INTRODUCCIÓN
El trabajo es una de las actividades más importantes de la humanidad después de la reproducción, de tal forma que “la función que el trabajo tiene en la definición de los roles que la cultura asigna a los miembros de la sociedad es fundamental” (Montesinos, 2007, p.24). En la lógica cultural del sexo-género, las actividades de trabajo se determinan por la articulación y dinamismo de sistemas de relaciones de autoridad-sumisión que generan espacios distintos para mujeres y varones, de acuerdo con diferentes aspectos culturales y sociales, como son la raza, edad, orientación sexual y etnia (Olavarría, 2005).
El sustento de dicho sistema y que moldea las relaciones entre los géneros es la división sexual del trabajo, la cual no es más que la forma en que los sujetos introyectan una separación, por sexo, de las actividades realizadas en la cotidianidad conformadas de manera simbólica a través de la práctica (Bourdieu, 2010). De esta forma, la segmentación de actividades del día a día, entre varones y mujeres, se ha establecido históricamente con base en su sexo; de ahí que el término de división sexual del trabajo se entiende como una repartición de las actividades estipuladas a varones o mujeres, lo cual ha llevado a conservar y definir determinadas particularidades y tareas a un sexo (Maldonado, 1994).
La división sexual del trabajo, en este sentido, ha definido los espacios económicos y sociales que le corresponden a cada género; el varón, por considerársele con la fuerza para realizar trabajos pesados, le es asignado el espacio público, mientras que a la mujer, por pensarlas débiles, se le asigna el espacio privado; Así, el varón es considerado como el proveedor y las mujeres, las que tienen la responsabilidad del cuidado, la crianza de los hijos y labores domésticas. De esta forma, “esta estructura se constituyó en el principal emblema del poder masculino” (Montesinos, 2007, p. 25). Históricamente, el rol de proveedor ha moldeado la organización de la sociedad más simple: la familia, aspecto esencial del arquetipo de estructura patriarcal que se conformó como tal a finales del siglo XIX con la Revolución Industrial, respondiendo a las demandas del mercado y políticas sociales impulsadas en Europa y en América (Olavarría, 2005).
El ser hombre es en muchos contextos sinónimo de ser trabajador y por ende proveedor; es parte de los roles asignados a la masculinidad y que debe expresarse con conductas ante él mismo y ante los demás, correspondiente con los órdenes social y culturalmente aceptados (Capella, 2007; Montesinos, 2007). El proveer como parte de la construcción de la masculinidad en un orden social, “funciona como una inmensa máquina simbólica que tiende a ratificar la dominación masculina” (Bourdieu, 2010, p. 22). Si estos estereotipos que guían el deber ser de la masculinidad no se cumplen, o si el hombre no se desempeña acorde a este precepto social, enfrenta el riesgo de que se le discrimine y trate como una persona con menor valor, como si fuera mujer y que no es parte del mundo de los hombres, pues en el orden cultural sexo-género, el rol de proveedor es implícito a la masculinidad (De Jesús, 2023).
Esto es esencial puesto que la modernidad, las crisis y recesiones económicas, así como la crisis de empleo, entre otras, han modificado los preceptos tradicionales, no al grado de desaparecerlos, sino que desdibujan el orden establecido a partir de un proceso de cambio que critica el modelo cultural tradicional, permitiendo el surgimiento de nuevas prácticas sociales que se distancian del pasado (Montesinos, 2007). Es claro que desde hace más de 50 años uno de los procesos socioeconómicos y culturales más importantes que se han dado en México y América Latina ha sido el aumento de la incorporación de la mujer en el mercado laboral. Esto debido a diversos factores entre los que se encuentran la reducción de la fecundidad y el aumento de la escolaridad, lo cual ha tenido un impacto positivo en su seguridad económica, dándole más voz en la toma de decisiones al interior del hogar y sobre todo, dotarlas de más opciones en caso de una separación familiar (Escoto, 2020), lo cual sin duda ha trastocado el modelo de familia tradicional de hombre-proveedor y mujer- ama de casa.
Estas transformaciones han sido más visibles con la imposición del modelo neoliberal y el adelgazamiento del Estado, en el cual se privatizaron empresas paraestatales, hubo terciarización de funciones y aumento del empleo informal, entre otras, lo que llevaron al cierre de fuentes de empleo y una transformación del mercado laboral (Jiménez, 2013). Si a estas crisis recurrentes de la última parte del siglo pasado a la actualidad se les suma el contexto de la pandemia mundial del año 2020, la desocupación en el mercado laboral formal e informal se acrecentó en México con una tasa de desocupación en el tercer trimestre de 29 % con respecto al mismo periodo del año anterior. Esto afectó directamente a varones de 25 a 44 años, disminuyendo el empleo formal con una pérdida neta de 685,840 puestos de trabajo (Ortiz y Rodríguez, 2023).
Los varones que ya estaban en desempleo o que lo perdieron debido a la pandemia, no hicieron más que confinarse en sus hogares y esperar que se reestablecieran los mercados, pues todo estaba en pausa. Esta situación conllevó a que muchos de los varones entraran en ansiedad, depresión y estrés económico por no poder solventar el ingreso familiar, dando paso a tensiones, las cuales desembocaban regularmente en el surgimiento o agravamiento de la violencia dentro del hogar (Núñez, 2021).
Diversos autores han analizado cómo el desempleo ha desembocado en una crisis identitaria de la masculinidad derivado de la pérdida de empleo por crisis económicas de años anteriores, lo que ha llevado a cuestionar el rol del proveedor dentro de la familia. Los varones, al no ser proveedores, van perdiendo su identidad, siendo esta su principal fuente de poder en la masculinidad dominante (Connell, 2003; Capella, 2007; Jiménez, 2020). Otros autores como Olavarría (2005), Capella (2007) y Figueroa (2009) sostienen que se vive una crisis en las relaciones de género asociada con los regímenes de masculinidad imperante, en particular del ser proveedor, ya que han comenzado a gestarse modificaciones de estructuras en el campo laboral. Por ejemplo, el aumento del trabajo en casa, el autoempleo, aumento progresivo del empleo femenino, decremento de empleo masculino y otros, muestran que la posición social de los varones está cambiando y causan que la identidad masculina se cuestione.
Cuando esta identidad empieza a cuestionarse, es decir, cuando en el imaginario social todavía se le atribuye al varón poder por solo serlo, pero cuando en la realidad la situación socioeconómica le diluye la posibilidad de proveer y los roles de género se van transformando, se trastoca el mandato social de ser proveedor. Por esto, el varón empieza a sentirse en desventaja, mostrando malestares, los cuales empiezan a gestionar problemáticas que regularmente terminan en violencia contra la mujer (Collin, 2007; Jiménez y Tena, 2007; Montesinos 2007; Jiménez, 2020).
Algunos de los malestares que se han documentado cuando los varones han perdido su empleo es que estos viven un sufrimiento encubierto, lo cual se ve reflejado en molestias tanto físicas como psicológicas y desequilibrios de los roles de género. Se está imposibilitado el alcanzar el objetivo de lo que significa ser un hombre, lo que les causa frustración, sienten que pierden la responsabilidad de encargarse de los suyos, así como conflictos emocionales por dejar de ser productivos (Olavarría, 2005, 2014, 2000; Valdés y Olavarría, 1998; Bolaños, 2014). Algunos estudios han documentado que la pérdida del rol de proveedor conlleva al varón a diversas situaciones, entre ellas la dependencia de fármacos, depresión, baja autoestima, violencia, sentimiento de pérdida de atracción (Capella, 2007; Jiménez, 2013; Figueroa y Salguero, 2014). Son pocos los estudios que han documentado que la cotidianidad y la rutina por la presencia del varón en casa han permitido su involucramiento en el ámbito doméstico, dándose de cierta forma una especie de “sumisión consciente” (Montesinos, 2007), varones que cuestionan sus vidas, siendo más empáticos y solidarios con la pareja (Jiménez, 2020).
Si bien es cierto que los estudios de las masculinidades han permitido un acercamiento al fenómeno, empero de estas evidencias empíricas, en la actualidad sigue existiendo una carencia de investigaciones que profundicen en la identidad de los varones en situación de desempleo, sobre todo en contextos como el de Monterrey que es punta de lanza en el desarrollo económico del país, pero donde también han impactado las crisis económicas. Si a ello se suma que en la actualidad aun prevalece una cultura machista que es tan arraigada, surgen las preguntas: ¿cuál es la percepción de los varones que pierden su empleo? ¿Hay malestares en los varones por la pérdida del rol de proveedor? ¿Cómo es la dinámica en las relaciones de pareja cuando se pierde el empleo? ¿Cuál es la percepción de los varones cuando la mujer se incorpora al mercado laboral? ¿Cómo son las dinámicas familiares cuando la principal proveeduría es la mujer?
Partiendo de estas premisas, se planteó como objetivo de este trabajo conocer las percepciones de la falta de empleo y sus malestares en las relaciones de pareja en varones adultos de Monterrey, Nuevo León. Los resultados de esta investigación contribuirán al debate actual en los estudios de género de los hombres.
METODOLOGÍA
La presente investigación se deriva de un proyecto más amplio donde se buscaba conocer los significados del desempleo masculino y sus consecuencias en la violencia familiar en tiempos de pandemia. Aquí solo se presenta un breve acercamiento al fenómeno. La investigación se realizó desde la metodología cualitativa y la población de estudio fueron varones que, en edad cronológica, están en la adultez, que estuvieran en situación de desempleo o que lo hayan estado en el transcurso de un año, que estén subempleados y/o que compartieran los ingresos con su pareja, con estado civil casado o que cohabitaran con una pareja e hijos. El trabajo de campo se realizó de enero a junio del 2023. El contexto de estudio fue Monterrey, Nuevo León, lugar donde impera una cultura que conserva características del modelo de familia tradicional en la sociedad (Estrada, 2012), pero donde también se muestra el desarrollo de modificaciones y ambivalencias en los roles de género (García y Oliveira, 2007; García, 2017, 2019).
La herramienta para recolectar la información fue la entrevista a profundidad. Para el primer contacto se empleó la técnica de “bola de nieve” que permitió llegar a actores clave a partir de las recomendaciones de otros actores con características parecidas a ellos (Coleman, 1958; Goodman, 1961). Para generar rapport, se concertaron diversas citas con los actores clave. Ello permitió generar la confianza necesaria para realizar las entrevistas, las cuales fueron realizadas por una investigadora principal con retroalimentación permanente del investigador secundario. Las entrevistas cara a cara se realizaron en espacios privados previa firma del consentimiento informado. La muestra teórica culminó en 12 entrevistas, número determinado por saturación teórica que es un criterio que sugiere poner límite a la recolección de información cuando los datos se repiten y ya no se obtienen más datos nuevos para adentrarse al objeto de estudio (Creswell, 2007; Flick, 2007; Taylor y Bogdan, 1987).
Posteriormente, las entrevistas fueron transcritas en un procesador de texto. En ellas se hizo uso de nombres ficticios apelando al derecho de confidencialidad de la identidad de los informantes. Para el análisis de la información se utilizó la teoría fundamentada (Strauss y Corbin, 2002), que es una técnica que permite el análisis hermenéutico de información a partir de una sistematización teórica en la cual se construyen categorías, subcategorías y códigos analíticos que constantemente son triangulados con marcos teóricos de referencia, resultando en la construcción de nueva teoría (McCracken, 1988). Es importante mencionar que al ser una investigación cualitativa, los presentes resultados dan cuenta de una especificidad donde se intersectan la cultura, la situación socioeconómica, los roles y las desigualdades de género propias del contexto estudiado, por lo que no es intención del mismo generalizar patrones de conducta, percepciones o significados, pues ellos dan cuenta de una subjetividad que es comprendida teóricamente solo en los sujetos de estudio.
RESULTADOS Y DISCUSIÓN
Características de los entrevistados
El rango de edad de los entrevistados va de los 29 a los 62 años. Todos son padres y están casados o cohabitan con su pareja, encontrándose un periodo de cohabitación mínima de tres hasta de 38 años. De los 12 entrevistados, uno es piloto aviador, ocho tienen escolaridad de licenciatura y más, uno preparatoria técnica y los dos restantes educación secundaria técnica. Antes de la pandemia, los entrevistados de alta escolaridad tenían empleos estables, con alta remuneración y prestaciones de ley más de lo esperado, mientras que los de baja escolaridad contaban con empleos inestables, de baja remuneración y con prestaciones de ley básicas. Posterior a la pandemia, la mayoría perdió su empleo, pero conforme esta avanzaba, lograron colocarse en uno nuevo. Al momento de realizarse el trabajo de campo, solo uno de ellos continuaba desempleado.
Respecto al rol de proveedor, al momento de recolectarse la información se encontró que cuatro de ellos eran proveedores principales, seis compartían la proveeduría con su pareja y en dos casos la pareja era la principal proveedora. En cuanto al tipo de familia, su totalidad los entrevistados provienen de una familia tradicional compuesta por familias numerosas, con educación cristiana-católica, violentas y donde la división sexual del trabajo fue introyectada desde la infancia, por lo que el ideal de ser hombre proveedor está siempre presente. En su etapa adulta y de pareja, la mayoría repiten los comportamientos introyectados en el hogar, encontrándose exacerbación de la violencia en tres de los entrevistados, situación por la que forman parte de un centro de atención a la violencia al que acuden por denuncias de su pareja o de vecinos. Esto es importante, pues como se verá más adelante, el ser agresor tiene un impacto negativo en la resignificación de la crisis de empleo.
Arraigo del rol de proveedor
El arraigo del rol de proveedor está presente en todos los entrevistados y se introyecta como un imaginario desde pequeño en el hogar de origen que es el padre quién provee. Dicha idea se fortalece en una socialización secundaria y con la entrada al mercado laboral. Aun cuando hay dos casos donde en la familia de origen, la madre era la proveedora principal por la ausencia del padre, todos los varones entrevistados tienen muy arraigado el rol del proveedor.
Mi papá es ingeniero civil…mi mamá es maestra, pero mi padre es sumamente machista, no la dejaba trabajar. Hasta una época yo estaba en la secundaria que mi papá se quedó sin trabajo, hubo crisis y pues ya mi mamá se metió a trabajar, pero no la dejaba trabajar, siempre era mi papá. (Beto, 43 años, comunicación personal).1
Yo siempre he sido el proveedor de la casa, siempre he pagado los recibos, agua, luz, gas, teléfono, la ropa, la comida, todo. Cuando mi esposa trabaja, pues yo sigo pagando lo mismo…en realidad una ayuda en el gasto mío no, yo sigo gastando lo mismo, no es que sea una ayuda, pero pues al menos yo como quiera veo que es para ella. (Ignacio, 44 años, comunicación personal).
Aun cuando el hogar tiene ingreso doble porque la pareja trabaja, se encontró que los varones se asumen como únicos proveedores y, tal como se observa en el segundo discurso, se denota el arraigo y resistencia por soltar la proveeduría principal, minimizando ese segundo ingreso a cubrir gastos pequeños. Tal como lo menciona Connell (1997), la resistencia a dejar el rol del proveedor principal denota parte de las tendencias de crisis del modelo hegemónico de masculinidad que se están dando por las transformaciones estructurales, sobre todo en lo social y económico. En ambos discursos está implícita la idea de conservar el statu quo aún en crisis económicas donde el mismo varón pierde el empleo.
En concordancia con lo anterior, estas conductas son parte de la crisis de masculinidad que experimentan los varones. Para evitar cambiar o transformarse auténticamente hacia una conciencia de género, ya sea porque el contexto social y económico los obliga o por situaciones propias en donde siguen considerando que el rol del proveedor les corresponde (Burin y Meler, 2005; Tena, 2015), mantienen el arraigo del rol del proveedor y utilizan excusas o justificaciones violentas para perpetuar el rol del proveedor principal. Las resistencias de este modo forman parte de esta apariencia y se traduce según otros estudios como malestares masculinos, dando lugar a lo que refiere Tena (2010, p.278) sobre el “estudio de esferas separadas y antagónicas” que, más que provocar cambios esperados, provocan malestares como pudiesen perpetuar las desigualdades.
La pérdida de empleo y sus malestares
Connell (1997) y Montesinos (2007), mencionan que una crisis de empleo emerge cuando, a causa de inestabilidades económicas, se produce un déficit de empleos, impactando directamente a la clase trabajadora. En estos casos, cuando los varones están desempleados, subempleados (con ingresos bajos o sin prestaciones) o cuando ganan menos que su pareja, se presentan ciertos conflictos y malestares físicos/emocionales relacionados con la tensión vinculada a cumplir el rol del proveedor. Lo mismo sucede cuando la pareja tiene empleo, pues es motor de empoderamiento, lo que en ambos casos, pone en cuestionamiento su masculinidad hegemónica. La crisis de empleo puede interpretarse como aquellos comportamientos negativos que subyacen a consecuencia del desempleo y que tienen como resultado incomodidades al modelo de masculinidad imperante.
En el análisis de la información se logró identificar patrones teóricos de dicha crisis en la mayoría de los casos estudiados. Inicialmente se identificaron narrativas donde, en ausencia de empleo, tenían implícito la insistencia sobre la búsqueda de un trabajo con buen sueldo y prestaciones, ya que la precariedad del mercado laboral en muchas ocasiones solo permite encontrar subempleos sin prestaciones de ley, lo cual ya era causa de malestares. Un trabajo estable ‘en este sentido’ permitiría preservar privilegios otorgados socialmente por ser proveedor. Ello es interesante, pues tal como lo menciona Tena (2014), el no cumplir con el arquetipo socialmente establecido debido a la falta de empleo y la precariedad laboral, resulta en malestares masculinos.
[…] buscar un trabajo estable, con buenas prestaciones, porque en ese trabajo solamente era puro sueldo.
Ya no tenía, como quien dice, no era empleado, empleado […] me sentía presionado, me sentía impotente, me sentía frustrado, me daba coraje, me sentía mal. (Gregorio, 30 años, comunicación personal)
Según Bolaños (2014), los malestares que emergen por dejar de ser proveedor, en muchos varones se proyecta en emociones negativas, tales como la frustración, coraje y miedo. Tal como se observa en el discurso previo, estos malestares emocionales aparecen como impotencia, frustración y coraje, los cuales en sí mismo emergen como recursos simbólicos ante la imposibilidad de cumplir con lo establecido socialmente en la división sexual del trabajo. Lo pernicioso de estos malestares es que en la mayoría de los varones entrevistados se observó como consecuencia de ello la confrontación con sus parejas, generalmente expresada con violencia, ya sea psicológica, física o económica.
En situaciones donde estas desavenencias en las relaciones de género conllevaban a actos violentos, se encontró que tres de los 12 varones fueron denunciados por violencia. Debido a ello, los programas de gobierno y entidades públicas que atendieron estos casos como medida reparatoria pactaron ubicar a sus parejas violentadas en un trabajo remunerado para que no dependieran económicamente del varón, además de ubicarlas en un hogar lejos del agresor. Este dato es significativo pues se identificó que los varones que ejercieron violencia contra su pareja fueron los menos escolarizados y que provienen de contextos más tradicionales y de un entorno social y político opuesto a las transformaciones sociales y políticas de igualdad de género. Por esto, este tipo de intervenciones de las instituciones, el alejamiento y el incorporar a la pareja a un trabajo fuera del hogar fueron motivo de exacerbación de malestares en los varones.
La incorporación de las mujeres al mercado laboral y el trastocado de la masculinidad
Los casos donde las mujeres se incorporaron al mercado laboral cuando los varones perdían su empleo resultan interesantes. En estos casos emergieron dos patrones: uno de aceptación, aunque de menor presencia donde se valora la proveeduría femenina y otro de rechazo que da cuenta de conflictos que subyacen al empleo de la pareja. En el primer modelo se observó que los varones que tienen alta escolaridad son los que valoran mucho más el trabajo de su pareja. En contraposición, los varones que cuentan con menor escolaridad son los que tienen menor valoración del empleo femenino. La ambivalencia presente respecto a la valoración del empleo femenino coincide a lo señalado por Escoto (2020), que observa cierto nivel de ambigüedad y ambivalencia como rasgo característico de una cultura que está en transición, donde coexisten elementos que se desdibujan identidades como parte de la crisis de los roles de género, en este caso el rol del proveedor único o principal.
En concordancia, las narrativas de los varones que más valoran la aportación de su pareja a la economía se acercan al modelo de varón domesticado propuesto por Montesinos (2007, pp. 195-196), que se caracteriza por aceptar relaciones de género más equitativas, incluso en el caso que la mujer gane más dinero que él. Ello, dice el autor, es un tipo de “sometimiento consciente” debido a que “el varón reconoce los méritos de su pareja” y participa “en la reproducción del espacio privado.” De esta forma, estar más consiente de la realidad del contexto socioeconómico implica mayor participación de los varones en la esfera familiar y doméstica (Burin y Meler, 2005).
Muy contrario a estos casos, los varones que no aceptan la idea de que la mujer sea proveedora principal sigue ligada a que ellos se siguen asumiendo como los proveedores principales. La alteración de este modelo tiene como consecuencia el conflicto, arraigado en el imaginario social de un único proveedor. Ello es muy evidente en los discursos de los varones que fueron denunciados por sus parejas por violencia, situaciones donde las mujeres se incorporaron a un trabajo formal.
Sí gano bien ahí en mi trabajo [...] Mi esposa la verdad no ocupa trabajar […] la están obligando [por parte del DIF, luego de que él fue reportado por violencia familiar], no se me hace justo eso. (Fernando, 31 años, comunicación personal) Sí empezó a ganar ella más, y fueron esas humillaciones […] el empoderamiento de la mujer […] sí da a la mujer […] trabaja por su cuenta para humillar a uno […] "yo gano más que tú, estás viviendo en mi casa" [ella le decía]. (Fito, 39 años, comunicación personal)
En el último discurso resalta el empoderamiento como resultado de una incorporación al mercado laboral, la cual es percibida por estos varones como un recurso simbólico que puede ser usado en su contra, ya sea para humillar o para no considerarle en la toma de decisiones, lo que también desemboca en conflictos. Bajo estas situaciones, es evidente que la causa de malestares expresados en el discurso de estos varones, se da a partir de la incorporación de sus parejas al mercado laboral. Esta situación, que ya en diversos estudios ha sido analizada, se deriva del cuestionamiento al modelo de masculinidad dominante, el cual está tan introyectado en los varones que provoca su malestar cuando éste se trastoca (Tena, 2010). Como consecuencia de ello, el comportamiento de los varones tiende a ser defensivo o violento, pues se sienten atacados por las modificaciones o cambios estructurales que promueven los movimientos feministas (Connell, 1997), tal como se muestra en el siguiente discurso.
Debieron de haber ponderizado bien los empoderamientos que le iban a dar a la mujer…o, sea nos hemos sentido como que nos dijeron [a los hombres] bajen las armas ustedes… yo siento que a los hombres nos están dando una recia bien bonita, tampoco apruebo como estaba antes, porque era demasiado machismo…pero la mujer en ese tiempo era más dejada que ahorita, las cosas, aunque estuvieran mal se tenían que hacer como el hombre decía …las armas que les das a ellas, también a nosotros. (Juan, 62, comunicación personal).
En el anterior discurso se emula una guerra o batalla con la mujer, representando al empoderamiento como un arma que han dado a la mujer para avasallar al varón, rompiendo su predominio. Sin duda, el discurso de la mujer en ese tiempo era más dejada es un reflejo de la amenaza que representa el empoderamiento a la identidad masculina tradicional, hecho por el cual el varón se repliega, ejecutando actos de violencia. Capella (2007, p.174) señala al respecto que ello se puede interpretar como “patadas de ahogado” debido al trastocamiento de su identidad masculina, la cual entra en crisis por no tener aspectos que le sostengan.
El uso de la violencia como resultado del malestar
Uno de los hallazgos más importantes de esta investigación fue precisamente observar que muchos de los comportamientos de los varones entrevistados coinciden con la clasificación de varón en crisis de Montesinos (2007), pues son varones que por la cotidianeidad de estar o haber estado en desempleo, o por situaciones particulares derivadas del cuestionamiento al ser hombre de verdad, muestran confrontaciones con su pareja, los cuales derivan en situaciones de violencia que resultan en un rompimiento o separación. Algunos de los entrevistados incluso justifican el uso de violencia por circunstancias de defensa ante situaciones que la misma pareja provocaba, lo cual coincide con lo que menciona Collin (2007) respecto a que el varón que ejerce un tipo de violencia selectiva cuando existe un detonante clasificador que no emana de él, sino del otro, y que por causa particular, le afecta al varón.
[…] tuve mucha bronca con ella porque quería ver a mis hijos [de su matrimonio anterior] y darles la pensión y ella no […] empezaba a decir…dame tu dinero […] y ahí empecé a tener bronca […] muchas diferencias […] Me causó un problema con un cliente de mi patrón, me suspendió un mes y medio […] cuando tuve el error de que me desespero; el error de pegarle de la desesperación […]. (Fito, 39 años, comunicación personal)
“Ese día yo me enojé y le dije: ¿sabes que yo tengo este negocio? Ya, mejor te lo voy a quitar [a ella, que él se lo puso] …yo le di un empujón y se alcanzó a pegar y se abrió el labio, nada más. O sea, fue una cosa mínima…empezamos a pelear más y más...hasta hoy todavía la sigo esperando en la casa. (Juan, 62 años, comunicación personal).
El ejercicio implícito de la violencia en los anteriores discursos muestra, tal como lo menciona Capella (2007), una crisis que emerge en los comportamientos de los varones ante la imposibilidad de optar por un trayecto positivo hacia la equidad de género, pues prefiere ensalzar su masculinidad a partir del uso de la violencia a entrar al mundo doméstico. Los hombres, si bien toleran la presencia femenina en el espacio público, siguen considerando como parte de ellas el espacio privado (Collin, 2007).
A pesar de que los resultados de esta investigación apuntan hacia una crisis de masculinidad en los varones, también es importante hacer notar que la intervención de los centros de atención a la violencia ha tenido un avance en términos de concientizar hacia la igualdad de género. Se observa en los varones entrevistados que ejercieron violencia hacia su pareja una masculinidad hegemónica muy marcada, pero a su vez ambigua, pues en la actualidad ellos mismos se perciben encaminados a una masculinidad menos violenta en varios aspectos de su vida, proyectándose hacia a futuro con una pareja de manera más estable y en las relaciones humanas en general, con familiares y amigos, lo cual es parte de una cultura en transición hacia la búsqueda de la igualdad de género.
En varios de los entrevistados se percibe que la intervención por causas de violencia les ha ayudado a transitar a un modelo menos agresivo, encaminados a tener más consciencia de quiénes son y de cómo construir una masculinidad más sana, sin violencia y un mejor manejo de sus emociones. Es de resaltar que el hecho de expresar sus propias vivencias y significados en estudios como este, así como en centros de atención a masculinidades, les apoya a estos varones a desenajenarse de las identidades tradicionales de género (Figueroa, 2008, 2014) y, aunque la toma de conciencia no siempre es sencilla debido a que se deriva de una socialización de género milenaria que empieza desde el nacimiento y precede sus generaciones, es una construcción histórica y sociocultural de la que es difícil desprenderse.
CONCLUSIONES
En un sistema donde la división sexual del trabajo determina qué género hace tal o cual cosa (Lamas, 2000), o quién es garante del espacio público y quién del espacio privado (Beauvoir, 1992), es importante comprender cómo la modernidad, el sistema económico y sus crisis recurrentes han llevado a trastocar el rol tradicional de quién produce y quién se reproduce, de quién provee y quién cuida, poniendo en crisis un sistema milenario social, cultural y político como lo es la masculinidad (Gutmann, 1998; Figueroa, 2013; Núñez, 2016). A partir de este marco referencial, este trabajo se planteó comprender las percepciones de la falta de empleo y sus malestares en las relaciones de pareja en varones adultos de Monterrey, Nuevo León.
Es importante remarcar lo que previamente se dijo respecto a la naturaleza de la investigación cualitativa, en cuanto a los resultados que dan cuenta de una especificidad donde se intersectan la cultura, la situación socioeconómica, los roles y las desigualdades de género, propias del contexto estudiado. Por lo anterior, una muestra teórica pequeña, extraída por saturación teórica, no tiene la intención de generalizar patrones de conducta, percepciones o significados, pues ellos dan cuenta de una subjetividad que es comprendida teóricamente solo en los sujetos de estudio. Empero de ello, se espera que los resultados contribuyan al debate actual en los estudios de género de los hombres.
De manera inicial se encontró un fuerte arraigo al rol de proveedor, el cual fue introyectado desde temprana edad a partir de la figura paterna. Conforme los varones se fueron incorporando al mercado laboral, el proveer se incorporó al imaginario social respecto al ser hombre. Es por ello por lo que cuando pierden el empleo, empiezan a manifestar malestares por el trastocamiento de su masculinidad. A partir del análisis de la información, se lograron identificar diversos malestares derivados de la pérdida de empleo, vinculados a la tensión de cumplir con el mandato del rol de proveedor, derivado de etapas de desempleo, subempleo (bajos ingresos y sin prestaciones laborales) o donde ganan menos que su pareja, así como conflictos con el empleo o empoderamiento femenino.
Entre los malestares emocionales se observó que los varones se sienten ajenos a su propio hogar debido al desempleo y se enfrentan a que su pareja los reemplace como proveedor; se sienten humillados y en conflicto por la forma en que su pareja gasta el dinero. También se enferman, sufren de ansiedad, se les “viene el mundo encima”, sienten presión y coraje por no poder solventar gastos.
Todo ello se interpreta en esta investigación como distintas formas de evasión y enfermedades emocionales disfrazadas por no aceptar tanto los cambios y transformaciones sociales, económicas y de salud (como fue la pandemia), que ocurren en el contexto actual, así como las confrontaciones de sus parejas mujeres hacia ellos por ganar menos dinero o tomar decisiones que no los incluyan.
En cuanto a la percepción de que su pareja se haya incorporado al mercado laboral, se observaron dos comportamientos que entre sí mismos son opuestos. Aunque en menores casos, en el primero destacan de forma repetitiva dos categorías: igualdad y democratización, las cuales teóricamente conllevan a valorar el empleo de su pareja, ejercen paternidad consciente y muestran mayor apertura en aceptar a la mujer como proveedora principal. En cambio, en el segundo grupo destacan situaciones de conflicto por el empleo de la mujer y su empoderamiento. Cual fuera la situación, la incursión de las mujeres al mercado laboral y el empoderamiento en la toma de decisiones al interior del hogar trajo consigo una crisis simbólica de su masculinidad al verse trastocado el modelo tradicional de proveedor, lo que tuvo como consecuencia el rompimiento o separación por comportamientos violentos. De esta forma, la incursión de las mujeres al mercado laboral y su empoderamiento en la toma de decisiones al interior del hogar permiten observar el surgimiento de resistencias y malestares masculinos por esos cambios. Es posible observar claramente tendencias de malestar en los varones, representado simbólicamente por el ejercicio de la violencia en contra de las mujeres, el feminismo y el contexto político y social que les abre a ellas espacios de empleo remunerado y de ahí un empoderamiento económico, que anteriormente solo era del dominio masculino.
Respecto al uso de violencia como malestar principal por la pérdida del empleo se encontró que, en el anhelo de conservar los privilegios que el modelo de masculinidad imperante les ha dado, los varones hacen uso de la violencia selectiva hacia la mujer como una reacción defensiva, ya sea porque se sienten amenazados, humillados y abandonados por ellas (debido a que pueden trabajar y empoderarse económicamente) y porque el contexto de políticas de género y empoderamiento de la mujer no les favorece.
Tal como se observó, sus discursos expresan reclamos de una batalla que parecieran estar perdiendo, pero que quieren conservar. Muchos de ellos causan conflictos en la relación de pareja, confrontándose y llegando al grado de golpearlas físicamente. La tendencia de entrar en crisis trae consigo, además de resistencias hacia la igualdad de género, cambios positivos sobre todo en los varones de esta muestra que han sido atendidos por un centro de masculinidades que busca hacerlos responsables y conscientes de sus actos para conducirlos a caminos más positivos. Por ello, es importante mencionar que es necesaria la construcción de una política pública que dé acompañamiento a varones en crisis y/o que ejercen violencia. En este trabajo se observó la contribución de los servicios de atención e intervención dados a los varones denominados en conflicto, pues los varones que han sido atendidos por esta institución evidencian rasgos de una masculinidad más consciente, observándose cambios de comportamientos menos violentos en sus relaciones humanas.
Valdría la pena, para futuras investigaciones, indagar con mayor profundidad y desde la perspectiva de los propios varones, cuáles han sido las transformaciones que se perciben en sus relaciones de pareja, paternidad, corresponsabilidad afectiva, micromachismos y en general su vida cotidiana a partir de la intervención de los profesionales del centro de masculinidades en su masculinidad hegemónica.










text new page (beta)


