Un liberal acendrado entre los liberalismos del México decimonónico
José Ireneo Paz Flores (Guadalajara, Jalisco, 1836-Ciudad de México, 1924), mejor conocido en la historia de México sólo como Ireneo Paz, fue un eminente escritor, político y militar, que destacó por su periodismo satírico y su militancia beligerante entre los grupos liberales mexicanos.1 Personificó un perfil intelectual de la generación de Tuxtepec, grupo que se sumó a la consolidación de las Leyes de Reforma (1857), combatió la Intervención francesa (de 1862 a 1867), disputó el poder político del Estado a la generación del presidente Benito Juárez (de 1858 a 1872) y participó en la cimentación hegemónica del porfiriato (de 1877 a 1910) (Pi-Suñer, 1997, pp. 2-3).
En general, la historiografía mexicana llama generación de Tuxtepec a los firmantes del Plan de Tuxtepec (1876), liderado por Porfirio Díaz. El Plan desconoció la presidencia de Sebastián Lerdo de Tejada (de 1872 a 1876) y fue rubricado por Hermenegildo Sarmiento, Vicente Riva Palacio, Ireneo Paz y Protasio Tagle, aunque también se reconocen como miembros de esta constelación a personajes como Joaquín García Icazbalceta, Juan de Dios Arias, José María Roa Bárcena, Evaristo Hernández y Dávalos, José María Vigil, Juan A. Mateos, Antonio García Cubas, Francisco Zarco, Emilio del Castillo Negrete, Ignacio Manuel Altamirano, Matías Romero, Manuel Rivera Cambas, Alfredo Chavera, Julio Zárate, Enrique Olavarría y Ferrari, Francisco Zarco, Donato Guerra, Rosendo Márquez y Pedro A. Galván, entre otros personajes identificados con el liberalismo mexicano (Pi-Suñer, 1996). En suma, Ireneo Paz perteneció a la generación de personajes históricos que participó en el proyecto de soberanía del Estado nación en los albores de la modernidad en México.
En este artículo se aportan indicios para situar la trayectoria intelectual de Paz en la evolución del liberalismo en una región del occidente de México (entre el sur de Jalisco y Colima, específicamente), en particular, durante la Intervención francesa. También se ofrecen pautas para interpretar los años de consolidación intelectual de este célebre escritor, uno de los artífices de la identidad regional mexicana. Al respecto, si bien no es motivo del texto, cabría preguntarse sobre la relevancia de los discursos de las empresas periodísticas de Paz que, tanto por sus cualidades visuales como por el manejo de su lenguaje, aportarían elementos simbólicos para caracterizar la cultura popular mexicana de la segunda mitad del siglo XIX, considerando su amplia distribución en la expansión de las ciudades modernas del país como Guadalajara, Monterrey o la Ciudad de México.
La revisión historiográfica más usual sobre el liberalismo en México ubica sus indicios ideológicos a finales del siglo XVIII y su proyección como modelo político de Estado desde las primeras décadas del siglo XIX. A partir de entonces, más como un discurso filosófico, político o económico, ha sido denominativo para distintos grupos, ideologías y movimientos sociales a lo largo de la historia nacional. Esta omnipresencia conceptual se corresponde con la fundación de las instituciones liberales del Estado en el siglo XIX, así como con la participación de “pensadores, periodistas y escritores liberales” en el desarrollo de la nación (Breña, 2021). En el devenir histórico, la maleabilidad denominativa del liberalismo ha provocado distintas interpretaciones y significados, por lo que es posible aseverar que han existido diversos liberalismos en distintos momentos de la historia (Reyes Heroles, 1973; González y González, 1977; Hale, 1991; Aguilar, 2010; Knight, 2015; Breña, 2021).
La irrupción del liberalismo decimonónico se situaría en la polarización política de México, en la conformación del Estado nación, como parte del proceso de implementación de las políticas del siglo XIX que caracterizaron el período histórico de la modernidad en Occidente. La resistencia de las fuerzas reaccionarias, conocidas por la historiografía mexicana y la opinión pública como el conservadurismo, complejizaron el escenario político durante las Guerras de Reforma (de 1857 a 1861), conflicto provocado en la gestación del proyecto de soberanía nacional con acciones políticas como la proclamación de la Constitución Política de 1857 y la supresión definitiva del control colonial de España, el establecimiento de la autonomía de las entidades federativas de la República Mexicana y el pacto federal de los estados, así como la demanda de igualdad ciudadana ante la ley y el pago de un salario justo para los trabajadores de cualquier industria.
A mediados del siglo XIX, el establecimiento de un Imperio mexicano sostenido por la oligarquía dominante planteó una resistencia a las proclamas liberales, con propuestas para centralizar el control político, y desde esa concentración generar posibles beneficios sociales para la población. El período de las Guerras de Reforma habría concluido en 1867 con la caída del Imperio francés en México (impuesto por los ejércitos europeos y las élites mexicanas desde 1862), así como el triunfo de los grupos liberales que llevaron al poder a Benito Juárez, a Sebastián Lerdo de Tejada y, finalmente, a Porfirio Díaz.
Como han observado los especialistas sobre las Guerras de Reforma en Jalisco, lugar de nacimiento y de la primera educación formal de Ireneo Paz, esta entidad federativa tuvo un papel singular en la polarización ideológica del país desde mediados del siglo XIX. Paradójicamente, mientras se reconocía como uno de los principales bastiones del liberalismo, incluso por su protagonismo territorial en las estrategias militares del Ejército del Centro, al que aportó un buen número de combatientes, también fue uno de los estados mexicanos donde el catolicismo logró una mayor presencia política, lo que obligó a los liberales a negociar sus decisiones hegemónicas con la Iglesia. Estas concertaciones generaron rupturas entre los grupos liberales, que mostraron discrepancias entre facciones de radicales y de moderados, situación que muchas veces generó incertidumbre entre los extremos liberales (Archivo Histórico de Jalisco, 2018).
En el escenario de estas circunstancias históricas, el estado de Colima destacaba por la posición estratégica de su municipio más importante, el puerto de Manzanillo. Ubicado frente a las costas del océano Pacífico, era el municipio con mayor potencial de crecimiento económico en la región occidente del país. Además, era paradigmático en las disputas por el control hegemónico de la zona, tanto en los pleitos entre los grupos liberales y conservadores como en el interés de las potencias extranjeras expansionistas (como Estados Unidos, Alemania, Francia o Gran Bretaña). Para los primeros era fundamental por el cobro de impuestos derivados de las actividades portuarias, y para los segundos por su relevancia geopolítica en escenarios de guerra, porque el puerto de Manzanillo era el ingreso continental con mejor infraestructura en el Pacífico mexicano. Ambos valores, el económico y el geopolítico, deben considerarse para situar a Colima en el contexto de cambio social de mediados del siglo XIX, en uno de los momentos álgidos de la consolidación del proyecto liberal del Estado mexicano (Ortoll, 1996, p. 10).
Ireneo Paz y la Intervención francesa en Guadalajara, el sur de Jalisco y Colima
Ireneo Paz realizó sus primeros estudios en el Colegio de Guadalajara y en el Seminario Conciliar de Guadalajara, donde recibió clases del teólogo Francisco Melitón Vargas y Gutiérrez, con quien se reencontró en Colima años después (Rodríguez, 1985, p. 18). En 1854 comenzó sus estudios en la carrera de Derecho en la Universidad de Guadalajara, que concluyó en 1861 (Adame, 2023, pp. 28-29) para incorporarse como litigante en el despacho de otro de sus maestros, Jesús López Portillo y Serrano, político liberal que gobernó Jalisco en 1852 y destacó por su promoción de la instrucción pública y la formación de sociedades literarias (Rodríguez, 1985, p. 18).
Alrededor de 1855, Paz participó en la sociedad literaria La Falange de Estudio que imprimió la revista El Ensayo Literario, en la que el periodista expuso sus primeras inquietudes intelectuales y las páginas iniciales de la novela Amor y suplicio, publicada de forma definitiva en 1873. En ese cenáculo conoció a personajes como José María Vigil, Aurelio Luis Gallardo, Emeterio Robles Gil, Ignacio L. Vallarta, Alfonso Lancaster Jones, entre otros (Adame, 2023, p. 27). Poco después se integró al Club Popular Melchor Ocampo, del que fue secretario, al lado de Manuel Rivera, Ramón Corona y Clemente Villaseñor (Rodríguez, 1985, p. 23). En esos grupos se fomentaban discursos políticos para exacerbar ideales patrióticos y nacionalistas, según escribió Paz en Algunas campañas. Memorias escritas (1884).
El ethos intelectual de la época suponía una pasión desbordada por los asuntos políticos de la comunidad, además de la abstracción de los valores ético-morales de la identidad colectiva, que se manifestaba en una escritura febril sobre la definición identitaria de la misma comunidad, como lo expresó Paz desde sus primeros trabajos periodísticos (y como quedó de manifiesto en Algunas campañas). Guiado por estos principios, en 1857, al lado de su amigo Alfonso Lancaster Jones fundó su primer periódico, El Independiente, que apoyó la proclamación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (Rodríguez, 1985, p. 29).
Como es perceptible en Algunas campañas, al comenzar las Guerras de Reforma, Paz fue seducido por la actitud social del romanticismo militante, que fijó como sus antagonistas a la oligarquía jalisciense, a los conservadores y a los promotores de que México fuera ocupado por una soberanía extranjera capaz de ordenar a la sociedad local. El entusiasmo romántico del joven abogado y periodista confrontó esas ideas con su pensamiento liberal y nacionalista, basado en la concepción del gobierno soberano de la República Mexicana. Desde ese radicalismo, con 21 años, ingresó a la guardia nacional, donde se le otorgó alguna posición administrativa, aunque duró poco la aventura dentro de la corporación militar (Adame, 2023, p. 33).
Las Guerras de Reforma profundizaron la crisis económica, social y política de la República Mexicana en ciernes. A mediados de 1861, la situación obligó al presidente Benito Juárez a suspender los pagos de las deudas contraídas con otros países, y, en respuesta, en la segunda quincena de enero de 1862, tropas españolas, inglesas y francesas se apostaron en el puerto de Veracruz para comenzar las estrategias de intervención militar en el país, que llevarían a la imposición del Imperio de México bajo el mandato del emperador Maximiliano de Habsburgo, de 1863 a 1867 (Garfias, 1980; Guzmán y Aldana, 1986; Galeana, 2012).
Frente al escenario de guerra y la creciente simpatía por las ideas conservadoras en algunos sectores de la sociedad mexicana, Paz intensificó el ejercicio de su periodismo crítico y mordaz contra los conservadores, los intervencionistas y los franceses, a quienes identificó (como otros intelectuales liberales) en una misma facción partidaria. En 1861 colaboró con poemas y artículos antimonárquicos en El País, periódico oficial del estado de Jalisco; en El Boletín de la Guardia Nacional, auspiciado por José Santos Degollado, y en La República, dirigido por Francisco Eulogio Trejo (con quien también se reencontraría en Colima). Asimismo, en 1861 fue responsable del semanario jalisciense El Día (1861), y un año después colaboró en el periódico El Voto del Pueblo (1862) (Rodríguez, 1985, p. 29).
En enero de 1862, varios estados mexicanos, entre ellos Jalisco, gobernado por Pedro Ogazón, convocaron a sus conciudadanos para integrar las filas del ejército republicano que defendería los intereses de la nación. Paz se apresuró a organizar a sus condiscípulos en un colegio militar, bajo la dirección de Ogazón, el coronel Anastasio Gutiérrez y el general José María Cayetano Arteaga Magallanes, mejor conocido como José M. Arteaga, responsable de Guadalajara cuando el gobernador Ogazón decretó estado de sitio militar el 1º de marzo de 1862, siguiendo el mandato de Benito Juárez (Archivo Histórico de Jalisco, 2020, p. 14). Justo al día siguiente, el 2 de marzo de 1862, Paz contrajo matrimonio con Rosa Clotilde Solórzano Preciado. Durante 1863 continuó con la escritura de su periodismo mordaz al fundar el diario satírico Sancho Panza (1863), un panfleto de corta duración dedicado a arengar a la población en contra de la intervención francesa y para aleccionar sobre el bandidaje que asolaba las zonas rurales de Jalisco.
Con la inminente toma de Guadalajara por las fuerzas imperiales y conservadoras, los padres de Ireneo Paz, Matías Paz Castro y Teresa Flores González, le entregaron a su hijo un caballo y algunos pesos para que, con otros ciudadanos, huyera de la ocupación imperial acaecida el 8 de diciembre de 1863 en acciones militares comandadas por el general Armand Alexandre de Castagny (Pruneda, 1867, p. 226). Paz, su esposa y un cuñado partieron hacia Colima mientras vendían algunas de sus pertenencias a través de sus familiares para allegarse de dinero que les ayudara a solventar su incierto destino.
Colima fue declarado estado de sitio militar desde el 28 de enero de 1862, una reacción política anticipada a la de Jalisco en la defensa de los intereses políticos de la federación (González Lezama, 2012, p. 53) a pesar de que, como en todo el país, el poder político de la gubernatura estatal era una papa caliente que se sucedían algunos hombres prominentes de la entidad. Entre 1861 y 1863, Colima sumó siete gobernantes: Urbano Gómez, Salvador Birhuega, Manuel F. Toro, Florencio Villarreal, Julio García y Ramón R. de la Vega, políticos que fueron constantes en la emisión de decretos liberales y antimonárquicos (Ortoll, 1997).
De estos personajes destacó el general Julio García, quien, durante el período de incertidumbre política y de guerra militar de la Intervención francesa, fue el representante de Colima en el Ejército del Centro, como denominó el Gobierno de la República al frente militar que cubría desde Veracruz hasta Colima, pasando por Puebla, Querétaro, Guanajuato, Michoacán, Jalisco y Nayarit. Cabe mencionar que el ejército republicano adquirió distintos apelativos en el contexto del sur de Jalisco y de Colima: “Ejército de Occidente”, como lo registraron los intelectuales decimonónicos Vicente Riva Palacio, José María Vigil y Juan B. Hijar y Haro; “Brigada de Colima”, como prefirió titularlo el mismo Ireneo Paz, sobre todo durante la alianza de la milicia con personajes tildados de bandoleros (como Antonio Rojas o Manuel Lozada) alrededor de 1865 y 1867; “Ejército del Centro”, llamado así por la mayoría de los historiadores contemporáneos que se han ocupado del siglo XIX en Colima, como Servando Ortoll o José Miguel Romero de Solís.
Tal vez por este escenario político favorable al liberalismo, Paz decidió establecerse en Colima. La entidad le inspiró tal optimismo que llegó a pensar que “no sería ocupada jamás por los franceses, puesto que se encontraba defendida por inexpugnables barrancas y desfiladeros, lo mismo que por valientes tropas; al menos esas eran las cuentas alegres que yo me hacía” (Paz, 1884, p. 17).
Después de varias jornadas de camino entre Guadalajara y Colima, la brigada de liberales jaliscienses con la que viajaba Paz y su familia anduvo por pueblos y rancherías de la parte baja de la sierra sudoccidental. Cruzó Sayula, pasó por San Gabriel, descansó en Zapotlán, bajó hacia Atenquique y El Platanar hasta llegar a su destino: Colima, por lo pronto, un bastión del liberalismo en el occidente de México.
Los años que vivimos (peligrosamente) en Colima
Después del peregrinar de 15 días entre los pueblos del sur de Jalisco, con 25 años, Ireneo Paz y Rosa Solórzano llegaron a la capital de Colima. Además del exilio y el drama de la guerra, la pareja ya había padecido otros horrores: en agosto de 1862 perdieron a su primera hija, Leovigilda Paz (Adame, 2023, p. 44).
En los albores de 1863, Colima era gobernado por el militar jalisciense Julio García, y Paz fue seducido por las primeras vistas de la ciudad capital, “con sus huertos de cocos, con sus calles llenas de concurrencia, con su hermoso río que atraviesa por el centro de la población, con el verde tierno de sus arboledas” (Paz, 1884, p. 18). En esos años, Colima contaría cerca de 50 mil habitantes en su extensión territorial, y una tercera parte de la población se concentraba en la capital del estado (Rodríguez, 1886, p. 26). Es probable que esa incipiente sociedad apenas gozara de algunos servicios de vida social urbana, además de los edificios sede de los gobiernos municipales y estatales, cuerpos de seguridad, un par de escuelas, algunos bodegones adaptados como teatros y espectáculos públicos, sin considerar los lienzos y ruedos charros (Romero de Solís, 1996).
Ireneo Paz y Rosa Solórzano vivieron momentos de sosiego en la pequeña ciudad tropical. Se avecindaron en el antiguo barrio de Puente Viejo, ubicado en la zona poniente, cruzando el sigiloso río Colima, uno de los tres afluentes principales que pasaban por el centro urbano. Desde ahí la familia salía de paseo a las orillas de la ciudad, al sur rumbo a las huertas del barrio de la Albarrada y al oriente hacia las calzadas arboladas de la hacienda de la Estancia. La ciudad era un deleite para la familia Paz Solórzano:
[…] sus palmeras nos ofrecían fresca sombra, que nos arrullaba el canto armonioso de millares de pajaritos, que nos encantaba la lozanía de los jazmines, de los plátanos y de los cafetos, que el calor cerraba nuestros párpados cuando nos sentíamos impulsados muellemente sobre las mallas de una perezosa hamaca, que nos encantaban las aguas cristalinas, llevando en sus linfas olorosas frutas arrastradas por las corrientes, que donde quiera se nos presentaban panoramas encantadores (Paz, 1884, p. 19).
Inspirado por la placidez de sus días colimenses, Paz escribió el poema “A la ciudad de Colima”, que luego incluyó en su libro de poesía Cardos y violetas (1876):
Cercada de vergeles y de huertos,
de arroyos y de plátanos cercada,
estás gallardamente coronada,
como florido quiosco en los desiertos.
Tus senos al primor están abiertos,
que aquí la primavera sonrosada
estableció su mágica morada,
y aquí forman las aves sus conciertos.
¿Qué no tienes, Colima? Tienes fuentes
y cocoteros muchos, muchas flores,
y sonoras cascadas y corrientes,
y cisnes y pintados ruiseñores,
y mujeres también de lindas frentes…
¡Eres la tierra, pues, de los primores!
Las descripciones de Paz sobre la ciudad de Colima, tanto en verso como en prosa, son las palabras de un romántico idealista que expresa, desde la ansiedad efusiva del arte literario, su vocación política al trasladar su concepción ideológica del país al poema. Las descripciones idílicas de Colima son la figuración paradigmática de la nación imaginada en los valores del liberalismo decimonónico de Paz. El poema no es evocativo, sino prospectivo: proyecta una idea de nación. En su cuadro poético, la abundancia del campo representa la prosperidad económica y los rasgos de personificación de la nobleza significan la esperanza de una educación ilustrada para el pueblo. En suma, estas manifestaciones positivistas de inspiración poética son las utopías del discurso político liberal, el poema describe un proyecto de país en la imagen estetizada de una entidad federativa.
Había motivos para idealizar una patria liberal en el pequeño estado de Colima. En particular por la recepción positiva que tuvo la sociedad local de las ideas liberales y la cálida acogida a los intelectuales liberales exiliados, que llegaron de Jalisco, de Michoacán y de Guanajuato, y que encontraron a mediados del siglo XIX, en el aislamiento de esa entidad federativa, refugio en la lucha contra los conservadores. Era un suelo fértil para cultivar la idea de nación que años después podría crecer en la imagen metafórica del cuerno de la abundancia de la patria mexicana.
Pero ese paisaje idílico era amenazado por la presencia del ejército francés, que desde enero de 1864 sitió al puerto de Manzanillo con el auxilio de buques estadounidenses (Ortoll, 1997, pp. 253-254). Por su parte, en las inmediaciones de Michoacán, Jalisco y Colima, el general José López Uraga, al frente del Ejército del Centro, trató de sostener un ánimo combatiente entre la milicia republicana, por lo menos durante el primer semestre del mismo año de 1864 (Ortoll, 1997, pp. 255-256).
En ese tiempo, Paz se reencontró con Atenógenes Andrade, otro de los liberales jaliscienses refugiados en Colima, antiguo compañero del Colegio Militar, quien fungía como secretario general del Gobierno de Colima (a la postre sería alcalde de Zapotlán, de 1895 a 1897, y diputado local en Jalisco, de 1903 a 1909), además de Leónides Torres, quien trabajaba como funcionario del Gobierno de Colima (fue diputado en Jalisco de 1876 a 1878). Atenógenes Andrade le ofreció a Paz que se ocupara de la redacción del periódico oficial, el semanario La Aurora del Progreso (1864-1867), con un salario de 50 pesos mensuales.2 El periodista aceptó el empleo durante unas semanas para después cederle el cargo a los poetas Juan y Ramón Valle, otros liberales refugiados en Colima. Según el testimonio del mismo Paz, los poetas habían salido de su natal Guanajuato pidiendo limosna, acompañados por la esposa de Juan Valle (Paz, 1884, p. 20).
Durante esos años, Paz, Andrade, los hermanos Juan y Ramón Valle y Francisco Eulogio Trejo redactaron los editoriales enardecidos en contra del intervencionismo y el conservadurismo del país.
Vendrá el príncipe, pero no será el voto de la nación quien lo haya traído, sino exclusivamente las bayonetas de Francia para enaltecer en México las ideas contrarias a todo progreso y civilización, porque el voto nacional no se ha consultado, temiendo, y con razón, que dé un resultado adverso a las miras que se tengan sobre este suelo (sin firma, 1864, p. 2).
En Colima, Paz afianzó su personalidad intelectual. Entre abril y octubre de 1864 colaboró en el semanario El Pensamiento Público (1864), del que se ocupó de la edición de algunos números. Además, entre agosto y octubre fue uno de los responsables del bisemanario La Independencia (1864). En estos impresos participaron varios de los intelectuales liberales refugiados en Colima, y a los ya mencionados se deben añadir personajes como José Pamplona, Fermín González Trejo, Fermín González Castro, Miguel González Castro, Justo Mendoza, Clemente Villaseñor, Antonio García Pérez y Jesús L. Camarena, acompañados por intelectuales colimenses (o que habían vivido en Colima desde su infancia) como Filomeno Medina, Manuel Rivera, Ramón R. de la Vega y Gildardo Gómez, quienes conformaron una constelación letrada en la localidad.
Salvo Ramón R. de la Vega y Gildardo Gómez, los demás intelectuales eran abogados, aunque entre sus tareas públicas también desempeñaron actividades militares, empresariales y políticas. De vez en vez publicaron algún discurso, un artículo de opinión, o incluso un poema. Pero la vigencia de un grupo de abogados, una profesión eminentemente liberal, confirmaría la hipótesis de que, durante la Intervención francesa, Colima fue una entidad favorable al liberalismo (Mancilla, 2008; Ramírez Magallón, 2021).
La presencia de estos escritores, periodistas y abogados liberales en Colima supuso un momento de prosperidad cultural en la localidad. Algunos de ellos, como los hermanos González Castro, Clemente Villaseñor, Atenógenes Andrade y Francisco Eulogio Trejo, durante los años que permanecieron en el estado, animaron un ambiente propicio para el establecimiento de políticas de instrucción pública, que se oficializarían a partir de los setenta del siglo XIX; y para el desarrollo de manifestaciones artísticas y literarias, como se constata con la fundación de revistas y sociedades literarias, así como en la creación de espacios para la presentación de obras teatrales en la década de los ochenta de la misma centuria.
Dos décadas después, en el periódico oficial del estado, los redactores recordaron la llegada de los intelectuales liberales a Colima de la siguiente manera:
Allá por el año de 1864, cuando las huestes invasoras amenazaban caer sobre nosotros como el buitre sobre su presa, y cuando en toda la nación había resonado un grito de alarma a la presencia de los merodeadores franceses, una falange de jóvenes entusiastas, sintiendo en su pecho la llama del más santo patriotismo, comenzó a hacer oír al pueblo sus bélicas estrofas, naciendo, por decirlo así, entre los horrores de la batalla y los gritos del combate, la literatura colimense (sin firma, 1886, p. 1).
Esta convicción de fundación de la tradición literaria local, aunada a la llegada del liberalismo a Colima, también es un rasgo de época. Era la fundación de las tradiciones modernas locales y, en ese sentido, el reconocimiento, aún incipiente, de la literatura como una institución. El liberalismo secularizó en las instituciones estatales el dominio religioso, el fomento del conocimiento y del arte. En el caso de las letras, los liberales fundaron la institución literaria moderna y lo hicieron a través de discursos civiles orientados a la consolidación del proyecto de la soberanía del Estado nacional.
De la constelación de liberales en Colima, Paz destacaba por su sagacidad política, su ímpetu militar y su capacidad discursiva, una personalidad que lo impulsó a estrechar relaciones públicas con otros políticos liberales radicados en Colima. A mediados de 1864 fue nombrado magistrado del Supremo Tribunal de Justicia de Colima y, junto con Atenógenes Andrade, Prisciliano Castro y Antonio García Pérez, se convirtió en uno de los principales asesores del gobernador de Colima, Julio García.
Paz ya era un abogado profesional al frente de la magistratura local, un influyente asesor político militar entre los grupos liberales de Colima y de Guadalajara y un escritor en plena efervescencia creativa, que, además de redactar incendiarios artículos periodísticos, comenzó con la escritura de poemas y piezas teatrales que luego imprimió bajo su propio sello editorial. Además, en esos años llegó una buena noticia: el 30 de julio de 1864 (el mismo día de su cumpleaños) nació su hija María Julia Clotilde Paz Solórzano, registrada en el Ayuntamiento de Colima y bautizada en la parroquia de San Felipe de Jesús de la misma ciudad. Al registro civil también se presentaron su esposa, Rosa Solórzano, de 18 años; sus padrinos, Agustín Vergara y Carlota Souza, y los testigos, Trinidad Padilla, Ramón Bueno y Miguel Orozco.
Envuelto en la armonía provinciana de Colima, Paz se inspiró a escribir un poema para su hija en su primer aniversario de vida, un discurso lírico para celebrar la sensación de la esperanza. La pieza está escrita desde un enfoque poético en paralaje y en el punto de fuga se sitúan unas flores. El motivo del poema es el nacimiento de María Clotilde Paz, que representó para el poeta un ramo de flores como regalo en su cumpleaños; en correspondencia, el poeta le regaló unos versos que significarían otro ramo de flores para su hija. En contraste con la lozanía y frescura de las flores de María Clotilde, la voz poética asume sus palabras como flores marchitas y sinceras.
Pero, sin importar estas diferencias que expresan oposiciones al sentido formal de las flores, Paz destaca la generosidad de los regalos. Es decir, sin importar la forma de las ofrendas, el poeta destaca la verdad y la nobleza de las acciones para reiterar el valor etológico de un proyecto de civilidad basado en la interpretación clásica de la belleza, como ya lo había expresado en su poema “A Colima”.
Dos ramilletes de flores,
me mandaste con agrado
para festejarme, el día
en que también cumplí años;
ese obsequio, niña hermosa,
con otras flores te pago,
si no frescas, cual las tuyas,
con su fragancia y encantos;
al menos, aunque marchitas
son muy sinceras, y al cabo
las flores del corazón,
son siempre el mejor regalo.
Si alguna vez, tus recuerdos
de la niñez registrando,
encontrares estos versos,
no olvides decir al acaso:
“El afecto de mi amigo,
fue tierno, como acendrado”;
y dirás bien, pues tus gracias,
y tu talento y tu garbo,
desde la edad más temprana
mi admiración cautivaron;
por eso te quiero mucho,
por eso con entusiasmo
tu felicidad contemplo
y en este día te canto
(Paz, 1892a).
En el poema “Resignación”, que debió escribirse en esa época, Paz introdujo nuevos sentimientos a su esquema sentimental para la patria mexicana liberal.
[…]
¿Quién no lleva el pesar sobre la frente?
Dejadme con mis lágrimas… Yo sólo
lucharé con el hado, y si me vence,
tengo una madre que a sufrir me ayuda,
tengo una madre que en su pecho ardiente
por mí un amor cultiva tan profundo
que no temo se apague ni se amengüe.
Y no me importa lo demás, soy hombre
y el hombre a padecer tan solo viene
en este mundo. Si otros hay que gozan
yo llevaré de la desdicha el germen,
y sufriendo en silencio como ahora,
aguardaré en silencio que la muerte
ponga fin a mis penas, cuando apure
el cáliz del dolor hasta las heces
(Paz, 1892b).
En estos poemas escritos en Colima, Paz aportaba sus ideas sobre la cultura nacional de la patria liberal: la belleza, la nobleza, la lealtad, la tenacidad, la resignación… Eran los valores liberales para construir un proyecto de nación, escritos por un abogado, periodista y poeta que conceptualizaba un país como un poema. El modo estructural de este ideario reitera la perspectiva positivista y, al mismo tiempo, democrática: porque todos los hombres padecen en la vida, todos los hombres deben construir la esperanza de una vida mejor.
Mientras Paz ensayaba sus odas líricas para una ontología nacional, inspirado por la placidez del paisaje tropical, crecían las intrigas internas en el grupo liberal radicado en Colima y en Jalisco a consecuencia de las dubitaciones en sus liderazgos. Esta situación de incertidumbre facilitó la capitulación del sitio militar de Colima el 5 de noviembre de 1864, a manos del general francés Félix Charles Douay y el militar imperialista Leonardo Márquez (Riva Palacio, 1889, p. 669). La invasión comenzó desde mediados de 1864, cuando el general José López Uraga se acercó a negociar con los invasores, quienes le expresaron apoyo en su aspiración por ocupar la presidencia de la República.
Los hechos sucedieron a pesar de que Paz y los asesores liberales de Julio García se esforzaron por fomentar acciones a favor de la moral nacional, que propiciaran un apoyo social que nunca obtuvieron de manera contundente (Ortoll, 1997, pp. 265-266). El marco ideológico de esas acciones civiles corresponde a los valores simbólicos expresados en poemas como “A Colima” o “A María, en el día de su santo” de Paz, y el poeta dejó (otra vez) la escritura de sus versos para ocupar la trinchera política. Con estos argumentos, escribió varios artículos en los periódicos L’Estaffete y La Independencia, en los que encomiaba la causa republicana. Incluso promovió un baile en el colegio municipal de niñas para homenajear a López Uraga, en un intento por persuadirlo de rectificar su declinación del bando liberal (Ortoll, 1997, p. 266). Con estas mismas intenciones, el 5 de mayo de 1864, el gobierno del estado organizó una serie de festejos patrios, en los que Ireneo Paz, Francisco E. Trejo y Francisco N. Ramos pronunciaron sendos discursos a favor de la liberación del país, en contra de la monarquía y convocando a la unidad nacional (sin firma, 1864b).
Ninguna de estas acciones fue suficiente para unificar la diáspora liberal nacionalista, aunque marcaron un precedente sobre los nuevos sentimientos nacionales. El 21 de junio de 1864, López Uraga firmó un manifiesto para desconocer la presidencia de Benito Juárez, dejando acéfalo al Ejército del Centro, y presumió llevarse consigo a 1 800 soldados colimenses (Ortoll, 1997, p. 271). El Ejército del Centro quedó bajo el mando del general José M. Arteaga (luego de que el coronel Miguel Echegaray rechazara la responsabilidad), el antiguo instructor del Colegio Militar impulsado por Paz en Guadalajara. Sin embargo, Arteaga desconfiaba de Julio García debido a su antigua amistad con José López Uraga, por lo que demandó su renuncia. El gobernador de Colima le pidió a Paz que abogara por él, petición que se conjuró en la hacienda de San Marcos, en los límites de Colima con Jalisco (Paz, 1884, pp. 39-44).
Arteaga aceptó la explicación de Paz (también lo invitó a colaborar como secretario particular del Ejército del Centro) y dijo que respetaría la posición política y militar de Julio García, pero recomendaba que, en caso de unirse al ejército, el mismo Paz se encargara de la Secretaría General del Gobierno de Colima (Ortoll, 1997, p. 277). Paz ocupó el cargo de facto, sin nombramiento oficial, pues unos días después se registró la llegada de tres mil militares del ejército imperial a la ciudad de Colima, al mando del general francés Félix Charles Douay y del imperialista Leonardo Márquez, quienes derrotaron al ejército republicano en el barrio de La Albarrada, al sur de la capital de la entidad. El Imperio francés nombró jefe militar del departamento de Colima al coronel Carlos Oronoz, y su prefecto a José María Mendoza, que permaneció en el cargo hasta el 2 de enero de 1867 (Romero de Solís y Machuca, 2012, p. 163).
El 30 de octubre de 1864, Paz abandonó a su familia y se sumó a la Brigada de Colima comandada por el gobernador republicano Julio García, y perseguida por el batallón imperial de Leonardo Márquez. Esta Brigada estaba integrada por unas 50 personas, quienes se refugiaron cerca de la costa del estado sufriendo la inclemencia de vivir a la intemperie (Paz, 1884, pp. 48-49). En los hechos, la Brigada de Colima se convirtió en la versión local de un gobierno itinerante, en el que Paz tenía la función de asesor intelectual: consejero del gobernador y secretario particular, con sus arengas, comunicados y discursos, procuraba tutelar los valores cívicos de un movimiento armado sin orden militar. De tal Brigada destacaban otros liberales como Francisco Ramos, Crispín Medina, Urbano Gómez y Juan J. Valdez, quienes permanecieron leales al gobierno republicano.
Los grupos liberales se desperdigaron entre Jalisco y Colima, y acordaron reunirse en la hacienda de Zacate Grullo, cerca de Autlán, Jalisco, a donde llegaron los generales Antonio Neri, Miguel Echegaray, Anacleto Herrera y Cairo, Manuel F. Toro, Julio García y Antonio Rojas, para conformar el grupo militar Brigadas Unidas (Archivo Histórico de Jalisco, 2014, p. 8), del que Antonio Rojas fue designado jefe bajo la coacción de 500 bandidos, según la versión de Paz. Sin embargo, en secreto, los grupos de Antonio Neri y Julio García manifestaron su desavenencia con esa designación. Al enterarse Antonio Rojas del asunto, acusó a Neri de traición, y fue sometido a un juicio militar, del que Ireneo Paz fue juez asesor. Durante el alegato, el escritor logró la absolución de Neri (Paz, 1884, pp. 90-92).
En el transcurso de algunos meses, a finales de 1864 y a principios de 1865, Brigadas Unidas patrulló los pueblos de Sayula, San Gabriel, Zapotlán, El Jazmín y Zapotitlán, del sur de Jalisco (Riva Palacio, 1889, p. 679), por lo que en varias páginas de Algunas campañas Paz se explayó en la descripción de los paisajes de la serranía del Volcán de Colima, mientras lidiaba con la colérica personalidad de Antonio Rojas, que a la menor provocación ordenaba el asesinato de personas y el ultraje de los pueblos. En esos meses, el escritor registró pasajes de bandidaje, ratería y desolación social, provocados por la anarquía impuesta por la Intervención francesa, que ante la falta del control de la violencia permitió que huestes de bandidos asolaran las regiones rurales del país.
En enero de 1865, a pesar de discrepancias internas, Brigadas Unidas acantonó en El Trapiche, a unos 15 kilómetros de la ciudad de Colima, con la intención de recuperar la plaza. Aunque las primeras jornadas parecían favorables (lo que permitió a Paz saludar por algunas horas a su familia), la intervención del general Carlos Oronoz terminó por favorecer al ejército imperial (Paz, 1884, pp. 112-114). De nuevo, Brigadas Unidas se dispersó, para reagruparse días después en Zapotlán, Jalisco. Al poco tiempo, el 28 de enero de 1865, Antonio Rojas fue asesinado por el ejército imperial.
El general imperialista Carlos Oronoz emprendió una expedición por el sur de Jalisco para detener a los líderes liberales. Sin embargo, ambos bandos acordaron una reunión diplomática en el pueblo de Atenquique, a la que asistieron Miguel Echegaray e Ireneo Paz por parte de los republicanos. Oronoz, acompañado por dos coroneles, propuso la sumisión de los rebeldes y le ofreció un cargo militar a Echegaray, la prefectura del departamento de Colima a Julio García y el cargo civil que prefiriera a Paz (Paz, 1884, pp. 125-126).
Mientras tanto, en Colima, Rosa Solórzano, esposa de Paz, fue aprehendida en febrero de 1865, acusada de conspiración. Si bien logró evadir las denuncias en su contra, en su alegato mencionó el nombre del periodista Francisco Eulogio Trejo. El prefecto del departamento de Colima, José María Mendoza, y la guardia imperial detuvieron a Francisco Trejo, sentenciado a muerte por traición. Por su parte, enterado de la situación, Paz sufrió una nueva derrota con las Brigadas Unidas en una batalla acaecida en Zapotlán. Algunos meses después, el general Arteaga, junto con sus compañeros el general Salazar, los coroneles Jesús Díaz y Trinidad Villagómez, y el capitán Juan González fueron fusilados el 21 de octubre de 1865 en Uruapan, Michoacán, a raíz de un decreto de Maximiliano emitido el 3 de octubre de ese año.
Los sobrevivientes de Brigadas Unidas, después de estas reyertas, se refugiaron en Tecalitlán, y, por indicaciones de Julio García, Paz fue el interlocutor con Carlos Oronoz para negociar la rendición (Riva Palacio, 1889, p. 699). Después de un encuentro cordial, Paz convino la liberación de Rosa Solórzano y el indulto de Francisco Trejo, así como salvoconductos para él y sus amigos. Sin embargo, en la refriega del momento, murió su hija María Clotilde Paz Solórzano. Así, Paz aceptó el principio del final de esta etapa de sus campañas político-militares en Colima: “Volvía en abril de 1865 [a Guadalajara], sin haber conquistado más caudal que el de una pequeña dosis de experiencia” (Paz, 1884, p. 162).
Al llegar a Guadalajara, Paz siguió al tanto de lo que sucedía en Colima. En abril de 1866 nació su segunda hija concebida con Rosa Solórzano: María Amalia Laura. Además, fundó el bisemanario satírico El Payaso (1865-1866) (con un tono menos mordaz, también fundó El Noticioso en 1886 [Adame, 2023, p. 64 ]), con el que criticó al prefecto de Colima, José María Mendoza, lo que lo llevó a prisión por algunos días y a una sentencia de muerte, que pudo evadir gracias a su astucia en la negociación política y a su dominio del lenguaje leguleyo.
A principios de 1867, cuando se percibía el fin del Imperio de Maximiliano de Habsburgo (no sólo por el incesante acecho liberal, sino también por los problemas internos de su mandato y la falta de apoyos de las naciones extranjeras), Paz se reunió con los generales Ramón Corona, Eulogio Parra y Pedro A. Galván para diseñar la estratagema que derrotó al prefecto José María Mendoza, y recuperó el control de esa entidad a favor de la República (Paz, 1884, pp. 246-247).
El 1º de febrero de 1867, Ramón Corona y el ejército republicano ocuparon Colima (Riva Palacio, 1889, pp. 811-812). En el proceso de capitulación republicana, Paz fue el responsable de recibir la Aduana de Manzanillo. Corona decidió que la gubernatura del estado fuera dirigida por Ramón R. de la Vega (Vigil e Hijar, 1874, pp. 524-525), uno de los personajes más influyentes en Colima en la segunda mitad del siglo XIX, impulsor de la educación pública, de la prensa ilustrada y del comercio libre. Aunque la opinión de Paz sobre este personaje era la siguiente:
Era un excelente sujeto como particular, había sido benéfico teniendo a su cargo la administración de una fábrica de hilos y querido por consiguiente de una buena parte de la población. Como político ni tenía principios fijos, ni ofrecía garantías a la causa liberal para el porvenir. Ejercía el poder público cuando se anunció la intervención y se espantó de tal manera que desertó del gobierno saliéndose fugado para el extranjero. Después que Colima estuvo en manos del Imperio, volvió D[on] Ramón De la Vega e hizo todos los reconocimientos que se le indicaban (Paz, 1884, p. 288).
Al recibir la administración de la Aduana de Manzanillo, Paz concluyó definitivamente sus misiones en Colima. El general Ramón Corona le indicó nuevas encomiendas en Sinaloa, donde urgía devolver el orden republicano a través del apoyo político a Domingo Rubí, el gobernador liberal de la entidad, un líder de mucha fortaleza militar pero poco letrado. Además, de esta manera, Ramón Corona alejaba a Paz del gobernador de Jalisco, Antonio Gómez Cuervo, con quien no mantenía buenas relaciones políticas (Cosío Villegas, 1952). Ireneo Paz se despidió de sus amigos colimenses a bordo del buque El Pacífico (Adame, 2023, p. 73). “Sentí oprimírseme el corazón y derramé algunas lágrimas…, me separaba de un amigo [Ramón Corona] y me ausentaba quién sabe por cuánto tiempo de mi antiguo hogar” (Paz, 1884, p. 289).
Notas para interpretar la formación intelectual de un letrado patriota
Después de su despedida, los colimenses liberales siguieron la trayectoria política y militar de Ireneo Paz. El periódico oficial El Estado de Colima (1866) dio cuenta de su fuga tanto de la cárcel de Mazatlán, durante los días que el escritor vivió en Sinaloa (sin firma, 1869), como de la prisión de Monterrey, a su paso por la capital de Nuevo León (sin firma, 1869). Luego se reprodujo un artículo con sus críticas contra la prensa conservadora, que al mismo tiempo fue una defensa del periodismo militante (Paz, 1870), y se publicitó (sin firma, 1873) la aparición de su primera novela, Amor y suplicio. También se anunció la “útil enciclopedia” Biblioteca de Cien Tomos, un ambicioso proyecto editorial de Paz para ofrecer a los mexicanos los códigos, las leyes y los reglamentos civiles (sin firma, 1885).
Varias de las vivencias de Paz en los años de la Intervención francesa, desde su salida de Guadalajara en 1862 y su paso por Colima entre 1863 y 1867, fueron plasmadas en su escritura gracias a la “dosis de experiencia” de esos años: un vertiginoso equilibrio entre la ficción que reproduce las sensaciones más personales y el dominio de la historia con el que intentó fijar la trascendencia de los acontecimientos. Así, su literatura es un testimonio analítico, desde una perspectiva liberal, para observar algunos de los momentos más importantes de la vida sociopolítica de México.
Las referencias a los lugares y los paisajes en su residencia en Colima son evidentes en sus piezas teatrales La bolsa o la vida (1863), El poeta y la lugareña (1865) y Guadalupe (1874), además de algunos de los poemas incluidos en Cardos y violetas (1876), como los ya mencionados “A la ciudad de Colima”, “A María, el día de su santo” y “Resignación”. En seis de los trece tomos de su colección “Leyendas históricas” aludió a los años de la Intervención francesa, años que Paz vivió en Colima: Antonio Rojas (1895), Manuel Lozada. El Tigre de Alica (1895), Su Alteza Serenísima (1896), Maximiliano (1899), ¡Juárez! (1902) y Porfirio Díaz (1911). Particularmente en los dos primeros libros, Antonio Rojas y Manuel Lozada. El Tigre de Alica, recreó varios de los pasajes y batallas acaecidos entre Guadalajara, el sur de Jalisco y Colima.
Por estas referencias se podría asegurar que su estancia en Colima fue definitiva en el devenir de su trayectoria intelectual. En esta revisión de su bibliografía merece una mención especial Algunas campañas, donde resumió los hechos más importantes de su vida ocurridos entre 1863 y 1880. El libro originalmente fue publicado en artículos por entregas periodísticas, a partir del 7 de enero de 1884, en las páginas de La Patria Ilustrada (1884-1896), semanario que fundó y dirigió al lado de su hija Amalia Paz.
En el discurso de Algunas campañas, el uso de la primera persona como voz narrativa manifiesta el sentimiento romántico del intelectual y, de manera subrepticia, su convicción nacionalista liberal, con una escritura de reminiscencias literarias en la retórica de los primeros escritores románticos europeos como Jean Jacques Rousseau, Lord Byron o Johann Wolfgang von Goethe. Por sus referencias a personajes, sitios, lugares y hechos, Algunas campañas ha sido utilizado como testimonio histórico para reconstruir varios de los episodios político-militares más importantes de la segunda mitad del siglo XIX en México, desde el ascenso y caída de Benito Juárez hasta la consolidación del porfiriato.
Aunque en Algunas campañas Paz se concentró en los hechos militares que vivió, evidentemente, con su elocuencia descriptiva enfatizó sus convicciones ideológicas para criticar al conservadurismo, con lo que manifestó su orientación en la ejecución política, la legislación civil y la administración de la justicia del proyecto de nación mexicana a mediados del siglo XIX. Pero, con independencia de la posición ideológica de los personajes, los ambientes o los sucesos narrados, Paz prefirió destacar valores humanos como la nobleza, la valentía, la honestidad, la resignación y la tenacidad para recriminar (incluso entre ciertos personajes liberales) la cobardía, la mentira y el deshonor, porque la voz narrativa se asumió como la poseedora soberana de los valores ético-morales de la nación. Este acercamiento entre la literatura y la historia era un modo de validar su opinión. El intelectual buscaba definir la retórica de la soberanía nacional en un discurso de argumentación histórica para validar su significado político.
Como ya se mencionó, en Algunas campañas Paz dedicó sendas páginas para hablar de su estancia en Colima, su primera misión político-militar que definió su actuar como “letrado patriota”. En estos relatos utilizó diversas estrategias retórico-literarias para “distanciar un hecho histórico -en el cual él mismo ha participado- y convertirlo en un episodio legendario” (Morales, 2021, p. 336). El narrador imprimió un efecto ideológico sobre el discurso para situar su punto de vista como una guía moral de los hechos descritos, una estrategia usual entre los historiadores de la época que seguían un modo de escritura histórica utilizada por los intelectuales europeos decimonónicos, también practicado por otros escritores mexicanos de mitad del siglo XIX como Vicente Riva Palacio, José María Vigil o Guillermo Prieto (Ortiz Monasterio, 2004). Por su narrativa mnemotécnica, en Algunas campañas es perceptible la angustia del intelectual que busca metaforizar su intervención en la toma de decisiones políticas, para acentuar su participación en la construcción del proyecto de soberanía nacional.
En esta narrativa destaca su propio protagonismo como ciudadano patriota en la historia nacional y legitima su presencia como sujeto letrado, y así se asume un actor preponderante en la construcción del proyecto de nación. Con independencia de la veracidad histórica del relato o de su verosimilitud literaria, manifiesta un modelo intelectual. Inscrito en la tradición jurista liberal del intelectual decimonónico latinoamericano, Paz era un representamen moral del Estado nación, que no dudó en forzar los límites hegemónicos del control de la violencia para salvaguardar la soberanía nacional, mientras diseñaba, al mismo tiempo, las políticas de esa soberanía, incluso motivada por otro efecto de sentido cercano al simbolismo literario, la estética clásica inspirada por la aletheia y la veritas, la coherencia entre lo bueno y lo bello, como un bien colectivo (Pérez Perdomo, 2008).
La motivación moral de ambas acciones, de la construcción del Estado nación y de la expresividad estética, aspiraba a lograr un bien superior desde el derecho, la jurisdicción y la ley, así como en la escritura, en la literatura y en la poesía. A este tipo de intelectual, en ese momento específico de la historia de América Latina, Jorge Myers lo denomina “el letrado patriota”: una evolución del intelectual latinoamericano que se habría originado al interior de las órdenes eclesiales, donde se establecieron los valores simbólicos de los sistemas políticos regionales luego de los primeros procesos de independencia, autonomía y soberanía nacionales a finales del siglo XVIII, y que posteriormente gestó al “letrado patriota”, el artífice de las identidades nacionales modernas (Myers, 2008).
En el caso de Paz, los años que vivió alrededor de Colima le permitieron definir su personalidad intelectual de “letrado patriota”, que paulatinamente orientó al perfil de un “empresario cultural” (Adame, 2023) en la medida que los fundamentos ontológicos de la modernidad (la educación positivista, el liberalismo político y la especialización social), así como la estabilización del sistema político del Estado mexicano (la construcción de instituciones estatales, la organización de los estados y los municipios y los incipientes procesos de democratización), permitieron la autonomía social del intelectual letrado con respecto del sistema político del Estado, que dejó de ser una prioridad en la obra literaria.










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