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Debate feminista

versión On-line ISSN 2594-066Xversión impresa ISSN 0188-9478

Debate fem. vol.65  Ciudad de México  2023  Epub 21-Mar-2025

https://doi.org/10.22201/cieg.2594066xe.2023.65.2308 

Artículos

Memoria feminista para pensar a Manuela Sáenz: un recorrido por su política y sus territorios

A feminist memoir for thinking about Manuela Sáenz: a journey through her politics and territories

Memoria feminista para pensar Manuela Sáenz: um percurso por sua política e seus territórios

Patrícia-Victoria Martínez i Alvarez1 
http://orcid.org/0000-0002-2701-3341

1Departamento de Historia, Universitat de Barcelona, Barcelona, España pvwarmi@gmail.com


RESUMEN

En este artículo planteo la disparidad que existe entre la historia de las mu jeres y las memorias patriarcales, a partir de la observación y el análisis de los relatos que se construyeron en torno a Manuela Sáenz desde voces y escrituras masculinas. Para ahondar en su propia historia, propongo un itinerario de reencuentro con ella a partir de su recorrido territorial por América, de los viajes que su alma hizo por la política, los afectos y la patria, mediante la lectura de sus cartas y diarios. Finalmente, planteo la necesidad de pensar este mé todo -el de escuchar voces de mujeres desde sus propias experiencias- como parte de una propuesta de innovación docente feminista en el ámbito de la historia, la cual, al poner en el centro lo humano, haga más factible que las niñas y las jóvenes se reconozcan en la política y en la nación.

PALABRAS CLAVE: Manuela Sáenz; Historia de las mujeres; Política; Innovación docente; Memoria; Historias nacionales

ABSTRACT

In this article, I examine the disparity between the history of women and pa triarchal memories, based on the observation and analysis of the stories constructed around Manuela Sáenz by male voices and writings. To delve into her story, I propose an itinerary that combines her territorial voyage through America, with the journey of her soul through politics, affections, and the homeland, through a reading of her letters and diaries. Lastly, I propose the need to think about this method-listening to the voices of women from their own experiences-as part of a proposal for innovative feminist teaching in the field of history which, by placing humans at the center, makes it more feasible for girls and young women to be acknowledged in politics and the nation.

KEYWORDS: Manuela Saenz; Women’s History; Politics; Teaching Innovation; Memory; National Histories

RESUMO

Neste artigo levanto a disparidade que existe entre a historia das mulheres e as memorias patriarcais, a partir da observaçâo e análise das historias que foram construidas em torno de Manuela Sáenz pelas vozes e escritos masculinos. Para mergulhar em sua própria historia, e por meio da leitura de suas cartas e diários, proponho um itinerário de reencontro com ela a partir de sua viagem territorial pela América, das viagens que sua alma fez pela política, pelos afetos e pela pátria. Por fim, levanto a necessidade de pensar neste método -o de ouvir as vozes das mulheres a partir de suas próprias experiências- como parte de uma proposta de inovaçâo docente feminista no campo da historia que, ao colocar ao humano no centro, permita que meninas e mulheres jovens possam se reconhecer na política e na naçâo.

PALAVRAS-CHAVE: Manuela Sáenz; Historia das mulheres; Política; Inovaçâo docente; Memoria; Historias nacionais

“CREO QUE ESTO DE SER PATRIOTA ME VIENE MÁS POR DENTRO DE MÍ MISMA QUE POR SIMPATÍA”: LA POLÍTICA DE MANUELA SÁENZ1

Con esta frase expresaba Manuela Sáenz que era ella, desde su experiencia, la que definía el sentido de las cosas, incluso el de aquello que significaba ser patriota. En este artículo pretendo explicar qué significaron para Manuela Sáenz la política, la patria y el amor. Para ello me he concentrado en escuchar su voz sexuada en diarios y cartas, apartándome tanto de los mandatos de género del tiempo en que vivió como de los que están contenidos en la historiografía patriarcal que relata a Manuela desde el siglo XIX. Este análisis huye, pues, de la pregunta de si “Manuela participó en política”: parto de la evidencia que existe en la realidad pasada y en la presente política femenina, y postulo que no hay dos historias, sino una, en la que hombres y mujeres han llenado con sus sentidos lo real. Así, pues, no planteo una participación, ni residual ni protagónica, de Manuela Sáenz en la política de los libertadores, sino que recojo sus palabras y vivencias, y leo en ellas su propia política, en los tiempos en que se hablaba de patria y de libertad.

Después de los libertadores, después de mujeres como Manuela Sáenz, vino lentamente a través del tiempo la necesidad de construir “la nación”: en los relatos nacionales y memorialistas Manuela Sáenz suele aparecer jaloneada entre la oscuridad, la heroicidad, la locura y el desborde sexual y sensual. Intento plantear algunas ideas al respecto del porqué estos relatos quisieron construir de este modo a Manuela Sáenz, apartándola en realidad de lo político.

Sugiero, concretamente, que la concepción que Manuela Sáenz tiene de América y de la patria surge de lo vivido por ella en los territorios por los que pasó y vivió, que todo ello fue su política, y propongo el uso del concepto memoria feminista como método que explica la historia escuchando vivencias de mujeres y el sentido que ellas dieron a dichas experiencias. Esto significa que la memoria feminista se aparta de la dicotomía entre pensamiento y experiencia, que se aparta de la idea del dato como realidad objetiva, y que se aparta, al fin, de la práctica de llenar con algunas mujeres la genealogía paterna a la que la historiografía patriarcal, desde el siglo XVII, “atribuye la capacidad de establecer y garantizar, con la ayuda de una o varias ideologías, la veracidad del relato histórico” (Rivera 2007: 27): el logro de la memoria feminista es el paso de lo abstracto de la nación, la política, la patria, la libertad y también el amor, al sentido real con el que puedan medirse niñas y mujeres hoy al escuchar la experiencia de mujeres como la de Manuela Sáenz.

Manuela Sáenz Aizpuru nació en Quito a finales del siglo XVIII y su cuerpo respiró por última vez en Paita, Perú, ya entrada la segunda mitad del siglo XIX. Fue una mujer libre, amante de la libertad. La historiografía, sus efigies y la memoria relativa a Simón Bolívar asimilan dicho amor a la libertad a su apoyo a los hechos independentistas y a su amor al Libertador. Sin embargo, propongo que su experiencia de libertad fue más amplia y podemos leerla en aquello que eligió y fue poniendo en el centro de su vida, lo cual orientó su política y su sentido de patria; esta libertad empezó en la relación de Manuela Sáenz con su propio nacimiento y con su madre. Ella nació de una madre no casada y vivió, por ello, la experiencia de ser niña y adolescente no legítima en la sociedad colonial quiteña. Años más tarde, casada, se enamoró de Simón Bolívar y fue fiel a sus sentimientos y emociones, tanto ante Bolívar y ante su marido, como ante el mundo que la rodeaba: aunque la colonialidad de la época, el murmullo social, la Iglesia y las costumbres interpretaron a su madre y a ella misma como mujeres manchadas, con mácula, el amor a la libertad de Manuela Sáenz no se dejó guiar por aquel ruido. Existe, en esta vivencia, la libertad de reconocer en sí misma, pero también en su madre, el amor como guía. El concepto de libertad con el que trabajo aquí, entonces, es que Manuela Sáenz hizo de su experiencia la medida y significado de las cosas: el sentido y significado del amor con Bolívar no fue el de la pertenencia ni el de la cotidianidad; el sentido y significado de Patria fue el de los lugares que le fueron amables, y el sentido de la política fue el que puso en cada relación.

Podemos leer la política de Manuela Sáenz en la forma en que concibió lugares y relaciones a partir de sus propias emociones: los lugares y las personas eran aquello que ella sentía que eran. La patria fue algo singular, concreto, en su línea del Ecuador, de donde venía y hacia donde siempre regresó con su cuerpo o con su palabra, pero fue también infinita, como la América por la que viajó durante años y a cuya idea fue añadiendo continuamente las tierras de las que se iba enamorando. América, la República, la Gran Colombia, así como Quito, el Ecuador, el Perú y Bogotá fueron aquello que Manuela Sáenz sintió que eran: lugares llenos de ella y de su amor a la libertad. Mientras tanto, los libertadores debatían si la república sería el modo de gobierno, si la patria era una o muchas, si debía haber monarquía y si mantendrían los privilegios de los tiempos coloniales.

Manuela dispuso y no dispuso de dinero, según los tiempos, pero fue rica siempre en libertad en el alma para decidir cómo vivir. Algunos de los bienes que le correspondían no llegaron jamás: nunca pudo tener la hacienda que su madre le había dejado en herencia, perdió su dote (Londoño 2008: 80, Quintero 2001: 69) por haber decidido vivir libremente y el gobierno del Perú le negó, estando ella en Paita, la pensión que le correspondía por haber sido condecorada con la Orden del Sol (Villanueva 2016: 88).2 Conocemos a través de sus propias palabras parte del sentido que tenía para ella lo material: “Yo estoy enviando ahora mismo una ración completa a la compañía de la guardia del batallón ‘Paya’ y cinco mulas para su abastecimiento y reponer las pérdidas. No espero que me paguen; pero si este es el precio de la libertad, bien poco ha sido” (Sáenz 2005: 26; 2010: 117). Sabemos cuál fue el precio y valor que tuvo para ella su libertad, pues a pesar de su modestia en los tiempos más duros, devolvió una y otra vez a su marido el dinero que él disponía para ella, y sabemos también que tuvo la dignidad de reconocer el lugar que ocupaban en su vida el dinero y el trabajo, porque cuando se le impidió regresar al Ecuador por su relación con Bolívar, escribió: “Señor ministro: yo vivo de mi miserable trabajo: tengo en esa parte de mi equipaje, y el resto regado. Tengo créditos que cubrir, y no es posible hacer tantas marchas y contramarchas” (carta al ministro del Interior del Ecuador, 20 de octubre de 1835, en Villalba 1986: 106).

El hecho de que a Manuela se le impidiera circular libremente entre tierras y volver al Ecuador no la vació de su propia libertad: carta a carta podemos leer cómo transitó del disgusto de no volver a los cerros, a enamorarse del mar y escribir frente a este diarios y cartas en los que se reconocía a sí misma tranquila. En 1835 Manuela escribía al coronel Miguel González:

Una pobre mujer desgraciada iba a visitar su suelo patrio, a ver amigos, y parientes, y a decirles un adiós, quizá para siempre, y a recoger lo poco que dejó al partir para Bogotá. A vender la hacienda que heredó de su madre, para retirarse a morir con sosiego en un país extranjero: ¿y será posible que hasta eso se me prohíba? (en Villalba 1986: 106)

Un par de años más tarde, el 20 de octubre de 1837, en una carta a su amigo, el general Flores, Manuela, todavía con la mirada puesta en poder regresar pronto al Ecuador, escribió: “Tengo deseos de ir a mi país, y estoy resuelta a no ir durante la administración del señor Rocafuerte. ¿Cuándo acaba este señor? Nada hay por acá de particular más que lo que usted sabrá sobre chilenos: la emigración es diaria. Yo no salgo; ¿qué tengo yo ni con unos ni con otros?” (en Villalba 1986: 108).

En una nueva carta a su general amigo, en 1843, conectada con su propio placer, el Perú se había convertido ya en aquello que en aquel momento Manuela quiso que fuera: su tranquilidad, la tierra en la que ella libremente elegía estar: “Ya que esto no me es posible, crea usted de un modo cierto, que, de Paita o Lima, siempre será para usted la Manuela que conoció en 22. Mucho me agrada la tranquilidad del País, y nada me es más placentero que la tranquilidad” (7 de septiembre de 1843, en Villalba 1986: 144).

El volver a ella misma para relacionarse con el mundo resituándose, moviéndose hasta encontrar el modo de felicidad, fue una forma de vida en Manuela Sáenz Aizpuru, una amante de la libertad cuya patria giró alrededor de sí y se hizo grande o pequeña de acuerdo a lo que vivía su alma, y cuyos países fueron los de su tranquilidad, los de su deseo, y todos América: su riqueza fueron sus manos y todo lo que crearon, a veces en modo de dulces y otras en forma de palabras escritas.3

En los párrafos anteriores presento a Manuela como autora de su propia historia, y no como colaboradora en la historia de otros.4 En los siguientes párrafos, elaboro por una parte una propuesta de crítica a los relatos escritos por voces masculinas desde el siglo XIX, y en segundo lugar, planteo un posible recorrido textual e interpretativo para conocer a Manuela Sáenz.

“LO ATENDÍ EN MI MODESTIA; COSA QUE NO REPARÓ”

Así habló Manuela Sáenz Aizpuru de Giuseppe Garibaldi en su diario, el 25 de julio de 1840, cuando la visitó en su casa de Paita: así resumió ella que él la dio por supuesta, que reparó en él y no en ella, a pesar de estar en la casa de Manuela; que no atinó a entender la grandeza del gesto de ella de abrir su casa modesta y de hacerle un lugar a él. Así como Garibaldi entró a la casa de Manuela Sáenz pensando, seguramente, en las atenciones que él merecía, sin mirar el cómo de las que ella ofrecía, tampoco los biógrafos y relatores de Manuela atinaron a explicar su vida.

Las fechas, lugares y relaciones de la vida de Manuela Sáenz, antes de los ocho años a lo largo de los cuales estuvo cerca de Bolívar, son prácticamente un laberinto en los relatos de políticos, historiadores y biógrafos: cuándo nació, con quién y dónde vivió los primeros años de su vida, cuándo falleció su madre, que lugar ocupaba su padre dentro de la administración colonial quiteña, si fue raptada o no de joven por un soldado, si viajaba mucho o solo para conocer al que iba a ser su marido a Panamá, y dónde se casó con James Thorne, son hechos que unos sitúan en unos años y lugares y cuentan de una manera, y otros en otros y de otra. De los años siguientes a aquellos ocho durante los cuales vivió cerca de Bolívar, dejó ella misma texto escrito: cartas y diarios cuya guarda y veracidad, casualmente también, aparecen embrolladas en discusiones de presidentes, historiadores y fabulistas que es necesario poner en cuarentena. En este apartado aparecen primero las memorias de quienes conocieron a Manuela Sáenz y la nombran o la eluden, las biografías de autoría masculina escritas hasta la década de 1950, y después la historiografía de autoría femenina producida durante el siglo XX.

Buena parte de los olvidos, elusiones y confusiones en torno a la vida de Manuela Sáenz en que incurren los memorialistas y biógrafos en sus escritos se deben al sistema sexo/género, que determina el concepto de lo político y de lo libre del que parten los autores: la mujer (en) política y libre solo podía ser relatada pendiendo de la política de un hombre y del libertinaje. En una carta a su hermana María Antonia, el mismo Bolívar decía sobre las mujeres y la política:

te aconsejo que no te mezcles en los negocios políticos, ni te adhieras ni opongas a ningún partido. Deja marchar la opinión y las cosas, aunque las creas contrarias a tu modo de pensar. Una mujer debe ser neutral en los negocios públicos. Su familia y sus deberes domésticos son sus primeras obligaciones. Una hermana mía debe observar una perfecta indiferencia en un país que está en estado de crisis peligrosa y donde se me ve como el punto de reunión de todas las opiniones. El modo de ver cómo vendes mis bienes, debe ocuparte constantemente porque es lo que más nos interesa. Te encargo mucho que lo ejecutes, porque eso es lo esencial (10 de agosto de 1826, en O’Leary 2020: vol. XXX, 261).

Años después de la muerte de Bolívar, el general O’Leary se retiró a ordenar sus memorias, que serían publicadas, por orden de Guzmán Blanco, a partir de 1877. Con la publicación de una parte del material escrito y recogido por O’Leary y por su hijo, empieza a construirse un extraño relato sobre el sentido de las fuentes, su origen y la desaparición de una parte de ellas. O’Leary explica así que había sido

asiduo en la colección de documentos, en cuya empresa ayudábanme eficazmente mis camaradas, sobre todo Sucre, Heres, José Gabriel Pérez, Espinar y más que todos Pedro Briceño Méndez. Andando el tiempo, y a medida que aumentaba la copia de documentos, pensé en escribir la vida del Libertador, valiéndome de ellos. En el transcurso de las campañas se perdieron muchos importantes (O’Leary 2020: vol. I, 7).

Más adelante habla O’Leary de todos los “camaradas” que le facilitaron archivos y datos, con cuyo acopio y publicación, y “apoyado en mis documentos y en autoridades tan respetables [sus camaradas], sirvieran para confundir a los detractores de Bolívar, tanto en América como en Europa” (O’Leary 2020: vol. I, 7). Entre los camaradas y autoridades no figura Manuela Sáenz que fue, paradójicamente, según cartas de Bolívar, la depositaria de su archivo durante años, y que sí fue consultada por O’Leary para que ella, ya en Paita, le enviara la narración de lo ocurrido en la Noche Septentrina, el 25 de septiembre de 1828, en que quisieron matar a Bolívar en Bogotá. El texto de Manuela Sáenz sobre aquel acontecimiento tan definitorio en la vida y en la toma de decisiones de Bolívar sobre penas y juicios es, para O’Leary, la contribución política de Manuela Sáenz a la historia. Lo es, para O’Leary, porque contribuyó a la salvación del Libertador. Se mezcla en la edición facsímil y digitalizada de las Memorias, además, al lado de estas líneas y sin lógica relación con el resto del relato, un comentario cuya autoría no queda clara sobre la ligereza de Manuela Sáenz, a lo que se suma copia de la carta que ella escribió a su marido para explicarle que, definitivamente, nunca volvería con él porque ella y él eran muy distintos, porque la pasión de ella y el sinsabor de él nunca estarían acordes. Una vez más, el autor de las Memorias y sus editores, como hacía ya Bolívar en sus cartas a su hermana, decidieron qué era política y qué era historia, reduciendo a Manuela Sáenz a un asunto relativo a la vida del Libertador. Asunto, además, que la convirtió en heroína, no por su acción en la libertad ni en la patria, sino por salvar la vida de Simón Bolívar.

En cuanto a la publicación de las Memorias por O’Leary, además, dispuso “el presidente de la República que la colección de cartas originales del Libertador […] sean publicadas en la Imprenta Nacional como complemento de la importante obra Memorias del General O’Leary”; pero habiendo quedado “la ordenación de cartas y corrección de pruebas” en manos del “ciudadano General Andrés A. Level” por orden del Ministerio, aparecería luego la siguiente advertencia entre las páginas de ediciones posteriores:

y se imprimieron también 32 pliegos, de a 16 páginas, de documentos y cartas para un tercer tomo que se tituló Apéndice, paralizándose la impresión de orden del presidente, General Guzmán Blanco. Se fundó este para ordenar la paralización, y así nos lo dijo: en que los pliegos impresos no contenían narración alguna hecha por el General O’Leary; en que se arrojaban a los vientos de la publicidad intimidades amorosas del Libertador; que nada tenían que hacer con la vida pública de este, ni con la historia de Colombia […] El paradero de los pliegos entonces impresos permaneció desconocido hasta julio de 1914” (O’Leary 2020: vol. 32, 7-8).

Jean Baptiste Boussingault redactó las memorias de su propia vida a finales del siglo XIX. Según consta en el prólogo a la edición del año 1974, Boussingault había llegado a la Guaira en 1821, cuando tenía veinte años y acompañaría a Bolívar por algún tiempo como científico investigador. Ahí mismo se explica que “en 1949 el entonces ministro de Educación de Venezuela, Augusto Mijares, dispuso la incineración de la parte de las Memorias especialmente consagrada a Simón Bolívar y Manuelita Sáenz” (Boussingault 1974: 18); sin embargo, luego fueron reeditadas incorporando los textos que, sin que se explique muy bien por qué, escaparon del fuego. En la construcción de su propia biografía en estas memorias, Boussingault construyó también a Manuela Sáenz como “la amante titular” de Bolívar, dio noticias extrañas sobre su infancia, y llegó a escribir que de ella “se podía decir que era un amigo seguro, pero una amante infiel” (Boussingault 1974: 287). Entre los paradigmas de lo político y de lo histórico, y entre los paradigmas patriarcales de lo masculino y de lo femenino, mujeres como Manuela Sáenz Aizpuru daban bandazos por los textos de autores que querían hablar de política, pero solo sabían hablar de política masculina.

A punto de entrar en el siglo XX, en sus Tradiciones Peruanas, Ricardo Palma -que solía visitar a Manuela Sáenz en Paita como hizo Garibaldi- escribió de ella que “Doña Manuela era una equivocación de la naturaleza, que en formas esculturalmente femeninas encarnó espíritu y aspiraciones varoniles” y que “no sabía llorar, sino encolerizarse como los hombres de carácter duro” (Palma 1896: tomo IV, 168). En 1944, Rumazo publicó la primera de las diez ediciones de su Manuela Sáenz, la libertadora del libertador, y relata que el primer intento de asesinar a Bolívar en Kingston “estuvo a punto de impedir que la quiteña [esto es, Manuela Sáenz] entrase en la historia”. Páginas más adelante, al explicar la triunfal entrada de Bolívar en 1822 a la ciudad de Quito, asegura Rumazo que “sin este triunfo de Bolívar no habría llegado a Quito, y el derrotero de la vida de Manuela Sáenz habría sido diverso, quizás insustancial, opaco” (Rumazo González 1982: 71, 8889). En 1958, Von Hagen publicó una biografía de Manuela Sáenz en la que escribía que

Su amoretto era conocido en todo Quito a la mañana siguiente […] Manuela se dio perfecta cuenta de cómo era espiada, a hora avanzada de la mañana, cuando se dirigió al hospital para participar en la atención de los heridos […] Porque todos repetían aquella mañana el viejo refrán: tal madre, tal la hija. Habían visto antes algo parecido y recordaban a Joaquina Aizpuru y su aventura amorosa con Simón Sáenz (Von Hagen 1958: 57, 58).

Palma, Rumazo y Von Hagen evidencian su imposibilidad de comprender la política femenina e incorporan a Manuela Sáenz -que había hecho y hacía política en Quito, en Lima, en el Alto Perú, en Bogotá y en Paita con su ir y venir, sus cartas, sus reuniones, sus conversaciones, y también con su modo de relacionarse con soldados y con señoras- a la política masculina, y sobre todo, a la de Bolívar. En este sentido se hace evidente que la lectura de memorialistas y biógrafos arroja una Manuela Sáenz que “participa” de la vida y política de otros, mientras que la escucha de su voz en cartas y diarios nos devuelve la política femenina, la suya: el sentido que ella daba a sus propias decisiones y acciones. Así, es la memoria feminista la que puede acercarnos a ella: el método de escuchar en las fuentes voces sexuadas en femenino.

Durante el siglo XX y en los últimos años se han interesado en Manuela Sáenz diversas investigadoras, además de que aparecieron algunas de sus cartas: las que se escribió con Simón Bolívar, así como sus diarios de Quito y de Paita, todo ello publicado por Carlos Álvarez Saa (2005) en Bogotá y reproducido recientemente por el gobierno de Venezuela. En 1986, fue publicada una serie considerable de cartas en las que Manuela Sáenz se escribía desde Paita con el presidente del Ecuador, Juan José Flores. Una primera evidencia de la aparición de una nueva mirada sobre Manuela Sáenz es la constatación de Inés Quintero de que en las memorias y biografías hasta entonces publicadas, la vida de Manuela Sáenz parece haber durado solo los ocho años de su relación con Simón Bolívar (2001: 57). Quintero afirma -en su obra sobre varias mujeres en tiempos de independencias- que Manuela Sáenz había sido interpretada desde un concepto masculino de lo político, y que sus relatores habían hablado de ella por su relación con Bolívar, no por su relación con la libertad, con la patria y su propia práctica política. María Fernanda Lander (2011: 166) ha planteado, a propósito del mapa de la memoria sobre Manuela Sáenz en América entre los siglos XIX y XX, que el hecho de aparecer ella o no en los relatos históricos y nacionales ha dependido de la tendencia bolivarianista o anti-bolivarianista de los cronistas como herramienta para construir o bien a una mujer “abnegada, enamorada que sacrificó todo por seguir a Bolívar”, o bien a una “libertina entrometida en los asuntos de Estado”. En esta misma línea de la construcción dicotómica sobre Manuela Sáenz escribe Pamela S. Murray (2001), que elabora un mapa de América en donde los países cercanos a Bolívar reconocen a Manuela Sáenz como Libertadora (del Libertador), mientras que los países más reacios a reconocer el legado de Bolívar en los procesos de independencia construyen a “la loca” haciéndose eco, por cierto, de palabras que él mismo usaba para dirigirse a ella. Así, las historias nacionales que llenan la memoria de cada una de las repúblicas por las que transitó Manuela Sáenz hablan de ella según reconocen a Bolívar o lo niegan en su proceso de independencia y, en uno u otro caso, la explican siempre de acuerdo con lo que la vinculó a él: de acuerdo con su amor a él, al modo en que este amor la llevó a unirse a la causa patriótica y hasta a la guerra, y de acuerdo con la extravagancia de su vida cegada por Bolívar. La propuesta, desde la memoria feminista, es que esta mirada de las vidas de las mujeres en el pasado no logra acercarnos a ellas, sino solo reproducir los mandatos patriarcales de aquellas épocas, así como sostener la mirada masculina de la historia: la que repite que la existencia femenina solo es visible cuando ha estado ligada a la masculina. La propuesta entonces, desde la memoria feminista, es ir a buscar en la fuente histórica la voz que habla y escucharla sin pasarla por el tamiz del contexto primero, sino dejar que sea ella la que nos cuente cómo vio la realidad. Todo esto teniendo en cuenta que, como lo explica Judith Nieto, los relatos sobre la historia, la ficción y la posible intertextualidad entre ambas tienen que ver con la necesidad de construir lo nacional en el siglo XIX (Nieto 2003: 256) y, por lo tanto, hay que interrogar a las fuentes partiendo de su autoría y de sus posibles intenciones. Sigue siendo interesante hoy, en el XXI, preguntarnos qué historia enseñar o, mejor, cómo enseñar hoy la historia de las mujeres apartándonos de la tradición de explicarlas a partir del sistema de sexo/ género de la época, pero también a partir del sistema sexo/género de los relatos mismos, es decir, a partir de los relatos que explicaron la política de las mujeres en función de la política de los hombres a los que conocieron o de las políticas nacionales de las repúblicas, creando incluso fuentes para afianzar dicho sistema.

MUJERES DE LA INDEPENDENCIA EN LA MEMORIA

El presente artículo es uno de los resultados del proyecto de investigación Mujeres de la Independencia en la memoria. Entre esta investigación y la vida de Manuela Sáenz existen palabras que nacen en labios que se tocan y que dialogan: todas las palabras distintas, pero con sentidos parecidos, que nacen en tiempos de una epidemia, de una pandemia, por ejemplo. La difteria, que llegó un día al puerto de Paita y que arremetió contra multitud de vidas -entre ellas, la de Manuela Sáenz Aizpuru- se tornó significante en ese tiempo en que la historiadora pretendía recorrer, en modo circular, como hizo Manuela Sáenz, yendo y volviendo al centro, todas las tierras vividas por la amante de la libertad y sus posibles archivos. Ante la imposibilidad de viajar -imposibilidad que Manuela Sáenz vivió también-, el diálogo: el diálogo con mujeres que la han pensado, sentido y escrito en los últimos tiempos. Y así, en el marco de talleres internacionales, reorientamos algunas de las acciones del proyecto inicial e hicimos la América. Hicimos Quito, Bogotá, Venezuela, Paita y el Perú, como ella lo hizo. En noviembre de 2020, tal como Manuela Sáenz hacía, relación a relación, logramos encontrarnos algunas historiadoras e investigadoras para recorrer su vida.5

En el desarrollo de esta investigación cobró significado la reflexión que orientaba también, en gran medida, el diseño de nuestro proyecto: las niñas, las mujeres… ¿qué saben y sabrán de Manuela Sáenz Aizpuru? Nuestro proyecto de investigación tenía el propósito de dialogar, con sus resultados, en ámbitos escolares para acercarnos así a lo que María Fernanda Lander apunta cuando dice que “para que Manuela se valore en el siglo XXI, su memoria debe recrearse de forma tal que se acerque no al discurso tradicional, sino a una experiencia actual” (2011: 182). Lo que parecía evidente era que solo podía orientarnos Manuela Saénz Aizpuru misma, y no sus biógrafos, a lograr este objetivo. Apartarnos de los relatos masculinos, nacionalistas o patriarcales sobre Manuela, y escuchar su voz en sus cartas y diarios nos acerca a la posibilidad de que más niñas y mujeres conozcan su dimensión humana, real, y puedan escuchar así y leer los sentidos libres con los que ella hizo política, amó, y fue patriota. En este sentido, invitamos a alumnas y a alumnos de los primeros años de educación formal (escuela primaria) a participar de nuestros talleres internacionales en 2020: una primera evidencia fue que la heroína/la amante es una figura lejana, tal vez admirada, pero desconocida para el público escolar. A esta evidencia se acerca lo que tantas veces sucede en las aulas de historia: “la mudez del alma” (Rivera 2012: 213) de tantas y tantas alumnas que no logran ser dichas, ni decirse, en los relatos científicos, memorialistas o históricos sobre Manuela Sáenz (Vilalta 2012: 62) ni en la mayor parte de los relatos sobre el pasado y sobre el presente. Las niñas y jóvenes que estudian no quieren ser heroínas, no quieren liberar a libertadores, ni conocen los juegos de la política del poder, pero todas saben qué es un alma libre, y que la libertad es un hecho político.

CARTOGRAFÍA DEL LIBRE DESEO

Parece claro que el placer y el deseo de libertad fundantes orientaron la vida de Manuela Sáenz: también sus viajes, los recorridos y el conjunto de lugares que terminaron constituyendo la América que conoció, la patria que vivió en primera persona. Su infancia en el Ecuador, la juventud en Lima, su amor entre Quito, el Alto Perú y Bogotá, su compromiso con ese amor y con la causa por la libertad dibujan una América casi circular.

En su vida, tres ciudades son el punto de partida, en momentos distintos, y el punto al que regresa en modos de sentir, de viajes emprendidos y con miradas sobre la realidad.

Quito, Lima y Paita dan lugar a vivencias en sitios concretos, con personas concretas, a partir de las cuales Manuela Sáenz refunda permanentemente su ímpetu por la libertad, su idea de patria y la pasión por su propio recogimiento.

De todo lo vivido y aprendido en la ciudad de Quito durante los primeros años de su vida -cuando entraba y salía de conventos, y vivía en familia, aunque la gente quiteña la despreciara por haber nacido fuera del matrimonio, cuando pasaba temporadas en haciendas maternas, se enamoraba, y conocía a los primeros rebeldes-, Manuela Sáenz entendió que su libertad era un fundamento al que no debía renunciar: por eso amó a Simón Bolívar y recorrió tierras en la empresa de las independencias, sin que la condición de casada se lo impidiera, y por eso se enamoró de su propia tranquilidad en Paita.

Plano de la Ciudad de San Francisco de Quito, 1748. De Jorge Juan y Antonio Ulloa. 1918. Relaciones Históricas del viaje a la América Meridional, Madrid, Editorial América (reproducido en Biblioteca Cervantes Virtual y Memoria Chilena, Biblioteca Nacional de Chile). 

Manuela contemplaba lo esencial: por eso, de su convencimiento y experiencia de necesaria libertad años más tarde, tras haber ido y vuelto al Perú, tras haber conocido a Bolívar, y al recibir las primeras cartas atormentadas del Libertador, que apenas sabía qué hacer con su amor, un día, cuando él le escribió una suerte de sentencia sobre amores pasados, sobre su necesidad de tiempo y sobre su torpeza para con el amor de ella, Manuela Sáenz le escribió volviendo la mirada a aquello que era real, al moverse de la vida, y desde la Hacienda de El Garzal. Sin dialogar con el tormento de Bolívar, le explicó:

Aquí hay de vivaz todo un hechizo de la hermosa naturaleza. Todo invita a cantar, a retozar; en fin, a vivir aquí. Este ambiente, con su aire cálido y delicioso, trae la emoción vibrante del olor del guarapo que llega fresco del trapiche, y me hace experimentar mil sensaciones almibaradas. Yo me digo: este suelo merece recibir las pisadas de S.E. El bosque y la alameda de entrada al Garzal, mojados por el rocío nocturno, acompañarían su llegada de usted, evocando la nostalgia de su amada Caracas. Los prados, la huerta y el jardín que está por todas partes, serviranle de inspiración fulgurante a su amor de usted, por estar S.E. dedicado casi exclusivamente a la guerra. Las laderas y campos brotando flores y gramíneas silvestres, que son un regalo a la vista y encantamiento del alma. La casa grande invita al reposo, la meditación y la lectura, por lo estático de su estancia. El comedor, que se inunda de luz a través de los ventanales, acoge a todos con alegría; y los dormitorios reverentes al descanso, como que ruegan por saturarse de amor…

Los bajíos a las riberas del Garzal hacen un coloquio para desnudar los cuerpos y mojarlos sumergidos en un baño venusiano; acompañado del susurro de los guaduales próximos y del canto de pericos y loros espantados por su propio nerviosismo. Le digo yo, que ansío de la presencia de usted aquí. Toda esta pintura es de mi invención; así que ruego a usted que perdone mis desvaríos por mi ansiedad de usted y de verlo presente, disfrutando de todo esto que es tan hermoso. Suya de corazón y de alma (carta desde El Garzal, 1822; Sáenz 2005: 111; 2010: 17).

La lectura de este relato revela claramente a alguien cuyo convencimiento del amor radica en sí misma y no en un objeto del deseo: Manuela Sáenz, que describe la exuberancia natural en El Garzal, ama lo que está vivo y sugiere a Bolívar que se deje llevar por la luz, por la posibilidad de reposo, por todo lo verde y por lo que pueden vivir allá juntos; pero en su diario, al día siguiente, se escribe a sí misma lo que ella sabe y el por qué de aquella carta a Bolívar; resta importancia a lo que no es fundante -el vértigo de Bolívar ante un amor libre- y reconoce su propia gracia como centro de tanta vida alrededor. En aquella misma entrada del diario, Manuela recoge a Bolívar con sus palabras, desde su mirada:

Me di perfecta cuenta que en este señor hay una gran necesidad de cariño; es fuerte, pero débil en su interior de él, de su alma, donde anida un deseo incontenible de amor. S.E. trata de demostrar su ánimo siempre vivo, pero en su mirada y su rostro se adivina una tragedia. Me comentó que se sentía en el cenit de su gloria de él; pero que, en verdad (y esto lo dijo muy en serio), necesitaba a alguien confidente y que le diera seguridad (Sáenz 2005: 77; 2010: 125).

La distancia entre los relatos de los memorialistas y biógrafos explicando a Manuela Sáenz en tercera persona, sin más sentido político que el de la patria del Libertador, y las palabras de ella hablando del alma de Bolívar, dibujan un abismo entre memoria patriarcal e historia: aquí, pues, la memoria feminista que la escucha en primera persona, que logra leer qué dice ella acerca de la mirada, de las palabras que hablan en los rostros, no puede reconocer ni los supuestos de Palma ni los de Rumazo ni los de Von Hagen.

Lima y Manuela Sáenz Aizpuru tejieron una relación política importantísima: las calles y salones de la capital del virreinato -que se desmoronaba en aquel tiempo- fueron los lugares por los que ella lució durante su juventud gran parte de su libertad: hablaba a los soldados, hablaba con mujeres en las casas y por las esquinas sobre los movimientos de los de patriotas… y, sin embargo, la memoria nacional del Perú retiene a Manuela Sáenz como “la amante” de un Bolívar al que tampoco quiere. Siguiendo las propuestas interpretativas de Lander y de Murray sobre cómo las memorias nacionales contienen intereses políticos y por ello hacen visible o invisible a Manuela Sáenz, es cierto que el Perú ha sido tradicionalmente un país ajeno a Bolívar por su confrontación con San Martín, al que se le reconoce haber sido el agente real de la independencia: por eso, tal vez, Manuela Sáenz fue y es en el Perú solo “la amante de Bolívar”. Se mezclan en esta manera de construir memoria el concepto de nación del siglo XIX, que quiso lejos la idea de una gran patria de Bolívar, y el sistema sexo/género patriarcal que define desde entonces hasta la actualidad lo político, el poder y la libertad. Solo en años recientes, Victoria Villanueva, que ha leído y analizado a Manuela Sáenz Aizpuru en el continente de cada una de sus palabras, y el trabajo de Linda Lema, que desea escucharla, resultan dos ventanales abiertos a Manuela Sáenz desde el Perú.

Plano de la Ciudad de Lima. Edición propia a partir de imágenes de Ignacio Martorell, Plano de la Ciudad los Reyes, o Lima la capital del Reino del Perú, editado por el autor: 1780. 

Entre Lima y Quito, Manuela Sáenz sintió nuevamente el entusiasmo y la pasión por los acontecimientos libertarios y puso en juego, con otras mujeres, su sentido de libertad, llevando y trayendo noticias, pensando el modo en que debían desarrollarse los pasos de políticos y de soldados, y siendo ella, ellas, hacedoras de la independencia. En todo aquello circularon los deseos de Manuela Sáenz que resolvió, además, en aquel tiempo finalmente, retirarse de la vida vacía de amor; se separó de James Thorne, le recordó que ella “no vivía las preocupaciones sociales inventadas para atormentarse”, y le propuso volverse a casar en el cielo, donde “todo sería a la inglesa”, con amor que “acomodaba sin placeres” (carta a James Thorne, sin fecha, Sáenz 2010: 254-255).

Manuela Sáemz se unió a batallones tierra adentro, hasta llegar al Alto Perú. Los generales de la guerra, siempre batiéndose en duelo entre ellos, determinaron al cabo de unos años dejar de admirar a Simón Bolívar, desconocer a Sucre y expulsar a Manuela Sáenz del territorio. Siguieron a aquellos hechos más viajes, más amor, más libertad y más alma. También más expulsiones. Manuela Sáenz Aizpuru se desenamoró -como cuando una pone su amor en un lugar en el que no sabrá ser leído- del sueño de la independencia de América:

Hoy se me hace preciso escribir por la ansiedad. Estoy sentada frente de la hamaca que está quieta como si esperara a su dueño. El aire también está quieto; esta tarde es sorda. Los árboles del huerto están como pintados.

En este silencio mío, medito. No puedo olvidar. Simón no comprendió nunca que todavía no había llegado el momento para emprender la lucha, y lograr conquistas de libertad. Solo consiguió deshacer su vida de él. La llenó de dificultades. Sus hazañas extraordinarias quedaron vilmente desposeídas de la gloria. Se apagó su orgullo viril y su amor muy adicto por la libertad. Siempre bajo su destino despiadado.

He tenido trabajos en la casa y me he demorado en volver a escribir.

Pero aquí estoy de nuevo frente a este diario que es mi refugio.

Un amigo muy querido me preguntó qué había sido yo para El Libertador: ¿una amiga? Lo fui como la que más, con veneración, con mi vida misma. ¿Una amante? Él lo merecía y yo lo deseaba y con más ardor, ansiedad y descaro que cualquier mujer que adore un hombre como él. ¿Una compañera? Yo estaba más cerca de él, apoyando sus ideas y decisiones y desvelos, más, mucho más que oficiales y sus raudos lanceros.

[…]

¿Qué fueron sus últimos días? Él era un hombre solitario, lleno de pasiones, de ardor, de orgullo, de sensibilidad. Le faltó tranquilidad. La buscaba en mí siempre, porque sabía de la fuerza de mis deseos y de mi amor para él (Sáenz 2005: 92-93; 2010: 183).

Plano y mapa de la ciudad y el puerto de Paita en el siglo . Edición propia a partir del mapa de George Anson. Plan de la ville de Paita dans le Royaume de Santa Fé (1749) (Biblioteca Nacional de Francia: FRBNF30022310) (versión pre-editada en la Biblioteca Nacional de Francia digitalizada). 

En su soledad, recogida, meditando, oliendo la sal del mar desde su casa, escribiendo, Manuela Sáenz Aizpuru hizo de Paita el lugar en el que se encontraron el cansancio, la nostalgia, el desamor enamorado y las cosas ciertas de la vida.

EN VEZ DE “POR DECORO NACIONAL Y POR PATRIÓTICA GRATITUD”, LA AMÉRICA DE MANUELA SÁENZ AIZPURU

Las cartas de Bolívar, que fueron originalmente excluidas de la edición de O’Leary, lo fueron “por decoro nacional y por patriótica gratitud”, conceptos estos (aunque ni de “decoro nacional” ni de “patriótica gratitud” podamos saber el significado) que parecen asociados a la construcción patriarcal de que la política es poder y, por lo tanto, debe estar vacía de sentir. Las cartas de Bolívar a Manuela Sáenz, sin embargo, hablaban generalmente de un sentir en el que aparecían tanto su deseo por ella como su deseo de ganar batallas por terminar con los españoles.

Sarah C. Chambers (2015) plantea que los discursos biográficos, memorialistas, así como parte de la literatura que se publicó durante el siglo XIX, en tiempos de posguerras, pretendía devolver a las mujeres -que como Manuela Sáenz habían hecho territorios con libertades- a la casa (Chambers 2015: 335). Manuela Sáenz Aizpuru desde Paita permaneció donde siempre había estado: en todas partes, libremente, y lo haría con su escritura y con sus cartas llenas de “amigos” a los que se dirigía, sobre los que hablaba, con quienes decidía, con quienes conversaba acerca de lo que sucedía y a los que explicaba lo que ella pensaba que debía suceder. A sus cartas desde Paita siguieron las ficciones de archivo: “reconstrucciones del pasado llevadas a cabo por las escritoras latinoamericanas para dar cuenta de una subjetividad singularizada, con capacidad de escritura e inscrita dentro de una genealogía” (Libertad 2012: 87) que daban a conocer a Manuela Sáenz desde relatos literarios y que no se basaban en un corpus documental archivístico. Las ficciones sobre ella las escribieron durante el siglo XX María Jesús Alvarado, Concha Peña y Olga Briceño.

De Manuela Sáenz Aizpuru ha escrito Victoria Villanueva que “sus diarios y sus cartas hacen posible conocerla tal cual era ella o, más bien, cómo ella se percibía a sí misma, atreviéndose a expresar sus anhelos de libertad para todo el continente americano, sin renunciar jamás a su propia libertad” y, añade la autora, “Manuela Sáenz nos permite también conectarnos con el pasado en su propio ritmo, imaginar ese convulsionado mundo del siglo XIX en América desde su esquina” (Villanueva 2016: 97-98).

Sus diarios y las cartas, las ficciones de las escritoras del siglo XX y los estudios de las historiadoras de los siglos XX y XXI constituyen una genealogía que nos acerca a la voz sexuada de Manuela Sáenz: sexuada por el sentido femenino que ella puso en su experiencia de libertad, de patria y de amor. La memoria feminista, como método, escucha los textos en primera persona y da a conocer, entonces, más historia: aquella que no puede leerse en las fuentes en tercera persona del singular masculino.

Este circular entre la libertad propia y la libertad de América, el poner el alma en los gestos y en las palabras, el amor como medida, y la soledad como lugar de descanso, fue Manuela Sáenz Aizpuru. Todo eso fueron el Ecuador, el Perú, Colombia, Venezuela y América mientras respiró su cuerpo y luego en las mujeres que nos hemos mirado para verla a ella: tan de palabras y gestos sencillos como enseñar la historia.

REFERENCIAS

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1Este trabajo es uno de los resultados del proyecto de investigación “Mujeres de la Independencia en la Memoria”, que se ha desarrollado en el marco del grupo de investigación riel y que fue financiado por la Dirección de Gestión de la Investigación del Vicerrectorado de Investigación de la Pontificia Universidad Católica del Perú desde 2019.

2Inés Quintero recoge el fragmento del pleito en que un juez, tras la muerte de James Thorne, su marido, le niega a Manuela los ocho mil pesos de su dote: “La mujer que se separa de su consorte y entabla relaciones públicamente de un carácter reprobado con otra persona, pierde entre otras cosas el derecho a la dote. Todo el mundo sabe que Doña Manuela incurrió en este defecto lamentable y que sus procedimientos en esta parte fueron tan patentes, tan públicos, tan generalmente reconocidos, que ni su mismo apoderado los negará, ni tampoco existe en esta ciudad un solo individuo que los desconozca” (Quintero 2001: 69).

3En el siglo XVIII, América, según Aljovín (2017: 48), “Es una paradoja, pues mientras más se diferencia América/americano de España/español, el carácter de la identidad continental se disuelve”. Hasta 1847 no apareció la voz “América” en el diccionario de la lengua castellana. En tiempos en los que “ser americano” debió volverse a pensar, por la ruptura con aquella “madre” de la que todavía hoy en América Latina se habla al referirse a España, Manuela hace de las tierras y de su amor a la libertad una América concreta, llena de significado. Su frase “Mi patria es el continente de la América: he nacido bajo la línea del Ecuador” (Londoño 2008: 83), que en ocasiones aparece escrita como “Mi país es el continente”, del texto firmado por Manuela que parece haber circulado impreso por Bogotá en 1830, expresa lo preciso y lo inmenso de la América por la que ella fue circulando a lo largo de su vida.

4Sobre la distancia entre la autora y la mujer creadora me ha hecho pensar cosas el texto de Meri Torras (2020: 27): Manuela Sáenz usó en muchas de sus cartas palabras que ella sabía que resultaban amables a sus destinatarios. Entiendo ahí el “mirándote mirarme” que plantea Torras, lejos, a la vez, muy lejos, del modo en que la libertad de Manuela inscribía los gestos en el relato, propio, de su vida.

5Este proyecto inicial dará, sin duda, motivos a la posibilidad de fortalecer el trabajo en red del que disfrutamos en noviembre de 2020 con Inés Quintero, Victoria Villanueva, Mariana Libertad, Alexandra Sevilla, María Camila Díaz y Carolina Navarro. Al terminar los dos talleres que llevamos a cabo, destacaba el gran y detallado conocimiento, más allá de las naciones y de las patrias, sobre Manuela Sáenz Aizpuru. Sin apropiaciones, y casualmente sin entrar en detalles sobre cuestiones locales, en un entendimiento común, todas sabíamos allí quién fue, quién es Manuela Sáenz Aizpuru.

Recibido: 13 de Agosto de 2021; Aprobado: 26 de Febrero de 2022

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