Pocos temas tan polémicos y atravesados por la ideología como la revolución cubana, narrada e interpretada por sus apologistas y detractores, a los que hay que situar con trazos históricos que nos permitan leer de manera amplia las coordenadas desde las cuales se construyen las distintas narrativas.
En el caso del presente libro estamos frente a lo que podría ser el relato de una historia de amor, definida primero por la esperanza y la ilusión y clausurada luego por el desencanto. En plena Guerra Fría, cuando el gobierno estadounidense dispuso del espacio mediático que incluyó a la revista Life y preparó el terreno para la desaparición del gobierno de Jacobo Arbenz y organizó la terrible satanización mediática de aquel régimen liberal, etiquetado desde las elites del poder como un peligroso y subversivo representante del comunismo, la misma revista Life se dejó seducir por Fidel y los revolucionarios cubanos y contribuyó de manera importante a la creación de la figura mítica de Fidel Castro. Tal es la dimensión de la historia narrada en esta investigación.
A diferencia de aquella trágica coyuntura guatemalteca ocurrida a mediados de los cincuenta del siglo pasado, unos pocos años después Life se mostró entusiasta respecto de la insurrección de los barbudos y los acompañó en su trazo editorial con mucha empatía hasta su triunfo a principios de 1959.
Posteriormente, vino un contundente viraje en la opinión pública estadounidense, resultado de las primeras decisiones de aquel gobierno revolucionario en torno a los juicios sumarios y los fusilamientos contra los aliados de Fulgencio Batista y su cuerpo represivo, las primeras decisiones radicales en torno a la reforma agraria y la celebración de la firma de los primeros tratados con la Unión Soviética.
Todo este proceso fue narrado en imágenes por parte de la revista Life y hoy es objeto de revisión y de crítica en este trabajo que reseñamos, cuyo título es transparente: “La Cuba construida por la revistaLife entre 1936 y 1960”.
Lo anterior nos introduce de lleno en el tema que los autores desean subrayar, esto es, el campo de los imaginarios y las representaciones y su recepción por parte de la opinión pública.
Por lo tanto, se enfatiza la necesidad de un diálogo entre los contextos históricos y las fotografías, pensado desde los marcos ideológicos de los diarios y revistas, pero también construido desde el trabajo de los editores en las puestas en página de las fotos, más allá de la intencionalidad de sus autores, los profesionales de la lente y por supuesto se subraya de la misma manera la elaboración del entramado de los pies de foto, que inducen una primera lectura en los destinatarios de las imágenes.
Se trata de una obra pensada desde la historia visual, esto es, desde el análisis de las imágenes fotográficas, lo que nos remite a toda una línea de trabajo con una presencia importante en América Latina. En el libro se dedica un capítulo a cuestiones teóricas y metodológicas sobre el tema.
Así, a lo largo de la obra se retoma y se discute con una diversidad de autores, lo que nos aporta una idea del tejido que se establece entre líneas a lo largo de la investigación y que comprende distintos puntos de vista articulados bajo una problemática concreta, que refiere a las maneras de hacer fotoperiodismo en aquellos años. Entre ellos cabe destacar a Roland Barthes, Peter Burke, Erwin Panofsky, Susan Sontag, Boris Kossoy, Deborah Dorotinsky, John Mraz, Tomás Pérez Vejo, Pepe Baeza, Ricardo Pérez Montfort, Philippe Dubois y John Berger.
La obra consta de 74 fotografías, las cuales se muestran con sus respectivos pies de foto, que constituyen un elemento de interpretación muy relevante a lo largo del trabajo. Se trata de 74 imágenes de un total de 400 publicadas por la revista entre 1937 y 1960, lo cual nos aporta cerca de un 20% del universo total de imágenes publicadas por Life en aquellos años.
Lo anterior le brinda solidez a la reflexión y nos muestra con quiénes discutieron los autores para delinear su propio perfil de trabajo. La reflexión es amplia y abarca un trazo sugerente sobre el reconocimiento mismo del perfil de la fuente, esto es, de la propia revista Life, así como de la construcción de una percepción pública en torno a la figura de Fulgencio Batista, lo que permite contraponer la figura de este personaje frente a la de Fidel Castro y poner a ambos en perspectiva.
La selección de las imágenes publicadas por la revista Life en su versión en inglés es contextualizada por los autores de manera correcta y es utilizada como base para discutir el uso de las fotografías por parte de la revista y la manera en que se fue construyendo un imaginario político a partir de los usos editoriales de las imágenes.
Investigaciones posteriores que contrasten este material hemerográfico con el archivo fotográfico de la revista y con los acervos particulares de algunos de sus fotógrafos más relevantes, como Andrew St. George, nos permitirán profundizar en los criterios de selección de las fotografías para continuar con este tipo de trabajos, que resultan aportaciones importantes para el estudio de la historia reciente de América Latina.
Con todo, el tratamiento de la figura de Batista es muy interesante. El análisis documenta el apoyo inicial por parte de Life y la construcción de un “hombre necesario” y posteriormente su fragmentación y su crítica en lo que la propia revista calificó como una dictadura hacia finales de los cincuenta, cuando se ha optado en Life por difundir el camino de los rebeldes y se trazan otro tipo de coordenadas favorables a la insurrección, calificada desde las páginas de la propia revista como una lucha democrática.
En este contexto, resulta muy significativa la observación de los autores en torno a una fotografía de Fulgencio Batista de rostro sombrío posando junto al retrato de su esposa en su casa, con la fecha 10 de marzo de 1958, cuando Life buscaba proyectar una imagen del personaje asociado a la dictadura. Lo anterior contrasta con una foto del propio Batista en el mismo lugar, pero esbozando una sonrisa, en la publicación de Life en español un año antes, en 1957, cuando la revista todavía defendía una visión optimista en torno al liderazgo del político del personaje en Cuba.
Se trata de una fina observación de los autores del libro en torno a los presupuestos que operan detrás de la edición y la publicación de las imágenes y la manera en la que este tipo de ejercicios fueron construyendo una mirada moral y ética que impactó de diversas maneras a los lectores.
Y así llegamos al corazón del trabajo: resulta muy sugerente reparar en el trazo de Life en torno al primer año de vida de la revolución cubana, un año intenso en el que se verificó un cambio de narrativa visual muy importante de parte de la revista, que comenzó con un fuerte apoyo y empatía hacia los rebeldes de Sierra Maestra y su líder, adorado según Life hasta por los niños en su viaje de abril del 59 a Nueva York, y dio paso después a un desencanto y una crítica frontal frente a lo que se visualizó de manera gradual como un viraje autoritario del nuevo régimen cubano.
De esta manera, la investigación muestra la empatía de Life con los rebeldes en una imagen de un reportaje publicado el 27 de mayo de 1957, en la que puede verse a Fidel Castro y a Camilo Cienfuegos despedir amigablemente a tres ciudadanos hijos de oficiales estadounidenses que habían apoyado a la guerrilla y que tomaron después la decisión de regresar a su país.
La centralidad y el protagonismo de Castro se incrementó en los siguientes meses. Un fotorreportaje muy importante es el que se publicó el 14 de abril de 1958, que muestra cinco acercamientos a la figura del líder rebelde recostado en su cama y gesticulando teatralmente, en lo que poco a poco se va a convertir en el tratamiento icónico del personaje.
El culto a la figura del líder adquiere una gran densidad en esta puesta en página, que también es una puesta en escena en la que el propio Castro colaboró -como documentan los autores- para la construcción de su propia mitología y que tuvo un eco y una resonancia internacional en los siguientes años. La participación de Life en esta labor no es un asunto menor y se repetirá en algunos casos latinoamericanos, del Che Guevara a Douglas Bravo y Luben Petkoff en Venezuela, entre muchos otros.
La luna de miel entre la revista y los insurrectos se extendió también a la figura de Raúl Castro, con el capítulo espectacular del secuestro de 47 ciudadanos estadounidenses de parte de la brigada del hermano de Fidel, con la intervención de su pareja y posterior esposa Vilma Espín, que dio lugar a la publicación de varios fotorreportajes en los meses de julio y agosto de 1958 con un final feliz, entre las risas y los intercambios positivos entre los gringos y sus secuestradores, los rebeldes cubanos de Sierra Maestra.
Todo lo anterior incluyó la intervención del vicecónsul estadounidense y algunas valiosas aportaciones del vecino país capitalista a la causa revolucionaria, como la donación de vitales equipos de radio y la suma de 50 000 dólares a los guerrilleros, según documentan los autores.
El culto a la figura de Fidel continuó las primeras semanas del 59, con el triunfo de los barbudos y su entrada triunfal a La Habana. Un reportaje crucial de esta etapa tuvo lugar el 19 de enero de aquel año, con tres fotos desplegadas a buen tamaño que muestran distintos momentos de la relación del sonriente líder cubano con la multitud que lo rodea y lo enaltece.
El viraje se comenzó a dar a finales de enero de 1959, con las decisiones del gobierno cubano de nacionalizar algunas empresas y llevar adelante la reforma agraria.
El escenario del cambio estuvo representado por los juicios populares sumarios llevados a cabo por el régimen contra los colaboradores de la dictadura de Batista, los cuales se realizaron públicamente en el Palacio de los Deportes de La Habana de manera muy rápida y sin mayores soportes legales, abarcando entre 1 000 y 5 000 personas, según la fuente consultada y con una duración mínima de unas cuantas horas por caso para decidir la sentencia de cada acusado, en lo que la revista calificó de manera elocuente como un “circo romano”.
Llama la atención la amplia cobertura mediática destinada a estos juicios, que deterioraron rápidamente el balance positivo de la imagen de la Revolución en algunos sectores de la opinión pública es tado uni dense e internacional. En algunos de ellos la fotografía ocupó un lugar importante dentro del alegato del régimen, como en el caso del reportaje del 26 de enero de 1959, en el que se publicaron dos fotos de Raúl Castro durante el juicio. Vale la pena detenerse en algunos detalles de la investigación de Camacho y Corona sobre este episodio tan importante para el futuro de la construcción del imaginario revolucionario.
En una de las fotos Raúl aparece como parte del jurado, riendo de manera exagerada y en la otra esboza apenas una sonrisa y muestra al público la fotografía de una persona con el rostro oculto y esgrimiendo un arma, señalando este hecho como prueba contundente e irrefutable de la identidad del personaje acusado.
Esta utilización de la fotografía como prueba judicial sin el menor peritaje profesional es mostrada por Life con el propósito de restarle legitimidad a los juicios llevados a cabo por el nuevo gobierno y representan un cambio importante en la línea editorial de la revista.
Lo que para el gobierno cubano representaba una prueba documental de primer orden, apelando a la carga de realismo y objetividad como elementos centrales de la imagen fotográfica, para Life y otros sectores de la opinión pública representaba lo contrario, esto es, una utilización errónea y arbitraria de las imágenes y su validación automática como prueba documental sin el menor ejercicio de contraste con otros documentos para construirle un estatus judicial o pericial mínimamente creíble o verosímil.
La foto circuló en distintos ámbitos y dio lugar a distintos tipos de lecturas e interpretaciones. El punto es que los reportajes de Life en 1959 permiten documentar los inicios y el germen de este tipo de acciones y el modus operandi de parte del régimen cubano, el cual aprendió de la experiencia y fue controlando la difusión de este tipo de imágenes en acontecimientos posteriores, que no perdieron el espectacular sentido teatral de estas experiencias iniciales, las cuales, sin embargo, fueron perfeccionándose como parte de un dispositivo de Estado cada vez más sofisticado, como en los casos de los juicios del escritor Heberto Padilla y el del general Arnaldo Ochoa en décadas posteriores, en los que se añadió el perturbador elemento de la autodenigración como espectáculo público.
El de 1959 fue un año central para analizar el uso de estas fotos y evaluar el contenido de la etapa final de esta relación tan significativa para la opinión pública entre la revista Life y el gobierno de Castro.
Finalmente, un tema de gran interés es el que se refiere a la portada del libro, en la que puede verse al guerrillero Camilo Cienfuegos hablando por teléfono y sosteniendo unos papeles en la oficina del dictador, mientras aplasta con su bota izquierda un enorme retrato de la esposa de Batista. Se trata de una imagen que nos lleva al triunfo de los barbudos y la profanación simbólica del poder, una temática de gran tradición en América Latina, que nos lleva también en el tiempo a las fotografías de los guerrilleros sandinistas en Nicaragua bañándose en el interior del bunker del dictador Anastasio Somoza. Se trata de una serie de imágenes lúdicas y subversivas, y representan sendas puestas en escena que nos remiten, de manera simbólica, a los juegos de poder.
En este caso, en una primera lectura llama la atención la ausencia del líder máximo de la Revolución, el comandante Fidel Castro, quien no aparece en la imagen. Una segunda lectura matiza lo anterior y sugiere la presencia de Castro en el otro lado del auricular, dando órdenes a un Cienfuegos que lo escucha de manera disciplinada y atenta. De esta manera, Castro estaría presente en la foto a través de su ausencia para los lectores de Life en aquel momento, los primeros días de 1959.
La revisión minuciosa de la cobertura de la reina de las revistas fotográficas, que forjó una manera de ver el mundo para un sector de la opinión pública de Occidente, resulta muy enriquecedora para una historia cultural interesada no sólo en la perspectiva económica y social, sino también en el reino de la percepción y las apariencias, un universo que cobra cada vez más peso en las campañas electorales y en las decisiones del poder y cuyos primeros trazos pueden encontrarse en esta valiosa investigación que analiza los antecedentes inmediatos y los primeros pasos de la revolución que cambiaría el perfil de las izquierdas en América Latina.










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