Supuestamente
Los Escritos de Lacan suelen tener “mala fama”; la fama de manierismo sin sustancia. Discurso bombástico, pero vacío.1
Al barroco lingüístico lacaniano se le ha transformado en mixtura cómica. Una que, sin embargo, concluye por expresar una profunda denostación del trabajo del fallecido en 1981. Lacan ha sido nombrado, un poco por aquí, un poco por allá: charLacan…2 Por supuesto, él era de un juicio muy diferente: “Nunca me releo, pero cuando me releo, ¡no pueden saber lo tanto que me admiro!”.3 ¡Ódienme más!
Sin escondites y a contracorriente de la “mala prensa”, este ensayo busca ser una apología de esa reunión de textos, los Escritos y, en el proceso, adelantar respuestas a los porqués de su forma específica. Quisiera también que sea conducto para que algunos y algunas reciban, si bien en parte, su opinión de manera invertida.
Érase una vez en Burdeos
Anclaré mi trayecto en los primeros pasajes de una conferencia que Lacan dictó el 20 de abril de 1968, en la ciudad de Burdeos. Lleva el prometedor título de: “Mi enseñanza, su naturaleza y sus fines”; “prometedor” quiere decir que se trata de cierto must para introducirse en Lacan, vía Lacan.
La intervención tuvo lugar en lo que hoy se llama Centro Hospitalario Especializado Charles-Perrens. En 1968 el inmueble todavía llevaba el nombre de Hospital Psiquiátrico Château-Picon. En aquella ocasión Lacan se dirigía a oídos psiquiatras, oídos “clínicos”. Lo hizo en medio, es evidente, de una intensa sacudida de la sociedad francesa, de sus instituciones políticas, culturales y morales. Agitación que encontrará su clímax un mes después, en el no menos famoso Mayo de 1968. Ese mes, la ciudad de Burdeos será, como muchas otras metrópolis francesas, partera de barricadas. Me adelanto un poco y sostengo que los Escritos de Lacan pueden representarse así, con la barricada.
Pero, ¿qué decía ese tal Lacan ese 20 de abril? Decía esto nomás comenzar. Es necesario citar en extenso:
Lo que enseño ha provocado cierto ruido.
La cosa data del día -que aplacé, gracias a Dios, tanto tiempo como pude- en que reuní algo que debí llamar Escritos, en plural, porque me parecía el término más simple para designar lo que haría.
Reuní bajo este título las cosas que había escrito con objeto de poner algunos puntos de referencia, algunos mojones, como postes que se fijan en el agua para enganchar los barcos, a lo que había enseñado semanalmente durante una veintena de años. No creo haberme repetido mucho. Estoy incluso bastante seguro de ello, porque me impuse como regla, como imperativo, no volver a decir nunca las mismas cosas. Entonces, esto no deja de constituir cierta habilidad.
En el transcurso de estos largos años de enseñanza, de vez en cuando componía un escrito que me parecía importante colocar como un pilar, la marca de una etapa, el punto al que se había llegado en tal año o en tal época de tal año. Después lo reuní todo. Cayó en un contexto en el que las cosas habían avanzado desde la época en que yo había comenzado la enseñanza.
Hablaba para personas a las que el asunto interesaba directamente, personas precisas que se llaman psicoanalistas. Lo que decía concernía a su experiencia más directa, más cotidiana, más urgente. Estaba pensado expresamente para ellos, nunca estuvo pensado para nadie más. Pero ciertamente me di cuenta de que lo que decía también podía interesar a gente a la que no estaba dirigido y a la que no le concierne en absoluto. Toda producción de esta naturaleza posee siempre un carácter ejemplar, en la medida en que se enfrenta una dificultad que se siente, una cosa verdadera, una cosa concreta, para utilizar otro término de moda. Leer lo que escribí, aun cuando no se entienda muy bien, produce un efecto, retiene, interesa. No se tiene tan a menudo la impresión de leer un escrito requerido por algo urgente, y que se dirige a personas que tienen verdaderamente algo que hacer, algo que no es fácil de hacer.4
Con leer esto, a la letra y en contexto, bastaría para contrarrestar la facilona acusación de oscurantismo caprichoso que suele recaer sobre los Escritos y la persona de Lacan. Sin embargo, como casi ya no se lee, hay que insistir.
De entrada, queda explícito que los Escritos son una reunión de pensamientos dirigida a practicantes del psicoanálisis. “Practicantes” debe ser tomado en un sentido amplio, es decir: se trata de una compilación dirigida a gente enmarañada con Freud, en Freud. Subrayar esto no es baladí, pues resulta una especie de prerrequisito para acercarse a los Escritos, uno en realidad pocas veces cumplido por diversas razones, siendo una mayor el indestructible prejuicio hacia Freud y su invento, hoy tan en boga… de nuevo.
A la japonesa
Los Écrits resultaron un verdadero best-seller de la editorial Seuil.5 Este fenómeno, que contradecía el sentir de su propio autor, quien pensaba haber publicado un “worst-seller”,6 fue en gran medida originado por el boom cultural “estructuralista”, mismo que hizo del apellido Lacan una de sus insignias populaires en toda Francia y más allá. Fue entonces cuando los viajes, al interior y al exterior del hexágono, se multiplicaron para el ya de por sí nómada analista. En todos ellos sus anfitriones le pedían que se pronunciara abiertamente sobre las razones de la mala, pero muy amplia fama de sus Escritos.
En Burdeos, Lacan declaró que sus Escritos eran “como postes que se fijan en el agua para enganchar los barcos”, especie de falos que sostienen y ubican en la navegación de la picada mar freudiana. Tres años más tarde, en Tokio, en la presentación de su obra en japonés, Lacan refirió que sus Escritos más bien fungían como piedras, precisamente como aquellas de los jardines zen, cuya belleza, según él, radica en que “no se dirigen a nadie”,7 en todo caso al Otro.
Como si la sensación mental de dureza, de carácter apretado, no fuese suficiente para Lacan cuando se menciona la rocher, acentuó que cada uno de sus Escritos es “una piedra muy compuesta”.8 Si por compuesta entendemos compacta, el señalamiento de Lacan resulta tautológico. Cuando esto ocurre con él, como parece que con cualquiera “requerido por algo urgente”,9 se debe a una desesperación por enfatizar algo. Los Escritos son piedras, sí, pero piedras retupidas, coaguladas mineralmente. No son arcillosas. Son las marcas -¿las cicatrices?- que sus recorridos sobre la geografía de la obra de Freud le dejaron. Los Escritos son “mojones” que tatúan en letra, que fijan lo “axial de eso que había enunciado”10 principalmente en su Seminario.
Por ese carácter tan suyo de enrame acumulado, fibroso, los Escritos fueron para Lacan en 1974 casi la antítesis de la roca: pasaron a ser flores. Por cierto, también japonesas:
No hice adrede que no se les comprenda, pero en fin eso ha sido una consecuencia de las cosas. Hablaba, hacía cursos, muy seguidos y muy comprensibles, pero como yo no transformaba eso en escrito más que una vez al año, naturalmente eso daba un escrito que, en relación a la masa de aquello que había dicho, era una especie de concentrado totalmente increíble, que es necesario meter de alguna manera en el agua, como las flores japonesas, para verlos desplegarse. Es una comparación que vale lo que vale.11
Si se lee bien, los Escritos no son flores a secas, por así decir, sino flores en estado de botón, prietas: Lacan florista.
Las preguntas comienzan, a su vez, a brotar. Planteo aquí una: ¿qué haría las veces del agua necesaria para la flor japonesa con relación a los Escritos? Sería precisamente el fluir de los seminarios de Lacan, calificados por él mismo, a contraluz de la fama de sus Escritos, de “muy comprensibles”. Para que las flores abigarradas de Lacan se abrieran al entendimiento, sería necesario, en estricto sentido, que quien lo intenta fuese al registro de los días orales ahí concentrados. Cuando se hace esto, no hay manera de no ir, de no volver, a Freud. Los Escritos llevan inexorablemente hacia él. Desde esta concepción, los Escritos, más que ofrecer puntos de llegada terminales a Lacan y al psicoanálisis, como comúnmente se les representa a juzgar por los usos, son más bien puntos de partida hacia atrás. En efecto: Freud primero, y después Lacan.12
Por si esto fuera poco, las flores son siempre diferentes: “No creo haberme repetido mucho. Estoy incluso bastante seguro de ello, porque me impuse como regla, como imperativo, no volver a decir nunca las mismas cosas. Entonces, esto no deja de constituir cierta habilidad”.13 Está claro que no parece estar al alcance de todo mundo ver “desplegarse” esas flores. Es necesario conectar esto con aquello que Lacan asevera: “esos famosos escritos […] nunca fueron hechos para remplazar [su] enseñanza”.14
Las cosas, justo, se despliegan…
Condensaciones
Vayamos a Freud:
Lo primero que muestra al investigador la comparación entre contenido y pensamientos del sueño es que aquí se cumplió un vasto trabajo de condensación. El sueño es escueto, pobre, lacónico, si se le compara con la extensión y la riqueza de los pensamientos oníricos. Puesto por escrito, el sueño ocupa media página; en cambio, si se quiere escribir el análisis que establece los pensamientos del sueño se requiere un espacio seis, ocho o doce veces mayor. Esta relación varía para diferentes sueños; pero su sentido, hasta donde yo puedo determinarlo, nunca cambia. Es regla que se subestime la medida de la compresión producida, pues se juzga que los pensamientos oníricos traídos a la luz constituyen el material completo cuando en verdad todavía pueden descubrirse otros, ocultos tras el sueño, si se prosigue el trabajo de interpretación […] estrictamente hablando, la cuota de condensación es indeterminable.
Así, la desproporción entre contenido y pensamientos oníricos lleva a inferir que en la formación del sueño se efectuó una amplia condensación del material psíquico.15
Sería difícil calificar de “pobres”, “escuetos” o “lacónicos” los Escritos de Lacan, tal y como Freud describe la forma manifiesta de los sueños. No obstante, hay mucha semejanza entre unos y otros, en tanto que para la construcción de ambos resulta fundamental un enorme trabajo de condensación. Como decía, los Escritos de Lacan son acopios letrados de sostenidas trasmisiones orales. Esas transmisiones ocupan un lugar análogo al de los pensamientos oníricos latentes en la interpretación de los sueños freudiana. En Lacan se trata de condensaciones de hasta un año de discurso. En algunos escritos en realidad han sido compactados varios años, como en el caso del texto sobre el estadio del espejo.
El 15 de noviembre de 1966, confesó Lacan: “Simplemente, por Escritos, quería señalar que era de alguna manera el residuo de mi enseñanza”.16 Los Escritos son sólo fragmentos con relación a un decir, a una cocción, irrecuperable, y que también fue fragmentaria: “Esto está estrictamente conforme a mi idea de eso que subyace en el decir. El decir deja desechos, y uno no puede más que recolectarlos. Entonces, que se trate de los desechos escritos, los desechos radiofónicos o los desechos televisivos, al final son desechos”.17 Resulta temerario ser categórico en el juicio, como hacen los detractores, ante una obra publicada que se concibe como desecho, es más: como poubellication.18 Parece que no pocas veces la parcialidad de la obra, que ella no nos autorice de manera inmediata a manejar el sentido del pensamiento contenida en ella, se resuelve en calumnia de este último.
Que Lacan califique sus Escritos de “residuo”, o aun más fuerte: de “compendio de escorias”,19 los aparta de la oratoria, puede llevar a un espíritu integrado a concebir tales composiciones bajo el prejuicio de lo inacabado o informe, tal y como los individuos suelen pensar sus sueños y su mierda. Se trata, sin embargo, de todo lo contrario. Los Écrits son trabajos formados en extremo, tan intestinalmente elaborados que, justo esa tenacidad tan suya hace semblante de lo no articulado, en particular cuando recién se llega a Lacan. Problema mayor para la transmisión de Lacan, como espero ya se aprecie. Los Escritos son una especie de oxímoron: desechos (déchets) laboriosamente destilados antes de su salida definitiva, como pasa, otra vez, con los sueños mismos y con la mierda.
No entender
Recordemos una anécdota. En 1975 Lacan regresaba de una estadía en Siria. Volvía mucho antes de lo previsto. En ese contexto lo buscaron “en nombre de la televisión”,20 y para hacer entrega de un prefacio para la traducción al alemán de una selección de sus Escritos:
Se me había pedido ese prefacio desde hacía mucho tiempo -naturalmente lo había olvidado-. En 48 horas, escupí alguna cosa que no es un escrito, en verdad, porque cuando hago un escrito, lo rescribo una buena decena de veces; y esta vez, lo solté a la primera redacción; era una redacción sostenida, por supuesto, por mi trabajo de las semanas precedentes; y alguien me ha dicho: “Qué suerte que debía enviarlo ahora, porque si lo hubiese rescrito seis o siete veces, no comprendería nada”.21
Ese anónimo que “no comprendería nada” es lo más común cuando alguien se acerca a Lacan a través de sus Escritos, y esto se ha convertido muchas veces en algo infranqueable. Si esto es así, como ya lo adelantaba, es en enorme medida consecuencia de la transformación de Lacan en mercancía, pues eso también representó la publicación masiva de sus Escritos. ¿Estamos aquí ante una paradoja del comercio cultural?, ¿que sea justo a través de lo más difícil de Lacan, por condensado, que las mayorías saben de él? En este tenor, ¿será que ante una considerable accesibilidad, como comprar un libro, Lacan se empeñara en que su forma no contribuyera, al menos no sin defensa, a la banalización que ya se posaba sobre su enseñanza, misma que el éxito comercial sin duda instituyó?
Soy de la convicción de que los Escritos de Lacan no sólo han sufrido la absorción que caracteriza a todo lo que toca la industria cultural, sino que fueron publicados en buena medida como forma de resistencia ante los efectos que la sociedad del consumo inyectaba por entonces en su trabajo,22 esto incluso sin que hubiera publicado un libro. Más adelante remitiré a cómo Lacan mismo destacó con energía esta cuestión. Mientras tanto, precisamente en la contratapa de los Escritos aparece otro escrito sin firma. Es de Lacan, y en él se alude a lo recién conjeturado:
La epistemología aquí nos dejará siempre en falta si no parte de una reforma, que es subversión del sujeto. Su advenimiento no puede producirse sino realmente y en un lugar que en el presente ocupan los psicoanalistas.
Desde lo más cotidiano de su experiencia, Lacan transcribe esta subversión del sujeto para que no sea desvirtuada por el comercio cultural.23
Por supuesto, en estricto sentido, eso era imposible de detener. Hoy se notan por doquier los efectos de la desvirtuación dentro del amplio agro lacaniano y más allá.
Se engaña, se hipostasia en el desconocimiento y la ignorancia, o simplemente hace demagogia en búsqueda de incautos -lo más probable- quien vocifera que los Escritos y Lacan no son difíciles de comprender;24 en suma, que se puede y debe hacer a la usanza de la banda ancha. Si bien Lacan conducía rápido su automóvil, como buen parisino, para estudiarlo no es un imperativo emularlo, imitarlo e ir a toda velocidad sobre lo que restó de su pensamiento, como aconsejan algunos. Ir aceleradamente es ir al ritmo del capital; al paso redoblado del amo. Recordemos a Lacan mismo decir: “Sigan el ejemplo, ¡y no me imiten!”.25 Cuando uno va demasiado rápido, puede terminar “embarrado”,26 como de hecho le pasó literalmente a Lacan alguna vez.27
Atrapasoñantes
Volvamos a Tokio:
[...] si escribo como escribo, es a partir de esto, que nunca olvido: que no hay metalenguaje. Al mismo tiempo que enuncio ciertas cosas sobre el discurso, es necesario que sepa que de una cierta manera eso es imposible de decir. Es justo por eso que es real.
Y es por lo cual esos Escritos representan una cosa que es del orden real. Quiero decir que es forzoso que hayan sido escritos así; quiero decir no que son inspirados, sino lo contrario.28
El parentesco de los Escritos con los sueños no sólo tiene que ver con su mutua alta cuota de condensación para su constitución, sino que interpelan primordialmente al individuo-lector, no a nivel de su cognición sino de su alienación inconsciente. Estamos frente a un libro deliberadamente construido a la usanza del síntoma. Lacan trabajó sus textos como el inconsciente trabaja sus formaciones. No son arbitrarios. Los textos de Lacan están pensados para tocar lo amordazado, “atrapan” aunque no se comprenda por qué. “Toda producción de esta naturaleza posee siempre un carácter ejemplar, en la medida en que se enfrenta una dificultad que se siente, una cosa verdadera […]. Leer lo que escribí, aun cuando no se entienda muy bien, produce un efecto, retiene, interesa. No se tiene tan a menudo la impresión de leer un escrito requerido por algo urgente”.29
En este sentido, los Escritos son textos para rescatar el invento de Freud en acto, colocan al inadvertido consumidor en cierta “situación analítica”, lo histerizan. Este efecto podríamos caracterizarlo como propio de un libro psicoanalítico. De esto se deriva el inevitable mettre du sien para explorar la textura de los peñascos lacanianos; es “preciso” que el individuo-lector “ponga de su parte”,30 no sólo, intelecto o cognición, sino coraje subjetivo y hospitalidad ante lo “no-idéntico”,31 cosas todas en clara decadencia en el mundo automatizado. ¿Quién puede soportar esta subversión en la era de Instagram?...
Los Escritos son sueños: el lenguaje es tensado al extremo, embarca hacia el ombligo de lo infamiliar. Su urgencia y su insurgencia angustian, por eso se les insulta. Son troumatisme.32 Atrapasueños testimonial33 del analizante-analista Lacan.34 Quien los lee se posiciona ante esta dialéctica. El arte lacaniano de la seducción o “dígalo con flores”.
Leer, ¿y comprender?
Retomo mi ancla bordelesa: “Como pueden observar, este libro no ha sido muy criticado. Sin duda es muy denso, difícil de leer, oscuro, y no está pensado en absoluto para el consumo corriente”.35 Cuatro años después, en 1972, en la Universidad de Milán, Lacan insistía: “Me veo forzado a hablar un poco de los Escritos que, al parecer, no les parecen fáciles. Es cierto: no lo son, en absoluto de hecho”.36 En 1973, dentro del posfacio para el seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis añadió: “No es por accidente [que sus textos] sean difíciles”.37 Finalmente, al siguiente año, en 1974, tal vez cansado del tema, dijo:
Lo sé, tengo la reputación de ser un oscuro que esconde su pensamiento en nubes de humo. Me pregunto por qué. A propósito del análisis, repito con Freud que es “el juego intersubjetivo a través del cual la verdad entra en el real”. ¿No es claro? El psicoanálisis no es una cosa simple.
Mis libros son reputados como incomprensibles. ¿Pero por quién? No los he escrito para todos, para que sean comprendidos por todos. Al contrario, no me preocupé ni un instante de complacer a algunos lectores. Tenía cosas que decir y las he dicho. Me es suficiente con tener un público que lee, si no me comprende qué se le va a hacer. En cuanto al número de lectores, he tenido más suerte que Freud. Mis libros son de hecho demasiado leídos, estoy sorprendido.38
Insistimos: los Escritos de Lacan: “se dirige[n] a personas que tienen verdaderamente algo que hacer, algo que no es fácil de hacer”,39 en freudiano: algo “imposible” de hacer. “Nunca estuvo pensado para nadie más”.40 Si esos textos son “tomados desde otro lugar, se puede estar de acuerdo en considerar[los] ilegibles”.41 Por esto mismo resulta más que sospechoso el gran número de “lectores” que tuvieron tras su aparición.
En diálogo con el “podador” de sus rocas florales, François Whal, Lacan añadió algo de suma relevancia: “Cada uno de esos Escritos está para los practicantes de la más difícil de las prácticas, la cual exige una disciplina del pensamiento todavía mal realizada, que es el psicoanálisis”.42 Los Escritos parecen existir para intentar zanjar una formación “mal realizada” en quienes hacen psicoanálisis. Que resulten oscuros para el lego, o para el outsider, se debe en primer término a que su lenguaje, su conceptualización, no son “psicología para todos” o for dummies. A los Escritos sólo se llega fácil en tanto que cosa comprada. Nada más.
A la elevada condensación presente en los Escritos como obstáculo para su comprensión se suma la particularidad de su aparato bibliográfico y conceptual. A Lacan le “parecía difícil” que “exportados […] fuera del contexto” del cual surgieron, esos Escritos pudieran dar cabal cuenta de aquello “que corresponde verdaderamente” a su discurso.43 Por todo esto Lacan, de forma provocativa, afirmó varias veces que sus Escritos no estaban hechos para comprenderse: “Y luego también les voy a decir algo que es característico de mis Escritos, es que mis Escritos no los he escrito para que se les comprenda, los he escrito para que se les lea, no es para nada lo mismo”.44
Nacen otras preguntas: ¿qué puede ocurrir con estos textos, como con cualesquiera otros, si se leen pero nunca se llegan a comprender en alguna faz? ¿Qué puede hacer el individuo con el resultado de una lectura acompasada por la falta de “disciplina del pensamiento” y del contexto necesario para dimensionarla?; por último, ¿qué efectos ha tenido aquello que la mayoría ha podido hacer con esa coyuntura en las formas específicas y tradicionales, mediante las cuales se ha difundido la enseñanza de Lacan? Tal vez eso justamente: el efecto de “difundir”, de hacer difuso. Por derivación: hundir, fundir.
Elogio de la barricada
Que los Escritos no estén hechos para entenderse, sino para ser leídos, no significa que se deba renunciar a comprenderlos. Lacan invoca al individuo-lector a trabajarlos, a “poner de sí” para rebasar su mera lectura manifiesta, por decirlo así y, por ese camino, acercarse a sus sentidos latentes: “cuando se comienzan mis Escritos, lo mejor que uno puede hacer, en efecto, es intentar comprenderlos”.45 En esto Lacan es muy hegeliano. Como el dialéctico, exige del interesado en leer “el trabajo y el esfuerzo del concepto”.46 Solicita, pues, que el individuo dé paso al sujeto; otra manera de decir, sin redundancia, que los Escritos son un libro psicoanalítico.
Para comprender, según lo comentado también por Lacan, además de inquietud y voluntad, hace falta una formación teórica considerable. Tal cosa tampoco está garantizada en los individuos dentro del psicoanálisis, ni en el lector promedio en general. Todo mundo puede leer, pero no todo mundo puede comprender. Muy bíblico el asunto. En esa brecha radica en buena parte el oscurantismo lacaniano contemporáneo. Pensar no es equivalente a informarse. Lacan, con cierta modestia, me parece, quiere con su obra reactivar la acción de pensar: “¿En qué se piensa? En las cosas que no se dominan en absoluto, que es preciso girar, dar vueltas, sesenta y seis veces en el mismo sentido antes de lograr comprender. Esto es lo que se puede llamar el pensamiento. Meditando muevo, hurgo”.47 ¡Atrévete a hurgar! Scilicet.
No es metáfora que para descifrar los Escritos es condición poseer una formación espiritual e intelectual de cierta solidez. Si bien es cierto que la obra “no se dirige a los filósofos”, lo es también que está escrita “en un lenguaje que es de todos los que tienen una formación clásica”.48 ¿Y qué es “la formación clásica” sino el conocimiento de la historia y de los nervios del pensamiento occidental? Ubicación de sus nociones axiales, de sus problemáticas constantes, de las obras en que éstas cristalizan y, por su puesto, conocimiento de sus nudos de contradicción, para lo cual hay que saber leer, en el sentido enfático del verbo. Poseer esa formación nunca ha estado en realidad al alcance de las mayorías, aun cuando los documentos necesarios lo estén. Con sus Escritos, propongo, “el Góngora del psicoanálisis”49 quería dejar constancia de la complejidad de la cuestión psicoanalítica, de su boscosa senda que se hidrata de “el debate de las luces”,50 de la Aufklärung. Con sus Escritos quiso reñir, para fines de la formación psicoanalítica, los defectos propios de la formación espiritual superficial, ésa que por antonomasia el poder moderno se ha encargado de crear y fomentar, la llamada por Theodor Adorno Halbbildung.51 Esta formación a medias y generalizada muestra la tendencia indiscriminada de suplantar lo verdadero por lo semiconocido y lo semientendido. Al ambiente que esto produce se le llama hoy en día “posverdad”.
Con sus Écrits, Lacan quería defenderse del uso acomodaticio de su pensamiento. En diálogo con Gilles Lapouge fue muy agudo al respecto:
Esto sucedió: aquí y allá, la gente venía a Santa-Ana y después se iban y repetían eso que habían escuchado un poco por todos lados hasta en Estados Unidos. Le confieso que ignoraba esa explotación, la ignoraba realmente. Hizo falta que una crisis estallara, hace algunos años, y que transportara mi enseñanza de Santa-Ana a la Escuela Normal para que me diera cuenta que se sabía lo que yo enseñaba. Puedo decir que ese viraje, realizado por mi enseñanza, no fue por nada un viraje mucho más amplio. Comprenda bien: esa explotación no me hubiera incomodado personalmente, pero presentaba grandes peligros. Interpretaciones aberrantes podían aparecer. La palabra “significante”, por ejemplo, que se encuentra hoy bajo todas las plumas, puede hacerse un uso trivial de ella. Entonces quise -y es la razón de ese libro- señalar hitos de aquello que, en mi enseñanza, puede ser necesario. Me bato después de años para impedir que se altere el sentido de Freud. Y heme aquí que debo tomar las mismas precauciones para mí mismo. Digamos que instalo barreras contra los comentarios abusivos. Un ejemplo: mi trabajo no tiene nada que ver, verdaderamente nada, con la desviación que algunos han operado para fines de “hermenéutica” religiosa. Pero ninguna especie de acción puede pretender a una autonomía perfecta. Georges Bataille, Merleau-Ponty me habían animado recurrentemente a publicar mis lecciones. Es después de que ellos nos han dejado, que usted ve que cedo a su opinión. Tal como está, en cualquier caso, este libro forma un aparato crítico bastante duro para prevenir usos deshonestos.52
La cita no tiene desperdicio. A la serie de elementos con los que se pueden asociar los Escritos hay que sumar el de la valla. En temporada de barricadas, Lacan eleva a esa dignidad su obra escrita.53 Barricada que hace juego con su escuela en tanto “refugio”.54 Barricada de letras polifónicas contra la marea de banalización y homogeneización que la enseñanza sin formación genera; refugio, pues, contra el malestar en la cultura administrada.
De la resistencia
En función de que el sentido de Lacan mantenga al menos una salvaguarda, y no se confunda o degrade con labores como las de Paul Ricoeur,55 por ejemplo, el “aparato crítico” de los Escritos, su armazón conceptual y bibliográfico, materiales de la barricada, es “bastante duro”, como la piedra; encima tallado a la usanza manierista. Lacan llevaba a cabo una bataille contra la cultura de la superficialidad; contratacaba. Se resistía a devenir fetiche cultural, a ismo-izarse, si se me permite el término. Por ello los Escritos son para él un “worst-seller”, pues no pretenden suministrar sentido.
Si en verdad lo que enseño tiene valor de enseñanza, no dejaré tras de mí ninguno de esos asideros que permiten agregar el sufijo “ismo”.
En otros términos, que ninguno de esos términos que les habré puesto delate de ustedes, pero de los cuales felizmente su apuro me muestra que ninguno entre ellos ha podido bastar para parecerles esencial… que se trate del simbólico, del significante o del deseo… que ninguno de esos términos, en resumidas cuentas, no podrá jamás, de mi cuenta corre, servir a quien sea de amuleto intelectual.56
Queda en suspenso saber si Lacan pudo o no “librar” del todo esa batalla. Si la barricada aguantó el bombardeo de la sociedad de la deconstrucción del espíritu.
Mi posición al respecto es que la valla aguanta, algo, no sin evitar, debido a la creciente brecha entre las cualidades del contenido de los Escritos y las del individuo-lector, la reducción mayoritaria y la chlichetización. De esa grieta, la verdad sea dicha, surge un Lacan que es ante todo amuleto intelectual; a fuerza de repeticiones fanáticas, que no dogmáticas, su lenguaje se erosiona, se transforma en mera “jerga de la autenticidad”.57
Finalizo. Ya que antes aludía a Derrida, uno casi podría ver la escena que tuvo lugar en Angloamérica, en la que, según Lacan, le dijo a propósito de sus Escritos: “Vous verrez, me dit-il en faisant un geste des mains, ça ne va pas tenir”.58Tenir: sostener, aguantar, mantener.
Que hoy sea común concebir culturalmente a Lacan, a veces, como charLacan, otras como pedante blofero, ínfulas de literato, ¿deriva precisamente en que él tenía razón en cuanto al destino de sus Escritos? ¿Una paradójica razón?
Sí, sin duda Lacan tenía razón. Tal vez no-toda…










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