INTRODUCCIÓN1
Estudiar a la Compañía de Jesús en la época novohispana es una tarea fundamental para entender dicho período histórico. La historiografía mexicana sobre la orden religiosa se ha empeñado en demostrar la invaluable huella educativa que dejó la Compañía en el antiguo régimen, por lo que ha analizado su arribo en 1572 y expulsión en 1767 como momentos clave que marcaron una pauta dentro de la educación de la Nueva España. Los jesuitas fundaron varias instituciones en el virreinato, entre las que se encontraban colegios, misiones, residencias, noviciados y una casa profesa. No obstante, para este ensayo, decidimos centrarnos solamente en las que tenían la categoría de colegio, así como su destino después del extrañamiento, ya que, junto con las misiones, fueron la institución más importante de la orden religiosa.
Actualmente, existen notables trabajos que analizan las tendencias historiográficas en torno a la Compañía de Jesús a nivel hispanoamericano,2 o bien, en algunas regiones del continente en concreto.3 En ellos se examina cómo la historiografía de la Compañía de Jesús ha pasado de tener una preponderancia sobre todo nacional a una de carácter global, metodología que todavía no ha permeado completamente en América Latina. Sin embargo, estos trabajos se han enfocado en la historiografía de la orden en general y no se han orientado específicamente a ninguna de sus instituciones en particular, a pesar de que ya existan varios trabajos que analicen la historiografía de las misiones de todas las órdenes religiosas en la Nueva España. Por ello, la importancia de este ensayo radica en que se centra específicamente en la historiografía de los colegios jesuitas novohispanos y su destino después de la expulsión, cuyas problemáticas de estudio difieren de la historiografía misional.4
Como se verá a continuación, el estudio sistemático de los colegios jesuitas en Nueva España comenzó en 1930, el cual ha tenido destacadas variaciones en la forma de abordarlos desde esa década hasta la actualidad. Su desarrollo ha ido a la par de las propuestas historiográficas de la historia de la educación y de la Compañía de Jesús, tanto en períodos como en temáticas.5 Siguiendo dichos parámetros, el presente ensayo tiene como objetivo analizar la trayectoria que ha tenido la historiografía nacional e internacional en el estudio de los colegios jesuitas en el virreinato de la Nueva España y su nueva función después del extrañamiento.
El ensayo se divide en dos apartados. El primero trata sobre los colegios durante la presencia de la Compañía de Jesús en la Nueva España, el cual dividí en tres diferentes etapas: una que comprende las décadas de 1930 a 1980, en donde prima la historiografía escrita por miembros de la orden desde un punto de vista apologético y el lento ingreso de los laicos; una segunda de finales de 1980 a los primeros años de la década de 2010, cuando los historiadores laicos entraron fuertemente en escena, con nuevas preguntas y propuestas de investigación de acuerdo a las corrientes historiográficas del momento; y una última, desde la conmemoración de la Restauración en 2014 hasta la actualidad, en donde destaca la necesidad de abandonar la historia nacional dentro de la historia de la educación por una más global y comparativa.
Por su parte, en el segundo apartado se hace una revisión general sobre la historiografía en torno al destino de los ex colegios jesuitas novohispanos después de la orden de expulsión ordenada por Carlos iii en 1767, desde la primera mitad del siglo xx hasta el presente. Finalmente, el ensayo ofrece una conclusión, donde se exponen las tendencias historiográficas actuales para el estudio de los colegios jesuitas y sus temporalidades, y sugiere futuras líneas de investigación.
LA HISTORIOGRAFÍA DE LOS COLEGIOS JESUITAS EN LA NUEVA ESPAÑA
La historiografía desde la década 1930 hasta la de 1980: la transición entre una historiografía escrita desde el interior de la orden y el paulatino ingreso de los laicos
Desde el siglo xix hasta bien avanzado el siglo xx, la historiografía jesuítica había sido terreno de los miembros de la propia orden religiosa, por lo que se caracterizó por tener, en gran medida, una visión apologética que resaltaba sus triunfos. Los ejemplos los vemos desde la Historia de la provincia de la Compañía de Jesús en la Nueva España, de Francisco Javier Alegre, quien la escribió en el siglo xviii, y se publicó en 1841, hasta la obra de Mariano Dávila Arillaga en el siglo xix, donde los autores buscaron reescribir la historia de la Compañía de Jesús para reelaborar su identidad y promover su labor, según el momento historiográfico en que vivieran. Dicha tendencia continuó al iniciar el siglo xx, cuando Antonio Astrain publicó La Compañía de Jesús en la Asistencia de España (1912), en donde a través de una vasta recopilación de fuentes primarias, escribió en cinco volúmenes la historia de las provincias jesuitas pertenecientes a la Asistencia de España en el antiguo régimen, entre ellas, la de México. Siguiendo sus pasos, Mariano Cuevas publicó Historia de la Iglesia en México (1921-1926), donde justificó en cinco volúmenes el papel de la Iglesia católica en la historia de México, justo al momento en que se llevaba a cabo la guerra cristera.6
Todos los trabajos mencionados anteriormente se enfocaron en la labor de la Compañía de Jesús en la provincia de México en general, pero no en alguna de sus instituciones en particular. No fue sino hasta la década de 1930 cuando aparecieron las primeras obras cuyo enfoque de estudio principal fueron los colegios jesuitas novohispanos. La primera de ellas fue la del jesuita norteamericano Jerome V. Jacobsen, quien escribió Educational foundations of the Jesuits in sixteenth-century New Spain, en 1938. Dos años después, aparecieron otros dos libros también fundamentales para el estudio de los colegios jesuitas: el del jesuita francés Gerard Decorme, La obra de los jesuitas mexicanos (1941), y, finalmente, la tesis de maestría de Delfina López Sarrelangue, Los colegios jesuitas de la Nueva España, defendida en 1941 en la Universidad Nacional Autónoma de México (unam). Fue con este último trabajo que los laicos comenzaron a entrar lentamente en escena en la historiografía de los colegios jesuitas, un campo en el que casi no habían tenido presencia.
Los tres trabajos se caracterizaron por tener varios elementos en común: todos ellos utilizaron fuentes de consulta semejantes, como las historias jesuitas, fuentes publicadas (sobre todo las Monumenta Histórica), y archivos y bibliotecas de México y Estados Unidos. Asimismo, su periodización histórica se centró mayoritariamente en el siglo xvi. Además, se centraron en los aspectos meramente institucionales de los colegios, es decir, su fundación, las clases que se ofrecían y momentos que consideraban clave de su historia. En primer lugar, el trabajo de Jacobsen nos ofrece un panorama general de los primeros colegios que se abrieron en la provincia de México, desde la aparición del Colegio Máximo de México en 1573, al que le puso mayor atención por haber sido el más importante de la provincia, y le dedicó un análisis profundo a su funcionamiento y enseñanza de humanidades. También mencionó la apertura de los otros colegios del centro del virreinato, y terminó su obra con la fundación de la residencia de Tepotzotlán en 1580.7 Por su parte, Decorme realizó, en palabras del propio autor, un trabajo pionero que no se hacía desde Alegre, el cual dividió en dos tomos: el primero dedicado a los colegios y el segundo a las misiones. En el primer tomo, el autor nos ofreció una pequeña historia de cada uno de los colegios que hubo en la provincia de México a lo largo de casi 200 años, de los que tomó en cuenta su apertura, desarrollo y sus últimos años de vida antes de la expulsión. Al igual que Jacobsen, puso especial interés en el Colegio Máximo, así como en la enseñanza que se impartía en él.8
Por último, al igual que el libro de Decorme, la tesis de Delfina López Sarrelangue se centra en todo el período en que estuvieron los jesuitas en Nueva España (1572-1767). Su trabajo se interesó por demostrar cómo funcionaban los colegios dentro de la orden desde los tiempos de Ignacio, los diferentes grados que tenía la educación jesuita, y las clases y métodos de enseñanza en las facultades mayores y menores. En los primeros dos capítulos abordó la historia de los colegios de las ciudades de México y Puebla, en un tercer capítulo trató el resto de los colegios de la provincia, y en el último, los colegios ultramarinos de Cuba y Filipinas, así como otros lugares alejados dentro de la provincia como Yucatán.9
Como podemos observar, los tres estudios pioneros nos muestran una visión general de los colegios jesuitas novohispanos, que si bien hicieron mención particular de cada uno, se enfocaron sobre todo en los de la Ciudad de México. Desde entonces, el colegio que más se ha estudiado es el Máximo de México, también denominado de San Pedro y San Pablo, y después, el de San Ildefonso, los dos más influyentes de la provincia mexicana durante el período virreinal. Así, en la década de 1950, con motivo de la conmemoración de los 400 años de la creación de la Real Universidad, apareció un proyecto auspiciado por la Universidad Nacional que tenía por objetivo investigar la historia de los edificios en los que se instaló la máxima casa de estudios en 1910. De esta forma, el Instituto de Investigaciones Estéticas, dentro de la colección Ediciones del iv Centenario, publicó dos notablez monografías concernientes a colegios jesuitas: una de ellas es la de Clementina Díaz y de Ovando, El colegio Máximo de San Pedro y San Pablo (1951), que muestra un panorama general del colegio desde su apertura hasta su destino después de la expulsión, y pone especial atención en su arquitectura y biblioteca.10 Por su parte, ese mismo año, José Rojas Garcidueñas publicó El antiguo colegio de San Ildefonso, donde da cuenta de la historia de ese recinto desde su apertura como colegio jesuita, hasta que se convirtió en la Escuela Nacional Preparatoria en el siglo, del que destaca sus aspectos históricos, artísticos y arquitectónicos.11 Asimismo, otros autores laicos comenzaron a interesarse en hacer monografías de colegios jesuitas de la Ciudad de México, como Tepotzotlán, que pertenecía a su radio de influencia. Los autores pusieron especial interés en su historia, tesoros artísticos, así como el personal que laboró en ellos durante casi 200 años.12
Por otra parte, también en la década de 1950, comenzó una inclinación por analizar otros aspectos de los colegios más allá de su historia institucional, entre los que se encontraba el currículum de enseñanza. De esta forma, los jesuitas e historiadores Xavier Gómez Robledo y Félix Zubillaga publicaron dos trabajos sobre la enseñanza de las humanidades en los colegios jesuitas novohispanos. En su libro Humanismo en México en el siglo xvi. El sistema del colegio de San Pedro y San Pablo, Gómez Robledo analiza la enseñanza de las humanidades en el Colegio Máximo durante sus primeras tres décadas de existencia; por su parte, en un artículo titulado “Las Humanidades del Colegio Romano en los colegios de México (1572-1578)”, Zubillaga estudió la enseñanza de las humanidades en los colegios de la Ciudad de México, en los primeros seis años después de su establecimiento en el virreinato.13
La tendencia a estudiar diversas variables para entender el funcionamiento de los colegios continuó. A finales de la década de 1960 e inicios de 1970, Félix Zubillaga publicó un artículo, donde buscó explicar el fundamento económico de la provincia de México durante el siglo xvi, la construcción del colegio de San Pedro y San Pablo, así como la de otros colegios de la provincia. De esta forma, puso énfasis en los bienes productivos de los colegios, como haciendas, ingenios y molinos, o bien, las limosnas que recibían. Así, ofrece un panorama amplio del funcionamiento y administración de los colegios jesuitas de la provincia durante sus primeras décadas en la Nueva España.14
En 1973, Zubillaga volvió su mirada a la historia del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo en el siglo xvi, al que le dedicó un valioso artículo debido a que fue el más importante del virreinato, y por lo tanto, el que influyó en todos los demás colegios de la provincia. Fue un trabajo distinto a los que había hecho antes, ya que para su investigación, vinculó el contexto histórico, social, político, cultural, pedagógico y económico de la Nueva España, a la historia del colegio. El artículo comienza con la llegada de los jesuitas al virreinato, la fundación del colegio, el inicio de sus actividades académicas, su fundamento económico, quiénes fueron sus alumnos, su estructura escolar y su método de estudios. Para este último aspecto, se centró en la enseñanza de las humanidades, la impartición de la filosofía escolástica, así como en los profesores que daban las clases.15
Hasta ahora, podemos observar que hasta finales de la década de 1960, la historiografía jesuítica fue sobre todo terreno de los miembros de la Compañía de Jesús y se centró sobre todo en estudiar el siglo xvi en la Ciudad de México, debido a la accesibilidad de las fuentes publicadas. Los trabajos de los laicos fueron esporádicos, salvo algunos trabajos de la unam, que tuvieron como finalidad analizar las edificaciones donde se asentó la Universidad en 1910 y que se publicaron de forma paulatina hasta finales de la década de 1960.16
A partir de la década de 1970, comenzó una lenta tendencia de descentralización de la Ciudad de México en la historiografía, después de la aparición de un libro del colegio del Espíritu Santo en Puebla, el más importante de la segunda ciudad del virreinato. En este sentido, a partir de cuestiones puramente institucionales, Othon Arróniz estudia la fundación del colegio, así como su gobierno y benefactores en sus primeros años de existencia.17
Fue también en la década de 1970, que el gran cambio en la historiografía jesuítica comenzó a vislumbrarse con la publicación del libro coordinado por el jesuita Manuel Pérez Alonso, titulado La Compañía de Jesús en México: cuatro siglos de labor cultural (1572-1972). Su aparición en 1972 tuvo el objetivo de conmemorar los cuatro siglos del arribo de la Compañía de Jesús a la Nueva España, fecha que se usó como excusa para repensar la labor historiográfica de la orden religiosa. Su valor radica en la gran cantidad de historiadores laicos que participaron y reflexionaron sobre la labor cultural y educativa de los jesuitas durante cuatro siglos en el territorio mexicano, lo que dio inicio a una presencia constante de este grupo de historiadores en la historiografía jesuita.18 Además, dentro del libro destacan trabajos dedicados a colegios fuera de la capital, como el de Querétaro.19
Durante esos años ya se vislumbraba un cambio importante en el estudio de la historia de la educación en México, influida por la historia social. Dicha transformación se materializó cuando en la década de 1970 apareció el seminario de Historia de la Educación en el Colegio de México, y en 1976 se creó el Centro de Estudios sobre la Universidad (cesu), de la unam. El objetivo del último fue estudiar todos los aspectos que fueran de interés sobre la Universidad Nacional Autónoma de México, y donde después aparecería un destacado grupo de investigadores en historia de la educación. Desde entonces, se inauguró una línea de investigación en historia de la educación en nuestro país, que seguía las tendencias historiográficas en voga de la historia económica, social y cultural.
En lo que respecta a los colegios jesuitas, el cambio se materializó con un número cada vez más considerable de laicos que participaron en un terreno que les era todavía muy desconocido, al que le generaron nuevas preguntas de investigación. Así, pusieron atención a cuestiones más allá de la información formal que veía a los colegios puertas adentro y se centraron en el impacto que tuvieron en las ciudades donde se encontraban, su relación con la Real Universidad, su presencia en la sociedad novohispana y en el alumnado que acudía a ellos.20 Otros institutos de investigación de la unam mostraron también su interés por los colegios jesuitas, como el Instituto de Investigaciones Estéticas, que si bien ya había hecho trabajos al respecto, ahora se interesó en la arquitectura de dichas instituciones.21
No obstante, a pesar de los cambios, la historia de corte apologético continuó. Así lo demuestra la publicación en 1988 del libro de Agustín Churruca Peláez, Primeras fundaciones jesuitas en la Nueva España: 1572-1580, en donde exalta la labor de sus ancestros al hacer una apología de su labor.22 En esta línea, poco más adelante apareció el libro editado por Joseph A. Gagliano y Charles E. Ronan, Jesuit Encounters in the New World: Jesuit Chroniclers, Geographers, Educators and Missionaries in the Americas, 1549-1767, que al ser el producto de un congreso que buscó conmemorar los 500 años del descubrimiento de América, analiza el impacto de los misioneros jesuitas sobre todo con la población indígena, aunque también con la de origen europeo. De este último grupo, el historiador y jesuita Enrique Palomera dedicó un capítulo a los colegios novohispanos, sus métodos pedagógicos, didácticos y cambios que sufrieron durante los 200 años que estuvieron en el virreinato.23 Quizás el historiador laico más representativo del cambio en la historiografía jesuítica en nuestro país fue Ignacio Osorio Romero, quien en dos valiosas obras estudió al profesorado jesuita y la enseñanza del latín en los colegios de la provincia de México. Los libros son Colegios y profesores jesuitas que enseñaron latín en Nueva España (1572-1767) y Antonio Rubio en la filosofía novohispana.24 Su otro trabajo crucial, y que marcó una pauta en un tema muy poco explorado hasta el momento en la historiografía mexicana, fue Historia de las bibliotecas novohispanas. Si bien se enfocó en todo tipo de bibliotecas en el virreinato, tiene un apartado especial dedicado a las que se encontraban en los colegios jesuitas. Además, es relevante destacar que en este último libro, el autor utilizó un tipo de fuentes que hasta el momento habían sido escasamente aprovechadas: las fuentes de temporalidades.25
La tendencia de estudiar la educación colonial fuera de la capital continuó en ascenso en la década de 1980, y los laicos se interesaron cada vez más en analizar los colegios jesuitas en relación con otros en algunas ciudades del virreinato. Destacan los casos de las ciudades de Guadalajara y Puebla. El interés de la primera radica en que fue sede de una Audiencia, y en ella se estableció la segunda universidad del virreinato en 1791; por su parte, Puebla fue la segunda ciudad más grande y el segundo centro intelectual más importante de la Nueva España durante gran parte del período virreinal.26 También en la década de 1980, aparecieron más estudios específicos de colegios jesuitas de la antigua provincia de México, como los de Querétaro, Pátzcuaro y Valladolid, que al igual que los anteriores, se enfocan sobre todo en su fundación y en cuestiones institucionales.27
Finalmente, no quisiera terminar esta etapa historiográfica sin mencionar los estudios de fuentes que se hicieron en estas décadas. Desde 1930, el Archivo General de la Nación publica un boletín con el objetivo de hacer un rescate documental, en donde ha puesto atención especial en algunos colegios jesuitas, y ofrece una pequeña introducción a las fuentes que presenta.28 Por su parte, José Gutiérrez Casillas y Francisco Zambrano compilaron innumerables fuentes para el Diccionario bio bibliográfico de la Compañía de Jesús en México (1961-1977), en donde hay valiosa información sobre colegios y el personal que trabajó en ellos. También desde 1956 hasta 1991, Félix Zubillaga realizó una labor titánica de edición y publicación de documentos jesuitas, en su mayoría provenientes del arsi en Roma, en una colección titulada Monumenta Mexicana, cuyo objetivo, al igual que el de las otras Monumenta Histórica, fue rescatar la memoria e identidad de la Compañía en el antiguo régimen. Más adelante, en la década de 1970, los laicos las empezaron a utilizar como un recurso valioso para entender el funcionamiento de la educación novohispana, al tomar como caso de estudio los antiguos colegios jesuitas.29
En síntesis, la mayoría de los trabajos de este período le prestan especial atención al siglo xvi, por su interés en la historia de la fundación de los colegios y la facilidad que otorgó la gran cantidad de fuentes publicadas de dicha centuria. Por su parte, la mayoría de los estudios se escribieron por miembros pertenecientes a la orden, aunque los laicos ingresaron paulatinamente. Sin embargo, el gran cambio en la historiografía jesuítica no llegó sino hasta la década de 1980, cuando la historia de la educación, influida por otras corrientes historiográficas, sufrió variaciones notables.
LA HISTORIOGRAFÍA DESDE FINALES DE LA DÉCADA DE 1980 HASTA EL 2010: LA LAICIZACIÓN DE LA HISTORIOGRAFÍA JESUÍTICA
Como pudimos observar, hasta mediados de la década de 1980, las publicaciones en torno a los colegios jesuitas fueron esporádicas. No fue sino hasta finales de dicha década e inicios de la siguiente, que la historia de la educación jesuita tomó un nuevo rumbo, influida por la historia social, la historia política y la historia de las ideas. Desde entonces, aumentaron las publicaciones sobre los colegios jesuitas a partir de nuevas variables de estudio propuestas por la historia de la educación, que dejó de interesarse únicamente en cuestiones institucionales y traspasó el ámbito escolar.30
La laicización de la historiografía jesuítica tomó un nuevo impulso cuando se permitió a los historiadores laicos tener acceso a las fuentes de la Compañía de Jesús resguardadas en su archivo central en Roma, el Archivum Romanum Societatis Iesu (arsi) en la década de 1990. A partir de ese momento, al analizar fuentes a las que antes no tenían acceso, dichos académicos comenzaron a cuestionarlas, ya no sólo desde un punto de vista religioso, sino como ricas vetas de información para indagar, entre muchos otros temas, el papel de la educación en el nacimiento del mundo moderno.31
México fue partícipe de dicha renovación historiográfica, tanto en la historia de la educación como de la Compañía, la cual se vio materializada en tres obras de la historiadora Pilar Gonzálbo Aizpuru, que siguen siendo referencia en los estudios de historia de la educación en la actualidad: La educación popular de los jesuitas (1989); Historia de la educación en la época colonial: la educación de los criollos (1990); e Historia de la educación en la época colonial: el mundo indígena (1990). El libro que más trata los colegios jesuitas es el referente a la educación de los criollos, que a partir de la historia social, ofrece un panorama general de la historia de los colegios jesuitas a lo largo del virreinato, desde su fundación, continúa con la expansión en las principales ciudades y los estudios que se impartían en ellos, hasta su situación económica.32
Es necesario mencionar que la historiografía de los colegios jesuitas se enfocó sobre todo en los alumnos españoles, quienes representaban la mayoría de los estudiantes, ya que formaron la élite intelectual del virreinato, que detentó el poder estatal y marginó a los indios. No obstante, nuevos trabajos han demostrado el paulatino acceso que tuvieron los indios a la educación avanzada a lo largo de los siglos virreinales, aunque es un tema que se ha estudiado sobre todo dentro de la Real Universidad y muy poco en relación con los colegios jesuitas.33
Por su parte, en la década de 1990, el cesu adquirió un papel fundamental en la renovación de la historiografía de la educación en México, sobre todo a partir del estudio de la Real Universidad, la única institución habilitada para otorgar grados en la Nueva España. Sus investigadores comenzaron a dejar de centrarse solamente en los discursos pedagógicos y reglamentos escolares, para prestar atención a nuevas variables de análisis, como la historia de las poblaciones escolares, la historia de la lectura y del libro. Por ende, los investigadores buscaron entender la historia de la educación como un fenómeno más amplio, es decir, a partir de sus variantes sociales, económicas, políticas y culturales.34 Fue así que surgió el interés de vincular la historia de los colegios novohispanos con la Real Universidad de México. De esta forma, aparecieron trabajos representativos como los de Mónica Hidalgo Pego o los de Enrique González González y Rodolfo Aguirre, quienes pusieron atención a la movilidad de la población estudiantil entre los colegios y la Universidad.35 Fue gracias a dichos trabajos, que utilizaron como fuente primaria los grados que otorgó la Real Universidad, que hoy tenemos más conocimiento sobre las poblaciones escolares de los colegios jesuitas.36 Por otra parte, bajo el influjo de la historia social, los historiadores y las redes familiares que incidieron en el funcionamiento de los colegios coloniales, como lo demuestra Georgina Flores Padilla en su estudio de la familia Valdés, que fue clave para la asignación de becas en el Colegio de San Pedro, San Pablo y San Ildefonso.37
El creciente estudio de los colegios virreinales generó que los académicos se preguntaran qué eran dichas instituciones en el antiguo régimen. En un estudio muy sugerente, titulado “Hacia una tipología de los colegios coloniales”, el historiador Víctor Gutiérrez buscó responder a esta inquietud, al proponer estudiarlos como corporaciones y congregación de escolares. Sugirió poner atención sobre todo a los siguientes puntos para futuras investigaciones: origen de su financiamiento, gobierno y administración, tipo de beneficiarios y tipo de docencia.38
Si bien la propuesta de Gutiérrez fue para todos los colegios coloniales, sus preguntas se aplicarían después específicamente a los colegios jesuitas. De esta forma, en un valioso capítulo de libro, Elsa Cecilia Frost se preguntó “¿Qué es un colegio jesuita?” En él demostró que la Compañía utilizó el término colegio para referirse a instituciones educativas con distintas características y funciones, entre las que se encontraban universidades, noviciados, instituciones de educación pre universitaria o universitaria, y convictorios donde no había enseñanza.39
Asimismo, el interés por los colegios jesuitas traspasó el ámbito académico y llegó al público no especializado. Al comenzar el siglo xxi, Artes de México publicó un libro de divulgación, con la participación de destacados especialistas de México y Europa, titulado Los Colegios jesuitas en la Nueva España. En él los autores resaltaron la influencia del arte, la educación, la ciencia, la filosofía y la espiritualidad que se impartían en los colegios jesuitas, al demostrar la complejidad y múltiples funciones que tuvieron dichas instituciones en los siglos virreinales.40
Al iniciar el nuevo siglo, con el auge de la historia global, también comenzó a surgir un notable cambio historiográfico, en el que ya no se estudiaban a los colegios sólo desde el ámbito novohispano, sino a partir de un enfoque transnacional.41 En esta línea, Enrique González González evidenció la necesidad de analizar y comparar los colegios jesuitas a nivel hispanoamericano, donde se centró en el problema que tuvieron con otras corporaciones y la Corona por la concesión de grados académicos.42 Desde entonces, la metodología propuesta por la historia global comenzó a aplicarse para la historia de todas las instituciones educativas, con el objetivo de “superar el provincialismo, tan frecuente en nuestro caso de estudio”.43
Así, los estudios de historia de la educación comenzaron a hacer comparaciones entre diversas instituciones educativas en Hispanoamérica, y encontraron similitudes y diferencias entre ellas. Para el caso de los colegios jesuitas, un claro ejemplo es el de la historiadora del arte española Luisa Elena Alcalá, quien en un destacado trabajo estudió la historia y la arquitectura de los colegios jesuitas a nivel iberoamericano.44 Sin embargo, la historiografía continuó estudiando las características particulares de cada edificio a nivel local, y se enfocó en la división de espacios y las actividades que se llevaban a cabo en cada uno de ellos.45 O bien, también surgieron trabajos que estudiaban la arquitectura de varios colegios dentro de una misma ciudad, como lo demuestra el caso de Puebla.46
También los historiadores comenzaron a utilizar cada vez más las fuentes de temporalidades para analizar el funcionamiento de los colegios jesuitas en el virreinato, y de esta forma ampliar la información que no ofrece la documentación jesuita. Así, inició su uso como un material indispensable para extraer información sobre la arquitectura y los espacios de los colegios, su estado económico, objetos materiales, casas, congregaciones y vida cotidiana antes de la expulsión.47
Asimismo, cabe resaltar que desde la década de 1990 hasta mediados de la década de 2010, se publicaron múltiples investigaciones particulares de los colegios jesuitas que se encontraban a lo largo de la antigua provincia. Todos ellos vinculan su espacio físico con su espacio geográfico, social y político. El colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, y el colegio de San Ildefonso, fueron los más estudiados.48 De este último, una tesis de doctorado trató su imprenta, la única que perteneció directamente a la Compañía en la Nueva España, que hizo competencia a las otras tres de la capital en el siglo de las luces, y que sirvió como generadora de ingresos para el colegio.49 Asimismo, surgieron nuevos estudios de colegios de la Ciudad de México que casi no habían sido trabajados antes, como el de San Gregorio, donde la historiadora Ileana Schmidt escribió una historia de larga duración de su función educativa, desde su fundación en 1586 como colegio para indios, hasta las reformas liberales llevadas a cabo en el siglo xix para formar ciudadanos.50
También continuaron los intentos de descentralización de la Ciudad de México, tendencia que perdura hasta el día de hoy. De esta forma aparecieron aparecieron nuevos trabajos que, además de poner atención a sus cuestiones institucionales, también lo hicieron a otras como el arte, los mecenas, su economía, la relación con otras órdenes, sus bibliotecas y el clero secular. Destacan los casos de Guadiana,51 San Luis de la Paz,52 Zacatecas,53 toda la región del actual estado de Guanajuato,54 algunos aspectos del colegio de San Luis Potosí,55 y colegios en los que no se impartía enseñanza como Parras y Sinaloa.56 Por su parte, más recientemente, se han publicado estudios sobre los colegios al sur del virreinato, como los colegios de Mérida y Campeche en la Península de Yucatán,57 así como los del Reino de Guatemala.58
Por otro lado, durante este período, algunos temas que ya habían sido tratados antes, volvieron a replantearse, como la instrucción del latín en los colegios, que variaba según el nivel del alumnado,59 o la enseñanza de las humanidades.60 Otro tema que había sido muy poco estudiado, y que comenzó a tener mayor interés, fue la enseñanza de la retórica,61 o la tibia introducción de la ciencia moderna en los colegios en el siglo xviii, particularmente la física, poco antes de la expulsión.62 Así, podemos observar que al final de la década de 2010 comenzó a existir una fuerte predisposición por estudiar la educación que los alumnos recibían en los colegios y cuál fue el impacto que generaron fuera de las aulas.63
Por último, desde la década de 1990 hasta el presente, muchas instituciones que hoy ocupan los espacios de lo que fueron los ex colegios jesuitas han hecho valiosas publicaciones para recuperar la identidad de los edificios donde se encuentran. Ejemplos de ello son el cencropam, localizado en las antiguas instalaciones del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo; la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Querétaro, que ocupa el edificio que antiguamente fungió como colegio jesuita de la ciudad, y hoy es conocido como Patio barroco; o el Museo Nacional del Virreinato, que se sitúa en las instalaciones del antiguo colegio de Tepotzotlán.64
En suma, esta etapa se caracteriza por los importantes cambios que sufrió la historiografía de los colegios jesuitas, influida por las nuevas propuestas de la historia de la educación. Los nuevos trabajos se preocuparon por cuestiones que trascendieran las meramente institucionales, como los vínculos de los colegios con la Real Universidad, la circulación del alumnado, o las materias que impartían. Por último se cuestionaron por la esencia de los antiguos colegios, por lo que pusieron énfasis en diversas cuestiones para entender mejor su funcionamiento, como su aspecto económico y tipo de docencia.
LA HISTORIOGRAFÍA DESDE LA CONMEMORACIÓN DE LA RESTAURACIÓN DE 2014 HASTA LA ACTUALIDAD: ENTRE LA HISTORIA NACIONAL Y LA GLOBAL
Como hemos visto en los dos apartados anteriores, las conmemoraciones han sido valiosos alicientes para la publicación de trabajos académicos. Por ello, el último gran cambio historiográfico dentro de la historiografía jesuítica lo situamos en 2014, con motivo de la conmemoración de los 200 años de la restauración de la Compañía de Jesús, que dio lugar a la renovación de los estudios jesuíticos en todo el mundo. Por esa razón, se publicaron nuevos libros, artículos y capítulos de libros, y aparecieron nuevas revistas a escala planetaria, con el objetivo de repensar y reflexionar la historia de la orden religiosa. Si bien existen innumerables críticas por parte de los historiadores a los aniversarios, debido a las manipulaciones históricas que conllevan, alentadas muchas veces por los gobiernos con fines políticos, lo cierto es que también son momentos considerables que incitan a reflexionar sobre problemas historiográficos. En lo que respecta a la Compañía de Jesús, específicamente a sus colegios, la conmemoración de los 200 años de la restauración alentó a que se publicaran muchos trabajos académicos que ayudaron a repensar la metodología y preguntas para abordar dichas instituciones educativas.65 De esta forma, en los últimos años se ha incrementado la tendencia en la historiografía de cruzar las tradiciones nacionales con las perspectivas globales y comparadas, al analizar a la Compañía de Jesús como una orden con un apostolado universal.66
En México, la Universidad Iberoamericana tomó un papel protagónico para dicha conmemoración y renovación historiográfica. Así, la historiadora Perla Chinchilla coordinó la colección titulada 1814-2014, Construcción de una identidad: La compañía de Jesús ante su restauración, en la cual se publicaron seis libros, cuyo fin fue reflexionar el papel que tuvo la orden religiosa en la transición del antiguo régimen al mundo moderno, a partir del análisis de sus diferentes instituciones y problemas de investigación. Uno de los libros estuvo dedicado a los colegios y las universidades jesuitas, el cual no se enfocó en un Estado o región en particular, sino que subraya la necesidad de estudiar las problemáticas históricas de sus colegios desde una perspectiva global. De esta forma, el libro estudia la formación educativa e intelectual que se llevaba a cabo en los colegios, la competencia a la que se enfrentó la Compañía con otros actores e instituciones en el mundo católico, los grados que lograron otorgar algunos colegios, sus bibliotecas y el papel que tuvieron sus miembros en la República de las letras, además de su nuevo destino el siglo xix. Finalmente, en lo que respecta a los colegios de ultramar, los coordinadores de la obra sugieren estudiarlos como espacios de encrucijada entre el mundo europeo y el local, así como lugares de sociabilidad erudita donde se formó parte de la juventud del mundo moderno.67
Sin embargo, a pesar de todas las características en común que tuvieron los colegios, y la necesidad de estudiarlos desde un enfoque transnacional, varios trabajos recientes han demostrado la necesidad de no desatender sus singularidades en cada región. Por ejemplo, la América hispánica, al ser un territorio con ciudades de españoles e inmensas zonas misioneras de indios, tuvo un tinte particular frente a otras regiones del mundo, ya que ahí se cuestionó si el fin primordial de la orden debía ser dedicarse a los españoles o a los indios. Al consagrarse la Compañía a ambos grupos sociales, los últimos trabajos sobre las provincias americanas relacionan las misiones con los colegios, al demostrar los vínculos que existieron entre ambas instituciones.68 Lo anterior se ha estudiado dentro de la constante movilidad que tuvieron los jesuitas entre los colegios y las misiones de la provincia de México, ya que los miembros de la orden no se quedaron largos períodos de tiempo en un mismo lugar, lo que evidencia la interrelación que hubo entre sus domicilios.69
Por otra parte, los estudios sobre los profesores de los colegios novohispanos son todavía muy pobres, a pesar de que desde el generalato de Diego Laínez se estableciera que todos los jesuitas debían enseñar, y que la historiografía en otras latitudes sugiera estudiar más a este tipo de personal.70 Actualmente, existe una amplia cantidad de estudios sobre las obras que escribieron los jesuitas, pero no sobre los cursos que impartieron en los colegios. Además de los trabajos ya citados de Ignacio Osorio Romero, los profesores más trabajados son Francisco Xavier Clavijero y Francisco Xavier Alegre, y se han hecho algunas menciones de otros como Rafael Campoy y Diego José Abad, lo cual demuestra que el profesorado jesuita es todavía un campo por explorar, al igual que todo el personal que trabajaba en los colegios.71
La necesidad de entender las relaciones entre actores e instituciones educativas tomó fuerza dentro de la historia de la educación. En consecuencia, la historiografía de la última década se ha dedicado a relacionar los colegios y las universidades americanas con la Iglesia, con el monarca, con las élites de las ciudades y con los gobiernos locales, para entender su complejidad y los cambios que sufrieron antes y después de las Reformas Borbónicas en Hispanoamérica.72 Dichas relaciones se prueban en la colaboración y competencia que tuvieron los colegios jesuitas con otras instituciones, como lo demuestra Leticia Pérez Puente en su libro Los cimientos de la Iglesia en la América española, donde en varios apartados ejemplifica las relaciones que tuvieron con los seminarios conciliares.73 Por su parte, en su más reciente obra magistral El poder de las letras: Por una historia social de las universidades de la América hispana en el periodo colonial, Enrique González González, con la colaboración de Víctor Gutiérrez Rodríguez, evidencia los problemas a los que se enfrentaron los colegios jesuitas con la Corona, las universidades y otras corporaciones por el privilegio de otorgar grados académicos.74
Si bien los trabajos anteriores tienen un tinte trasnacional, la necesidad de analizar las relaciones que tuvieron los jesuitas con las instituciones novohispanas, con otras órdenes y con actores a nivel local también ha tenido un fuerte impulso en los últimos años. De esta forma, han aparecido varios trabajos que buscan relacionar los colegios de la Compañía con los actores e instituciones de las ciudades donde se encontraban.75 Del mismo modo, fue necesario vincular los colegios con su espacio local, regional y global, para entender mejor su funcionamiento, gobierno interno, y la relación que tuvieron entre el gobierno de la Nueva España, y los designios de Roma y Madrid.76
Otra gran aportación historiográfica que ha tenido un auge en las últimas dos décadas, y se ha acentuado recientemente, es el estudio de las bibliotecas, por representar los almacenes de conocimiento de los colegios.77 No obstante, la dificultad de estudiarlas se debe a la dispersión que vivieron sus libros después de la expulsión. Por ello, la mayoría de los estudios de este campo, al que todavía le falta muchísimo por explorar, se han hecho a partir de las fuentes de temporalidades, las cuales muestran el estado final de las bibliotecas y no cómo se construyeron a lo largo del tiempo.78 Sin embargo, para problematizar mejor a los antiguos almacenes de conocimiento, nuevos trabajos han buscado cotejar los libros inventariados en las bibliotecas contemporáneas, con los realizados por las juntas de temporalidades después de 1767.79
Por último, es importante mencionar que para examinar los colegios a partir de nuevos enfoques historiográficos, los investigadores se han dado cuenta que es necesario hacer una reinterpretación de las antiguas fuentes jesuitas. De esta forma, buscan entenderlas no sólo como repositorios de datos para extraer información, sino a partir de sus características estructurales e institucionales. Lo anterior ha dado lugar a nuevas lecturas de las fuentes primarias, como los catálogos trienales,80 y a la aparición de nuevas ediciones críticas de crónicas de la orden religiosa.81
Como podemos observar, el interés por estudiar los colegios jesuitas se ha acrecentado a lo largo de los años, a partir de nuevos cuestionamientos y objetos de investigación. Su atractivo ha trascendido el espacio meramente académico, por lo que recientemente se han hecho exhibiciones para que la gente conozca el origen, el desarrollo y la actualidad que viven hoy en día los colegios. También como instrumentos de divulgación, se han escrito algunos artículos,82 y libros para todo público,83 con el objetivo de hacer más accesible el legado de estas instituciones desde el antiguo régimen hasta el presente.
En síntesis, esta etapa está muy ligada con la anterior, pues continúa con las propuestas historiográficas que ya se habían utilizado antes, aunque la cantidad de publicaciones que resultaron de la conmemoración mereció un nuevo apartado. Igualmente, la etapa se caracteriza por estudiar la historia de los colegios puertas afuera de sus muros, a partir de la movilidad de su personal y libros de sus bibliotecas, así como la relación entre misiones y colegios. También estudia la conexión entre los colegios con otros actores, como el monarca, las élites de las ciudades, los gobiernos locales y otras órdenes religiosas. Finalmente, debido al interés que generan los colegios jesuitas, también se publicaron valiosos trabajos de divulgación y se han presentado exhibiciones para todo público.
LA HISTORIOGRAFÍA DE LA EXPULSIÓN Y EL DESTINO EDUCATIVO DE LOS COLEGIOS
Por su parte, a diferencia de la época jesuita, se ha trabajado muy poco qué pasó con los colegios jesuitas después de la expulsión llevada a cabo en 1767, por lo que su producción académica es mucho más pobre a la que vimos en el apartado anterior. Los libros que hoy son referencia sobre la educación ilustrada en la Nueva España, apenas hacen mención al tema del destino que se le dio a los ex colegios jesuitas y se centran sobre todo en cuestiones curriculares.84 La bibliografía de la expulsión y sus consecuencias de la provincia mexicana ha tenido notables contribuciones desde la publicación del libro de Gerard Decorme, Historia de la Compañía de Jesús en la República Mexicana, y se agilizó sobre todo para la conmemoración de los 200 años de la restauración en el 2014.85 También en los últimos años sobre la huella que dejaron los jesuitas en la sociedad novohispana.86
Sin embargo, son pocas las publicaciones que traten cómo el extrañamiento ordenado por Carlos III impactó en la transición educativa del virreinato, en donde la Corona buscó quitarle el papel protagónico a las órdenes religiosas en la educación, para que pasara a ser liderada y centralizada por el Estado.87 Dentro de este tema tan complejo, es todavía una asignatura pendiente investigar con mayor profundidad qué pasó con los bienes materiales de los colegios que pertenecieron a la Compañía de Jesús, es decir, sus temporalidades.
Posiblemente el primer trabajo que trató las temporalidades jesuitas en México sea el libro de Víctor Rico González, Documentos sobre la expulsión de los jesuitas y ocupación de sus temporalidades en Nueva España (1772-1783), publicado en 1949 por el Instituto de Historia de la unam. En él, el autor realizó una recopilación de cartas enviadas al Conde de Aranda y don Manuel Ventura de Figueroa, por parte de los virreyes Antonio María Bucareli, Martín de Mayorga y Matías de Gálvez, aunque no menciona de dónde las extrajo y tampoco hizo ningún análisis puntual sobre ellas. En la introducción sólo dio cuenta del proceso de expulsión de la Compañía de Jesús de Nueva España, y no menciona qué pasó después de dicho acontecimiento con los bienes materiales que pertenecieron a los jesuitas.88
Desde entonces, pasaron muchos años para que se volvieran a revalorar las fuentes de temporalidades. Como ya mencionamos en el primer apartado, Ignacio Osorio Romero las utilizó para construir la historia de las bibliotecas jesuitas, y Carmen Castañeda, en La educación en Guadalajara, las utiliza, entre otras tantas, para analizar la transición que sufrió el ex colegio jesuita de Santo Tomás después de la expulsión, hasta convertirse en la Universidad de Guadalajara en 1791. Es así que, desde finales de la década de 1970, el estudio de la transición educativa novohispana comenzó a interesar más a la historiografía mexicana. Se tomó el año de 1767 como punto de quiebre entre la educación del antiguo régimen y el inicio de una más moderna, centralizada por el Estado y liderada en un inicio por el clero secular.89
Justo al momento en que la historiografía de la educación tomaba un fuerte impulso en la década de 1990, Rosalina Ríos Zúñiga presentó una tesis de maestría, que después transformó en libro, y que junto con otras publicaciones productos de ella, se convirtieron en referencias para estudiar la secularización y los cambios pedagógicos en la Nueva España en la segunda mitad del siglo Su estudio fue novedoso, ya que estudiaba la secularización de un colegio alejado de la capital, el de San Luis Gonzaga de Zacatecas.90
Para entender mejor su objeto de estudio, Ríos Zúñiga se vio en la necesidad de analizar los problemas y fuentes a las que se enfrentaban los historiadores para estudiar el período que inició con las reformas aplicadas por Carlos iii a mediados del siglo xviii, y continuó hasta las primeras décadas de vida independiente.91 Posteriormente, continuó su interés por estudiar los ex colegios jesuitas de San Gregorio y San Ildefonso durante el siglo xix, al comenzar su análisis con la administración de temporalidades y terminar con la Reforma liberal.92 Un interés similar lo tuvieron mucho más recientemente Rosario Torres Domínguez y María Herrera, quienes investigaron la creación del colegio carolino de Puebla y su desarrollo posterior en el siglo xix.93
Seguramente el colegio más estudiado durante las Reformas Borbónicas ha sido el de San Ildefonso de la Ciudad de México, debido a las investigaciones de Mónica Hidalgo Pego, quien se ha dedicado a indagarlo de forma exhaustiva durante los últimos veinte años. Al respecto, su trabajo más destacado es Reformismo borbónico y educación. El colegio de San Ildefonso y sus colegiales (1768-1816). En ésta y en otras publicaciones, la autora demuestra cómo el extrañamiento de la Compañía de Jesús fue parte de un proyecto secularizador de gran envergadura llevado a cabo por la Corona, y no supuso la ruina educativa del virreinato, como había fundamentado la historiografía jesuítica de corte apologético. En todos ellos, puso atención a los documentos normativos del colegio, a las carreras que siguieron sus colegiales, a los catedráticos y a las nuevas normas pedagógicas, que dejó de ser convictorio y se convirtió en centro de enseñanza.94 Al centrarse en cuestiones curriculares, más que en materiales, los trabajos de Mónica Hidalgo confirman que los cambios pedagógicos en el virreinato comenzaron propiamente con la expulsión de los jesuitas, pues al encontrarse los colegios bajo el control directo del poder real, se introdujeron en ellos algunas reformas y novedades pedagógicas.95
Por otra parte, desde las últimas décadas del siglo xx, fueron varios los estudios de colegios jesuitas que no pararon su investigación en 1767, por lo que algunos de ellos la continuaron hasta la reforma liberal de mediados del siglo xix, como lo demuestran algunos trabajos de Zacatecas, San Gregorio o la Ciudad de Puebla.96 También se ha estudiado la transición dentro de algunas regiones del virreinato, como la Nueva Vizcaya, en donde a los jesuitas se les examina como protagonistas para entender los cambios educativos de la región.97 Asimismo, al iniciar el siglo, apareció el libro de Enrique Villalba Pérez, titulado Consecuencias educativas de la expulsión de los jesuitas de América, que, desde la historia global, trata sobre el destino y reformas de la educación en los colegios que había pertenecido a la Compañía en la América española.98 Actualmente, fuera de México, la Universidad de Alicante lleva a cabo valiosas investigaciones en torno a las temporalidades jesuitas en el Imperio español, al contribuir con una destacada aportación a nuestro conocimiento sobre el destino que sufrieron dichos inmuebles, así como las dificultades y problemas que representa su estudio para los académicos. No obstante, centran su mayor atención en la Península Ibérica y poco en Hispanoamérica.99 De la misma forma que la conmemoración de la restauración de la Compañía ocasionó el impulso de estudios jesuíticos, también dio lugar a un auge de publicaciones sobre el destino de los bienes materiales de los colegios jesuitas después del extrañamiento. En primer lugar, en un artículo sugerente publicado en 2014, el historiador Enrique Giménez López nos brindó un panorama general de la aplicación que tuvieron los colegios jesuitas en la Ciudad de México después de 1767. En su estudio, el autor demuestra que no todos tuvieron la misma suerte: algunos continuaron con las mismas funciones que tenían cuando eran jesuitas, y otros las cambiaron, pero lo que todos tuvieron en común fue la sustitución en su administración, liderada principalmente por los oratorianos.100
Ese mismo año, en un capítulo de libro, Mónica Hidalgo nos brindó un panorama general sobre el fin que sufrieron varios colegios de la antigua provincia mexicana de la Compañía de Jesús. Concluyó que un elemento que todos tuvieron en común fue haber sido parte de un nuevo proyecto de enseñanza dirigido por el Estado. La autora muestra lo inestable y tardado que fue para el régimen borbónico otorgarles una función definitiva a los inmuebles de los antiguos colegios jesuitas, sobre todo en las ciudades alejadas del norte. En su análisis, puso especial atención a la reorganización de los colegios, su nuevo gobierno y legislación, beneficiarios, cátedras y catedráticos y financiamiento.101 También en 2014, Mónica Hidalgo publicó un artículo, y Jorge René Martínez Marmolejo un libro, sobre la secularización del antiguo colegio jesuita de Tepotzotlán, que después de la expulsión se convirtió en una casa de corrección para clérigos y retiro voluntario.102
Más recientemente, Mónica Hidalgo y Rafael Castañeda continuaron con la tendencia de descentralizar los estudios de la secularización educativa en la Nueva España al demostrar su interés por estudiar la transición que sufrió el ex colegio jesuita en Guanajuato.103 Asimismo, en las dos últimas décadas, varios trabajos se han enfocado sobre todo en el proceso de expulsión que sufrió cada colegio, así como el destino de sus miembros en Boloña, Italia, como lo exponen los estudios de caso de Durango,104 y Tepotzotlán.105 Por su parte, una tesis doctoral defendida recientemente estudia el destino de los libros de las bibliotecas jesuitas después de la expulsión.106
Para finalizar, los pocos trabajos que existen hasta el momento en torno a las temporalidades, la nueva función de los ex colegios jesuitas y la secularización de la educación, contrastan con la cantidad de fuentes que se encuentran en proceso de digitalización y publicación, en espera de que los académicos las utilicen. Desde la década de 1970, se escribieron artículos en torno al contenido del fondo de temporalidades que se resguarda en el fondo “Jesuitas de América” del Archivo Nacional de Chile.107 De hecho, las fuentes de dicho archivo son quizás las que más se utilizan en la actualidad para el estudio de temporalidades novohispanas por varias razones: la primera es que su fondo se digitalizó y se envió al Colegio de Sinaloa en 2006.108 Después, algunos investigadores empezaron a transcribir muchos de sus documentos, aunque al ser tan vastos, tuvieron que seleccionar fragmentos de ellos, como lo revelan la publicación de fuentes del archivo para los casos de Zacatecas y Tepotzotlán.109 La última razón, y seguramente la más importante, es que, también para conmemorar la Restauración, desde 2014 el fondo documental se encuentra completo en la red y todo el público tiene acceso para consultarlo.110 Por último, en los últimos años han surgido estudios que analizan las fuentes de temporalidades localizadas en archivos locales, así como documentos fundacionales clave de algunos colegios que esperan ser estudiados con mayor profundidad, al ofrecer sugerencias de posibles líneas de investigación.111
En resumen, se ha trabajado muy poco a los colegios después de la expulsión, a pesar de la cantidad de fuentes de temporalidades que se encuentran publicadas y en línea. Los pocos trabajos que se han presentado hasta el momento entienden el fenómeno del extrañamiento como uno que supuso el inicio del quiebre de la educación del antiguo régimen a una más moderna dirigida por el Estado, liderada en un inicio por el clero secular. Sin embargo, a pesar de ser un tema del que todavía falta mucho por explorar, desde la década de 1990 han aparecido más trabajos sobre la nueva aplicación de los colegios que nos han ayudado a entender mejor este momento de transición.
CONSIDERACIONES FINALES Y PROPUESTAS DE INVESTIGACIÓN
Como pudimos observar a través de las páginas anteriores, existe una vasta bibliografía sobre los colegios jesuitas en la Nueva España, y muy poca sobre su destino después de la expulsión y la administración de sus temporalidades, a pesar de los intentos de algunos académicos de revertir esta tendencia en los últimos años.
A lo largo de este recorrido historiográfico hemos visto cambios y continuidades en la historiografía de los colegios jesuitas y sus temporalidades que corresponden a dos períodos históricos distintos. Entre las continuidades destacan que la producción académica continúa siendo en gran medida muy centralizada en la Ciudad de México, por lo que todavía existen algunos colegios que esperan ser estudiados. También hay temas muy poco abordados por la historiografía como el del alumnado y el profesorado, aunque los estudios de la Real Universidad nos han dado valiosos indicios acerca de qué estudiantes acudían a dichos colegios.
En cuanto a la temporalidad de estudio, la mayoría de los trabajos se centran en el siglo xvi o en los primeros años después de la fundación de los colegios, y últimamente, a raíz de la conmemoración de la restauración de la Compañía, también en el siglo xviii; sin embargo, prestan más atención en la expulsión de los antiguos jesuitas que a los colegios donde se encontraban. Por su parte, el siglo xvii es el menos estudiado, pues salvo algunos casos que prestan atención a la fundación en dicho siglo, como el de San Luis Potosí, no encontramos ningún trabajo que se enfocara específicamente en dicha centuria, lo cual contrasta con la historiografía de las misiones en ese siglo.
Para subsanar dicho vacío temporal, sugiero estudiar a los colegios en torno a problemas historiográficos concretos, o bien, alrededor de algún período histórico en particular, como pueden ser los años de gobierno de algún rey, virrey, arzobispo, o General de la Compañía; o bien, algún período de crisis que haya tenido impacto en los colegios y que todavía no se haya profundizado. Mi propuesta es dejar de estudiar a los colegios desde una óptica de larga duración que los ha visto como unidades continuas, ya que sus funciones variaron constantemente según el momento histórico en el que se encontraban. Así, podrían hacerse trabajos sobre el funcionamiento de los colegios en la provincia durante el generalato de Lorenzo Ricci y el inicio del gobierno de Carlos iii en vísperas del extrañamiento. O bien, estudiar un colegio jesuita o varios durante la crisis de la monarquía de 1640 y los intentos secularizadores de Palafox en Puebla. Quizás de esta forma podríamos comenzar a subsanar el gran vacío que tiene el siglo xvii para el estudio de los colegios jesuitas.
Un aspecto que se necesita indagar con mayor profundidad es el estudio económico de los colegios durante la etapa jesuita. A pesar de existir varios trabajos sobre sus haciendas, que no se incluyeron en este ensayo por falta de espacio, es indispensable estudiar de una manera más integral todos los aspectos que sostenían a los colegios. En primer lugar, analizar otros bienes inmuebles como fueron sus casas de alquiler, pero también otras cuestiones económicas como sus censos; o bien, adentrarse al mundo de los hombres que interferían en su situación económica, como sus deudores o los procuradores, encargados de administrar las finanzas de los colegios. La mayoría de los trabajos se han enfocado en cuestiones institucionales y curriculares, y en las últimas décadas, se ha puesto atención a sus vínculos sociales, políticos y culturales, con diversos actores o instituciones novohispanas, a partir de enfoques locales, comparativos y globales. No obstante, es una tarea pendiente comparar los colegios del mundo hispanoamericano con el mundo lusitano, a pesar de los avances de la historiografía en vincular ambos imperios en Sudamérica.
Por último, en cuanto al destino de los colegios después de la expulsión, una tarea para realizar en el futuro es analizar el cambio de administración de los colegios y de sus rentas, por lo que considero que es importante hacer una profunda investigación de archivo en los fondos documentales españoles y americanos. En este sentido es necesario estudiar las fuentes de temporalidades desde su lugar institucional para analizar el cambio de administración en los colegios, y no sólo utilizarlos como repositorios documentales para extraer datos sobre la antigua Compañía de Jesús.










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