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Historia mexicana

versión On-line ISSN 2448-6531versión impresa ISSN 0185-0172

Hist. mex. vol.75 no.2 Ciudad de México oct./dic. 2025  Epub 22-Sep-2025

https://doi.org/10.24201/hm.v75i2.4809 

Reseñas

Sobre Tomás Pérez Vejo, México, la nación doliente. Imágenes profanas para una historia sagrada

Pablo Yankelevich1 

1El Colegio de México

Pérez Vejo, Tomás. ,, México, la nación doliente. Imágenes profanas para una historia sagrada. México: Secretaría de Cultura, Instituto Nacional de Antropología e Historia, Grano de Sal, 2024. 372p. ISBN: 978-607-598-612-8.


Durante más de dos décadas, Tomás Pérez Vejo ha estudiado los procesos de construcción nacional en el espacio iberoamericano, en particular la conformación de comunidades nacionales en tanto sujeto político por excelencia de los Estados modernos. Pérez Vejo es un autor de referencia cuando buscamos respuestas a interrogantes sobre la naturaleza y sentido de las identidades nacionales, su transmisión y reproducción. México, la nación doliente cierra un ciclo de obras sustanciales con las que Pérez Vejo ha nutrido la moderna historiografía iberoamericana. Entre ellas, Nación, identidad nacional y otros mitos nacionalistas (1999); España en el debate público mexicano, 1836-1867. Aportaciones para una historia de la nación (2008); Elegía criolla. Una reinterpretación de las guerras de hispanoamericanas independencia (2010); y España imaginada: historia de la invención de una nación(2015). En gran medida, México, la nación doliente puede leerse como la culminación de una búsqueda sobre las estrategias que condujeron a la invención de la nación mexicana, es decir, a las razones por las que los mexicanos cuentan ser lo que en realidad creen que son.

Este libro es una exploración por los orígenes del relato nacional mexicano al proponer un recorrido por los espacios de creación y ensamblaje de diversas narraciones históricas, por sus fortalezas identitarias e inconsistencias, y por sus usos y funciones. El punto de partida es el interrogante sobre la potencia de un discurso que, a pesar de tener sus momentos fundacionales hace poco más de dos siglos, ha sido capaz de convencer de tener una historia milenaria que perdurará por los siglos de los siglos.

El libro coloca la experiencia mexicana en contextos globales y comparables. Naciones hubo miles desde hace millares de años, pero naciones modernas, es decir, formas de identidad colectiva en tanto instrumentos de legitimación del poder político, las hay bastante menos y desde tiempos muy recientes. Hace poco más de dos centurias que existen Estados que gobiernan en nombre de naciones, y naciones convertidas en sujetos políticos que dotan de legitimidad al ejercicio del poder. En la historia de la humanidad constituye una verdadera novedad que los gobernantes dejaran de hablar en nombre de dios, para hacerlo en nombre y en representación del pueblo de una nación. México no representa ninguna excepción en esta experiencia del mundo occidental, lo importante en todo caso es comprender los dispositivos desplegados para nacionalizar la historia de lo que hoy reconocemos como México, su territorio y sus poblaciones.

El punto de partida es advertir que todo relato nacional es un acto de fe. “La nación no es, dice Pérez Vejo, sólo se cree en ella.” Es un mito en torno a orígenes que deben ubicarse en tiempos remotos a los fines de robustecer una creencia en la existencia de la nación. Mientras más lejanos sean los inicios, mayor será el orgullo que despertarán. Construir un relato nacional es contar quiénes somos, y ese “nosotros” no puede más que ser excluyente. Alguien, necesariamente, debe quedar fuera. Construir un “nosotros” requiere de “otros” cuya existencia permite diferenciarse, sólo así se afianza “nuestra” identidad. En primer lugar, esos “otros” serán los extranjeros, aquellos que existen fuera de las fronteras territoriales; aunque también hubo “otros” internos a quienes se excluyó de la comunidad nacional. Ante ellos, el “nosotros” desplegó dos alternativas, una integración compulsiva en el mejor de los casos, y en el peor, el brutal exterminio.

Toda comunidad nacional es una auténtica “invención”, no en el sentido de falsear, aunque las falsedades abunden en los relatos nacionales, sino en la capacidad de imaginar un colectivo de iguales en origen y en destino. Una imaginación que en el caso mexicano hizo posible que habitantes de regiones tan disímiles y distantes llegaran a considerarse mexicanos convencidos de que todos descendían del mismo y patriótico árbol genealógico. Karl Deutsch, pionero en el estudio de los fenómenos de comunicación masiva en los procesos de nacionalización de conciencias, apuntó hace más de medio siglo: “La nación es un grupo de personas unidas por un error compartido sobre su ascendencia y por un desagrado compartido hacia sus vecinos”. Este libro expone esos errores y esos desagrados compartidos, y lo hace por medio del estudio del más eficaz dispositivo para despertar sentimientos y emociones: las imágenes plasmadas en la pintura histórica. Grandes cuadros, enormes óleos elaborados para contar historias. Pintura histórica producida y expuesta bajo el patrocinio del Estado, y también reproducida en páginas de revistas y periódicos. Con razón, Pérez Vejo afirma que ver plasmado en un cuadro el suplicio de Cuauh té moc tuvo y tiene mayor fuerza emotiva que la lectura de cualquier texto referida a esta escena del pasado nacional.

Las páginas de ese libro están dedicadas a estudiar la historia de las maneras en que fueron contadas las historias de lo que llamamos México y los mexicanos, y las fuentes de esta investigación son representaciones plásticas producidas entre el último tercio del siglo XIX y la primera década del XX. El autor se colocó frente a más de 200 obras, se detuvo en lo que narran y en las condiciones que las hicieron posibles. Escarbó en las fuentes históricas que usaron los artistas, en sus técnicas y en los contextos de producción, para luego estudiar las miradas que se proyectaron sobre esas obras por parte de los críticos, los periodistas, los ensayistas que en su momento las observaron y escribieron sobre ellas. Se estudian las obras y las miradas sobre ellas. Lo que representan y las reflexiones que suscitaron esas representaciones. Este juego de miradas permite a Pérez Vejo detenerse en otras historias, como la de la propia pintura histórica en México, sus géneros y estilos; las etapas de la Academia de Bellas Artes, las venturas y desventuras de patrocinios públicos y mecenazgos privados. La historia de exposiciones nacionales e internacionales, y avatares en las vidas de los artistas y sus maestros.

Las pinturas funcionan como si fueran textos, y a partir de ellas se cuentan los derroteros de imágenes que urdieron una historia plagada de ambigüedades. Una historia que nació sumida en contradicciones hasta decantarse en versiones maniqueas sobre un pasado que se convertirá en nacional. Un relato que reconoce su origen en dos interpretaciones contrapuestas. Una, de matriz liberal, ubica el origen de México en el pasado prehispánico. Otra, de raigambre conservadora, lo encuentra en la conquista. Pérez Vejo se detiene en las razones que permitieron el ascenso y triunfo de la versión prehispanista interpretada a partir de una analogía con el derrotero de la vida de Jesús recreado en los misterios que pautan el rezo del Santo Rosario. En el relato nacional mexicano se narra una historia en tres tiempos: los gozosos asociados a una arcadia prehispánica seguidos de los dolorosos en que la nación mexicana muere a consecuencia de la conquista y la colonización. Por último, los tiempos gloriosos que inaugura la insurgencia de 1810 al permitir la resurrección de México prehispánico. De este modo, decantaron las nociones de un México eterno, intemporal, atravesando los siglos con absoluta naturalidad. Un México muy antiguo en el que, por ejemplo, la representación de Tula en la pintura El descubrimiento del pulque de José Obregón, entre muchas otras pinturas de corte prehispanista, jugaría la misma función que el pasado grecorromano en las construcciones nacionales en el mundo europeo.

Pérez Vejo escarba en el subsuelo de un imaginario nacional tensionado por dos modos muy diferentes de contar una historia, dos maneras que se cruzan y por momentos se confunden sin esconder evidentes contradicciones. Por ejemplo, una versión prehispanista enarbolada por hijos de españoles, criollos, europeos y blancos que reivindican antepasados indígenas, y al mismo tiempo desprecian a los sobrevivientes de aquellas civilizaciones. Ni las obras plásticas ni las miradas que de ellas se desprenden corresponden linealmente a los proyectos políticos que enarbolaron liberales y conservadores. Una parte de la plástica de corte prehispanista, por ejemplo, se produjo bajo el patrocinio del Imperio de Maximiliano, etapa del pasado nacional directamente asociada al bando conservador. Pérez Vejo insiste en que no estamos ante un conflicto político sino identitario. Y en este terreno, los posicionamientos políticos no siempre son simétricos. Hubo liberales que en términos identitarios estuvieron más cerca de los conservadores y viceversa.

Ambos relatos tienen serios problemas de articulación debido a la naturaleza ambigua de sus mismas formulaciones. Los mexicanos que se identificaban con el México prehispánico tuvieron que convivir con el racismo antiindígena de elites blancas que eran, en buena medida, responsables de la construcción nacional. Mientras que aquellos identificados como los descendientes de los conquistadores debieron asumir como propios los rasgos de la nacionalidad de la antigua metrópoli, su lengua, su cultura y su “raza”, frente a una realidad que se desbordaba en una pluralidad de culturas, lenguas y “razas”.

En el canon del relato prehispanista no hay más México indígena que el del altiplano central; sin embargo, los límites territoriales de la patria mexicana resultaron más extensos. Pérez Vejo se detiene en las pinturas y explica cómo fue posible que el amplio y diverso territorio de lo que terminaría siendo México asumiera sus orígenes asociados exclusivamente a la fundación de Tenochtitlán, o cómo se convirtió a los conquistadores hispanos en los enemigos de una comunidad nacional antes que existiera la nación mexicana.

Con atención se analiza la invisibilización del pasado colonial en la pintura histórica. Tres siglos de presencia española se reducen a un puñado de representaciones de episodios de la conquista ocurridos en unos cuantos años del siglo XVI. El suplicio de Cuauhtémoc, de Leandro Izaguirre; La matanza de Cholula y Fray Bartolomé de las Casas, de Félix Parra, y El senado de Tlaxcala, de Rodrigo Ramírez, entre otros cuadros representando a héroes y traidores de una nación que todavía no existe. Escenas de crueldad en las que se funda “la nación doliente”.

Los procesos de nacionalización del pasado no sólo recuperan personajes, hacen lo mismo con los paisajes. Entonces ahí florecen los volcanes, valles y montañas de José María Velasco y pinturas de la arquitectura colonial. Representaciones de haciendas e iglesias, construcciones civiles y religiosas por lo general patrocinadas por particulares.

Los últimos capítulos del libro están dedicados a estudiar la solución que se encontró a los problemas que planteaba la tensión entre los dos relatos históricos. Solución que dio origen al fundante mito del mestizaje. México no será ni indígena ni española, sino una nación mestiza. Invención porfiriana que permitió sortear algunas dificultades, aunque dejó en pie otras que se arrastran hasta nuestros días. La manera más auténtica de ser mexicano es ser mestizo, pero la mezcla admite sólo dos afluentes que además no son equiparables. Muchos “otros” quedaron fuera para ser catalogados como “inasimilables” o fueron invisibilizados, como sucedió con las poblaciones de afrodescendientes. El mito del mestizaje disimuló pulsiones racistas que anidaban en una voluntad de blanqueamiento asociado a una jerarquía biológica y cultural. No por casualidad Pérez Vejo presta atención a las coloraciones de las pieles en las representaciones de los hombres y mujeres de las civilizaciones prehispánicas, para descubrir tintes mucho más claros en reyes, príncipes y princesas del altiplano central.

El libro cierra con una reflexión sobre las memorias públicas, las conmemoraciones y los olvidos. Ernest Renan, en 1882, en su ya clásico discurso Qu’est-ce qu’une nation? afirmó que olvidar es más importante que recordar en la factura de sentimientos e identidades nacionales, y en esa tarea, la responsabilidad correspondía sobre todo a los profesionales de la historia dedicados a escribir grandes narraciones de historia patria para educar a los futuros ciudadanos de las nuevas naciones. Recortar la memoria para dejar sólo aquellos episodios que permitan identificarse con un colectivo nutrido por los mismos orígenes. Pérez Vejo ha hecho exactamente lo contrario. Peina a contrapelo la historia oficial para explicarnos qué y por qué se decidió olvidar, cómo se borraron segmentos del pasado para desbrozar un relato en el que imágenes profanas convirtieron en sagrada una historia a la que se asomaron comunidades tan disímiles para terminar convencidas de que siempre fueron mexicanas.

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