“Una puntada nunca es un hecho banal”, escribía Francesca Gargallo Celentani en su libro Las bordadoras de arte. Aproximaciones estéticas feministas (2020: 224). Y no lo es porque, tal y como vienen a demostrar las diversas expresiones textiles contemporáneas -desde las sufragistas en Inglaterra hasta los costureros de la memoria en Colombia, pasando por las arpilleras en Chile-, el bordado tiene la potencialidad de con-mover (Bardet 2012) los roles de género, la (hiper)textualización del mundo y las formas tan etnoandrocentradas de producir y difundir conocimiento. Además, para muchas de las personas que se acercan a él, el bordado es, también, una forma de transformar el dolor a través del cuerpo -humano y no humano- y de la memoria.
De esto nos habla Diario de una bordadora, de la Srta. Lylo, alter ego de la diseñadora gráfica Loly Ghirardi, publicado en 2023 por la editorial catalana Lumen, en una curada edición que entrelaza -textual y visualmente- la biografía de la persona con la biografía de la bordadora. Y lo hace a través del relato de una experiencia íntima y dolorosa en que la búsqueda infructuosa por ser madre va sanándose a medida que Loly la diseñadora va configurándose como Lylo la bordadora. “A mí, el bordado me salvó”, reza la primera frase tipografiada del libro, repetida a modo de cierre circular en la escritura bordada de la contratapa. A lo que, después de leer con atención su historia, podemos añadir: y lo hizo porque permitió ponerle cuerpo, color, texturas y dimensiones diversas a una ausencia; la que marca con sangre -literal- una pérdida gestacional que es, también y sobre todo, una pérdida identitaria (Figura 1).
Si algo caracteriza a los quehaceres textiles es que permiten un trabajo profundo entre y con las ausencias. Por eso mismo, este no es solo un libro autobiográfico. Es el textimonio histórico (Cuéllar-Barona, Gonzáles-Arango, Pérez-Bustos, Rivera y Siman 2022) de una genealogía, la de la narradora -perteneciente a un linaje de mujeres madres al que, por cierto, le dedica el libro-, que se entrama con otras genealogías, esta vez, de cuatro mujeres artistas: Jane Austen, May Morris, Louisa Pesel y Louise Bourgeois, cuatro vidas marcadas por la experiencia textil y sus enseñanzas. Así, de la primera aprende que bordar puede ser una actividad al servicio de un sentido de estilo personal y único; de la segunda, que puede ayudarla a trazar un camino propio con el cual empezar a reconstruir su identidad en fuga; de la tercera, su valor terapéutico para comenzar a sanar; y de la cuarta, sus (infinitas) posibilidades reparadoras.
En un texto titulado “Antes de reparar: detenerse y anudar el malestar”, Tania Pérez-Bustos y Andrea Botero proponen que antes de empezar con la práctica textil de la reparación es fundamental destinarse un tiempo primero a la contemplación y a la catarsis frente a aquello que emerge dañado: “Las cosas -escriben- no se pueden ‘solo reparar’, antes de hacer (reparar) es preciso reconocer […] y tal vez, sobre todo conmoverse” (2023: 13). Y esto es precisamente lo que hace Lylo frente a la historia de vida de Loly cuando re-para (en) los nudos y los errores que la han roto, asume las huellas que han dejado en su vida e incorpora las cicatrices a la trama.
Reparar se convierte así en el gesto textil que in-corpora diferentes puntos con sus múltiples significaciones (Pérez-Bustos 2021): por un lado, el de detenerse y volver, con un punto atrás, por ejemplo, ya que “es el que le da sentido a casi todo lo que nos pasa: es el que une las vivencias, los dolores y los errores, los incorpora a la trama y nos obliga a dar puntadas hacia delante, a seguir bordando” (Srta. Lylo 2023: 164); y, por el otro, el de enmendar, arreglar, subsanar, resarcir o “variar el rumbo según las necesidades” (Srta. Lylo 2023: 165), rematando el hilo por la puntada más cercana o por la mitad de un pedacito de tela y tirando de él, para asegurarse de que no se deshilachará. Y volver a empezar.
Por eso mismo, Diario de una bordadora es también la historia de una subjetividad voluntariosa, en el sentido feminista que nos ofrece Sarah Ahmed. Y lo es porque, nuevamente, “[repara] en esos sentimientos que se supone que no deberíamos sentir porque obstaculizan una expectativa sobre quiénes somos y cómo debería ser la vida” (Ahmed 2021: 127), como la envidia, la frustración, el enojo o el desencanto. La persistencia de las manos con uñas pintadas que han devenido marca de la casa -la de la Srta. Lylo-, ya sea en fotografías que las muestran sosteniendo bastidores o cuellos bordados, ya sea dibujadas con hilos de diferentes colores, se convierte así en una metáfora de esta voluntariedad feminista (Figura 2). Al igual que la niña del relato que da pie a las reflexiones de la escritora y académica independiente, la Srta. Lylo nos muestra sus manos sostenedoras/bordadoras/bordadas una y otra vez para recordarnos que esta es una “historia rota” (Ahmed 2021: 318) de reconstrucción identitaria, geográfica y laboral; la de una mujer que lo dio todo por ser madre (tiempo, cuerpo, salud y dinero); la de una migrante entre-dos-mundos (el argentino y el español); y la de una diseñadora gráfica que encontró en el bordado una buena entrada económica.
Si, tal y como lo expresa Sarah Ahmed (2021: 313), “las historias que duelen nos conducen al feminismo”, no puede sorprendernos entonces el potente vínculo que la autora establece entre la progresiva asimilación del bordado como refugio y su participación en distintas actividades feministas o protagonizadas por mujeres, las cuales devienen, a su vez, en pequeños refugios para “tomarse vacaciones” de la cuestión de la fertilidad y, más importante aún, para construir comunidad. Experiencias en relación con el bordado adquieren la potencialidad de recomponer las piezas rotas al darles vida y alegría, como la “Guerrilla del ganxet” (la Guerrilla del ganchillo), que traslada al territorio catalán las propuestas anglosajonas del urban knitting o el yarnbombing, cuyo objetivo era “cambiar la imagen tradicional de las labores manuales de una forma lúdica y con un mensaje social” (Srta. Lylo 2023: 76); o la más intimista de “las Abuelitas Modernas”, en la que un grupo de mujeres se reunían en el espacio público para compartir “trucos e ideas” (Srta. Lylo 2023: 81).
En definitiva, estamos ante una historia mínima, íntima y personal, en que la escritura bordada de una vida singular consigue romper con la tradición del silencio que pesa sobre ciertas experiencias todavía hoy tabú, como pueden ser la muerte gestacional o las implicancias de la reproducción asistida para muchas mujeres y su entorno.










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