Marta Acevedo murió el domingo 20 de octubre de 2024 a los 84 años. Precursora del movimiento feminista en México, gestora cultural, productora de radio, editora, impulsó proyectos fundamentales para el sector educativo de este país. Colaboradora e integrante del comité editorial de la primera época de Debate Feminista, acompañó desde el inicio esta aventura. En estas páginas la recordamos y festejamos su vida, su brillo inextinguible, su vocación revolucionaria.
Amor a los libros
La vida de Marta Acevedo fue larga, repleta y cumplida:
A los cinco años fue reina de las abejitas. A los diez había leído el Tesoro de la juventud al derecho y al revés. A los quince se había terminado media biblioteca de su papá -menos los libros de medicina- y se tropezó con la Teología de la Liberación y el Partido Comunista. A los veinte terminó de estudiar Biología en la Facultad de Ciencias. A los veinticinco estaba casada con un astrónomo, viviendo en Pasadena y ya tenía dos hijos; había descubierto una supernova en Monte Palomar. A los treinta había cursado la escuela de cine, fue fundadora de la nueva etapa de Radio Educación y publicó en 1970 en La Cultura en México, suplemento de Siempre!, una crónica sobre el movimiento de mujeres en San Francisco (Acevedo 2010a: 29).
Esa crónica -“Nuestro sueño está en escarpado lugar”, reproducida en 1995 en Debate Feminista (1995b)- tuvo amplias repercusiones en su vida y en la historia de este país. Después de leerla, dos mujeres localizaron a la autora y, junto con otras dos, “formamos el primer pequeño grupo feminista. Seis meses más tarde decidimos manifestarnos públicamente el domingo 9 de mayo de 1971 en el Monumento a la Madre” (2011: 247).
La pequeña manifestación convocada por este conglomerado mínimo marca simbólicamente “el inicio del movimiento feminista de los setenta” (2010a: 29): “Entre las tres redactamos un folleto: SOMOS MADRES ¿Y QUÉ MÁS?, y un volante con una caricatura de Magú: PROTESTA CONTRA EL MITO DE LA MADRE, Monumento de la Madre, Parque Sullivan, Domingo 9 de mayo 12 a.m.” (1995a: 10). Aunque el mitin carecía de autorización oficial -y los trágicos acontecimientos del 68 aún estaban muy frescos-, las activistas se empeñaron en presentarse y realizar un acto político cultural que obtendría visibilidad gracias a la llegada en un autobús de las jóvenes que en ese momento estaban participando en el concurso de belleza Miss México y venían a depositar una ofrenda “a la Madre”. Eso explicó la renuencia de las autoridades citadinas para conceder el permiso a las feministas, pero también la presencia de la prensa y la televisión en ese lugar (Acevedo 2023). La absurda coincidencia permitió que la publicidad de las misses tuviera como fondo inesperado y desconcertante esta primera aparición pública del movimiento feminista.
El proceso para “entender la sutileza y lo central del movimiento -que lo personal es político- fue una de las cuestiones más difíciles de vivir” (1995a: 9), pero tenía como base el hecho de que Marta había vivido la carga de ser ama de casa durante los cinco años que duró su estancia en Pasadena. Aunque de ahí en adelante siempre tuvo empleada del hogar, la experiencia del trabajo doméstico -que ella en 2010 resumió en cifras: “más de 30 mil alimentos cocinados y servidos, 250 mil trastos lavados, 9,525 camas tendidas” (2010a: 28)-, junto con la lectura de libros fundamentales -“En julio de 1970 leí ávidamente La mística de la feminidad de Betty Friedan. Para mi sorpresa, descubrí mi opresión, mi propia opresión” (2011: 247)- produjeron algo que para Acevedo “sucedió de golpe. Fue una revelación que me llevó a una rebelión” (1995a: 3).
La rebelión se volvió contagiosa. Luego de su regreso de Estados Unidos, donde descubrió una estrella supernova, Marta fue a Japón a un curso sobre televisión educativa. Al regresar, asistió a una conferencia de Susan Sontag en los cursos de invierno de Ciencias Políticas. Ahí pasó a la concurrencia una libreta con el recado: “si quieres asistir a un grupo feminista, apunta tu nombre y teléfono”.Varias lo hicieron y así las nuevas rebeldes engrosaron el recién constituido Mujeres en Acción Solidaria. Hacia 1972, ya había crecido la asistencia y se formaron dos grupos feministas, el del norte y el del sur en la Ciudad de México. Muchas mujeres venían del 68 y de grupos de izquierda, y tenían una activa urgencia por ampliar el movimiento hacia sectores sociales que no fueran de clase media.
Nos dábamos de frentazos cuando íbamos con las obreras de Rivetex, las de Camisas Medalla, las de Hilos Cadena, con la gente del Frente Auténtico del Trabajo, que nos decían sí, está muy bien la teoría, pero lo que ustedes plantean son cuestiones personales [...] las obreras no se planteaban el cuidado de los hijos como problema, ni como trabajo extra, no pedían guarderías […] El asunto de la sexualidad era aún peor. Nadie quería reconocer que la mujer estaba aplastada por el trabajo doméstico, por las responsabilidades familiares, por el hostigamiento sexual. El movimiento obrero independiente no admitía que los varones tenían prebendas, así fueran sociales o culturales, y las mujeres no. No era posible que entendieran como opresión la situación de las mujeres porque la veían como “natural” (1995a: 13).
A partir de ese momento, el interés político de Acevedo se concentró en la demanda de salario por trabajo doméstico, a pesar de que, en 1974, “como propuesta política para el naciente movimiento, implicaba salirse del cauce que permitía la izquierda […] Como era un movimiento de apenas unos años, las compañeras tomaban el camino menos riesgoso” (2000: 69). Pero para ella, era una cuestión fundamental:
No hay una salida política para el trabajo doméstico y lo que ello implica: la servidumbre, la dependencia que te tiene toda a ti como mujer, desde tu sexualidad hasta cómo educas a los niños […] Me parece que mientras no se comprenda que el trabajo doméstico está imbricado con tus cosas más íntimas, tu relación amorosa, tu sexualidad, tu familia, el amor a tus hijos, todo lo que ha estado al cubierto de lo social y de lo político, no se avanzará (1995a: 14-15).
En 1976, decepcionada porque su interés en esa dimensión de la vida de las mujeres no encontró eco, decidió salir del grupo. Lamentaba “no haber encontrado mujeres que se entusiasmaran con la propuesta [de salario por trabajo doméstico], una propuesta que me fascinaba ¡y yo no podía transmitir!” (2000: 74). El problema tiene que ver con la composición del movimiento en esa época -tan de clase media urbana- y la naturalidad con que asumimos en México la disponibilidad del servicio doméstico. Ya lo decía Rosario Castellanos en un artículo de 1970: “Cuando desaparezca la última criada, el colchoncito en que ahora reposa nuestra conformidad, aparecerá la primera rebelde furibunda”.
De ahí en adelante, el activismo de Acevedo se volcó en su trabajo como gestora cultural, productora de radio y editora, convencida de que había que educar con una perspectiva que diera cuenta de la problemática de género. Como productora realizó series de radio para diversos grupos sociales: “los alumnos de la Primaria Abierta, mujeres amas de casa en su mayoría, pero también pequeños comerciantes, soldados y trabajadores” (2010a: 29); programas como Pásele, pásele, aquí no le cuesta nada... aprender. En 1980 fue subdirectora general de Radio Educación y responsable de que se produjeran series como De puntitas, Resonancias, La costra porosa, Mujeres compositoras, Palinuro de México. Cinco años después fue jefa del Departamento de Literatura Infantil de la Subsecretaría de Cultura y se propuso “dirigir la producción de libros de la SEP a los destinatarios naturales: los niños de las escuelas públicas” (2010a: 29). Diseñó entonces el proyecto “Libros del Rincón” para los Rincones de Lectura -que debían instalarse en todas las escuelas públicas del país- y editó materiales para niños y niñas, padres y madres, y personal docente.
Su objetivo era que niñas y niños descubrieran el gozo de leer. Para ello había que producir libros amenos y bellos, y transformar la lectura, de una actividad obligatoria y ardua, en un ejercicio lúdico, en eso que leer significó para ella desde la infancia y durante toda su existencia: lo más entretenido, lo más interesante, lo más placentero que se puede hacer. Su propósito fue extender la práctica de la lectura desde muy temprano en la vida y propiciar que les niñes y sus familias disfrutaran leyendo. Para lograrlo, produjo 501 títulos. Más adelante trabajó en la Feria del Libro de Guadalajara y en Papirolas, el festival ciudadano para niñes y jóvenes de la Universidad de Guadalajara.
En 1997 entró a trabajar a La Jornada, donde editó un suplemento de educación ciudadana para la infancia: el UnDosTres por mí, al cual UNICEF le dio el Premio Iberoamericano de Comunicación por los derechos de la niñez y la adolescencia. Además de distribuirse en el diario nacional, el suplemento llegaba a los 3,000 cursos comunitarios bilingües del Conafe e inició un intercambio con niñas y niños de las comunidades más pequeñas del país que enviaron respuestas a diversos números de la publicación. Con esos insumos, se publicaron pequeños libros en lenguas originarias; y “después de ocho años ininterrumpidos de publicación del UnDosTres por mí y 400 números, La Jornada decide suspender cinco de sus suplementos. El de niños estaba entre ellos”. Mientras tanto, Acevedo impulsa la edición de libros infantiles “en lenguas originarias y explora el uso de nuevas tecnologías para continuar la derrama de producción social de sentido” (2010a: 29-30).
Acevedo íntima
La conocí seguramente en casa de Marta Lamas, en 1986. Sé que al principio no le caí muy bien; no era fácil, había que ganársela. Por un azar del destino tuve la fortuna de trabajar con ella. Fue con Érase una ciudad, proyecto que le propusimos Silvia Alatorre, Ivonne Mijares y yo como un libro para iluminar que ilustró Pedro Bayona. Silvia e Ivonne hicieron la investigación historiográfica y yo escribí los textos. Se publicó en Libros del Rincón. Luego Acevedo me invitó, junto con Gloria Elena Bernal, a escribir un libro sobre derechos de la infancia. La publicación nunca se concretó, pero tuvimos varias reuniones en la casa de Santa Úrsula de cuyo jardín recuerdo sobre todo un bambú inmenso.Y así transcurrieron muchos años en que nos veíamos viernes con viernes en las comidas en casa de Marta Lamas y también en las reuniones del comité editorial de Debate Feminista. Como ambas vivíamos en el sur, muchas veces me daba aventón y conversábamos a veces de sus nueras, de sus nietas y nietos. De nuestras mascotas gatunas. En 1999, sobre mi frustración desesperada por la huelga irresoluble de la UNAM. Pero, sobre todo, hablábamos de lo que estábamos leyendo. Me regalaba libros. Me descubría autores. Para ella, de verdad, leer era una parte sustantiva de la vida. Recuerdo la enorme biblioteca en la casa de Santa Úrsula y luego la de Coyoacán.
En 2020, nos pusimos de acuerdo para ir a la marcha del 8 de marzo. Nos vimos en su casa y nos colgamos unos letreros que ella había confeccionado utilizando como base una copia del cartel que hizo Naranjo con la efigie de Sor Juana y consignas como “Abajo el sexismo”, “El machismo es un espejismo” o “Melchor Ocampo, cómete tu epístola”. Para entonces yo la sentía un poco frágil (estaba a punto de cumplir 80 años). Nos echamos la marcha juntas en la euforia contagiosa que precedió el confinamiento por la pandemia de COVID-19.
En marzo de 2022 me invitó a la entrega que le hizo la Cámara de Diputados de la Ciudad de México de la Medalla Hermila Galindo “por su trabajo en defensa de los derechos de las mujeres”. Y luego comenzó el final.
En septiembre de 2023 hicimos dos presentaciones de su libro A cien años del 10 de mayo, publicado por la UNAM, una en la Feria Internacional del Libro Universitario y otra en el Centro Cultural Elena Garro. Recibió esos homenajes con orgullo y alegría. Como nunca reclamó fama o notoriedad ni persiguió el reconocimiento público, estos pequeños festejos se sentían de lo más natural. Ahí estábamos sus amigas en primera fila aplaudiendo una vida de trabajo, inteligencia, compromiso social y afán de crear con las propias manos un mundo mejor.
El 6 de septiembre de este año me llamó por teléfono para preguntarme si había leído a Juan José Saer. Le dije que no. Me preguntó si quería sus libros y yo por supuesto le dije que sí. El 3 de octubre me volvió a llamar. Mi celular sonó como a las ocho de la noche. Quedé de ir a su casa el martes siguiente por la mañana. Llegué a eso de las 11 y me recibió en la sala. En la mesita de centro y en todos los muebles alrededor había ataditos de libros con pequeñas etiquetas; eran para su gente, para dejar a buen recaudo sus amados libros y a la vez dejarnos en buenas manos con esas lecturas. Me señaló dos de esos paquetes, eran los míos. Todos los libros de Juan José Saer. Conversamos un rato sobre mi novela Vida en peligro, sobre la UNAM, sobre algo más… Ella casi ya no oía y yo también me estoy quedando sorda. Su voz era un susurro grave. Me dijo que estaba muy cansada. Nos despedimos. Tenía las manos heladas.
Desde ese día traigo en mi mochila una de las novelas de Saer y creo que sigo conversando con mi amiga a través de esa prosa.
Reviso los textos con su nombre que publicamos en Debate Feminista y me encuentro con un poema sobre el día en que descubrió la supernova. En unas entrevistas que le hizo Marta Lamas había contado algo sobre el descubrimiento:
Como teníamos problemas económicos, me puse a trabajar; entré de ayudante al Departamento de Astrofísica donde Manuel estudiaba y trabajaba [...] Cuando descubrí esa estrella, subí contentísima a decírselo. Lo primero que me dijo en voz baja fue “cállate”; entonces le tuve que contar todo quedito. Fue como el primer balde de agua fría; y el segundo fue que los demás compañeros me dijeron: “Vamos a hacer una fiesta para celebrar tu descubrimiento, llevamos pizza y cerveza en la noche”, y Manuel dijo: “No, yo tengo que estudiar; además, ¿qué no es ese tu trabajo?, ¿por qué se va a festejar algo que es tu trabajo?” [...] El descubrimiento de la supernova, no lo celebramos (1995a: 7-8).
Ese fue el primero de los desencuentros que tuvo con su marido. Años después se divorciaría y tendría otras parejas. Marta era una mujer que asumió con alegría y libertad su sexualidad.
El descubrimiento de la estrella marcó un giro en su vida, pues implicó darse cuenta de muchas cosas que luego el feminismo le ayudaría a interpretar. Reproduzco un fragmento de ese poema para celebrar el acontecimiento de la supernova, la estrella, la feminista, la editora, la productora. La esposa, madre, hija, hermana, abuela. Mi amiga, Marta Acevedo.
Recojo los platos de la mesa, doblo el aburrimiento y plancho pañales. Me lavo el pelo para ofrecer el silencioso acuerdo del contrato marital. Despertaré con un nuevo horror que se irá extinguiendo con la mañana.
No, no es una falla en la emulsión, ni la repetida basurita que siempre confunde. Comparo las placas veinte veces, luz de lenta fractura, negror más intenso en una que en otra. Una mancha diferente, Zwicky lo constata, viejo mercurial, sensible y excesivo, que la dejó escapar en la tensión de la noche: una supernova.
Pupila que reconoce y sonríe: S.N. 193. Manchita gris atrapada en la placa, suspendida, brillante como diez mil soles, hurto y prodigio de la fotografía, inasible realidad que se inscribe en un catálogo.
Tu cabeza masca sola esa lejanía recién bautizada, inimaginable. Cerca, los caminitos del enternecimiento, del ver crecer. ¿Quién me acompaña más de cerca? Vocación frágil y discontinua la del amor, escala de desapegos en un nanosegundo-luz.
Prodigio de la fotografía (2010b: 198).
















