Para Alfonso Mendiola,
Nora Pagano y Martha Rodríguez
Con un ligero tono de malicia, así definió Pierre Nora la renovación del oficio de historiador en pleno debate público con Michel de Certeau y Raoul Girardet: “si el historiador tradicional era un maquinista de locomotora, el historiador de hoy es, por el contrario, un guardagujas: en lugar de conducir la máquina, orienta el conjunto de los trenes”1.
La mesa redonda, titulada “Historia y estructura”, había sido organizada por el Centre Catholique des Intellectuels Français y luego apareció en la revista Recherches et Débats en 1970. No es difícil imaginar cuál habría sido la incómoda expresión de Girardet, que por aquel entonces era un reputado historiador conservador y nacionalista maurrasiano del mundo militar,2 tras ser sutilmente convertido por Nora en un mero maquinista, mientras de Certeau, el historiador y sacerdote jesuita que aquel mismo año había denunciado junto a Jean-Paul Sartre las torturas de la dictadura brasileña ante miles de personas en la Mutualité de París, resurgía como el joven y virtuoso guardagujas que ponía en marcha todo el sistema. En términos de la nueva retórica, Chaïm Perelman habría dicho que tal figura no era sino un “enlace simbólico” cuya analogía3 ya insinuaba el cambio que se avecinaba en la historiografía francesa. Cabe recordar que había otro viejo maquinista al que Nora podría estar aludiendo, Fernand Braudel, cuya partida de la revista Annales el año anterior permitió que la dirección transitase su pasaje del imperio que él representaba a una confederación colegiada integrada por André Burguière, Emmanuel Le Roy Ladurie, Jacques Le Goff, Marc Ferro y Jacques Revel.4 Sea como fuere, no solo la mayor parte de las páginas de aquel debate se le destinaron a Michel de Certeau, sino también las únicas dos preguntas que había hecho el auditorio (o que la revista decidió registrar).
Un guardagujas para la historia
En efecto, lo que allí anunciaba Michel de Certeau era un cambio radical de correspondencia entre la historia y la historiografía. Al inicio de su exposición, señalaba que “una reflexión sobre la historia resulta pertinente cuando la práctica histórica se convierte en el lugar de una interrogación. De lo contrario, nos encontraríamos ante una problemática de tipo ideológico, una especie de sueño desvinculado de las cuestiones que, efectivamente, se plantean en el curso de un procedimiento científico e histórico”.5 Ya desde un primer momento, de Certeau arrojaba una carta althusseriana tras la noción de “ideología” (es decir, esa estructura de símbolos que la sociedad nos impone casi de un modo inconsciente) para advertir que aquella estructura bien podría afectar nuestro modo de ver la historia si no somos capaces de interpelarla como teoría y práctica científica. No obstante, en aquella época, al derrumbe del progresismo de izquierda, se agregaba una aguda crítica anticapitalista y antitecnólogica para la cual el determinismo científico se había vuelto sospechoso. De tal manera que, si esa apuesta por una mirada técnica era realmente un antídoto para una problemática de tipo ideológico también cabía evitar la idealización acrítica de una tecnocracia experta cuyo reinado bien podría conducir a una eventual indolencia política. De allí que, en 1970 y solo por ahora, de Certeau invite a objetivar la práctica histórica mediante una suerte de reducción fenomenológica. Con su triunfo instrumental en las ciencias humanas, la historia se había convertido en parte de un dominio moral y político autoevidente cuya naturaleza necesitaba ser indagada, no para desmantelarla en su legitimidad como saber ni para comprometer su acceso a la verdad, sino para demostrar que los hilos de su mecanismo interno -institucional, social y estético- no eran inocentes. En suma, lo que de Certeau proponía cuando teorizaba la historiografía no era otra cosa que una nueva “crítica de la razón histórica” en continuidad con aquel trabajo que Dilthey dejó inconcluso6 y del cual subsistían tan solo algunos fragmentos, una referencia que, sin embargo, ya no volverá a citar ni aquí ni en el resto de sus trabajos. Tal como lo confiesa explícitamente al finalizar aquella mesa redonda con Nora y Girardet: “Actualmente, tal vez sea posible profundizar la vía que Dilthey dejó abierta cuando situó lo real junto a la resistencia con que se topa la investigación”.7
1970 representó también el umbral de una época en la que comienza a ser crucial la presencia del actor social como objeto o sujeto de una investigación. De allí que de Certeau no solo se interese por el objeto “pasado”, sino por el sujeto que lo construye, interés que, por cierto, ya contaba con algunos antecedentes en la teoría de la historia de Henri-Irénée Marrou (1954) o de Edward H. Carr (1961). Dejando atrás aquel sujeto ausente, propio del “anti-humanismo” estructuralista, de Certeau invertirá los términos y trasladará esa ausencia a los objetos históricos. De hecho, su propuesta resultaba novedosa no solo porque rehabilitaba a un sujeto-historiador que intervenía en la construcción del pasado, sino a un historiador-actor social que producía un tipo de manufactura escrita que tenía muy poco de espontánea. De hecho, advertía, el nacimiento del historiador solo se producía cuando, tras el relevamiento de archivo, aquél se acercaba a los muertos y los instalaba en un discurso: esos “ausentes”, esos “fantasmas” eran los que, al leer los documentos, él se encargaba de resucitar, pero sabiendo que, una vez “capturados”, se alejaría definitivamente de ellos. De tal manera que la historiografía se presentaba como el producto social de aquella separación, como un abismo artificial que el historiador debía doblegar con las herramientas de su cultura mientras aquella legión fantasmal seguía oponiendo resistencia. Aunque el investigador se esforzara por descifrar y recomponer la “coherencia oculta” y “racional” de aquel elenco en la neblina, las voces del pasado siempre amenazarían con reducir su trabajo a simple arena entre sus manos.
Así pues, tras aquel primer asalto en que solo parecía reducir la historia a la historiografía o el pasado a la representación, Michel de Certeau acudirá luego al concepto de “estructura” en su relación con la historia, el verdadero núcleo de la mesa redonda. Según señala, “como si de una resistencia se tratase, la “estructura” es un concepto herramienta que pone de manifiesto la diferencia que el trabajo histórico, como por arte de magia, hace aparecer entre un presente y «su» pasado […] la “estructura” es la herramienta conceptual que permite “comprender” y manifestar esa ausencia”.8 En suma, la estructura, que de Certeau siempre utiliza entrecomillada como si esa distancia retórica le asegurase su completa objetivación, juega un rol central como mecanismo operativo, como modelo científico que abre y autoriza una explicación, necesaria para una ciencia de “las diferencias históricas y etnológicas”. Pero, sin perder su carácter científico, la historia solo consigue manifestar esa ausencia a través de la escritura, de allí que la historia y la historiografía se hayan convertido en términos equivalentes. Cuando en los años 1970 de Certeau arrojó estas formulaciones ante Nora y Girardet, los tópicos habituales que esta clase de debate epistemológico solía convocar, tales como la objetividad científica, la idea de verdad o el costado literario y artístico de la disciplina, no parecían tan urgentes y, de hecho, no fueron sometidos a discusión. Inclusive, el propio Girardet tampoco negaba las implicaciones subjetivas en la tarea del historiador cuando, movido por su curiosidad, seleccionaba objetos históricos, ni el hecho de que la historia contuviese su parte de poesía, como había señalado Marc Bloch en su célebre Apología para la historia.9
Lo que realmente generaba cierta inquietud en el discurso de Michel de Certeau y, en algún punto, también en el de Nora cuando aludía a las dificultades de la historia contemporánea era, según señalaba Girardet, la “atemporalidad” que suponía aquel pasaje tras el cual un erudito casi anticuario se convertía en historiador, es decir, cuando la historia se volvía “historiográfica”. Con ello, al convertirlo en una ausencia, parecía que el pasado como objeto real desaparecía del horizonte del oficio y solo perduraba como una extraña conversión que se operaba en un presente cerrado y escriturario. Michel de Certeau responderá diciendo que
la historia se sitúa en esta articulación. Por un lado, se inclina hacia un presente que se quiere otro y atestigua una renovación fundacional, un nuevo comienzo. Por otro lado, expresa en un discurso la necesidad de situarse en relación con aquello que, en el presente, presta testimonio de algo más antiguo, rebelde y resistente al presente. En cualquier caso, jamás nos deshacemos de una arqueología, pero darle cabida en el discurso histórico es permitir que el presente se comprenda a sí mismo como otro y, sin embargo, aparezca como situado en una continuidad.10
Sin citarlo, de Certeau volvía al frente que también Droysen había dejado abierto en el siglo XIX cuando sostuvo en la Historik que la historia no era la ciencia del pasado, sino del presente.11 El historiador trabaja únicamente con los vestigios que sobreviven del pasado y a esto se reduce todo el mundo empírico al que puede aspirar: no puede practicar la observación directa sino la inferencia de aquellos restos y, luego, intentar comprender de modo fragmentario qué pudo haber sucedido y por qué. Algo que, de alguna manera, también parecía acercarlo al famoso adagio de Benedetto Croce según el cual “toda historia digna de tal nombre es historia contemporánea”.12
En todo caso, frente a esas premisas, Girardet lamentaba que se negociara tanto con el estructuralismo y que se incluyesen tantos préstamos de “filosofías históricas” (en clara alusión a Foucault, citado por de Certeau y, en no menor medida, aunque de presencia más difusa aquí, a Roland Barthes), pero, sobre todo, de nomenclaturas teóricas propias del psicoanálisis, de la antropología y, desde luego, del marxismo, la bestia negra que, encarcelada o liberada, los historiadores franceses siempre procuraban mantener bajo una estricta domesticación, sobre todo, durante la Guerra Fría cultural. Y a esta contrariedad se sumaba el ejemplo que Michel de Certeau utilizaba para ilustrar esa diferencia. Recuperando un aspecto de la historia religiosa, en cuya renovación ya venía trabajando desde al menos una década y cuyos resultados teóricos también estarán presentes en las obras que no tardaría en publicar,13 observaba que, para el historiador, los cristianos del siglo XVII se convertían en una suerte de
“salvajes” en el sentido que le da Lévi-Strauss a sus bororos o a otros pueblos […] Eso mismo me enseñó y nos enseña a nosotros, los historiadores, que existe oculta en ese pasado una cierta estructuración que se nos resiste y, por otra parte, que oculto en mis prejuicios o en nuestras intenciones presentes, hay un tipo de estructuración que determinó un primer vistazo de curiosidad hacia ellos. La verdadera historia nace en aquellas dos formas de lo «“oculto”, es decir, cuando las articula en un discurso, en un tejido de Penélope, en un texto que jamás se cierra.14
De tal modo que el historiador debía asumir que esos actores del pasado vivían en un mundo que nos resultaba inaccesible y que, por ende, nuestras herramientas para recuperarlos siempre serán imperfectas, que nuestra extracción de esa porción de realidad histórica nunca dejará de ser arbitraria y que los resultados obtenidos permanecerán invariablemente abiertos. En definitiva, había que “historizar” la historia. Por muy familiares y aún discutibles que nos suenen hoy estas conclusiones, en aquellos años suponían un alto grado de extravagancia.
En 1973, el mismo año en que Hayden White publicó Metahistory,15 de nulo impacto en Francia por aquel entonces,16 Michel de Certeau seguirá analizando esa relación en L’Absent de l’histoire, obra que tampoco tuvo mayor repercusión, pero donde no solo recuperaba las discusiones con Nora y Girardet, de allí su título, sino que además funcionaba como ejercicio preparatorio para lo que luego serían sus trabajos más teóricos sobre la disciplina.17 Allí, volverá a definir la historiografía, pero en términos mucho más foucaultianos: “Es la alteridad (lo que llega de otro lugar) la que crea la cesura gracias a la cual [el historiador] puede instaurar una ‘comprensión’ diferente, es decir, la combinación entre un desplazamiento en la topografía contractual de los interlocutores y otra interpretación de los documentos”.18 Es por ello que, al final de la obra, de Certeau bautizaba la historia como “heterología”, es decir, como un logos del otro. El historiador debía asumir el necesario historicismo que toda epistemología le imponía (es decir, solo se puede acceder al pasado si lo asumimos como alteridad), pero, por otro lado, también debía admitir que las técnicas y herramientas que utilizaba para articularla eran, necesariamente, limitadas, contingentes y presentistas.19 Recordemos que L’Absent de l’histoire apareció en una colección de bolsillo de la editorial Mame, “Repères”, cuyo nombre parecía aludir a todos los atributos que Pierre Nora le asignaba al nuevo historiador “guardagujas”: “puntos de referencia”, “marcas de reconocimiento” o “guías para encontrar lugares precisos”. Tras haber sido lanzada por el editor Gilles Anquetil al mercado, La Quinzaine littéraire la definió así:
esta nueva colección se propone reunir ensayos muy diversos de jóvenes autores en campos aún mal explorados o deliberadamente descuidados por la universidad”. En otra página del mismo número de la revista, donde se anuncia la venta de la colección, L’Absent de l’histoire se presentaba específicamente como “una aproximación a las regiones silenciosas de la historia”.20
Más allá de la retórica publicitaria, el aserto de Anquetil era bastante exacto. De hecho, en la segunda parte de la obra, de Certeau se preguntaba si era posible darle voz a los silencios de la historia y así la tituló. Pero “ausencia” y “silencio” parecieron funcionar, en este contexto, como términos equivalentes: tan solo basta observar cómo de Certeau definió a Henri Bremond en el capítulo donde reseña uno de los volúmenes de su Histoire du sentiment religieux en France. Mientras titula ese capítulo “historiador de una ausencia”, en el índice leeremos “historiador de un silencio”:21 ya se trate de un error de imprenta o del vestigio de una decisión editorial en aras de adecuar la obra al espíritu de la colección que luego se rectificó, el descuido es elocuente.
La irrupción del discurso histórico
Recordemos que aún estamos a principios de la década de 1970 y Roland Barthes ya había publicado “El discurso de la historia” en 196722 y “El efecto de lo real” (1968), todo un momento conceptual que dejará profundas huellas en las formas en que Michel de Certeau pensará la historiografía, pero cuyo impacto efectivo en la comunidad de historiadores sobrevendría a lo largo de aquella década y únicamente de modo parcial. Allí, el objetivo de Barthes consistía en impugnar el “noble sueño” de la objetividad con que los historiadores habían cimentado los principios de una profesionalización basada en la separación entre sujeto y objeto, entre hecho y valoración y, en definitiva, entre historia y ficción. Según este credo decimonónico que, como ha señalado Peter Novick, tan solo tomaba un sesgo del historicismo rankeano,23 los hechos históricos solo podían ser desvelados -y nunca construidos- gracias a la imparcialidad y el equilibrio de un sujeto que, sumido en lo profundo del archivo, debía permanecer alejado de cualquier lealtad externa. Frente a esta perspectiva, Barthes señalaba que, en realidad, el historiador solo podía aspirar a la construcción de un “efecto de realidad” mediante un discurso en cuya elaboración intervenían tanto la ideología como la imaginación.24 Pese a los vanos intentos por suprimir los signos que organizaban el relato y fingir una ausencia como si la historia se escribiera por sí sola, el historiador no podía eludir su presencia como el verdadero productor de aquel pasado. Como resultado, la verdad histórica no sería más que una identidad entre lo real y un significante para la cual la narración se convierte tanto en signo como en prueba de aquella realidad, un tipo de discurso que la historia compartía, por cierto, con todo género de ficciones, tales como la novela realista, el diario privado, la literatura documental e, inclusive, las noticias, la exposición de objetos antiguos o la fotografía. En otras palabras, el discurso histórico no se diferenciaba realmente de la ficción o la poesía puesto que todos crean una “ilusión referencial” ante un referente externo y, al hacerlo, el historiador se inviste como la historia misma. Barthes consideraba que las obras históricas más juiciosas eran aquellas que asumían una metodología reflexiva al modo de autoconciencia, es decir, aquellas que hacían explícitos sus mecanismos de producción y mostraban su propia naturaleza artificial sin intentar “reproducir” ese pasado.
Si bien no había sido Roland Barthes el primero en señalar los aspectos narrativos que compartían el discurso histórico y la ficción -en 1964, el teórico escocés Walter B. Gallie, bajo la influencia de la filosofía de R. G. Collingwood, ya lo había señalado,25 el momento resultó propicio para que aquellos dos artículos desataran una crisis epistemológica en la disciplina histórica que, a todas luces, se volverá irreversible. De hecho, en las conclusiones de L’Absent de l’histoire, tituladas “Altérations”, de Certeau había recuperado de Barthes el uso “entimemático” que practica el historiador cuando, en el texto historiográfico, da por sentado que la racionalidad de su explicación se ajustará sin problemas a la racionalidad de los actores del pasado.26 Sin embargo, tampoco cabe olvidar que de Certeau criticará el modo indistinto en que Barthes acudía a una tradición historiográfica canónica y bastante clásica mientras establecía analogías entre figuras disímiles como Heródoto, Tácito, Maquiavelo, Bossuet o Michelet, cuyas formas de concebir el pasado diferían, naturalmente, en razón de tradiciones y periodos culturales diferentes.27 De cualquier modo, la obra que realmente lanzará en Francia los postulados epistemológicos más explosivos en las huestes de la corporación será Cómo se escribe la historia de Paul Veyne, publicada en 1971 y donde planteaba la exigua frontera que existe entre la historia y la ficción, al punto de afirmar que la primera no es una ciencia y que, por tal motivo, no dispone de método ni de capacidad alguna para ofrecer explicaciones. En suma, la historia no era más que una puesta en escena literaria enteramente subjetiva, sin ninguna posibilidad de control científico. Si bien es Foucault la principal inspiración de su obra y en ningún momento los textos de Roland Barthes son citados, lo cierto es que el influjo de este último opera de un modo subterráneo.28 En este sentido, Michel de Certeau, en un importante ensayo bibliográfico sobre dicha obra publicado en Annales en 1972, señaló que Veyne tomaba “a su manera” presupuestos que ya se encontraban en Barthes, sobre todo, aquellos vinculados con “la adecuación a un referente (lo real)”.29 Según de Certeau, este tipo de asimilación terminaba haciendo de la historiografía una mera “retórica de la curiosidad” cuya coherencia dependía de las reglas de la “intriga” como género literario y cuyo motor solo se activaba tras el deseo o el placer del investigador, una crítica que también le había dirigido a Girardet en la mesa redonda. Asimismo, de Certeau lamentaba que, así como Barthes acudía a tradiciones historiográficas múltiples para condesarlas en una sola teoría, Veyne ni siquiera mencionara las grandes obras históricas que deberían servirle como modelo ni se involucrara en las técnicas específicas que permitían producir historiografía.
Un historiador “no profesional”
Precisamente, con la prueba de fuego que significó aquella intervención en el debate “Historia y estructura” junto a dos historiadores de diferentes generaciones como Nora y Girardet, con esta reseña crítica publicada nada menos que en una revista como Annales y sobre una obra tan controvertida como la de Paul Veyne y, finalmente, con un trabajo como L’Absent de l’histoire donde en escorzo ya exploraba las posibilidades historiológicas de la historiografía a través de un nuevo dispositivo como la “heterología”, indudablemente, Michel de Certeau estaba trazando un plan de legitimidad científica que le permitiese ingresar a la tribu de los historiadores y convertirse en uno más de ellos. Si bien su actividad pública nunca se redujo a un solo ámbito puesto que, mientras tanto, intervenía en otros campos disciplinares y en otras áreas culturales, lo cierto es que siempre ha tendido a construir puentes con la corporación historiadora y, por otro lado, cuando la situación ameritaba alguna filiación en un saber específico, siempre optó por el oficio de “historiador”. Así las cosas, antes de publicar La escritura de la historia en 1975, su última intervención importante tuvo lugar en la obra colectiva en tres volúmenes que dirigió Jacques Le Goff y Pierre Nora en 1974, Hacer la historia, donde contribuyó con un capítulo programático titulado “La operación histórica”, situado al comienzo del primero de ellos, denominado “Nuevos problemas”, texto que, al año siguiente, se convertiría en el segundo capítulo de La escritura de la historia. Sin embargo, al efectuar esa conversión, el capítulo de la obra pasó a titularse “La operación historiográfica” y, a las únicas dos partes de la primera versión, “Un lugar social” y “Una práctica”, de Certeau agregará una tercera parte titulada “Una escritura”.30
Los motivos que se han alegado para la ausencia de esta tercera parte en Hacer la historia siempre han oscilado entre una decisión editorial vinculada con la falta de espacio en el volumen o con una redacción aún no concluida. Sea como fuere, otra hipótesis un tanto más aventurada y plausible podría ser la siguiente: el adjetivo “historiográfica” para “operación” no solo se adecuaba nominalmente a La escritura de la historia, obra que, según François Dosse, ya estaba en curso de publicación en Gallimard,31 sino que la incorporación de esa tercera parte un año antes, hubiera reactivado un nudo problemático que corría el riesgo de debilitar la cientificidad de la disciplina que Nora y Le Goff se proponían renovar y robustecer, ya muy asolada por nuevos enfoques y temas que darían título a los otros dos volúmenes de Hacer la historia. Asimismo, esa tercera parte sobre la escritura del historiador, mal leída y peor interpretada, podría haber dado lugar a una pronta y no deseada asociación con la obra de Paul Veyne, en particular, con su venia retórica y literaria. Si bien este participaba en el mismo volumen de Hacer la historia con un capítulo sobre la “historia conceptualizante” donde, si no aligeraba sus premisas originales, tampoco dejaba de atemperar su radicalismo,32 tal vez de Certeau preferió dar a conocer solo las dos primeras partes por razones estratégicas vinculadas con su propio lugar en esa nueva comunidad donde buscaba hacerse de un espacio. Pese a lo controvertidas que también eran esas dos partes, ninguna de ellas respondía al tipo de crítica lanzada por Veyne. La primera, “Un lugar social”, se adecuaba como alegato materialista sin llegar a ser marxista y establecía cierto diálogo con otro de los capítulos de ese volumen, el de Pierre Vilar, sobre marxismo e historia.33 En cuanto a la segunda parte, “Una práctica”, servía como alegato crítico hacia la historia como ciencia sin que por ello esta perdiese su identidad científica controlada. Sin embargo, aquella tercera parte que de Certeau no incluyó, “Una escritura”, era de otra naturaleza, mucho más técnica y permeable a malentendidos epistemológicos que solo lograrían evacuarse, presuntamente, en el marco de La escritura de la historia como un todo.
Así pues, si Michel de Certeau aspiraba por entonces a consolidar su posición social como historiador, quitar esa tercera parte se veía como la opción más sensata. En este sentido, la carta que le envió a Pierre Nora en marzo de 1975 a propósito del tipo de presentación que convenía utilizar en La escritura de la historia parece confirmar esta hipótesis. Allí señala: “No escondo mis trabajos, ni mis intereses ni el objeto de mis investigaciones, pero «jesuita» es el índice de un compromiso personal y no de una identidad social”.34 Recordemos que, en 1974, de Certeau estaba en plena partida de la Rue Monsieur donde vivió en comunidad con la Compañía desde su ordenación y ahora se mudaba a un departamento particular. Sin embargo, esa intención de Pierre Nora también podría explicarse de otro modo: dejar en manos de una figura como la de Michel de Certeau, aún poco connotada con esta nueva cruzada historiográfica, aquellos postulados más turbulentos, incisivos y sociológicos del oficio de historiador. De hecho, no solo su capítulo “La operación histórica” encabezaba el primer volumen, sino que el título elegido para la obra en su conjunto, Hacer la historia, también provenía de un artículo que de Certeau había publicado años atrás en Recherches de science religieuse. Este último gesto de los editores podría leerse como un notorio índice de apertura intelectual para la “nueva historia”, pero sin que el virtual impacto nocivo de tales premisas necesariamente afectase al conjunto del elenco estable.35 De hecho, si un año después de Certeau hubiera firmado como jesuita La escritura de la historia incluyendo, además, ese mismo capítulo extendido, ya no cabría ninguna duda de que, al menos para el imaginario del lector común, la renovación posbraudeliana iba por un camino más atemperado y que la crítica radical al oficio provenía de un elegante outsider que no pertenecía a la corporación. De cualquier manera, si bien de Certeau había logrado su cometido, tampoco se libraría de las inspecciones ceremoniales que lo aguardaban en aquel campo de batalla.
Un buen indicio de aquel lugar que Le Goff y Nora le habían asignado en Hacer la historia ha sido la reseña que el sinólogo marxista Jean Chesneaux (quien, desde luego, no participó en la obra) publicó en La Quinzaine littéraire bajo el seudónimo “Collectif Anti-Clio” en diciembre de 1974. La referencia directa que Chesneaux hacía de Michel de Certeau pareció, por un lado, entorpecer sus planes de integración, pero, por otro lado, también favorecía, tal vez sin saberlo, las estrategias editoriales e institucionales del propio Pierre Nora. Según Chesneaux:
Sin duda, Michel de Certeau, que no es historiador profesional, recuerda que las verdaderas «leyes del medio» constituyen para los historiadores la «policía del trabajo», que una obra se escribe para los pares y solo en apariencia para el público, que desempeña para los jóvenes el papel de un rito de iniciación y que proporciona a los más antiguos poder, prestigio y fortuna. No se vuelve a hablar de todo esto en el resto del volumen.36
Un elogio que solo parecía fundarse en su no lugar como historiador. Si de Certeau resguardaba su compromiso personal con la Orden jesuita y prefería no presentarse como tal en la portada de un libro publicado por Gallimard, se diría que Jean Chesneaux, bajo un seudónimo que no todo el mundo conocía pero cuyo nombre era un indudable desafío político (“Collectif Anti-Clio”), prácticamente lo invitaba a expatriarse de una comunidad a la que aún no había ingresado.
Un cuadro francés hacia 1975
Todos los esfuerzos que Michel de Certeau reunió en La escritura de la historia estaban destinados a ofrecer una nueva visibilidad para la historiografía, pero para logarlo, también debía sortear viejas y nuevas vulgatas. Pero los frentes eran numerosos y el territorio poco favorable. La primera edición de La escritura de la historia apareció en las librerías francesas en abril de 1975, meses después de que Foucault hiciera lo propio con Vigiliar y castigar y del surgimiento de dos revistas que dejarían una profunda huella en la renovación en el campo intelectual: Actes de la recherche en sciences sociales, dirigida por Pierre Bourdieu y Ornicar?, el boletín freudiano creado por el psicoanalista lacaniano Jacques-Alain Miller. Pero la obra también apareció en plena transición hacia un mundo que atravesaba cambios definitivos, transición que no conviene desatender a la hora de leerla y de comprender las decisiones que tomaba de Certeau: la tensión entre las viejas prácticas intelectuales y las nuevas formas de construir y transmitir el conocimiento anida de forma locuaz en La escritura de la historia. Así pues, si aceptamos la periodización que ofrece Lutz Raphael para situar los cambios historiográficos globales a partir de 1968, diremos que la obra asomó hacia el final de una época particularmente azotada por intensas mutaciones institucionales en los estudios históricos que comenzó en 1965 y culminó, precisamente, en el año 1975, cuando de Certeau publicó su obra.37 Las certezas que caracterizaron la producción de saberes y los enclaves ideológicos de los años 1960, encorsetados y a buen resguardo bajo la polaridad de la Guerra Fría, parecieron llegar a su fin durante esta época. Envueltos por el flujo de una mayor demanda de educación superior y una expansión económica sin precedentes, la disciplina histórica comenzará a sufrir una serie de cambios demográficos definitivos en un contexto de claro agotamiento del Estado benefactor. Según calcula Raphael, los estudiantes franceses matriculados en Humanidades pasaron de ser 66 814 en 1960 a 252 636 en 1975 y uno de cada diez cursaba la carrera de historia. A lo largo de aquella década, la franja etaria de los profesores sufrió, asimismo, un descenso considerable tras lo cual se produjo un rejuvenecimiento generalizado con miras a una mayor visibilidad pública, algo que no parece aplicar en el caso de Michel de Certeau si solo tomamos en cuenta la fecha de publicación de La escritura de la historia. Si bien en 1975 acababa de cumplir la cincuentena, como veremos, los textos allí incluidos habían sido publicados entre 1969 y 1974, por no tomar sus primeros e innovadores trabajos de historia religiosa que databan de principios de aquella década, algunos de los cuales ya habían formado parte de L’Absent de l’histoire.
Por otro lado, ante el aumento del mercado editorial y el incremento de la demanda de libros, comenzaron a expandirse las ediciones de bolsillo, un cambio cualitativo y cuantitativo de enorme importancia para la circulación y masificación del conocimiento. Cabe recordar que cuando de Certeau recibió por parte de Pierre Nora la propuesta de publicar La escritura de la historia, esperaba hacerlo en pequeño formato, tal como había ocurrido con L’Absent de l’histoire dos años antes.38 Sin embargo, ante la negativa del editor, el libro formó parte de la “Bibliothèque des Histoires”, la distinguida colección que Nora reservaba para los trabajos históricos más innovadores, colección que, por supuesto, también albergó los tres volúmenes de Hacer la historia. Por otro lado, la politización de las universidades y la reconfiguración de las relaciones de poder y autoridad en la docencia y la investigación, también exigieron de la disciplina una suerte de reflexividad interna que la obligase a desvelar las condiciones de su práctica científica, práctica que de Certeau asumió, como hemos visto, desde 1970 y que La escritura de la historia sellará definitivamente. Asimismo, la reestructuración de los cánones historiográficos también permitieron un flujo alternativo de citas inusuales para las investigaciones que redundó en un enfoque interdisciplinar, impronta que, en esta obra, de Certeau llevará hasta extremos insospechados. Finalmente, la antropología simbólica y la teoría literaria, bajo el caos propiciado por la crisis de las ciencias y saberes, rápidamente se convertirán para los historiadores en herramientas fundamentales aunque no menos delicadas por su potencial relativismo, herramientas que también tuvieron un lugar importante en La escritura de la historia.
Sin embargo, a este contexto sociológico, editorial e intelectual, deberíamos agregar la enorme receptividad que Michel de Certeau mantuvo hacia los dispositivos filosóficos que había legado aquella verdadera inflexión conceptual de 1968.39 Si hemos de creer en la existencia de un “pensamiento 1968” tal como Alain Renaut y Luc Ferry lo analizaron mucho más tarde, podríamos decir que, de todas las marcas epocales que circularon a partir de aquel momento, muchas de las cuales aún hoy utilizamos, de Certeau no desatendió prácticamente ninguna. Ya se trate de la obsesión casi religiosa hacia el “texto” y la “escritura” y, como ya hemos visto, hacia el “discurso” tal como Foucault o Barthes lo entendían; del amplio tráfico de metáforas materiales o de un lenguaje figurativo para referirse a la redacción de una obra como “trabajo”, “fabricación” o “producción”; de la idea de “práctica teórica” y “corte epistemológico” de inspiración althusseriana; de la noción de “diferencia” establecida por Jacques Derrida en 1967 o, desde luego, del recurso generalizado de una “teoría” con la cual se buscaba reemplazar la vieja filosofía y barrer con los mandarinismos universitarios y hasta, de algún modo, visibilizar y democratizar los mecanismos internos que regían la construcción de saberes, La escritura de la historia, ya desde su mismo título, se mostraba indudablemente receptiva. Sin embargo, esto tampoco significa que de Certeau, como investigador en transición, abandonara todas las certezas de su experiencia intelectual previa a 1968 ni que asumiera aquellas corrientes de moda sin miramientos.
De los cuatro puntos principales que establecieron Renaut y Ferry para definir ese pensamiento, diremos que Michel de Certeau caminó por un límite deliberadamente heterológico: o bien abrazaba los nuevos lugares de producción teórica, o bien retrocedía hacia la seguridad que le proporcionaba la tradición recibida como erudito de viejo cuño. Si por todas partes se anunciaba el “fin de la filosofía”, en La escritura de la historia de Certeau lanzará un auténtico desafío al decir que “no hay historiografía sin filosofía de la historia, explícita u oculta” o, tras la lectura de Heidegger por Emmanuel Lévinas, dirá que “nuestra historiografía se nutre de una filosofía que no confiesa”,40 pero, al mismo tiempo, tampoco dejará de posicionarse ante la doble “sublimación” de la metafísica, bien explícita en la obra. Allí apelará a una suerte de marxismo selectivo para dotar a la historia de una racionalidad científica como praxis social, pero también acudirá al lirismo del adagio y la frase poética para dotar a esa tercera parte de “La operación historiográfica” sobre la escritura de un tipo de validación que escapaba de lo lineal y meramente normativo. En cualquier caso, como ha señalado Mark Poster, “El pasado “cobra vida” en las páginas de los libros de historia como resultado de ciertas combinaciones entre significantes y referentes. Este misterioso motor metafísico de la historiografía, este hacedor de “realidad” es lo que fascina a de Certeau”.41 Respecto de la búsqueda de genealogías y arqueologías al estilo foucaultiano vía Nietzsche, de Certeau conseguirá quitarle inmanencia al campo historiográfico y demostrará que su funcionamiento solo es posible en términos de campos operatorios y determinaciones institucionales. Sin embargo, tampoco le dará carta blanca a una hermenéutica completamente abierta y sin control empírico pese a que la escritura intente ir en esa dirección. Si bien en 1970 ha confesado el valor del “texto abierto”, cuando lo vemos practicar el oficio, esa apertura irrestricta ya no se ve tan expansiva. El estupendo artículo “La formalidad de las prácticas” (el más histórico y el menos “historiográfico” de La escritura de la historia) da buena cuenta de ese reparo cuyo título, además, aloja un oxímoron evidente muy propio de aquella transición.42 Respecto de la disolución de la verdad, no cabe duda que de Certeau apeló a un cuerpo metafórico vasto para intentar describirla bajo la tensión entre lo revelado y lo oculto o entre lo visible y lo invisible del discurso historiográfico. Sin embargo, también ofrece un antídoto para esa maniobra relativista cuando le recuerda al historiador que difícilmente podrá ir más allá de las fronteras impuestas por las instituciones reguladas por una comunidad creyente (en sentido secular) cuya autoridad fiscaliza sus métodos y herramientas de trabajo. Su debilidad por el entrecomillado para “verdad” y otros tantos conceptos en el llano (como se lo indicó Marrou) también arroja otra marca de precaución, distancia e incertidumbre para categorías que seguían en conflicto. Finalmente, si las cauciones universales deben darse por perdidas y esto supone adoptar o un historicismo hegeliano y dialéctico o uno más heideggeriano y discontinuo, de Certeau se situará en el límite de ambos a través del recurso heterológico: reconocer la historicidad del pasado como alteridad no implica desconocer que nuestras técnicas para reconstruirlo también son históricas y están fijadas en un presente que, si bien impide la reproducción exacta y total de ese pasado, las faculta como medios de producción social. No olvidemos que el primer título que de Certeau le había propuesto a Pierre Nora para la obra era, precisamente, La producción de la historia.43
Una recepción difícil
Sin embargo, pese al cuidadoso empleo que Michel de Certeau hizo de todos estos dispositivos, su obra no contó con una bienvenida unánime en la comunidad intelectual. Si bien se alabó su “erudición” y, en ocasiones, la “originalidad” de sus ideas -inclusive, por parte de historiadores que conservaban un lugar visible y consagrado en el campo académico como Emmanuel Le Roy Ladurie-, lo cierto es que reinó cierta desconfianza conceptual y, por supuesto, una enconada resistencia a la teoría, mientras la supuesta “oscuridad” de su escritura hacía el resto. En este sentido, la breve reseña que Le Roy Ladurie escribió para Le Monde en 1975 resulta muy ilustrativa, sobre todo, porque se trataba de un historiador hegemónico y muy implicado en la emergencia de aquella “nueva historia”. Allí señalaba:
Para quienes se interesen por las formas vanguardistas de la historiografía contemporánea, la obra de Michel de Certeau, con su poderosa erudición, es indispensable. Pero hay que reconocer que, ante tanta riqueza, desplegada ensayo tras ensayo, hay algunas pequeñas decepciones: este libro difícil e inteligente a veces desconcierta a sus lectores, es complicado a más no poder, sino deliberadamente. He seguido lo mejor que pude algunos de sus enrevesados razonamientos.44
De algún modo, esta última acogida reeditaba el desconcierto que Raoul Girardet había manifestado cinco años atrás, sin embargo, la severa crítica de Le Roy Ladurie, hecha con un estilo por demás habitual en todas sus reseñas sea quien fuere el historiador tratado, también empleaba el apelativo de “vanguardia historiográfica” no solo para definir la obra, sino para titular la reseña y lo hacía en un periódico como Le Monde cuya visibilidad en toda Francia era enorme. No obstante, tal vez haya sido Émile Goichot, el notable especialista en Henri Bremond, quien mejor captó la naturaleza del estilo certaliano y, en particular, el núcleo vivo de La escritura de la historia. En su reseña, señala:
En principio, este libro deslumbra -lo cual no siempre crea las condiciones más favorables para verlo con claridad- debido al prestigio de una escritura tan brillante como fragmentada, singular por la fuerza de su pluralidad. Ya conocemos ese juego dónde el lápiz debe unir con un trazo caprichoso todos los puntos diseminados para que surja una imagen latente: el texto se asienta aquí sobre una base prodigiosamente densa y diversa de referencias, pasa de una a otra para encadenar múltiples perspectivas como un caleidoscopio. Constantemente alusivo, este discurso intertextual parece aún más elusivo: cuando creemos haberlo captado, ya está en otra parte.45
En una época donde la necesidad de una mediatización del saber académico se veía cada vez más acuciante y exigía mayores esfuerzos de transparencia expositiva (la reseña de Le Roy Ladurie en Le Monde era muy sintomática al respecto), de Certeau, como bien sabía Goichot, continuaba fiel a un estilo que respondía bien a esas modas, pero bajo una estructura explicativa y analítica que seguía envuelta por la vieja erudición que practicaba en la Revue d’ascétique et de mystique.
En cualquier caso, pese a la circulación que desde entonces han tenido algunos de los tópicos y nomenclaturas propuestos por de Certeau en La escritura de la historia, el desconcierto actualmente continúa, inclusive, en aquellos trabajos que han reflexionado o historizado la disciplina. Si bien entre 1975 y 1978, es decir, entre su primera y segunda edición, la obra tuvo cierta repercusión en los medios públicos y de Certeau fue convocado a varios encuentros o invitado a elaborar un dossier sobre la cuestión,46 a medida que su impacto disminuía, la obra fue perdiendo presencia en la memoria de los historiadores. Hoy nadie duda de su valor, pero son raros los que se dejan atrapar por ella. Dos de los números que una revista de amplia circulación como Magazine littéraire dedicó al estado de la disciplina dan buena cuenta de aquel prematuro silencio. Si en 1977, de Certeau participó activamente en una mesa redonda titulada “La historia, una nueva pasión” junto a varios jefes de fila como Philippe Ariès, George Duby, Paul Veyne, Le Goff, Nora y Le Roy Ladurie,47 tres años después, en otro dossier titulado “La historia hoy”, ya no estará presente sino de forma fortuita en solo dos ocasiones: mencionado casi de paso por Le Roy Ladurie con relación a La posesión de Loudun y el uso del psicoanálisis, y por Philippe Ariès sobre el modo en que impactan las instituciones en el trabajo histórico.48 Entre las múltiples causas que se podrían ofrecer para tal desuso, tal vez haya sido Le Roy Ladurie el que arrojó la mejor pista al calificar la obra como de “vanguardia”: puede que el objetivo de La escritura de la historia, como la “fuente” de Marcel Duchamp, no haya sido otro que instalar una señal de alerta o estimular un debate que, una vez diluido, superado o naturalizado, no tardaría en pasar al olvido y la obra a una sala de museo.
En este sentido, salvo por algunos historiadores franceses, mexicanos y brasileños que nunca olvidan evocarlo, no dejan de ser notables algunas ausencias en los manuales europeos. Por ejemplo, el uso meramente transversal que ha hecho Shlomo Sand en uno de sus trabajos más recientes sobre reflexividad historiológica como Crepúsculo de la historia donde de Certeau apenas es mencionado, aunque Sand sí le asigne un espacio importante a Roland Barthes, HenriIrénée Marrou, Hayden White, Edward H. Carr o Paul Veyne.49 John Lewis Gaddis, en otro trabajo del mismo estilo y no menos importante, El paisaje de la historia, no menciona a de Certeau en ningún momento50 aunque, a decir verdad, tampoco encontraremos su nombre en la estupenda Teoría de la historia (1980) de Agnes Heller. En Frontiers of History, el volumen final de la trilogía historiográfica escrita por Donald Kelley, de Certeau es citado en un par de ocasiones, pero solo la primera mención proviene de La escritura de la historia y únicamente para establecer una suerte de comparación sobre la relación que la disciplina mantiene con el mito. Según señala Kelley, si para de Certeau la historia es “nuestro mito”, para Hans Blumenberg, la historia sería nuestro “último mito”.51 Lo mismo cabe decir de la ausencia de toda referencia sustancial a su trabajo en la obra colectiva L’Expérience historiographique en homenaje a Jacques Revel publicado en 2016 por la colección “Enquête”.52 Pascal Payen, en Le Dictionnaire de l’historien, dirigido por Claude Gauvard y Jean-François Sirinelli en 2015, no olvida su obra, aunque en el resto del diccionario Michel Foucault, Pierre Bourdieu o, inclusive, Marcel Mauss están mucho más presentes.
Las voces del rapsoda
Como ha dicho Eric Hobsbawm, el arte de vanguardia es un gesto de ruptura, pero no solo con la tradición, sino también con un público que difícilmente logre decodificar dónde reside el valor de aquellas pinceladas sin orden ni concierto aparentes.53 En este sentido, La escritura de la historia siempre ha sido un trabajo que necesitó ser explicado para ser comprendido, requisito que también podría extenderse a buena parte de la obra certaliana. Ningún historiador de los años 1970, tras echar un rápido vistazo al índice, habría dejado de advertir que, entre el título y el contenido, la obra presentaba una extraña divergencia. Y, si con un poco más de temple, decidiera adentrarse en aquella espesura, rápidamente habría comprobado que no le esperaba ninguna lectura solaz. Como ha dicho Beatriz Sarlo sobre su perspectiva teórica, nunca la encontraremos resumida en “una guía para lectores apresurados”.54 En sus notas preparatorias para la reseña de Le Monde, Le Roy Ladurie llegará a calificarlo como “extenuante”, adjetivo que, con todo, omitió al publicarla.55 Indudablemente, mientras La escritura de la historia circuló por un mundo que compartía su lenguaje, sus categorías, sus referencias y sus guiños implícitos pudo ser mejor interpretada por los círculos más permeables a los experimentos teóricos (por Philippe Lejeune, por ejemplo) o por algunos de los historiadores implicados en la “nueva historia”, como André Burguière.56 De hecho, era una circulación que obedecía al tipo de recepción que el propio de Certeau les adjudicaba a los libros de historia profesional y que Chesneaux había subrayado en su reseña. Pero si su objetivo también era llegar al gran público, tal como se deduce al proponer publicar la obra en una edición de bolsillo, la situación cambiaba radicalmente. Las referencias eruditas, el lenguaje figurativo, los juegos de oposiciones, la presencia enmascarada de los silencios, los mecanismos ocultos activados por sujetos o conceptos que dicen lo que no hacen o hacen lo que no dicen, forman parte de un tipo de discurso que también busca estacionar un nuevo estilo en ciencias humanas que, inclusive hoy, tras varios intentos de exégesis, sigue siendo un desafío. Y si a esta embestida por infinitos meandros, hendidos por sedimentos y erosiones, le sumanos la factura material de la obra, las dificultades parecen acrecentarse.
En este sentido, La escritura de la historia fue concebida por Michel de Certeau como un artefacto cuya elaboración obedecía a múltiples procedencias materiales, un “hacer la historia” (por regresar a ese título emblemático) inherente a su propuesta historiográfica. Tal es lo que observó Peter Hughes cuando reseñó la versión francesa para History and Theory en 1978: “El principio que subyace y aclara las ocasionales inconsistencias de un libro compuesto por una serie de estudios, escritos y publicados en diferentes momentos para diferentes públicos, es su visión de la historia”.57 Así pues, de Certeau reunió allí una serie de artículos inéditos o previamente publicados en libros o revistas, todos muy heterogéneos entre sí cuya diversidad consistía en demostrar la hipótesis que había sostenido en su debate con Nora y Girardet: la identificación de la historia con la historiografía a través de un pasaje que se fundaba en la diferencia. Escritos originalmente entre 1969 y 1974, la conversión de aquellos textos dispersos o inéditos en capítulos asumía, empero, serias dificultades de cohesión interna y visibilidad externa. La arquitectura de la obra descasaba en una serie de tensiones que, a partir de aquella equivalencia entre historia e historiografía, daban como resultado un mosaico muy inestable donde confluían problemáticas que, a mediados de los años 1970, difícilmente se habrían asociado con una cuestión “historiográfica”. Así pues, allí convivían una teoría de la historia como socioepistemología del historiador, un intento de escindir la historia religiosa de la historia social, una lectura antropológica y sociológica de los relatos de viajes, de la posesión demoníaca en el siglo XVII y del género hagiográfico y, finalmente, un análisis de la relación entre la historia y la ficción a partir del psicoanálisis freudiano. Frente a semejante mosaico, lo menos que podría decirse es que la obra funcionaba como zona de clivaje (o como varias a la vez) entre la teoría y la práctica históricas, zona o zonas que, además, se verán nuevamente intervenidas cuando en 1978 de Certeau publique una segunda edición e incluya un prólogo inédito en donde reinterpretará sus postulados a la luz de una nueva “alteridad”, la que impuso el “descubrimiento” de un nuevo continente por Américo Vespucio.58
En realidad, si nos atenemos a la novedosa coyuntura historiográfica bajo la cual Michel de Certeau publicó la obra, la llamada “nueva historia”, esta parecía ser un territorio harto propicio para la exploración teórica puesto que, en efecto, hospedaba una amplia diversidad de enfoques. Sin embargo, en 1975, esta marea aún se estaba gestando y cualquier nuevo tanteo todavía afectaba la legibilidad y aceptación de su nueva experimentación. Además, ese reconocimiento se veía aún más comprometido por la condensación de tantos horizontes y la rehabilitación de una teoría del oficio de historiador, algo que La escritura de la historia a todas luces proponía. Por otro lado, si bien hacía solo un año que se había publicado la obra colectiva dirigida por Le Goff y Nora, esta confederación recién en 1978 logrará consolidar definitivamente su espacio con La Nueva historia. Publicada con un título indudable, bajo la didáctica forma de un diccionario enciclopédico, la obra estaba nuevamente dirigida por Le Goff, pero ahora acompañado por dos nuevas promesas, Roger Chartier y Jacques Revel: allí de Certeau también tuvo un rol destacado, pero más discreto, con su texto sobre la relación entre la historia y el psicoanálisis.59
Ahora bien, junto con los artículos que fueron convertidos en capítulos,60 de Certeau agregó tanto “Una variante: la edificación hagiográfica”, versión aumentada de una entrada para la edición de 1971 de la Encyclopedia Universalis como el capítulo VIII, “Lo que Freud hace con la historia”, que ya se había publicado en Annales en 1970. De tal manera que solo la Introducción y los capítulos V (sobre el relato de viaje del protestante Jean de Léry a Brasil), VI (sobre la posesas del siglo XVII) y IX (sobre el Moisés y el monoteísmo de Freud) aparecían como inéditos. Si bien en términos estrictos, la redacción de estos últimos cuatro textos era nueva, lo cierto es que retomaban líneas de investigación que de Certeau ya había trabajado profundamente en la edición científica de la Correspondence de Jean-Joseph Surin (1966), en La posesión de Loudun (1970), en su debate con Nora y Girardet (1970) y en L’Absent de l’histoire (1973). De tal modo que, a la exploración de nuevos objetos en pleno proceso de legitimación y a la avanzadilla teórica sobre la disciplina con nomenclaturas que aún sonaban como una exaltación revolucionaria propia del “pensamiento del 68” (todos atravesados por un muestrario interdisciplinario no menos asombroso), se sumaba un diseño textual compuesto por ensayos devenidos capítulos, escritos originalmente para públicos muy diversos de revistas, libros y coloquios, cuyos registros disponían de sus propias cautelas retóricas y sus marcos específicos de inteligibilidad.
En particular, este tipo de construcción narrativa no solo exigía de los lectores un formidable esfuerzo de traducción, ajuste y reacomodación, sino que, desde un punto de vista académico, tampoco contaba con suficientes credenciales para ser considerado un verdadero “libro”. Los comentarios de Peter Hughes y Émile Goichot fueron explícitos al respecto, pero también los de Édouard Gruter cuando señaló:
La obra se presenta como una recopilación: artículos anteriores reelaborados con mayor o menor calado, reflexiones sobre los trabajos de otros, revisión de los propios. El tema común, manifiesto o implícito, de todos estos textos es la relación entre lo que escribe el historiador y el pasado que los subyace y justifica.61
Recién en 1988, cuando la fragmentación del saber y la producción de obras ya eran vistas como parte del folklore académico, Daniel Roche se atreverá a señalar en la introducción de su obra Les Républicains des lettres que las recopilaciones de artículos son instrumentos legítimos de divulgación más allá de las revistas especializadas.62 En todo caso, es allí donde reside el motivo por el cual de Certeau evitaba aludir a la “reescritura” de sus textos y prefería el término “reempleo”: este tipo de trabajo intenta, con la crucial ayuda de un buen paratexto,63 construir una unidad simbólica para el conjunto de la obra, reduciendo los grados de autonomía que cada escrito tenía en su primera publicación, y un espacio plural cuyo único y gran artífice será un lector activo y creativo. De 1978 data, precisamente, su teorización del lector como “cazador furtivo”. Es como si de Certeau, perplejo ante la nueva sociedad de consumo, hubiese preferido arrojar la obra como mercancía y objeto de deseo: marcaba un camino, pero también se mantenía alejado de allí. Como resultado, La escritura de la historia, como cualquier otro de sus libros, no tendrá un “centro”, sino una voz distante que permanecerá oculta en los perímetros de la obra. En suma, si la heterología tenía alguna posibilidad de resistencia teórica, de Certeau intentará ponerla en práctica con este complejo insumo material.
En busca de un lugar social
Así pues, ya sea por su pertenencia a la Compañía, por su estilo de escritura o si preferimos ceder a sus estrategias de visibilidad y aceptamos la lógica del viajero, de Certeau nunca se sintió muy cómodo con la “forma espectáculo” que comenzó a exigir el espacio público en los años 1970.64 Por el contrario, es como si siempre hubiese preferido frecuentar pequeñas comunidades como el grupo La Bussière o asistir a reuniones informales de estudio compuestas por miembros anónimos, un criterio de transmisión e intercambio intelectual similar al que utilizaba en la factura material de sus libros-rapsodias, tal como la hemos estudiado en otra parte.65 Sin embargo, esto no le impidió estar muy atento a las oportunidades formales de contratación que le ofrecía el mundo académico o construir poco a poco espacios autónomos en cada institución que atravesó, ya fuera el Instituto Católico de París, Vincennes, Jussieu, más tarde la Universidad de California y, finalmente, la EHESS. Pero, a diferencia de los investigadores que buscaban una institución (laica o eclesiástica) donde desarrollar, identificar o legitimar el enfoque de sus investigaciones, de Certeau solo las utilizaba como base de operaciones. Desde allí, desplegaba los saberes que ponía en circulación, sin que por ello este ejercicio se convirtiese en una garantía de legitimación, en un mecanismo de identificación o en la oportunidad para perdurar de forma ininterrumpida. Cuando de Certeau ingresaba a una institución y establecía vínculos de solidaridad profesional, siempre lo hacía con una condición preliminar y silenciosa: construir su propia migración interna y simbólica a partir de la diferencia.
A este respecto, cabe recordar cómo explica su pertenencia a la Iglesia. En 1975, en una entrevista con la revista Cultures et foi, decía: “Se trata menos de saber cómo vivir una pertenencia que de aprender a vivir superando la pertenencia. Es precisamente lo que indica la diferencia entre el lugar y el camino […] La institución no es el lugar de nuestra identidad cristiana, es lo que permite a la fe una objetividad social”.66 Al igual que los saberes, los espacios de transmisión nunca podrían convertirse en objetos definitivos: la desterritorialización se impone sobre cualquier intento de permanencia, una lógica que, en su cruzada por diferenciar lo religioso de lo social, cobra toda su importancia. Por eso es necesario subrayar esa simetría entre disciplinas e instituciones tanto en su vida como en su obra: son dos espacios que descansan en la permeabilidad de sus movimientos y en la contestación de sus fronteras. Sin embargo, tampoco deberíamos reducir esa forma de proceder a un “amor por los márgenes” ni al tortuoso calvario de un “caminante herido”. Esa imagen, peligrosamente hagiográfica, solo contribuye a ocultar sus verdaderas estrategias de promoción pública, sus prácticas casi lúdicas de resistencia en diferentes territorios, derroteros que, indudablemente, practicó al igual que muchos otros profesionales o expertos de su época e, inclusive, algunos jesuitas de su generación.
Todas estas huellas anunciaban la llegada de un nuevo Michel de Certeau. Pese a que Pierre Gisel en su reseña de La escritura de la historia lo definió como “teólogo católico, historiador de la modernidad y lector de Freud”,67 su perfil público, para el cual nunca reivindicó el oficio de teólogo,68 se alejaba cada vez más del campo religioso. Es más, el último libro que publicó en una editorial religiosa (Desclée de Brouwer), producto de sus artículos sobre la espiritualidad contemporánea, había sido El extranjero en 1969. Al año siguiente, “el Reverendo Padre de Certeau”, tal como muchos aún lo llamaban, publicaría La posesión de Loudun en Julliard, una obra que marcó un punto de no retorno a las editoriales filoreligiosas. Sin embargo, fue 1974 el año que selló una serie de cambios que reorientaron definitivamente su trayectoria intelectual. En principio, su intervención en la obra colectiva Hacer la historia, publicada por Gallimard, era un claro anuncio del espacio que buscaba ocupar en este nuevo universo colegiado de historiadores. Observemos que allí de Certeau no participó con ningún capítulo sobre el mundo religioso (cuestión asumida por un joven Dominique Julia y un veterano Alphonse Dupront), sino que su presencia se desplazó hacia un texto inaugural, teórico y programático como “La operación histórica”. A esto habría que añadir tanto la publicación en 1974 de La cultura en plural en la colección de bolsillo “10-18” como El estallido del cristianismo, que supuso un notable reto frente a la Compañía de Jesús. Como ya señalamos, su alejamiento de la vida en comunidad de la Rue Monsieur para ocupar un solitario departamento en París se convirtió en la metáfora espacial de un alejamiento de la Orden jesuita que, si bien no fue absoluto, tampoco dejará de marcar un nuevo límite. Finalmente, su activa colaboración, desde el primer número en septiembre de 1975, en una revista tan experimental para la época como Traverses, publicada por el Centro Georges Pompidou, señala otra presencia en un espacio ya muy alejado del ámbito religioso. Pero, junto con todos estos desafíos adyacentes, La escritura de la historia también incorporaba los suyos: uno de vieja data y otro abiertamente novedoso.
Una “jerga incomprensible”
En primer lugar, de Certeau incorpora allí un “saber teórico” que debe mucho a la filosofía de la historia, pero a una filosofía, como vimos, de corte diltheyano o, inclusive, en clave reflexiva como la de Aron, lejos de cualquier teodicea en la línea de Spengler o Toynbee. Para ser exactos, hoy diríamos que de Certeau proponía una nueva “historiología”, tal como Jorn Rüsen, con total propiedad, intenta rehabilitar desde hace varios años.69 Ya en el debate con Nora y Girardet de 1970, de Certeau había sostenido: “si hoy la historiografía reemplaza la historia es porque una de las preguntas que nos hacemos es, precisamente, si el pasado es pensable o, dicho de otro modo, si la historia lo es”.70 Al utilizar el adjetivo francés pensable (sintagma que remite a lo “concebible” o “imaginable” y que seguirá muy presente en todos sus trabajos, inclusive en uno de los capítulos de la obra), está interrogando a la historiografía como teoría reflexiva y heterológica, un aspecto que los historiadores occidentales nunca han visto con gran entusiasmo y que de Certeau designa “sonambulismo teórico”. En “La operación historiográfica” señala: “en historia como en otros ámbitos, una práctica sin teoría desemboca necesariamente, tarde o temprano, en el dogmatismo de los «valores eternos» o en la apología de lo «atemporal». Por lo tanto, la sospecha no puede extenderse a todo análisis teórico”.71 En realidad, de Certeau regresa aquí a la cuestión ideológica que esbozó con Nora y Girardet, pero ya no repara en su virtual amenaza, sino en su inexorable presencia en el trabajo historiográfico. Cualquier objetivación de la ideología, cualquier intento por definir ideológicamente una obra, no hará más que crear un artificio elitista al pretender separar las “ideas” del “trabajo”, como si ambas dimensiones marcharan por caminos diferentes. Es precisamente allí donde opera la teoría y encuentra su verdadera función social: desvelar esos entresijos adosados a la práctica. En suma, cuando de Certeau apela a la teoría (y, en este sentido, sí coincide con buena parte del campo intelectual coetáneo, sea bourdesiano, barthesiano o foucaultiano) busca ofrecer una herramienta igualitaria y democrática que arroje luz sobre una práctica que, sobre todo en historia, ha permanecido en la penumbra, como un secreto que se transmite del maestro brujo a su aprendiz. Como ha subrayado en cursivas en el capítulo “La ficción de la historia” sobre el Moisés de Freud, “la práctica productora del texto es la teoría”72 y ese texto es el que hay que desnaturalizar. Sin embargo, este tipo de postulado, como muchos en la obra, crucial, pero poco evidente, siempre ha resultado un florilegio retórico que los historiadores nunca han estimado necesario para la salud de su disciplina.
Como es bien sabido, la disciplina histórica siempre fue renuente al discurso “teorizante”. Cualquier intrusión reflexiva que se “desviase” hacia una mínima abstracción ha despertado la implacable defensa de un particularismo empírico muy positivista. Casi se diría que, más allá de las revisiones posteriores respecto a la existencia real de tal cesura, tras el proverbial punto de quiebre que imprimió el cisma rankeano frente a la filosofía especulativa hegeliana, ha sido una marca de identidad muy perdurable que ha recorrido el imaginario de los historiadores a lo largo de toda la historia de la historiografía. El propio Le Roy Ladurie sostenía: “prefiero interesarme en los objetos concretos de la historia más que en la misma historiografía”, de allí que desconfiara de aquello que, según señala su biógrafo, “Michel de Certeau denominaba onfaloscopia, el hecho de mirarse el ombligo en exceso, historiográfico en este caso”.73 Sin ir más lejos, el mismo año en que apareció La escritura de la historia, Eric Hobsbawm, en un típico survey inglés sobre el estado de las ciencias sociales, sostenía que “a los historiadores los caracteriza el poco interés que tienen en definir su campo de estudio […] En términos generales, esta falta de entusiasmo hace poco daño y, si se combinan la cautela y la ambición, puede obrar algún bien”.74 Ha sido justamente esta identificación entre teoría inaccesible y minoría selecta lo que de Certeau siempre ha combatido, no solo en esta obra sino en todas las restantes. Y es por ese motivo que su persistente estilo de escritura evitaba cualquier simplificación y prefería la edición de bolsillo.
Sin embargo, en un mundo que continuaba separando lo ideológico del trabajo, ese subtexto emancipatorio se perdía de vista y solo reparaba en su lenguaje figurativo, a la moda estructuralista o al impacto vanguardista. A la postre, tal era la contribución que de Certeau esperaba hacer a la comunidad de historiadores. No obstante, la recepción de su obra se empeñaba en situarla lejos de ella y muy cerca de un sombrío esoterismo. En 1982, el teólogo danés Peter Kemp (en cuya defensa de tesis intervino de Certeau como jurado) en otro survey dedicado a la filosofía de la ciencia, resumió en varios acápites los hechos intelectuales que marcaron el “estructuralismo francés” donde incluyó La escritura de la historia junto a la idea de episteme de Foucault, la lectura althusseriana de Marx, el análisis estructural del relato en Barthes y la gramatología derrideana. Si bien asume que la obra es una reprise de la arqueología del saber y se inscribe en el estructuralismo, reconoce que también lo supera. Allí señala:
su principal preocupación no es tanto la estructura como la conexión entre estructura y ausencia. Por lo tanto, no le preocupa la crítica de Derrida contra aquellos que exaltan la estructura como contenido de una presencia. A los ojos de Michel de Certeau, la existencia es precisamente un juego entre presencia y ausencia, entre la vida de hoy y la muerte o lo muerto (lo que ya no es) de ayer con la cual nos representamos. El historiador es, o más bien debería ser, el primero en saberlo por su trabajo.75
Pero pocos historiadores reconocerían que su trabajo necesita de tal contorsión filosófica para interpretar un documento o formular una hipótesis y esa renuencia fue la que forjó la visibilidad de Michel de Certeau como teórico, ralentizó la comprensión profunda de su propuesta y su exclusión de la historia de la historiografía, lugar que, como hemos visto, muy pocas obras de este género le asignan.
Tomemos otro ejemplo, también situado en aquel 1975. En ese año, Michel de Certeau no solo había publicado en Gallimard La escritura de la historia, sino también otra obra, mucho más olvidada, Una política de la lengua, escrita en colaboración con Jacques Revel y Dominique Julia, acerca de la represión de los patois durante la Revolución francesa. Entre las reseñas que recibió, la de Jacques Godechot fue la más brutal respecto al modo en que de Certeau se expresaba. Para comenzar, según Godechot, la “tríada” autoral estaba compuesta por “un etnólogo (Revel), un sociólogo (Julia) y un lingüista (de Certeau)”, es decir, por ningún “historiador”, de tal modo que “se necesita mucha paciencia y aplicación, ya que escriben en un estilo difícil y, digámoslo así, pedante”. Pero aunque se tratase de una obra escrita por tres autores, era Michel de Certeau el principal infractor (puesto que, como subrayaba Godechot, de las 135 páginas de la obra, 85 eran de su autoría). De hecho, como si buscase un mayor consenso, Godechot no solo mencionó la reseña de Le Roy Ladurie en Le Monde sino que, hojeando el periódico, descubrió una más donde Jacques Allard aludía al estilo certaliano: “¿Por qué a menudo prevalece ese placer perverso de oscuridad y ocultamiento frente al simple y sano deseo de ser comprendido?”. Finalmente, Godechot atesta su propio golpe de gracia:
La historia como «memoria de la humanidad», debe proscribir de forma absoluta esa jerga que tiende a extenderse entre los lingüistas y otras disciplinas. La historia debe seguir siendo accesible a las masas. Si solo la entiende una ínfima minoría de iniciados, pronto dejará de existir. Esperemos, pues, que Michel de Certeau se exprese con claridad para comprender lo que ha querido decir.
Si a esta observación lapidaria sumamos la invectiva militante de Jean Chesneaux y, en el extremo opuesto del espectro ideológico, el fallo de Le Roy Ladurie, el supremo juez de aquel entonces, las posibilidades del desafío epistemológico propuesto por de Certeau se veían considerablemente reducidas.
La invención de la historiografía
Pero al antiguo desafío teórico y al sospechoso tormento que ocasionaba su escritura, debemos añadir el segundo reto de La escritura de la historia, mucho más innovador: un nuevo concepto de “historiografía” e “historiográfico”. Precisamente, en una época en que la “historiografía” como saber experto, autónomo y profesional, como “historia de la historia” o como “epistemología histórica”, aún contaba en Francia con un desarrollo por demás deficitario o, a lo sumo, accidental, esta nueva carga semántica fue vista como el fruto “turbio” de extraños préstamos interdisciplinares (de Certeau diría “heterológicos”), derivados de saberes que, como hemos visto, resultaban bastante indescifrables para algunos historiadores de la época. Así pues, Michel de Certeau definió el término “historiografía”, no como mera “historia de la historia”, sino como un nudo paradójico donde confluía la discordancia entre “historia” y “escritura”, es decir, entre “lo real” y “el discurso”. Pero aquí, cuando alude a lo “real”, de Certeau utiliza la palabra en sentido lacaniano, es decir, como aquello que está fuera del lenguaje, fuera de la simbolización y sumido en lo imposible, de allí que sea objeto de angustia, trauma o, inclusive, de un sueño alucinatorio. Tal como viene sosteniendo desde hace un lustro, dado que el historiador no puede observar su objeto de investigación, no tiene más remedio que rendirse a su ausencia, de allí que esa importación lacaniana, “lo real” (que nada tiene que ver con la realidad empírica del pasado ni del presente), le resulte útil como dispositivo explicativo. Por otra parte, cuando de Certeau dice “discurso” utiliza, desde luego, la acepción foucaultiana, es decir, para simplificarlo rápidamente, la serie históricamente determinada de enunciados sometidos a reglas comunes. Con este otro artefacto basado en la razón normativa, la historiografía opera sobre ese “real” y lo transforma en algo legible en el presente (que, en términos lacanianos, sería el “orden simbólico”). De tal manera que, para sobrevivir y legitimarse como saber científico, la historiografía necesita distinguirse de ese pasado, de allí que, tras asumir esa “diferencia” se convierta en heterológica. En este sentido, sale en busca de ese otro en los documentos, de ese fantasma micheletiano al que honra, entierra y le niega la muerte, impide su pérdida, en un acto casi desesperado por recuperar una presencia que, pese a todos sus esfuerzos, se convierte en otra cosa cuando pasa por el filtro de la escritura. Y todo ello bajo un “lugar social” que autoriza ese procedimiento y una “práctica” científica que opera ese pasaje bajo el control de una comunidad autorregulada. Fue Jean Leduc quien reconoció sin medias tintas este “descubrimiento”: “Michel de Certeau es el primero que propuso en Francia un análisis profundo de la escritura de la historia”.76
No obstante, de Certeau no solo resemantizó el sustantivo “historiografía”, sino que también empleó con profusión el adjetivo “historiográfico” y es en este uso donde se observa con mayor claridad cómo “opera” socialmente el historiador cuando hace su trabajo. Para ello, efectúa una “operación” en el sentido más tangible, utilitario y marxista del término, es decir, como obraje operativo u obrero. Y utiliza el adjetivo para calificar sustantivos laborales porque, precisamente, de eso se trata “lo historiográfico”: es una industria, un hacer, una gestión, una práctica, una investigación, una construcción, un procedimiento y, desde luego, un discurso, trabajos que apuntan a un tipo de destreza artesanal y experta (casi en un sentido sennettiano, diríamos hoy) que se cristaliza en una acción material: la escritura como mecanismo de representación. Sin embargo, para que esa representación resulte legible en el presente tiene que reconocer y, luego, anular cualquier rastro de alteridad fantasmal. En L’Absent de l’histoire, donde de Certeau aún experimentaba con estos conceptos y, por ende, no utilizaba tantos tecnicismos como en La escritura de la historia, alude a la “misión social” del trabajo historiográfico, una misión que “le asigna el más allá (el más acá) del presente” y que “precisamente, tiene como objetivo traer al otro al campo de una comprensión presente y, por consiguiente, eliminar la alteridad que parecía ser el postulado de la empresa”.77 Aquí, al utilizar el adjetivo casi como si lo sustantivara, de Certeau parecería acercarse a un dispositivo muy frecuente hoy en día en las ciencias sociales que tal vez no sea ajeno a su legado más extendido: “lo cotidiano”. Cuando Pierre Rosanvallon alude a “lo político”, Denis Pelletier al saber de “lo religioso”, Christian Jouhaud a la historia de “lo literario”, Jean-Michel Berthelot a las ciencias de “lo social”, Dominique Kalifa a la historia de “lo cultural”, todos y cada uno articulan a su manera lo social y el discurso, una representación “simbólica” donde arraiga un trabajo y un campo de acción. Recordemos, en este sentido, la cita que Jean Chesneaux recupera de Michel de Certeau en “La operación histórica” tal como apareció en 1974: “En historia, toda doctrina que reprima su relación con la sociedad es abstracta”. La idea era, precisamente, quitarle abstracción a la teoría y volverla social, colectiva y harto extendida.
Según de Certeau, el historiador no solo está obligado a reconocer el carácter existencial de la historiografía como ruptura con ese pasado que quiere reconsruir sino que también debe asumir que practica el oficio de forma serializada (hoy mucho más que en los años 1970). Tal como se lo confesó a Jacques Revel en una entrevista publicada en Politique aujourd’hui: “en La escritura de la historia he mencionado hasta qué punto considero esencial el aparato técnico e «industrial» de la historiografía. Asumo que no puede haber ningún equívoco al respecto”.78 De allí que a la historiografía “moderna” no le quepa ya ningún idealismo, epopeya o liberación: por el contrario, “hacer historia” es el producto social de aquel espacio institucional que la legitima, una práctica científica que permite controlarla y una escritura con la cual consigue, a duras penas, representar lo que ha ocurrido. Tal es, en suma, la naturaleza de toda operación historiográfica, pero de una operación muy tribal que el historiador prefiere ocultar y apenas transmitir, salvo, por supuesto, para el reducido núcleo de sus colegas y prosélitos. De Certeau veía el esoterismo que le adjudicaban en la recámara de un historiador que se negaba a confesar cómo financiaba su investigación o a qué autoridades respondía. Como ha señalado Alfonso Mendiola, este verdadero “giro historiográfico” remite, en último término, a tres aspectos esenciales que convierten La escritura de la historia en todo un parteaguas: la mutación de lo real o del sentido en el devenir de lo temporal, el hecho histórico como límite de lo pensable, es decir, como diferencia y, finalmente, la composición de un lugar (en el presente) que muestra la figuración ambivalente del pasado y del futuro.79 Sin embargo, ante un campo historiográfico tan escéptico y disperso, ¿qué se entendía por entonces cuando en Francia se aludía a la “historiografía”?
La historia de la historiografía
Cuando de Certeau publicó La escritura de la historia, el concepto “historiografía” como “historia de la historia” no contaba en Francia con una tradición propia. Más allá de la vieja obra de Louis Halphen de 1914, L’Histoire en France depuis cent ans (siempre acompañada por los antiguos clásicos de Benedetto Croce o Eduard Fueter), recién en 1964 aparecerá un trabajo con cierta identidad “historiográfica”, L’Histoire, de Jean Ehrard y Guy Palmade. Si bien solo se trataba de un manual universitario con una antología de fuentes, lo cierto es que, ante la carencia general, subsistió como vestigio solitario durante más de diez años. Si en aquellos años se quería dar en Francia con la otra acepción de “historiografía”, es decir, como filosofía de la historia, había que remontarse a la pionera Introducción de Raymond Aron de 1938, o bien a la “filosofía crítica” de Marrou de 1954, las únicas dos “teorías de la historia” que existían hasta el arribo del inusitado experimento de Paul Veyne en 1971. Fue Marrou, justamente, uno de los pocos que, en la nueva edición de 1975, elogió La escritura de la historia sin caer en el típico lamento sobre su prosa: “remito al lector de manera general a los estudios recopilados en este volumen, en los que el autor, con una virtuosidad deslumbrante, desarrolla de manera ejemplar la tendencia que aquí evocamos en pocas palabras, necesariamente insuficientes”.80 En todo caso, la “historia de la historia” seguía llevando la delantera: con la obra de sociología de los historiadores, publicada en 1976 por Charles-Olivier Carbonell, Histoire et historiens. Une mutation idéologique des historiens français, 1865-1885,81 junto con su opúsculo en la colección popular “Que-sais-je?” de 1981 (donde de Certeau tampoco es citado), se asistirá a una renovación un poco más visible que, no obstante, seguirá encontrando serias dificultades de continuidad. En este sentido, la tardía publicación en 2015 en una modesta editorial como Éditions Vendémiaire de la estupenda obra del historiador holandés Pim den Boer sobre los historiadores franceses de Guizoy a Lavisse, cuyo original databa de 1987, da buena cuenta de la persistencia de tal desinterés, pese a cualquier cambio de paradigma historiográfico. A lo largo del siglo XX, a diferencia de lo que ocurría en Francia, casi todas las tradiciones culturales institucionalizaron y legitimaron su propio pasado historiográfico nacional, aunque la historiografía solo será reconocida institucionalmente como un saber emancipado mucho más tarde, a partir de 1980, con la creación de la Comisión de Historia de la Historiografía y la revista Storia della Storiografia en 1982, ambas impulsadas por el XV Congreso de Ciencias Históricas de Bucarest.
Si bien nunca abandonó su interés por la historiografía, en los años 1980, de Certeau, tal vez desencantado ante tanta obstinación y bajo el sol de California en cuya universidad dictaba “Literaturas comparadas”, prefería cosechar el producto de sus investigaciones antropológicas con La invención de lo cotidiano (1980), o incluso regresar a sus orígenes en historia de la espiritualidad con La fábula mística (1982), ámbitos donde las querellas intelectuales nunca fueron tan encarnizadas. Justo en esos años, la historiografía francesa, como historia de la historia en un sentido amplio y no solo como sociología de los historiadores, tendrá un momento inaugural con El espejo de Heródoto (1980), la tesis doctoral de François Hartog (donde de Certeau ofició como jurado). Pero, como el mismo Hartog junto a Michael Werner han reconocido un cuarto de siglo después en el Diccionario de los intraducibles, la “historiografía” como campo autónomo aún sigue sin contar con el tipo de profesionalización del que sí disfruta la disciplina histórica.82 Actualmente, la comunidad científica internacional sigue asociando la “historiografía” con la producción de obras históricas y con el análisis de sus aspectos teóricos, una tenaz panoplia que parece destinada a reforzar la resistencia ante cualquier ejercicio de reflexividad. Y lo cierto es que, para la comprensión de La escritura de la historia, esa identificación circular sigue siendo un obstáculo, de allí la importancia que reviste la obra de Jörn Rüsen para volver a leerla.83 De cualquier manera, pese a que de Certeau también aludirá vagamente a una “historia de la historia”, lo que realmente le interesaba era deconstruir el concepto “historiografía”. Como ha señalado Hervé Martin, esa distinción del término como “historia de la historia” y como “acto de escribir la historia” contribuyó a desprender el concepto del sombrío catálogo de historiadores y a reforzar las operaciones concretas que confluyen en la producción de un texto histórico bajo una coyuntura cultural e ideológica precisa.84 Y tal era uno de los grandes legados de la obra: quitarle su carácter teleológico al género “historia de la historiografía” y devolverlo a un contextualismo heterológico más riguroso, mientras dotaba al concepto “historiografía” de un significado que atendía tanto a su costado historicista como al presentista. En todo caso, como señaló Charles Porset, especialista en la masonería del siglo XVIII y más habituado a desvelar los secretos iniciáticos del pasado, en su reseña de la obra, “que nadie lo dude, las resistencias serán (y son) numerosas y algunos le aconsejarán a Michel de Certeau que se dedique a cualquier otra cosa que no sea la Historia... Sin embargo, valdrá la pena el intento”.85










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