Las llamadas teorías conspirativas, comúnmente percibidas como simples narrativas sensacionalistas o contenido de entretenimiento, no son tan inofensivas como pueden parecer a primera vista. Estas teorías complotistas, denominadas así por la autora, actúan como una forma de simplificar la complejidad de la realidad, ofreciendo explicaciones fácilmente digeribles sobre fenómenos difíciles de entender. Sin embargo, este intento de simplificación puede resultar peligroso porque distorsiona la realidad y promueve una visión polarizada del mundo, en la que los hechos comprobables y el pensamiento crítico quedan relegados frente a estas narrativas. El complotismo desvía la atención de los problemas estructurales y sistémicos al responsabilizar a ciertos individuos o grupos, alimentando divisiones y tensiones sociales que pueden derivar en distintas formas de violencia, desde la reproducción de estereotipos hasta genocidios.
Donatella Di Cesare, profesora titular de Filosofía teórica en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Roma La Sapienza, ha centrado sus investigaciones en el estudio de la verdad, la comprensión, el tiempo y el lenguaje, así como la otredad, los totalitarismos y el Holocausto. En estos temas, su identidad judía constituye una perspectiva determinante en el análisis a lo largo de su obra. En este estudio sobre el complotismo, Di Cesare establece una distinción entre el concepto de conspiraciones y el de complots, argumentando que las preocupaciones por estos últimos surgen como una reacción al imaginario de un poder oculto. El complotismo, sostiene, no es mera irracionalidad, sino una expresión de despolitización y una respuesta a la incertidumbre política y social que, alimentada por el resentimiento, transforma el malestar, la falta de información y las exigencias modernas en narrativas simplificadoras de la realidad.
A continuación, se sintetizarán los capítulos en el mismo orden en que fueron integrados en el libro, añadiendo algunos comentarios y enlazando las ideas contiguas. La obra está estructurada en más de veinte capítulos breves con oraciones concisas que facilitan su comprensión, aunque pueden dar la impresión de que falta cohesión en su composición. Sin embargo, al concluir la lectura, se revela la importancia de cada apartado. Es de agradecer las múltiples notas del traductor, indispensables para la correcta interpretación de las ideas de la autora y para evitar malentendidos, algo frecuente en la lectura de textos de filosofía y ciencias sociales.
La primera decisión de la autora consiste en realizar una distinción entre los conceptos de conspiración y complot para explicar su preferencia por el último término.
La conspiración está protagonizada por individuos que, perteneciendo a un grupo, actúan clandestinamente como forma de resistencia frente a un régimen opresivo. En ese sentido, Di Cesare afirma: “No hay nada abyecto, indigno o despreciable en ser un conspirador” (2023, p. 31). El complot, en cambio, representa un poder oculto al que se le atribuyen intenciones malignas. Al optar por dejar de lado el término teorías de la conspiración y enfocar nuestra atención en el complotismo, Di Cesare sugiere que este último es una maquinación que no se gesta entre los dominados, sino que emana desde el poder.
Di Cesare critica que Karl Popper considere estas ideas un retroceso primitivo, porque la tesis del libro es que el complotismo no es irracional ni expresa una patología. Más bien, responde a un malestar en las democracias modernas, donde el poder es percibido como indescifrable y oculto en un mundo cada vez menos comprensible; es decir, el poder está contextualizado en la modernidad tal como la caracteriza Marshall Berman (2011) en Todo lo sólido se desvanece en el aire y Zygmunt Bauman (2000) con su concepto de “modernidad líquida”. Bajo esas premisas, la autora también plantea una crítica a Umberto Eco, quien sostiene que el complotismo es una expresión de irracionalidad y un retroceso cultural. Para Di Cesare, esta perspectiva limita la comprensión del complotismo y lo estigmatiza al no considerar que el complotista es también un heredero de los ideales ilustrados, atrapado en una crisis de racionalidad y, por tanto, percibiendo el mundo como ilegible.
Siguiendo la noción de Claude Lefort sobre el poder en la democracia como espacio vacío, los regímenes democráticos parecen ser un terreno fértil para que el complot surja. Al igual que los grandes mitos religiosos y políticos del pasado, el complotismo ofrece una narrativa que otorga sentido a un mundo que parece caótico y fuera de control, mediante mitos sobre un poder oculto que conspira contra el pueblo. El sentido que se adquiere es a través de estructuras narrativas construidas con escasa información, una parte de arbitrariedad y un exceso de prejuicios. Por ejemplo, el mito del complot judío, que imagina un control global por parte de esta etnia, ha sido una narrativa sin origen claro, pero que ha mantenido su relevancia histórica. Este mito ha fundamentado el antisemitismo incluso después del Holocausto y se ha visto favorecido por la globalización al expandirse la idea de que el pueblo judío es una supuesta súper sociedad secreta, responsable de los males del mundo.
La acusación de un complot implica que quien la formula se posiciona como víctima, insertándose en una lucha que se percibe como una batalla entre el bien y el mal. En el imaginario complotista, esta lucha es absoluta, sin espacio para la negociación o el diálogo, porque derrotar al enemigo no es solo un medio, sino el objetivo final. Esta narrativa maniquea convierte al enemigo en una figura imprescindible para construir la identidad de los grupos que se perciben víctimas excluidas y marginadas. Las víctimas buscan reconocimiento y reintegración en la comunidad, pero su condición las limita políticamente, ya que su poder de acción se reduce a su sufrimiento y a las privaciones que han experimentado. Así, la denuncia de un complot se transforma en una distracción política, donde la víctima, en lugar de ejercer una agencia política activa, se constituye solo como un objeto de atención.
Este discurso de victimización también es central en el populismo, que se alimenta del resentimiento hacia un enemigo externo. En lugar de proponer cambios estructurales, el populismo capitaliza este resentimiento para consolidar una narrativa que divide a la sociedad en dos grupos antagónicos, reforzando la idea de un pueblo puro y una élite decadente. Cuando el populismo alcanza el poder, sus promesas no se traducen en cambios estructurales; el líder populista se erige como portavoz del pueblo, preservando el relato de protección frente a fuerzas oscuras y complots. De este modo, el resentimiento no solo persiste, sino que se intensifica, perpetuando la confrontación y manteniendo a los excluidos en una posición de pasividad.
Siguiendo a Leo Löwenthal, la autora señala que el agitador, quien puede interpretarse como un líder carismático, intensifica el descontento popular mediante la manipulación, convirtiendo una legítima desconfianza hacia el poder en teorías complotistas. El agitador explota sentimientos como la humillación, la rabia y la desilusión, redirigiéndolos hacia enemigos imaginarios. El complotista rechaza la complejidad del mundo en favor de una narrativa simplificada de control y sabotaje, lo que distrae de los problemas reales. En este contexto, el temor alimenta la imaginación complotista sobre un poder mundial totalitario, que ha sido nombrado Nuevo Orden Mundial, una teoría reforzada por la globalización y la creciente percepción de un poder anónimo que influye y domina todos los ámbitos de la política, el capital y la vida cotidiana.
Por otro lado, El gran reemplazo es una teoría complotista formulada por el ensayista Renaud Camus que sostiene que las poblaciones autóctonas están siendo reemplazadas por inmigrantes con la complicidad de las élites globales. Este mito está vinculado con ideologías supremacistas blancas, como la de Hitler, quien acusaba a los judíos de contaminar las «razas puras» mediante la introducción de otras etnias. Aunque la autora presenta los mitos conspirativos relacionados con judíos, jesuitas y masones; su enfoque predominante en el antisemitismo parece limitar su capacidad para explorar otros mitos complotistas con el mismo interés. Es comprensible que, dada su religión y herencia cultural, haga referencia a la historia de la persecución judía; sin embargo, su análisis también permitiría realizar lecturas sobre las percepciones occidentales de otros grupos. Di Cesare argumenta que todas las variantes de la teoría de El gran reemplazo son una reproducción del mito antisemita, pero esta perspectiva pasa por alto otros racismos históricos, como la percepción del islam como la otredad interna de Europa. Del mismo modo ha dejado fuera en su argumentación el mito de que la población negra reemplazaría a la blanca en un intento de promover la multiculturalidad; un ejemplo relevante porque tiene origen en el racismo moderno; es decir, en la racialización de las personas negras para justificar la esclavitud, base de la modernidad capitalista (Grüner, 2010). Aunque ambos ejemplos guardan similitudes, no necesariamente constituyen una actualización del complot judío.
El deseo de transparencia, que debería ser una base de la democracia, es vulnerable a la tergiversación. Por un lado, la transparencia es un valor democrático legítimo y necesario, pero, por otro, la búsqueda incesante de una verdad absoluta puede alimentar el complotismo y convertirse en un arma de despolitización masiva, transformando la emancipación en un instrumento de control. Esta obsesión por desenmascarar conspiraciones genera una visión policial del mundo, marcada por la desconfianza hacia cualquier institución o autoridad. En este contexto, uno de los apartados más destacados del libro es Elogio de la sospecha, donde se reconoce a la sospecha como una herramienta imperativa para la interpretación y la crítica, al tiempo que se examinan los riesgos de una sospecha ilimitada que conduce a la obsesión por los indicios. Cuando la sospecha se convierte en la única forma de acceder a la realidad, se transforma en una prisión para quienes se consideran librepensadores. Di Cesare abandona el enfoque normativo al abordar el complotismo, evidenciando que la persecución y ridiculización de las ideas complotistas no son soluciones efectivas. Patologizar el complotismo, sostiene la autora, descalifica toda crítica a las instituciones y limita la comprensión de la complejidad de la realidad social; por ello, propone recurrir a la hermenéutica, la deconstrucción y la teoría crítica como “el antídoto contra el complotismo” (Di Cesare, 2023, p. 137).
La crítica final del libro invita a recordar que el complotismo surge del miedo, del aislamiento y de la exclusión del ciudadano del espacio público; por lo tanto, la lucha contra el complotismo no debe limitarse a la desacreditación, sino a la comprensión de las condiciones sociales que lo generan. La tentación complotista emerge precisamente donde la comunidad interpretativa se desmorona. A diferencia de lo que creen los complotistas, su obsesión no enfrenta las desigualdades, sino que las perpetúa al anular la agencia y reificar las relaciones de dominación existentes. De este modo, el complotismo no solo se entiende como un síntoma de la crisis de la democracia, sino también como una manifestación de las crisis recurrentes del capitalismo.
Di Cesare confronta al lector, lo coloca frente a un espejo y lo interpela para llegar a la conclusión de que cualquiera es vulnerable a realizar afirmaciones complotistas. En el contexto actual, donde la agresión abierta del Estado de Israel contra el pueblo palestino es evidente, pocas perspectivas lo analizan como una dictadura fundamentalista con un régimen de apartheid. En cambio, se reactiva el mito del complot judío, sugiriendo que este proceso de colonización es solo la continuación de la supuesta búsqueda judía de dominación sobre otros pueblos. Sin embargo, aunque parezca una obviedad, es importante recordar que las acciones del Estado de Israel no representan a todas las personas judías, una afirmación que, en medio de la narrativa complotista, parece haberse diluido.
En suma, la perspectiva complotista tiende a simplificar la realidad social en una narrativa épica, en la que siempre se asume el rol de héroe y se identifica a un villano que debe ser derrotado. Sin embargo, resulta fundamental diferenciar las ideas complotistas de la crítica legítima hacia procesos políticos como las colonizaciones y los genocidios, que son deliberados y responden a una lógica racional instrumental. Es imperativo mantener una vigilancia constante, pues la búsqueda de las causas del sufrimiento humano puede conducir fácilmente de regreso a una concepción maniquea y, por ende, al complotismo.










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