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Estudios de cultura maya

versão impressa ISSN 0185-2574

Estud. cult. maya vol.65  Ciudad de México  2025  Epub 08-Set-2025

https://doi.org/10.19130/iifl.ecm.2025.1/0q27r1v051 

Artículos

Una evaluación de la cultura material maya encontrada en Teotihuacán y sus posibles significados: artefactos de cerámica y piedra verde

An Assessment of the Maya Material Culture Found in Teotihuacan: Ceramic and Jadeite Artifacts

Verónica Ortega Cabrera* 
http://orcid.org/0000-0002-1696-1194

Christophe Helmke** 
http://orcid.org/0000-0003-3691-7075

Jorge Nukyen Archer Velasco*** 
http://orcid.org/0000-0002-1589-6036

* Universidad Autónoma del Estado de México. Correo electrónico: veronicabmx@yahoo.com.mx.

** Universidad de Copenhague. Correo electrónico: cgbh@hum.ku.dk.

*** Escuela Nacional de Antropología e Historia. Correo electrónico: archer124@hotmail.com.


Resumen

La influencia política y mercantil de Teotihuacán en las culturas mesoamericanas contemporáneas tuvo repercusiones de amplio alcance. Entre éstas destacan los enclaves o vecindarios extranjeros, ubicados en la misma capital. La naturaleza de estos vecindarios, así como el papel y el lugar que tuvieron estas poblaciones extranjeras quedan por ser evaluados adecuadamente. En una primera aproximación a la presencia e influencia maya en Teotihuacán, consideramos dos conjuntos representativos a saber: los objetos de piedra verde y cerámica mayas, y los de inspiración maya, tanto los importados como las imitaciones producidas localmente. Después de una revisión cuidadosa de la evidencia, encontramos que las identidades mayas fueron parte de un diálogo abierto, las cuales fueron negociadas e iteradas por las poblaciones mayas establecidas en la ciudad. También, fueron incorporadas por la población local que se definió a sí misma a la luz de un creciente cosmopolitismo mesoamericano, siguiendo la estela de lo que podría llamarse una pax teotihuacana.

Palabras clave: Teotihuacán; mayas; cerámica foránea; piedra verde; identidad étnica

Abstract

The political and mercantile influences of Teotihuacan on contemporaneous Mesoamerican cultures had far-reaching repercussions. Among these, are the enclaves or foreign neighborhoods located in the capital itself. The nature of these neighborhoods, as well as the role and place of these foreign populations, have yet to be properly evaluated. As part of an initial foray into the question of Maya presence and influence in Teotihuacan, we consider two representative assemblages: the presence of Maya and Maya-inspired greenstone objects and ceramics, both imported and locally produced imitations. After a careful review of the evidence, we find that Mayan identities were part of an open dialogue in which they were negotiated and iterated by the Maya populations established in the city, but also incorporated by the local population that defined itself in light of a growing Mesoamerican cosmopolitanism, in the wake of what could be called a Pax Teotihuacana.

Keywords: Teotihuacan; Maya; foreign ceramics; green-stone; ethnic identity

Introducción

Gracias a las investigaciones, sabemos que la antigua ciudad de Teotihuacán, ubicada en el centro de México, fue diseñada y habitada por una sociedad que desarrolló procesos de interacción social, económica y política a nivel regional y suprarregional (García-Des Lauriers y Murakami, 2021; Hirth, Carballo y Arroyo, 2020; Robb, 2018). La información, registrada en su mapa arqueológico y topográfico (Millon et al., 1973), así como la recuperada en diversas excavaciones, permite generar modelos de integración urbana. Dichos modelos ponen a prueba las hipótesis rectoras planteadas por René Millon y su equipo (1966), acerca de los mecanismos utilizados por el gobierno teotihuacano para reunir una población numerosa y organizar las dinámicas de producción, distribución y consumo de alimentos y bienes (Millon, 1966; Altschul, 1987; Manzanilla, 1993).

En las últimas dos décadas ha sido más claro que la gran esfera de influencia de Teotihuacán se expandió, no sólo al Área Maya, hacia el oriente, sino también a la mayoría de las culturas de Mesoamérica. Los estudios sobre las interacciones entre teotihuacanos y mayas durante el Clásico Temprano han tomado mayor fuerza (p. ej. Braswell, 2003; Nielsen, 2003; Stuart, 2000, 2024). Por lo anterior, ahora es más claro que la expansión política y comercial de la metrópoli, al igual que las incursiones de grupos teotihuacanos en aquella lejana región, ocurrieron aproximadamente al mismo tiempo, desde finales del siglo IV hasta principios del VI.

Especialmente a principios del siglo XXI, el debate entre arqueólogos y epigrafistas se centró en la naturaleza, duración y alcance de estas interacciones; ya que, en lugar de una sola entrada bien documentada -aunque aún debatida- al corazón de la región maya en enero de 378 d. C. (Stuart, 2000, 2014), ahora empezamos a advertir que también se hicieron entradas análogas hacia el sureste, en lo que ahora es Oaxaca (Feinman y Nicholas, 2020; Marcus, 1983; Rivera Guzmán, 2011); en la costa del Pacífico, en el actual Guatemala (Bove y Busto, 2003; Hellmuth, 1975); al noreste, en el actual Veracruz (Yarborough, 1992); al noroeste, ahora Querétaro (Saint-Charles Zetina et al., 2010; Nielsen et al., 2019a); hacia el suroeste hasta el actual Guerrero (Nielsen et al., 2019b); al oeste en lo que ahora es Michoacán (Filini, 2004) e incluso más allá (Jiménez, 2020).

Entonces, cuando se traza el alcance de las interacciones, antes mencionadas, podemos ver que ampliaron considerablemente la esfera de influencia de Teotihuacán y, por lo tanto, también le dieron a Mesoamérica su forma básica como área cultural y lingüística (Figura 1).

Figura 1 Redes teotihuacanas de influencia e interacción en Mesoamérica, con una selección de nodos de interacción. El área sombreada representa la extensión máxima de Mesoamérica según características lingüísticas (mapa de Christophe Helmke). 

La naturaleza de las interacciones que los teotihuacanos tuvieron con sus contemporáneos fue muy diversa, y, seguramente, estuvo condicionada por las respuestas que encontraron en el terreno. Así, podemos conjeturar desde el mercantilismo, relativamente amigable, hasta las relaciones bélicas y la usurpación del poder. Sin embargo, todas ellas dejaron una importante evidencia material, que revela la presencia de infraestructura y control teotihuacano, incluso en caso de que el número de administradores y guerreros hubiese sido reducido. Dicha evidencia abarca cerámicas de producción teotihuacana, imitaciones locales de cerámica y figurillas teotihuacanas, la característica arquitectura de talud tablero de la gran metrópoli, incluso monumentos y piezas iconográficas que, en ocasiones, también tienen signos y textos parciales elaborados en escritura teotihuacana.

La creciente hegemonía de Teotihuacán no era unidireccional, pues no sólo emanó de la capital hacia el exterior, sino que también generó ondas y grandes refracciones de influencias de las áreas extranjeras en las que habían penetrado las entradas. Ello resultó en la afluencia de materiales y productos exóticos como el cacao y las plumas de quetzal del oriente, así como minerales, piedras preciosas como la jadeíta y obsidiana de otras regiones. Aquello pudo ser la motivación primaria de las expansiones; aunque, también hay que considerar la dimensión humana, cultural e incluso intelectual que derivó de estas redes de comercio e intercambio (García-Des Lauriers, 2020).

A partir del mapeo urbano, realizado por el Teotihuacan Mapping Project [TMP] (Millon et al., 1973), fueron evidentes las extensas áreas que albergaron comunidades foráneas, las cuales utilizaron cerámicas importadas, arquitectura y prácticas funerarias distintivas, así como ejemplos de escritura jeroglífica ajena (Millon 1967, 1973: 41-42, figs. 60a-b; Rattray 1987, 1993; Ortega, 2014). De esta manera, se muestra que, una vez avecindados en la urbe, mantuvieron prácticas culturales, lazos con sus comunidades de origen e interactuaron con diversas esferas de la vida pública.

Siete décadas después, podemos ver que algunos patrones constructivos, estandarizados de los módulos urbanos, fueron perturbados por la presencia de elementos foráneos, como las tumbas construidas en las plataformas de edificios y habitaciones en Tlailotlacan (Rattray, 1993; Spence, 1989; Ortega, 2014 y 2021). A partir de los patrones arquitectónicos y de la vajilla cerámica, diversos especialistas sugieren la existencia de identidades étnicas en la ciudad, basados en las diferencias de la cultura material como indicadoras de diversas adscripciones culturales (Barba, 2020), con las que se establecían vínculos específicos con las periferias teotihuacanas (Rattray, 1987, 1993; Spence, 1989).

Particularmente, para el caso de Tlailotlacan, se asignó una identidad “zapoteca”, vinculando así a Teotihuacán con Monte Albán -la principal ciudad de los valles centrales de Oaxaca durante el periodo Clásico (Spence, 1989; Winter, 2001)-. Adicionalmente, a lo largo del margen occidental, se encuentra lo que se puede considerar como un enclave del occidente mexicano, en éste, varios grupos habitacionales utilizaron cerámicas de afiliación con las culturas contemporáneas de Michoacán, así como prácticas funerarias relacionadas con éstas (Gómez, 2017).

En la parte oriente de la ciudad se encuentra el Barrio de los Comerciantes, con sus distintivas estructuras residenciales circulares en los predios de Xocotitla y Mezquititla (ver Millon, 1973: 34, 36, 40; Rattray, 1987). Ahí, también se ha encontrado abundante cerámica del oriente de Mesoamérica (Clayton, 2005). Tradicionalmente las estructuras circulares del Barrio de los Comerciantes se han relacionado con las culturas contemporáneas de Veracruz, ya que este tipo de estructuras son conocidas en esta región. Sin embargo, lo que previos investigadores no consideraron es que los sitios con estas estructuras no se encuentran en Veracruz en sentido amplio, sino en la parte norte, específicamente en el área cultural de la Huasteca. Por lo tanto, existe la posibilidad de que este vecindario fuera un área poblada tanto por grupos mayenses del centro del Área Maya, hacia el este, como por huastecos tempranos del norte de Veracruz, que vivían uno al lado del otro en los márgenes de la gran capital (Helmke, 2012a).

En la actualidad, las personas se convierten, gradualmente, en un tema de estudio, pues con análisis isotópicos refinados se pueden establecer sus orígenes geográficos, reconstruir sus biografías y determinar su relación con Teotihuacán. Ejemplo de lo anterior son los análisis que realizaron Michael Spence y Christine D. White, a través de estudios de isótopos estables de oxígeno, los cuales indican que las personas de Tlailotlacan tuvieron una movilidad cíclica con su lugar de origen, permaneciendo por largos periodos fuera de Teotihuacán. Además, indican que los niños nacidos en el vecindario pasaron una gran parte de su primera infancia en otras regiones, para luego regresar a la ciudad durante su juventud (Spence et al., 2005).

El objetivo de este trabajo es explorar algunas evidencias de la presencia extranjera en Teotihuacán, especialmente, la de origen maya registrada en excavaciones y la investigación en curso. Se identificaron sus principales rasgos y características, para establecer posibles orígenes y la naturaleza de las interacciones. A continuación, se explica el orden de la investigación.

Primero, abordaremos la cerámica maya, recuperada en grandes extensiones del sitio, así como las imitaciones elaboradas localmente, con el objetivo de analizar las implicaciones que tienen en la producción y el consumo desde una perspectiva social. Después, consideraremos los objetos de adorno personal más raros, hechos de piedra verde pulida con diseños grabados, hallados en distintos lugares del sitio y presentaremos la placa descubierta más recientemente en Tlailotlacan en 2014. Para concluir, haremos un resumen de nuestras observaciones, valorando la importancia de estos hallazgos en el contexto social de un escenario urbano temprano; tomaremos en cuenta cómo las identidades fueron cosificadas, negociadas y adaptadas a la cultura cívica de Teotihuacán.

Cerámica maya en Teotihuacán: Importaciones y producciones locales1

Cerámica tallada. El arqueólogo sueco Sigvald Linné reconoció, por primera vez, la presencia de cerámica de “estilo maya” en Teotihuacán (Linné, 1934: 96-100). Dadas las extensas excavaciones y trabajos de limpieza, concentrados en el núcleo de la ciudad y en las estructuras más grandes del sitio que realizó Leopoldo Batres, Linné obtuvo permiso para excavar algunas áreas ajenas, lo que llevó al descubrimiento del gran conjunto de Tlamimilolpa, entre 1934 y 1935, situado un poco más de 1.5 km al este de la Avenida de los Muertos.

Éste, además de ser uno de los primeros conjuntos residenciales completamente despejados, reveló algunas de las condiciones de vida de la población de Teotihuacán. Por ejemplo, los vecindarios de bajo estatus, repletos de habitaciones pequeñas, con pocos patios abiertos y atrios, lo que muestra que no todos los conjuntos son iguales y que las condiciones de vida podían ser difíciles, hacinadas e insalubres. A pesar del entorno arquitectónico, las excavaciones mostraron grandes cantidades de artefactos, incluidas figurillas y tiestos de un conjunto de cerámica, en su mayoría utilitaria, pero incluyendo en menor medida vasijas de servicio.

Entre las últimas, Linné notó los restos fragmentarios de cuencos hemisféricos con exteriores intrincadamente decorados (Linné, 1934: figs. 127-130) (Figura 2). La técnica decorativa es en alto relieve, y se realizó cortando la arcilla para producir motivos complejos mayas. Además, fueron elaborados por artesanos consumados, conocedores de la iconografía y las formas del arte maya.2

Figura 2 Cerámica tallada en estilo maya recuperada por Sigvald Linné en sus excavaciones de Tlamimilolpa (dibujos de Axel Hjelm, núms. de inventario: 1932.08.4017 y 1932.08.4309, cortesía del Museo Etnológico de Suecia, Estocolmo; véase también Linné, 1934: figs. 129-130). 

En estos cuencos se plasman diversos motivos relacionados con lo sobrenatural y muestran deidades sentadas. También hay representaciones de la cabeza decapitada del dios del maíz y seres antropomorfos que emergen de las fauces de serpientes sobrenaturales. La cercanía de Tlamimilolpa con el Barrio de los Comerciantes explica, parcialmente, la frecuencia de estos tipos cerámicos. Es significativo que las cerámicas de este estilo, con los fondos profundamente cortados y el alto relieve, no fueran conocidas en el Área Maya durante el Clásico Temprano. Con base en la evidencia existente, es más probable que éstas se produjeran en Teotihuacán, pero el resultado y el grado de familiaridad, con los cánones y la temática del arte maya, sugieren que fueron elaboradas por artesanos mayas establecidos en la ciudad, quizá incluso en el Barrio de los Comerciantes. Estas conclusiones deben ajustarse con la realización de análisis de elementos traza y petrográficos que podrán corroborarlas o anularlas.

Cerámica importada. Además de la cerámica tallada, identificada por Linné, entre las amplias recolecciones de superficie realizadas por el Teotihuacan Mapping Project durante la década de 1960, se recuperaron 1 300 tiestos que podrían identificarse como cerámica maya (Castañón Suárez, 2012: 89-93; Clayton, 2005; Rattray, 2001: 305-354). La mayor parte son cerámicas polícromas, producidas en el centro de las Tierras Bajas mayas, con formas de cuencos hemisféricos y cuencos con reborde basal, así como algunas ollas que datan de las fases Tlamimilolpa y Metepec (Castañón Suárez, 2012: 89; Clayton, 2005: 429, 443) (Figura 3). La presencia de estas cerámicas en Teotihuacán indica las extensas redes comerciales que preceden a la entrada del 378 d. C. por varios siglos, las cuales perduraron más allá de la reafirmación de la autonomía de las ciudades-estado en las Tierras Bajas. Estas cerámicas confirman que Teotihuacán estuvo en el centro de una gran red comercial que importaba bienes materiales de toda Mesoamérica.

Figura 3 Una selección de tiestos de cerámica maya producida en las Tierras Bajas mayas, importada a Teotihuacán (dibujos de Christophe Helmke basados en Rattray, 2003: fig. 5). 

Además de la cerámica maya, los análisis realizados por Evelyn Rattray (1993, 2003) revelaron que las vasijas de cerámica, de las culturas del centro de Veracruz y de Oaxaca, están documentadas en el conjunto cerámico del sitio. Recientemente, también se han identificado cerámicas de filiación michoacana (Gómez, 2017).

La distribución de estas cerámicas en Teotihuacán es interesante. En el caso de las cerámicas de tipo Oaxaca gris, características del conjunto oaxaqueño (Figura 4) -y relativamente fáciles de identificar a través del tratamiento de superficie que es muy diagnóstico-, se puede observar que están distribuidas por toda la conglomeración urbana de Teotihuacán, aunque hay una densidad ligeramente mayor en la parte occidental del sitio (Ortega et al., 2016; Rattray, 1987: fig. 1) (Figura 5a). Conforme a lo esperado, sus concentraciones más altas están en Tlailotlacan, el vecindario multiétnico occidental de Teotihuacán, habitado predominantemente por personas de origen oaxaqueño (Ortega, 2014, 2021; Ortega y Archer, 2014).

Figura 4 Muestra de cerámica gris oaxaqueña, con la característica pasta, acabado y color de superficie (fotografía © Riverbend Galleries). 

Figura 5 Mapa de Teotihuacán que muestra a) la distribución total de la cerámica gris de Oaxaca (de importación y producida localmente); b) la distribución de la cerámica gris de Oaxaca producida localmente (mapa basado en Rattray, 1987: fig. 1; y Castañón Suárez, 2014: fig. 8.1 y tabla 8.4; mapa de base del TMP). 

Comparando las distribuciones de la cerámica Oaxaca gris importada y la de imitación, producida localmente, el resultado es muy disparejo (Figura 5b). Debido a esto, la gran mayoría del Oaxaca gris auténtico, producido en el extranjero e importado a Teotihuacán, se encuentra fuera de Tlailotlacan; mientras que la gran mayoría del Oaxaca gris, producido localmente, se encuentra en Tlailotlacan (Helmke, 2012a). Esta distribución contradice lo esperado, ya que se podría suponer que los habitantes de filiación zapoteca tuvieron un papel activo en la importación de bienes de su tierra natal y, por lo tanto, tenían un mayor acceso a esta cultura material.

De igual forma, suponíamos que la población local de Teotihuacán habría estado satisfecha con imitaciones locales o que era incapaz de distinguir las importaciones de productos genuinos frente a las imitaciones producidas localmente. Aunque, al contrario, por una parte, se observa que la población local fue la principal consumidora de bienes importados y exóticos; por otra, la población de Tlailotlacan producía cerámica en su estilo cultural, como lo hacían en su tierra natal, pero con arcillas locales. Esto tiene implicaciones interesantes para entender la distribución de mercancías en el sitio, así como los roles que jugaron los diferentes segmentos sociales y etnias en la adquisición, producción, uso y dispersión de bienes extranjeros (Helmke, 2012a). Además, acentúa las diferencias sociales y económicas entre los distintos grupos en diferentes partes de la ciudad, que parcialmente fueron mediadas dentro de un marco de identidades culturales.

En cuanto a la cerámica maya, su distribución espacial revela patrones importantes, ya que antes de la fase Tlamimilolpa, estaba restringida a la parte oriental del sitio, dentro y en las inmediaciones del Barrio de los Comerciantes (Clayton, 2005: 431, 443) (Figura 6a); lo que se repite nuevamente a partir de Xolalpan Tardío (Figura 6b) (Castañón Suárez, 2014: 217, 224, figs. 8.4 y 8.6). Esto expone un uso local limitado, por parte de los grupos étnicos mayas establecidos en el margen oriental del sitio (Helmke, 2012a). En contraste, durante Tlamimilolpa y antes de Xolalpan Tardío, la cerámica maya se distribuyó, uniformemente, por toda la ciudad (Castañón Suárez, 2014: 203, fig. 8.1; Clayton, 2005: 431, 443) (Figura 6b). Seguía el patrón de la cerámica importada y consumida por la población local de Teotihuacán, lo cual sugiere procesos de importación y distribución desde un mercado más centralizado, así como una fase de interacción más abierta con la población local.

Figura 6 Mapa de Teotihuacán que muestra la distribución de la cerámica maya a) antes de la fase Tlamimilolpa (amarillo); b) durante las fases Tlamimilolpa (naranja) y Xolalpan (rojo) (mapa basado en Clayton, 2005: fig. 5; y Castañón Suárez, 2014: fig. 8.1, tabla 8.4 y 8.6; mapa de base del TMP). 

Independientemente del periodo, al menos el 59 % de toda la cerámica maya importada, encontrada en el sitio, se ha recuperado de Xocotitla, es decir, del centro del Barrio de los Comerciantes (Castañón Suárez, 2012: cuadro 5.10). Estas cerámicas mayas se asocian con una cantidad significativa de cerámica de la costa del Golfo (Castañón Suárez, 2012: 196-199; Rattray, 1987) y, como se ha sugerido anteriormente, puede reflejar específicamente la cultura material de la Huasteca. Respecto a la concurrencia de contexto, vale la pena señalar que las cerámicas mayas encontradas en Tlamimilolpa estaban restringidas a un pequeño conjunto de cuartos en la parte sur central del conjunto. En ellos también había piedra verde, lo que sugiere que pudieron estar habitados por individuos con vínculos comerciales con el Área Maya (Castañón Suárez, 2012: 159-160). En relación con lo anterior, la cerámica maya que se encontró en Mezquititla estaba en los mismos contextos que los artefactos de jadeíta, entre varias de las estructuras redondas de esa parte del sitio (Castañón Suárez, 2012: 195).

Cerámica plano-relieve. Con escasas excepciones, la mayoría de las cerámicas en plano-relieve encontradas en Teotihuacán se produjeron localmente. Una excepción es el pequeño fragmento de un vaso del Clásico Temprano hallado cerca de la Ciudadela y que representa parte de una escena figurativa, en la que un ser, con un gran pico de pájaro, apunta con su mano claramente antropomorfa hacia otra figura, ahora desaparecida (Múnera y Sugiyama, 2000: fig. 116). Sin duda, se trata de una escena mitológica que involucra al gran pájaro celeste que tuvo un lugar destacado en mitos etiológicos importantes (Helmke y Nielsen, 2015: 39, fig. 8c).

La mayoría de las escenas se centran en la derrota del ente aviar, a manos de figuras heroicas, los prototipos o arquetipos de cazadores y gobernantes, como parte de un importante mito panmesoamericano (Nielsen y Helmke, 2015). En otras ocasiones, tenemos representaciones de danzas, en las que cuatro bailadores humanos actuaban como aspectos cardinales de esta ave sobrenatural, muy posiblemente como parte de representaciones rituales que reiteraban y ponían de manifiesto la narrativa mitológica (Helmke y Nielsen, 2015: 39-41).

Una de las vasijas en plano-relieve más finas, descubiertas en Teotihuacán, corresponde a un vaso trípode de cerámica café. Se encontró en las cercanías del Barrio de los Comerciantes, cuya forma, tratamiento de la superficie, color del engobe y bruñido son perfectamente teotihuacanos, por lo que, indudablemente, es un producto local. Tal como se recuperó, al vaso le faltaban los soportes, lo que sugiere que siguió usándose, incluso después de una rotura parcial (Figura 7a).

Figura 7 Vasijas en plano-relieve encontradas en Teotihuacán con: a) iconografía maya en estilo maya en una vasija encontrada en el Barrio de los Comerciantes (fotografía por Michel Zabé). Vasijas en planorelieve en estilo de inspiración maya, producidas en Teotihuacán por artesanos locales. Vasijas en: b) las colecciones del Museo Anahuacalli (fotografía de Christophe Helmke); c) las colecciones del Museo Nacional de Antropología (archivo digital MNA); d) en el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles (archivo digital LACMA); e) y f) en el Museo Nacional de Antropología (fotografías de Martirene Alcántara). 

La iconografía es claramente maya en todos sus detalles, elaborada por un artesano altamente calificado (Velásquez et al., 2017: 50; Taube, 2003: 291). La totalidad del fondo se quitó en la etapa de dureza de cuero, luego de la aplicación del engobe, con los detalles más finos incisos en las secciones del primer plano. Se representa un imponente árbol que parece brotar de la cabeza de una entidad solar; cada una de las ramas termina en cabezas serpentinas que arrojan lo que parecen ser plumas, sustituyendo a lo que hubieran sido las hojas; las ramas con cabeza de serpiente pueden representar serpientes de fuego que están estrechamente relacionadas con el calor solar (ver Taube, 2000: 274-280, 284-289), lo que quizás explica su yuxtaposición con la cabeza de la deidad solar. Las ramas están ligeramente cubiertas por una gran serpiente, lo que indica que se trata de una escena de la naturaleza primigenia, pues las espirales apiladas que rodean la escena aluden a nubes y, por ende, indican que el espacio es celestial.

El análisis de elementos traza de esta vasija reveló que fue hecha con arcilla de Otumba, lo cual confirma su producción local. A partir de las características descritas anteriormente, podemos sugerir que esta pieza pudo ser producida en Teotihuacán, muy posiblemente en el Barrio de los Comerciantes, por un experto artesano maya establecido en el sitio.

Relacionadas con esta pieza, pero en mayor cantidad, hay otras vasijas de plano-relieve producidas por alfareros teotihuacanos, las cuales tuvieron una gran demanda durante la fase Xolalpan (Rattray, 2001). Se cortaba y marcaba el motivo inciso en la etapa de dureza de cuero, luego de aplicar el engobe, para decorar con paneles iconográficos estas vasijas en plano-relieve. En muchos casos, los bordes de las escisiones e incisiones presentan desconchados menores o extensos, lo que muestra que frecuentemente el fondo se eliminó cuando la superficie ya había comenzado a secarse más allá de la etapa de dureza de cuero.

Todas estas vasijas son vasos trípodes típicos, con soportes rectangulares o de botón, y un engobe monocromático amarillo, naranja, rojo, café o café-negro; básicamente, abarcan la gama completa de colores de engobe disponibles. Suelen tener dos paneles decorativos principales que presentan cabezas zoomorfas mayoides, dentro de un marco cuadrado o de un cartucho circular ligeramente cuadrado (Figura 7b-f). Aunque los motivos fueron extraídos de la iconografía maya, su grado de realización es menor y revela una falta de familiaridad con las convenciones y los cánones del arte maya, lo que sugiere una producción local por artesanos no mayas.

Karl Taube (2003: 305) fue el primero en identificar estos cráneos altamente prognáticos sin mandíbula en la cerámica teotihuacana, describiéndolos como “cabezas de serpientes de estilo maya […] dentro de medallones circulares” [traducción nuestra]. Estos cráneos tienen una gran abolladura o depresión en la parte superior, cuentas que emanan de la fosa nasal, una voluta que sale de la esquina de las fauces y un gran elemento tripartito debajo de las fauces abiertas, como si brotara de éstas. Aunque cada vaso fue producido individualmente y, por ende, hay un alto grado de variación entre uno y otro, los artesanos que los decoraron estuvieron de acuerdo en las características que deberían estar presentes, ya que se representan consistente y reiteradamente. En la iconografía maya, estos cráneos zoomórficos sin mandíbula se conocen como “cabezas de personificación” y sirven para indicar que ciertos objetos, hechos por manos humanas, están imbuidos de esencia vital (impartidos durante los rituales de dedicación) y, por tanto, están vivos (ver Schele y Miller, 1986: 44; Helmke, 2012b: 63-65).

Desconocemos la razón por la que precisamente estas cabezas de personificación maya figuran de manera tan destacada en la cerámica producida en Teotihuacán, pero es significativo que las formas cerámicas sean locales y las decoraciones parezcan aplicadas por artesanos teotihuacanos. A diferencia de las cerámicas polícromas mayas y de Oaxaca gris, discutidas anteriormente, las imitaciones locales parecen haber sido producidas y consumidas por la población local de Teotihuacán. Esto no sólo expone un grado de familiaridad con la iconografía maya, sino cierta demanda de cerámicas extranjeras satisfecha localmente. Por tanto, este tipo de cerámica puede servir como indicador de un relativo estancamiento en las importaciones desde el Área Maya, aproximadamente a partir del 400 d. C. en adelante, lo que incluso provocó algunos de los tratamientos de superficie más diagnósticos de la fase Xolalpan.3

Cerámica con paneles decorativos hechos con molde. Tras la gran afluencia de cerámica plano-relieve, aparece la elaborada con molde, concretamente, adornada con pequeños paneles o segmentos decorativos realizados con un molde. Sorprendentemente, estos segmentos tienen representaciones de cabezas de personificación, comparables a las ya discutidas arriba, y se encuentran dentro de marcos de cuadrifolio, con originales presumiblemente tallados en negativo en moldes de madera. Los moldes originales parecen haber sido producidos por un artesano maya; ya que se representan todos los detalles con una mano firme y segura.

La aparición de este tipo de adornos empieza durante el Xolalpan Tardío y continúa durante la fase Metepec; especialmente, se incorporaban a grandes cuencos con los lados invertidos. Tal vez se usaron en actividades en las que se servían alimentos a grupos grandes de comensales. Este tipo de cuencos está muy extendido y se encuentra en muchos conjuntos residenciales, principalmente en los más prósperos. Se hallaron ejemplos notables en Tetitla (Séjourné, 1966: fig. 4), Sitio 121, N1W3 en la “Ciudad Vieja” (Taube, 2003: fig. 11.17c), La Ventilla (Cabrera, 1998: fig. 5), en Atetelco (Ortega, 2011) (Figura 8a-c), además en el taller de incensarios anexo a la Ciudadela (Múnera y Sugiyama, 2000: fotos 187-188). El ejemplar, localizado en el taller, incluye parte del molde original, en el que se puede observar que, entre los registros de los cuadrifolios, había formas alargadas intercaladas que asemejan una guirnalda de flores (Figura 8d).

Figura 8 Adornos de cerámica hechos con molde que muestran iconografía maya. Especímenes de: a)-c) Atetelco (fotografías de Christophe Helmke). d) Molde de la Ciudadela y e) impresión con aspecto de desmolde retorcido (según Múnera y Sugiyama, 2002: fotos 187 y 188). f) Detalle de un incensario del Posclásico Tardío del Templo Mayor copiando los mismos adornos moldeados (fotografía de Christophe Helmke). 

Estos ejemplos constituyen un testimonio de la creciente demanda de cerámica de apariencia extranjera, específicamente maya. Esto la llevó a su producción masiva y al uso de moldes para acelerar el proceso, además de mantener la calidad y coherencia de la iconografía. Al respecto, cabe señalar que la cerámica hecha con moldes era prácticamente desconocida en el Área Maya durante el Clásico Temprano, y que representa una adaptación local a la demanda económica y a las expectativas culturales. A veces, durante el proceso de producción, las formas impresas se fundían rápidamente o se desmoldaban retorciendo, con lo que se provocaba un deslizamiento y, por lo tanto, se producían impresiones con una apariencia desplazada (Figura 8e).

Como nota al margen, podemos comentar que la prevalencia de estos paneles moldeados, con cabezas de personificación, fue reconocida posteriormente por los mexicas como algo particularmente teotihuacano. Lo anterior queda claro en un conjunto de incensarios descubiertos en el Templo Mayor de Tenochtitlan, los cuales, evidentemente son imitaciones neoclásicas de lo que los mexicas concibieron como incensarios teotihuacanos (Figura 8f). Pero lo sorprendente es que en estos incensarios los bordes fueron decorados con copias de segmentos decorativos que incluyen las cabezas de personificación moldeada, repletos con el mismo tipo de guirnalda de flores que se ve en el molde de la Ciudadela. De tal manera que, siglos después, durante el inicio de la exploración arqueológica en México (ver López Luján, 1989, 2001, 2013; López Luján y Anda, 2017), se nota que el “fervor maya” que tanto ocupó a los teotihuacanos, fue considerado como particularmente ilustrativo de los registros visuales de lo teotihuacano por generaciones posteriores.

Piedra verde en Teotihuacán: ¿maya o mayoide?

La piedra verde, especialmente la jadeíta, es un mineral que tuvo una gran importancia simbólica para los pueblos de Mesoamérica en la época precolombina. Su importancia se debe a su rareza, pero también a sus propiedades físicas: su dureza y durabilidad, su frescura, su aspecto brillante casi acuoso y su color jaspeado (Gann, 1925; Taube, 2005). El color preferido por cada cultura mesoamericana varió a través del tiempo, lo que pudo haber sido influido o condicionado, en parte, por la disponibilidad de materias primas de diversos yacimientos. Los olmecas prefirieron una jadeíta azulada; los mayas del Clásico, un verde “color de manzana”; y, las culturas posclásicas, jades blanquecinos rayados con óxidos férricos (Seitz et al., 2001). Por lo tanto, la coloración de los objetos de jade se relaciona esencialmente, no sólo con la fuente de la que provienen, sino también con el horizonte cultural en el que fueron extraídos e introducidos en la cultura material de las civilizaciones mesoamericanas.4

Las fuentes más conocidas de jadeítas en Mesoamérica están en el valle del Motagua de Guatemala, a lo largo del margen oriental de Mesoamérica, y en el oeste de Guerrero (Griffin, 1993; Seitz et al., 2001; Taube et al., 2005), lo que convierte a este material en altamente exótico en Teotihuacán. De hecho, dado que la totalidad de los jades adquiridos por los teotihuacanos provienen del Área Maya (incluso como materia prima), esta piedra preciosa estaba indudablemente relacionada con las poblaciones mayas orientales del este. Las alhajas de este material en Teotihuacán representan, por lo tanto, una importación y un símbolo significativos del Área Maya.

La coincidencia entre el color de esta piedra, con las apreciadas plumas iridiscentes del quetzal, habría marcado a estos elementos verdes resplandecientes del adorno personal y las insignias como artículos exóticos del oriente. Para reiterar un punto mencionado anteriormente, el control de las rutas comerciales y de centros de comercio de jadeíta y plumas de quetzal pueden haber sido los estímulos primarios detrás de la entrada al Área Maya en el siglo IV. A pesar de la importancia de la jadeíta, la piedra verde en Teotihuacán y los contextos en los que se encuentran, no consideraremos la totalidad del conjunto, ya que no sabemos si este material llegó sistemáticamente a Teotihuacán en forma terminada, como cuentas y collares, o todos se produjeron localmente a partir de la materia prima (López Juárez y Murakami, 2018; Melgar Tísoc et al., 2021). Como tal, además de señalar el simbolismo más amplio y las connotaciones culturales, asociadas con este tipo de piedra, nos centraremos específicamente en tres piezas clave de joyería, que exhiben iconografía y analizaremos su origen y relación con la cultura maya.

Placa de la Pirámide del Sol. Uno de los primeros objetos de jadeíta que se encontraron en Teotihuacán fue una placa pequeña, supuestamente desenterrada cerca de la base de la Pirámide del Sol. Éste, ahora, se encuentra en las colecciones del Museo Británico en Inglaterra (Joyce, 1938).

Esta placa tiene forma de un pentágono irregular, con dos lados grandes en la parte superior derecha y una base paralela corta (Figura 9). Esta forma extraña, junto con la parte superior y la base paralelas, indica que al menos tres porciones triangulares fueron aserradas en algún momento de la época precolombina. El color verde manzana oscuro de esta pieza concuerda bien con los gustos del Clásico, y la iconografía es completamente maya en todos los aspectos. En su primer artículo sobre los jades mayas, Thomas Gann (1925: 277) comentó: “Esta placa […] prueba de manera fehaciente la existencia de una intercomunicación entre Teotihuacán, la capital tolteca, y alguna ciudad maya del Antiguo Imperio. El diseño es típica e inequívocamente maya” [traducción propia].

(Am1938,1021.25, fotografía © Los fideicomisarios del Museo Británico).

Figura 9 Placa de jadeíta tallada, supuestamente recuperada de la base de la Pirámide del Sol 

Esta placa es uno de los mejores ejemplos de tallas mayas en jade. Su iconografía representa una escena cortesana, en la que un gobernante está sentado con las piernas cruzadas sobre lo que parece ser la personificación de una montaña. Su antebrazo izquierdo está cubierto con un pequeño escudo, lo que denota su destreza militar; además, usa un elaborado tocado que indica su estatus real, al igual que el cetro bicéfalo más grande que parece flotar a lo largo del borde superior de la escena. Su brazo derecho está doblado sobre el pecho, mientras se inclina ligeramente hacia adelante para dirigirse a una figura que pudo haber sido representada en una parte faltante. En la base del trono se presenta un enano como asistente cortesano. Los pequeños orificios de perforación, a lo largo del borde superior de la placa, revelan que se concibió como un precioso artículo de adorno personal, para una persona de alto nivel social.

Curiosamente, el tono verde de la jadeíta y el estilo de la iconografía revelan que no se trata de un objeto del periodo Clásico Temprano; ya que, estilísticamente, se puede datar entre el 650 y el 750 d. C. En este sentido, sin cuestionar su procedencia, se debe señalar que esta pieza no pudo haber llegado a Teotihuacán antes del periodo Coyotlateco, que en términos generales corresponde con el Epiclásico en otras partes del Altiplano mexicano y, por ende, es posterior al significativo colapso de Teotihuacán alrededor del siglo VII (ver Manzanilla, 2003; Goguitchaichvili et al., 2022). No se puede determinar si la placa llegó a Teotihuacán completa o si ya había sido aserrada, pero la cantidad de disminuciones que sufrió y la distancia, que recorrió durante su uso, son testimonio del largo periodo en que se usó como una reliquia por generaciones.

Pectoral de la Pirámide de la Luna. Como parte del ambicioso programa de excavaciones de túneles en la Pirámide de la Luna -un proyecto bajo la dirección de Saburo Sugiyama y Rubén Cabrera Castro (1998-2004) -, se encontró una serie de importantes cámaras funerarias y ofrendas a lo largo del eje principal de la pirámide. Así, se consagró la culminación de cada una de las siete fases constructivas del monumento, con la fecha más antigua de alrededor de 100 d. C. y la última de 400 d. C. (Sugiyama y Castro, 2007). Abarcó desde la fase Tzacualli Tardío hasta el final de la fase Tlamimilolpa, por lo que puede decirse que corresponden por completo al Clásico Temprano y, en general, coinciden con la mayoría de los programas constructivos documentados para la Pirámide del Sol (Millon et al., 1965; Sarabia, 2008; Sugiyama et al., 2013).

La mayoría de los depósitos especiales, encontrados en la Pirámide de la Luna, tienen la apariencia de grandes ofrendas dedicatorias, y todos han sido designados como “entierros”, ya que incluyen restos humanos. Entre éstos se encuentra una posible víctima de sacrificio, enterrada con una serie de animales rapaces, como águilas, halcones y pumas, enmarcados por un patrón al tresbolillo de vasijas del dios de las tormentas (Entierro 2), cuatro cautivos sacrificados con sus insignias (Entierro 3), diecisiete cabezas humanas decapitadas (Entierro 4), y una docena de víctimas de sacrificio, diez de las cuales fueron decapitadas (Entierro 6) (Sugiyama y Luján, 2007).

Uno de los depósitos posteriores, designado como Entierro 5, se ubicó en la parte superior de la sexta fase constructiva -lo que contrasta con los depósitos especiales que se localizaron en la base-, es probablemente una inhumación (Figura 10a). Para reforzar la interpretación, en este depósito no hay evidencia que sugiera que estos individuos tuvieran las manos atadas al momento de su muerte (Spence y Pereira, 2007: 151; Sugiyama y Luján, 2007: 132). Además, dominaban los restos óseos de tres personajes masculinos sentados con las piernas cruzadas, dentro de una cámara que medía c. 6 × 6 m (Sugiyama y Luján, 2007: fig. 7).

Aunque uno de los esqueletos, encontrado cerca de la mitad de la cámara (Individuo 5A), estaba mal conservado, se pudo estimar que su edad era de entre 50 y 70 años al momento de la muerte; además, no presentaba modificación craneal ni dental (Spence y Pereira, 2007: 152). Los análisis isotópicos de los huesos no fueron totalmente estables, pero las proporciones 87Sr /86Sr de los dientes son consistentes con los orígenes de Teotihuacán, y el valor d18Op de la muestra ósea también es consistente con los valores de Teotihuacán (White et al., 2007: 168). Por lo tanto, aparentemente, el Individuo 5A era un teotihuacano de alto rango, de acuerdo con el tipo de entierro y las diferencias con los otros depósitos de consagración y terminación, que contenían los restos de las víctimas del sacrificio, de varias partes de Mesoamérica.

En los objetos asociados, al parecer artículos de adorno personal, se incluyen: un gran collar de más de 20 cuentas grandes de jadeíta, un par de orejeras de piedra verde incisas con un motivo de molinillo, que simboliza flores, y un gran pectoral de jadeíta (Sugiyama y Luján, 2007: 134, fig. 8a-c). Este pectoral ha sido objeto de atención, ya que, desde su primera exhumación, los arqueólogos que lo hallaron sugirieron que podría ser un objeto maya, elaborado en el extranjero e importado a la gran metrópoli en algún momento del siglo IV (Sugiyama y Luján, 2007: 135-136) (Figura 10b). El pectoral es bastante simple y alargado, se asemeja a un pequeño bulto atado en cada extremo con dos formas rectangulares y con dos bandas superpuestas en el medio, lo cual le da una apariencia de tejido.

Figura 10 a) Individuos A y B del Entierro 5, dentro de la sexta fase constructiva de la Pirámide de la Luna (fotografía de Hirokazu Kotegawa, según López Luján y Sugiyama, 2017: fig. 10.5). b) El pectoral de jadeíta encontrado con Indv. 5A (según Robb, 2017: 319, n. 118). c) Ejemplo de un glifo teotihuacano con los mismos motivos y de la misma forma que el pectoral de jadeíta (dibujo de Christophe Helmke, según Langley, 1986: 239, n. 32). 

El monarca conocido como Yax K’uk’ Mo’, fundador de la dinastía real en el sitio maya de Copán (Schele, 1992: 135-138), en lo que ahora es Honduras, puede estar representado usando un pectoral de este tipo, en los monumentos del Clásico Tardío, lo que se ha tomado como evidencia adicional para la atribución maya del pectoral (Sugiyama y Luján, 2007: fig. 8e). No obstante, hay muy pocos elementos que respalden este objeto como de origen maya, y la conexión con Yax K’uk’ Mo’ es totalmente equívoca, ya que sus descendientes hicieron todo lo posible para relacionarlo específicamente con Teotihuacán, a través de sus representaciones, en las cuales porta insignias y objetos vinculados con la metrópolis del centro de México.

A su vez, el texto glífico, en la parte superior del Altar Q en Copán, narra el viaje de Yax K’uk’ Mo’ a Teotihuacán en el 426 d. C.; con el propósito de recibir el respaldo y la bendición para fundar una nueva dinastía (expresado literalmente como ‘la toma-poder’), antes de regresar al Área Maya para establecer su capital en Copán (Stuart, 2000: 490-494). Curiosamente, y de forma graciosa, se dice que el viaje de regreso duró 152 días y que al llegar a Copán tuvo hil-ook o ‘descansó sus pies’. En la actualidad no hay evidencia concertada que sugiera que el pectoral encontrado en la Pirámide de la Luna sea un objeto de origen cultural maya, sobre todo a la luz de que se conocen elementos glíficos de la escritura teotihuacana que coinciden perfectamente con la figura y la forma de este objeto (ver Cabrera Castro, 1996: 416-417, fig. 39; Langley, 1986: 239; Nielsen y Helmke, 2011: fig. 7b) (Figura 10c).

Placa incisa encontrada en Tlailotlacan. El tercer y último ejemplo se encontró en el corazón del vecindario de Tlailotlacan y su descubrimiento es el más reciente de los tres. Las familias que habitaron estos conjuntos departamentales mantuvieron relaciones asimétricas entre sí, como lo demuestra la cantidad de materiales foráneos a los que tenían acceso, la calidad constructiva de sus viviendas y la cantidad de tumbas construidas. Los conjuntos TL5, TL6, TL7 y TL11 sobresalían del resto, por las cualidades antes mencionadas; particularmente, el conjunto TL6 contaba con viviendas de espacios amplios y buenos materiales constructivos, así como un gran basamento de cuerpos escalonados en cuyo núcleo se localizó una tumba. Este conjunto fue fechado a través de seriación cerámica y arqueomagnetismo, en las fases Tlamimilolpa Tardío-Metepec (250-600 d. C.) (Goguitchaichvili et al., 2017) (Figura 11).

Figura 11 Planta arquitectónica del conjunto TL6, explorado por Ortega y Bolaños en 2014

La mayor parte de sus habitaciones contaba con recintos funerarios en el subsuelo, en los que se localizaron entierros de individuos, colocados en posición extendida. Uno de esos entierros (Entierro 13), debajo del piso del Cuarto 2, conte­nía el esqueleto de una mujer de entre 35 y 40 años de edad a su muerte. Este tenía modificación cefálica intencional del tipo tabular oblicua; modificación dental intencional en los incisivos centrales superiores, del tipo G-3; e incrustación en la cara anterior mediante discos circulares de placas de pirita, para lo cual se tuvo que hacer un taladrado en el esmalte, técnica reportada principalmente en las Tierras Bajas mayas centrales (Romero, 1958; Tiesler, 2001). Un rasgo peculiar de este individuo fue el hallazgo de una pieza dental hecha con serpentina y jadeíta, que presentó forma de incisivo, a manera de prótesis (Archer et al., 2021) (Figura 12).

Figura 12 Cráneo del Entierro 13, vista frontal. Se observan los incisivos superiores con modificación dental e incrustación, así como la prótesis dental de uno de los incisivos inferiores (fotografía de Aldo Díaz Avelar). 

Al suroeste del Entierro 13, se localizó la Tumba 3, en el relleno constructivo de los cuartos 3 y 4. Con una orientación noroeste-sureste, es un recinto rectangular, con acceso en el lado noroeste, hecho a base de piedra bola unida con lodo. Desafortunadamente, el contexto fue perturbado en época prehispánica, por lo que no se hallaron los restos óseos depositados. En su lugar, había un conjunto de nueve pulidores de piedra (Figura 13), debajo de los cuales se localizó una placa de jadeíta grabada (Figura 14), una cuenta de serpentina y un fragmento de materia prima de piedra verde, con evidencia de trabajo.

(fotografía de Víctor Hugo Bolaños Sánchez).

Figura 13 Tumba 3, vista de oeste a este, proceso de excavación  

Figura 14 La placa de jadeíta: a) fotografía (de Angy Domínguez) y b) dibujo (de Christophe Helmke). La placa mide c. 2.3 cm de ancho por 1.3 cm de alto. 

La placa de jadeíta pudo haber sido serrada longitudinalmente de otro elemento de adorno personal, lo que podría explicar su contorno irregular, casi festoneado. La gran perforación en la parte superior y la perforación más pequeña en el costado sugieren que se continuó usando como la placa central de un collar, hasta que se enterró con el difunto en la Tumba 3.

Lo que es particularmente atractivo son las líneas incisas que, en conjunto, forman la cabeza de una deidad con una nariz grande y prominente. Esta característica es uno de los rasgos diagnósticos de la deidad maya Chaahk, la personificación de las tormentas, al igual que el ojo con iris en forma de voluta, lo que puede ser un cabello despeinado en la parte superior y una forma serpentina en la boca (ver García Barrios, 2008; Taube, 1992: 17-27).

Generalmente, a esta deidad se le conoce como el dios de la lluvia; sin embargo, esta denominación es inadecuada, ya que su nombre, Chaahk, significa literalmente ‘trueno’. Aunque esta deidad era la personificación de las tormentas, también representaba los fenómenos meteorológicos más destacados. De hecho, hay muchas representaciones de Chaahk en la iconografía maya, en las que a menudo se muestra empuñando un hacha, pues, su golpe personifica una tormenta especialmente violenta que desgarra árboles.

Los nombres de muchas de estas múltiples personificaciones dan una idea de la gama de fenómenos meteorológicos que esta deidad podría encarnar, entre ellos: Yax Ha’al Chaahk, ‘Chaahk de las primeras lluvias’, nombrando las lluvias al comienzo de la temporada; K’ahk’ Yipyaj Chan Chaahk, ‘Chaahk llena el cielo de fuego’, y hasta Yax Mayuy Chan Chaahk, ‘Chaahk era la niebla matutina en el cielo’ (ver Helmke, 2012b: 76).

Esta deidad aparecía a menudo en los nombres de reinado que tomaban los gobernantes al ascender al trono, como si se convirtieran en una encarnación terrenal de este aspecto. Algunos rasgos de esta deidad tenían connotaciones más mitológicas, otros estaban relacionados con la fertilidad y la abundancia, mientras que algunos estaban vinculados con aspectos marciales (ver García Barrios, 2009). Una de las principales apariencias, relacionada con la guerra, es la forma de Chaahk conocida como Kalo’mte’, literalmente ‘el hacha los árboles’ (ver Wagner, 1995). Este nombre también se atribuía a los monarcas de alto rango, que servían como señores supremos de otros gobernantes (Stuart, 2000: 487). Otros aspectos menos conocidos incluyen a K’ahk’ Ochaahk (de /k’ahk’ och-chaahk/) ‘Chaahk que entra en fuego’, una deidad marcial y tutelar de los reyes de Yaxchilán, con connotaciones claramente teotihuacanas (Helmke, 2017: 27).

Podríamos preguntarnos si no son simplemente traducciones mayas de los nombres de ciertas deidades marciales de Teotihuacán. Esto es significativo, ya que con las entradas al Área Maya y a otras partes de Mesoamérica, los teotihuacanos introdujeron el culto de su deidad tutelar marcial, como el aspecto del dios de la tormenta, vinculado con el color amarillo (ver Nielsen y Helmke, 2022; Wrem Anderson y Helmke, 2013).

De regreso a la placa, se puede suponer que la representación de Chaahk sirvió para nombrar a su propietario original o como un tipo de talismán protector que representaba un aspecto particular de esta deidad, por la cual el propietario tenía una afinidad o inclinación. De hecho, el culto a deidades que se podrían considerar como divinidades personales de individuos se manifiesta en los textos jeroglíficos del Área Maya. Al parecer, los dioses a los que se hacían ofrendas tenían un “corazón inclinado” y la relación entre un ser humano y su dios se asemejaría al afecto que una madre tiene con su hijo (ver Helmke, 2012b: 87; Guenter, 2007: 30, 38-40).

Reflexiones finales

Los procesos de integración social que dieron forma a la ciudad de Teotihuacán pueden observarse, al menos, desde dos perspectivas: la externa y la interna. En la primera, nos enfocamos en los rasgos materiales que evocan la presencia de ideas, estilos y modelos distintivos de la metrópoli, presentes más allá de su corazón cultural, a los límites de Mesoamérica. Éstos manifiestan el interés de mantener contacto con distintas regiones, a partir de vínculos de todo tipo; ya fuesen de intercambio de productos, ideológicos, políticos y de conocimientos, con los que la sociedad teotihuacana se distinguió entre sus contemporáneos.

A partir de la fase Tlamimilolpa -cuando la traza urbana muestra una estandarización consolidada y los principales complejos monumentales han tomado su lugar (Rattray, 2001)-, las relaciones externas transitan a una fase de franca presencia de grupos teotihuacanos en diversas regiones. Lo anterior determina el estilo de obras arquitectónicas, iconográficas, epigráficas y escultóricas, que proyectan la imagen de una sociedad distinguible a través de signos y símbolos propios: escritura, vestimenta, divinidades específicas, rasgos arquitectónicos, vajillas cerámicas, objetos de lítica. Sin embargo, es importante dimensionar, objetivamente, dichas presencias, para evitar la trampa reduccionista de la idea de un gobierno compacto y hegemónico que se expandió sin encontrar oposición. Por el contrario, debemos establecer el posible origen de dichas manifestaciones, a partir de los componentes propios de la sociedad teotihuacana, y es aquí cuando abarcamos la dimensión interna, aquella en la que se distingue al componente poblacional como una trama heterogénea en la que participan identidades de todo tipo: filiaciones familiares, de oficio o productivas, de afinidad política, de acceso a recursos, de origen y ancestros, entre otras.

La cultura material brinda una perspectiva interesante de la presencia e influencia maya en la gran metrópoli. Por consiguiente, se estudiaron la cerámica y los objetos de piedra verde, estos últimos elaborados con materia prima proveniente de los márgenes orientales del Área Maya, en el valle de Motagua. Pese a la importancia de esta materia prima, hay pocos productos mayas distintivos, siendo los dos ejemplos más destacados los primeros y los últimos objetos que se descubrieron, es decir, la placa encontrada en la base de la Pirámide del Sol y la que se recuperó durante las excavaciones en Tlailotlacan.

La cerámica es más abundante y revela diversos procesos sociales. Así, hay desde cerámicas mayas genuinas, producidas en las Tierras Bajas Centrales e importadas a Teotihuacán, hasta cerámicas producidas localmente que exhiben imitaciones de la iconografía maya. Las cerámicas importadas se encuentran, primordialmente, a lo largo del margen oriental del sitio, en el Barrio de los Comerciantes, lo que revela la identidad de grupos mercantiles responsables de su importación y sugiere que las poblaciones mayas residían ahí. Fuera de este barrio, la cerámica maya importada fue menos frecuente y se distribuyó, uniformemente, en el tejido urbano; al parecer las poblaciones locales la adquirían en los mercados centrales de la ciudad.

Además, tenemos la amplia gama de vasos trípodes teotihuacanos de producción local, adornados con iconografía de inspiración maya en plano-relieve, así como con adornos moldeados, los cuales exponen una demanda importante de cerámica extranjera, aunque al mismo tiempo conservan todos los gustos y elementos funcionales locales. Este tipo de cerámica se produjo en un momento en el que las interacciones con el oriente se redujeron, cuando fue disminuyendo la importación de cerámica maya, a partir del siglo V. Para satisfacer esta demanda, los artesanos locales produjeron vasos trípodes de estilo teotihuacano, pero los adornaron con “cabezas de personificación” mayoides, para darles un aire exótico.

Estas cerámicas reflejan un cosmopolitismo creciente de los consumidores, la población urbana de Teotihuacán, y un reconocimiento tácito de la influencia de Teotihuacán en Mesoamérica. Asimismo, demuestran que la población urbana conocía las culturas del territorio, algo que podían cultivar desde sus hogares, en un momento que podría describirse como la pax teotihuacana. Como se trata de un concepto nuevo, ampliamos, un poco más, esta noción. Evidentemente, se basa en la fórmula latina de la Roma clásica y, por supuesto, no deberíamos tomarlo al pie de la letra, sino en un sentido más sutil. Al igual que el concepto de pax romana, reconocemos la noción de estabilidad social y de prosperidad económica, mediante un gobierno centralizado, impuesto por el poder militar y la expansión regional. Así, en lugar de paz, se hace alusión a una sociedad altamente militarizada que impuso su voluntad en una gran parte de Mesoamérica, a través del poder hegemónico; aunque, las poblaciones multiétnicas de la capital, experimentaron una pax teotihuacana desde el siglo IV al V.

En muchos sentidos, Teotihuacán nos recuerda que muchas de las preguntas que enfrentamos en un mundo globalizado y urbano siguen siendo las mismas. Por lo tanto, sería imprudente suponer que un objeto es invariablemente equiparable con un individuo del mismo lugar de origen. Asimismo, no se debe concluir que el consumidor de un objeto proviene, necesariamente, del mismo entorno cultural que el objeto en cuestión. Esto es cada vez más claro en un mundo donde los centros de producción están cada vez más alejados de las localidades de consumo. No obstante, los objetos mayas y los inspirados en los mayas se pueden apreciar como llenos de significado, además de que cumplen un papel importante en la negociación y afirmación de la identidad.

De esta forma, los objetos mayas de Teotihuacán fueron utilizados por los grupos mayas establecidos en la ciudad para reafirmar su identidad y lugar de origen, como un grupo social dentro del caleidoscopio que fue la urbe. En el otro extremo, los teotihuacanos locales utilizaron objetos mayas y objetos inspirados en los mayas para enfatizar su carácter cosmopolita y, por lo tanto, subrayar su lugar como ciudadanos en la esfera de influencia de Teotihuacán. Más que simples objetos exóticos de estatus, éstos mostraban un grado de opulencia y daban testimonio de gustos cosmopolitas refinados. Entre estos dos extremos, hay negociaciones culturales más fluidas e indistintas, las de los artesanos mayas produciendo trípodes teotihuacanos y las de los artesanos teotihuacanos produciendo trípodes con iconografía mayoide. Claramente, en estos contextos, con los dedos en la arcilla, la cultura era una mercancía, un medio para un fin, algo para crear y para satisfacer una demanda. Así, entre los comerciantes con sus importaciones, los artesanos con los objetos que producían, y los consumidores con sus adquisiciones, se observa una compleja red trilateral de identidades, base del diálogo cultural en la gran ciudad, repetida una y otra vez para cada sistema sociocultural.

La diversidad de objetos y materias primas de origen maya en la ciudad, así como su distribución espacial y temporal, son indicadores de los niveles de negociación que los grupos teotihuacanos construyeron hacia el sureste de Mesoamérica. Esto incluye políticas de asimilación poblacional, al igual que la producción y circulación de objetos que reforzaban su adscripción cultural hasta cierto punto, pues a pesar de todo, los objetos teotihuacanos siempre predominaron en los sectores habitados por contingentes foráneos. La residencia permanente de los grupos foráneos debe abordarse como una estrategia bidireccional; ya que, a través de ella se mantenían vigentes las interacciones con sus regiones de origen y se custodiaban los intereses que las unían.

Asimismo, imaginemos que algunos de estos segmentos sociales mantuvieron diálogos y negociaron su lugar e identidad, con varios segmentos sociales de Teotihuacán. Los objetos reportados en este trabajo son evidencia de una presencia que abarcó todos los ámbitos de la vida cotidiana, desde las relaciones políticas y religiosas hasta las creencias personales en la fuerza mágica de los objetos. Todo ello en convivencia con la cultura propia de la ciudad, lo que nos acerca a la comprensión de una sociedad que sumó fuerzas en su interior y, en momentos decisivos, desarrolló mecanismos que le permitieron extender los intereses de sus sectores poblacionales, mediante las redes de contacto existentes y con el conocimiento de las circunstancias culturales de las regiones lejanas.

Agradecimientos

La investigación en la cual se basa este artículo se realizó con el permiso del Instituto Nacional de Antropología e Historia y de la Zona Arqueológica de Teotihuacán. Asimismo, tuvo el generoso financiamiento del Instituto Nacional de Antropología e Historia, del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, así como de las Fundaciones Velux en Dinamarca. El estudio de los artefactos mayas y de inspiración maya, encontrados en Teotihuacán, ha sido un proceso continuo y, al respecto, nos gustaría reconocer las perspectivas de Evelyn Rattray, Rubén Cabrera Castro, Leticia Staines Cicero, María Elena Ruiz Gallut y Karl Taube. Agradecemos a Magnus Johansson y al Museo Etnológico de Suecia por su ayuda en obtener los derechos de reproducción de los dibujos de los tepalcates recuperados por Sigvald Linné. Agradecemos, igualmente, a las Galerías Riverbend y al Museo Británico, por permitirnos reproducir dos de sus excelentes fotografías. A Mariana Sugawara le damos las gracias por su asistencia y paciencia en la preparación y edición del texto. También, nos gustaría agradecer a los tres dictaminadores, por sus comentarios que han beneficiado nuestro artículo y a los editores por llevarlo a su publicación. Todas las opiniones e interpretaciones expresadas en este artículo son responsabilidad de los autores.

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1 Las cerámicas que presentamos como parte de este estudio provienen de fuentes publicadas y se basan en las encontradas por Linné en la década de 1930, las cerámicas recolectadas por el Teotihuacan Mapping Project de la década de 1960, así como en hallazgos más recientes, como la cerámica de Atetelco (Ortega Cabrera, 2011). Como tal, la cerámica presenta los resultados de casi un siglo de hallazgos arqueológicos realizados en el sitio.

2Estas escenas son ampliamente comparables con la cerámica Río Blanco del sur de Veracruz, en términos estilísticos y técnicos (Winning y Gutiérrez Solana, 1996), aunque estas últimas representan una iconografía no maya. Dada su datación, es posible que las cerámicas de Río Blanco sean en realidad emulaciones posteriores, inspiradas en cerámicas anteriores de estilo maya, como las encontradas por Linné en Teotihuacán.

3Estilística y socialmente esto recuerda la demanda de productos de Asia oriental durante el siglo XVIII, especialmente en las cortes de los monarcas europeos, lo que originó el estilo conocido en francés como chinoiserie y en español como “chinería”. Éste fue un estilo occidental, de diseño de interiores, muebles, cerámica, textiles e incluso jardines, derivado de las fantásticas interpretaciones europeas de los estilos chinos, una moda o tendencia que se extendió rápidamente desde las cortes hasta los hogares de la alta élite (Rochebrune et al., 2014). Por lo tanto, estamos en presencia de lo que se podría denominar mayanería, lo cual da testimonio no sólo de una demanda de bienes extranjeros, específicamente orientales, sino también de un creciente mesoamericanismo cultural en la gran metrópolis.

4La peculiaridad de los materiales, frecuentemente, significa que estos objetos se conservaron como reliquias muy apreciadas durante varias generaciones, aunque algunos fueron reciclados por culturas posteriores. Así, las estatuillas olmecas muy apreciadas tenían su parte trasera serrada y reciclada por una cultura mesoamericana posterior en la época precolombina (Saville, 1928), como el hacha Kunz que representa una personificación deificada de una azuela ritual. A su vez, el pectoral olmeca, fechado entre el 900 y el 400 a. C., que ahora forma parte de las colecciones del Dumbarton Oaks, fue reciclado algunos siglos después por los antiguos mayas, quienes le agregaron una representación de un monarca en su ascensión al trono y un texto glífico que describe este ritual y al titular (Coe, 1966).

Recibido: 14 de Agosto de 2024; Aprobado: 14 de Noviembre de 2024

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