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Signos históricos

Print version ISSN 1665-4420

Sig. his vol.25 n.50 México Jul./Dec. 2023  Epub Oct 20, 2025

https://doi.org/10.24275/shis.v25n50.16 

Reseñas

Leon Fink, Undoing the Liberal World Order. Progressive Ideals and Political Realities since World War II. New York: Columbia University Press, 2022, 320 p.1

Georg Leidenberger1 

1Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. georg.leidenberger@gmail.com

Fink, Leon. Undoing the Liberal World Order. Progressive Ideals and Political Realities since World War, II. New York: Columbia University Press, 2022. 320p.


Durante cuatro décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, una parte significativa de la política exterior de los Estados Unidos de América se guió por ideales progresistas y obtuvo resultados positivos en el mundo. Esto es el argumento del autor Leon Fink, basado en el estudio de una agenda de reformas democráticas y desarrollo económico impulsada por estadunidenses en cinco países: Alemania, Israel, Costa Rica, India y Sudáfrica.

Fink ubica tal proyecto dentro de la vertiente izquierda del liberalism estadunidense que surgió a partir de las políticas del Nuevo Trato del presidente Franklin D. Roosevelt durante la década de los 1930. Si bien el significado de liberalism en este país deriva del liberalismo en tanto a postulado económico de un mercado libre, en términos políticos expresa lo contrario a la doctrina del laissez-faire: el gobierno como ente redistributivo que ajusta las vicisitudes del capitalismo para fines de seguridad y bienestar de las masas. Para los left liberals, protagónicos en este estudio, el sindicalismo fue un pilar clave para sostener tal sistema, semejante a las democracias sociales europeas. A su vez, el liberalism surgió en el contexto de la bonanza económica de Estados Unidos de la postguerra, por lo que encapsuló la esperanza de una prosperidad para todos. Con la incipiente Guerra Fría, el liberalism se imbricó con una agenda anticomunista, con implicaciones de póliza distintas; mientras la política más común-e historiográficamente más conocida-era la represión (véase el macartismo) y a nivel internacional, el armamentismo, los left liberals sobreponían medidas de prosperidad y democracia social ante la agenda de seguridad nacional entendida en términos militares. Ubicados principalmente en el Partido Demócrata, los left liberals, o progresistas, originaron su política exterior en la Política de Buenos Vecinos que Roosevelt había aplicado con América Latina, con la idea de aprovechar el poderío de su nación para sostener en vez de dominar el mundo. A su vez, evocando la lucha anticolonial de su propio país, se solidarizaron con las independencias de los países africanos y asiáticos de la postguerra.

Destacan a lo largo de los capítulos tres características de la agenda progresista de la política exterior estadunidense. Primero, la narrativa se centra en los protagonistas liberal y sus biografías, mediante las cuales nos hace entender el “bagaje” formativo e intelectual de por lo menos dos generaciones de abogados, líderes sindicales y políticos, así como estudiantes y activistas de la sociedad civil norteamericana. Segundo, el autor enfatiza los vínculos que hubo entre la política exterior y la interior, mismos que en la historiografía se suelen ver por separados. Tercero, al examinar a fondo los cinco estudios de caso, Fink revela las concesiones mutuas que se negociaron entre los progresistas estadounidenses, por un lado, y sus contrapartes en los países examinados, por el otro.

A partir de la tumultuosa década de los 1960, surgió una segunda generación de progresistas que se distanciaron del proyecto liberal y del Partido Demócrata. Estuvieron hartos de las intervenciones militares de su país, como en Guatemala (1954), Cuba (1961) y, sobre todo, en Vietnam (1954-1973) y prefirieron llamarse new liberals. Más cautelosos de la gran visión de sus antecesores, delimitaron su agenda de la política exterior en el tema de los derechos humanos.

El primer capítulo (“The Bretton Woods Boomerang. Liberal Internationalism, 1944-2016”) expone las posibilidades y limitaciones progresistas del nuevo orden mundial pos Segunda Guerra Mundial. Con los acuerdos de Bretton Woods, cumbre con Estados Unidos de anfitrión, no sólo se impulsó el mercado mundial libre, sino se buscó estabilizar las sociedades nacionales por medio de mecanismos redistributivos. Ello implicó que Estados Unidos tolerara medidas proteccionistas adoptadas por países como Francia y Japón en aras de proteger el nivel de empleo nacional. Incluso el Plan Marshall, que se suele ver estrictamente como una medida antisoviética, contribuyó al florecimiento de democracias sociales en Europa Occidental.

Sin embargo, con el tiempo, el orden mundial liberal, con aras progresistas, se convirtió en uno neoliberal. Las fuerzas progresistas como los sindicatos operaron a nivel nacional, afirma el autor, dejando a otras demarcar las reglas a nivel global. Sí hubo unos pocos pero notables intentos de vincular cláusulas acerca de estándares de vida con la operativa del comercio y de las finanzas mundiales. Por ejemplo, el Partido Laboral de Australia abogó por la inclusión de medidas de protección de empleo en los acuerdos comerciales y el militante sindicato estadunidense Congress of Industrial Organizations (CIO) quiso incluir nada menos que la libre migración de las personas a través de las fronteras del hemisferio. Sin embargo, estas fueron raras excepciones y se quedaron como propuestas. Otra estrechez de miras del orden mundial liberal fue su norte-centrismo, es decir, no se previó que los países del hemisferio sur pudieran volverse productores de manufacturas y de esta manera diluir los estándares de trabajo en los países del norte. Tales elementos, entre otros, contribuirían al eventual “undoing” (deshacer) del orden mundial liberal y al auge del neoliberalismo.

Si hubo un país donde la reactivación económica capitalista estuvo acompañada de la “democracia industrial, lo fue Alemania (Occidental), que es tema del cap. 2 (“The Good Postwar. German Worker Rights, 1945-1950”). Durante la ocupación militar de la derrotada Alemania nazi, un grupo de progresistas estadunidenses e ingleses, como los representantes del Labour Party, apoyó a reactivar el sindicalismo alemán de la era de Weimar, ya que vieron en el sindicalismo “el más fuerte baluarte de la democracia [alemana]” (63). Como resultado, los sindicatos en las zonas occidentales adquirieron el derecho de mitbestimmung (coparticipación) en las decisiones gerenciales de las industrias; avances sindicales que iban más allá de los derechos laborales que existían en los Estados Unidos. Sin embargo, tales avances llegaron a un tope en cuanto se parecieran a las relaciones industriales de la zona de ocupación rusa; ello sucedió con los consejos obreros a nivel de las plantas que rápidamente fueron eliminados.

La meta left liberal de una democracia social sostenida por el laborismo también motivó el firme apoyo de los progresistas estadunidenses por el joven estado de Israel. En el cap. 3 (“The Liberal Embrace of Labor Zionism, Israel, 1948-1973”), Fink documenta la fascinación de ellos con los kibutzim, que eran las cooperativas agrícolas socialistas, y con el poder del Partido Laboral que formaría el partido gobernante durante tres décadas. Antes de que hubiera un financiamiento directo por parte del gobierno de Estados Unidos, organizaciones sindicales estadounidenses compraron un alto monto de deuda israelí y financiaron proyectos de vivienda. Los left liberal también veían en Israel un país modelo del anticolonialismo (en contra de lo que había sido la fuerza ocupadora, Gran Bretaña) que pudiera apoyar en países recién creadas del continente africano, tal como sucedió con respecto a Ghana, Mali, Tanganica y Zanzíbar.

La ‘cuestión palestina’ es el tema de un segundo capítulo sobre Israel (cap. 6, “The Quest for a Two-State Solution, Israel, 1973-2000”), en el cual se abordan los acuerdos de Camp David de 1979, del presidente Demócrata Jimmy Carter, y de “Oslo” del 2000, de su homólogo Bill Clinton. Fink argumenta que éstos no resolvieron el problema debido, en parte, a la incapacidad de los Estados Unidos de influir a fondo en la postura de Israel, como respecto a los asentamientos israelíes en los territorios ocupados. Mientras antes de la guerra con Egipto de 1956 (Sinaí) Israel actuó como país “no-alineado” de los bloques de la Guerra Fría (por ejemplo, apoyando a la membresía de China en el Consejo de Seguridad de la onu), a partir de entonces, se volvió un sólido aliado de Estados Unidos. El precio que cobró a cambio fue que Estados Unidos no interfiriera en la cuestión palestina. Respecto a los Estados Unidos, el recrudecimiento de la crisis de Gaza y la aparente tozudez de Israel de ceder más derechos a los palestinos, causó un profundo disgusto con él por parte de muchos progresistas. Si antes lo veían como una nación vanguardista del anticolonialismo ahora al contrario lo asociaron con un indebido imperialismo de Occidente en Medio Oriente. La resultante ruptura del bloque liberal Demócrata sobre este tema contribuyó a un declive general del bloque progresista y su influencia en la política exterior estadunidense.

En una región como América Latina plagada por el intervencionismo militar estadunidense, resulta difícil hallar episodios de una política exterior progresista. El autor lo encontró en Costa Rica (cap. 4, “Anticommunism as Social Policy. Costa Rica, 1944-1980”), país centroamericano con una larga tradición democrática y donde en la postguerra, en los gobiernos de Rafael Calderón Guardia y de José Figueres Ferrer se realizaron leyes de seguridad social y de protección a trabajadores agrícolas, e incluso la nacionalización de los bancos. Centrándose en Figueres Ferrer, al autor demuestra el estrecho camino que trazó este centrista entre el autoritarismo, por un lado y el comunismo, por el otro. Respaldó la Liga Caribeña, formada para liberar la región de cualquier régimen dictatorial, como él de Somoza en Nicaragua. Y ante la creciente vigilancia estadunidense sobre la región, se proclamó explícitamente anticomunista, al prohibir el Partido Comunista, a los sindicatos afiliados con la pro-soviética Federación Sindical Mundial y a la Confederación de Trabajadores de América Latina fundada por el mexicano Vicente Lombardo Toledano.

El gobierno de Figueres Ferrer logró pervivir gracias al respaldo que obtuvo de un grupo de progresistas estadunidenses. En 1954, Estados Unidos derrocó al gobierno de Juan Árbenz en Guatemala, quien, a diferencia de su contraparte costarricense había buscado el apoyo político del Partido Comunista. En cuando el mismo año, Costa Rica se vio amenazado por un cuerpo de golpistas apoyados por Somoza, aquel grupo-que incluyó al senador Robert LaFollette, la anterior primera dama Eleanor Roosevelt, la escritora Pearl S. Buck y la asociación civil Americans for Democratic Action-convenció a la cia y otras dependencias de su gobierno de respaldar con armas a Figueres Ferrer. Las personas clave de este enlace entre los progresistas de ambos países fueron el teórico del Nuevo Trato, Adolf A. Berle, por parte de eua y el líder de una federación laboral católica, el Padre Benjamín Núñez, por parte de Costa Rica.

Sin embargo, esta posibilidad de colaboración progresista esencialmente se acabó con la Revolución Cubana y el intento de Estados Unidos de derrocarla en 1961. A partir de entonces, Figueres Ferrer, que había respaldado la Alianza por el Progreso del presidente John F. Kennedy (al mismo tiempo que intentaba jalar a Fidel Castro a su Liga Caribeña) se distanció de Estados Unidos. También por el lado de este país, se fracturó el grupo progresista. Mientras que liberals como Berle apoyaron la invasión a Cuba, new liberals como Martin Luther King, Jr. y diversas asociaciones de los derechos civiles y estudiantiles denunciaron el “imperialismo militar” estadunidense. La posibilidad de una política progresista se había acabado, aun en el caso excepcional de Costa Rica.

La India, que se trata en el capítulo 5 (“Siren Song of Economic Development. U.S. Missions to India, 1952-1975”), también buscó el desarrollo económico dentro del campo anticomunista. Mucho más lejos y formalmente adscrito a los países no-alienados, este país pudo aprovechar y a su vez rechazar el apoyo de Estados Unidos. Fink examina la colaboración de tres embajadores estadunidenses en el país, Chester A. Bowles, John Kenneth Galbraith y Patrick Moynihan, con el gobierno hindú en el periodo de 1950 a 1970.

Destaca el entusiasmo de Bowles por echar a andar, durante su gestión de 1950 a 1953, un ambicioso proyecto de modernización rural llamado Desarrollo Comunitario, con fines de superar la escasez crónica de alimentos en el subcontinente. Para ello, el embajador se basó en su experiencia en el programa de electrificación rural del sur de Estados Unidos llamado Tennessee Valley Authority para impulsar el desarrollo agrícola en la India pero con el involucramiento de los campesinos de la región. Igual que en otros casos examinados en el libro, la postura de este left liberal no cuadraba con la línea oficial de su gobierno, que se centró en medidas de seguridad anticomunista. No obstante, Bowles recibió el respaldo por organizaciones como la India League of America y la Fundación Ford y contó con el apoyo de los ya vistos progresistas Berle y E. Roosevelt. Entablando una amena relación con el presidente hindú Nehru, que veía hasta cuatro veces por semana, Bowles fungió como el líder de facto del Desarrollo Comunitario.

Sin embargo, el programa duró poco. Primero, su énfasis en la participación comunitaria iba en contra de los cánones de la planeación orientados a la innovación tecnológica como la modificación genética de semillas de trigo (proyecto que se hizo en México) y la toma de decisiones centralizada, línea que fue adoptada por el mismo Nehru. Segundo, la India, preocupada por la escalada de la Guerra Fría en la región (Vietnam) y enfrentando sus propias guerras (contra China en 1962 y Pakistán en 1965) reorientó sus prioridades hacia la seguridad nacional. En los año 1970, el embajador Moynihan orientó su gestión de embajador a cuestiones de derechos humanos y no se involucró en otros aspectos del país anfitrión. Mientras tanto, gracias a las medidas biotecnológicas de la “revolución verde”, la India sí logró aumentar drásticamente su producción agrícola, pero desechó políticas de democratización y desigualdad rurales.

La lucha de los new liberals para eliminar el régimen de apartheid en Sudáfrica, que es el tema del séptimo capítulo (“The Long Arm of the Civil Rights Movement. South Africa, 1970-2000”), representa un postludio en la crónica de activismo de los progresistas estadunidenses en este libro. No obstante el disgusto que tenía esta nueva generación por el giro intervencionista que habían asumido gobiernos liberal como los de Kennedy y Johnson, su llamado por los derechos humanos los llevó a involucrarse directamente en los asuntos internos del país del Cabo de la Esperanza.

Fink destaca dos vertientes del movimiento antiapartheid. Por un lado, se armó una militante campaña “grassroots” (de nivel local), que aplicó los métodos del movimiento para los derechos civiles de unas décadas atrás a nombre de su causa. Por ejemplo, incluyó la ocupación de la embajada de Sudáfrica en Washington así como manifestaciones y boicots para presionar a universidades, corporaciones y bancos a que dejaran de invertir en Sudáfrica. Por el otro lado, gracias a los derechos políticos que finalmente obtuvo la población negra en la década de los 1960, aumentó el número de representantes afroamericanos en el Congreso, mismos que se asociaron para fines de la causa sudafricana. Fue debido a la confluencia entre las partes cívicas y legislativas del movimiento, que en 1986 se logró que el Congreso, sobre el veto del presidente Ronald Reagan, aprobara la Ley de Antiaparheid Integral (U.S. Comprehensive Anti-Apartheid Act). Ésta, junto con la creciente militancia antiapartheid dentro de Sudáfrica-ampliamente documentada por el autor-, logró que se liberara de la cárcel a Nelson Mandela y que se aboliera la apartheid.

No obstante esta nítida victoria, el legado del movimiento del lado estadunidense resultó mixto, ya que éste no pudo enfrentar las discriminaciones de tipo económico que sufrió la población negra sudafricana, mismas que aumentaron en los tiempos del neoliberalismo. Tampoco logró extender la enorme movilización que había realizado a favor de los derechos civiles hacia otras regiones del mundo.

En su conclusión (“Beyond Humanitarianism”), Fink resalta los resultados positivos del involucramiento estadunidense en el mundo post-1945, como democratizar la Alemania nazi, proteger al incipiente y democrático estado de Israel e imaginar soluciones de convivencia para israelíes y palestinos, insistir que el anticomunismo no resultara en un régimen autoritario en Costa Rica, movilizar para la lucha a favor del desarrollo rural en la India y acabar con la apartheid de Sudáfrica. Todo ello, insiste el autor, por medio de una política exterior que con el tiempo se desvirtuó, abandonando una visión progresista.

Fink considera que las lecciones de tal proyecto liberal progresista pueden servir como un ‘useful past’ (un pasado útil) para enfrentar el debacle en que se ha encontrado la política exterior contemporánea. Bajo el estandarte de los derechos humanos, ésta se ha limitado al intento de “prevenir atrocidades”, en países y regiones como Somalia, Bosnia-Herzegovina, Birma, Kosovo, Bengasi, Boko Haram / Nigeria, Darfur / Sudán y Alepo / Siria. Sin embargo, ello no sustituye por “estrategias políticas o socioeconómicas prolongadas” (231-232). Fink señala el caso de la “primavera árabe” de 2010-2012, cuando Estados Unidos y otras potencias de Occidente no lograron revertir las respuestas contrarrevolucionarias en Libia, Egipto, Yemen y Siria.

La crisis de la política exterior estadunidense comienza en casa, advierte Fink. La aparente inhabilidad del gobierno de enfrentar las vicisitudes del mundo neoliberal ha resultado en una amplia desconfianza ciudadana en el Estado y en los mecanismos democráticos en sí. Si Estados Unidos convoca a una “Cumbre de las Democracias”, como lo ha planteado el actual presidente Joe Biden, tendrá que participar “menos como una autoridad (en el tema) sino como un suplicante, ansioso por aprender de otros.” (234)

El leer este libro desde una región que ha sufrido más que una interferencia indebida de parte de su “vecino del norte” puede resultar problemático. Aun algunos de los “progresistas” que presenta Fink exhibieron una arrogancia insoportable. Berle justificó la invasión de la Bahía de Cochinos con “la incapacidad de América Latina de gobernarse a sí misma”, (120), una percepción que ya había proclamado el presidente John Quincy Adams hace un siglo, y que reverberaría en el discurso prepotente del penúltimo presidente del país. Cabe además la duda si realmente se puede separar el idealismo left liberal-el cual el autor comparte, no obstante su agudo y siempre crítico análisis- de las ambiciones de poder geopolítico del país. ¿Es posible rescatar, de manera historiográfica, una agenda “progresista” que emanó del Departamento de Estado estadunidense? - Quizás no. Sin embargo, queda claro para este lector que tampoco es ni deseable ni factible que Estados Unidos se vuelva aislacionista y que carezca de parámetros claros para su política exterior. En este sentido, el rescate investigativo que realizó Fink sí es sumamente bienvenido. Sea como sea, este fluidamente redactado trabajo evidencia las encontradas facetas de la política exterior estadunidense, tanto con relación a las pugnas interiores de esta potencia como en cuanto a cómo fue recibida en los países de diversas regiones del mundo.

Este diagnóstico y crítica generales de la política exterior estadunidense, pasado y presente, se basa en una exhaustiva investigación histórica de los protagonistas, las instituciones y los marcos políticos dentro de y fuera de los Estados Unidos. Por lo tanto aporta una fresca reflexión sobre un tema que se aborda casi siempre mediante acercamientos sistémicos o ideológicos, sea en las ciencias políticas, las relaciones internacionales e incluso en la historia (más en cuanto éstos se escriben fuera de los Estados Unidos), campos en que referencias burdas al ‘espíritu expansionista de los puritanos’ todavía abundan sin ofrecer explicaciones algunas.

1 Leon Fink es profesor emérito de la Universidad de Illinois en Chicago y académico en la Universidad de Georgetown. Es editor en jefe de la revista Labor. Studies in the Working-Class History of the Americas. Es autor de numerosas monografías sobre temas de la historia laboral y política de Estados Unidos, y sus más recientes libros abordan los temas del trabajo y la migración a nivel transnacional y global.

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