INTRODUCCIÓN
En el mes de abril de 2022, sucedió, en mi comunidad universitaria, el posgrado de sociología de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), algo que unos pocos meses antes hubiera jurado que nunca ocurriría. Profesores, profesoras y estudiantes del posgrado se reunieron a lo largo de tres días para discutir y reflexionar juntxs en torno a una multiplicidad de violencias patriarcales que atraviesan nuestra vida universitaria. Fueron tres días absolutamente inusuales, inundados por muchas emociones encontradas, tensiones, palabras entrecortadas, llantos, risas, esperanzas y temores. Tres días a lo largo de los cuales la comunidad se dio la oportunidad de hablar, de manera honesta y horizontal, de lo que por lo general se calla o se evade; de lo que nos lastima e indigna; de lo que nos duele y enferma; de lo que ya no queremos vivir ni tolerar.
Titulamos ese ejercicio reflexivo “Hacia un posgrado libre de violencia patriarcal”. Fue un ejercicio de diálogo plural y diverso, inédito en un espacio académico como el nuestro, a lo largo del cual logramos decir NO a muchas prácticas que ya no queremos tolerar, y SÍ a muchas otras que intuimos van a contribuir a sanar nuestra vida académica y a limitar la violencia patriarcal en nuestro espacio de estudio y trabajo.
¿Cómo llegamos a ello? ¿Cómo pudimos habilitar un espacio a partir del cual encarar con claridad un conjunto de violencias que por lo general ni siquiera tenemos la capacidad de nombrar?
Fueron muchos los factores que permitieron que se abriera un espacio de esta naturaleza en la comunidad del posgrado de sociología de la BUAP. El determinante, sin embargo, fue un proyecto de investigación activista (Ruiz Trejo y García Dauder 2018) que tuvimos la capacidad de impulsar entre profesoras y estudiantes del posgrado, y la colectiva Caracola Tejedora.1
El proyecto se llamó “Dibujar juntxs nuestra cuerpa antipatriarcal. Ejercicios feministas de mapeo corporal entre la comunidad del posgrado de sociología de la BUAP” y se llevó a cabo entre agosto y diciembre de 2021, meses a lo largo de los cuales realizamos ocho talleres colectivos de mapeo corporal dirigidos a diagnosticar y encarar el problema de la violencia patriarcal en nuestro espacio académico.
En este artículo, me propongo organizar y trasmitir una parte de la experiencia que logramos generar a través de la realización de dichos talleres. En diálogo con la epistemología del punto de vista de las mujeres, en particular con Dorothy Smith (2012), reconozco que hablar desde nuestras experiencias ha sido y sigue siendo una práctica epistemológica vital para el movimiento de mujeres. Dotarnos de espacios para nombrar juntas lo vivido y darnos la oportunidad de organizar los aprendizajes que habilitamos en tales espacios han sido y siguen siendo, para muchas mujeres, una forma de producir colectivamente conocimientos y sentidos críticos disidentes. Ha sido y sigue siendo, en las palabras de la autora, una práctica de autoconocimiento capaz de “dar una presencia política a la experiencia compartida” (Smith 2012: 7) por mujeres diversas.
En resonancia con esta postura política y epistemológica, en este artículo busco transmitir una experiencia producida y vivida por un conjunto de compañeras con las que nos hemos propuesto alumbrar, desde un lugar de enunciación situado y encarnado, un conjunto de violencias patriarcales que afectan nuestra vida cotidiana.
Para cumplir con mi propósito, empiezo el texto presentándome y explicando el lugar desde el cual comparto la experiencia vivida. En seguida, presento la metodología que diseñamos colectivamente para llevar a cabo el ejercicio de reconocimiento de las violencias patriarcales en nuestro espacio académico. Finalmente, expongo algunos de los daños emocionales, físicos y psicológicos que logramos nombrar mediante los talleres de mapeo corporal. Logro lo anterior mediante el uso de los relatos colectivos y las imágenes de los mapas corporales que se produjeron colectivamente durante los talleres.
DESDE DÓNDE NARRO Y POR QUÉ LO HAGO
Me llamo Lucia, soy madre, hija, amiga, activista, soñadora empedernida y, desde hace un tiempo, también feminista. Los últimos siete años de mi vida he trabajado asalariadamente en la Universidad Autónoma de Puebla como profesora-investigadora del posgrado de sociología. Como la mayoría de las mujeres universitarias, he experimentado y atestiguado en las aulas y los pasillos de la institución en la que trabajo una cantidad de violencias que, desde mi postura feminista, considero tienen rasgos profundamente patriarcales.
¿Por qué uso el adjetivo patriarcal para definir estas violencias? Concibo la violencia patriarcal como un dispositivo de dominación central en el mantenimiento de las relaciones de explotación que estructuran a las sociedades modernas en todos sus niveles. Dicho dispositivo se caracteriza, en palabras de Rita Segato (2019), por establecer continuamente (mediante el ejercicio capilar de múltiples actos de dominación que se repiten en una infinidad de hechos y prácticas sociales) vínculos de poder y sometimiento entre lo que podemos denominar como lo masculino y lo femenino. El objetivo prioritario de la violencia patriarcal como dispositivo de dominación no es solo doblegar la voluntad de los cuerpos femeninos o feminizados sobre los cuales se ejerce, sino también, y sobre todo, el de cumplir con una función ejemplificativa o, como la ha definido Segato (2003), expresiva. Consiste en comunicar materialmente un mensaje destinado no solo a las mujeres o a los cuerpos leídos como femeninos o feminizados, sino también a los hombres, sobre los cuales recae -según interpreta la autora- un mandato asfixiante de masculinidad de acuerdo con el cual el sujeto masculino (o el sujeto que aspira a masculinizarse, que a veces puede ser también un cuerpo leído como mujer), para pertenecer a la “fratría masculina”, tiene que demostrar su capacidad de dominio sobre otros cuerpos, pasando por algún grado de insensibilidad o crueldad (Segato 2018: 42). En tal sentido, la violencia patriarcal se vuelve reproductora de una suerte de pedagogía de la insensibilidad o de la crueldad que atraviesa todos los cuerpos, aunque siempre de forma diferenciada.
A lo largo de mi trayectoria universitaria, he tenido la oportunidad de compartir con amigas, colegas y estudiantes mis inquietudes ante la repetición en el espacio académico de múltiples prácticas de violencia que en mi opinión responden a esa pedagogía de la insensibilidad dictada por la imposición social de una masculinidad tremendamente dañina. A veces, he logrado construir alianzas con algunas mujeres para reaccionar en conjunto antes dichas conductas; otras, he guardado silencio o he negado mi dolor. Varios han sido, a lo largo de los años, los intentos por encarar tales violencias de forma conjunta y medianamente organizada. Muchos los fracasos y las frustraciones por no lograrlo, o lograrlo solo de manera parcial y superficial.
Tal como diría val flores, no es fácil desacomodar lo dado, lo normalizado, lo comúnmente aceptado. No es fácil desprendernos “el pellejo adherido a los protocolos del disciplinamiento corporal y epistémico” que la academia patriarcal nos impone continuamente (flores 2019: 14). Mas, como se suele decir: “quien persevera, alcanza”.
El anhelo feminista por querer transformarlo todo e imaginar múltiples y dislocantes formas de hacerlo se ha vuelto contagioso en muchos de los espacios que frecuento. En uno de estos continuos impulsos por no rendirnos ni claudicar ante la normalización de la violencia que se vive y reproduce en nuestras cotidianidades, logramos abrir un camino inesperado. El impulso para hacerlo llegó de esa parte de mí que no se cansa de organizarse con otras de forma autónoma y autogestiva para abrir veredas a contracorriente. Esa parte de mí se llama Caracola Tejedora.
La Caracola Tejedora es una colectiva integrada por mujeres diversas entre sí en edad, formación y origen, que por distintos azares de la vida terminamos encontrándonos en la ciudad de Puebla, aunque no todas, y no siempre, vivimos en esa ciudad. Desde inicios de 2020, en el contexto de la pandemia por COVID-19, impulsamos un espacio de acompañamiento entre mujeres a partir del cual nos hemos dotado de múltiples herramientas de autoconocimiento y problematización de los daños que la violencia patriarcal deja en nuestros cuerpos y en nuestras relaciones. Una de estas herramientas ha sido, como explicaré más adelante, el mapeo corporal.
Yo participo de ese espacio, junto con otras compañeras que están realizando su doctorado en el posgrado de sociología y otras más que, al igual que nosotras, han experimentado violencia en sus respectivas universidades y espacios de trabajo. Con frecuencia ha surgido entre nosotras la necesidad de compartir en nuestros encuentros los dolores que tales violencias han dejado en nuestros cuerpos, así como la frustración porque no logramos encarar tales problemas de forma resolutiva al interior del espacio institucional. En uno de estos momentos de reflexión colectiva, nos hicimos fuertes entre todas para comenzar a pensar una forma alternativa de abrir un proceso de reflexión colectiva en el espacio universitario sobre las violencias patriarcales que se experimentan aquí. Comenzamos a compartir nuestras reflexiones con otras compañeras del posgrado de sociología. Buscamos un pequeño financiamiento que nos permitiera concretar algunas de nuestras ideas y, lentamente, logramos dar forma al proyecto de investigación en cuestión, mismo que tuve la dicha de coordinar.
Cuando comenzamos a elaborar nuestro proyecto de investigación activista, nos propusimos dos objetivos principales. En primer lugar, buscamos impulsar un proceso de reconocimiento colectivo que nos permitiera mapear y nombrar, desde nuestros cuerpos y con nuestras propias voces, algunos de los principales daños producidos por la violencia patriarcal que afectan nuestras vidas universitarias y los vínculos que tejemos al interior de nuestras comunidades académicas. En segundo lugar, buscamos imaginar conjuntamente estrategias colectivas para hacernos cargo colectivamente de tales daños.
En este artículo, me limitaré a explicar el proceso que nos permitió alcanzar nuestro primer objetivo al interior de la comunidad del posgrado de sociología de la buap. Antes de hacerlo, sin embargo, me parece importante aclarar qué es el mapeo corporal y de qué forma nos apropiamos de dicha técnica de investigación para lograr nuestro propósito.
DE CÓMO LLEGAMOS A LA CONSTRUCCIÓN DE LOS MAPAS-RELATOS DE NUESTRAS CUERPAS DAÑADAS
Un mapa es una representación. Los mapas con los que nos relacionamos habitualmente y que acostumbramos consultar y asumir como reflejos fieles de un territorio son, en realidad, representaciones parciales, subjetivas y, en la mayoría de los casos, ideológicas de los mismos. Tal como nos devela Jerry Brotton (2012) en su maravilloso libro La historia del mundo en 12 mapas, la producción y el uso de mapas a lo largo de la historia han sido uno de los principales instrumentos que los poderes dominantes han utilizado para imponer una determinada visión del mundo y construir representaciones de los territorios, funcionales a la apropiación y al control de los mismos. Sin embargo, también es cierto que el poder de los mapas puede ser utilizado para elaborar contrarrepresentaciones o contranarrativas capaces de disputar e impugnar las instaladas por los poderes fácticos y hegemónicos (Risler y Ares 2013).
En América Latina hay una amplia tradición de educación popular, investigación-acción participativa e investigación activista que ha trabajado en tal sentido. Como parte de esa tradición, se encuentran trabajos impulsados desde la geografía feminista latinoamericana por algunas colectivas como Geo-Brujas, Colectivo de Geografía Crítica del Ecuador y Proyecto Cuerpografías. En diálogo con distintas derivas del feminismo, tales colectivas se han propuesto explorar el poder subversivo del contramapeo corporal y su uso como herramienta de intervención política e impugnación de las narrativas hegemónicas sobre los cuerpos y los territorios.
De ellas hemos aprendido que el contramapeo del cuerpo puede transformarse en una herramienta sumamente fértil para generar(nos) un lugar de enunciación propio: una contranarrativa situada y encarnada, construida desde el tejido vivencial de lo corporal (Marchese 2020: 294). Al igual que otras metodologías de investigación que exploran el potencial epistemológico inscrito en las experiencias corporales (por ejemplo, Esteban 2004), los ejercicios de mapeo corporal permiten verbalizar y “conceptualizar sentires” (Ruiz Trejo y García Dauder 2018: 58) tomando como punto de partida las experiencias vividas y la reflexión colectiva encarnada. En tal sentido, son herramientas metodológicas que ayudan a explotar el valor epistémico del cuerpo y a romper formas de silenciamiento impuestas o naturalizadas como efecto de las relaciones de dominación que nos atraviesan. Recurriendo nuevamente a las palabras de Dorothy Smith, podríamos decir que el contramapeo corporal nos permite generar espacios donde logramos practicar colectivamente “la personificación en el terreno despersonalizado de las relaciones de dominación” (2012: 13), espacios que dan cabida a la experiencia para desde allí construir una voz capaz de visibilizar las relaciones que nos oprimen.
En sintonía con estos esfuerzos, en la colectiva Caracola Tejedora hemos recuperado esta herramienta de construcción de conocimientos encarnados en nuestro proyecto de investigación activista con el doble objetivo de impulsar un proceso de reconocimiento de las violencias patriarcales que se viven en el espacio del posgrado de sociología y de construir colectivamente una contranarrativa o un contrarrelato de nuestra experiencia en dicho espacio.
Ahora bien, animadas por esta intencionalidad política, a la hora de diseñar colectivamente los ejercicios de mapeo corporal que propusimos a nuestxs colegas del posgrado de sociología, las compañeras de la colectiva Caracola Tejedora decidimos poner en juego una frase poco usual en el lenguaje académico: la de cuerpa colectiva.
¿Por qué lo hicimos? En años recientes, la palabra cuerpa ha tenido una amplia difusión en las colectivas feministas como parte de un ejercicio muy interesante de feminización y resignificación de las palabras. En muchos contextos, la palabra cuerpa está siendo utilizada para referirse a procesos colectivos de reapropiación y resignificación de la corporalidad que suelen construirse en común, a través de la empatía y la palabra compartida. Como veremos en detalle más adelante, introducir en los talleres la idea de cuerpa colectiva, y en particular de cuerpa colectiva dañada, nos permitió invitar a las personas que decidieron participar en estos ejercicios a explorar la posibilidad de transitar conjuntamente hacia la vivencia y la representación colectiva de una corporalidad social diferente, capaz de acuerparse para sentir, reconocer y nombrar el conjunto de los daños que experimentan los cuerpos que la componen y sostienen. Del mismo modo, nos permitió invitar a lxs asistentes a hacer el ejercicio de construir, en torno a la vivencia de esta corporalidad colectiva, una narrativa propia capaz de transmitir, más allá del espacio íntimo del taller, una reflexión profunda acerca de los daños patriarcales que afectan las relaciones adentro de la comunidad.
Fue así que orientamos el taller no solo hacia la elaboración de un mapeo corporal que nos permitiera autodiagnosticar y representar los daños que las violencias patriarcales dejan en nuestras cuerpas colectivas, sino también hacia la construcción de un relato colectivo capaz de narrar y denunciar tales daños. De esta forma, llegamos a la construcción de los mapas-relatos de nuestras cuerpas colectivas dañadas.
¿CÓMO ELABORAMOS LOS MAPAS-RELATOS DE NUESTRAS CUERPAS DAÑADAS?
Para comenzar a abrir espacios de reconocimiento y reflexión sobre la violencia patriarcal al interior del posgrado de sociología de la buap invitamos, desde una convocatoria abierta, a la comunidad en su conjunto (estudiantes, profesorxs, trabajadorxs y colaboradorxs) a participar voluntariamente en un primer taller que titulamos “Reconocer juntxs el daño patriarcal en nuestra cuerpa colectiva”. La respuesta de la comunidad del posgrado a nuestra propuesta nos sorprendió gratamente. Aproximadamente 40% de la misma asumió el reto y participó activamente en los talleres propuestos.
Al considerar la dificultad y la delicadeza del tema que íbamos a enfrentar, tomamos la decisión de realizar los talleres con grupos de máximo ocho personas. Trabajamos en grupos reducidos con la finalidad de construir un espacio íntimo y seguro que diera a lxs participantes la oportunidad de abrirse emocionalmente y recibir contención si fuera necesario. Conscientes de la invisibilización de las diferentes expresiones de disidencia sexogenérica, elegimos separar los grupos en personas criadas como mujeres y personas criadas como varones, dando a cada participante la posibilidad de inscribirse al grupo donde pudiera sentirse más cómodx. Consideramos que esta distinción, sin negar las disidencias sexogenéricas, nos permitiría reconocer las prácticas de violencia a partir de las formas heteronormadas y sexualmente diferenciadas que suelen ser impuestas sobre los cuerpos desde el momento en que son leídos socialmente y educados de acuerdo al esquema binario hombre/mujer. En total, conformamos cinco grupos de trabajo: tres con personas criadas como mujeres y dos con personas criadas como varones. Con cada grupo, realizamos el mismo taller.
Cada taller se estructuró en dos momentos. En la primera parte, nos enfocamos en reconocer las violencias patriarcales que cada asistente había vivido en términos individuales, así como los daños físicos, emocionales y psicológicos asociados a las mismas. Para ello se pidió a cada asistente mapear en una silueta, previamente dibujada, tres formas de violencias: 1. violencias ejercidas, recibidas o autoimpuestas en los espacios públicos del posgrado (seminarios, coloquios, encuentros, etcétera); 2. violencias ejercidas, recibidas o autoimpuestas en el marco de aquellas relaciones o espacios más íntimos o no tan públicos (relaciones de tutoría, de colaboración, de amistad, etcétera); y 3. las violencias atestiguadas pero no sufridas en primera persona.
Optamos por dejar que cada asistente trabajara a partir de aquello que intuitivamente asociaba con la violencia patriarcal. Esto se hizo con el propósito de no imponer una noción predefinida de violencia patriarcal y permitir que emergiera una imagen diferenciada y compleja de la multiplicidad de violencias que se asocian con la vivencia de relaciones patriarcales en el espacio académico. Tal como se muestra en la Figura 1, cada persona intervino su silueta, marcando los lugares donde había vivido y sentido violencias patriarcales.
Una vez realizados los dibujos individuales, se propuso a cada participante compartir su experiencia con el resto del grupo. Mediante la circulación de la palabra y la invitación a una escucha profunda y empática, se produjo un desplazamiento colectivo que consistió en pasar del autorreconocimiento del daño patriarcal inscrito en el cuerpo de cada quien al reconocimiento conjunto de algunos de los principales daños patriarcales que afectan al cuerpo colectivo y a los vínculos que se tejen en el espacio común. Con este ejercicio buscamos no solo nombrar experiencias particulares, sino también habilitar la posibilidad de reconocerse en la experiencia de otrxs para construir en común una voz propia capaz de nombrar un conjunto de violencias difíciles de reconocer y enunciar.
A fin de lograr lo anterior, se puso en práctica un segundo ejercicio gráfico de mapeo que nos permitió representar, a partir de la idea de cuerpa, una corporalidad diferente, capaz de reconocerse a sí misma como colectiva. Mientras cada participante presentaba su mapa corporal, dos compañeras de la colectiva Caracola Tejedora fueron representando, en una silueta en blanco, el conjunto de los daños y las reflexiones que iban emergiendo desde el círculo de la palabra.
Cerrado este primer momento de diálogo, presentamos este mapa corporal colectivo al grupo de personas que trabajaron en el taller. Bajo la idea de que lo que afecta a unx, afecta a todxs, y al cuerpo social en su conjunto, invitamos a lxs asistentes a asumir dicho mapa como su propia cuerpa colectiva dañada y a construir colectivamente un relato sobre aquello que la cuerpa colectiva sentía y había experimentado, un relato que recuperara de forma anónima el conjunto de las emociones y los daños narrados en el círculo de la palabra para presentarlos como propios, como daños en la cuerpa colectiva que somos y que reconocimos. Así llegamos a la construcción de cinco mapas colectivos acompañados de sus respectivos relatos.
Es prácticamente imposible presentar en pocas páginas la densidad de lo que emergió en los cinco mapas-relatos de nuestras cuerpas dañadas. Aun así, en lo que queda de este artículo, intentaré presentar algunos de los “descubrimientos” más significativos a los que este ejercicio de autodiagnóstico nos permitió llegar. Para lograrlo, presentaré inicialmente en qué diferían de forma sustancial los mapas-relatos que emergieron de los talleres de las personas criadas como mujeres, de los de las personas criadas como varones. En segundo lugar, presentaré un conjunto de violencias denunciadas en los cinco mapas-relatos que, de la mano de Rita Segato, podríamos asociar a un mandato de masculinidad presente en la academia.
LAS MARCAS DE LA ACADEMIA PATRIARCAL EN LOS CUERPOS FEMENINOS
Durante la sistematización de los relatos que emergieron de los talleres, no pudimos evitar notar algo muy previsible que, sin embargo, no deja de doler y sacudir las entrañas cada vez que brota con toda su dureza ante nuestros ojos. El posgrado de sociología, al igual que la mayoría de los ámbitos académicos de este país, no es un espacio que nos trate como iguales. No importa qué tan radical o crítico sea el pensamiento que se produzca, las mujeres, aquí como en otros lugares, seguimos jugando en desventaja. Nuestros cuerpos se encuentran atravesados por un conjunto de prácticas violentas que no atraviesan los cuerpos leídos socialmente como varones, pese a compartir con ellos el costo y los daños de muchas otras prácticas que dañan a hombres, mujeres y disidencias por igual. Tres diferencias en particular nos llamaron la atención a la hora de dialogar con los mapas-relatos de las cuerpas dañadas.
1. En primer lugar, no pudimos dejar de notar la reiteración en los relatos y los testimonios de nuestras compañeras del problema del acoso sexual, mismo que se denunció y se representó de esta forma en los mapas-relatos de nuestras cuerpas colectivas dañadas (véase Figura 3).
Alrededor de esta cuerpa colectiva se puede ver que el espacio ha sido reducido. Esta sensación de constreñimiento está asociada al espacio académico, un espacio que […] la ha violentado, la ha tocado sin su permiso. Las múltiples manos sobre sus hombros y en su brazo indican precisamente que esta cuerpa colectiva ha sido acosada por figuras de poder que la han hecho sentir vulnerable, silenciada, sola a momentos (Cuerpa colectiva dañada, 8 de octubre de 2021).
Esta cuerpa tiene su sexo, sus senos y sus manos cancelados para señalar que en reiteradas ocasiones ha sentido incomodidad en estas partes del cuerpo al relacionarse con colegas varones. La incomodidad está asociada con un conjunto de comportamientos llenos de ambigüedades y dobles señales difíciles de descifrar; comportamientos que la confunden, ante los cuales ha sentido la necesidad de plantear límites, aunque no siempre lo ha logrado o lo ha logrado a costos muy altos (Cuerpa colectiva dañada, 8 de octubre de 2021).
[Esta cuerpa] Ha sufrido acoso en el espacio académico hasta el punto de ver la manera en que, desde los pactos patriarcales que se establecen en los espacios académicos, se tejen conspiraciones que han llevado a compañeras a tener que cambiar toda su vida y salir de un momento a otro de lugares donde habían construido cosas importantes para ellas (Cuerpa colectiva dañada, 15 de octubre de 2021).
Esta realidad no es negada en los relatos que emergieron de los talleres de personas criadas como varones. En los textos elaborados por los compañeros, se mencionan por lo menos dos elementos que ayudan a visibilizar el problema del que estamos hablando. En primer lugar, en uno de los relatos se reconoce abiertamente al cuerpo colectivo masculino como un cuerpo potencialmente acosador. En segundo lugar, se reconoce que el cuerpo colectivo masculino prefiere mantener la boca cerrada ante los episodios de acoso que atestigua o llega a percibir y escuchar, conformándose con una postura pasiva que refuerza un pacto de silencio al interior de la cofradía masculina, un pacto al que este cuerpo colectivo se siente atado a pesar del malestar que le genera.
Este cuerpo colectivo dañado tiene la boca tapada, porque acostumbra no decir nada acerca de lo que ve y oye. Cuando ha sabido que profesores tienen relaciones tóxicas con compañeras, mantiene una postura pasiva, prefiere no meterse en líos, guardar silencio. En una situación de violencia miró para otro lado y siente mucha vergüenza por ello (Cuerpa colectiva dañada, 17 de noviembre de 2021).
2. Una segunda diferencia muy notoria entre los mapas-relatos de personas criadas como mujeres y los de personas criadas como hombres es la relativa a las enormes dificultades que las mujeres enfrentamos a la hora de encarar nuestros estudios de posgrado o nuestras labores docentes, cuando se invisibiliza por completo -o peor aún, se denigra- la condición de madres de muchas de nosotras, así como las inmensas cantidades de trabajo reproductivo y de cuidado que llegamos a sostener en la vida, a la par del trabajo académico. Denuncian nuestras cuerpas:
Esta cuerpa se siente partida en dos entre su vida pública que corresponde a la academia y la vida íntima que relaciona fundamentalmente con su maternidad; percibe estos dos espacios profundamente escindidos, siente que no puede conciliar ambas dimensiones de la vida. Esta sensación se ha acrecentado en ocasiones por las opiniones que ha recibido de algunos profesores del posgrado sobre su decisión de maternar, opiniones que la han hecho sentirse juzgada e incómoda (Cuerpa colectiva dañada, 15 de octubre de 2021).
Esta cuerpa tiene dolor lumbar por tener que sostener más de lo que le corresponde, por sostener procesos y arreglar errores de los que otras personas, sobre todo varones, no se hacen responsables. Este dolor se nutre también de una gran dosis de autoexigencia impuesta por las dinámicas patriarcales de la academia; una academia que, entre otras cosas, invisibiliza permanentemente su condición de madre y el trabajo reproductivo que esta cuerpa sostiene a la par del trabajo académico (Cuerpa colectiva dañada, 8 de octubre de 2021).
Nos pareció muy sugerente, en tal sentido, notar que estos tipos de dolores (como el cuerpo partido en dos por la imposibilidad de conciliar la labor de crianza con el trabajo académico o las molestias permanentes en las zonas de las lumbares y los hombros asociados con la sobrecarga de trabajos de cuidado) no están presentes en los mapas elaborados por personas criadas como varones. Si bien varios de los compañeros que participaron en los talleres están en procesos de crianza, ninguno de ellos mencionó que su paternidad representara un límite o una dificultad para el desarrollo de su vida académica o el cumplimiento de sus estudios, a diferencia de las mujeres que señalaron este problema con énfasis. Del mismo modo, nos llamó la atención que en uno de los mapas elaborados por varones se representó al cuerpo colectivo masculino con una mano pequeña, para reconocer la tendencia de dicho cuerpo colectivo a relegar responsabilidades a sus compañeras y no hacerse cargo plenamente de sus obligaciones.
3. Otro aspecto muy llamativo de los mapas-relatos de personas criadas como mujeres es la reiteración de las bocas anuladas, censuradas o cosidas, así como de las representaciones de dolores en la garganta y las mandíbulas asociados con los silencios guardados, con la imposibilidad de expresarse y sostener una voz propia. La anulación continua de la voz femenina parece ser un problema estructural en nuestro espacio académico. Dicha anulación se da de distintas formas. Algunas de las más notorias y denunciadas han sido el predominio en las aulas y en los debates de voces masculinas que acaparan de forma desconsiderada el tiempo, el espacio y los temas de discusión e inhiben las participaciones de las mujeres; la actitud recurrente de muchos varones -profesores y estudiantes por igual- de editar, corregir, invalidar o estigmatizar lo que las mujeres dicen, hacen o investigan; o la dificultad para plantear temas y métodos de investigación de interés de las mujeres. Cuentan nuestras cuerpas dañadas:
La boca de esta cuerpa colectiva suele estar también cerrada, autocensurada y a momentos incluso cancelada, tanto por la inseguridad que tiene al hablar en los seminarios, como por la sensación de tener que guardar silencio ante injusticias vividas o presenciadas (Cuerpa colectiva dañada, 8 de octubre de 2021).
Esta cuerpa se representa con tres bocas: una de ellas la dibuja cosida, al encontrar que no puede dejar salir su voz, que está cancelada, silenciada, que tiene miedo de expresar lo que piensa y lo que siente, porque le han dicho que no sabe lo que quiere o no sabe de lo que está hablando. Otra de sus bocas representa la voz de los hombres que dicen que no es suficiente lo que va a decir y tratan de hablar por ella; y
la otra es de mujeres que la juzgan cuando quiere decir algo, porque encuentran que su voz es pretenciosa, arrogante o masculinizada. Siente que ya no tiene recursos, que ya no sabe cómo posicionar su voz, y termina por quedarse con las ganas de decir las cosas (Cuerpa colectiva dañada, 15 de octubre de 2021).
Esta cuerpa tiene otro gran nudo en la garganta, una garganta llena de taches por la reiterada sensación de no poder hablar en el espacio académico. Una garganta que está relacionada con su boca, también tachada porque se ha sentido censurada en múltiples ocasiones, cancelada, sellada, porque en la academia hay cosas que no se pueden decir como se quiere; porque existe un lenguaje propio, estructurado, que limita su capacidad de expresión. Esta boca se siente negada y bloqueada por profesores que le impiden crear una voz propia (Cuerpa colectiva dañada, 22 de octubre de 2021).
Al igual que en los casos anteriores, este problema es reconocido de diferentes formas en los relatos que fueron elaborados por varones cuando, por ejemplo, se describe al colectivo masculino como un cuerpo que tiene la tendencia a prestar más atención a lo que dicen los hombres que a lo que dicen las mujeres; como un cuerpo capaz de reeditar las palabras de sus compañeras a partir de cierta racionalidad masculina que se asume como más válida; como un cuerpo que reacciona agresivamente a las críticas de compañeras, estigmatizándolas e histerizándolas, o como un cuerpo que acapara las discusiones, buscando insistentemente ocupar el campo de lo visible. Por ejemplo, en un fragmento muy elocuente de uno de los mapas-relatos de personas criadas como hombres, se lee:
Otra manifestación de la sordera que daña a ese cuerpo colectivo, es su predisposición a prestar más atención cuando hablan los hombres que cuando hablan las mujeres […] Otro reflejo muy violento, entrelazado con esa incapacidad de escucha, emerge desde el brazo de este cuerpo colectivo dañado. Este cuerpo siente que desde allí ejerce una cierta imposición blanda sobre la voz de algunas compañeras, cuando se otorga el privilegio de reinterpretar lo que ellas dicen a partir de cierta racionalidad masculina que él asume como más válida. Con frecuencia se descubre repitiendo o reeditando lo que las compañeras han dicho para expresarlo con más orden, con cierta forma de hablar, de pausar, que él considera mejor (Cuerpa colectiva dañada, 17 de noviembre de 2021).
Ahora bien, estas tres manifestaciones de la violencia patriarcal -el acoso, la invisibilización del trabajo reproductivo y la anulación de la voz femenina-, que vemos predominantemente ejercidas sobre el cuerpo de las mujeres, están íntimamente relacionadas con una multiplicidad de otras violencias que afectan tanto a cuerpos criados como mujeres como a cuerpos criados como varones. Veamos.
LOS DAÑOS DE UNA ACADEMIA MASCULINIZADA
Existe, en mi opinión, una continuidad evidente entre la anulación continua de la voz femenina y cierta cultura de la descalificación que acaba con frecuencia en el maltrato abierto; una cultura que las y los asistentes a los talleres han denunciado con insistencia en cada uno de los encuentros realizados y que, de la mano de Rita Segato, asocio con una pedagogía de la crueldad propia del mandato de masculinidad.
Como mencioné anteriormente, cuando Segato habla de un mandato de masculinidad se refiere a una suerte de exigencia social que impone “al hombre probarse hombre todo el tiempo”. La masculinidad, en tal sentido, “a diferencia de la feminidad, es un estatus, una jerarquía de prestigio, se adquiere como un título y se debe renovar y comprobar su vigencia como tal” (Segato 2018: 42). Para renovar este estatus, se tiene que exhibir potencia a través de la agresión o la dominación de quienes muestran signos de feminidad, es decir, de quienes se encuentran en una situación que lxs vuelve subyugables a los ojos de quienes agrede. Esta exigencia atraviesa sobre todo a los cuerpos criados como hombres, pero no deja totalmente afuera a las mujeres, las cuales se ven de algún modo obligadas a responder al patrón masculinizado que rige las prácticas socioculturales de las sociedades patriarcales. Es así que, en este juego en el que los hombres están obligados a demostrar su fuerza para seguir manteniendo su estatus de poder, algunas mujeres se adhieren al mandato de masculinidad para adquirir un estatus similar y desarrollan comportamientos agresivos o de complicidad con la cofradía masculina.
Los relatos de nuestras cuerpas colectivas dañadas muestran claramente que el espacio universitario que habitamos está atravesado por un mandato de masculinidad que exige continuamente agredir, impugnar, cuestionar violentamente al otro para demostrar la “valía” de las posturas que se busca imponer. Exige dureza, sacrificio, competencia, rigor, y, por lo mismo, promueve comportamientos punitivos, excluyentes, selectivos, jerárquicos, productivistas, insensibles y poco empáticos con lxs otrxs y con unx mismx. Comportamientos que dejan heridas profundas en los cuerpos de las personas que habitamos estos espacios.
En los mapas-relatos, por ejemplo, emerge claramente que muchos de los espacios académicos que habitamos se estructuran en torno a un patrón de comportamiento que impone continuamente la construcción de relaciones jerárquicas, a partir de la desvalorización de aquellos y aquellas que se encuentran -en la percepción de quien agrede- en los eslabones más bajos del orden jerárquico que se busca insistentemente imponer sobre otros cuerpos y a partir del cual se busca afirmarse. Se trata de un comportamiento que tanto los cuerpos criados como hombres como los criados como mujeres reconocen haber sufrido en el espacio académico y, en el caso de los hombres, haber reproducido activamente, tanto en la relación docente-estudiante como en las relaciones entre docentes y entre estudiantes.
Los daños asociados con estos tipos de prácticas son representados de diferentes formas en los cuerpos. Algunas de las más notorias son dibujarse con etiquetas de descalificación en la frente o con oraciones despectivas en el pecho; representarse con la cabeza chica o con las alas cortadas por sentirse continuamente disminuidxs por lo que se piensa, dice y escribe; dibujarse con los hombros encogidos, con una cadena o con sensación de opresión en el pecho, con las manos y la frente sudorosas o con lágrimas en los ojos para indicar malestares asociados con una sensación de baja autoestima e inseguridad constante; o retratarse con dolores y malestares en la boca para indicar una gran cantidad de violencias ejercidas y recibidas a través de expresiones verbales violentas.
Este cuerpo colectivo dañado se dibuja con una etiqueta de descalificación en la frente, con pirámides que lo exotizan en la cabeza y con muchas oraciones despectivas en el pecho. Pues, no han sido pocas las veces que este cuerpo se ha sentido descalificado, tanto por profesorxs como por compañerxs. Ha recibido descalificaciones por sus posturas, por su formación previa ajena a la sociología, por su joven edad, por su falta de experiencia política o de militancia, por su necesidad de apoyo en el proceso de aprendizaje, o simplemente por pedir ayuda […] Ello le genera temores e inseguridad. Este cuerpo ha recibido comentarios muy despectivos de profesorxs, comentarios que se quedaron grabados en el corazón, minando fuertemente la confianza en sí mismx. Frases como “No sabes nada”, “No sé cómo te admitimos en este posgrado”, “Si no quieres leer y aprender, ve videos en YouTube” (Cuerpa colectiva dañada, 17 de noviembre de 2021).
Este cuerpo colectivo siente que le han cortado las alas; siente un desprecio hacia sus formas de pensar y sentir; siente que le han amputado su capacidad de deseo. Se dibuja con una cabeza pequeña, como si la descalificación y el desprecio hacia lo que piensa y siente se la hubiese achicado (Cuerpa colectiva dañada, 17 de noviembre de 2021).
Las marcas asociadas a tales daños son particularmente evidentes en los cuerpos colectivos masculinos. En los dos mapas-relatos elaborados por los compañeros se puede percibir con claridad la presencia insistente de una multiplicidad de malestares y emociones negativas asociadas a estos daños, tales como sentimientos de inseguridad profunda y paralizante, baja autoestima, nerviosismo, estrés, ansiedad, o, peor aún, la sensación de estar atrapados en la repetición de comportamientos soberbios y agresivos que no se logran limitar.
La repetición de estos comportamientos es denunciada también con fuerza en los relatos de las mujeres, quienes también reconocen que ejercen mucha agresividad mediante el uso de la palabra. Se lee por ejemplo en uno de los relatos:
Esta cuerpa reconoce que suele ejercer violencia a través de la palabra, aunque en muchas ocasiones dicha agresividad tiene un carácter defensivo, ya que es la única forma que ha encontrado de poner límites en un espacio tan tenso. Dicha violencia ha nublado sus pensamientos y ensombrecido las emociones que siente hacia otrxs colegas, lastimándola profundamente (Cuerpa colectiva dañada, 8 de octubre de 2021).
Ahora bien, una dimensión de la violencia patriarcal íntimamente relacionada con lo que acabamos de señalar es el énfasis puesto en los relatos de las mujeres en los daños físicos y emocionales asociados con la violencia intragénero. Un problema reconocido tanto por hombres como por mujeres sobre el cual, sin embargo, las mujeres han puesto mucho más énfasis al señalar lo conflictivo y debilitante que es para nosotras reconocer y sufrir la existencia de dinámicas de competencia o agresión explícita entre mujeres a las que idealmente vemos como aliadas. Se lee, por ejemplo, en los mapas-relatos:
Esta cuerpa colectiva tiene también un nudo de colores grises y violetas en el pecho, con el que quiere representar los dolores que le han dejado en el cuerpo los grises de los feminismos y la violencia invisibilizada entre compañeras, una violencia que percibe como muy presente y constante en el posgrado, pero de la cual no hay manera de hablar abiertamente. Esta cuerpa colectiva tiene el corazón roto por la misma razón, por que reconoce las violencias ejercidas entre mujeres -incluso entre mujeres que considera amigas o aliadas-, pero siente que no tiene legitimidad para nombrarlas (Cuerpa colectiva dañada, 8 de octubre de 2021).
A pesar de ello, cabe también reconocer que, en los tres relatos elaborados por mujeres, a la par de la denuncia de tales dinámicas, se reconoce que han sido las alianzas y los vínculos de cooperación, cuidado y afecto tejidos en el espacio académico con otras mujeres los que han permitido, en ocasiones, limitar múltiples formas de agresión y construir espacios de bienestar para nosotras.
Otra forma de violencia muy notoria relacionable con un mandato de masculinidad presente en la academia es la asociada con un exceso de “teoricismo” ejercido sobre todo por sujetos masculinos. Cuando hablamos de exceso de teoricismo nos referimos a una práctica académica que, al tiempo de privilegiar la producción y trasmisión de conocimientos primordialmente abstractos y metateóricos -no fácilmente entendibles o digeribles para la mayoría-, desprecia otras formas de producción de conocimiento o prácticas de enseñanza que suelen ser feminizadas, denigradas o tachadas de excesivamente empíricas y “poco académicas”. Los daños asociados a este tipo de práctica son retratados de manera muy insistente en la zona de la cabeza y adquieren diferentes formas de representación: pensamientos enmarañados asociados a una actividad mental nociva; cerebro fragmentado en los pies, asociados a ideas que quedan estancadas y no logran ser apropiadas; migrañas y dolores de cabeza asociados a una cierta saturación mental por un exceso de conocimientos teóricos propuestos en muy poco tiempo con un lenguaje poco accesible y excluyente; así como pesadillas o dificultad para dormir, asociadas con una academia que exige aprender, regurgitar o recitar con exactitud un conjunto de autores consagrados (voces predominantemente masculinas) que se perciben como distantes de la realidad.
Veamos cómo se enuncian tales daños en los mapas-relatos.
En la cabeza […] un nudo que pesa y que surge de la confusión de no entender gran parte de los contenidos que se imparten en el posgrado, cuando se supone que la academia nos debería ayudar a entender la realidad. Este nudo se manifiesta en el consciente, pero también en el inconsciente en forma de pesadillas recurrentes, que se acentúan sobre todo en periodos de entregas académicas […] Este nudo se alimenta además de un esfuerzo sobrehumano por tener que resolver un montón de ideas y pensamientos que no fluyen, nublando la mente y provocando dolores de cabeza casi todo el tiempo. Esta cuerpa siente que la academia le provoca una suerte de actividad mental nociva que no es fácil de habitar porque no le permite tener la mente en paz y con frecuencia le impide dormir (Cuerpa colectiva dañada, 22 de octubre de 2021).
Esta cuerpa tiene dolor en los brazos y en los hombros, un dolor generalizado producto de la tensión, de la presión, de las dinámicas patriarcales que niegan a la cuerpa y sus sentimientos, que desautorizan la experiencia propia. Frecuentemente su trabajo ha sido tachado de excesivamente empírico o muy fenomenológico, como si lo único que importara en el posgrado fuera la teoría. Es por ello que percibe una constante jerarquización entre las formas de producir conocimiento, así como una dificultad estructural en validar sus propias experiencias vitales en los procesos de investigación (Cuerpa colectiva dañada, 8 de octubre de 2021).
Este tipo de violencia está claramente asociado con un rasgo de la masculinidad dominante en la academia que exalta el dominio de la racionalidad, niega las emociones e impone continuamente una jerarquía y una escisión tajante entre mente y cuerpo. Dicha escisión, tal y como se expresa en uno de los mapas-relatos, niega aquellos conocimientos que vienen de la experiencia, de la intuición o de la capacidad de sentir, priorizando todo el tiempo un conocimiento racional. Los daños asociados a este tipo de práctica se representan en los cuerpos colectivos a través de una serie de imágenes muy ilustrativas, tales como una cabeza disociada del resto del cuerpo; el corazón cerrado, roto o negado; o con la imagen de cuerpos flotantes que han perdido el contacto con lo real.
[Esta cuerpa tiene] un corazón roto porque percibe que el espacio académico nos impone todo el tiempo una escisión entre mente y sentimientos; una escisión que niega aquellos conocimientos que vienen del corazón, priorizando todo el tiempo un conocimiento racional. Esa misma sensación se ve reflejada en un hilo que separa la cabeza del resto del cuerpo, al indicar que la academia patriarcal nos lleva a separar la racionalidad de lo que percibimos a través de nuestro cuerpo, dejándonos ver solo lo que quiere (Cuerpa colectiva dañada, 22 de octubre de 2021).
Este cuerpo siente un estoicismo muy fuerte de parte de la academia, producto de una cultura que impone controlar fuertemente los sentimientos, ejerciendo todo el tiempo una violencia racional que repercute en las emociones y que le dice al cuerpo expresiones como: “no te vayas a ver emocional porque eso es débil”. Siente que la academia exhibe continuamente las debilidades. Esa violencia hace que este cuerpo se sienta a menudo disminuido, y que disminuya a menudo a lxs otrxs (Cuerpa colectiva dañada, 19 de noviembre de 2021).
Una academia que niega las emociones es una academia que niega al cuerpo en su totalidad. Así, no es difícil entender por qué los mapas corporales realizados a lo largo de los talleres presentan también una multiplicidad de daños asociados con la imposición de una lógica de trabajo fuertemente productivista y competitiva, nada benigna, que no toma en cuenta las necesidades asociadas con el cuidado y el bienestar de las personas, y lleva permanentemente los cuerpos al límite. Tensión muscular en todo el cuerpo, dolores articulares asociados a estar permanentemente sentadxs frente a una computadora, estrés, gastritis, desequilibrios en el ciclo menstrual, migraña, agotamiento, problemas en los ojos, eritemas en la piel... ¡nuestros cuerpos parecen no tener tregua!
Un instrumento de violencia para este cuerpo ha sido el reloj que trae dibujado en el brazo. Reconoce que ha ejercido mucha presión hacia lxs estudiantes para que cumplan con los criterios de eficiencia terminal de Conacyt. Reconoce que ha exigido, pero también que es exigido […] Este cuerpo siente una presión enorme sobre sí por cumplir todas las actividades, por ser ciento por ciento eficiente. Y hay veces que se siente muy mal por no tener las energías necesarias para satisfacer esa exigencia […] Siente que en la academia no hay descanso, que ni en pandemia dejan de solicitar trabajos […] Ese cuerpo está tan exigido que le duelen las rodillas por no tener el descanso suficiente. Le duelen las rodillas y le sangran las encías. Le sangran porque todo el tiempo aprieta la mandíbula, efecto de la presión impuesta sobre su cuerpo por la excesiva carga de trabajo. Este cuerpo siente los ojos negros por el exceso de pantalla impuesto en estos tiempos de pandemia y virtualidad. Siente que la piel se cae, sana y se cae. Una somatización reciente por la presión sentida en la entrega de trabajos (Cuerpa colectiva dañada, 19 de noviembre de 2021).
El estómago de esta cuerpa también está muy dañado; este daño está representado con un nudo en el que se enredan múltiples sensaciones. Una de ellas es el hambre, porque ha pasado varias horas sin comer por todo el esfuerzo que se ha autoimpuesto, anteponiendo siempre la academia, el trabajo, las entregas, las lecturas, etcétera, a sus necesidades vitales, como la necesidad de alimentarse adecuadamente […] Esta cuerpa tiene la circulación entrecortada en las piernas; esto le produce muchas varices, sobre todo cuando tiene que permanecer muchas horas sentada por las exigencias que la academia le impone (Cuerpa colectiva dañada, 22 de octubre de 2021).
Por último y sin pretensión de agotar aquí el análisis de los problemas que emergieron en los talleres, no quisiera dejar de mencionar dos aspectos de la violencia patriarcal ejercida en nuestro espacio académico que se denunciaron con énfasis en los talleres y que consideramos están íntimamente ligados a la existencia en el posgrado de sociología de una cultura patriarcal de la competencia y la reificación de la jerarquía. Se trata de aquellas prácticas que en los relatos son descritas como una constante pelea de egos y la subsecuente creación de apostolados o grupos facciosos en torno a figuras percibidas como figuras de poder; apostolados que reproducen y amplifican tales peleas, generando dinámicas de exclusión y rivalidad al interior de la comunidad del posgrado, que van en detrimento de la construcción de un espacio académico plural y dialógico. Escuchemos:
Este cuerpo colectivo siente que su ego está en una lucha continua. En la academia se juega una lucha constante de egos, tanto entre compañerxs como entre profesores. También percibe en todo su cuerpo una sensación de inclusión-exclusión que asocia a esa práctica académica, que tanto profesores como profesoras reproducen, para formar apostolados, funcionales a sus intereses particulares. Ante esta dinámica, este cuerpo no sabe en qué lugar estar. “O están conmigo o están en contra mía”, le dice la cofradía patriarcal. Este cuerpo siente estas palabras una y otra vez en su piel. Es un malestar que dibuja alrededor de la piel, pero que ubica en todo el cuerpo (Cuerpa colectiva dañada, 19 de noviembre de 2021).
A MANERA DE CIERRE
Como lxs lectorxs podrán intuir, no son pocos los problemas que los talleres de mapeo corporal nos permitieron revelar, enunciar y problematizar en colectivo. Para muchas de las personas que impulsamos esta iniciativa, el simple hecho de haber producido un espacio en el que el conjunto de estos problemas pudo ser enunciado a partir de la construcción de una voz colectiva propia y legítima es un logro extraordinario.
Sin embargo, sabemos que enunciar los problemas es solo el primer paso para enfrentarlos y que falta dar muchos otros pasos en esa dirección. Por ello, el segundo tipo de talleres que diseñamos para la comunidad del posgrado de sociología, al que titulamos “Dibujar juntxs nuestra cuerpa antipatriarcal”, se dirigió a construir un ejercicio de mapeo corporal que nos permitiera comenzar a explorar respuestas colectivas ante las violencias mapeadas. Lo imaginado a lo largo de estos segundos talleres nos permitió llegar a una plataforma de trabajo que sigue en marcha y que nos llevó, entre otras cosas, a la realización de las jornadas que mencioné al principio de este artículo.
Una de las dimensiones más conmovedoras del proceso que pudimos detonar a partir de este proyecto de investigación activista descansa en el hecho de que la comunidad del posgrado de sociología ha recobrado de algún modo la capacidad colectiva de incidir en su propia realidad, imaginando múltiples caminos de despatriarcalización del espacio académico y, lo más importante, generando rutas prácticas para recorrerlos. La tarea sigue siendo ardua, no cabe duda. Mas ahora tenemos más herramientas para encararla.










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