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Península

versión impresa ISSN 1870-5766

Península vol.20 no.2 Mérida jul./dic. 2025  Epub 09-Dic-2025

https://doi.org/10.22201/cephcis.25942743e.2025.20.2.92070 

Reseñas

Caroline Cunill, Dolores Estruch y Alejandra Ramos, edición. Actores, redes y prácticas dialógicas en la construcción y uso de los archivos en América Latina (siglos XVI- XXI). México: UNAM, 2021: 454 pp.

Laura Machuca Gallegos1 

1Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, Unidad Regional Peninsular


Los archivos son el inestimable recurso con que contamos los historiadores para realizar nuestros trabajos de investigación. En la actualidad, los más importantes se encuentran resguardados en edificios construidos expresamente para su conservación; otros menos afortunados están todavía embodegados o en condiciones poco óptimas para su cuidado. Cuando por fin el resultado de la investigación llega a manos del lector en forma de libro o artículo (lo más común), aunque ahora también se usa mucho el podcast y los medios visuales, el autor o autora se limita a mencionar en la introducción los archivos que consultó y a describir a grandes rasgos qué información rescató de ahí, pero no se detiene a contar el proceso de cómo llegó al lugar, el largo periodo de la consulta -que suele durar meses, incluso años-, ni las condiciones en que se desarrolló. La herencia positivista de no expresar todos los problemas durante nuestra investigación pesa mucho todavía.

Pero, como bien lo señala Caroline Cunill, los antropólogos nos invitan a los historiadores a pensar el trabajo de archivo como una etnografía y a repasar los archivos considerando cómo se conformaron, cómo funcionan y a qué lógicas responden. Ya lo había hecho notar hace años Stoler en su clásico artículo de 2002, traducido en 2010, “Archivos coloniales y el arte de gobernar”: “Los documentos son todavía fragmentos que se examinan en silencio para confirmar la invención de ciertas prácticas coloniales o recalcar reivindicaciones culturales. Sin embargo, la extracción del contenido de comisiones, informes y otras fuentes rara vez presta atención a su disposición y forma particular. Es necesario cambiar el enfoque del archivo-como-fuente al archivo-como-objeto” (Stoler 2010, 465). Es la misma línea donde se coloca un libro muy interesante que antecede a este que reseñamos y es el coordinado por Frida Gorbach y Mario Rufer, Indisciplinar la investigación: archivo, trabajo de campo y escritura, de 2016, pioneros en América Latina sobre el hecho de pensar nuestro trabajo de archivo.

Todos los historiadores hemos tenido la experiencia del archivo y tenemos muchas historias que contar tras bambalinas, por eso se vuelve un verdadero placer leer este libro coordinado por las colegas Cunill, Estruch y Ramos, que da voz a esas historias que no están contadas en los artículos ni en los libros, pero que forman parte de nuestro quehacer cotidiano. Así, escuchamos diecinueve historias contadas por veintidós historiadores que tienen lugar en diversos archivos de América Latina y Europa. Llama la atención que dieciséis sean mujeres y seis hombres, algunos europeos o estadunidenses, todos trabajando historia latinoamericana. Unos incluyen testimonios cortos, otros son más técnicos; algunos aprovecharon su tinta y se desahogaron, esos capítulos me gustaron más.

El libro está dividido en cuatro partes: 1) Vínculos interpersonales y negociaciones en el acceso, la conservación y la interpretación de los fondos archivísticos; 2) Experiencias de la geografía del archivo y de la (in)materialidad de los documentos; 3) Investigación, creación de nuevos archivos y su potencial cognitivo en las fronteras interdisciplinarias; y 4) Valor simbólico de los documentos, categorías de clasificación y construcción de la memoria histórica en perspectiva dialógica. Sin embargo, haré referencia a los textos conforme a otra división que traigo en la cabeza.

Desde el trabajo paradigmático de Arlette Farge, Le goût de l’archive (el gusto por el archivo), traducido al español como La atracción del archivo, creo que los historiadores podemos escribir cada uno un relato que se llame “Mi historia de amor (o desamor) con tal o cual archivo”. Los historiadores todavía reflexionamos poco sobre nuestra práctica y trabajo cotidiano. Ésa fue la apuesta de las coordinadoras del libro, así como pensar en todas las personas en relación con el archivo, considerarlas actores e interesarse en su identidad, objetivos y hábitos, sus relaciones interpersonales y sus interacciones.

El prólogo fue escrito por el historiador peruano Luis Miguel Glave Testino, quien cuenta cómo fue conociendo los archivos que fueron la base de su investigación y, como él mismo lo escribe, “las voces subalternas se dejan sentir dentro de esos archivos, se trata de descubrirlas” (18). Entonces si se trata de describir y descubrir la relación del historiador con el archivo, el título que da a su capítulo Lorena Rodríguez le otorga sentido a la idea general: “Las tramas de mi archivo”, que además refleja con gran ironía una situación que a todos nos ha pasado una o varias veces:

Me bajo del micro y voy directo al archivo provincial […] Me acomodo, saco un papel que preparé la noche anterior con una larga lista de expedientes para solicitar, me dirijo al empleado del archivo. Mira rápidamente la lista y me dice que esta tanda de documentos de la Sección Gobierno no está a la consulta en este momento […] Decepcionada, intento con otro tipo de expedientes […] El empleado va a buscarlo (el documento) y al regresar me dice que con esa anotación el documento no existe (60-61).

Cuenta que después de pasar horas y días en el archivo, finalmente los empleados la empiezan a conocer y a prestarle los documentos. Como ella misma lo explica, no se investiga solo o sola, sino “sumando esfuerzos y conformando redes” (70).

En ese sentido, menciono el relato de Carlos Paz acerca de su investigación sobre el Chaco: lo que resalta además de su experiencia en el archivo es el intercambio que sostuvo con algunos vecinos notables de esos pueblos y la proyección que se hace del pasado en el presente. Este acercamiento le valió tener acceso a documentos de archivo que antes le habían sido vedados y así comprobar la existencia de lo que él llama “la imaginación etnográfica”, es decir, cómo un grupo de notables se sigue valiendo de la historia para justificar su posición actual y le conviene que esa historia de combatir a los grupos indios siga vigente. En capítulos como el de Giovani José da Silva se resaltan otros usos más edificantes del material del archivo, en su caso el de rescatar la fascinante historia y la memoria de los pueblos indígenas de la Reserva Kadiwéu en Paraguay. Nos cuenta su peripecia para dar con un libro de 1770, El Paraguay católico, obra del jesuita José Sánchez Labrador, pues, aunque los Kadiwéu tenían los libros en edición moderna, él quería ver la letra original. Gracias a la confianza que le tenían por haber sido profesor de educación básica durante varios años, le fue encomendada esta tarea que lo llevó hasta Roma y sólo por su conocimiento de la

lengua nativa pudo tener acceso al documento.

De hecho, otros capítulos narran la experiencia de vivir en los pueblos haciendo trabajo etnográfico, por un lado, y por el otro, escudriñando en la historia; tales son los capítulos dedicados a Yucatán. Primero, me referiré a Julien Machault, quien nos cuenta su estancia en el pueblo de Ebtún, ya que analiza en su tesis doctoral una colección de documentos en posesión del pueblo llamados “Los títulos de Ebtún”. Me gusta mucho la conclusión a la que llega al considerar su proceso de investigación como “la fábrica de la etnohistoria”, y siendo muy consciente de que “la historicidad de los habitantes de Ebtún” no puede ser “cosificada, reducida a un texto académico” (358). Paul Sullivan, por su lado, nos cuenta la historia de unos documentos en lengua maya que forman parte de acervos familiares. En un primer momento le interesaba más el papel de los guardianes de los escritos sagrados, de los cuales detalla su larga tradición y el interés por la caza de sus documentos. Porque también en nuestro ámbito hay cazadores furtivos de papeles.

Caroline Cunill reflexiona sobre sus fuentes yucatecas del siglo XVI, que estaban fragmentadas, dispersas en papeles sueltos aquí y allá. Ante la falta de archivos formales, algunos particulares empezaron a formar sus propios archivos, ya sea por la naturaleza de su trabajo (como los escribanos), o por guardar pruebas de su trayectoria, como Gaspar Antonio Chi, quien ya en el siglo xix se pasaría a un afán coleccionista, como lo llama la autora. “Glosas croniquenses”, de Lydia Fossa, es otro proyecto apasionante de lectura de textos del siglo XVI, con mapas interactivos, léxicos, etcétera.

Por supuesto que los historiadores también formamos nuestros propios archivos, tal como lo confirma el estudio de Alejandra Ramos, que escudriña en los documentos de Franklin Pease, un reconocido historiador peruano; de Ana María Lorandi, historiadora argentina; y el fondo del arqueólogo argentino Rex González. En la misma línea va el capítulo de Piantoni, Simón y Pupio, que estudian los archivos personales de arqueólogos para reconstruir conceptos y desarrollo científico. Ramos, en particular, se detiene en las cartas de Pease y Lorandi y reconstruye su sociabilidad académica, su labor como gestores institucionales y da cuenta de sus amigos y enemigos. Esta reconstrucción resulta apasionante y lo que se pregunta Ramos al final tiene un gran sentido: “¿cuáles serán los registros materiales de nuestras propias prácticas académicas y las huellas de nuestras formas de sociabilidad que podrán examinar investigadores futuros?” (245).

Otra línea que se desprende de estos textos es sobre los puentes entre pasado y presente, en particular Dolores Estruch, que trabaja la minería en la época colonial, se pregunta acerca de esta labor y la justicia en el Jujuy actual, interesándose en el entramado conformado por comunidades indígenas, colectivos, académicos y el estado que prevalece en torno al avance de los salares de la puna de Jujuy, retomando una reflexión de Caroline Cunill y Rodrigo Llanes sobre pensar el desarrollo del pluralismo legal en dos momentos históricos (2024) (2024).

Por último, y no menos importante, está la reflexión de quien trabaja con archivos difíciles por sus temas, como Tortorici, que llamó a su capítulo “Archivar lo obsceno”. En su texto trabaja los casos inquisitoriales de contra natura, homosexualidad, bestialismo, etcétera, y retoma un concepto usado por los contemporáneos: lo obsceno. Esta investigación lo llevó a rastrear las nociones de esa palabra por América Latina hasta la primera mitad del siglo xx, buscando otras fuentes más allá de los papeles, por ejemplo, en películas.

Para terminar, quisiera citar una frase de Federico Navarrete, quien hace el epílogo:

El carácter conflictivo de los archivos, su vinculación con el poder y sus disputas, es evidente en casi todos los capítulos que integran esta antología. En varios ejemplos, el archivo es objeto de poder, atesorado, conservado y administrado por las instituciones y los grupos en posiciones dominantes […] queda así claro que la historia que quiere ser crítica debe empezar por una visión igualmente crítica de sus materiales y sus orígenes (389-390, 392). La anterior es mi mayor recomendación para leer este libro y saber qué hay detrás de nuestras investigaciones históricas.

Laura Machuca Gallegos laura_machuca@yahoo.com

Referencias

Cunill, Caroline y Rodrigo Llanes. 2024. “Pueblos indígenas y justicia en América Latina: una reflexión histórico-antropológica sobre el concepto de pluralismo legal”. Memoria Americana. Cuadernos de Etnohistoria 32 (2): 6-35. [ Links ]

Farge, Arlette. 1989. Le goût de l’archive. París: Seuil. [ Links ]

Farge, Arlette. 1991. La atracción del archivo. Valencia: Edicions Alfons el Magnanim. [ Links ]

Gorbach, Frida y Mario Rufer. 2016. Indisciplinar la investigación: archivo, trabajo de campo y escritura. México: Siglo XXI-UAM. [ Links ]

Stoler, Ann Laura. 2002. “Colonial Archives and the Arts of Governance”. Archival Science 2 (1-2): 87-109. [ Links ]

Stoler, Ann Laura. 2010. “Archivos coloiales y el arte de gobernar”. Revista Colombiana de Antropología 46 (2): 465-466. [ Links ]

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