La obra que aquí se comenta es idónea para los tiempos que corren, en los que lo geográfico está adquiriendo una importancia capital, gracias a la tecnología geoespacial de accesibilidad al público, pero, sobre todo, porque cada vez es más importante pensar territorialmente.
El texto de Alexander B. Murphy es en este sentido altamente recomendable para alumnos y profesores que tengan preocupación por la perspectiva geográfica de los problemas ambientales, políticos, geopolíticos, económicos y sociales que asolan el mundo, pero también para los interesados en conocer los alcances de una disciplina antigua, pero siempre nueva. Sus cinco capítulos son una excelente introducción a la geografía y, en particular, a la geografía humana, una disciplina que desde hace 21 años se imparte en la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la UAM-Iztapalapa. Su autor, ya emérito, fue docente en la Universidad de Oregon, doctorado en Geografía por la Universidad de Chicago, aunque procedente de la arqueología (Universidad de Yale). Sus temas de interés se centran en dos campos, la geografía política y cultural.1
Toda su exposición teórica es amena y diáfana, para el experto y el lego, y acompaña sus argumentos con numerosos ejemplos que le permiten conducir al lector a la reflexión sobre los grandes problemas del mundo actual, entre ellos los conflictos bélicos y geopolíticos y, sobre todo, los que afectan la salud del planeta: se trata de pensarlos geográficamente.
El primer capítulo, «Naturaleza y perspectivas de la geografía», introduce al lector en la historia de la geografía, muy brevemente, con la idea de mostrar los antecedentes contemporáneos de esta disciplina y, sobre todo, los caminos hacia donde se dirige. Estamos, sin duda, en lo que denomina la «era geográfica»: nunca en la historia los datos geográficos han sido tan relevantes, han estado tanto a disposición de la sociedad -también de empresas privadas, instituciones públicas y gobernantes- y tras de nuestro actual cotidiano dejamos un sinfín de rastros geospaciales con nuestros pagos con tarjeta, con nuestros teléfonos celulares, con las imágenes y sonidos que ingenuamente grabamos cotidianamente. Somos transparentes al Poder, con mayúsculas, y nuestras caras son clasificadas de forma continua. En esta tesitura, el pensar geográficamente nos lleva a ser críticos, muy críticos, con quienes tienen a su disposición tal cantidad de información.
El segundo capítulo («espacios») y el tercero («lugares») nos llevan a los marcos del análisis geográfico. La representación cartográfica es el instrumento fundamental que emplea el geógrafo para acercarse a la realidad, y esa abstracción le permite imaginar y entender la organización del mundo. Es un espacio tetradimensional, pues también el tiempo es un factor que permite comprender la dirección de los procesos y fenómenos del mundo. Hay que advertir, no obstante, que la representación cartográfica no es neutral a las ideas de personas e instituciones que manejan los datos y plasman en el papel o digitalmente el mundo o parte de él; tampoco los Sistemas de Información Geográfica, que permiten manipular gran cantidad de datos, efectuar operaciones y obtener representaciones gráficas y cartográficas, son inmunes al sistema cultural y político que produce los datos. Así, el geógrafo también ha de ser un ojo crítico en la forma de usar, manipular y graficar los datos espaciales.
Junto a los «espacios» están los «lugares» (capítulo 3), el sello por excelencia de las descripciones geográficas de los viajeros, desde tiempos de los griegos, como mínimo. El «lugar» se recupera con el giro humanista en geografía, en los años setenta, bajo el influjo de los enfoques subjetivistas, fenomenológicos, marxistas, feministas en la geografía humana.
El lugar es el marco básico de la experiencia geográfica -otros dirán que es el cuerpo el primer encuentro con la espacialidad- y donde el individuo se arraiga e identifica: hay «apego al lugar» (p. 83) y «sentido de lugar», pero también hay «no-lugares», aquellos que no transmiten nada que permita al individuo arraigarse, como los grandes «hubs» del transporte internacional.
A las relaciones entre la naturaleza y la sociedad les dedica Murphy un cuarto capítulo. El ser humano ha mantenido con el entorno natural, con el medio ambiente, una relación dialéctica que ha permitido su coexistencia. Los tiempos actuales, en los que parece haberse escindido la relación, en los que el contacto con la naturaleza es mediado a través de un sinfín de prótesis, los problemas que se avecinan a nivel del planeta pueden ser catastróficos. La mirada geográfica permite la reconexión con el mundo natural, situarnos nuevamente en el espacio y en la comprensión de las cosas básicas del planeta en el que vivimos y habitamos. Ya no son únicamente problemas locales, fáciles de resolver en la inmediatez. Son problemas multiescalares en las que las soluciones deben incidir necesariamente en ellas.
El último capítulo es, quizás, donde el autor muestra todos los argumentos en favor de una educación y formación más geográficas: ¿Por qué la geografía es una necesidad para todos? Se dirige claramente al ciudadano estadounidense, por el tipo de ejemplos que presenta y en el contexto de la presidencia de Donald Trump, pero bien pueden trasladarse sus argumentos a cualquier otra realidad geográfica o Estado. Cuatro argumentos conforman sus respuestas:
Primero, «Por el despertar de la conciencia a un mundo más amplio»: desde la geografía se adquiere conciencia de la amplitud y diversidad del mundo; una visión que permite conocer vislumbrar la vinculación de todos los problemas que afectan al planeta y que unen a los seres humanos. Segundo, «Por una vida más rica»: la geografía aboga por una mejor comprensión del mundo y por la necesidad de la experiencia directa de las cosas para sensibilizarnos en relación con sus distintas realidades; no todo está en las pantallas que median entre nosotros y ellas. Tercero, «Por el fortalecimiento de la sociedad civil y la gestión política»: una sociedad civil con más capacidad de comprensión del mundo puede intervenir con más criterio en los procesos de toma de decisiones; a mayor comprensión del territorio, mayor capacidad de incidir en la vida política de nuestro entorno. Cuarto, «Por una mayor comprensión y mejor empleo de las tecnologías geoespaciales»: como ya se ha dicho, nunca antes ha habido esa posibilidad de acceder a las tecnologías geoespaciales que nos permiten un sinfín de cosas, como poder hacer análisis territoriales; pero tampoco nunca antes hemos dejado tantos rastros geográfico-espaciales en nuestro mundo, desde el uso de tarjetas bancarias, a aspectos de nuestra movilidad (con el sensor-celular) que tenemos entre otras. Hemos de estar conscientes de que esta miríada de datos, son tratados por instituciones privadas y públicas que nos controlan constantemente, incluso en nuestros sueños. Hemos de ser críticos con el uso de esta tecnología y los riesgos que suponen para nuestra seguridad personal.
Para acabar, el libro de Alexander B. Murphy es muy recomendable como libro de divulgación de la geografía tanto para profesores de la materia como estudiantes que se acercan a la mirada geográfica en sus estudios universitarios.
Como todas las obras, tiene sus limitaciones, en cuanto a los autores citados, los temas y ejemplos que se abordan, claramente orientados a un público particular, pero que indudablemente podemos sacar partido si sabemos trasladar sus ejemplos a nuestras realidades próximas.










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