Introducción
La tarde del 18 de octubre de 2019 comenzó en Santiago de Chile lo que se conoció como el estallido social o la revuelta de octubre, un proceso de movilización masivo, radical y permanente que durante casi cinco meses tuvo en vilo al sistema político, social y cultural de Chile, solo frenado por la pandemia de covid-19. Lo que surgió como una protesta estudiantil contra el alza del costo del transporte urbano, se propagó a todo el sistema y se extendió de Santiago a todas las ciudades importantes del país (Orellana, 2022; Ureta et al., 2021). Las protestas, las más masivas desde aquellas contra la dictadura cívico-militar en la década de 1980, fueron igualmente reprimidas con extrema violencia por las fuerzas policiales (HRW, 2020; AI, 2020). Concentradas inicialmente en la llamada “plaza de la Dignidad”, se extendieron rápidamente a los territorios del habitar (barrios, poblaciones, plazas), donde emergieron diversas experiencias colectivas, denominadas asambleas, cabildos, colectivos o coordinadoras, que contestaron las lógicas políticas, sociales y culturales imperantes.1
Las asambleas, surgidas autónomamente en los momentos álgidos de la revuelta, tuvieron un impacto significativo en la vida cotidiana de sus participantes, en los territorios de su activación, así como en la escena política y social nacional, pues experimentaron lógicas de acción que criticaban la institucionalidad formal al tiempo que producían nuevos modos de acción política (Flinders y Wood, 2018; Akçali, 2018; Salinas, Castellví y Camus, 2020; Vergara, 2019). Sin embargo, con el correr del tiempo, muchas mutaron, otras se fragmentaron, algunas simplemente desaparecieron.
Una parte significativa de los trabajos que exploran las dinámicas asamblearias de acción política, particularmente en experiencias piqueteras en Argentina (Svampa y Pereyra, 2009; Triguboff, 2011), España (Estalella y Corsín 2013; García, 2012; Mansilla, 2015) y Chile, las describen como una construcción colectiva arraigada en lo territorial, caracterizadas por su horizontalidad, su participación activa, su inclinación a la acción directa, su enfoque centrado en los consensos y el rechazo de la representación política convencional (Ureta et al., 2021; Larocque et al., 2021; Zazo, 2019; Flescher, 2015; Triguboff, 2011; Romanos, 2011). En síntesis, estas asambleas se presentan como redes autónomas y horizontales que adoptan una postura políticamente antiinstitucional y mantienen una sólida cohesión y homogeneidad interna.
Sin embargo, al observar de cerca la cotidianidad de estos espacios, se advierten tensiones constantes, debates intensos, choques, divisiones y fragmentaciones. En ese contexto, el objetivo del artículo es indagar cómo estos espacios colectivos, compuestos de individualidades diversas, se configuraron internamente con el fin de proporcionar claves para comprender dimensiones relevantes de sus prácticas que abarcan desde el compromiso con la horizontalidad, la participación, el consenso y la ausencia de representación, hasta los desafíos internos, debates, tensiones y divisiones.
La premisa de la que se parte es que, en lugar de constituir experiencias homogéneasy armoniosas de resistencia radical contra las instituciones, las asambleas surgidas de la revuelta las conformaron individuos con diferentes trayectorias y orientaciones de compromiso sociopolítico, cuyas lógicas de acción entraron en tensión. Las militancias y activismos son diversos y cambiantes (Novák y Kuřík, 2019), incluyen distintos tipos de compromiso a lo largo del tiempo (Berardi, 2020) y combinan prácticas autónomas con fines institucionalistas (Vásquez, 2015; Mezzadra y Gago, 2017). Estas discrepancias ejercen presión desde dentro de las asambleas, lo que a veces dificulta y obstaculiza su consolidación como actores políticos permanentes.
Este artículo se inscribe en la tradición de estudios sobre movimientos sociales al ubicarse en un “entre-medio” de las militancias y los activismos en espacios no institucionales. A diferencia de investigaciones centradas en las consecuencias políticas institucionales del estallido social de octubre de 2019 en Chile -como la apertura a nuevos actores políticos (Nocetto et al., 2024), la composición de la Convención Constituyente (Rozas, Olivares y Maillet, 2022) o los repertorios de contestación y sus efectos en el sistema político (Somma et al., 2020)-, este análisis parte de que la militancia va más allá de los partidos políticos (Berardi, 2018) y de que los activismos trascienden la transformación individual de las formas de vida (Silva y Ruskowski, 2016).
Asimismo, se distingue de estudios que abordan militancia y activismo desde trayectorias biográficas, “carreras militantes” y enfoques procesuales (Berardi, 2021; Fillieule, 2015; Sawicki y Siméant, 2009), pues se enfoca en las formas de compromiso en un momento y espacio concreto: las asambleas surgidas tras la revuelta de octubre en Chile. Aunque las trayectorias individuales son evidentemente relevantes, exceden los propósitos de este texto.
Finalmente, más que como un remplazo temporal, se concibe la distinción entre militancia y activismo como prácticas interconectadas que coexisten en el espacio-tiempo social de las asambleas. Desde esta perspectiva, se explora la convivencia de las dinámicas de participación y se reconoce que las tensiones y divergencias son constitutivas de estos espacios. Para llevar a cabo la tarea, se adoptó el concepto de compromiso sociopolítico, un término amplio que engloba militancias, activismos y otras formas de participación que aparecieron en el trabajo empírico y que no se encuadraban del todo en esas categorías (Berardi et al., 2023). Seguimos, entonces, a Bennett y Segerberg (2012), quienes subrayan que la acción política es más personalizada y descentralizada, por lo que constituye una intervención flexible y sin líderes, y a Bimber, Flanagin y Stohl (2012), que señalan que la colaboración es más fluida, el compromiso más personal, y que las fronteras entre individuos y organizaciones se difuminan. Sin embargo, nos distanciamos de ambos al no concebir las tecnologías como base de esas transformaciones, ya que, como se observa, estas entretejen distintas formas de compromiso que transitan de modo diverso entre sí, por lo que la parte tecnológica no necesariamente es la que estructura la manera en que participan.
Metodológicamente, este artículo se fundamenta en una investigación cualitativa que junta observación participante en Santiago y en Valparaíso con entrevistas en profundidad en diversas comunas y sectores de ambas ciudades. La observación tuvo lugar en un barrio de Santiago centro entre octubre de 2019 y agosto de 2024, y en diversos sectores de Valparaíso entre septiembre de 2021 y enero de 2023. Los reportes etnográficos sirvieron para elaborar las siguientes dimensiones situadas: forma de organización, orientación de la acción política y enfoque de participación, así como para proyectar los contenidos relevantes de las entrevistas que realizamos a 30 participantes adultos (15 mujeres, 15 hombres), cuyas edades oscilan entre 20 y 70 años, con diversas profesiones, oficios y actividades de vida.
Las y los entrevistados participaron o participan en alguna organización colectiva emergida de la revuelta en Chile, en distintas comunas, barrios o poblaciones, tales como Santiago centro, Macul, Valparaíso, Independencia, Providencia, La Granja o Vitacura. Las entrevistas permitieron ampliar el alcance territorial que entregaron los casos etnográficos y que nos enfocáramos en sus discursos, percepciones y significaciones en un amplio abanico de experiencias situadas.2
En lo que sigue, se presenta una discusión conceptual relacionada con los términos militancias y activismos. Luego, proponemos una distinción basada en las tres dimensiones emergidas de la observación participante que reflejan las lógicas de compromiso sociopolítico en el Chile contemporáneo y que dan lugar a las ocho figuras que describimos. Finalmente, se examina cómo estos hallazgos inciden en una comprensión situada de las organizaciones asamblearias.
La lógica de la militancia: el partido como guía
En el ámbito de los estudios de movimientos sociales y la acción política, la militancia se ha tratado en diversas investigaciones, pero sin constituir un eje central de análisis en el área. Aunque se han explorado los motivos que llevan a las personas a rebelarse (Gurr, 1970) o la dinámica de la formación de líderes en las organizaciones de movimientos sociales (McCarthy y Zald, 1977), la teoría dominante ha dedicado poca atención a las llamadas “configuraciones militantes” y, en su lugar, se ha tendido a analizar la acción y los conflictos políticos de los movimientos, así como su relación con el Estado y las instituciones (Snow, 2004; Yates, 2015). Esto ha dejado de lado las preocupaciones por las particularidades, subjetividades y “configuraciones sociohistóricas” de individualidades y agrupamientos que componen los colectivos y movimientos sociales (Sawicki y Siméant, 2009).
No obstante, en las décadas de 1990 y 2000 creció el interés por estas formas de compromiso militante (Péchu, 2001). Tradicionalmente, la idea de militancia se vinculaba a los partidos políticos y a la búsqueda de poder institucional, y se definía como “una forma de participación activa, no remunerada, no orientada prioritariamente hacia la obtención de beneficios materiales, y generalmente presentada como ejemplar, ya que su intensidad atestigua de la importancia y del valor que se le puede acordar a las actividades de la organización” (Lagroye, 2002, p. 244, citado en Fillieule y Pudal, 2010, p. 164).
Sin embargo, esta definición resultaba genérica y requería mayor precisión, por lo que Pudal (2011) profundizó en los enfoques históricos de la militancia y distinguió cuatro configuraciones: heroica, retribuida, distanciada y, una cuarta, combinada y procesual (Pudal, 2011; Fillieule y Pudal, 2010; Pudal y Pennetier, 2000). La militancia heroica -vinculada al militante obrero y comunista- representa el modelo tradicional, aunque con el tiempo evolucionó hacia una lógica de repliegue, de incitaciones selectivas, de una militancia más individualista y distante (Pudal, 2011; Pudal y Pennetier, 2000).
Aiziczon, siguiendo a Pudal, analizó las configuraciones militantes en Argentina e identificó la militancia heroica clásica, pero incorporó una configuración insurreccional o revolucionaria, también heroica, como “clima de época latinoamericano” (Aiziczon, 2018, p. 148). Continuó con una configuración que emergió de la crisis y el desencanto de la militancia clásica, orientada por un ethos democrático posdictatorial, para finalmente identificar una última, inestable y heterogénea, de naturaleza transicional y sin pretensión hegemónica.
Sales, Fontes y Yasui (2018) también desarrollaron la idea de militancia en Brasil y propusieron definirla como “una metodología para producir acción colectiva con el objetivo de intervenir, o interferir, en las normas sociales actuales” (p. 582). Para precisarla, recorrieron diferentes investigaciones para identificar nociones comunes de la lógica de la acción militante: su ascendencia y relación con lo militar y una impronta guerrera; la idea de vigor y sacrificio personal en nombre de una ideología; la capacidad de resistencia; la producción de un poder disciplinario, obediente, comprometido y dócil como soldado de partido, y la obediencia a un programa (del partido) que tiene una visión épica y predecible de la historia. La idea de militante es la de un/a militante total, construida en torno a mitos fundacionales (identidad nacional y revolución), basada en la fe, la jerarquía y la disciplina como modelo organizativo.
El análisis de la militancia en el contexto chileno ha sido poco abordado, aunque hay estudios sobre militancias y vida cotidiana de organizaciones revolucionarias (Ruiz, 2015), la relación entre militancia, academia y ONG durante la dictadura (Garcés, 2010), o las trayectorias militantes y “migraciones políticas” de élites de izquierda (Cuevas, 2015; Moyano, 2013), entre otros.
Un artículo particularmente relevante para nuestro propósito es el de Piñeiro y Rosenblatt (2017), pues, además de constatar la ausencia de reflexión en torno al involucramiento de las personas en la actividad política, el trabajo observa el peso que tienen en los partidos políticos distintos tipos de militantes (aunque los llaman indistintamente activistas). Los clasifican en cuatro categorías que reflejan distintos grados de compromiso y motivaciones, y que dependen de cómo perciben los recursos que destinan a la organización: si lo ven como una inversión de la que obtienen beneficio o si es un consumo por contribuir a un bien público. Con esta base identifican al adherente accidental (bajo consumo, baja inversión), al leal (bajo consumo, alta inversión, o utilidad como forma de consumo), al leal ambicioso (inversión con retorno y utilidad como consumo) y al ambicioso, instrumental u oportunista (baja inversión, alto consumo, o aporte solo como inversión).
El trabajo de Piñeiro y Rosenblatt aporta conocimientos interesantes para nuestros objetivos, como la constatación de que en un mismo espacio político confluyen (en tensión o no) diversos tipos o configuraciones militantes, pero no coincidimos en su clasificación de las categorías en función de una lógica atada a la inversión y las retribuciones (Gaxie, 2005). En nuestro análisis, distinguimos lógicas de acción en las que los partícipes se pueden adherir, sea de modo sistemático y continuo, o dinámico y discontinuo, en función de situaciones más bien precarias e inciertas. Si bien reconocemos que la lógica instrumental puede formar parte de los compromisos sociopolíticos, la consideramos como parte de una globalidad más compleja. Nuestra aproximación propone un enfoque amplio y flexible para comprender la complejidad de motivaciones y prácticas de los individuos dentro de las organizaciones colectivas. Para eso es necesario indagar en el concepto de activismo, que en cierto modo complementa y amplía la lógica de militancia.
La lógica de activismos. La vida cotidiana como acción política
La literatura sobre activismos y sus términos asociados -entre ellos acción política cotidiana, resistencia cotidiana, movimientos de estilo de vida, acción política de estilo de vida, activismo indirecto o política prefigurativa (Yates, 2022)- es amplia y tendencialmente más reciente que la de militancias, surgiendo de manera sólida en la década de 2010. Como se dijo, los análisis sobre el compromiso sociopolítico tienden a pensar los cambios desde una lógica de remplazo temporal. Así, a los movimientos sociales “tradicionales” les corresponde un tipo de compromiso heroico que lucha por el poder político, mientras que a los movimientos contemporáneos, cuyo eje de transformación es la vida cotidiana, les toca un activismo asociado a los estilos de vida. Eso es lo que, en la línea de estos trabajos, distingue la militancia de los activismos.
El texto de Haenfler, Johnson y Jones (2012) es ilustrativo de esta lógica del remplazo, pues diferencian claramente movimientos sociales y movimientos de estilo de vida (lifestyle movements). Para ellos, los movimientos sociales tradicionales se enmarcan en la lógica de la acción política contestataria, que implica una visión asociada a la protesta pública, las organizaciones de movimientos sociales y la acción política institucional. Esta perspectiva genera un punto ciego entre estos movimientos y los que no se ajustan a esas lógicas al definirse con términos distintos. Esos otros movimientos, si bien dispares, comparten dimensiones que se distancian de las planteadas por los movimientos sociales tradicionales, como promover la acción individual en lugar de la colectiva; enfocarse en acciones privadas y continuas en lugar de públicas y episódicas; comprender sus acciones individuales y privadas como medios hacia el cambio social más que a uno meramente personal, y centrarse en el trabajo identitario como eje del cambio social. Además, estos movimientos tienden a ser estructuralmente difusos, no centralmente organizados, y apuntan hacia códigos y prácticas culturales más que a objetivos político-institucionales (Haenfler, Johnson y Jones, 2012).
Esta propuesta diferencia una lógica tradicional de una lógica emergente de movimientos sociales, pero no logra emanciparse de la prevaleciente teoría de la movilización de recursos, por lo que sus análisis entran en un círculo conceptual vicioso. Además, como señala Véron (2016), su distinción dicotómica entre movimientos sociales y estilos de vida termina siendo artificial y descarta una conexión entre dos tipos de activismos vinculados y que se pueden considerar componentes mutuamente constitutivos de las estrategias de los movimientos.
Si bien Haenfler, Johnson y Jones ofrecen un modelo interpretativo del activismo, hay posturas que lo cuestionan. Portwood-Stacer (2013) destaca cómo las elecciones individuales configuran realidades políticas, y define la política de estilo de vida como la práctica de moldear comportamientos personales según ideales de cambio social. En su análisis del anarquismo, muestra aspectos como la vestimenta, la alimentación o las relaciones sexuales, y la manera en que se convierten en actos políticos al integrar la identidad y la comunidad en una crítica al capitalismo y al Estado. De manera similar, Novák y Kuřík (2019) caracterizaron el activismo radical como dinámico y heterogéneo, al combinar la teoría de la estructura de oportunidades políticas con la acción directa y la política prefigurativa, lo que determina su localización, repertorios, objetivos, organización y relación con las estructuras políticas.
Desde Latinoamérica, Aiziczon habla de una “configuración militante” que se inscribe en la lógica de los activismos. Se trata de una disposición amplia, difícilmente aprehensible, transicional, heterogénea y basculante, sin pretensión hegemónica, de múltiples sujetos y organizaciones dispersas y fugaces, caracterizada por la “explosión de organizaciones autónomas, descentralizadas, ancladas territorialmente y con una estrategia política difusa” (Aiziczon, 2018, p. 150).
Sales, Fontes y Yasui (2018) hablan de una “nueva sociabilidad militante”, horizontal, que valora la dimensión subjetiva, cuya organización es más descentralizada y autónoma, con estrategias pedagógicas experimentales en lugar de argumentativas y racionales. Para ellos, el término “activista” -además de expresar mejor los modos de compromiso, los repertorios de acción y las tácticas actuales que el de “militante”- es un término crítico del significado excesivamente centralista, asimétrico, no participativo y burocrático de este último en la construcción de la acción política. Es crítico también de la unidimensionalidad del actor militante (clase obrera), que anula la multiplicidad de luchas y sujetos que hay en los grupos subordinados. Valoran del término activista la lógica en red, la convergencia de múltiples movimientos en múltiples espacios, la participación directa, la ausencia de liderazgos formales y la lógica de consensos.
La lógica de activismos se distingue de la lógica militante vista más arriba, pero sigue un entramado de suposiciones que aparecen como discursos ideales más que como prácticas cotidianas de compromiso sociopolítico. Como se verá, en las asambleas surgidas de la revuelta, más que un remplazo temporal de una militancia centralizada y jerárquica por activismos descentrados y horizontales, se observan distintas figuras de compromiso sociopolítico que disputan un espacio que es, al mismo tiempo, social, cultural y político.
Dimensiones y figuras para pensar las yuxtaposiciones en/de las organizaciones colectivas contemporáneas
Si las organizaciones tradicionales respondían a una lógica de militancia articulada con la de partido político (centralizado, jerarquizado, racional, con objetivos políticos institucionales), las organizaciones contemporáneas tenderían a un distanciamiento crítico de la política tradicional y apuntarían a la construcción de autonomías, al mismo tiempo que ensayarían la revitalización de la acción política desde abajo (Flinders y Wood, 2018). Según Flescher, los movimientos autónomos están “organizados en redes horizontales, sustentados por principios de autoorganización, democracia directa/participativa, autonomía, diversidad y acción directa” (2015, p. 145), y toman distancia de partidos, sindicatos y sus formas verticalistas de representación.
Sin embargo, en este trabajo se matiza esta versión de un remplazo temporal de organizaciones centralizadas y militancias jerarquizadas por redes descentralizadas y activismos horizontales, y es porque en las organizaciones territoriales conviven -muchas veces en tensión- diversas figuras no necesariamente estables que hacen bascular tanto las tendencias organizacionales como las posiciones personales de acción política. La realidad es más dinámica y heterogénea que la dicotomía recién revisada, y junto con las categorías de militancia y activismo que permanecen, conviven otras formas de compromiso que se encontraban eclipsadas por esta lógica dicotómica de remplazo temporal.
Las dimensiones que nos interesa subrayar -si bien no son las únicas- surgen desde el trabajo etnográfico como las más significativas para dar cuenta de las diversas figuras que componen quienes participan en asambleas. Estas dimensiones son: forma de organización (institucional/autónoma), orientación de la acción política (macropolítica/micropolítica) y enfoque de participación (colectivista/individualista), tal como se muestra en la tabla 1. Los individuos que participan en las asambleas se inscriben, inestablemente a veces, en algún lugar de estos entrecruzamientos, lo que hace que convivir políticamente sea un desafío permanente. Entendemos también que estas figuras complejizan la lógica dicotómica de distinción entre militancias y activismos, y constituyen una fotografía de las complejas realidades cotidianas propias de las asambleas. Los compromisos son dinámicos y las personas pueden transitar entre estas figuras.
Tabla 1 Dimensiones y lógicas de acción política de asambleas
| Forma de organización | Orientación de la acción política | Enfoque de participación | |
| Lógica militante | Institucional | Macropolítica | Colectivo |
| Lógica activista | Autónoma | Micropolítica | Individual |
Fuente: elaboración propia.
En la dimensión “forma de organización”, se entiende lo institucional como aquellas prácticas y discursos inscritos en la organización social o política formal, incluida la participación reglada, como elecciones, militancia partidaria u organizaciones funcionales subordinadas a las leyes vigentes. En contraste, la organización autónoma abarca prácticas independientes de las instituciones y de las normativas formales, alineadas con la política de la experimentación (Estalella y Corsín, 2013), donde lo estable y lo novedoso coexisten. Estas prácticas pueden adoptar formas horizontales o jerárquicas, centralizadas o reticulares, reglamentadas o no, pero su configuración y continuidad dependen de sus participantes, no de la institucionalidad formal, aunque puedan interactuar con ella (Mezzadra y Gago, 2017).
En la dimensión “orientación de la acción política” se parte de que la macropolítica busca transformar las estructuras materiales y de poder de la sociedad al vincularse con movimientos orientados a la toma del Estado y las instituciones. En contraste, la micropolítica disuelve estas grandes categorías, centra su acción en la subjetividad y promueve la liberación de formas de sujeción impuestas por el inconsciente neoliberal (capitalista, patriarcal, colonial, etc.) que producen subjetividades hegemónicas (Alzate, 2009; Ayala-Colqui, 2022; Rolnik, 2019; Widder, 2017). Mientras la macropolítica se asocia a la lucha política tradicional (hacia fuera y hacia arriba), la micropolítica opera como resistencia cotidiana (Scott, 1990).
Finalmente, en la dimensión “enfoque de participación”, la perspectiva colectivista prioriza la gestión y defensa de lo común al promover la acción conjunta y la interdependencia de quienes participan (Ostrom, 2000; Caffentzis y Federici, 2014). Este modelo se basa en la cooperación y en la construcción de redes intercomplementarias para alcanzar y proteger objetivos compartidos. En contraste, el encuadre individual pone énfasis en la acción personal sobre la colectiva. Puede manifestarse en un individualismo que privilegia los propios intereses y posturas sobre las de los demás, o en la delegación de decisiones en representantes externos, confiando en que actuarán en favor tanto de sus intereses individuales como colectivos (Lichterman, 1996; Gaxie, 2005).
La interpretación dominante afirma que la lógica militante se traduce en formas de organización institucional (el partido),con una orientación de la acción política a un macronivel (la disputa por el Estado) y con un enfoque de participación colectivista (donde las individualidades se subordinan a un objetivo mayor); mientras que la lógica de activista se vería como una forma de organización autónoma (experimental, horizontal, no representativa), con una orientación de la acción política hacia lo micropolítico (lo territorial, de alcance cotidiano) y con un enfoque de participación individual y subjetivo (que combina preocupaciones personales con preocupaciones de transformación social). Sin embargo, nuestra experiencia etnográfica y los discursos de las/os participantes muestran que, en las realidades cotidianas, estas dimensiones se trastocan y entretejen mucho más de lo anticipado por la teoría, dialogando y tensionándose constantemente. El despliegue de las lógicas en función de las dimensiones descritas permite pensar en el surgimiento de ocho figuras, enlistadas en la tabla 2, que van del “militante tradicional” -correspondiente a la configuración tradicional de militante descrita por la literatura mencionada- al “asambleísta horizontal” -que equivale a la de activista ya citada-. En nuestra investigación, estas figuras se presentan junto a otras en un “entre-medio”, de modos diversos, ambivalentes y a veces precarios, y las personas transitan, eventualmente, de una figura a otra en función de sus múltiples motivaciones.
Tabla 2 Figuras de acción política en función de dimensiones y lógicas de acción política de asambleas
| Figura | Dimensiones |
| Militante tradicional | Institucional-Macropolítico-Colectivo |
| Operador político tradicional | Institucional-Macropolítico-Individual |
| Participante vecinal/territorial | Institucional-Micropolítico-Colectivo |
| Dirigente vecinal/territorial | Institucional-Micropolítico-Individual |
| Activista contemporáneo "tradicional" | Autónomo-Micropolítico-Individual |
| Activista "radical" | Autónomo-Micropolítico-Colectivo |
| "Dirigente" asambleario | Autónomo-Macropolítico-Individual |
| Asambleísta horizontal | Autónomo-Macropolítico-Colectivo |
Fuente: elaboración propia.
A continuación se describen los rasgos más característicos de estas figuras y el modo en que se constituyen los discursos y prácticas de compromiso sociopolítico de quienes participan o participaron de dichas asambleas. Debemos aclarar que las designaciones utilizadas son una combinación de categorías tradicionales (e. g.: militante tradicional, activista radical, asambleísta horizontal) con otras que distinguimos en sus prácticas (e. g.: participante/dirigente vecinal y asambleario), con categorías “nativas” (e. g.: operador político) y las que construimos con base en el trabajo etnográfico y la reflexión conceptual (e. g.: activista contemporáneo “tradicional”). El objetivo es dar cuenta de que más que rechazar la dicotomía tradicional entre militancia y activismo, buscamos ampliar la imagen de compromiso sociopolítico hacia una diversidad y heterogeneidad de figuras en las que los individuos se inscriben -de modos precarios o basculantes- cuando participan de estas experiencias colectivas. El uso de una tipología que combina nociones convencionales con categorías surgidas de la propia investigación permite articular su carácter situado y particular con referencias y conceptualizaciones desarrolladas en otros contextos. Estas, a su vez, nacen como propuestas que pueden ser exploradas en escenarios similares.
1) Militante tradicional. Se refiere al militante de partido, caracterizado como heroico, sacrificado, que subordina su individualidad y subjetividad a las directrices de la organización sin esperar beneficios personales a cambio de su “inversión” (Aiziczon, 2018; Pudal, 2011; Fillieule y Pudal, 2010; Sales, Fontes y Yasui, 2018; Piñeiro y Rosenblatt, 2017). Como dice Rodrigo:
Yo le tengo mucha admiración a las personas como mi papá, que vienen de una militancia del Partido Comunista superobediente ¡y crítica también!, pero superobediente […] Hacían lo que tenían que hacer (30/11/2022).
Es institucional porque sus objetivos sociales se alinean con los del partido, se enfoca en demandas políticas relacionadas con la lucha por el poder y se inclina a temáticas macropolíticas. Se concibe como parte de un colectivo, al que prioriza sobre lo individual, subjetivo y múltiple en su enfoque de participación. Esto se nota cuando Matilda, antigua militante de partido, comenta:
De que me acuerdo soy militante, de chica, de los 15 años. Y siempre participé en organizaciones […] Es el mundo que me encanta, es donde me formé y soy quien soy […] Siento que en las organizaciones uno responde a esa militancia. Porque la organización tiene una estructura o tiene ciertas visiones que uno dice: “Yo estoy acá porque adscribo a esa visión”. Por lo tanto, me considero una militante, porque soy vocera de esa visión (25/11/2022).
Si bien es común encontrar militantes tradicionales implicados genuinamente en asambleas, esta figura es vista con cierta desconfianza por algunos participantes que normalmente rechazan esa institucionalidad y las formas tradicionales de hacer política de la que dichos militantes son parte constitutiva. Según Gabriela:
[Los partidos] son una amenaza porque demuestran que mientras no se lleve las direcciones del partido van a estar insistiendo con que sea así. O sea, tener a alguien del partido en el piño [grupo]… cuando hablaban se veía que estaban con una orden de conseguir eso. Y cuando no se conseguía lo que opinaban, había una alerta [en el partido] (09/11/2022).
2) Operador político tradicional. Se inscribe en el perfil de militante retribuido (Aiziczon, 2018; Pudal, 2011), a saber: aquel que participa de las consignas del partido en espera de beneficios, o en la de “leal ambicioso” (Piñeiro y Rosenblatt, 2017), que busca hacer carrera política manteniendo la ideología partidaria. A menudo es una combinación de ambas. Se trata de una figura institucional que sigue las directrices de la organización y actúa como su representante no oficial en las asambleas, en las que busca implementar formas organizativas e ideológicas alineadas con el partido. Se adscribe a la lógica macropolítica, ya que sus objetivos coinciden con los del partido y centra su enfoque en la competencia institucional por el poder político. Su colaboración se caracteriza por ser individual y fundamentarse, principalmente, en obtener beneficios personales a través de su implicación como operador político. Al mismo tiempo, considera su papel individual como esencial en la orientación de la asamblea en pos de su objetivo. Con todo, está convencido de que la línea programática del partido constituye la mejor vía para transformar la sociedad. Rogelio cuenta de un compañero que:
Él, a través del partido, decidió convertirse en recolector de basura para afectar dentro y formar sindicatos en los sectores de recolección […] ¡Eso es militancia! Hay otra [compañera] que tomó el trabajo de auxiliar de aseo de la universidad para afectar dentro, en otra rama, además de la estudiantil... En una rama más sindical de los sectores de trabajadores (02/12/2022).
Esta figura, al igual que la del militante tradicional, genera conflictos y desconfianza en las asambleas, ya que en muchas se rechaza dicha lógica de acción política institucional. La presencia de operadores políticos ha provocado divisiones en algunas organizaciones, mientras que en otras no se les ha permitido ingresar, o se les mantiene al margen. Causó turbulencias en estos espacios, sobre todo frente a la coyuntura del “acuerdo político del 15 de noviembre de 2019”,3 cuando algunas organizaciones se dividieron para apoyar o rechazar dicho proceso. Ana se refiere a esto como:
Hacer campaña por el Apruebo […] Ahí hubo también un quiebre y la gente se fue restando. Yéndose a donde se formaron comandos del Apruebo. Mucha gente se fue hacia allá. Otra gente que no iba a votar por el Apruebo, ni iba a participar en el proceso constitucional, se quedó en otro espacio. Entonces se fue disgregando (25/11/2022).
3) Participante vecinal/territorial. Es aquella persona que interviene en organizaciones vecinales reconocidas por la institucionalidad y aparece esporádicamente en las asambleas surgidas de la revuelta. Esta figura es altamente institucional, se implica activamente en organizaciones locales reconocidas por las autoridades y se rige estrictamente por reglas. Sin embargo, no comulga con la política institucional, ya que “no cree en los partidos”. Su preocupación principal, más que transformar la lógica de las relaciones de poder, es mejorar el entorno en el que habita, por lo que sus acciones son locales, territoriales y micropolíticas. Karinne hace una descripción certera:
La asamblea era una, la Junta de Vecinos otra. En la Junta de Vecinos, la primera vez que fui, entré a la reunión y había una señora. No recuerdo de qué estábamos hablando, pero ella sabía mucho sobre la institución, sobre el municipio, la Junta de Vecinos; sabía muchas reglas. Entonces propusimos una idea, y ella dijo: “no se puede”. Y lo dijo tantas veces que le pusimos [de sobrenombre] “la no se puede”. Y hasta hoy hablamos de “la no se puede”, porque ella participa mucho de la Junta de Vecinos. Y es “la no se puede”. En términos [políticos] “la no se puede” va a la Junta de Vecinos, no va a la asamblea territorial” (28/11/2022).
Además, es una figura colectiva, ya que no busca protagonismo, pero participa permanentemente de iniciativas locales -en algunos casos las impulsa-. No obstante, la mayor parte del tiempo se ciñe a las iniciativas que la organización y los dirigentes vecinales estipulan como objetivo. En este sentido, no es oportunista, genuinamente cree que su contribución aportará a la mejora colectiva del espacio que habita, por lo que, cuando participa en la asamblea, lo hace en actividades que conlleven mejoramiento local (huertos, biblioteca, salud, entre otras).
4) Dirigente vecinal/territorial. Se asemeja a la figura anterior (participante vecinal/ territorial) en su enfoque micropolítico y en su relación subordinada con la institucionalidad. Sin embargo, difiere, pues se inscribe en la lógica mayormente oportunista señalada por Piñeiro y Rosenblatt (2017), y busca hacer una carrera política personal, pero desde organizaciones sociales locales más que desde partidos políticos, aunque eventualmente milite en uno, y así combina prácticas de “operador político” y de “dirigente vecinal”. Según Rodrigo:
Antes, quienes hacían cosas más ligadas a lo político eran la gente de la Junta de Vecinos. O sea, una mujer de la Junta de Vecinos, la Myrian, quien también es de la iglesia. Es una vieja chora igual (excepcional), pero también maquinadora (30/11/2022).
Y para Bernardo:
La Junta de Vecinos, los dirigentes de la Junta, los encargados de las sedes, son los que te prestan la llave. Se pasan mucho rollo (desconfían). Piensan que vas a revolucionar el espacio o que te lo vas a apropiar (27/12/2022).
En las organizaciones surgidas de la revuelta, esta figura provoca sentimientos encontrados: genera confianza en algunos participantes vecinales por brindar orden y dirección, pero también desconfianza y rechazo, ya que se percibe que busca dirigir y volcar la organización en pro de sus intereses, y cuando no logran subordinarla, se alejan de la asamblea. Como dice Benedicto:
Nos empezamos a juntar acá en una Junta de Vecinos. Junta de vecinos corrupta. Corrupta porque el tipo que la maneja ha aprovechado el patrimonio del barrio y se ha hecho de tres fundaciones. Es un tipo al que combatimos, dónde ande lo combatimos, porque es una lacra (12/11/2022).
5) Activista contemporáneo “tradicional”. Corresponde a lo que Haenfler, Johnson y Jones (2012) llaman “movimientos de estilo de vida”, alejados de las lógicas institucionales y de la disputa por el poder político. Apuntan a transformaciones individuales cotidianas como fundamento de los cambios sociales. René afirma:
Para ser activista necesitas de ti mismo no más. No necesitas que un partido te banque (apoye), ni un grupo de personas a las que afiliarse, sino que el activismo es más cotidiano (28/12/2022).
Sus compromisos combinan intereses personales, familiares, laborales, de ocio y sociopolíticos a distintas escalas espaciales y temporales. Por ello participan en las asambleas con entradas y salidas, y armonizan lo personal con lo colectivo, aunque parezca contradictorio. Es una figura desprendida y cambia sus intereses en función de diversas variables. A menudo se refiere a su activismo como “trabajo gratuito”, con lo que legitima, en cuanto a retribuciones (Gaxie, 2005), la lógica personal sobre las colectivas (Lichterman, 1996). Leandro comenta, mientras participaba en una instancia vecinal, que:
Estamos pensando en un proyecto de largo plazo si en este espacio comunitario podemos aguantar con este ritmo de trabajo sin remuneración. [Por eso] con el equipo nos estamos intentando pagar[…] Y cuando llegan críticas como: “No, es que ustedes están ganando un sueldo” [ironizando]. Claro, yo empiezo a pensar: “me podría enojar y mandarlos al carajo […] ¡vecinos malditos!” (21/11/2022)
En las organizaciones estudiadas, esta figura genera, sobre todo para las de “militante tradicional”, “activista radical” y “asambleísta horizontal”, incomprensión o extrañeza debido a su ambivalencia o a la poca congruencia en su participación, además de su capacidad para yuxtaponer intereses contradictorios.
6) Activista radical. Se inscribe en gran medida en el tipo de activismo descrito por Portwood-Stacer (2013) y por Novák y Kuřík (2019). Responde al distanciamiento crítico de la política institucional de Flinders y Wood (2018), y apunta a generar un poder autónomo de la lógica institucional y a construir una acción política desde abajo. Por lo mismo, articula la lógica micropolítica, que es su acción cotidiana, con una lógica macropolítica de acciones que intenta transformar la sociedad en general. Su acción, de alcance limitado, se enfoca en transformar las prácticas de la vida cotidiana, aunque comprende que están estructuradas por sistemas de alcance mayor. A diferencia del “activista contemporáneo tradicional”, su lógica de acción política es colectiva, al entender que por esa vía se logra una transformación social efectiva. Por ello, la lógica de autonomía deviene central para esta figura, lo que genera tensiones con quienes se adhieren a formas de organización más institucionales. Como dice René:
Esa es la idea. Tienes que romper un poco la cotidianidad a la que estás acostumbrado. Por lo menos es como yo veo la acción directa, lo que tú buscas es decir: “No quiero esta cotidianidad”. Es un aviso: “Salgan un poco de esta cotidianidad”. Algo está incomodando; algo nos está incomodando. En ese sentido, creo que el fin de la acción directa es incomodar. Lo veo como un punto muy importante. Si haces una acción directa que no incomoda, al final pasa desapercibida (28/12/2022).
Este activismo es más ideologizado que el de la figura anterior, y se diferencia en que participa de manera mucho más sistemática en estas organizaciones y aporta conocimientos y experiencias previas. Su gama de prácticas es amplia, y vira hacia la vida cotidiana como acción política colectiva y transformadora. Sin embargo, corre el riesgo de querer imponer su postura frente a otras, como dice Saúl:
Es el desafío que tenemos los seres de izquierda para organizarnos y dejar de lado nuestra matriz o corazón capitalista neoliberal, donde está la competencia, el individualismo, quién grita más fuerte, quién tiene las mejores ideas, quién es más bacán [genial], quién está más a la izquierda.
Al final, esa lógica terminó minando el espacio, en el cual confluyeron varias personas que no eran parte de la organización… sino que eran vecinos que veían la contingencia y dijeron: “Yo quiero apañar [apoyar]”. [Pero] se fueron restando porque se prestaba para luchas ideológicas de los comunistas contra los anarquistas… (22/12/2022).
7) “Dirigente” asambleario. Es similar al “operador político tradicional”, aunque se diferencia en que no responde a un partido o movimiento político específico, sino que proviene de organizaciones no necesariamente institucionales, pero de las que tradicionalmente ha sido dirigente. Susana se refiere negativamente a esas personas cuando comenta: “A eso me refiero, a que hay mucho personalismo, muchas ganas de: ‘Yo quiero ser presidente o presidenta’, pero por el cargo, no porque realmente me interesa” (11/11/2022).
Es individualista, porque piensa que su postura es la más coherente, por lo que espera que lo sigan. Se inscribe bien como militante retribuido (Pudal, 2011), pero no del tipo “leal ambicioso” (Piñeiro y Rosenblatt, 2017), ya que es más leal a sí mismo que a una organización colectiva. En las asambleas, intenta dirigirlas hablando permanentemente. Si el colectivo no lo sigue, o frena su impulso dirigencial, es común que deje de participar y busque otras instancias donde pueda asumir como dirigente. Según Marcos:
[En una asamblea] se aglomeró mucha gente y un tipo habló. No recuerdo el discurso, pero discurso típico de la revuelta. El tipo se notaba que era un político de profesión. Después, efectivamente, supe que era de estos políticos que se van metiendo en cualquier espacio para tratar de organizarlo para sus propósitos. Son de estos que buscan base. Que se mueven para cualquier lado buscando una base social. Quieren que los sigan. De hecho, este tipo después se fue para Puente Alto [comuna] cuando lo echaron de la asamblea (01/11/2022).
Se diferencia del “operador político tradicional” por su lealtad a sí mismo y su intención de dirigir la organización de acuerdo con sus convicciones, lo que afectará su participación a largo plazo. Es visto en las asambleas de modo negativo precisamente por su individualismo y la lógica de dirigente, como dice Ramona:
Lo que no queremos es que se forme esta cúpula dirigencial, en donde hay gente que, al final, no trabaja en nada concreto, sino que solo están dando órdenes. O son los que deciden. O son como la cúpula política. Que pasó en muchas asambleas, y nosotros no tenemos ganas de que eso nos ocurra. Y la única forma de hacer que eso no ocurra es que todos estén trabajando en algo. Que no exista la gente iluminada que se cree superior. O que puede pensar y solo estar en esa nube de dar órdenes, sin mancharse las manos (02/11/2022).
8) Asambleísta horizontal. Representa el tipo ideal más extendido de las y los participantes de estas organizaciones. Apuesta genuinamente por la autonomía de la organización respecto de las instituciones políticas tradicionales (Dinerstein, 2010; Flescher, 2015; Dee, 2017), busca reconstruir una legitimidad política desde abajo, con lógicas políticas prefigurativas, participativas, con democracia y acción directa, horizontal, experimental, no representativa y consensual, aunque implique temporalidades y ritmos distintos a las del mundo político institucional (Törnberg, 2021; Flinders y Wood, 2018; Estalella y Corsín, 2013; Graeber, 2009). Como dice Karinne:
[Sobre su postura política] Yo no creo que lo tengo tan claro. Pero sí tenía un compromiso más organizacional, tenía la intención de participar en la asamblea, o vincularme con otras asambleas. Soportar las cosas lateras [aburridas], como reuniones con gente que no se calla nunca, con tal de que ocurriera algo diferente. Tampoco tengo tanto contenido político. Yo nunca milité, no te iba a dar la clase de Marx, pero sí tenía disposición (28/11/2022).
Este activismo se entrelaza con las vidas cotidianas, donde adquiere sentido y consistencia (Triguboff, 2011). No es necesario que tengan experiencia de participación política, pero están genuinamente convencidos de que la política institucional no es efectiva y que la representación es perjudicial para la soberanía. Según Gerardo:
Nosotros nos organizamos de una manera horizontal. Vamos asumiendo diferentes responsabilidades dependiendo de lo que nos proponemos hacer. No hay un cargo que se construya y no mute […] Lo hacemos todo en conjunto. No hay necesidad ni siquiera de que haya que tomar una decisión sin conversarlo […] Porque hay también confianzas que se van construyendo, miradas que uno sabe que comparte con la otra [persona] (21/11/2022).
Y para Fernanda:
No nos pueden imponer cosas que, quizás para la institucionalidad funcionan mejor, pero para nosotros no. [Por ejemplo que] El espacio es asambleario, el espacio es horizontal, no tenemos jerarquías […] Y como una identidad muy positiva. Nos caracteriza y nos enorgullece finalmente decir: “Sí, ¿sabes qué? Nosotros somos horizontales, somos asamblearios. Aquí estamos construyendo un espacio distinto de gestión comunitaria” (04/11/2022).
Sus acciones políticas deben tener sentido en sus vidas y para la vida en general, por lo que participan activamente en comisiones territoriales o sociales de las asambleas, en temas como salud, vivienda, cultura, derechos humanos, educación popular, oficios, entre otras.
Estas ocho figuras se encuentran de modos disímiles en las asambleas. Mientras unas entran y salen, otras permanecen de manera más estable en el tiempo. También hay otras que intervienen en ciertos momentos y luego, por diversas razones, dejan de hacerlo. Los intereses para participar son también muchos, algunos lo hacen por motivos personales (liderazgo, retribución, instrumentalización, compromiso genuino), otros por causas colectivas (transformación social, mejoramiento territorial). Y también se ven algunas figuras que buscan cambios de orden más general e institucional, mientras otras apuntan a transformaciones subjetivas o locales. Con todo, la emergencia de estas figuras permite análisis que revelan cuestiones más complejas y sutiles que la mera distinción tradicional entre militancia y activismo.
Del remplazo temporal a un entretejimiento de figuras
Esta propuesta pretende visibilizar dimensiones y formas de compromiso sociopolítico que quedan opacadas por la dicotomía entre militancia y activismos, entendidas como lógicas de mundos temporales distintos. Aquí se plantea una lectura más compleja al identificar figuras en un “entre-medio” que ayuda a comprender de modo más situado las diversas individualidades que conforman los espacios colectivos surgidos durante la revuelta en Chile.
El enfoque etnográfico permitió identificar las dimensiones clave en las lógicas individuales de acción política dentro de estas organizaciones. La dimensión “forma de organización” contrasta una orientación institucional que ve en las estructuras formales un apoyo y un regulador, con una orientación autónoma que busca independencia de las instituciones y de sus restricciones normativas. La “orientación de la acción” diferencia una acción macropolítica -enfocada en transformar estructuras de dominación como el Estado o las relaciones de clase, género y etnicidad- y una micropolítica -que concibe las prácticas cotidianas como un espacio legítimo de acción y resistencia-. Finalmente, el “enfoque de participación” contrasta una vertiente individual de liderazgo personal o legitimación de un liderazgo externo, con una colectiva que prioriza decisiones grupales sin excluir necesariamente estructuras jerárquicas.
Estas dimensiones entrecruzadas posibilitan el mapeo de la constelación de ocho figuras de compromiso sociopolítico en las que los individuos se inscriben, inestablemente a veces, en su participación en asambleas: 1) militante tradicional; 2) operador político tradicional; 3) participante vecinal/territorial; 4) dirigente vecinal/ territorial; 5) activista contemporáneo “tradicional”; 6) activista “radical”; 7) “dirigente” asambleario y 8) asambleísta horizontal.
Este estudio sugiere que tales figuras, que no son estáticas, reflejan divergencias internas que tensionan internamente la participación en espacios colectivos. Futuras investigaciones deberán explorar si alguna dimensión predomina sobre otras, o cómo se articulan estas orientaciones en escalas locales, nacionales o globales. Sin embargo, su relevancia actual radica en ofrecer un marco analítico para comprender, de manera sociológicamente más compleja, las dinámicas internas de las organizaciones territoriales -en especial aquellas nacidas de la revuelta- y los desafíos que enfrentan al negociar prácticas individuales y proyectos colectivos.
Así, por ejemplo, se comprenderá si, como comenta Marcos, la tensión en una asamblea es por temas organizativos, de acción política o de enfoque de participación, cuando dice que desde su comisión mandaron
una carta a la asamblea, porque estábamos viendo que algunas personas se estaban apropiando de nuestro trabajo colectivo. Esa carta generó hasta peleas. De hecho, hasta hoy hay gente que no me habla por aquello […] Finalmente, no llegamos a nada, pero nos salimos como comisión [de la asamblea], y lo mismo hicieron otras [comisiones]. En la asamblea hoy quedan cinco personas, y antes éramos caleta [muchos] (01/11/2022).
También se entenderá si la paulatina disminución de la participación que menciona Saúl es producto de temas organizativos, de orientación de la acción, o incluso de un enfoque de participación, cuando cuenta que hubo
un cisma al interior [de la asamblea] por cosas estúpidas, como siempre; o que no valen la pena para el objetivo que uno quiere, y que terminaron por minarla. Del espacio se empezaron a ir de a poco los compañeres... (22/12/2022).
Estas figuras también ayudan a comprender que haya habido asambleas que, a pesar de las diferencias internas, promovieron candidatos para elecciones constituyentes o municipales, se organizaron e hicieron campañas para aprobar la Constitución (finalmente rechazada con 61.89% de votos en contra), realizaran ollas comunes durante los momentos álgidos de la pandemia o, incluso, se organizaran en contra de José Antonio Kast como candidato en la segunda vuelta presidencial de 2021. Como se dijo, las asambleas suelen vivir momentos intensos de luchas comunes, y la autonomía se juega no solo en contra de la institucionalidad, sino también negociando con ella de diversas maneras.
Estas variantes analíticas son posibles si se piensa -como demostramos en estas páginas- que las configuraciones internas de los espacios colectivos no las constituye una sola figura, sea militante tradicional o activista de estilo de vida, sino, más bien, que las conforma una multiplicidad de figuras que se insertan de modos diversos, muchas veces inestables y precarios, según las dimensiones de organización, participación y acción política. Esta forma conceptual y empírica de abordar los espacios asamblearios facilita pensar que las experiencias colectivas convergen conjuntamente en causas comunes, pero también comprender sus fragmentaciones y momentos de tensión.
Estas posibilidades son entendibles si se concibe a las asambleas como espacios constituidos por individuos plurales, diversos y dinámicos que se inscriben de modos heterogéneos en diversas formas de compromiso sociopolítico, más que si las imaginamos como espacios unidireccionales, homogéneos y estáticos, basados en una distinción dicotómica y excluyente entre militancia o activismo. Desenmarañar estas figuras da acceso a una aproximación más situada de las realidades de las organizaciones políticas contemporáneas.
Conclusión
Este artículo intenta demostrar que en las asambleas surgidas de la revuelta de octubre en Chile se presentan, aunque de modos desiguales e intensidades variables, distintas figuras de compromiso sociopolítico. La diversidad de los orígenes de las y los participantes en las asambleas posibilita la experimentación relevante en cuanto a las formas de organización, la orientación de la acción política y el enfoque de participación, al permitir la creación de lógicas múltiples cuya sedimentación y continuidad dependerán de cómo se legitimen las articulaciones entre las figuras observadas. Esas interacciones pasan por momentos de tensión que son constitutivos de las organizaciones asamblearias. Lo que se constató mediante el trabajo etnográfico y las entrevistas en profundidad fue que estas figuras, que parecían presentarse de modo separado y en momentos distintos, en realidad se encuentran yuxtapuestas en un mismo espacio asambleario, además de observar la emergencia de otras figuras en un “entre-medio”. Por ello, nos distanciamos de la idea de remplazo temporal que subyace en gran parte de las teorías sobre militancia y activismo.
Las investigaciones futuras podrán explorar al menos tres líneas de indagación: 1) el modo en que la coexistencia de estas figuras genera tensiones en las asambleas y cómo afecta en su horizontalidad; 2) la evolución de estas configuraciones en el tiempo: ¿una institucionalidad favorable tendería a reducir las formas menos institucionales?, ¿una institucionalidad hostil o distante radicalizaría las más institucionalizadas?; 3) las interacciones entre micropolítica y macropolítica en un mismo espacio de compromiso sociopolítico. Finalmente, cabe preguntarse si es posible desarrollar formas de democracia directa plenamente participativa que trasciendan el ámbito asambleario, tradicionalmente limitado al territorio del habitar.
Las cuestiones planteadas a partir de esta investigación son extensibles al análisis de contextos similares, como los procesos de Argentina en 2001, España en 2011 o las revueltas ocurridas en Perú, Colombia y Ecuador entre 2019 y 2022. La propuesta de ampliar las configuraciones de compromiso sociopolítico, al considerar las dimensiones de forma de organización, orientación de la acción política y enfoque de participación, permite una comprensión más compleja y situada de la acción de las asambleas en distintos contextos, enraizada en las dinámicas de la vida cotidiana.










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