un periodo de relativa estabilidad -sobre todo económica-en la década de 1960, impulsada desde fuera por el desarrollismo estadounidense a través de la Alianza para el Progreso. A la vez la ya revertida reforma agraria de la década de 1950 le dio paso al auge de cooperativas y a un reformismo agrícola contrainsurgente, que permitió que grandes grupos de población maya se establecieran en regiones hasta entonces poco o nada pobladas del país. Aquella transformación era vista por algunos especialistas como el cambio inminente de la etnicidad indígena,1 que desaparecería para dar paso a sujetos mestizos (ladinos en Guatemala). Junto a ello una Acción Católica -de origen anticomunista pero ya entonces virando hacia posturas más progresistas- y la progresiva llegada de iglesias pentecostales fueron cambiando el paisaje del altiplano. Hacer estudios conjuntivos era, entonces, una excelente idea para trazar aquellos cambios en la larga duración.

Con la información que iba surgiendo a través de ese primer proyecto en las décadas de 1960 y 1970, Carmack fue capaz de comenzar a construir todo un corpus interpretativo de los mayas del altiplano y sobre todo de los k’iche’, grupo etnolingüístico en el cual se enfocó. En aquel entonces, como Víctor Castillo mencionó recientemente en un podcast,2 ese proyecto buscaba que los hallazgos arqueológicos encajaran dentro de la documentación etnohistórica que entonces se tenía, y la que se estaba encontrando. Posturas más críticas han surgido desde entonces, pero es un hecho que en ese momento marcaron un punto de quiebre sobre todo al interior de Guatemala, porque por primera vez y de forma sistemática se incluían grandes cantidades de documentos indígenas como evidencia válida y fundamental para interpretar el pasado prehispánico y colonial de las poblaciones del altiplano. La preeminencia de los estudios conjuntivos y la visión holística del pasado maya en su trabajo quedó clara en su tesis doctoral, publicada como Quichean Civilization: the Ethnohistoric, Ethnographic, and Archaeological Sources,3 publicada en 1973 y lamentablemente aún no traducida al español.

Para entonces ya era una celebridad dentro de las ciencias sociales guatemaltecas,4 donde además en esos años se desempeñó como catedrático universitario y ayudó a fundar -junto a otros- la Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos de Guatemala a mediados de esa década. Sus enfoques fueron clave entonces para construir una idea coherente de la larga historia k’iche’, algo que no se había hecho de manera sistemática hasta entonces, y entre finales de la década de 1970 e inicios de la de 1980 se publicaron, casi simultáneamente en inglés y español, sus trabajos quizás más conocidos y sin duda más influyentes en Guatemala: Evolución del reino quiché5 e Historia social de los quiché,6 cuyo lenguaje después fue adaptado a los criterios de la Academia de Lenguas Mayas de Guatemala en sus sendas reediciones de inicios de la década de los 2000.

El primero es, hasta la fecha, la más amplia síntesis de la larga historia k’iche’, desde sus orígenes en el Formativo Temprano -como parte de la rama lingüística k’iche’ana, a la que le da el nombre- hasta la década de 1970. A diferencia de la tesis doctoral, que es más bien un catálogo comentado del largo corpus documental, arqueológico y etnológico k’iche’ano, Evolución del reino quiché se centra en explicar las dinámicas sociopolíticas de esta sociedad y cómo devinieron de pequeñas sociedades más o menos aliadas entre sí en el mayor y más exitoso proyecto de “reino” o confederación del altiplano maya prehispánico. La revisión de la ecología del altiplano, y las referencias a datos prehispánicos, coloniales y contemporáneos de las poblaciones k’iche’ como una forma de explicar la ocupación, desocupación, cambios y continuidades de estos grupos se volvió el estándar de oro para estudiar estas sociedades. Estoy seguro que todo especialista en los mayas del altiplano lo ha leído hasta el día de hoy.

Historia social de los quiché, por otra parte, es una compilación de sus trabajos más importantes durante las décadas de 1960 y 1970, donde incluía conferencias, artículos y lo que parecen ser avances de su espléndida monografía histórica sobre Momostenango, publicada muchos años después. Este trabajo abunda en los hallazgos arqueológicos de iconografía Mixteca-Puebla en Q’umarkaj, la capital de la confederación o winaq k’iche’, en la ecología del área k’iche’ central, en motines y rebeliones coloniales, en características colectivas culturales de estas sociedades, en la estructura sociopolítica momosteca, algunos esbozos biográficos sobre ajpop (gobernantes) de la confederación de Q’umarkaj, entre otros. Pero uno de los trabajos más influyentes fue “La verdadera identificación de Mixco Viejo”, presentado originalmente como ponencia ante la Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala en 1975. En este trabajo Carmack fue capaz de demostrar la efectividad de los estudios conjuntivos y de su método de interpretación etnohistórica, que permitió desmentir la errónea identificación de la capital posclásica Poqomam que el cronista colonial Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán había hecho de este sitio, localizándolo al norte del municipio Kaqchikel de San Martín Jilotepeque, y ubicándola correctamente en el llamado Chinautla Viejo, al norte de la actual capital del país.

Mixco Viejo, el sitio arqueológico postclásico restaurado por Guillemin en la década de 1960, tardó mucho en adaptar su nombre oficial a este hallazgo. Actualmente se le conoce como Jilotepeque Viejo o Chwa’ Nima Ab’äj, su nombre postclásico. Mientras Carmack publicaba estos trabajos fundamentales para los mayistas, continuaba realizando su trabajo en Momostenango y el sur del departamento de Quiché. También era una época donde el movimiento revolucionario guerrillero, surgido en 1960, se había trasladado a ese altiplano colmado de cooperativas, desarrollismo pero también de limitaciones estructurales como el racismo y la pobreza, que se desnudaron masivamente con el terremoto de febrero de 1976. Conforme la represión del Estado aumentaba en el altiplano, más y más personas se unían a los movimientos revolucionarios. La polarización era extrema, y cualquier extranjero en esas tierras podía ser sospechoso para cualquier bando.

En todos estos años escuché que, durante la década de 1990, cuando Carmack pudo regresar a Guatemala, todavía le dolía mucho que se le catalogara como espía del gobierno estadounidense o, por otra parte, como guerrillero. Y es que sí, al igual que otros investigadores -entre los que se cuentan los Tedlock, pero también los de la Misión Arqueológica Francesa- debieron huir del país y no pudieron regresar en muchos años. El exterminio masivo no necesitaba testigos para lo que estaba por ocurrir. Justo antes de su exilio aún logró tener acceso a una serie de documentos antiguos k’iche’ del área de Totonicapán, que ayudaron a publicar una versión completa del Título de Totonicapán7 y, años después, el resto de títulos que estaban en manos de los líderes de la familia Yax, descendientes de la elite k’iche’ de Chwi’meq’ena’ o San Miguel Totonicapán.8 Según James Mondloch, quien fue su colega en la maravillosa empresa de traducción e interpretación de estos documentos mayas fundamentales, en esos años también les fueron mostrados documentos antiguos en Santa Catarina Ixtahuacán y Nahualá, pero no se les permitió copiarlos, un reflejo del carácter ritual de la documentación antigua k’iche’, pero también de las tensiones que se vivían a finales de la década de 1970.9

Su regreso en la década de 1990 comenzó por un trabajo compilatorio que buscaba explicar aquella década de exterminio y violencia masiva en contra de las poblaciones mayas de Guatemala. Se tituló Harvest of Violence: the Maya Indians and the Guatemalan Crisis,10 y sigue siendo un termómetro de aquel momento de apertura democrática después del horror. Junto a ese trabajo publicó la que considero su obra cumbre, la monografía histórica sobre los k’iche’ de Santiago Momostenango: Rebels of Highland Guatemala: the Quiché-Mayas of Momostenango,11 que traza la historia de esta comunidad desde el Formativo hasta la década de 1970, con algunas referencias a los años siguientes, en el mismo estilo que Evolución del Reino Quiché. Sin embargo, este es un trabajo mucho más maduro, enfocado en una amplia documentación histórica y en un vasto trabajo etnográfico, que permite entender la particularidad de los k’iche’ momostecos del pasado y del presente, y el por qué son considerados la comunidad maya más tradicional hasta el día de hoy. Su tradicionalismo, sin embargo, no les ha aislado: son a la vez una de las comunidades más cosmopolitas y sus cientos de enclaves en Guatemala y más allá -como comerciantes, pero también como especialistas rituales, militares o manufactureros- les ha vuelto omnipresentes y también influyentes en la política guatemalteca, lo que les ha permitido negociar posiciones que solo unos pocos vecinos k’iche’ de ellos -los k’iche’ Occidentales- han tenido.12

Este era el camino trazado por Carmack cuando yo estudié arqueología. Para entonces ya discutíamos en las clases sus trabajos, pero también aquellos otros más recientes donde se cuestionaba la migración “tolteca” de los k’iche’, que él trazaba desde el Golfo de México, siguiendo el ejemplo putún planteado por Eric Thompson casi al mismo tiempo. La perspectiva de una migración tolteca era cuestionada desde la historia de los linajes planteada por Akkeren,13 como por los trabajos de cambio cultural prehispánico k’iche’ desarrollados por Geoffrey Braswell.14 Los trabajos arqueológicos habían continuado después de él por supuesto, y las publicaciones de la Misión Arqueológica Francesa, el Proyecto Etnoarqueológico de Q’umarkaj y el Proyecto Miraflores y el Proyecto Nacional Tak’alik Ab’aj, por mencionar algunos, confirmaban y superaban algunos de sus planteamientos, pero siempre partiendo desde ellos. Los trabajos de Robert M. Hill II sobre la etnohistoria Tujaal (de Sacapulas),15 kaqchikel16 y k’iche’ plantearon el quiebre final, al establecer como niveles de organización social aquello que Carmack había visto como dicotomía urbano-rural: chinamit, amaq’ y winaq.17

Aunque en esos años ya no estaba en la vanguardia de los hallazgos, aun así ayudó a organizar los varios congresos sobre el Popol Wuj, apoyando los esfuerzos de intelectuales mayas en ello. Fue en esos años cuando finalmente lo conocí en persona. En 2014, para un encuentro académico realizado en la Universidad Rafael Landívar, se me pidió moderar una mesa donde estarían Carmelina Espantzay, Akkeren y Carmack. Acepté encantado, y allí fui testigo de cómo Carmack era un investigador humilde, que escuchaba pero que además, con datos sólidos (surgidos de aquellos años de prolífico trabajo de campo y archivo), era capaz de plantear continuidades k’iche’ de larga duración de una manera que académicos más jóvenes no éramos capaces de hacerlo. Su amplio compendio de información, era claro, todavía tenía mucho material no trabajado. En eso años también publicó un libro con el insigne poeta momosteco y k’iche’ Humberto Ak’abal,18 donde junto a ellos otros especialistas en el mundo k’iche’ presentaban los más recientes trabajos sobre Momostenango. También un trabajo sobre el mundo k’iche’ para estudiantes de nivel básico e intermedio, donde incluía aquella discusión etnohistórica entre Akkeren y el que ayudé a moderar en 2014.19

A partir de nuestro encuentro en 2014 pude establecer un canal directo de comunicación con él, y le compartí algunos de mis hallazgos y trabajos que tenía en curso. A pesar del gigante mayista que era, siempre respondió y atendió amablemente mis solicitudes. Por amigos supe que tenía siempre palabras de aprecio y admiración hacia los nuevos investigadores,20 y en un momento determinado me invitó a consultar su archivo personal y ayudarlo a trasladarlo a Guatemala, donde quería que una organización k’iche’ de Quetzaltenango y una universidad nacional lo conservaran. Además, se comenzó el proceso de traducción de Rebels of Highland Guatemala, pero de nuevo eran tiempos convulsos en Guatemala, y las ventanas de oportunidad de investigación y publicación se fueron cerrando. También la comunicación con él se fue haciendo cada vez más dispersa, ya que su camino “al otro lado del mar”, a la Tollan k’iche’ana,21 al mundo de los antepasados, estaba comenzando a abrirse frente a él. Mi última comunicación fue para pedirle que revisara el borrador final de mi libro sobre los k’iche’ occidentales,22 del cual había estado enterado de unas primeras versiones, pero me escribió para disculparse por no poder estar en condiciones de comentarlo. La pandemia de Covid-19 nos alejó todavía más.

Entre octubre de 2023 y enero de 2024 se dio la mayor movilización de comunidades mayas vista en Guatemala desde la Rebelión de La Montaña (1837-1840). Brillantemente coordinadas entre ellas y junto a movimientos sociales ladinos y urbanos, paralizaron el país en defensa de la democracia guatemalteca, en un momento donde se buscaba impedir desde el Estado mismo la asunción de un nuevo gobierno progresista en el país. Los k’iche’ fueron uno de los tres grupos -junto a los kaqchikel de Sololá y las comunidades xinka del suroriente del país- que encabezaron esa movilización, junto a decenas de autoridades y comunidades mayas de todo el país.23 El movimiento fue un éxito y el progresista Bernardo Arévalo -hijo del primer presidente de la Revolución, Juan José Arévalo Bermejo (1945-1951)-asumió la presidencia de Guatemala en enero de este año 2024.

Robert M. Carmack, el gran académico mayista y experto en lo k’iche’ano ya no fue testigo de aquello. Su mente hacía un tiempo había comenzado su andar en el mundo de los antepasados, y el 20 de octubre de 2023 -el momento cumbre del paro nacional guiado por las autoridades indígenas, y el día además del 79vo aniversario de la Revolución- entró definitivamente a ese camino. Quiero creer que fue recibido por todos aquellos mayas que despertaron su admiración y marcaron su rumbo como investigador a través del estudio de su herencia material. El presente panegírico es también un agradecimiento por lo que me inspiró, me apoyó, y el camino que me ayudó, y nos ayudó, a trazar y a construir a tantos.

Sobre los hombros de personas como Carmack está construida nuestra comprensión del pasado y de nuestro presente. Podemos ver un poco más lejos gracias a él. Que su estancia en el otro lado del mar le sea grata, estimado Dr. Robert.

Referencias

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1El detalle de todas esas políticas aparece en Arturo Taracena Arriola (coord.), Etnicidad, Estado y nación en Guatemala, 1944-1985 (Antigua Guatemala: Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, 2004).

2Víctor Castillo, “Pasado/Presente VIII: el horizonte postclásico en una Mesoamérica global”, Tan/GenteGT, 8, 27 de junio de 2024. Disponible en: <https://open.spotify.com/episode/47lNmQIChdJ4AmozWsODiu?si=c6ec5f3d42a344ce>.

3Robert M. Carmack, Quichean Civilization: the Ethnohistoric, Ethnographic, and Archaeological Sources (Berkeley: University of California Press, 1973).

4Luis Pedro Taracena Arriola, comunicación personal (Ciudad de Guatemala, 2024).

5Robert M. Carmack, Evolución del reino quiché (Guatemala: Piedra Santa, 1979). Fue publicado en inglés como The Quiche Mayas of Utatlan: the Evolution of a Highland Guatemala Kingdom (Norman: University of Oklahoma Press, 1981). A inicios del siglo XXI fue publicado de nuevo en español como Kik’ulmatajem le K’iche’aab’ - Evolución del reino k’iche’ (Guatemala: Cholsamaj, 2001).

6Robert M. Carmack, Historia social de los quiché (Guatemala: Seminario de Integración Social Guatemalteca, 1979). Al ser una compilación se publicó únicamente en español. También fue publicado a inicios del siglo XXI con el mismo nombre (Guatemala: Cholsamaj, 2001).

7Robert M. Carmack y James Mondloch, El Título de Totonicapán (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1983).

8Robert M. Carmack y James Mondloch, El Título de Yax y otros documentos quichés de Totonicapán, Guatemala (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1989).

9James Mondloch, comunicación personal (Antigua Guatemala, 2014).

10Robert M. Carmack, Harvest of Violence: the Maya Indians and the Guatemalan Crisis (Norman: University of Oklahoma Press, 1992).

11Robert M. Carmack, Rebels of Highland Guatemala: the Quiche-Mayas of Momostenango (Norman: University of Oklahoma Press, 1995).

12Planteo una discusión sobre ello en Diego Vásquez Monterroso, Heterarquía y amaq’: organización social entre los k’iche’ occidentales (siglos XV-XXI) (Guatemala: Universidad Rafael Landívar y Librería Sophos, 2023), pp. 202-211.

13En su tesis doctoral, publicada como Ruud van Akkeren, Place of the Lord’s Daughter: Rab’inal, its History, its Dance-drama (Leiden: CNWS, 2000).

14Geoffrey Braswell, “Ethnogenesis, Social Structure, and Survival: the Nahuaization of K’iche’an Culture, 1450-1550”, en Maya Suvervalism, ed. por Ueli Hostettler y Matthew Restall, pp. 51-58 (Alemania: Verlag Anton Saurwein, 2001).

15Robert M. Hill II y John Monaghan, Continuities in Highland Maya Social Organization: Ethnohistory in Sacapulas, Guatemala (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 1987).

16Robert M. Hill II, Los kaqchikeles de la época colonial: adaptaciones de los mayas del altiplano al gobierno español, 1600-1700 (South Woodstock, Vermont, y Guatemala: Plumsock Mesoamerican Studies y Cholsamaj, 2001 [1992]).

17Robert M. Hill II, “Notas metodológicas”, en: La construcción de un amaq’ moderno: Los Copones, Ixcán, Quiché (1760-2015), de Diego Vásquez Monterroso, pp. XIX-XXVIII (Guatemala: Universidad Rafael Landívar, 2017).

18Humberto Ak’abal y Robert M. Carmack (eds.), La comunidad maya k’iche’ de Santiago Momostenango (Guatemala: Maya’ Wuj, 2011).

19Robert M. Carmack, Le Maya’ K’iche’ Amaq’ / El pueblo maya k’iche’ (Guatemala: Maya’ Wuj, 2016), pp.60-63.

20Daniel Núñez, comunicación personal (Guatemala, 2018).

21 Frauke Sachse y Allen J. Christenson, “Tulan and the Other Side of the Sea: Unraveling a Metaphorical concept from Colonial Highland Guatemalan Sources”, Mesoweb, disponible en: <https://www.mesoweb.com/articles/tulan/Tulan.pdf>.

22Vásquez Monterroso, Heterarquía y amaq’.

23Lourdes Álvarez Nájera, “El caudal sin fin de los xinkas”, Ocote, publicado el 12 de marzo de 2024. Disponible en: <https://www.agenciaocote.com/blog/2024/03/12/el-caudal-sinfin-de-los-xinka-cronica-de-la-mas-reciente-de-sus-movilizaciones/>.

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