Debate Feminista es una de las revistas más importante sobre feminismos y estudios de género en México. Su relevancia no solo se relaciona con su incorporación, hace diez años, al padrón de revistas académicas de la UNAM. Para mí, su relevancia se encuentra en el efecto que ha tenido durante 35 años para la vida académica, activista y política de este país, sobre todo desde su existencia como revista independiente.
Esta revista se convirtió en un referente crucial para quienes decidimos formarnos de manera académica en los estudios de género. El prestigio de Debate no se debe a los parámetros de medición del “éxito” de las revistas de hoy en día, tales como conteo de citas, número de descargas de textos, etcétera. El renombre de esta revista está en sus críticas y atinadas plumas, en estar a la vanguardia en debates políticos y académicos sobre feminismos y estudios de género, pero sobre todo en el intenso trabajo de cuidado editorial de las encargadas de realizar este trabajo desde el CIEG.
En este breve texto, que se enmarca en la celebración de nuestra revista, hablo desde mi experiencia situada. Resalto la relevancia que tuvo y sigue teniendo Debate para mi trayectoria académica en lo referente a los estudios de género y sexualidad. Me refiero en general al dosier Raras rarezas, publicado en 1997, dedicado a la teoría queer.1 Utilizo como referencia principal el editorial de ese volumen.
La emergencia de los estudios de la diversidad sexual y su relación con los feminismos
En tanto persona racializada que forma parte de la diversidad sexual y que realizó sus estudios de posgrado a finales de la primera década de este siglo, era imperativo encontrar referentes académicos en torno a la diversidad sexual. Aunque cada vez veíamos más avances en el movimiento LGBTIQ+ en el país (como la creación de la Clínica Condesa en 2006, un espacio gratuito de atención a la salud sexual, o la aprobación de matrimonios y adopción por personas del mismo sexo en la capital del país en 2009), aún era común enfrentar actos de estigmatización y discriminación para las personas no heterosexuales en todos los espacios sociales.
Las universidades públicas no eran necesariamente espacios libres de procesos de estigma y discriminación. Ingresé a la UAM-Xochimilco en 2004 a estudiar la licenciatura y ahí conocí y me integré como militante del colectivo de diversidad sexual MDS (Movimiento por la Diversidad Sexual). Ese espacio se convirtió en un refugio ante diversas manifestaciones de discriminación que recibía desde varios frentes. Como estudiante, creció mi interés por los estudios académicos LGBTIQ+. El problema es que no había muchos referentes académicos (el hoy clásico Sexo entre varones de Guillermo Núñez Noriega [2004] tenía una década de existencia). Tampoco abundaban líneas de investigación consolidadas que se enfocaran en la diversidad sexual (más allá del icónico posgrado en Estudios de la Mujer de la UAM, que tocaba el tema de manera escueta).
Cuando egresé de la licenciatura, decidí continuar mi formación académica con un posgrado. El problema era encontrar espacios académicos donde tuvieran cabida los estudios de la diversidad sexual. En el entonces Programa Universitario de Estudios de Género (PUEG) de la UNAM había varias publicaciones al respecto, por lo que me acerqué a dicho espacio para indagar sobre estos temas.
En mi proceso de titulación en la UAM, un profesor me preguntó si había escuchado sobre la teoría queer, le dije que no y me recomendó el dosier de Debate Feminista de 1997 titulado Raras rarezas. Acercarme a ese volumen representó un punto de quiebre en mi formación profesional.
Hay que recordar que, aunque incipientes, ya había algunos estudios desde la antropología mexicana sobre la sexualidad. En el ámbito del activismo, los primeros colectivos se manifestaron en marchas pacíficas que apoyaban a otras movilizaciones en 1978 (el décimo aniversario de la matanza de Tlatelolco o el vigésimo quinto de la Revolución Cubana), para posteriormente salir a las calles el último sábado de junio de 1979 y llevar a cabo la marcha del orgullo homosexual ante la incesante discriminación y las prácticas punitivas en contra de identidades y posicionamientos políticos no heterosexuales. Asimismo, a inicios de la década de 1980, el surgimiento global del VIH representó un reto para estos activismos, dada la asociación imaginaria -fomentada por grupos conservadores- que se estableció entre la epidemia y las personas no heterosexuales, sobre todo los varones gays.
También es importante notar que en el norte global (y de manera enfática en Estados Unidos), a finales de la década de 1980 surge el activismo queer -que hace uso de la connotación peyorativa del término para resignificarlo y apostar por estrategias políticas que denuncien los procesos de normalización de las identidades, propios del neoliberalismo-, el cual cuestiona la cooptación de algunos sectores gays donde la petición más importante fue la de garantizar el matrimonio entre personas del mismo sexo, sin realizar una crítica sobre dicha institución que replica parámetros de apropiación de los cuerpos.
De acuerdo con la crítica activista queer estadounidense, era necesario un nuevo activismo que cobrara un carácter de crítica radical en torno a estos procesos asimilacionistas. Desde esta perspectiva, el término queer podría aglutinar prácticas políticas que denunciaran procesos de patologización y estigma de las disidencias sexuales; prácticas donde se pone el propio cuerpo como canal de denuncia que intenta romper con los binarismos que rigen la lógica del sexo/género/deseo. Así, los cuerpos “raros” o que estaban en contra de las imposiciones normativas binarias se unirían en multitudes para desafiar los procesos de normalización sobre los cuerpos, las identidades y los deseos eróticos disidentes.
Así, se buscó una alianza entre el movimiento de personas negras, de personas LGBTIQ+, de personas migrantes, racializadas, de personas patologizadas por sus identidades o prácticas, de activistas que lucharon por hablar de información científica para tener acceso a fármacos que pudieran aportar una mejor calidad de vida para vivir con VIH de manera digna.
En el ámbito universitario, como sabemos quienes estamos interesadxs en los estudios de la sexualidad, fue en 1990 cuando Teresa de Lauretis indicó en una conferencia en California que era necesario crear espacios de crítica en la academia que contaran historias sobre las sexualidades no normativas, una especie de queer theory dedicada a teorizar sobre vidas y sexualidades no normativas. Dicha declaración se decantó en la asunción de estudios académicos que retomaron dicha invitación y empezaron a realizar investigaciones con este mote, donde lo queer significó también la posibilidad de revisitar prácticas investigativas y docentes para torcer las maneras cotidianas de entender el género, la sexualidad y la vida misma.
En América Latina, los debates relacionados con la emergencia de lo queer llegaron por la vía de la academia, donde los estudios de género tuvieron un papel muy importante, pues fungieron como un punto de difusión de los argumentos centrales de esta corriente teórico-política. En México, no fue sino hasta la segunda mitad de la década de 1990 cuando se empezó a hablar en espacios académicos sobre este aporte, a partir de las traducciones al castellano de textos de figuras como Judith Butler, Teresa de Lauretis, Michael Warner, David Halperin o Jeffrey Weeks. Es innegable la dimensión de clase social que acompañó la difusión de lo queer en el sur global. No solo se trataba de leer textos académicos, sino que, además, unx tendría que ser versadx en filosofía posestructuralista, haber leído al menos a Michel Foucault, a Jacques Derrida e incluso a Julia Kristeva.
De manera peculiar, la propuesta teórico-política para pensar lo queer atrajo a muchas personas adeptas que se identificaron con la crítica a la heternorma por su respaldo y promoción de parámetros binarios de comprensión de los cuerpos humanos a partir de registros de sexo/género/deseo. Así, se volvió chic decir que unx es queer, que es genial estar en contra de los binarismos y que las sexualidades no normativas deberían romper con esquemas rígidos de comprensión de los cuerpos y el deseo erótico.
Posteriormente, surgió cierto activismo queer vinculado a la academia y a las humanidades donde proliferaron personas que desde el performance y otras prácticas artísticas contemporáneas propusieron miradas críticas sobre las sexualidades y enarbolaron lo raro, lo distinto, lo torcido. Son sabidas ya las críticas de muchxs colegas, afiliadxs en su mayoría a teorías decoloniales, que han alertado sobre posibles procesos de colonización de la agenda académica y feminista para la comprensión de las sexualidades desde un enfoque queer, así como la denuncia de posibles actos de extractivismo epistémico al incorporar de manera acrítica los postulados de lo queer sin tomar en cuenta las genealogías propias de los estudios y praxis políticas de las sexualidades. Aunque considero sugerentes estas críticas, para mí es innegable el aporte de la teoría queer y su potencia para representar una mirada epistemológica, política y conceptual en la critica a la cis-heteronorma y en la posibilidad de pensar prácticas políticas desde el propio cuerpo en contra de los binarismos.
Debate Feminista se convirtió en pionera al ser una de las primeras publicaciones académicas que dio un espacio a este nuevo enfoque académico para re-pensar el género y la sexualidad. En Raras rarezas no solo tuve acceso a un volumen muy potente donde grandes personajes de la política mexicana opinaban sobre el surgimiento de lo queer en los nacientes estudios de la diversidad sexual, sino que también tuve la oportunidad de leer traducciones de autorías que aportaron insumos conceptuales considerados como “fundadores” de dicha corriente de estudios. En mi formación en maestría, doctorado y posdoctorado, e incluso en mi trayectoria docente, Raras rarezas es un insumo teórico indispensable para hablar de teoría queer. Las sofisticadas plumas que escriben al interior de dicho volumen otorgan múltiples maneras políticas, académicas y líricas para pensar cómo podemos posicionarnos desde posturas críticas acerca de los mandatos de género hegemónicos y la sexualidad no normativa.
Lo Queer en debate feminista
El comentario editorial de Razas rarezas es un texto breve (firmado con las siglas HM), pero muy potente y esclarecedor del debate teórico alrededor de lo queer para la comprensión de la sexualidad y su vínculo con los feminismos. Asimismo, se convierte en una introducción muy detallada para entender los principales preceptos de este enfoque teórico y político. El arribo de la teoría queer a México trajo varios retos que no fue difícil asimilar. El editorial profundiza en ello, pues, de entrada, queer no es un término de fácil traducción; es asequible en otras culturas, pero no lo es para el caso mexicano. Se pierde cierta eficacia performativa si enunciamos “queer” al aire en México, al contrario de lo que sucedería en Estados Unidos u otros países anglófonos.
En el editorial de Raras rarezas se destaca que lo queer proviene de una resistencia a parámetros normalizadores y se convierte, así, en una invitación a retomar dicha iniciativa y pensar desde una “voluntad inclusiva” para dar cabida y sentido a lo torcido, raro, extraño, distinto, anómalo, excluido, etcétera, y generar respuestas y alternativas de existencia a las culturales sexuales y de género dominantes.
De acuerdo con ello, estaríamos con la llegada de lo queer ante dos vertientes de los estudios académicos de la sexualidad: una que se enfoca en lo sexual a partir de “una idea de norma, normalidad y normatividad” (1997: XI), y otra que buscaría crear explicaciones distintas para las sexualidades.
Aunque sugerente este enfoque, no se deja de lado el ímpetu crítico feminista que caracteriza a la revista y alerta de los posibles retos que traería la teoría queer; por ejemplo, enfocarse en lo diferente acarrea el peligro de que las diferenciaciones “se conviertan en prácticas segregativas”. Además de que “la autoidentificación de un discurso académico como el producto de un pensamiento alternativo corre el riesgo de convertirse en un discurso automaginado” (1997: XII).
Este texto me sirvió como fuente de inspiración cuando fui unx joven estudiante para pensar de manera rigurosa, crítica y política sobre sexualidades no normativas. El impacto de Raras rarezas radica en que se convirtió en uno de los primeros textos sobre la teoría queer en América Latina; no solo tradujo autorías cruciales del mundo angloparlante, sino que hay un esfuerzo local y regional por pensar en nuestras realidades desde miradas torcidas, raras y curiosas. Podemos estar a favor o en contra del enfoque queer para entender las sexualidades disidentes, pero creo que hay consenso en que Raras rarezas y el comentario editorial son imprescindibles para entender esta apuesta teórica y es obligatorio leerlos para estar al tanto del debate.
Finalmente, no puedo dejar de expresar mi felicidad porque nuestro “ladrillo”, como le decimos de cariño a la revista, es decir nuestro Debate cumpla años y se mantenga como un referente en toda América Latina para pensar en devenires conceptuales en torno al género, la sexualidad y los feminismos. Trabajar, leer o publicar en Debate es un privilegio que forma parte del esfuerzo colectivo de comprometidas colegas feministas. Larga vida a Debate y que siga siendo la punta de lanza para los Estudios de Género dentro y fuera de México desde ópticas revolucionarias, críticas, rigurosas y feministas.










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