Si leemos el texto de Claudia Ceja, no nos vamos a encontrar con la explicación de porqué se gestaron los más importantes pronunciamientos y adhesiones durante la primera mitad del siglo XIX. Tampoco nos hallaremos la lista detallada de la plana mayor y sus generales de división y de brigada. Menos aún, las acciones de guerra llevadas a cabo por militares de alto rango, cuyos nombres encontramos en todas las ciudades y pueblos del país.
En cambio, si nos adentramos en el libro en cuestión, nos vamos a encontrar con casos como el de Florentino Barrón, quien desertó y regresó al ejército más de quince veces, volviendo por cuenta propia la mayoría de las mismas. Conoceremos también al soldado Tomás González, quien empeñaba y vendía su uniforme para poder comer, beber y jugar. De igual manera, daremos cuenta de María Lucrecia Flores, vendedora de frutas que alzó la voz por las mujeres que eran viudas o tenían a sus maridos acuartelados en otro lado, y tenían que vender comida en la calle para subsistir. Así mismo, se nos contará el caso de José Cervantes, un tendero que solicitaba favores sexuales a los soldados a cambio de dinero y suministros.
Pero no solamente nos encontraremos con casos particulares de personas que estaban relacionadas al entorno militar, sino que entenderemos que el ejército jamás estuvo aislado de la sociedad en general, y que los militares formaron relaciones, redes y dinámicas que solamente se explican a partir del estudio de la tropa, de ese soldado de a pie que era sustraído de su hogar generalmente a la fuerza y no por voluntad propia.
Producto de su tesis de doctorado, corregida y complementada con nuevas reflexiones que denotan la lectura de obras que han surgido en los últimos años sobre las fuerzas armadas en México,1 el libro de Claudia Ceja nos presenta a lo largo de una introducción y cinco capítulos, los pormenores de una historia que se podría denominar como historia social del ejército o nueva historia militar. Pero más allá de etiquetas, que muchas veces confunden más de lo que esclarecen, el texto que nos presenta la autora es un libro de historia a secas, sin apellidos, una gran investigación acerca del ejército mexicano durante sus primeras décadas de vida en el siglo XIX, en donde el estudio de la legislación y de casos específicos contrastan perfectamente lo que era el ideal del cuerpo castrense y lo que fue realmente en la práctica, concentrando sus esfuerzos en esa vida cotidiana de la tropa cuando se encontraba acuartelada.
En el primer capítulo, Ceja se concentra en explicarnos cuál era la estructura y organización de la tropa permanente y la milicia activa. Si bien eran dos cuerpos distintos, donde la milicia activa se distinguía de la permanente solamente por ser movilizada en momentos de conflicto y no estar siempre acuartelados, su mando y administración dependía de los mismos oficiales, es decir, de los comandantes generales. No obstante, hay dos cuestiones que la autora nunca deja de lado. Una es que el ejército a pesar de sus reglas, y de incluso tener muy en claro el ideal que tenían de lo que debía ser un soldado, dada su naturaleza informal, permitió divergencias entre el deber ser y lo que realmente fue. La otra cuestión que se observa claramente en el libro es su interés particular por la tropa, es decir, los cabos, los soldados y los sargentos, quienes representaban los rangos más bajos del escalafón en la jerarquía militar del ejército. En este sentido, la obra aborda la forma en que estos soldados eran reclutados. Ya conocíamos la manera en que se reclutaba a los reemplazos del ejército permanente gracias las obras de José Antonio Serrano y Peter Guardino,2 pero la autora nos presenta la parte informal (e incluso diría ilegal) de forma detallada, poniendo en primer plano a algunas de esas personas reclutadas. Es solamente así que se puede constatar que el reclutamiento, particularmente cuando se trató de leva, recogió a gente de sectores sociales desfavorecidos, con poca oportunidad de eludir el servicio de las armas y en muchas ocasiones, siendo incluso menores de edad. Respecto a la minoría de edad, el asunto se torna interesante, puesto que el tema de los niños-adolescentes como parte activa del ejército se ha estudiado muy poco. De hecho, la única obra que conozco hasta la fecha es la de “El niño-adolescente y la carrera de las armas en Nueva España, segunda mitad del Siglo XVIII”, de Moisés Guzmán Pérez.
El tema que más resalta entre los tópicos que rodearon el reclutamiento, y que además está muy bien abordado, es la cuestión de los vagos. Este no es un tema menor porque el concepto de vago fue visto como un contramodelo de lo que se buscaba con la idea de ciudadano, y por tanto, la vagancia fue clasificada, tipificada y combatida a través de la legislación. Una de las formas de combatir la vagancia fue precisamente el reclutamiento forzoso, y como bien lo explica la autora, dentro de esta legislación de vagancia entraron los jornaleros temporales y trabajadores informales, por lo que incluso se puede hablar de una manera de castigar la pobreza a través de esta acepción de vago, quienes fueron los principales reclutados para conformar la base de la pirámide del ejército, la cual es el foco de atención en esta obra.
En el segundo capítulo, se nos muestra el alojamiento, abastecimiento y condiciones de la vida cuartelaria. Aquí destaca sin duda el complejo sistema de relaciones personales, económicas y sociales alrededor de los cuarteles en la ciudad de México. Uno de los temas que resalta es el mercado negro que se daba con el empeño y venta de uniformes, porque es muy clara la razón por la cual los soldados vendían o empeñaban su ropa, pero no se llega a aclarar la intención de los compradores ¿era solamente para beneficiarse de la reventa o la ropa e insignias eran usadas para hacerse pasar por militares? Si bien esta duda no es aclarada dentro del texto, lo que sí se nos presenta es esa imagen de una tropa llena de carencias y necesidades, pero que muchas veces encontró la manera de abastecerse o al menos cubrir personalmente sus necesidades inmediatas, sin que necesariamente fueran formas legales.
En este mismo sentido, el tercer capítulo aborda qué era lo que pasaba precisamente cuando la tropa rompía las normas establecidas. Se nos deja en claro que los delitos estaban a la orden del día entre los habitantes de los cuarteles, y que los había de todo tipo, pero también se nos explica que muchas veces los oficiales a cargo tenían que tolerar estas faltas, puesto que solamente así podían continuar acuartelados la mayoría de los soldados. Aún así, la deserción se encontró a la orden del día, por lo muchos de los juicios encontrados por Claudia Ceja son precisamente por este tipo de fugas. No obstante, también se tuvo existió una gran permisividad respecto a los cargos imputados, puesto que el objetivo principal era devolver a estos acusados al servicio, pasando lo mismo con enfermos y mutilados. Todo lo cual evidencia la acuciante necesidad de tropa que tenía la institución militar.
En el cuarto capítulo se nos presenta un mosaico de las distintas relaciones de poder que se dieron en los cuarteles y que iban desde las disputas entre oficialidad y tropa, hasta relaciones sexuales y afectivas con otras personas que podían proveerles de algunos insumos necesarios. Este último caso es el que más llama la atención puesto que se trató de una manera de usar la homosexualidad como moneda de cambio para obtener lo que en teoría la propia institución debía de proveerles.
En el quinto capítulo se analiza el papel de las mujeres en ese teórico mundo “de hombres” que eran los cuarteles, demostrando también la existencia de muchas dinámicas de poder diversas en las relaciones que se entablaban dentro de ellos. Es de esta manera que podemos observar a las mujeres activamente como protectoras, cuidadoras, pero también constantemente como víctimas de la violencia que se vivía en los cuarteles. Por medio de varios casos específicos se estudian los diferentes tipos de violencia, tanto física como sexual, a la que fueron sometidas muchas de estas mujeres, y cómo por el sistema de tolerancia existente en la institución militar, la mayoría de ellas jamás pudo salir de ese tipo de dinámicas.
Considero que la obra logra su propósito, el cual es reconstruir la vida cotidiana en los cuarteles, permitiendo al lector imaginarse claramente en ese ambiente pernicioso, generalmente insalubre y sobre todo violento que eran estos lugares y sus alrededores. Por tanto, se trata de una obra que usa todas las fuentes a su alcance (a destacar las tesis de Historia de la Medicina) y que nos permite reconstruir una parte de la historia que no siempre es referida cuando se habla del ejército en México en el siglo XIX, y cuya mayor virtud, en mi opinión, es nunca perder de vista que se trató de una institución que estuvo imbricada en la vida social de muchos pueblos y ciudades, por lo que para estudiar el periodo decimonónico mexicano es necesario tomarla en cuenta. Otro punto fuerte es que desde la introducción se nos explican las razones que hicieron que el ejército fuera una institución que en Nueva España (y en casi toda la América española) nació “débil” y porqué el sistema de milicias que no requerían acuartelamiento fue preferido por autoridades locales y estatales por encima de las milicias activas y permanentes. De este modo, puede entenderse que, en la práctica, el ejército fue muy distinto a sus ordenanzas, puesto que las circunstancias políticas, económicas y culturales del país coadyuvaron a que la sociedad y el ejército ocuparan un mismo espacio, indisoluble y fuertemente ligado por dinámicas y relaciones que no permiten entender a lo uno sin lo otro. Por ello, se trata de una obra que nos permite acercarnos a la vida social del ejército y, en este sentido, de lectura obligada para quienes estén interesados tanto en la institución como en el periodo estudiado. La obra pone asimismo de manifiesto la necesidad de replicar este tipo de estudios en otros pueblos y ciudades para así tener un panorama más completo de lo que fue la vida en los cuarteles y cómo influyó su existencia en estas poblaciones.










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