EL CAMINO HACIA EL EXILIO
GONZALO RODRÍGUEZ LAFORA (1886-1971) constituye una de las figuras más destacadas de la neuropsiquiatría española. Son numerosos los estudios que analizan su trayectoria científica y sus aportaciones.1 No obstante, su estancia de nueve años en México sigue presentando muchas interrogantes; el abordarlas puede ayudarnos no sólo a conocer mejor su trabajo, sino también a profundizar en la manera en que la escuela cajaliana logró echar raíces en este país después de la guerra civil.2
Hay dos facetas de Lafora que sus biógrafos no han dejado de subrayar: su importante labor como neuropsiquiatra y su tendencia a generar polémicas. Con respecto a la primera, vale la pena señalar que, como otros de su generación, se esforzó por dotar a la neuropsiquiatría de una base experimental.3 Tuvo para eso a los mejores maestros: en España a Luis Simarro, Nicolás Achúcarro y al propio Cajal, y en el extranjero a los que son considerados como los padres de la neuropsiquiatría moderna (Alzheimer, Kraepelin, Brodmann, Oppenheim, Vogt, etc.). A los 25 años, cuando trabajaba en el St. Elizabeth’s Hospital de Washington, descubrió una forma de epilepsia mioclónica y desde entonces su nombre aparece asociado a esta enfermedad. El repunte que experimentó la ciencia española a principios del siglo XX hizo posible que, en 1913, Cajal lo pusiera al frente de un nuevo centro de investigación, el Laboratorio de Fisiología Experimental del Sistema Nervioso; además, en 1933, Lafora consiguió por oposición la dirección del servicio de psiquiatría del Hospital Provincial de Madrid, el más importante del país. Ambas responsabilidades bastan para mostrar el protagonismo que tuvo Lafora en la neuropsiquiatría española de los años previos a la guerra civil: cosechaba los resultados de tres décadas dedicadas a la investigación y la clínica.
La faceta de polemista merece mencionarse porque expresa su manera de conducirse en la profesión. El no ceder a la opinión de la mayoría le puso en el centro de muchas controversias, pero fue también la punta de lanza que le permitió abrirse paso en un escenario marcado por la tradición y avanzar hacia una neuropsiquiatría científica. En ocasiones se equivocó, pero su motivación fue siempre provocar la discusión para poner a prueba la coherencia y la fuerza de los argumentos. Lafora no se hizo más mesurado por formar parte de la diáspora republicana; como veremos, generó suspicacias y antipatías en su país de acogida, lo cual no le impidió implementar un modelo de clínica neuropsiquiátrica que lleva su marca personal. Cabe señalar que su talante polémico nos ofrece la oportunidad de observar desde otra perspectiva el exilio científico y el cruce de dos itinerarios de la neuropsiquiatría, el español y el mexicano.
El 2 de noviembre de 1938, Lafora llegó a México como exiliado. Tenía 52 años y había dejado en España a su mujer y a sus tres hijos.4 Se encontraba en Madrid cuando tuvo lugar el golpe de Estado; en septiembre de 1936 se trasladó a Valencia y siete meses después a Barcelona. En esta ciudad, el embajador de México en España le extendió una invitación de su Presidente para “colaborar en las instituciones docentes”.5 Aceptó enseguida, pero aún tendrían que pasar unos seis meses para poder embarcar. En mayo de 1938, cruzó la frontera francesa y se instaló en Anglet; desde esta localidad resolvió por carta los detalles de su traslado a México. La información más relevante le llegó el 14 de septiembre: se enteró entonces de la creación de La Casa de España, que sería la encargada de atender a los invitados; de que su salario (600 pesos mensuales) le permitiría vivir con “completo decoro” y de que tendría “el tiempo necesario y los mejores instrumentos para proseguir trabajos de investigación que pueden terminar en la publicación de alguna obra o ensayo”; de él se esperaba que, en el año que duraba la invitación, impartiese un seminario y un curso oral en una institución académica.6 El 20 de septiembre llegó a París y el 12 de octubre partió del puerto de El Havre en el vapor Champlain.7
No cabe duda de que Lafora tenía premura por salir de España: se sentía en el punto de mira de los sublevados, pues había votado al Frente Popular y firmado con otros intelectuales varios manifiestos de apoyo al gobierno republicano.8 En su expediente de depuración figuran acusaciones verosímiles (pertenecer a la masonería, atacar a la religión y expresar ideas izquierdistas) y una maliciosa: se le hacía responsable de la muerte del neuropsiquiatra José María Villaverde.9 Pero tampoco parecía confiar mucho en el apoyo que podría recibir del gobierno republicano, ya que no pertenecía a ningún partido político y había criticado públicamente algunas de sus decisiones.10 Era un liberal moderado, como Salvador de Madariaga, José Ortega y Gasset o Gregorio Marañón, que estaba en contra de cualquier forma de totalitarismo.
SU TRABAJO CIENTÍFICO DURANTE EL PRIMER AÑO DE EXILIO
Lafora formó parte del primer grupo de invitados por Lázaro Cárdenas. La lista contemplaba a veinte profesores que habían sido seleccionados por su trayectoria profesional y por el interés que sus estudios tenían para el país; figuran tres médicos de la escuela de Cajal: Pío del Río Hortega, Teófilo Hernando y Lafora, si bien sólo este último llegó a trasladarse a México.11 A la semana siguiente de su llegada apareció en los diarios nacionales una nota que informaba de sus méritos académicos y de sus actividades: “El Doctor Lafora continuará en México sus trabajos de investigación sobre histopatología nerviosa en los laboratorios del Hospital General y del Manicomio. Dará una serie de conferencias sobre los sueños, tema éste que desarrolla en un libro que publicará en nuestro país muy pronto”.12 Dictó las conferencias en noviembre y diciembre en la Escuela Nacional de Medicina, y al año siguiente en Guadalajara (en mayo) y en Morelia (en agosto); no versaron sobre los sueños, como se había anunciado, sino sobre “El problema del carácter y la personalidad”.13 En las tres ciudades tuvo mucho éxito.14 Lafora se había comprometido con La Casa de España a publicar estas conferencias como libro; en los meses siguientes amplió considerablemente su contenido y trabajó en la redacción. En septiembre de 1939 escribió a Alfonso Reyes: “Creo que para fin de este mes entregaré ya acabado el libro prometido: ‘El carácter y la personalidad’. Para ello paso casi todo el día recluido, añadiéndole abundantes correcciones y notas utilizando los libros que me llegaron recientemente”.15 Por diversas razones que veremos, tardó otros tres años en entregarlo y para entonces ya no se contaba con presupuesto para su publicación;16 el texto, de 241 páginas, quedó inédito.17
A finales de mayo de 1939, Lafora se desplazó a Los Ángeles, California, donde estuvo varias semanas.18 Impartió cuatro conferencias en dos universidades y otra en el County Hospital, donde expuso diversos casos clínicos ante neurólogos y psiquiatras: “Les interesó y desde entonces no paro de recibir invitaciones para tratar de cuestiones, ver centros de investigación; me regalan libros y trabajos […] quieren que vaya a ver los centros de investigación en la Standford y la Berkeley”.19 Días después recibió una invitación del Instituto Tecnológico de California para que impartiera al año siguiente unas conferencias sobre “Las funciones cerebrales” y para “planear con un grupo de fisiólogos, psicólogos, psiquiatras y neurólogos la creación de un Departamento de investigaciones cerebrales, en el que probablemente sería invitado a colaborar cuando fuese erigido”.20
Durante sus dos primeros meses en México, Lafora asistió en días alternos al Hospital General y al Manicomio La Castañeda para “estudiar a los enfermos con síndromes mentales limitados”; en caso de fallecimiento, realizaba un análisis histológico de sus cerebros para establecer relaciones entre los síntomas y las lesiones.21 En enero de 1939 dejó de asistir al Manicomio, con el permiso de su director, Manuel Guevara Oropesa, dado que no contaba con material apropiado de laboratorio. Durante los siete meses siguientes, por las mañanas, atendió diariamente sus labores en el Hospital General, apoyando a los neurocirujanos Clemente Robles Castillo y Mariano Vázquez Rodríguez: presenciaba las operaciones craneales, recogía el material de autopsias y lo preparaba para estudiarlo en el laboratorio.22 A partir de agosto sólo asistió al Hospital a partir de las doce, para dedicar las primeras horas a acabar su libro “Carácter y personalidad”.23 Además, en junio fue nombrado consejero del Departamento de Terapia Social de la Secretaría de Asistencia Pública, aunque acudió poco a las reuniones.24
Al finalizar el año, había publicado un artículo sobre tumores cerebrales,25 que expuso previamente en la Sociedad de Neurología y Psiquiatría, y presentado dos comunicaciones: “Los síntomas psíquicos en los tumores cerebrales y su localización” (en el Congreso de los Cirujanos Mexicanos, abril de 1939) y “Síndromes psíquicos y neurológicos de las lesiones del lóbulo frontal” (en la Academia Nacional de Medicina, 16 y 26 de julio de 1939). Al año siguiente redactó un trabajo en inglés, “Focal epilepsy due to cerebral gliomatosis”, que recoge un caso clínico que atendió en el Hospital General y que quedó inédito.26
PROBLEMAS CON LA CASA DE ESPAÑA
La Casa de España podía prorrogar el contrato por otro año y así lo hizo con la gran mayoría de sus invitados. Lafora fue una excepción: el 4 de octubre de 1939, se asentó en el libro de actas que no se renovaría su invitación, que vencía el 30 de noviembre, y tres semanas después se le notificó el fallo sin explicar los motivos.27 Para entender esta drástica decisión debemos remontarnos al 9 agosto de 1939. Lafora se hallaba en Morelia, a donde había ido para impartir un ciclo de conferencias (“El problema del carácter y la personalidad”) que duraba toda la semana. Ese día escribió una carta al presidente de La Casa de España, Alfonso Reyes, para manifestarle sus quejas por varios problemas que surgieron en la organización: le habían informado mal del horario y por tal razón no llegó a tiempo para dar su primera conferencia, en la Universidad no contaban con el programa y además pusieron al ciclo un título inexacto (“Personalidad y carácter”). El público no dio importancia a lo sucedido y las conferencias tuvieron un éxito rotundo; pero a Lafora le pareció una falta que “indica que el personal a sus órdenes, a diferencia de cuando dependía del Centro de Cultura Económica, descuida sus obligaciones”. Se quejaba también de que no le avisaban de las conferencias que impartían otros invitados. “Esto marcha de cualquier manera”, remató.28
Si Lafora pretendía aportar una crítica constructiva con sus comentarios se equivocó de estilo y de momento. No eran días fáciles para Alfonso Reyes, por el trabajo que implicaba atender las solicitudes de los republicanos una vez terminada la guerra civil (en una libreta describió lacónicamente su estado de ánimo: “¡Hecho polvo!”).29 Las quejas de Lafora fueron la gota que colmó el vaso; al leer su misiva, Reyes anotó en su diario: “Una carta increíble, impertinente, inesperada de Lafora, desde Morelia. ¡Para él todo han sido consideraciones en La Casa de España! Horrible exhibición de grosería y aun de falta de equilibrio mental, achaque de psiquiatras”.30 Se abrió una investigación interna para aclarar lo sucedido y se concluyó que la única responsable había sido la Universidad de Morelia. Ese punto quedaba zanjado, pero salieron otros: como si se hubiese abierto la caja de Pandora, se aprovechó el memorando para exponer algunas prácticas irregulares del neuropsiquiatra, hasta entonces tratadas con discreción. La menos grave podría definirse como un abuso de confianza: recurría a La Casa para que le pasaran a limpio sus conferencias; las restantes, en este primer informe sólo aparecen esbozadas: “Recordar incidentes sobre quejas por su ejercicio profesional indebido”, “Recordar incidentes sobre devolución de libros que se compraron para él”, “Recordar el tiempo que lleva aquí y el que se pasó en los Estados Unidos y computar el fruto de su presencia para México”.31
A mediados de agosto, la decisión de no renovarle el contrato ya estaba tomada;32 se pospuso un par de meses probablemente porque, como se verá más adelante, por esas fechas surgió la posibilidad de crear un laboratorio de investigación, con un área de neuropatología que sólo podía dirigir Lafora. A la par, Reyes hizo algún intento por resolver el conflicto de manera diplomática; para ello recurrió a Tomás Gutiérrez Perrín, un médico español que residía en México desde 1908, que había sido discípulo de Cajal y que conocía bien al neuropsiquiatra. Perrín le expuso el malestar de La Casa de España por algunas de sus actuaciones, pero Lafora optó por no ceder, como dirá después, ante unos “juicios que reputo injustos”.33 Estos “juicios” quedaron planteados con mayor claridad en una segunda investigación interna, que se encargó al médico Enrique Arreguín; el incidente de Morelia, aunque se señalaba, quedaba en segundo plano y en cambio se hacía hincapié en dos puntos de mayor calado. El primero se refiere al descuido por parte del neuropsiquiatra de las comisiones que le había asignado La Casa de España: “aparte de no cumplir con funciones de laboratorio en lo que es excusable por no habérsele dado elementos para ello, […] su actuación en el Manicomio, tras de haber sido poco eficaz en los primeros tiempos, estaba del todo abandonada”. El segundo consistía en que Lafora llevaba tiempo ejerciendo la práctica privada, cobrando además altos honorarios, lo cual resultaba incompatible con su calidad de miembro residente.34
Ambos puntos merecieron la réplica de Lafora. El primero lo resuelve enumerando todas las actividades que realizó durante sus primeros meses de estancia y advirtiendo que no estuvieron por debajo de las llevadas a cabo por otros profesores invitados, lo cual era cierto. Además, era verdad que la falta de un laboratorio apropiado limitó mucho su trabajo: carecía de algo tan sencillo como una cuchilla de microtomo con el grosor adecuado para hacer los cortes histológicos de los cerebros. Mal que bien se las fue arreglando “para avanzar en mis investigaciones sobre la localización de lesiones correspondientes a síndromes psíquicos”, para lo cual tuvo que adquirir por su cuenta “ingredientes, frascos y hasta estantes para el laboratorio”. En cuanto a su obra “Carácter y personalidad”, todavía pendiente de entrega, recordó con mordacidad “las críticas públicas y privadas hechas a algunos de los [libros] publicados por La Casa de España”; para que con el suyo no sucediera lo mismo, trabajaba en él con un “excesivo prurito de perfeccionamiento”.35
El segundo punto resultaba más delicado. Lafora argumentó que ejercía la práctica privada de siete a diez de la noche, en un horario que no afectaba a sus compromisos con La Casa de España, a los que dedicaba entre nueve y diez horas al día, “más de lo que ningún empleado público”. También menciona que otros invitados obtenían ganancias extraordinarias mediante traducciones o vendiendo sus obras artísticas, y que con esas “actividades perjudicaban por igual a los profesionales nacionales”. Finalmente, apunta que el suyo no podía ser considerado como “libre trabajo profesional”, ya que por carecer de título mexicano trabajaba “en forma de consulta” para otros médicos locales, con los que tenía que compartir los beneficios. Si estos parecían elevados era por esta razón y no por sus honorarios personales, que “fueron fijados por varios médicos mexicanos prominentes a quienes consulté”.36 Con el dinero que recibía por su salario y por la práctica privada podía sostener a su familia en España, que no contaba con recursos propios, y residir en México con cierta holgura.37
Todo parece indicar que Lafora ejercía la medicina privada desde hacía tiempo, quizá desde que llegó al país, y que La Casa de España optó por la discreción hasta que los médicos mexicanos empezaron a manifestarse. Hay que tener en cuenta que el número de médicos exiliados que arribaban a México como parte de la diáspora republicana no paraba de crecer (llegó a representar aproximadamente el diez por ciento del cuerpo médico mexicano)38 y que, en septiembre de 1939, Lafora obtuvo la revalidación de su título profesional,39 con lo cual ya podía ejercer libremente sin depender de ningún médico local. Las quejas fueron en aumento, hasta el punto de que “un grupo de eminentes médicos mexicanos había celebrado una reunión especial, en que se estudia la posibilidad de presentar a La Casa de España en México una queja en forma […] por la situación de privilegio indebido que al Dr. Lafora se le creaba con su vinculación en La Casa”.40 Es probable que al frente de este grupo estuviera el psiquiatra Gregorio Oñate Barenque, secretario del sindicato médico, que publicó varios artículos en la prensa advirtiendo de la amenaza que suponía la llegada de tanto médico foráneo.41
LAFORA Y LOS NEUROPSIQUIATRAS MEXICANOS
Los médicos mexicanos recibieron a Lafora con diversas muestras de afecto: era un especialista de renombre que se había visto obligado a abandonar su país. En marzo de 1939 fue aceptado por la Academia de Medicina de México como socio horario y dos meses después la Sociedad Mexicana de Neurología y Psiquiatría lo reconoció como miembro de honor.42 Se trataba además de un discípulo destacado de Santiago Ramón y Cajal, muy apreciado en México porque, de familia humilde y con pocos medios, había logrado hacer aportaciones que le merecieron el Nobel de Medicina. Perrín llevaba tres décadas difundiendo en el país los logros de la escuela cajaliana; la teoría neuronal no resultaba difícil de entender, pero para familiarizarse con las técnicas de investigación era necesario el contacto directo con científicos experimentados.43 Lafora poseía gran destreza en estas técnicas y además había ampliado su formación clínica con los fundadores de la neuropsiquiatría. Su mejor desempeño se daba en el cruce de ambos campos, la investigación y la clínica, para dar un fundamento científico a la neuropsiquiatría.
El universo profesional al que se incorporó en México estaba formado por médicos pioneros que desde hacía una década se esforzaban por sentar las bases de la práctica neuropsiquiátrica.44 Eran pocos (quizá una decena) y relativamente jóvenes (no pasaban de los cuarenta); apreciaban la perspectiva biologicista de Lafora, aunque por lo general se decantaban por un enfoque más sincrético. Coincidían además con los especialistas españoles en considerar juntas la neurología y la psiquiatría, siguiendo en esto el modelo alemán. Algunos llegaron a la especialidad por la demanda que había de profesionales; tal sucedió con Clemente Robles Castillo y Mariano Vázquez Rodríguez, que eran cirujanos generales que practicaron también la neurocirugía.45 Con ambos trabajó Lafora en el Hospital General, en el servicio de neurocirugía que fundó Robles en 1937 (el “Pabellón 19”), que fue el primero en el país.46 Extraían los tumores y los enviaban al Laboratorio de Investigaciones Anatomopatológicas del mismo centro hospitalario para que se hiciera el diagnóstico. El jefe de este laboratorio era el histopatólogo español Isaac Costero, discípulo también de Cajal, que había llegado a México tres meses antes que el neuropsiquiatra. Lafora actuó de puente entre estas dos áreas del hospital, para relacionar las enfermedades mentales con daños en el tejido nervioso.
La Sociedad Mexicana de Neurología y Psiquiatría estaba en pañales cuando llegó Lafora (se había fundado un año antes); su presidente era Manuel Guevara Oropeza y editaba los Archivos de Neurología y Psiquiatría de México. La otra publicación especializada era la Revista Mexicana de Psiquiatría, Neurología y Medicina Legal, creada en 1934, que funcionaba como órgano de difusión de una clínica neuropsiquiátrica privada fundada tres años antes por Samuel Ramírez Moreno. Ambas revistas representaban dos espacios bien definidos que tenían al frente a las dos figuras más destacadas de la neuropsiquiatría mexicana del momento. En la Revista, Lafora publicó su primer artículo aparecido en México, que no pasa de ser una breve reseña en la que se permite dar algunos consejos para que la neuropsiquiatría mexicana “alcance el nivel que le corresponde”.47 Propone crear en el Hospital General una clínica neuropsiquiátrica provista de laboratorios y con doscientas camas, para no internar en el Manicomio a pacientes que pueden ser tratados en régimen abierto, y que este modelo se lleve a otras ciudades. También recomienda organizar una liga de higiene mental que involucre a todos los profesionales de la salud para impulsar programas de prevención y establecer una buena biblioteca central de neuropsiquiatría. No parece que los editores tomaran con agrado sus comentarios, pues añadieron una nota en la que advierten que esos consejos no son nuevos y que ya se están tomando las medidas oportunas.48
Con el grupo de los Archivos y la Sociedad, dirigido por quien era su jefe en La Castañeda, sostuvo una relación más fraternal; no hay que olvidar que Lafora era presidente de la Asociación Española de Neuropsiquiatras, equivalente a la Sociedad, que editaba también unos Archivos que el neuropsiquiatra español había creado y sostenido con perseverancia incluso durante la guerra. El mismo mes en que llegó a México, la revista de la Sociedad presentó en sus páginas una breve descripción de su perfil profesional como gesto de bienvenida.49 Lafora publicó en los Archivos dos artículos, el primero de casi cuarenta páginas sobre el diagnóstico localizador de los tumores que afectan al lóbulo temporal del cerebro, provocando alteraciones emocionales y sensoriales;50 se nutre de las observaciones clínicas y de laboratorio que había realizado en las dos instituciones donde ejercía su profesión. El psiquiatra Mario Fuentes Delgado, que fue el comentarista de este trabajo en la presentación previa que hizo el autor ante la Sociedad, mencionó que su exposición de los casos clínicos fue “para nosotros una revelación de propedéutica y semeiología neuropsiquiátricas, por su amplitud inquisitiva en la exploración”.51 Tres décadas después, este médico de La Castañeda dedicó a Lafora una nota necrológica.52 El otro artículo que publicó en los Archivos, al año siguiente, fue un caso de encefalomielitis tratada con buenos resultados.53 El 2 de diciembre de 1940 presentó de nuevo ante la Sociedad una disertación sobre “Biotipología y caracteriología de los criminales. La herencia de estas características y de la criminalidad”.54
Las relaciones con la Sociedad se hicieron tensas a partir del 23 de octubre de 1942. Ese día, el diario Excelsior publicó una extensa carta abierta firmada por Lafora y dirigida a Manuel Guevara Oropesa, en la que anunciaba que no volvería a asistir a las sesiones en mucho tiempo, “evitando así discusiones anormales que no van encaminadas a aclarar un problema científico”.55 Cuatro días antes se había reunido la Sociedad para discutir el diagnóstico psiquiátrico que había realizado Lafora a Gregorio Cárdenas, un estudiante de Química que en septiembre de 1942 había sido detenido por el asesinato de cuatro mujeres. ¿Se trataba de un homicida o de un loco? En este punto decisivo los especialistas estaban de acuerdo: era un enfermo y debía ser internado en el manicomio; pero con respecto a su problema mental, hubo tantas opiniones como profesionales implicados en el caso. El diagnóstico que preparó Lafora no estaba mal fundamentado: le interrogó durante tres días, analizó sus antecedentes familiares y le aplicó los test de Rorscharch y de Jung-Bleuler, que interpretó con el apoyo de otro psiquiatra español, Federico Pascual del Roncal;56 concluyó que el joven padecía una epilepsia crepuscular. Los especialistas mexicanos hicieron frente común para desacreditar su diagnóstico.57
Lafora desplegó su defensa en la carta abierta, cuestionando públicamente el trabajo que se realizaba en La Castañeda, por el que casi todos sus críticos habían pasado como médicos y algunos como directores. ¿Se le cuestionaba porque la historia clínica que había expuesto del caso era incompleta? “Pues bien –escribe Lafora–, si ésta es la razón definitiva por la que se me quiere inutilizar, yo le emplazo a usted, como director del manicomio La Castañeda, a que me presente una sola historia más amplia y completa de algunos de los miles de enfermos allí internados”.58 Lafora no tenía dudas de los motivos de tanto ensañamiento contra su persona: “¿No es esto una clara enemistad frente al médico extranjero? ¿No hay detrás de todo esto móviles inconfesables? […] Indudablemente, este asunto está desempeñando un papel importante en la competencia profesional”.59 A partir de entonces buscó otras revistas para publicar sus trabajos científicos; por ejemplo, para su último artículo publicado en México que recoge casos clínicos (tres nuevos pacientes con encefalomielitis que le llegaron mal diagnosticados) escogió La Prensa Médica Mexicana, una revista de medicina general.60
EL LIBRE EJERCICIO PROFESIONAL Y EL CASO JORGE CUESTA
Las polémicas en las que se vio envuelto Lafora pueden darnos una impresión sesgada de lo que fue su estancia en México: no fueron al menos la causa de su regreso a España, ni empañaron su visión del país, que recorrió de norte a sur en diversos viajes, interesado sobre todo por su riqueza cultural y arqueológica.61 Tampoco le impidieron disfrutar de una vida social; por ejemplo, frecuentó la tertulia del Hotel Imperial, en el Paseo de la Reforma, a la que asistían exiliados españoles y diversos intelectuales mexicanos que simpatizaban con la República.62 Colaboró desde el primer número con la revista Ciencia, dirigida por Ignacio Bolívar, que fue la iniciativa científica de mayor envergadura del exilio republicano,63 y con Cuadernos Americanos, un proyecto literario planteado por Juan Larrea en el que participaron muchos escritores del exilio.64 Sin embargo, se mantuvo al margen de las actividades del Ateneo Ramón y Cajal, creado para establecer lazos entre los médicos españoles y mexicanos, que publicó dos revistas y organizó diversos homenajes al padre de la teoría neuronal. Como pintor aficionado que era, sintió una gran admiración por David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y José Clemente Orozco, a quienes trató personalmente; en una entrevista comentó: “Muchos en México no se dan cuenta del valor enorme de estos artistas fenómenos, que son como volcanes […] son tres genios que en la Revolución mexicana han encontrado un ambiente favorable para la expresión artística”.65
El ejercicio libre de la profesión le dio autonomía y prestigio; además le sirvió de puerta de acceso a una realidad social compleja, promisoria en más de un sentido (era el México posrevolucionario), pero también atravesada por muchos conflictos que se expresaban como síntomas en los pacientes. “Durante mi permanencia en México –comentó en una entrevista– la más frecuente de las enfermedades mentales que he tratado es la esquizofrenia en sus distintas formas clínicas”.66 Es posible que tuviera como paciente a la escritora Guadalupe Marín, exesposa de Diego Rivera y de Jorge Cuesta, cuya primera novela, La Única, publicada en 1938, provocó tal escándalo que por un tiempo estuvo confiscada. Lafora defendió a la autora en un artículo titulado “Comentarios psicológicos sobre las novelas de Lupe”, publicado en la revista Cinema; donde la crítica percibía un “desahogo histérico” y una “mezquindad ciega y solitaria”, el neuropsiquiatra apreciaba un autoanálisis emprendido “de la manera más desgarrada y valiente”.67 En esta novela, Marín expone la vida sexual de quien había sido hasta seis años antes su pareja sentimental, el poeta Jorge Cuesta, refiriéndose, por ejemplo, a su homosexualidad.
El 19 de septiembre de 1940, fue Jorge Cuesta quien tocó la puerta del neuropsiquiatra: quería saber si la ingestión constante de ciertas sustancias (además de poeta era químico) podía estar provocándole caracteres andróginos. Ese mismo día, Cuesta le escribió una extensa carta en la que se quejaba de que, en lugar de dejarle expresar con libertad y resolver sus dudas, Lafora lo sometió a un interrogatorio con el que sólo pretendía confirmar un diagnóstico que ya tenía a priori en la cabeza, el de “homosexualidad reprimida”.68 A los pocos días, el caso se reveló en toda su complejidad: Cuesta tuvo una crisis y fue internado en el Manicomio La Castañeda, donde fue atendido por Manuel Guevara Oropesa, quien lo diagnosticó como paranoico esquizofrénico.69 En los meses siguientes pasó por varias clínicas psiquiátricas, intentó mutilarse los genitales y, dos años después de haber escrito la carta, se quitó la vida. Lafora publicó un artículo, probablemente relacionado con el caso, en el que menciona que las terapias hormonales suelen fallar en el tratamiento de la homosexualidad de adultos.70 En sus memorias, Alicia Echeverría señala que el neuropsiquiatra fue el responsable del último internamiento del poeta, en el Sanatorio Rafael Lavista;71 se realizó por la fuerza el 11 de agosto de 1942, quizá previendo el fatal desenlace, pues a los dos días el poeta se ahorcó con las sábanas.
EL ENLACE ENTRE EL LABORATORIO Y LA CLÍNICA
A la par que atendía su consulta privada, Lafora se embarcó en dos proyectos con otros científicos españoles. El primero fue el Laboratorio de Estudios Médicos y Biológicos (en la actualidad, Instituto de Investigaciones Biomédicas), que surgió por iniciativa de La Casa de España para resolver un problema que se puso de manifiesto a los pocos meses de que Lafora arribara a México: no había un laboratorio bien equipado donde pudiera retomar sus investigaciones.72 Resultaba evidente que este problema iría en aumento a medida que fueran llegando otros científicos españoles, como de hecho sucedió.73 Para solucionarlo se valoró la posibilidad de ampliar o mejorar algún laboratorio ya existente, como el de histopatología del Hospital General, dirigido por Costero,74 o el de fisiología de la Escuela Nacional de Medicina, al que llegaron dos médicos españoles, Jaime Pi-Suñer y Rosendo Carrasco Formiguera. Para Reyes, la mejor opción consistía en establecer un nuevo laboratorio, si bien para eso resultaba necesario conseguir un local y dotarlo de equipo.75 El proyecto pudo hacerse realidad primero por la promesa de la Fundación Rockefeller de cooperar con instrumental científico, y después por el ofrecimiento del rector de la UNAM, Gustavo Baz, de adaptar un anexo de la Escuela Nacional de Medicina para convertirlo en un centro de investigación.76 Fue un proceso largo y complejo que culminó el 30 de noviembre de 1940, cuando el Laboratorio de Estudios Médicos y Biológicos fue inaugurado.77 Como director se nombró al médico mexicano Ignacio González Guzmán (Fig. 1).

Figura 1 Laboratorio de Estudios Médicos y Biológicos, ca. 1941. Entre otros científicos españoles y mexicanos figuran: Tomán G. Perrín, José J. Izquierdo, Gonzalo R. Lafora (quinto por la izquierda), Rosendo Carrasco, Sixto Obrador, Jaime Pi-Suñer e Ignacio González Guzmán. Fuente: archivo privado.
En el proyecto estaba previsto que Lafora quedara al frente de la sección de Neuropatología.78 Hubo una demora en la puesta en marcha del laboratorio por diversos contratiempos en la construcción del local; cuando se inauguró, Lafora ya no formaba parte de La Casa de España y por lo tanto sólo podía “trabajar allá de modo accesorio”, pues la Rockefeller había puesto como requisito que los investigadores se dedicaran en tiempo completo.79 Por esta razón, el área de Neuropatología quedó incorporada, como subsección, a la sección de Histopatología y cultivos de tejidos, de la que era responsable Costero. En esta subsección empezó a trabajar poco después el neuropsiquiatra español Dionisio Nieto, que llegó a México en abril de 1940 y que había trabajado en España en dos instituciones dirigidas por Lafora: como becario en el Laboratorio de Fisiología Cerebral del Instituto de Cajal en Madrid y como médico en el servicio de psiquiatría del Hospital Provincial en Madrid. Nieto consolidó con sus investigaciones el área de Neuropatología y con el tiempo se convirtió en la figura más destacada del centro. El neurólogo Sixto Obrador Alcalde, otro colaborador de Lafora, realizó también un notable trabajo de investigación hasta que regresó a España en 1946. Muchos de los estudios que se llevaron a cabo en este laboratorio recurrieron a los procedimientos de la escuela cajaliana.80
¿En qué consistió la participación de Lafora en el nuevo centro de investigación? Parece haber sido el primero en tantear la colaboración de la Rockefeller; en el relato del viaje que realizó a California a mediados de 1939 señala: “Anoche fui invitado por el Prof. Ingham, de Neurología, y me habló del auxilio económico de la Rockefeller Institution. Creo que en S. Francisco está el hombre que puede [apoyarnos]”.81 No figura ninguna mención previa a la Rockefeller en la correspondencia de La Casa de España y tres meses después ya se está considerando su “posible ayuda” para establecer un laboratorio o un fondo bibliográfico.82 Tras su inauguración, Lafora colaboró de manera irregular, apoyando a otros investigadores y realizando algún que otro estudio.83 En junio de 1941, por ejemplo, expresó su intención de emprender “investigaciones referentes a localizaciones cerebrales y estudio de lesiones focales cerebrales en casos clínicos”;84 quizá no pasó de propósito,85 pero en cualquier caso muestra su interés por dar continuidad a unos estudios que había iniciado en el Hospital General y que tenían una proyección clínica.86 No publicó ningún artículo en el Boletín, el órgano de difusión del Laboratorio, que salió a la luz en marzo de 1942; tal parece que su intención, más que producir textos, era atender con el apoyo del laboratorio casos clínicos, probablemente relacionados con su trabajo en el Instituto de Neuropsiquiatría, un centro privado que el propio Lafora acababa de establecer y que constituye su proyecto más personal e integrador.
Cuando el Instituto de Neuropsiquiatría inició su andadura, en 1941, existían en la capital otros centros privados que atendían a enfermos mentales.87 La nueva clínica se caracterizó por estar conformada casi en su totalidad por médicos españoles exiliados; abarcaban en su conjunto las principales especialidades médicas, lo cual les permitía trabajar en colaboración para atender la variada sintomatología de los pacientes.88 Figuran, aparte de Lafora que asumió la dirección, los neurocirujanos Wenceslao López Albo, Sixto Obrador y Jesús María Sánchez-Pérez Sánchez, el psiquiatra Federico Pascual del Roncal, el oftalmólogo Manuel Rivas Chérif, el oncólogo Germán García, el internista Santiago Villanueva y el médico general Jaime Valdés Estrada, entre otros.89 La iniciativa fue una manera de ganar independencia y a la vez de hacer equipo con médicos de prestigio que se conocían desde antes del exilio. Como buena parte de estos médicos trabajaban además en otras instituciones, como el Sanatorio Español, la Escuela Nacional de Medicina o el Laboratorio de Estudios Médicos y Biológicos, sirvió también para generar una red en la que el Instituto participó como un nodo articulador. Con su iniciativa, Lafora daba un paso adelante para ganar libertad en el ejercicio de su profesión, apoyar a otros exiliados y marcar con sus propios pasos el camino de la atención neuropsiquiátrica, cubriendo las carencias que había observado en las instituciones públicas y privadas.
La clave de su apuesta consistió en reunir a notables profesionales y en equipar al Instituto con una tecnología de diagnóstico avanzada que no resultaba fácil de encontrar en América Latina. Sus dos principales adquisiciones fueron un electroencefalógrafo (EEG) de seis canales y un equipo de neurorradiología. La compra y puesta en funcionamiento de ambos aparatos llevó varios meses, por lo cual no fue hasta abril o mayo de 1942 que el nuevo centro pudo ofrecer todos sus servicios. La medición de la actividad eléctrica del cerebro era una técnica de diagnóstico muy reciente. Lafora la descubrió a finales de mayo de 1939, durante su breve estancia en Los Ángeles; en la carta que entonces envió a Cosío dice:
Hoy pasaré toda la mañana en el Departamento de Fisiología Cerebral, dedicado al estudio de las corrientes de acción de la corteza cerebral, que es uno de los progresos más fantásticos de la psicología del cerebro, aplicando la radio modificada para obtener oscilogramas de cada centro cerebral. En Nueva York vi algo, pero aquí hay un Profesor que trabaja solo en el cerebro con este método.90
Dos años después, la técnica se había difundido y los principales centros neuropsiquiátricos de México buscaban recursos para hacerse con un EEG con el mayor número de canales.91 Samuel Ramírez Moreno, por ejemplo, se las ingenió para construir un modesto aparato de un canal para su clínica privada;92 en el Hospital General se consiguió un EEG de dos canales y en el Manicomio La Castañeda de cuatro. El Instituto de Neuropsiquiatría fue el primero en disponer de un EEG de seis canales, lo cual lo puso por delante en el diagnóstico de diversas enfermedades, como la epilepsia, la encefalitis y los tumores cerebrales.93 El aparato se consiguió a través del neurofisiólogo Theodore J. Case, de la Universidad de Chicago, era de la marca Adams & Bradley (con un costo de 1950 dólares) y fue necesario traer de Estados Unidos a un especialista para que lo instalara y lo pusiera en marcha.94 Sixto Obrador se hizo responsable de su funcionamiento, atendiendo las demandas del Instituto y de otros centros hospitalarios y de investigación.
El equipo de neurorradiología consistió en un aparato de Rayos X (modelo simplex tipo B) de la compañía Westinghouse Electric, con sede en Pensilvania y distribuidor en México (su precio fue de 14630 pesos).95 Se puso al frente del mismo a un joven exiliado recién llegado al país, Jesús María Sánchez-Pérez Sánchez, que introdujo algunos cambios que hicieron más eficaz el procedimiento. La neurradiología se había revelado como un potente instrumento para estudiar el sistema cerebrovascular, si bien en México sólo se empleaba “en unos cuantos hospitales y de manera muy aislada”.96
Con estos aparatos y un equipo médico de primer orden, el Instituto de Neuropsiquiatría puede ser considerado como la iniciativa clínica de mayor peso del exilio español, que tuvo además un importante impacto en la neuropsiquiatría mexicana. Mucho después, Sixto Obrador recordaba sus actividades con las siguientes palabras:
En aquellos años en México tuvimos muchos enfermos comunes y algunos de gran interés, como tumores hipofisarios con trastornos psíquicos, que fueron analizados muy finamente por Lafora. También realizamos a partir de 1942 las primeras de las leucotomías frontales en casos estudiados por Pascual del Roncal y otros psiquiatras mejicanos. Con López Albo colaboramos un corto tiempo en el Sanatorio Español y seguíamos juntos casos de cisticercosis cerebral con el detalle y la meticulosidad que este gran neurólogo ponía siempre en sus exploraciones.97
También menciona que muchas de las observaciones clínico-quirúrgicas se presentaban ante la Sociedad Mexicana de Neurología y Psiquiatría, “donde las discusiones con los neuropsiquiatras mejicanos eran a veces muy movidas, e incluso violentas, y ponían a prueba la gran capacidad polémica de Lafora”.98 En lo que se refiere al interés de Lafora por los tumores hipofisarios, observado por Obrador, cabe señalar que redactó al menos un artículo, titulado “Hypothalamic and pituitary tumor with complex psychical symptomatology”, que hasta donde sabemos quedó inédito.99
El Instituto ofrecía una asistencia médica especializada (por ejemplo, en el diagnóstico y tratamiento de epilepsias y tumores cerebrales) que difícilmente podía hallarse en otra institución pública o privada del país. Además, los casos complejos o novedosos no quedaban en la clínica, sino que se compartían con el Laboratorio de Estudios Médicos y Biológicos, donde se investigaban con el instrumental donado por la Fundación Rockefeller para generar un conocimiento que se difundía a través del Boletín y de otras revistas científicas.100 Este tándem Instituto-Laboratorio constituía una manera innovadora de entender la neuropsiquiatría. Lafora ya la había implementado en España unos años antes de que iniciara la guerra, cuando trabajaba simultáneamente en el servicio de psiquiatría del Hospital Provincial de Madrid y en su laboratorio del Instituto Cajal.101 En definitiva, con apenas dos años en México había logrado aplicar un modelo para la neuropsiquiatría que consistía en involucrar diversas especialidades médicas, vincular la clínica con la investigación y apostar por una tecnología de diagnóstico de vanguardia.
La irrupción del Instituto había sido inesperada, como lo fue su precoz final. En 1944, falleció Wenceslao López Albo, que ejercía como subdirector, con sólo 55 años, y Jesús María Sánchez-Pérez (responsable del aparato especial de rayos X) se trasladó a Estados Unidos, donde emprendió una notable carrera como neurorradiólogo. En 1946, Sixto Obrador (encargado del EEG y principal enlace entre el Instituto y el Laboratorio) regresó a España y al año siguiente lo hizo Lafora para reunirse con su familia.102 Antes de despedirse del país, dictó unas conferencias en el St. Elizabeth’s Hospital de Washington, en 1946,103 y en Guatemala un año más tarde, invitado por el psiquiatra español Antonio Román Durán, que dirigía el Asilo de Alienados de la capital.104 Siete meses después, el 14 de diciembre de 1947, llegaba a Bilbao a bordo del trasatlántico Magallanes.105
Su salida de México fue criticada por un sector del exilio; en la revista literaria Las Españas, por ejemplo, apareció la siguiente nota: “Son muchos los médicos ilustres que no pueden pasearse por Madrid. Una excepción hay: la del Doctor Lafora, que por lo visto, harto de curar locos en esta altiplanicie, ha descendido al oficio de curar bobos en tierras españolas”.106 En la España franquista lo que provocó la crítica fue su regreso: la escuela de Cajal había sido desmantelada y los puestos oficiales estaban en manos de médicos afines al régimen. Un joven neuropsiquiatra que lo trató por entonces menciona: “Cuando regresó del exilio era un inadaptado […], una figura que, como la de Don Quijote, hasta podía parecer ridícula con su exigencia de pulcritud dentro de aquella pocilga”.107 El propio Lafora hizo un balance de su primer año en España en una carta que escribió a un amigo mexicano: “…no recuerdo otro [año] en mi vida con mayor cúmulo de contrariedades de todo género”; se refiere a las dificultades para encontrar casa, a la “odisea” del indulto y a los problemas para recuperar su trabajo en el Hospital Provincial, y termina diciendo: “además he tenido continuas decepciones después de empezar por tercera vez mi vida como en un país nuevo”.108










text new page (beta)



