Veintitrés académicos, vinculados sobre todo a El Colegio de México en condición de profesores o exalumnos, han unido esfuerzos para ofrecer un libro de homenaje al profesor Carlos Marichal, uno de los autores sin duda más importantes en el diseño de la agenda de investigaciones sobre la historia de América Latina de los siglos XVIII al XX y que en las últimas décadas ha producido obras esclarecedoras sobre temas tan importantes y variados como las crisis financieras y el papel de los intelectuales en la política latinoamericana. El libro reúne 19 artículos, la reedición de una entrevista reciente al homenajeado, a cargo de Mario Cerutti, y dos discursos ofrecidos en la ceremonia de nombramiento de Marichal como profesor emérito de El Colegio de México en octubre de 2019.
Desde el título, el libro destaca el énfasis de Carlos Marichal por estudiar los problemas de las sociedades latinoamericanas en su búsqueda de una modernidad que las ubique frente al mundo europeo y estadounidense. El acento que él puso en ciertos temas, como las finanzas, tanto públicas como privadas, el comercio exterior y otros ámbitos de las relaciones internacionales, y en los grandes idearios producidos en los países latinoamericanos en materia política, económica y social, está recogido aquí por sus colegas y, sobre todo, discípulos, con un sesgo, quizá excesivo, en la parte financiera, y, más bien remilgoso, en el aspecto político e intelectual.
Tomando en cuenta el título del libro y la vocación latinoamericanista del profesor Marichal, llama la atención, por otro lado, la concentración de los estudios en la historia del país donde se ha producido el libro: México, con pocas alusiones a lo que acontecía fuera de sus fronteras. Un sesgo comprensible, sin embargo, por la larga residencia y el intenso trabajo docente que en dicho país ha tenido el homenajeado, que, aunque de padres españoles y nacido en Estados Unidos, ha vivido también largas temporadas en Argentina, España y Estados Unidos.
El primer bloque de artículos enfoca el tema de los comerciantes y la hacienda pública en las postrimerías del virreinato. La profesora del Instituto Mora, Matilde Souto, registra las facciones que se formaban y enfrentaban entre los comerciantes dedicados al trasiego ultramarino, y la aparición de un sentimiento nacionalista entre los comerciantes “mexicanos”, que, a pesar de ser muchos de ellos españoles, consideraban extranjeros y, como tales, merecedores de menores derechos, a los negociantes gaditanos llegados más tarde; además, por supuesto, de a comerciantes ingleses o de otras naciones europeas. Guillermina del Valle descubre un sutil nexo entre las inversiones piadosas de los comerciantes mexicanos en capellanías y la provisión de capitales para las generaciones más jóvenes de hombres de negocios con los que estaban vinculados por parentesco o redes sociales. A su turno, Ernest Sánchez Santiró estudia las prácticas de abastecimiento del ejército de la Nueva España en la primera mitad del siglo XVIII. Original y pertinente es su conclusión de que en ello no hubo ninguna evolución o progresión, como los historiadores latinoamericanos tendemos a entender los sucesos del siglo XVIII conforme éste avanza. Simplemente, pragmatismo. Antonio Ibarra cierra este bloque con un sesudo estudio sobre los donativos alcanzados a la Real Hacienda por los comerciantes de Guadalajara en la coyuntura de la guerra española contra los ingleses, primero, y los franceses, después. Un estudio interesante, por el carácter provincial de este gremio, comparado con el de la capital del virreinato.
El segundo bloque, dedicado a los problemas monetarios y fiscales, arranca con un recuento de Luis Jáuregui sobre la historiografía de los impuestos en México. Dada la rica tradición que la historia de la fiscalidad tiene en el país (a despecho de la baja carga fiscal que lo caracteriza), es un estudio muy útil, complementado, además, por una magnífica bibliografía. Jáuregui clasifica y analiza los principales aportes sobre la tributación en México desde mediados del siglo pasado, cuando habría ocurrido la profesionalización de la historia nacional. En esta historia, la Universidad Autónoma Metropolitana y el profesor Marichal tuvieron un papel destacado desde las postrimerías del siglo. Javier Torres Medina aborda el conocido problema de la escasez de moneda menuda en México, que ilustra con el interesante pleito entre panaderos y pulperos entre las décadas de 1760 y 1790 en la ciudad de México, por el reconocimiento y aprovechamiento del uso de los “tlacos” con que se trataba de subsanar la falta de cuartillos. La revisión de las Memorias de Hacienda del decenio 1923-1933, periodo de reconstrucción del Estado posrevolucionario, sirven a Luis Anaya Merchant para introducirnos a la historia de la estadística hacendaria de la nación, cuyo recorrido puede ser usado, como él señala, para algunas “exploraciones sociológicas”, de las que aquí muestra algún esbozo.
La banca y el crédito son el tema del tercer bloque de artículos, que comienza con un estudio del profesor de la Universidad de Baja California, Jesús Méndez Reyes, sobre la banca regional mexicana en el siglo XX; un estudio interesante, precisamente por incursionar en la realidad del crédito regional. Uno de los hallazgos de Méndez ha sido el financiamiento de producciones cinematográficas a mediados del siglo por parte de los bancos o los gobiernos. Considera que esto le añade “sal y pimienta” a un estudio de caso, pero creo que puede estar frente al filete del menú, para seguir su metáfora. La profesora de la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina), Mónica Gómez, estudia, por su parte, los bancos de emisión de la era porfiriana. Su ar tícu lo hace un retrato del sistema bancario mexicano en los albores del siglo XX y demuestra el rápido incremento del crédito que hubo fuera de la capital nacional hasta la crisis de 1907-1908. En uno de los pocos trabajos que desbordan las fronteras mexicanas, Paolo Riguzzi se concentra en las peripecias del Banco de Londres, Méjico y Sudamérica, que operó entre 1864 y 1912 principalmente en México y Perú. Resalta la conclusión del autor de que el origen británico de este banco no lo protegió ni lo favoreció frente a maniobras del Estado o de los competidores locales que afectaron sus intereses, y que su actitud de ponerse de perfil frente a los dilemas políticos locales no pareció una estrategia adecuada de inserción. Unas ideas que recuerdan los planteamientos de quienes, como D. C. M. Platt, rechazaron la etiqueta de imperialismo para referirse a las relaciones entre las firmas británicas y los gobiernos latinoamericanos durante la era de la hegemonía británica en el mundo.
La sección más pequeña es la quinta, dedicada a las empresas, que cuenta con sólo dos artículos. En uno de ellos, Gabriela Recio reseña el aporte del profesor Marichal a la historia de las empresas, que se remonta a su tesis doctoral sobre las inversiones británicas y francesas en la edad de oro de la economía argentina. Un texto útil metodológicamente (y cálidamente escrito) para quienes trabajan en esta emprendedora parcela de la historia económica. Por su parte, el profesor de la Universidad de Puebla, Mariano Torres Bautista, rastrea a lo largo de tres generaciones a la familia francesa de los Maurer, que iniciaron su vida económica en una localidad de Puebla con un negocio de panadería en 1858, y para 1911 contaban con una cadena de haciendas y un impresionante molino que abastecía de harina a una amplia región. Aquí sí que hay una historia de evolución y progreso. Uno se pregunta, sin embargo, si nunca hubo tensiones con las autoridades o los trabajadores, o si los Maurer fueron ayudados por la política local, o se inmiscuyeron en ella.
Prosiguiendo las ricas vetas abiertas por el profesor Marichal, viene luego la sección de relaciones internacionales, que integra tres ar tícu los, comenzando por el del profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa, Aimer Granados, sobre la identidad y el nombre de Latinoamérica y la manera como ésta planteó sus relaciones con espacios como la América no latina. Un texto interesante, en el que se pone de relieve a la figura del “intelectual-diplomático”, que fue habitual en los países latinoamericanos del siglo XIX y la primera mitad del XX, y que, según el autor, fue también decisiva, tanto para la configuración de una identidad continental, como la que, aparentemente al menos, sería su rival u opuesto: el “panamericanismo”. El investigador del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, Veremundo Carrillo Reveles desempolvó revistas mexicanas de la época de la crisis financiera de 1890, que afectó a países latinoamericanos como Argentina y Brasil, para analizar la manera como dichos medios transmitieron las noticias de aquel suceso y el uso que le dieron para referirse a los dilemas afrontados en el momento por la República Mexicana. Cierra esta sección el artículo del profesor haitiano Guy Pierre, quien analiza la política económica de las economías de plantación del Caribe durante la Gran Depresión de los años treinta, centrándose en las grandes islas de Cuba, Puerto Rico y República Dominicana. ¿Pudieron (o tuvieron el impulso de) mutar hacia una producción orientada al mercado interno, como las grandes economías continentales latinoamericanas? Pierre concluye que no tuvieron esa opción en el menú y que su dependencia monetaria del dólar y su especialización azucarera debilitó cualquier decisión que implicase un cambio de rumbo.
Finalmente, encontramos la sección dedicada a la historia intelectual y el pensamiento económico. Comienza con un artículo de la profesora de la Universidad de Colima, Alexandra Pita González sobre el aporte de Marichal a la historia intelectual, en línea con lo que hace Recio en este mismo libro sobre la historia empresarial. Al pie de su recuento, Pita se pregunta ¿qué han aportado los intelectuales latinoamericanos, no en el estudio del continente, sino como actores de sus políticas y diplomacia? Desilusionados de nuestras élites económicas y políticas, los latinoamericanos tendemos a ver en nuestros intelectuales una especie de compensación. Pero, ¿realmente lo han sido? Es la pregunta que queda en el lector al final de este artículo. Desde el sur del continente, Rafael Sagredo Baeza pareciera responderla afirmativamente, a través del ejemplo del historiador y bibliógrafo chileno José Toribio Medina, quien vivió en la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del XX, y formó una biblioteca impresionante sobre la historia del continente. Las bibliotecas serían memorias que los hombres construyeron sobre sus sociedades y la época de Medina fue ciertamente prolífica en producir en diversos países latinoamericanos personajes que, como él, procuraron reunir libros y documentos sobre el pasado de estos territorios, capaces de forjar una historia que dotase de una identidad a las nuevas naciones que la independencia produjo. Finalmente, Francisco Rodríguez Garza examina la rica obra de Frank Tannenbaum, un profesor de la Universidad de Columbia, quien entre los años veinte y cuarenta del siglo pasado residió largas temporadas en México y publicó libros que interpretaron sus transformaciones y posibilidades económicas y políticas, con una tendencia opuesta al industrialismo que por entonces embargaba a las élites en el poder. ¿Estaba el visitante más acertado en sus diagnósticos que los mexicanos que veían en la revolución industrial el pasaporte más sólido a la modernidad? Así lo sugiere Rodríguez Garza.
El libro cierra con tres apéndices. El primero contiene una reseña de Cecilia Zuleta sobre la faceta de Carlos Marichal como promotor de archivos y recopilación de fuentes. Su artículo despliega un cuadro impresionante de las iniciativas del profesor Marichal para organizar sitios electrónicos y bibliotecas digitales que permitan a los investigadores compartir sus datos y aprovechar los de sus colegas. Zuleta enfoca el caso específico de la historia del petróleo en México, a partir de una donación de documentos de la empresa Pemex. Los otros apéndices incluyen la esclarecedora entrevista de Cerutti y los discursos mencionados antes. En suma, un libro que reúne la amplia variedad de temas que ha recorrido Carlos Marichal a lo largo de su periplo intelectual y que, con artículos como los de Recio, Pita y la entrevista de Cerutti, permite evaluar el impacto que en la historiografía han tenido sus trabajos.
De otro lado, la veintena de estudios reunidos permite apreciar la consolidación de la investigación histórica en México, al calor de instituciones como El Colegio. El rigor puesto en la consulta de fuentes de archivo y la bibliografía pertinente, y el cuidado en evitar el uso anacrónico de conceptos de las ciencias sociales pone en evidencia el avance ganado en los tres cuartos de siglo corridos desde la profesionalización de la historia en América Latina, si tomamos para todo el continente la cronología propuesta por Jáuregui en su artículo. Se echa en falta, tal vez, el debate de interpretaciones historiográficas y de políticas que era característico en la época en que Carlos Marichal comenzó su carrera y a los que él mismo contribuyó. Algo asoma en la colaboración de Rodríguez Garza, quien lanza dardos contra la ideología industrialista, pero en las demás la serenidad y la contención en la crítica parecieran tomarse por virtud.










text new page (beta)


