En su libro más reciente, el historiador y sociólogo Nicolás Dip se propone llevar a públicos amplios y diversos la historia de los movimientos estudiantiles de América Latina. Tanto el marco geográfico como el temporal son amplios: abarcan más de un siglo, de la conocida Reforma de Córdoba en 1918 a las movilizaciones estudiantiles de los últimos años, que se distinguen por los lazos tejidos con el feminismo contemporáneo. Esta tarea desafiante es adelantada mediante la reflexión en torno a seis preguntas: ¿Qué son los movimientos estudiantiles? ¿Cuál es la importancia de los movimientos estudiantiles? ¿Qué fue la Reforma Universitaria de 1918 y cuáles fueron sus legados? ¿Existió un 68 latinoamericano? ¿Están vivos los movimientos estudiantiles? ¿Hay lugares comunes en la historia y el presente de los activismos estudiantiles? Estas preguntas apuntan a temas clave para el estudio de este movimiento social, invitan a pensar en sus “ecos”, es decir, en los efectos y las memorias, y discuten con lo que el autor denomina los “lugares comunes” en los estudios sobre el movimiento estudiantil.
Las primeras preguntas, de orden conceptual e historiográfico, establecen de manera clara y didáctica las bases sobre las cuales se responden las preguntas subsecuentes. Dentro de la caracterización de los movimientos estudiantiles el énfasis en el carácter político y contencioso del ámbito educativo -en éste convergen personas, agentes e instituciones con distintos fines y agendas- y la condición diversa y cambiante de las formas de organización, las relaciones, las acciones y las demandas de los activismos estudiantiles. Dip aborda la cuestión de la importancia del movimiento examinándola en el tiempo -no como una esencia objetiva-, en la historiografía y en relación con su incidencia y protagonismo en las transformaciones sociales en la región, una aproximación que busca un balance entre quienes han diagnosticado la “muerte” de los movimientos estudiantiles y la autocelebración acrítica.
Las dos experiencias paradigmáticas de los movimientos estudiantiles latinoamericanos, la Reforma de Córdoba en 1918 y las movilizaciones de 1968, son analizadas desde estas premisas. Sin obviar la relevancia y simbolismo de ambos acontecimientos, Dip los enmarca en procesos de cambio político y movilizaciones sociales más amplias que los precedieron y sucedieron: el reformismo “amplió sus horizontes y se implicó en la formación de partidos de izquierda y nacional-populares en América Latina” (p. 30) y el 68 representa tanto las protestas estudiantiles amplias y simultáneas en países como México, Brasil y Uruguay de ese año, como “un símbolo que expresa una variedad de problemáticas y debates que atravesaron a los movimientos estudiantiles latinoamericanos en las décadas del sesenta y setenta en su conjunto” (p. 32). Ambos casos iluminan distintos momentos del activismo estudiantil, sus continuidades, influencias y transformaciones.
Los dos últimos capítulos abordan las cuestiones de la actualidad y los lugares comunes, que permiten al autor trazar una “cartografía de los movimientos estudiantiles” en las décadas de 1970 y 1980, y con especial atención en los últimos 25 años. Paradójicamente, en estos años, que suelen verse con cierto escepticismo y desencanto, han tenido lugar importantes movilizaciones y protestas: la huelga de casi un año en la Universidad Nacional Autónoma de México (1999-2000) contra las cuotas de inscripción, con un resultado ambivalente; la “revolución pingüina” (2006) y el movimiento por la gratuidad en la educación superior (2011) en Chile; en Colombia las movilizaciones contra la reforma a la ley de educación superior (2011-2012), que pretendía restringir el autogobierno universitario, y privatizar y financierizar aún más la educación superior en el país; el movimiento #YoSoy132 de la Universidad Iberoamericana (Ciudad de México) (2012), que criticó y visibilizó el “vínculo entre el autoritarismo del régimen político y el monopolio informativo de los grandes medios de comunicación” (p. 47); las extendidas protestas que exigieron acciones frente a la desaparición forzada de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa (2014); y las masivas movilizaciones de estudiantes mujeres y feministas a lo largo y ancho de la región en los últimos años, por citar solo algunos ejemplos. La respuesta es evidente: el movimiento estudiantil sigue vivo, ha cambiado y se ha pluralizado. A las reivindicaciones históricas, como la autonomía universitaria, el fortalecimiento de lo público y la búsqueda de justicia social -logros precarios y derechos bajo asedio constante- se han sumado las demandas que vienen de los feminismos.
Finalmente, Dip trae la noción de los “lugares comunes” para señalar ámbitos compartidos, los consensos sobre lo que es y lo que busca el movimiento, pero también para advertir sobre lo que éstos ocultan. Y lo que ha quedado obliterado con mayor frecuencia son las mujeres y las disidencias sexogenéricas en tanto agentes sociales, sus reclamos e identidades políticas en el marco de los movimientos estudiantiles. La aparente homogeneidad política es otro lugar común por rebatir: “las identidades políticas de los estudiantes no sólo se reducen a las izquierdas, sino que pueden incluir una alta gama de posicionamientos: desde orientaciones de derecha hasta vertientes políticas que no son claramente identificables dentro de esos binomios clásicos” (p. 58). Un tercer lugar común es el sesgo geográfico: Dip acierta al señalar que se suele hablar de América Latina, cuando en realidad sólo se abordan casos en Argentina, Brasil, Chile y México: la región andina, el Caribe y Centroamérica deben considerarse dentro del panorama de este campo de estudios, y deben hacerse esfuerzos por dialogar con autoras y autores de dichas geografías.
Se trata de un libro con distintas dimensiones, que invita a distintas lecturas. Por un lado, sintetiza una variedad de investigaciones especializadas, ofreciendo un panorama general, que a la vez invita a sus lectores a profundizar en temas específicos a través de la bibliografía citada. Por otra parte, su finalidad es la divulgación de conocimiento especializado, accesible a públicos diversos. Por tanto, es un texto que puede llevarse al aula, es de utilidad pedagógica. Y al abordar fenómenos actuales, o que mantienen relevancia para el presente, el libro invita al diálogo entre historia y memoria. Considero que vale la pena subrayar su valor en cuanto trabajo de divulgación y su contribución a las memorias del movimiento estudiantil.
El libro aborda un tema que interesa a públicos muy diversos, dentro y fuera del ámbito académico. Forma parte de una colección de acceso abierto del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) (colección “Que se pinte de pueblo”), que de manera explícita busca democratizar el saber y combatir “la lógica del mercado en la dinámica académica” (p. 9). Es importante visibilizar y promover los esfuerzos de acceso abierto en las publicaciones académicas -la mayoría producidas con dinero público y revisadas gratuitamente por otros académicos-, que es una manera de denunciar y combatir la dominación, el lucro y la privatización del conocimiento por parte del negocio editorial científico.
Desde el ámbito académico cada vez somos más conscientes de la necesidad de llevar más allá del aula y la publicación especializada el conocimiento que producimos. No obstante, lo más común es que hagamos esa labor de divulgación a tientas, sin más instrucción que reducir el número de citas y usar un “lenguaje claro”. Mientras nos aproximamos -con más lentitud y timidez de lo aconsejable- a las discusiones y a la práctica de la historia pública y de la divulgación científica, proliferan productos de divulgación histórica -canales de YouTube, cuentas en redes sociales, podcast, etc.- con contenidos imprecisos o poco fundamentados, cuando no abiertamente falsos. En este sentido, el trabajo de Dip es un buen ejemplo de cómo hacer divulgación sin renunciar al rigor, de comunicación con un lenguaje claro y comprensible sin sobresimplificar, de sencillez sin caricaturizar. No sólo hago referencia al libro, sino también a las numerosas presentaciones y mesas de discusión que el autor ha llevado a cabo en universidades, institutos de investigación y escuelas preparatorias en México y otros países de América Latina, que han habilitado un diálogo real con colegas y estudiantes.
Estas preocupaciones no están lejos de la cuestión de las memorias, un ámbito en el que el libro también puede aportar. ¿Qué conmemoramos el 2 de octubre, el día del estudiante caído o del cordobazo? Los movimientos estudiantiles actuales, como tantos otros activismos, conservan y construyen memorias que son susceptibles de ser ampliadas y enriquecidas con la historia, pues estos dos registros del pasado no son contenedores herméticos ni opuestos irreconciliables. Así como las investigaciones que sintetiza el libro de Dip han tomado de la memoria los testimonios y criterios de sentido y relevancia, las memorias de los activismos estudiantiles -e incluso las de estudiantes no organizados- pueden hacerse más informadas y críticas de las visiones parciales, dicotómicas o autocelebratorias de su propio pasado colectivo, como el mismo autor señala (p. 26). Un ejemplo es la restitución de las mujeres y de su papel fundamental en la movilización estudiantil a lo largo de toda su historia, y no sólo en la actualidad, cuando la participación de mujeres y las demandas relacionadas con violencia de género han sido protagónicas, como en los casos de México y Chile, entre varios otros. Una historia crítica, en diálogo con memorias no dominantes -entre las cuales suele estar la memoria de las mujeres- puede reintroducir a otros sujetos en el conocimiento público del pasado y el presente.










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