Introducción
El lenguaje ha sido tradicionalmente abordado en filosofía y lingüística como una estructura estable gobernada por reglas fijas. A pesar de no ser reconocidos como lingüistas, Deleuze y Guattari plantearon ideas innovadoras, que rara vez son tomadas en cuenta en los debates lingüísticos o en el panorama más amplio de los estudios de la filosofía del lenguaje. En el tercer capítulo de su obra Mil mesetas de 1980, titulado “Postulados de la lingüística”, desarrollan una contribución genuina a la filosofía del lenguaje. Mientras que la filosofía del lenguaje1 se centra en cuestiones relacionadas con la naturaleza del lenguaje como, por ejemplo, el significado de las palabras, la estructura de las frases, la interpretación de los discursos y la relación entre el lenguaje y el pensamiento, Deleuze y Guattari exploran el lenguaje desde una óptica más amplia, al considerarlo como un sistema de signos y símbolos interconectados con otros sistemas, como el pensamiento, la cultura y el poder. Su enfoque se apoya en el concepto de agenciamiento o ensamblaje, que se refiere a la manera en que los elementos se combinan y conectan, para dar forma a un conjunto complejo. En el contexto del lenguaje, esta perspectiva implica que los signos y símbolos no poseen un significado fijo y universal, sino que su interpretación depende de las relaciones y conexiones que establecen con otros elementos dentro del sistema lingüístico. Esta visión desafía las concepciones tradicionales del lenguaje y propone una comprensión más dinámica de su funcionamiento y su relación con el mundo.
Deleuze y Guattari, al adoptar esta perspectiva, nos invitan a considerar lenguas como el quechua, el aymara y otros idiomas minoritarios no simplemente como variantes de un modelo lingüístico universal, sino como sistemas con lógicas y dinámicas propias, que cuestionan la noción occidental de un significado fijo y universal. En cambio, ellos nos muestran que el significado es fluido, cambia con el tiempo y está moldeado por las relaciones culturales y simbólicas específicas de un contexto particular. Al entender el lenguaje desde la óptica de Deleuze y Guattari podemos apreciar la riqueza y diversidad de las lenguas y culturas del mundo. Al mismo tiempo, esta visión nos permite cuestionar las jerarquías lingüísticas y culturales impuestas históricamente por estructuras dominantes de poder. Reconocer la fluidez del significado y el carácter situado de toda lengua puede ser una poderosa herramienta para desmantelar dichas jerarquías y reivindicar la legitimidad de idiomas que han sido subordinados o marginados.
El propósito de este artículo es evaluar la posición de Deleuze y Guattari en la investigación lingüística contemporánea y ofrecer una visión general de cómo su filosofía influye en el campo de la investigación lingüística. Mi objetivo no es sólo destacar las ideas lingüísticas de Deleuze y Guattari, sino, más bien, contribuir modestamente a comprender su perspectiva. Pretendo resaltar las diferencias y similitudes con otros enfoques lingüísticos contemporáneos, para fomentar un interés renovado en las ideas de Deleuze y Guattari entre la comunidad académica de lingüistas.
En este sentido, resulta fundamental presentar la postura lingüística de Deleuze y Guattari, lo cual requiere exponer con claridad la visión que explícitamente confrontan y critican: la lingüística estructural. A través de un análisis detallado de este enfoque, los autores establecen los fundamentos de su propia concepción del lenguaje, en especial destacan la metáfora del lenguaje como una máquina en constante ensamblaje y reconfiguración. Comprender sus críticas al estructuralismo lingüístico clásico nos ayuda a apreciar mejor su idea del lenguaje como un sistema dinámico y siempre cambiante, influenciado por componentes sociales, políticos y tecnológicos que van más allá de lo meramente lingüístico.
Fundamentos de la lingüística estructural
El lingüista suizo Ferdinand de Saussure es comúnmente considerado el pionero de la lingüística estructural. Sin embargo, en su obra más influyente, el Curso de lingüística general, publicada de manera póstuma en 1916, Saussure emplea el término estructura con poca frecuencia y nunca en un contexto técnico. Su teoría representa un cambio fundamental en la historia de la lingüística moderna,2 sentó las bases para los enfoques estructurales del lenguaje en el siglo XX. De hecho, según Saussure “la lengua es un sistema en donde todos los términos son solidarios y donde el valor de cada uno no resulta más que de la presencia simultánea de los otros”3 y cuyas “partes pueden y deben considerarse en su solidaridad sincrónica”.4 Saussure enfatiza la prioridad del sistema sobre sus partes, lo que significa que la lengua se concibe como un sistema de signos interdependientes, en el cual el valor de cada término resulta solamente de su relación con los otros términos del sistema. En sus palabras:
[...] nos muestra cuán ilusorio es considerar un término sencillamente como la unión de cierto sonido con cierto concepto. Definirlo así sería aislarlo del sistema de que forma parte; sería creer que se puede comenzar por los términos y construir el sistema haciendo la suma, mientras que, por el contrario, hay que partir de la totalidad solidaria para obtener por análisis los elementos que encierra.5
Saussure postula que todos los signos lingüísticos son, en esencia, arbitrarios. Esto expresa que el significado de un signo no está determinado por las características inherentes de las cosas que representa, sino, más bien, por las diferencias y relaciones que mantiene con otros signos dentro del sistema lingüístico.6 En este enfoque, un signo lingüístico se compone de dos partes fundamentales: el significante (la forma perceptible del signo, como una palabra hablada o escrita) y el significado (el concepto o idea asociada al signo). Según Saussure, la propiedad esencial de un signo lingüístico radica en su carácter arbitrario, ya que su significado sólo se establece en contraposición a otros signos similares dentro del sistema lingüístico. Estos signos, en su conjunto, constituyen un sistema estructurado. El signo lingüístico, como unidad básica de la comunicación verbal, forma parte de un sistema social y psicológico de intercambio entre seres humanos, conocido como lenguaje.7
Esto implica respaldar lo que se ha denominado la posición autonomista.8 Esta perspectiva ha tenido un impacto significativo en la semiótica europea y en la teoría del signo lingüístico. En otras palabras, argumenta que la lingüística ya no debe estar subordinada a la filología, la filosofía, la sociología ni a otras disciplinas, sino que debe considerarse como una ciencia autónoma.9 Desde esta óptica, la lingüística se concentra en el estudio del objeto lingüístico, es decir, el sistema del lenguaje, mediante una descripción de las relaciones diferenciales entre los elementos del sistema, esto es, los signos lingüísticos.
De hecho, Saussure define el lenguaje de la siguiente manera: “Mientras que el lenguaje es heterogéneo, la lengua así delimitada es de naturaleza homogénea: es un sistema de signos en el que sólo es esencial la unión del sentido y de la imagen acústica”.10 Este enfoque destaca la importancia de la relación entre el significado y la imagen acústica en la lengua, donde la lengua se concibe como un sistema estructurado de signos. Saussure utiliza una analogía bien conocida para ilustrar este punto, compara el lenguaje con el juego de ajedrez:
[...] el que haya pasado de Persia a Europa es de orden externo; interno, en cambio, es todo cuanto concierne al sistema y sus reglas. Si reemplazo unas piezas de madera por otras de marfil, el cambio es indiferente para el sistema; pero si disminuyo o aumento el número de las piezas tal cambio afecta profundamente a la “gramática” del juego.11
Saussure utiliza la analogía del ajedrez para enfatizar la idea de que la lengua es un sistema organizado y estructurado. El hecho de que el ajedrez haya pasado de Persia a Europa se considera un cambio externo, es decir, en la manifestación física o en la historia del juego. Esta comparación ayuda a resaltar la importancia de la conexión entre el significado y la imagen acústica en el funcionamiento del lenguaje. En contraste, todo lo relacionado con el sistema y sus reglas se percibe como interno, es decir, inherente a la estructura y al funcionamiento del juego en sí. En este sentido, la ciencia del lenguaje debe excluir todas las variables no lingüísticas que puedan estar relacionadas con el lenguaje, tales como las de carácter etnológico, político, institucional o geográfico. Estas variables son consideradas “externas” y no resultan eficaces para definir las fuerzas que están permanente y universalmente en acción en todos los idiomas, ni para deducir las leyes generales a las que se pueden reducir12 todos los fenómenos históricos específicos. Noam Chomsky, en su proyecto científico, también aboga por esta idea. En Aspectos de la teoría de la sintaxis, Chomsky escribe:
[...] la teoría lingüística es un hablante-oyente ideal, en una comunidad lingüística del todo homogénea, que sabe su lengua perfectamente y al que no afectan condiciones sin valor gramatical, como son limitaciones de memoria, distracciones, cambios del centro de atención e interés, y errores (característicos o fortuitos) al aplicar su conocimiento de la lengua al uso real. Ésta me parece que ha sido la posición de los fundadores de la lingüística general moderna.13
Sin embargo, según Saussure, la lingüística debe entenderse exclusivamente como parte de una ciencia más amplia y general, la semiología. Esta disciplina se define como “una ciencia que estudia la vida de los signos en el seno de la vida social”.14 Saussure considera que el objeto de estudio de la lingüística es la lengua, no el habla, y su propósito es llevar a cabo la descripción e historia de todas las lenguas. De hecho, el lenguaje, entendido como “un sistema de signos que expresan ideas”,15 se integra como parte de una ciencia más amplia, la semiología o teoría general de los signos. Esto se debe principalmente a que el lenguaje es el único sistema capaz de traducir los códigos de todos los demás sistemas semiológicos a su propio código. Según Saussure, “la lingüística puede convertirse en el patrón maestro para todas las ramas de la semiología, aunque el lenguaje sea sólo un sistema semiológico particular”.16 Por lo tanto, el lenguaje debe considerarse, al menos dentro del marco estructuralista, como el sistema semiológico más fundamental y poderoso, y la lingüística representa, en consecuencia, la ciencia semiológica más importante y básica. El reconocimiento de la posición privilegiada de la lingüística se ha vuelto común dentro de la tradición estructuralista.
De máquinas y estructuras
En 1971, Félix Guattari publicó un artículo titulado “Máquina y estructura”, el cual es considerado un texto esquizo y fue presentado en la Escuela Freudiana de París.17 Aquí, Guattari argumenta que la lingüística puede convertirse en el patrón maestro para todas las ramas de la semiología, aunque el lenguaje sea sólo un sistema semiológico particular. Este escrito, donde se introduce el concepto de máquina, simboliza el primer encuentro significativo de Guattari con Deleuze, marcado de manera específica por la publicación de El Anti Edipo en 1972. El texto representó un hito crucial para Deleuze y lo impulsó a emplear el concepto de máquina como un elemento diferenciador para revitalizar eventos y movimiento. Esta perspectiva desafió la sincronía atemporal de la estructura y su supuesta autosuficiencia. En contraste con la estructura, “el surgimiento de la máquina marca un momento distinto, un quiebre no homogéneo en la representación estructura”,18 en otras palabras, un cambio que no puede derivarse de las leyes que rigen la estructura, que no puede deducirse de las leyes que gobiernan la estructura.19
En tanto que las primeras dos condiciones distinguidas por Deleuze siguen las líneas de las formulaciones clásicas del estructuralismo, la tercera es notablemente inusual, ya que, según Guattari en “Máquina y estructura”, se relaciona exclusivamente con “el orden de la máquina”,20 llegando al extremo de forzar el concepto de estructura dentro del ámbito de la máquina.
En sus propias palabras, Deleuze señala que se requieren al menos “dos series heterogéneas, una designada como ‘significante’ y la otra como ‘significada’”.21 Esto en consonancia con Saussure, quien conceptualiza el lenguaje como un sistema de signos lingüísticos, los cuales se pueden definir como la “combinación del concepto y de la imagen acústica: pero en el uso corriente este término designa generalmente la imagen acústica sola”.22 Por ejemplo, consideremos el concepto de un árbol y la imagen acústica psicológica asociada a él. Saussure luego reemplaza los términos concepto e imagen acústica con significado y significante, respectivamente.
Según Deleuze, la primera condición mínima para una estructura en general implica la existencia de dos conjuntos: uno de conceptos, es decir, una serie de elementos significados que tienen un significado; y otro de imágenes acústicas psicológicas, es decir, una serie de elementos significantes que son arbitrarios y formales, y carecen de significado fuera de su relación con un concepto. De hecho, Deleuze subraya que “nunca basta una sola serie para formar una estructura”.23
En segundo lugar, Deleuze plantea que “cada una de estas series está constituida por términos que sólo existen por las relaciones que mantienen unos con otros”.24 Esta idea se refleja en la afirmación de Saussure de que: “estos dos elementos están íntimamente unidos y se reclaman recíprocamente”.25 En esencia, los elementos de una serie significada dependen intrínsecamente de los elementos de la serie significante, y viceversa. Como señala el lingüista suizo, “la lengua no puede ser otra cosa que un sistema de valores puros, basta considerar los dos elementos que entran en juego en su funcionamiento: las ideas y los sonidos”.26 Esto subraya la interdependencia de los elementos lingüísticos y la imposibilidad de comprenderlos por separado de sus relaciones estructurales mutuas.27
Finalmente, Deleuze introduce una tercera condición mínima para una estructura en general, apartada de la ortodoxia estructuralista y que abre la puerta a la noción de máquina. Esta condición sostiene lo siguiente:
Las dos series heterogéneas convergen hacia un elemento paradójico, que es como su “diferenciante” […]. Además tiene la propiedad de estar desplazado siempre respecto de sí mismo, de “faltar a su propio lugar”, a su propia identidad, a su propia semejanza, a su propio equilibrio […]. Tiene por función: articular las dos series una con otra, y reflejarlas una en la otra, hacerlas comunicar, coexistir y ramificar; reunir las singularidades.28
Para que una estructura funcione, es necesario contar con algo que trascienda sus propios límites y que pueda ser definido como “paradójico, actuando como su ‘diferenciante’”.29 Este término se utiliza en el sentido de no estar sujeto a la lógica inherente de la estructura en la cual se manifiesta. Es importante señalar que, en este contexto, el término paradójico no denota una contradicción interna. En su obra Lógica del sentido, Deleuze utiliza lo paradójico como sinónimo de aleatorio,30 es decir, algo sujeto al azar, impredecible y no deducible a partir de leyes preestablecidas. El funcionamiento del lenguaje siempre implica un componente extralingüístico. Un ejemplo ilustrativo es el concepto de arbitrariedad del signo lingüístico propuesto por Saussure. Según este último, el “lazo que une el significante al significado es arbitrario”.31 En otras palabras, la relación entre la idea y la secuencia de sonidos que la representa es completamente arbitraria; “por ejemplo, la idea de ‘sur’ no tiene una conexión intrínseca con la secuencia de sonidos s-u-r, ya que podría ser representada igual de efectivamente por cualquier otra secuencia de sonidos”.32
Saussure afirmó que la arbitrariedad del signo no se reduce a una forma de convencionalismo, sino que implica la falta de una conexión racional o motivada entre el significado y el significante, y dicha conexión surge únicamente de la red de relaciones dentro del sistema del lenguaje. Sin embargo, Deleuze y Guattari argumentan que la naturaleza arbitraria del signo lingüístico entraña la existencia de algo externo al lenguaje y no sujeto a sus leyes estructurales. La relación entre la idea de “hermana” y la secuencia de sonidos s-ö-r podría ser representada por cualquier otra secuencia, lo que sugiere que este vínculo no se debe únicamente a las diferencias en los idiomas, sino, más bien, a un contexto amplio y contingente en el cual se han desarrollado las diversas lenguas.33 Saussure da por sentada la existencia de sistemas lingüísticos distintos sin proporcionar una explicación adecuada y, al excluir todo lo que está fuera del ámbito del lenguaje de la lingüística, parece hacer que tal explicación sea prácticamente imposible. En este sentido, según Deleuze y Guattari, la arbitrariedad del signo lingüístico conlleva la intervención de algo externo al lenguaje, algo radicalmente contingente y, por lo tanto, completamente impredecible. Este elemento paradójico y aleatorio permite el funcionamiento del lenguaje. Deleuze lo denomina acontecimiento. En su Lógica del sentido, Deleuze expresa de manera explícita que “son los acontecimientos quienes hacen posible el lenguaje”.34 Un acontecimiento es algo que ocurre fuera de una estructura dada y, no obstante, tiene la capacidad de provocar efectos en el funcionamiento de dicha estructura. En relación con la estructura en la que es efectivo, el acontecimiento es siempre impredecible, externo, contingente e incontrolable.
Podemos definir con precisión el concepto de máquina como la combinación entre una estructura y los elementos no estructurales o paradójicos que se vinculan a ella, es decir, entre una estructura y los eventos que la hacen funcionar. A partir de esta transición del modelo de estructura al modelo de máquina, planteo que es factible establecer una suerte de introducción a la lingüística de Deleuze y Guattari, basada en la negación de lo que, en el cuarto capítulo de Mil mesetas, titulado “Postulados de la lingüística”, los filósofos identifican los cuatro postulados fundamentales de la lingüística, aunque esta identificación pueda parecer algo arbitraria.
De lenguaje y máquinas
El primer postulado de la lingüística que Deleuze y Guattari critican establece que el lenguaje es informativo y comunicativo. El primer postulado de su propia teoría lingüística sostiene justamente lo contrario, es decir, que el lenguaje no es informativo ni comunicativo. Este contraste plantea una de las cuestiones fundamentales de la ciencia del lenguaje: la naturaleza misma del lenguaje. En la actualidad, la lingüística contemporánea se caracteriza por una división predominante en dos enfoques esenciales. Uno, de carácter formalista, se puede rastrear principalmente en la perspectiva de Noam Chomsky. En su obra “El lenguaje y el conocimiento inconsciente” de 1983, el lingüista estadounidense sostiene la idea de que el propósito esencial del lenguaje es “lograr ciertos fines instrumentales, satisfacer necesidades”.35 Esto coincide con la concepción común de que el lenguaje, al menos en el sentido de “comunicación”, se entiende como la transmisión de información o la inducción de creencias.
Desde esta perspectiva, la postura de Deleuze y Guattari podría considerarse una variante del enfoque funcionalista del lenguaje. De hecho, en una conversación con Catherine Backès-Clément en 1972, ellos hacen una declaración explícita al respecto: “somos estrictamente funcionalistas: lo que nos interesa es cómo funcionan las cosas, cómo se disponen, cómo maquinan”.36 A pesar de compartir una crítica radical hacia la supuesta naturaleza informativa y comunicativa del lenguaje con Chomsky -característica típica de las teorías funcionalistas-, Deleuze y Guattari simplifican la diversidad de funciones lingüísticas identificadas por los funcionalistas en una única macro-función. Esta macro-función se relaciona con la función de la palabra-orden, que se corresponde con lo que Halliday denomina la función reguladora en su terminología, es decir, “el uso del lenguaje para controlar el comportamiento de los demás, para manipular a las personas en el entorno”.37 De hecho, según Deleuze y Guattari, “la unidad elemental del lenguaje, es decir, el enunciado, es la consigna”.38 Esto implica que la palabra-orden es fundamental en su concepción, afirman que “el lenguaje ni siquiera está diseñado para ser creído, sino para obedecer y hacer que se obedezca”.39
En primer lugar, es importante destacar que, con el término palabra-orden, Deleuze y Guattari no se refieren a “consignas, no a una categoría particular de enunciados explícitos (por ejemplo, al imperativo), sino a la relación de cualquier palabra o enunciado con presupuestos implícitos, es decir, con actos de palabra que se realizan en el enunciado, y que sólo pueden realizarse en él”.40 Así, las palabras-orden se refieren “a todos los actos que están ligados a enunciados por una -obligación social”. Sin embargo, dado que:
A tales modelos lingüísticos no se les reprochará que sean demasiado abstractos, sino, al contrario, que no lo sean lo suficiente, que no sean capaces de alcanzar la máquina abstracta que efectúa la conexión de una lengua con contenidos semánticos y pragmáticos de los enunciados, con agenciamientos colectivos de enunciación, con toda una micropolítica del campo social.41
En este sentido, Deleuze y Guattari argumentan que el lenguaje debe ser visto como una especie de maquinaria que combina sus componentes estructurales formales con las suposiciones implícitas que no son lingüísticas, es decir, con el contexto social en donde el lenguaje inevitablemente se desarrolla. Desde su punto de vista, la enunciación siempre tiene una naturaleza fundamentalmente social. Esta concepción de la naturaleza del lenguaje representa un desafío evidente al estructuralismo, que tiende a “vincular el sistema del lenguaje a la comprensión individual de derecho”, en la cual la estructura del lenguaje podría ser perfectamente determinada en “los factores sociales, en los individuos reales en tanto que hablan”.42 Por el contrario, según Deleuze y Guattari, “no hay enunciación individual, ni siquiera sujeto de enunciación […] sólo hay individuación del enunciado, y subjetivación de la enunciación, en la medida en que el agenciamiento colectivo impersonal lo exige y lo determina”, ya que “ambas dependen de la naturaleza y de la transmisión de consignas en un campo social determinado”.43 Cada declaración refleja el orden semiótico que rige el campo social en que el sujeto habla.
Desde esta perspectiva, cada declaración conlleva, en primer lugar, la transmisión de un orden semiótico y una gramática social. De hecho, cada declaración se convierte en una orden, ya que impone un código de comportamiento social. Por ejemplo, según los pensadores, “las diversas formas de educación o de ‘normalización’ impuestas a un individuo”44 no transmiten información, sino que establecen coordenadas semióticas relacionadas con todas las bases duales de la gramática, como masculino-femenino, singular-plural, sustantivo-verbo, sujeto del enunciado-sujeto de enunciación, entre otras.45 No obstante, esto no implica una negación de que el lenguaje pueda funcionar como un medio de comunicación e información, más bien, su función primordial es ser un medio de comunicación e información. De acuerdo con Deleuze y Guattari, “la información consiste en el mínimo necesario para emitir, transmitir y obedecer órdenes, como comandos”.46 La comunicación siempre desempeña un papel funcional en la transmisión de responsabilidades sociales, y la información se utiliza para detallar la orden, como lo ilustra la afirmación: “Es esencial estar bien informado para no confundir ‘¡Al fuego!’ con ‘¡Al juego!’”.47 Estas perspectivas desafían claramente las concepciones convencionales de estilo chomskiano sobre el proceso de adquisición del lenguaje en niños pequeños. En este contexto, se plantea un cuestionamiento profundo de las premisas habituales. En consecuencia, las imposiciones o correcciones de los adultos, comúnmente conocidas como evidencia negativa, parecen tener, en el mejor de los casos, una influencia limitada en la adquisición del lenguaje en los niños.
Cuando examinamos de manera más detallada estas conclusiones, resulta evidente que no contradicen el argumento de Deleuze y Guattari. Como ya hemos discutido, las palabras-orden no se limitan a comandos explícitos, como los imperativos, o a simples imposiciones, como las correcciones de los adultos al lenguaje de los niños. En otras palabras, desde la perspectiva de Deleuze y Guattari, la evidencia positiva sigue siendo una forma de imposición social, aunque sea implícita.
En este sentido, sus análisis pueden considerarse una versión radicalizada de lo que, en el campo de la investigación iniciada por Lakoff en 1975, se conoce como el enfoque de la dominancia en el lenguaje y género. Aunque los estudios en este campo se centran en las descripciones fenomenales del lenguaje, considero que son completamente coherentes con las ideas lingüísticas generales de Deleuze y Guattari. De hecho, estos últimos servirían como un marco teórico enriquecedor para los primeros. Ciertamente, si bien las investigaciones convencionales, llevadas a cabo por defensores del enfoque de la dominancia, suelen centrarse en cuestiones de género, Deleuze y Guattari se enfocan en analizar las relaciones de poder en todas sus formas dentro de un campo social específico. Según nuestros filósofos, la pragmática es un subcampo de la lingüística que estudia cómo el contexto afecta el significado y la estructura de las afirmaciones y “de cómo los hablantes organizan lo que quieren decir de acuerdo con a quién se dirigen, dónde, cuándo y en qué circunstancias”.48 Según ellos, la pragmática debe entenderse principalmente como una política del lenguaje.
En las perspectivas saussureanas y, en términos más amplios, en las perspectivas formales y autonomistas, se da preferencia al estudio de la lengua, es decir, al sistema abstracto del lenguaje con sus relaciones internas diferenciales, en detrimento de la palabra, que se piensa como la instancia concreta del uso del lenguaje. Deleuze y Guattari se proponen, en cambio, desarrollar una lingüística del discurso, más precisamente, del “agenciamiento colectivo de enunciación”. Esta mirada se centra en el uso del lenguaje y en las inversiones sociales y políticas, en su mayoría implícitas y generalmente opacas, que necesariamente subyacen en cada acto de habla. De acuerdo con ellos, “la distinción lengua-palabra reaparece en la distinción competance-performance, pero al nivel de la gramaticalidad. Si se objeta que la distinción entre competance y peformance es totalmente relativa -una competencia lingüística puede ser económica, religiosa, política, estética...”,49 como lo hacen los enfoques formalistas. Más bien, según su enfoque funcionalista radical, “el sentido y la sintaxis de la lengua no es posible definirlos independientemente de los actos de palabra que ella presupone”.50 De esta manera, la pragmática se convierte en un supuesto fundamental que subyace a todas las demás dimensiones, como la semántica, la sintaxis, la fonología, entre otras, y se insinúa en todas ellas. Es tan crucial que “la lingüística no es nada al margen de la pragmática (semiótica o política) que define la efectuación de la condición del lenguaje y el uso de los elementos de la lengua”.51
La influencia de factores externos en la máquina del lenguaje
Deleuze y Guattari sustituyen las nociones de sujeto del enunciado y sujeto de enunciación por el concepto de “agenciamiento colectivo de enunciación”.52 En el segundo capítulo de Mil mesetas escriben: “no hay enunciado individual, jamás lo hubo. Todo enunciado es el producto de un agenciamiento maquínico, es decir, de agentes colectivos de enunciación”,53 en la medida en que implica la combinación de la estructura lingüística y una multiplicidad de supuestos no lingüísticos implícitos, es decir, eventos, o lo que Deleuze y Guattari también denominan transformaciones incorpóreas. De esta manera, la enunciación individual da paso a una enunciación colectiva.
Cada acto de habla no está aislado, sino que se encuentra inherentemente arraigado en lo social, surge a partir de una amalgama de componentes colectivos e impersonales inaccesibles para el hablante. Por un lado, están los elementos fonológicos, sintácticos y semánticos que constituyen un lenguaje específico, y por otro, el entorno extralingüístico en donde se desarrollan los actos de habla.
En su esencia, el lenguaje puede ser concebido como una intrincada red conformada exclusivamente por lo que William Labov,54 un destacado lingüista reconocido por Deleuze y Guattari, define como variables sociolingüísticas. Según Labov, estas variables sociolingüísticas son rasgos lingüísticos que mantienen una correlación con aspectos no lingüísticos del contexto social, ya sea relacionados con el hablante, el destinatario, la audiencia o el contexto en su conjunto. En este sentido, la estructura del lenguaje debe abarcar la comunidad lingüística55 y “pueden disponer de una etiqueta general, y también de una frase característica que igualmente sirve para identificarlos”.56 Según Deleuze y Guattari, es fundamental distinguir entre las acciones y las pasiones que afectan a los cuerpos, por un lado, y los actos que representan atributos intangibles de una afirmación, por otro. Los ejemplos que proporcionan ilustran de manera elocuente lo que debemos entender bajo el concepto de atributo o transformación incorpóreos. Un caso ejemplar se presenta en el contexto de:
En un secuestro aéreo, la amenaza del pirata que esgrime un arma es evidentemente una acción; y lo mismo ocurre con la ejecución de los rehenes, en el caso de que se produzca. Pero la transformación de los pasajeros en rehenes, y del cuerpo-avión en cuerpo-prisión, es una transformación incorporal instantánea, un mass-media act, en el sentido en el que los ingleses hablan de speech-act. Las consignas o los agenciamientos de enunciación en una sociedad determinada, en resumen, el ilocutorio, designan esa relación instantánea de los enunciados con las transformaciones incorporales o atributos no corporales que ellos expresan.57
Los conjuntos colectivos de enunciación representan con precisión esta relación entre afirmaciones, en este caso, la amenaza del secuestrador, y las transformaciones incorpóreas o atributos no corporales que en este contexto expresan la metamorfosis de los pasajeros en rehenes y del avión en una prisión. De esta manera, el segundo principio de la lingüística según Deleuze y Guattari contradice directamente la exclusión saussureana de la lingüística externa y el enfoque chomskiano del estilo lingüístico, al afirmar que no puede existir un sistema abstracto de lenguaje que prescinda por completo de elementos extrínsecos. Según los franceses, el estructuralismo resulta insuficiente para comprender el lenguaje en términos de una máquina. Los autores sostienen que “una verdadera máquina abstracta se relaciona con el conjunto del agenciamiento”.58 Esto implica que el contenido no puede limitarse a ser simplemente un significado, ni la expresión a ser solamente un significante; más bien, “ambos son variables del agenciamiento”,59 y su interacción está determinada por elementos lingüísticos y no lingüísticos. En este sentido, es el “lenguaje el que se subordina a la máquina abstracta, y no al revés”.60 William Labov y Marvin Herzog sostienen que lejos de ser un sistema homogéneo, el lenguaje debe ser descrito siempre y necesariamente como un sistema heterogéneo, o, en sus propias palabras, como un “sistema diferenciado”.61
Maquinaria lingüística: un sistema inherente a la diversidad
El tercer postulado de Mil mesetas cuestiona la existencia de constantes o universales en el lenguaje que permitan definirlo como un sistema homogéneo. Esta crítica representa la más radical y polémica dirigida a la lingüística, en especial a la estructural. Sin embargo, es importante destacar que, según William Croft, aunque no hay certeza absoluta ni creencia universalmente compartida, existe un consenso general en torno a la existencia de un número significativo de universales lingüísticos que se aplican a todos los idiomas.62 En este aspecto, afirman Deleuze y Guattari:
La cuestión de las invariantes estructurales -y la idea misma de estructura es inseparable de tales invariantes, atómicas o relacionales- es esencial para la lingüística. Es la condición bajo la cual la lingüística puede invocar la pura cientificidad, nada más que la ciencia..., libre de todo factor pretendidamente exterior o pragmático.63
La afirmación de que no existen constantes o universales lingüísticos presenta un desafío, ya que parece contradictoria ante una amplia base de pruebas empíricas. En realidad, como mencionó Roman Jakobson en un artículo de 1958, nuestra amplia experiencia en la ciencia del lenguaje nos permite reconocer constantes difíciles de reducir a simplemente “casi-constantes”, es decir, reglas con alta probabilidad estadística. De hecho, Jakobson explica que hay idiomas que carecen64 de sílabas con vocales iniciales y/o sílabas con consonantes finales, pero no hay idiomas que carezcan de ambas.65
A diferencia de las afirmaciones de Jakobson, para Deleuze y Guattari la posibilidad de casi-constantes y casi-uniformidad no se refiere a una cuestión de hecho, sino a una cuestión de derecho. Deleuze y Guattari siguen una perspectiva en la cual el lenguaje y la comunicación son procesos dinámicos y descentralizados. Proponen una visión del lenguaje como agenciamiento colectivo de enunciación, un flujo de expresión que va más allá de las estructuras rígidas de las categorías gramaticales y las reglas fijas de comunicación. Desde esta concepción, la posibilidad de casi-constantes y casi-uniformidad se refiere al potencial de desviación y creatividad existente en el lenguaje. No se trata de seguir las reglas y las normas de manera estricta, sino de explorar las posibilidades de transformación y desviación en el uso del lenguaje.
Para ilustrar esta idea, Deleuze y Guattari utilizan el concepto de rizoma, que contrasta con la estructura arbórea tradicional. El rizoma es una estructura no jerárquica y no lineal que se ramifica y conecta en múltiples direcciones, lo que permite una mayor apertura y multiplicidad de significados.66 Esto implica una concepción del lenguaje como un “mapa” en lugar de un “calco”, es decir, como algo que no simplemente representa la realidad de manera objetiva, sino que también la construye, creando significados y conexiones que trascienden la mera representación. Estos conceptos tienen profundas implicaciones para la lingüística contemporánea, ya que problematizan las concepciones tradicionales de la estructura y el funcionamiento del lenguaje, y abren nuevas posibilidades para pensar la relación entre el lenguaje, el pensamiento y la realidad.
Los trabajos de Deleuze y Guattari pueden considerarse los precursores de una crítica radical a los universales lingüísticos, al menos desde un punto de vista teórico, tal como se presenta en el artículo de Evans y Levinson, que también se enmarca en la “tradición estadounidense”. Según Evans y Levinson, “los idiomas difieren tan fundamentalmente entre sí en cada nivel de descripción (sonido, gramática, léxico y significado) que es muy difícil encontrar cualquier propiedad estructural única que compartan”. Enumeran las características que se cree que tienen todos los idiomas, conocidas como características universales lingüísticas, y luego demuestran que, en realidad, “ninguno de estos ‘hechos incuestionables’ se aplica a todos los idiomas”.67 Es importante señalar que Evans y Levinson utilizan términos similares a los empleados por Deleuze y Guattari al hablar del sistema cognitivo, del cual el lenguaje es sólo un componente. Sin embargo, no hacen referencia a ellos en su artículo. En realidad, Evans y Levinson, escriben:
En esta nueva perspectiva, la cognición se asemeja menos a un conjunto de herramientas listas para usar y más a una máquina herramienta capaz de fabricar herramientas especiales para trabajos específicos. Cuanto mayor sea la variedad de herramientas que se puedan fabricar, más potentes deben ser los mecanismos subyacentes.68
La perspectiva propuesta, que aboga por una visión de la cognición como una máquina capaz de generar herramientas adaptadas a tareas específicas, se alinea con la filosofía de Deleuze y Guattari, quienes también desafían las nociones convencionales de lenguaje y cognición. Estos últimos sostienen que el lenguaje no es una estructura fija, sino una máquina abstracta rizomática, donde la estructura es sólo uno de sus componentes; afirman, “la máquina abstracta de la lengua no es universal ni siquiera general, es singular; no es actual, sino virtual-real”.69 Esta máquina de lenguaje siempre se relaciona con presupuestos no lingüísticos, eventos impredecibles y transformaciones incorpóreas, lo cual implica que no está sujeta a reglas “obligatorias o invariables, sino a reglas facultativas que cambian constantemente con la variación”.70 Su planteamineto coexiste con la idea de que la cognición es una máquina herramienta adaptable, con énfasis en la flexibilidad y la capacidad de respuesta, tanto en el lenguaje como en los procesos cognitivos.
En este enfoque, no se encuentran universales absolutos, sino, en el mejor de los casos, sólo Multiplicidad, acontecimiento “las constantes están derivadas de las propias variables; los universales no tienen más existencia en sí en la lingüística que en la economía”.71 Según los filósofos, esto se debe a que existen tantas afirmaciones como efectuaciones, y “tampoco aquí tenemos ningún motivo para decir que las variables sólo son de situación, y que el enunciado permanece constante por derecho”.72 De hecho, al tomar la afirmación “¡Lo juro!” como ejemplo, se puede argumentar, siguiendo a Deleuze y Guattari, que “el enunciado no es el mismo si lo pronuncia un niño ante su padre, un enamorado ante su amada o un testigo ante el tribunal”.73 En este sentido, es posible argumentar que todas estas lenguas son, en esencia, distintas manifestaciones de un mismo idioma. No obstante, según Deleuze y Guattari, esto equivale a un mero prejuicio de naturaleza política.74
Deleuze y Guattari: una visión política de la lingüística
El último postulado de la lingüística analizado por Deleuze y Guattari cuestiona la distinción entre lenguaje estándar y no estándar, señalan que esta distinción es fundamentalmente política y carece de pertinencia en el ámbito lingüístico. Según su razonamiento, el lenguaje estándar es sencillamente una variante lingüística que ha sido sometida a un proceso de estandarización, lo cual le otorga un estatus legal o cuasi legal. Además, argumentan que el lenguaje estándar a menudo se superpone con la lengua hablada por un grupo social dominante, lo que conlleva a una convergencia: “la empresa científica de extraer constantes y relaciones constantes siempre va acompañada de la empresa política de imponerlas a los que hablan, de transmitir consignas”.75
Desde la perspectiva de Deleuze y Guattari, carece de sentido separar un lenguaje de la maquinaria semiótica en la que opera. Así, el último postulado de la lingüística afirma que resulta imposible definir “un sistema homogéneo que no esté ya trabajado por una variación inmanente, continua y regulada”.76 En otras palabras, no se puede establecer una estructura estándar para un lenguaje específico sin considerar la red de supuestos no lingüísticos, eventos y transformaciones intangibles que ejercen influencia constante sobre dicho lenguaje. De hecho, Deleuze y Guattari sostienen que “no existen dos tipos de lenguas, sino dos enfoques posibles de un mismo idioma”,77 es decir, una perspectiva estándar y una no estándar. Desde una concepción estrictamente lingüística, resulta insostenible catalogar el español de España como el estándar y el español latinoamericano simplemente como una variante divergente de ese estándar. Esta distinción no es más que una categorización de naturaleza política, en la cual “el modelo lingüístico, mediante el cual el lenguaje se convierte en objeto de estudio, se entremezcla con el modelo político que uniformiza, centraliza y estandariza el lenguaje como un medio de poder, siendo dominante”.78
En consecuencia, el lenguaje no se presenta como una entidad neutral que se puede aislar con fines científicos para su estudio. Más bien, se manifiesta como una máquina que actúa como un “mapa” de la compleja interacción de todas las variables lingüísticas y no lingüísticas en un contexto social específico en un momento dado. De hecho, Deleuze y Guattari expresan:
[...] una lengua, como el inglés, el americano, no es mundialmente mayor sin estar trabajada por todas las minorías del mundo, con procedimientos de variación muy diversos. La forma en que el gaélico, el angloirlandés, hace variar el inglés. La forma en que el black-english y tantos otros -ghettos- hacen variar el americano, hasta el extremo de que Nueva York es casi una ciudad sin lengua.79
Siguiendo esta idea, se plantea la inexistencia de un inglés estándar, más bien algo como un mapeo de lo que podríamos llamar “efectos del inglés”. Estos efectos se refieren a las diversas manifestaciones lingüísticas, como el inglés británico, el inglés afroamericano y el inglés irlandés, que emergen debido al funcionamiento en curso de la maquinaria del lenguaje. Jack Chambers y Peter Trudgill, en su obra Dialectology de 1998 recalcan que el término lenguaje es, desde una perspectiva lingüística, relativamente no técnico. Deleuze y Guattari argumentan que no existe un lenguaje en sí mismo, ni universales lingüísticos, sino una multiplicidad de dialectos, jergas y lenguajes especializados. Además, no hay un hablante-oyente ideal, de la misma manera en que no existe una comunidad lingüística homogénea.80
Conclusiones
Las reflexiones de Deleuze y Guattari sobre el lenguaje muestran una afinidad con las tendencias actuales en la investigación lingüística, como el funcionalismo, la sociolingüística, la dialectología y la lingüística de género. Su enfoque funcionalista se distingue por su atención a cómo funcionan las estructuras lingüísticas y las máquinas de lenguaje, en lugar de considerar el lenguaje simplemente como un medio de comunicación o transmisión de información.
En su teoría, desafían la idea de que el lenguaje es intrínsecamente informativo o comunicativo, lo que contradice los enfoques tradicionales en lingüística. Introducen el concepto de acontecimiento como un elemento paradójico y aleatorio, fundamental para el funcionamiento del lenguaje. Estos acontecimientos son externos, contingentes e impredecibles, y desempeñan un papel esencial en su concepción de las máquinas de lenguaje, que son combinaciones de estructuras y eventos que permiten a las estructuras funcionar.
Este enfoque se aleja de la noción de que el lenguaje es un sistema puramente estructural. Deleuze y Guattari simplifican las funciones del lenguaje en una macro-función relacionada con la palabra-orden y la función reguladora; consideran que la unidad elemental del lenguaje es la consigna. Esto desafía y amplía la comprensión convencional del lenguaje, destacando la importancia de los acontecimientos, la contingencia y las máquinas de lenguaje en la producción de significado y la acción lingüística.
En contraposición a la propuesta de Chomsky, respaldan una perspectiva funcionalista, aunque cuestionan el énfasis en la comunicación de la mayoría de los lingüistas funcionales. Reducen la diversidad de funciones lingüísticas identificadas a una sola macrofunción: palabra-orden. Además, generalizan el enfoque de dominancia de la lingüística de género, lo amplían más allá del género para abarcar todas las manifestaciones de las relaciones de poder en un contexto social dado.81 De manera radical, desafían la idea de una estructura lingüística neutral y aislada, al abogar por la necesaria coexistencia entre la estructura lingüística y la social. Sin embargo, es importante señalar que, desde una visión sociolingüística tradicional, las ideas de Deleuze y Guattari pueden parecer extremas.
Deleuze y Guattari ofrecen una mirada fresca y provocativa sobre el lenguaje, que puede ser valiosa para los lingüistas interesados en los fundamentos teóricos y metodológicos de la disciplina, así como para describir de manera más precisa el fenómeno del lenguaje desde enfoques funcionalistas, sociolingüísticos o pragmáticos.















