Introducción
A partir de la década de 1970, la influencia de los estudios feministas destacó la necesidad de una geografía más crítica y una visión politizada del espacio. La inclusión del género en el canon de la geografía crítica significó, en primer lugar, incorporar la realidad de la condición de las mujeres en el espacio (geografía de las mujeres) y los aportes conceptuales, teóricos y metodológicos de distintas corrientes feministas que consideraban las diferencias de género y las relaciones de poder para analizar la producción del espacio (Lan 2016: 55). Asimismo, se planteó un cuestionamiento abierto a los marcos de producción de conocimiento de la propia disciplina. Este proceso, caracterizado por trayectorias diferenciadas en función de las condiciones históricas y políticas de las distintas latitudes en las que se gestaron estas reflexiones, constituye las bases de las geografías feministas (GF).
Las GF han retomado discusiones clave de la geografía crítica respecto al papel de los mapas en la construcción de marcos interpretativos para ordenar mundos y espacios (Colombara 2017, Harding 1987). Uno de los argumentos es que las representaciones cartográficas han sido mecanismos simbólicos de exclusión y desigualdad que invisibilizan la diversidad de experiencias de las mujeres en el espacio y su visión del mundo (Monk y García Ramón 1987, Silva y Lan 2007). Dentro del cuestionamiento hacia sus propios métodos y herramientas para la producción de conocimiento, las cartografías feministas (CF) surgen como una apuesta para la reflexión crítica y situada de los mapas como herramienta de representación.
Desde las cartografías feministas se han realizado críticas contundentes a la despolitización de las prácticas cartográficas. Por un lado, han problematizado la neutralidad de los mapas como herramientas de representación; aunque han sido esenciales para el análisis geográfico, también han sido instrumentos de poder para legitimar narrativas únicas en el control de cuerpos y territorios (Zaragocin, Moreano y Álvarez 2018).
Por otra parte, los debates sobre los marcos preestablecidos de visualización y representación han cuestionado el predominio del carácter cuantitativo en los procesos de producción cartográfica. Elementos como la exactitud y la precisión condicionan la objetividad de los mapas y determinan su validez como fuente efectiva de conocimiento en cuanto que representan la “realidad” de algún fenómeno.
Esto resulta preocupante para geógrafas feministas como Kwan (2002), D’Ignazio y Klein (2020), y Fuentes y Cookson (2020), porque dentro de la cartografía prevalece la práctica de reducir las múltiples experiencias que se viven en el espacio a dos ejes (X,Y), con lo cual se desarticulan las experiencias de las mujeres y otros sujetos sociales de sus contextos espaciales y temporales. Ante esto, retoman una de las contribuciones más importantes de las epistemologías feministas a los debates cartográficos en lo que se refiere a lo visual: no existe una sola forma de ver el mundo ni existe un mapa único o una sola representación del territorio, sino que hay un abanico de perspectivas individuales, sociales, científicas y tecnológicas que influyen en nuestras formas de ver y representar la realidad (Kwan 2002: 648).
A través de los años, y gracias al constante diálogo con otros saberes y experiencias, geógrafas, cartógrafas y activistas feministas de distintas latitudes han reivindicado la cartografía como práctica emancipadora para construir nuevas posibilidades de mapear y representar. Más allá del reconocimiento del género como categoría central en el análisis de la producción espacial, desde las CF se ha insistido en que las metodologías no carecen de posicionalidad, intencionalidad o compromiso político.
Implicadas en esta discusión y con la intención de continuar explorando otras posibilidades cartográficas, buscamos identificar elementos que continúen enriqueciendo las prácticas cartográficas feministas a través de dos objetivos específicos: 1) construir una genealogía de las cartografías feministas que recupere los encuentros teóricos y metodológicos entre los feminismos y la geografía en las últimas décadas, y 2) proponer una serie de preguntas orientadas a enriquecer el quehacer cartográfico a partir de estos puentes epistémicos de diálogo.
En la primera parte del artículo, abordamos los orígenes de la cartografía participativa y las influencias teóricas y metodológicas en las cartografías de género y feministas. Más adelante, reflexionamos desde las epistemologías feministas sobre las políticas de producción y representación con el objetivo de aportar nuevas perspectivas para repensar las prácticas cartográficas. Finalmente, planteamos preguntas que, desde la intersección entre las epistemologías y las cartografías feministas, buscan enriquecer el quehacer cartográfico con prácticas situadas y encarnadas.
Antecedentes
Durante la década de 1990, los cuestionamientos y reflexiones de geógrafas feministas ( García Ramón 1989; Hanson 1992; Massey 1998; McDowell 1992; Sabaté, Rodríguez y Díaz 1992) aportaron elementos clave para la consolidación de las GF. Epistemológicamente, cuestionaron la masculinización del espacio y del tiempo a lo largo de la historia de esta disciplina, y sus implicaciones en términos de la producción de conocimiento y la reproducción del espacio.1 Teóricamente, postularon la espacialización de las relaciones de género y la reinterpretación de categorías como espacio, lugar, género y escala.
Metodologías como la cartografía participativa (CartoP) posibilitaron una aproximación a la manera en que las personas interactúan con el espacio y a las oportunidades o privilegios que se les ofrecen o niegan en función del género (Ferré 2004).2 Mediante el análisis de la cotidianeidad, se buscaba un entendimiento profundo sobre la situación de las mujeres que visibilizara las limitaciones en el acceso a determinados lugares o al uso de determinados recursos. Estas narrativas, construidas desde la experiencia cotidiana, resultaron fundamentales para visualizar relaciones de poder en el territorio.
La CartoP fue clave para aplicar conceptos teóricos de las GF que permiten representar e interpretar la espacialización de las relaciones de género. Más adelante, categorías como espacio, lugar, género y escala, asociadas a metodologías como la CartoP, darían un giro importante gracias a las críticas que se fueron tejiendo desde la geografía decolonial, que cuestiona la hegemonía eurocéntrica en la conceptualización del espacio e incorpora intersecciones entre género, raza, colonialidad y poder.
La CartoP ha posibilitado la construcción de nuevas narrativas espaciales basadas en perspectivas y experiencias de mujeres que habían sido invisibilizadas en la cartografía oficial. Esto explica su expansión en investigaciones afines; de ahí que comenzaran a denominarse cartografías de género o cartografías feministas.
Genealogía de las cartografías de género y de las cartografías feministas
Hasta la fecha, no hay consenso sobre las distinciones entre cartografías de género (CG) y cartografías feministas (CF), ni tampoco entre geografía de género y geografía feminista. Aunque en la bibliografía anglosajona estos términos se utilizan indistintamente, en la esfera latinoamericana su adopción ha desencadenado un debate que enfatiza la necesidad de diferenciarlas. Por un lado, la geografía de género se ha abocado a un lenguaje más académico, mientras que la geografía feminista tiene connotaciones más militantes dentro y fuera de la academia ( García Ramón 2008, Soto 2010), lo cual se refleja en los ejercicios cartográficos.
Para contextualizar geográfica e históricamente la producción cartográfica bajo estos enfoques, llevamos a cabo una búsqueda documental. Identificamos, a través de sus prácticas, cómo se han conceptualizado desde la CartoP3 las cartografías de género y las cartografías feministas. Utilizamos conceptos clave como gendered mapping, feminist mapping, cartografía feminista y cartografía de género como criterios de búsqueda; en ocasiones combinamos los términos y añadimos palabras relacionadas.
La búsqueda incluyó artículos, tesis, manuales y guías publicadas a partir de 1990 hasta la actualidad. Seleccionamos 22 materiales de trabajo de 10 países, procedentes de la academia, de organizaciones civiles y de colectivos. Para la sistematización de la información creamos una base de datos con tres campos de análisis: tema central; herramientas metodológicas; y escala de estudio. Estos campos permitieron identificar tendencias significativas en los problemas abordados, las técnicas empleadas y los niveles de análisis aplicados, con lo cual logramos aprehender una diversidad de enfoques en diferentes contextos geográficos y temporales.
Posteriormente, realizamos una clasificación temática y un análisis comparativo que considera la frecuencia y la recurrencia en los materiales revisados, a partir de la cual agrupamos las temáticas en nueve categorías: 1) agua y saneamiento, 2) conservación y manejo de recursos, 3) seguridad alimentaria, 4) movilidad y seguridad, 5) división sexual del trabajo, 6) precarización laboral, 7) salud, 8) percepción ambiental y 9) defensa del territorio.
En el Cuadro 1 indicamos las principales herramientas aplicadas desde los enfoques de la CG y la CF en el abordaje de las nueve temáticas: mapeo de espacios de género; mapeo de movilidad y sentido del lugar; mapeo de recursos y conocimiento del espacial local; y, por último, mapeo de cuerpos-territorios. Asimismo, mostramos el objetivo principal de cada una de estas herramientas, las y los autores que las desarrollan, y las escalas de análisis consideradas en cada uno de los ejercicios cartográficos.
Cuadro 1 Cartografías de género y cartografías feministas desarrolladas desde el enfoque de la cartografía participativa
| Herramientas metodológicas | Objetivo | Temáticas | Autoras y autores | Escala de análisis | ||||||||||
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| Mapeo de espacios de género | Registrar la distribución espacial de las actividades según los roles de género: lugares o paisajes feminizados o masculinizados. | ● | ● | ● | ● | Ardener 1993, Grady y Daqqa 1991, Juárez et al. 2018, Martínez 2020, Wilmer y Ketzis 1998 | Comunitaria, doméstica | |||||||
| Mapeo de movilidad y sentido del lugar | Crear narrativas espaciales sobre imaginarios, miedos, expectativas y frustraciones sobre la apropiación del espacio público. Identificar itinerarios de formas de vivir, pensar y sentir el tiempo y el espacio. | ● | ● | ● | ● | ● | ● | ● | A Panadaría 2019, Baker et al. 2015, Blom et al. 2010, Boschmann y Cubbon 2014, Collectiu Punt 6 2019, Posada et al. 2015, Risler y Ares 2013, Smith 2018 | Comunitaria, doméstica, corporal | ||||
| Mapeo de recursos y conocimiento espacial local | Identificar quién, cómo y dónde tiene uso, acceso y gestión de los recursos de acuerdo con los roles de género. Identificar conocimientos diferenciados sobre el territorio. | ● | ● | ● | ● | ● | ● | ● | Catacutan et al. 2014, Groten 1997, Guzmán-Utatalum 1993, Haddad et al. 1995, Rocheleau 1995 | Comunitaria, doméstica | ||||
| Mapeo del cuerpo-territorio | Contar historias a través del mapeo corporal. Identificar y nombrar experiencias con y en el territorio, experiencias de dolor y resistencia en el territorio a partir de emociones y sensaciones físicas. | ● | ● | ● | ● | ● | ● | ● | Agua y Vida: Mujeres, Derechos y Ambiente AC 2018; Colectivo de Geografía Crítica del Ecuador 2018; Colectivo Miradas Críticas del Territorio desde el Feminismo 2017; Sweet y Escalante 2017 | Comunitaria, corporal | ||||
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Agua y saneamiento | ![]() |
Seguridad alimentaria | ![]() |
Defensa del territorio | ![]() |
Salud | ![]() |
Precarización laboral | |||||
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Conservación y manejo de recursos naturales | ![]() |
Movilidad y seguridad | ![]() |
División sexual del trabajo | ![]() |
Percepción ambiental | |||||||
Fuente: Elaboración propia.
Tras la revisión, destacamos dos elementos relevantes. Primero, durante la década de 1990 se usaron predominantemente mapeos de espacios de género y mapeos de recursos en estudios de caso desde la geografía de género. Segundo, a partir de 2010 hubo una clara tendencia hacia los mapeos de cuerpo-territorio y movilidad, en la que la mayoría de los estudios de caso incorporaron aportes teóricos de la GF.
Por lo anterior, abordamos de manera diferenciada las cartografías de género y las cartografías feministas, pues la diferencia entre estos dos conceptos se relaciona con las preguntas nodales a partir de las cuales se desarrollaron una y otra metodologías.
Cartografías de género
La cartografía participativa con enfoque de género (CG) se constituyó como una herramienta fundamental en investigaciones enfocadas al análisis de los espacios de género. El género, como relación de poder, produce desigualdades que se reflejan en múltiples expresiones espaciales situadas, derivadas de prácticas de exclusión y dominación (Baylina 1997; Sabaté, Rodríguez y Díaz 1992), y como consecuencia existe una diferenciación por género en los impactos y las experiencias espaciales. Busca reflejar los diferentes sistemas de valoraciones y percepciones que se construyen en torno al espacio, lo que se reconoció como gendered spatial knowledge (Ardener 1993, Ortiz y Gutiérrez 2015, Rocheleau y Ross 1995).
La CG resultó esencial para abordar temas como la invisibilización laboral de las mujeres en sistemas agroalimentarios familiares (Ardener 1993, Grady y Abu Daqqa 1991), su papel en la diversificación económica en zonas rurales, la propiedad y el acceso a los recursos (Brown 2003, Ortiz y Gutiérrez 2015); también destacó la contribución del conocimiento de las mujeres en la conservación de recursos naturales y biodiversidad (Rocheleau 1995).
Uno de los principales aportes de la CG fue que cambió la escala de análisis al enfocarse en lo inmediato y lo cotidiano. El estudio de prácticas espacio-temporales en el ámbito doméstico visibilizó cómo operaban las relaciones de género en la especificidad de cada lugar (Baylina 1997, Sabaté et al. 1992).
En síntesis, las CG contribuyeron de manera significativa al abordaje de 1) la relación entre género y conceptos como lugar, espacio y naturaleza; 2) las diferencias territoriales en roles y relaciones de género respecto de la propiedad de los recursos; 3) el uso y experiencia diferenciada del espacio entre hombres y mujeres a distintas escalas (Sabaté et al. 1992). En términos generales, el énfasis en el género permitió identificar su operación como relación de poder en espacios inmediatos y permitió hacer aportaciones críticas al debate sobre la división sexual del trabajo productivo y reproductivo, y su intersección con lo público y lo privado.4
Más allá de los espacios generizados. hacia una reinterpretación de ser en el territorio en américa latina
La geografía de género tuvo un auge notable en países como Inglaterra, España y Estados Unidos entre las décadas de 1980 y 1990. Estos países encabezaron las investigaciones sobre las divisiones espaciales de género en esferas públicas y privadas y ejercieron una gran influencia en las investigaciones emergentes en Latinoamérica.
Activistas y académicas del sur global, influidas por los feminismos negros y latinoamericanos, reconocieron la necesidad de abordar la intersección del género con categorías como clase, raza, nacionalidad y sexualidad (Nelson 2016), al tiempo que señalaban las bases eurocéntricas de la producción de conocimiento en disciplinas como la geografía. Destacaron también la poca atención que se daba a las formas en que estas intersecciones influían en la relación de las mujeres con el espacio y en la configuración de sus visiones del mundo. Nelson indica que, si bien se criticaba la visión androcéntrica de la geografía que generalizaba la experiencia masculina en el espacio, en la incipiente geografía de género ocurría algo similar.
En las últimas décadas, geógrafas y pensadoras decoloniales han enriquecido el debate al visibilizar las desigualdades en la producción de conocimiento geográfico (Zaragocin 2020) y al subrayar la importancia del análisis de las condiciones de producción del conocimiento para desmantelar perspectivas hegemónicas y avanzar hacia una apuesta decolonial (Curiel 2014).
Estos planteamientos y preocupaciones han dado pie a la reinterpretación de una GF enfocada en la interseccionalidad espacial, es decir, en la manera en que las identidades se encuentran co implicadas y coconstituidas en el espacio (Colectivo de Geografía Crítica del Ecuador 2018). Desde esta perspectiva, las experiencias, significados, afectaciones e interpretaciones que damos al entorno difieren y están condicionadas por el género, pero también por la clase, la raza, la edad, etcétera. Este enfoque extendió la discusión sobre cómo las relaciones de género se manifiestan en el territorio e intersecan con otras relaciones de poder que determinan formas de exclusión, dominación y reproducción de desigualdades.
En América Latina, el abordaje conceptual de categorías como espacio, lugar, escala, cuerpo, territorio, género, sexualidad y feminismos se ha dado en dos niveles de análisis (Zaragocin et al. 2018). El primero se sitúa en la producción intelectual realizada desde la geografía feminista en Brasil, Argentina y México, influidas mayormente por las geografías anglosajonas. El segundo tiene que ver con los debates feministas sobre el territorio, principalmente en países como Colombia, Chile, Perú, Ecuador, Guatemala y Bolivia.
Este segundo nivel se encuentra vinculado con las críticas que ha elaborado la geografía feminista decolonial junto con la ecología política feminista sobre las reconfiguraciones territoriales y las transformaciones de las relaciones de género derivadas de la puesta en marcha de proyectos extractivistas en países del sur de la región (Colectivo Miradas Críticas del Territorio desde el Feminismo 2017; Jenkins 2015; Ulloa 2016, cit. en Zaragocin et al. 2018). Dentro de este marco, surgen dos perspectivas clave que involucran la convergencia de los feminismos decoloniales, comunitarios e indígenas, donde el cambio de escala de análisis se vuelve aún más relevante.
La primera aborda la teoría encarnada en la defensa de los territorios que posiciona el cuerpo como la primera escala geográfica y el primer espacio de resistencia. El análisis, reflexión y práctica de las cartografías desde esta perspectiva se han abordado a partir de conceptualizaciones dialógicas como el cuerpo-tierra (Cabnal 2010), el cuerpo-territorio (Colectivo de Geografía Crítica del Ecuador 2018, Colectivo Geobrujas 2018, Colectivo Miradas Críticas del Territorio desde el Feminismo 2017) y el territorio-cuerpo-tierra (Sweet y Ortiz 2017). La segunda perspectiva explora propuestas teóricas y epistémicas que abordan la conexión entre violencia de género, extractivismo y territorio (Colectivo de Geografía Crítica del Ecuador 2018, Posada et al. 2015).
Estos enfoques visibilizan cómo los cuerpos -especialmente los de mujeres racializadas- han sido históricamente controlados y explotados en procesos de colonialidad, y reivindican el cuerpo-territorio como un lugar donde se configuran prácticas de resistencia, afecto y cuidado.
Las discusiones respecto de las configuraciones territoriales y el abordaje del espacio son diversas, resultado del diálogo entre distintas corrientes de los feminismos del sur global. Los feminismos decoloniales enriquecieron estas discusiones al cuestionar, visibilizar y denunciar las múltiples opresiones existentes en la región, vinculadas a los procesos de colonialidad del poder, del saber y del ser (Posada et al. 2015, Quijano 2019, Segato 2016). Esto es crucial en América Latina, donde la geografía solía limitarse a la “simple confección de mapas”, enfocada en la planificación y el control territoriales, y se ligaba estrechamente a la esfera militar con un enfoque reduccionista de gestión territorial (Colectivo de Geografía Crítica del Ecuador 2018). Si bien la mirada interseccional desempeñó un papel fundamental para una concepción crítica del territorio a partir de la relación género-raza-espacio, lo fue también para una cartografía feminista crítica y situada de la región.
Cartografías feministas (CF)
Las definiciones de las cartografías feministas han sido diversas y multidimensionales. Algunas afirman que son una práctica política y personal basada en los cuerpos y la praxis situada que se orienta a mapear lo no escrito y desafía los sistemas de poder en los datos espaciales, el diseño de mapas y los flujos de trabajo (Fearless Collective 2016, Kelly y Bosse 2022). Otras destacan la creación de narrativas espaciales desde historias geográficas personales y colectivas, y rescatan emociones y procesos más allá de los datos (Bosse et al. 2021).
Otras más coinciden en que las CF buscan visibilizar demandas y miradas situadas de mujeres con dos intenciones principales: 1) develar los intereses que desde la mirada cartográfica se utilizan comúnmente para naturalizar formas de opresión y desigualdad, y 2) resignificar el espacio que se vive, se crea y se reproduce para defenderlo bajo marcos justos y equitativos (Font-Casaseca 2020). En términos prácticos, esto responde a uno de los compromisos más importantes impulsado desde la GF: otorgar posibilidades a la lucha política para superar las espacialidades injustas y proponer nuevas espacialidades que permitan la visibilidad de la diferencia (Lan 2016: 55).
De manera general, las CF han jugado un papel fundamental en tres grandes esferas:
El abordaje del cuerpo-tierra-territorio como base de las cartografías feministas. Esta práctica ha permitido “identificar y nombrar los elementos que generan dolor, desigualdades y violencias para las mujeres, además de las resistencias cotidianas” (Agua y Vida: Mujeres, Derechos y Ambiente AC 2018: 10).
El trabajo colaborativo por parte de geógrafas feministas mediante la utilización de sistemas de información geográfica (SIG) para visibilizar desigualdades y violencia de género. Ejemplos notables son los mapeos sobre la criminalización del aborto en Ecuador (Zaragocin et al. 2018) o el Atlas de igualdad y derechos humanos. Cartografía de la desigualdad en México (CNDH 2019). También, las investigaciones e iniciativas sobre planificación urbana en términos de movilidad y seguridad que incorporan la forma en que los sentires y experiencias de mujeres y disidencias sexo genéricas influyen en la apropiación y configuración del espacio público (A Panadaría 2019, Blom et al. 2010, Boschmann y Cubbon 2014, Collectiu Punt 6 2019, Geochicas 2018, Gieseking 2013, Toro y Ochoa 2017).
Las prácticas cartográficas desde el enfoque de la visualización feminista (D’Ignazio y Klein 2016, Kwan 2002, Pavlovskaya y St Martin 2007). Estas aproximaciones se centran en cómo los sistemas de información geográfica -herramientas esenciales de producción y comunicación del conocimiento geográfico- pueden enriquecer las investigaciones dentro de las geografías feministas.5
Así, las CF no implican solamente hablar de mujeres o incorporarlas al análisis, sino también destacar las dimensiones epistémicas de las prácticas cartográficas (D’Ignazio y Klein 2016), lo que deriva una reflexión orientada hacia los procesos de diseño de información, producción y visualización de datos. Esto ha cobrado relevancia para las GF cuando cuestionan los marcos dominantes de producción y comunicación del conocimiento, y argumentan sobre la potencialidad de las CF para reflejar perspectivas usualmente invisibilizadas.
Contribuciones clave desde las epistemologías feministas
Desde las epistemologías feministas se han planteado reflexiones para comprender el desarrollo de la ciencia como práctica social (Gandarias 2014). Aquí retomamos algunas de estas reflexiones sobre la importancia de las decisiones metodológicas implícitas en las prácticas cartográficas en razón de su poder en las políticas de producción de conocimiento (Haraway 1991, Harding 1987, Schongut 2015), que son también prácticas de significación.
Primero, se aborda la reflexividad, la posicionalidad y el conocimiento situado como elementos clave para comprender la manera en que estas prácticas se encuentran situadas en determinados contextos de producción (Fernández 2019, Font-Casaseca 2020, Kitchin y Dodge 2007, Schongut 2015). La segunda reflexión está relacionada con una mirada crítica hacia los espacios participativos y el riesgo de abordarlos como espacios neutros. Finalmente, para comenzar a habitar las cartografías, subrayamos la importancia de las dimensiones afectivas y emocionales en las prácticas cartográficas: son prácticas encarnadas.
Reflexividad, posicionalidad y conocimiento situado
Desde las epistemologías feministas se han planteado elementos clave -como la reflexividad, la posicionalidad y el conocimiento situado- para la problematización de la triada “poder-conocimiento-contexto” (Bach 2010, Font-Casaseca 2020, Sultana 2007). Esto ha sido relevante para visibilizar las relaciones de poder presentes en los procesos de investigación y cuestionar de manera reflexiva los marcos interpretativos que han moldeado las formas de construir conocimientos (qué métodos, conceptos y teorías utilizamos para comprender el mundo), las estructuras que definen las autoridades epistémicas (quién puede conocer y construir conocimiento) y el poder inherente en las prácticas de investigar, preguntar y justificar (Schongut 2015).
La reflexividad ha sido clave para examinar la dimensión política de la investigación y el carácter situado del conocimiento (Haraway 1991). Una mirada reflexiva requiere tener presentes las distintas posicionalidades entre quienes realizan investigaciones y su relación con los fenómenos que ocupan su atención, así como la responsabilidad y el compromiso en la recopilación e interpretación de datos (Lewis 2002, Schongut 2015). Esta perspectiva postula que el conocimiento puede ser “objetivo” en tanto tome en cuenta su propia subjetividad, lo cual implica situar a quien nombra. En otras palabras, se trata de reconocer y localizar su posicionalidad, entendida como los distintos lugares subjetivos, sociales, culturales, etcétera, desde donde se actúa (o se enuncia) y que, a su vez, puede variar en diferentes momentos (Schongut 2015). Por lo tanto, el conocimiento es situado en cuanto que la persona que conoce se encuentra en un entramado de múltiples identidades, relaciones y experiencias.
El conocimiento situado (Haraway 1991, Harding,1986) -como aporte central de la epistemología feminista- cuestiona la “objetividad” del conocimiento al reconocer su parcialidad. En ese sentido, busca reflejar las perspectivas particulares de quienes generan conocimiento y enfatiza las maneras en que el género y su interacción con la clase, la etnia, la edad, la identidad sexual y otras variables sitúan a las personas en el acto de conocer. Esto permite comprender la cuestión epistémica como un entramado de múltiples perspectivas parciales. Por lo tanto, la parcialidad del conocimiento sería la condición de la objetividad; la “objetividad”, desde una perspectiva feminista, sería el conocimiento situado (Haraway 1991: 327).
Pensar la reflexividad y la posicionalidad en las prácticas cartográficas implica posicionar a quien participa en los ejercicios cartográficos en relación con los discursos que sostienen las prácticas y hacerles conscientes de las potencialidades y limitaciones de las herramientas que utilizan, en este caso, los mapas. Así, reconocemos que la acción de mapear en este contexto trae consigo el poder de nombrar, definir, localizar, resaltar, registrar, representar, valorar, comunicar y priorizar para producir significados (McCall et al. 2015, Rochelau 2005). Las herramientas que usamos y las preguntas que nos hacemos durante las prácticas cartográficas son decisiones políticas.
La reflexividad en los enfoques interpretativos es clave para las CF debido a su vínculo con la acción política. Hay una dimensión crítica en el manejo de datos y la comunicación de resultados que se adecuan a los contextos, experiencias y necesidades de las personas involucradas (Baylina 1997). Se busca que estas prácticas de autorreflexión sean constantes en todo el proceso y destaquen el contexto y el poder como factores centrales en la generación de perspectivas alternativas de conocimiento (Colombara 2017).
La reflexividad revela la parcialidad del conocimiento al reconocer las distintas posicionalidades que dialogan en los procesos de su producción. Esto es crucial para entender el carácter situado de las prácticas y para identificar el lugar desde el cual se plantean preguntas y estrategias metodológicas sobre lo que se quiere conocer, así como los contextos donde se produce conocimiento.
Repensando la participación dentro de las prácticas cartográficas
El abordaje de una perspectiva crítica sobre la participación en las políticas de producción de conocimiento ha originado puentes de reflexión importantes entre las epistemologías feministas con la ecología política y los estudios sociales de la ciencia. De manera convergente, ha contribuido al debate sobre los retos ético-políticos de la participación, las relaciones de poder, la prevalencia de autoridades epistémicas y la necesidad de un enfoque interseccional en los espacios participativos (Cooke y Kothari 2001, Demeritt 2015, Hickey y Mohan 2004, Morales 2019, Sultana 2007).
En el discurso, la participación se ha posicionado como elemento clave a la hora de descentralizar la producción de conocimiento en el quehacer científico. El argumento nodal es que los procesos participativos conducen a formas más efectivas y democráticas de conocer que los métodos llevados a cabo de manera tradicional (Demeritt 2015). Por lo que respecta a las prácticas que se realizan en la CartoP, esto ha permitido identificar y priorizar cuestiones de importancia local en determinados contextos espaciales (McCall et al. 2015, Rocheleau 2005), para producir conocimiento espacial local (CEL). Sin embargo, la ausencia de un análisis crítico sobre las limitaciones y potencialidades de estos procesos podría tener efectos contraproducentes: las prácticas inherentes a las metodologías participativas pueden reproducir desigualdades y jerarquías existentes (Hickey y Mohan 2004). De nuevo, es necesario reconocer los contextos donde se insertan las prácticas y las relaciones entre participantes en los procesos (Morales 2019: 43).
En ese sentido, el género, la edad, la clase, la religión condicionan la disposición y la capacidad de participación, y aún más, qué conocimiento puede tener más autoridad que otro. Para ir cerrando estas brechas en los espacios participativos, autoras/es como Demeritt (2015), McCall (2021) y Sultana (2007) coinciden en que, más allá del reconocimiento de los individuos, toca hablar sobre el reconocimiento de las distintas identidades y posiciones de quienes se involucran en los procesos participativos de las investigaciones. Es en estos espacios donde, al tiempo que se crean representaciones, las identidades y las subjetividades se están reproduciendo, negociando, aceptando, resistiendo, modificando y fragmentando continuamente. Por tanto, es relevante identificar las capacidades y recursos de las personas o grupos sociales involucrados, así como aquellos contextos que pueden promover o inhibir la participación (Cooke y Kothari 2001).
Ampliar la participación en las prácticas cartográficas requiere trascender la visión de los espacios participativos como simples recopilaciones de aportes individuales (Demeritt 2015: 231). La clave está en transformarlos en encuentros formativos y deliberativos que generen procesos de conocimiento emancipatorios y transformativos.
Habitando nuestras cartografías: lo cotidiano, lo emocional y lo encarnado
La cotidianidad ha sido objeto central de representación en las cartografías feministas para explicar las relaciones diferenciadas con el espacio. En los últimos años, desde campos emergentes como la ecología política feminista (EPF), se ha puesto el énfasis en el hecho de que a través de lo cotidiano se tejen relaciones encarnadas con el ambiente, donde lo afectivo y lo emocional juegan un papel relevante en las nociones de exclusión y pertenencia, y en la atribución de significados y sentido a los lugares.
Estas reflexiones destacan la importancia del análisis multi-escalar en los procesos de producción de conocimiento. Desde la EPF se ha desafiado el privilegio de ciertas escalas para el análisis de afectaciones ambientales, y se han rescatado escalas de análisis e interacción más íntimas, como el cuerpo, el hogar o la comunidad, y su vinculación con escalas más amplias, como la regional, la nacional o la global (Elmhirst 2017). Los feminismos decoloniales amplían esta perspectiva al señalar que las cartografías pueden reproducir lógicas coloniales o transformarse en medios para reconocer saberes situados, que consideran el cuerpo como espacio de resistencia y producción de conocimiento. De este modo, se legitima lo cotidiano como la escala de acción y de conocimiento más inmediata y, por lo tanto, la más significativa.
Hay dos aspectos esenciales en las prácticas cartográficas situadas y encarnadas: primero, la escala como lugar político y de enunciación, más allá de considerarla un nivel de análisis o una relación entre representación y realidad en los mapas; segundo, las prácticas cartográficas son prácticas encarnadas en virtud de que incorporamos dimensiones afectivas y emocionales en el acto de conocer; es decir, las prácticas cartográficas son también prácticas corporales (Casino y Hanna 2005, Kitchin y Dodge 2007).
En términos de visualización e interpretación de datos, Kwan (2002) destaca que las dimensiones afectivas han sido poco exploradas u omitidas en la evaluación de las representaciones cartográficas; por ello, propone considerar las respuestas emocionales y afectivas como indicadores relevantes en la interpretación y análisis de las visualizaciones cartográficas.
Más allá del “dónde”, hacia la construcción de prácticas cartográficas situadas
Desde los enfoques iniciales de las CG, centrados en la división espacial de roles y recursos, hasta las perspectivas críticas contemporáneas de las CF que integran las discusiones sobre cuerpo-territorio, se ha demostrado su potencial para cuestionar y resignificar las relaciones entre género, espacio y poder. El análisis del Cuadro 1 no solo evidencia avances teóricos y metodológicos, sino que también abre la posibilidad de formular nuevas interrogantes que amplíen el debate en torno a las cartografías feministas sobre los cómos.
En ese sentido, a fin de tejer nuevas posibilidades cartográficas, entrelazamos otras interrogantes para estimular la reflexión sobre nuestros procesos de conocer y saber. Consideramos que existen otras preguntas más allá del dónde cómo interrogante central y, en consonancia con las cartografías feministas, sugerimos voltear la mirada hacia el quién y el porqué de las situaciones a niveles multi-escalares (Alvarez 2023, Bosse et al. 2021).
La aproximación aquí descrita hacia las prácticas cartográficas se suma a la perspectiva procesual planteada por Kitchin y Dodge (2007: 335): “los mapas son prácticas: siempre son mapeos”. Entendemos los ejercicios cartográficos como una cuestión de prácticas (Font-Casaseca 2020, Rocheleau 2005), y no tanto de representación, donde interviene una variedad de métodos y herramientas utilizados para la creación cartográfica, pero que no se reducen a la creación del mapa como fin último. Este conjunto de prácticas (corporales, políticas, sociales y técnicas) no están aisladas, sino que son situadas, contextuales (insertas dentro de marcos individuales, colectivos e institucionales), cambiantes y continuas (Casino y Hanna 2005, Kitchin y Dodge 2007).
A partir de las dimensiones abordadas a lo largo del texto (reflexividad, posicionalidad y conocimiento situado; elementos críticos de la participación; y la importancia de rescatar lo cotidiano, encarnado y afectivo como formas válidas de conocer), proponemos una grilla analítica para propiciar la reflexión situada en torno a las prácticas cartográficas. Situar estas prácticas implica preguntarnos el porqué del dónde, el cómo del dónde y el quién del dónde, y prestar atención a los momentos alrededor de la producción cartográfica y a las condiciones que permiten realizarlas (Lois 2015, Rocheleau 2005).
Las preguntas planteadas no son las únicas pertinentes ni se proponen como una lista de verificación. La grilla expuesta en el Cuadro 2 es una provocación abierta a pensar, adaptar, retroalimentar y mejorar las reflexiones de acuerdo con las prácticas situadas. Algunas preguntas cobrarán mayor pertinencia que otras de acuerdo con los contextos específicos.
Cuadro 2 Grilla para enriquecer las prácticas cartográficas
Fuente: Elaboración propia.
Consideraciones finales
El presente artículo invita a pensar las prácticas cartográficas feministas más allá del mapa. Para ello, iniciamos el recorrido con una genealogía de las cartografías feministas que parte de la identificación de los principales diálogos entre los feminismos y la geografía desde la década de 1990 hasta la actualidad. Luego, invitamos a dialogar otras reflexiones emanadas de las epistemologías feministas que consideramos relevantes para enriquecer el quehacer cartográfico desde los distintos lugares en que nos encontramos.
Posteriormente, ahondamos en tres dimensiones para invitarnos a pensar los ejercicios cartográficos más allá del mapa: 1) la reflexividad, la posicionalidad y el conocimiento situado; 2) los elementos críticos de la participación; y 3) la importancia de rescatar lo cotidiano, lo encarnado y lo afectivo como formas válidas de conocer, articuladas a los procesos de producción cartográfica. Finalmente, propusimos una serie de preguntas a través de una grilla reflexiva para habitar las cartografías y ponerlas en práctica desde una perspectiva feminista.
Este texto postula que el desarrollo de las cartografías feministas ha sido geográfico, histórico y político; por ello las propuestas existentes hasta la fecha son diversas y multidimensionales. Su abordaje se ha caracterizado por los marcos de referencia y conceptualización a partir de los cuales se han construido aproximaciones a las relaciones espaciales y a los desafíos prácticos abordados en contextos específicos; es decir, su definición ha estado dada por su operatividad.
Este es uno de los elementos más valiosos de las prácticas cartográficas feministas: no buscan ser unívocas, pero sí coinciden con horizontes políticos definidos. Entre ellos, identificamos el interés por visibilizar las relaciones de poder-conocimiento que atraviesan los procesos de producción cartográfica; la determinación para aplicar el poder y la imaginería de los mapas para arrojar luz sobre desigualdades de género concretas en el espacio real y, además, la utilización de la representación cartográfica para impugnar dimensiones espaciales patriarcales omnipresentes.
A partir de nuestras experiencias, consideramos que cobra sentido entramar en la conversación cartográfica reflexiones feministas que enriquezcan los procesos de producción de nuevos lenguajes cartográficos situados y encarnados. Así, a través de la grilla reflexiva, proponemos un conjunto de preguntas para habitar las prácticas cartográficas que reconozcan nuestra escala de enunciación. Consideramos que los elementos propuestos ofrecen pistas para construir prácticas cartográficas más recíprocas y dialogantes.










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