INTRODUCCIÓN
Julio César es una figura nuclear dentro de la historia romana,1 erigiéndose en eje articulador entre la finita República, que termina eliminando, y la incipiente etapa imperial, de la que es padre. Su perfil es principalmente político, si bien, se sirve de las armas para la consecución de sus elevadas ambiciones en Roma. En este sentido, estaremos de acuerdo en afirmar que las guerras emprendidas al inicio de su etapa como gobernador en la Galia Cisalpina, supondrán un espaldarazo para el salto de César al primer puesto de la gestión del Estado. Cuando lo excepcional políticamente era ya la tónica dentro de la política romana a mitad del s. I a.C., resulta complejo valorar determinados aspectos legales en tal contexto de crisis. Así todo, la presente publicación pretende abordar precisamente la actividad bélica desarrollada por César en los cruciales años de las guerras en la Galia, ello desde el prisma del derecho. En concreto, abordaremos dos importantes episodios, referido el primero al ataque sobre el pueblo helvecio perpetrado por César en el mismo inicio de su gobernación. El conflicto, extraordinariamente oportuno, abriría a César las puertas a toda la Galia y convertiría al inmenso territorio en un enorme campo de batalla con infinitas posibilidades de gloria. El romano pasó entonces por alto el derecho de guerra romano, algo que hará nuevamente poco después, cuando guerree contra los germanos en un combate que guarda extraordinaria similitud con el helvecio, si bien en el último se sucederá una ilegalidad que se acompaña de la falta de autorización para la guerra, pues César traicionará una tregua establecida. Pese a que el episodio helvético, en cuanto a su carácter ilegal, es referido en mayor número por las fuentes, en el caso germánico encontraremos específicas referencias respecto del comportamiento de César, que es valorado como contrario al derecho de gentes. En dicha acusación jugará un papel nuclear una figura, Marco Porcio Catón, un político de peso dentro de la estirpe patricia tardorrepublicana que a través de sus palabras nos lega una denuncia a César por las ilegalidades cometidas, sus faltas a los procedimientos o las rupturas de los tratados como faltas a los acuerdos contraídos.
CÉSAR COMO DESTRUCTOR DEL SISTEMA POLÍTICO REPUBLICANO
Pretendiendo condensar la actividad política desplegada por César con anterioridad a su salto a la Galia, sobresale junto al personaje una figura en el tablero político.2 Nos referimos a Marco Porcio Catón,3 célebre tardorrepublicano que defenderá a ultranza el modelo republicano que favorecía al orden senatorial en el monopolio del poder. Con tales antecedentes la confrontación con César fue inmediata. En el 63 a.C. encontramos uno de los primeros ejemplos cuando, siendo César pretor, este decide oponerse al duro castigo (la ejecución) que se pretende aplicar a varios conjurados catilinarios.4 Catón se opone a César llegando al ataque personal, todo para que finalmente termine prevaleciendo su postura y la aplicación de la pena máxima.5 La fricción vuelve con el retorno de César de la Hispania Citerior, en el 61 a.C., una vez finalizada su etapa de gobernador.6 El romano persigue ahora dos objetivos consecutivos e inmediatos: la concesión de un triunfo por sus victorias en la Península Ibérica, y su proclamación como cónsul en las elecciones que están a punto de celebrarse. Por contra, se daba una doble circunstancia que dificultaba sus planes. Los aspirantes a un triunfo debían aguardar fuera de la ciudad de Roma en espera de la deliberación y eventual concesión. Al mismo tiempo, los candidatos al consulado precisaban estar presentes dentro de la propia ciudad.7 Resulta lógico por ello que una persona como Catón se opusiese a la concesión del triunfo -por aquello de la contraposición en cuanto a consulado y triunfo-, lo que llevó a César a desistir del mismo.8 Apostará entonces por el consulado, luego de propiciar un acercamiento entre Pompeyo y Craso, sumando así fuerzas en pro de su propia candidatura. Catón denuncia el alarmante proceder de César, sin mucho éxito.9
César vence abrumadoramente en las elecciones consulares para el año 59 a.C., teniendo por colega a Calpurnio Bíbulo, a quien rápidamente margina en la labor política cuando se dispone a aprobar una polémica ley agraria. No en vano, Plutarco tacha esta reforma como más propia de un tribuno de la plebe, introducida para agradar al populacho principalmente a través del reparto de tierras.10 Bíbulo, contrario a la ley, se dirigió al foro con intención de vetarla el día de su proposición, pero César hizo que lo expulsasen del lugar por las armas (collegam armis foro expulsit).11 Catón se había opuesto a la ley (Marcum Catonem interpellantum)12 en la misma curia, y César respondió entonces de manera igualmente contundente, expulsando a Catón del senado para que fuese inmediatamente encarcelado (extrahi curia per lictorem ducique in caecerem iussit).13 Pero a todos, senado y plebe, escandalizaba la aplicación de una medida tal sobre Catón, y por ello César terminará ordenando, discretamente, su puesta en libertad.14 El clima terminó siendo hostil a la ley agraria de César, quien decidió entonces llevar su aprobación directamente ante el pueblo.15 Se repartieron lotes de tierra sin sorteo (extra sortem)16 entre los plebeyos con tres o más hijos,17 mayormente en el sur de Italia. De poco servirá en adelante el malestar instalado en el senado, pues César no volverá a reunirlo en lo que quede de año consular, vertiendo en adelante toda su cualidad oratoria sobre la plebe, a la que se dirigía constantemente.18
Entretanto, César pensaba ya en su inminente destino provincial y estaba recabando a tal fin los apoyos necesarios para optar a la provincia que más le interesaba, la Galia Cisalpina.19 Lo conseguirá a través de dos enlaces matrimoniales: casándose con Calpurnia, la hija de Pisón -quien tenía previsto ocupar el consulado el año próximo- y enlazando igualmente a su hija con Pompeyo. Catón denunciará estos hechos afirmando que con ellos se prostituían los cargos públicos a través del matrimonio, al tiempo que se repartían indignamente las provincias.20 No en vano, Catón se erige frente a César, en esta y otras afrentas, como protector del sistema político republicano, y Cicerón dice de él que moriría antes de mirar de frente al tirano (moriendum potius quam tyranni uultus auspiciendus fuit).21 Dion Casio lo señala como un amante del interés común, defensor de la plebe, y muy lejano de cualquier forma de gobierno que implicase manera alguna de dominación.22 Únicamente lo movían sus valores ciudadanos y la salvaguarda del derecho vigente.23 Gozaba de un gran respeto entre los propios romanos, encontrando un ejemplo de afecto a su llegada de Chipre, a donde había acudido designado para incorporar la isla ptolemaica a Roma, pues a los pies de su nave se reunieron entonces todos los magistrados, el senado en pleno y buena parte de la plebe, para celebrar su regreso y alabar su labor.24
GUERRA ILEGÍTIMA SOBRE HELVECIOS
César había logrado la provincia deseada a través de las “sinergias” de su yerno y su suegro. Respecto a la elección provincial es probable que buscase la cercanía a Roma, y en este sentido no había otra posibilidad más próxima. Es más que razonable pensar que César persiguiese la expansión militar con anterioridad a su llegada a la provincia, pero no podemos afirmar con igual seguridad que conociese detalladamente el plan helvecio de migración que se desencadenaría de inmediato. Lo más probable es que este hecho simplemente facilitase las cosas a César. Sea como fuere, si el romano había actuado en su consulado con total irrespeto hacia el orden legal republicano, empleando el terror para atenazar a todos los poderes del Estado, en su etapa de gobernador asistiremos a una “continuidad”. Suetonio es esclarecedor al respecto:
nec deinde ulla belli occasione, ne iniusti quidem ac periculosi abstinuit, tam foederatis quam infestis ac feris gentibus ultro lacessatis, adeo ut senatus quondam legatos ad explorandum statum Galliarum mittendos decreuerit ac nonnulli dedendum cum hostibus consuerint. sed prospere decedentibus rebus et saepius et plurium quam unquam dierum supplicationes impretrauit.25
Llama inmediatamente la atención la referencia a guerras injustas (ulla belli … ne iniusti)26 perpetradas a través del ataque injustificado (tam foederis quam infestis ac feris gentibus ultro lacessitis).27 Ello habría motivado, según cuenta Suetonio, el envío de una comisión senatorial a la propia Galia (adeo ut senatus quondam legatos ad explorandum statum Galliarum mittendos decreuerit)28 e incluso, la petición de algunos senadores para que César fuese entregado al enemigo (ac nonnulli dedendum cum hostibus censuerint).29 Sin lugar a duda, en este último punto Suetonio se está refiriendo a Marco Porcio Catón, pero volveremos más adelante sobre dicha petición.
Tratemos antes de armonizar las palabras de Suetonio dentro del ordenamiento jurídico-militar romano. El autor habla de guerra injusta, y dice Cicerón al respecto que será injusta toda aquella guerra que no haya sido acordada solemnemente (ut onme bello quod denuntiatum indictum que non esset, id iniustum esse atque impium indicaretur).30 Únicamente el senado y el pueblo romanos eran competentes en la declaración de una guerra,31 aunque en origen tan solo el consejo de ancianos monopolizara en la Monarquía, así como en un primer período republicano, esta específica función.32 De igual forma, Suetonio señala el acto de ir a la guerra no sólo sin la aprobación previa, sino atacando, o bien a un aliado, o bien a un pueblo, amigo o no amigo, que entonces no se haya en guerra con Roma. Al respecto de esta circunstancia ya se habían pronunciado siglos atrás las xii Tablas de manera taxativa, disponiendo la ejecución sobre aquel romano que provocase al enemigo: qui hostem concitauerit […] capiti puniri.33 La norma pervive en el Digesto referida específicamente al ámbito militar, condenando a la última pena al soldado perturbador de la paz (milites turbatur pacis capite punitur).34
Contemporáneamente al período de César en la Galia tenemos noticia de un interesante episodio que, sin duda, nos ayudará a comprender las ilegalidades cometidas por César como gobernador. Otro gobernador romano abandonará la provincia asignada, adentrándose en un reino amigo de Roma y desatando en su seno una guerra sin la autorización del senado y el pueblo romanos. Estos hechos llevaron al general romano ante un tribunal senatorial y son prueba de la respuesta que otorga el ordenamiento jurídico romano a determinados comportamientos de los gobernadores provinciales. Aulo Gabinio es el hombre en cuestión, y tras ocupar el consulado en el 58 a.C. junto con Lucio Calpurnio Pisón, se le había asignado la provincia de Siria35 para el 57 a.C. Y allí permaneció hasta el 54 a.C. En ese itinere Gabinio instaurará a Ptolomeo en el trono de Egipto (Ptolomaeum reduxit in regnum Aegypti),36 no por una motivación personal, pues detrás estaba Pompeyo instigando la operación. El rey se había visto obligado a abandonar el país del Nilo ante la creciente hostilidad37 que estaba generando su amistad con Roma, o su indeterminación para reclamar Chipre a los romanos, que le habían arrebatado la isla al reino africano (por medio de la gestión del propio Catón, como vimos). Marchó al Lacio tratando de congregar adeptos a su causa de restauración, sobornando para ello a gran número de hombres.38 Luego acudiría ante Gabinio, ya en Siria, portando dinero y también cartas de Pompeyo.39 Todo pretendiendo empujar a Gabinio a abandonar Siria e intervenir militarmente en Egipto. En cambio, Dion Casio recuerda que la ley romana impedía a los gobernadores, tanto el abandono de su provincia, como el inicio de una guerra por cuenta propia:
καίπερ ἀπαγορεύοντος μὲν τοῦ νόμου μήτε ἐς τὴν ὑπερορίαν τοὺς ἄρχοντάς τινων ἀποδημεῖν μήτε πολέμους ἀφ᾽ ἑαυτῶν ἀναιρεῖσθαι.40
Gabinio marchó a Egipto y, tras una brevísima campaña militar, entrega el reino a Ptolomeo (καὶ τῷ Πτολεμαίῳ αὐτὴν παρέδωκε).41 No ha de extrañar entonces que Gabinio terminase respondiendo judicialmente por los hechos al haber quebrantado la ley romana,42 pues él mismo era consciente del carácter ilegal de sus acciones cuando trató de que la noticia de estas tardase en arribar a Roma.43 Ya en el 55 a.C. se intentó su procesamiento sin éxito por oposición de Pompeyo y Craso, entonces cónsules.44 Pero en el 54 a.C., siendo cónsules Lucio Domicio y Apio Claudio, estos son favorables a su enjuiciamiento. Sin lugar a duda, Gabinio había puesto en grave peligro su provincia cuando decidió abandonarla, quedando el territorio prácticamente abierto a los temibles partos. Al mismo tiempo, iniciaba una contienda a motu proprio sin que el Estado romano tuviese conocimiento alguno. En suma, ambos sucesos atentaban contra el poder, la autoridad y la propia seguridad de Roma. Y de ahí el juicio, causa esta que tuvo varios acusadores, entre los que destacó Lucio Léntulo y en la que el acusado no estuvo siquiera presente, pues aún se hallaba en Siria. Con todo, Gabinio terminara resultando absuelto, según Cicerón por tres motivos: el poder de Pompeyo,45 la deficiente oratoria de la acusación46 y la corrupción de los jueces.47 La deliberación, por medio de votación, estuvo reñida, pues el jurado de senadores agrupó a los partidarios de la absolución en número de treinta y ocho, mientras otros treinta y dos habían pedido la condena.48 Pompeyo había decantado el veredicto en favor del reo empleando el soborno, pero poco después Gabinio volvería a ser encausado, en esta ocasión con motivo de su desastroso gobierno al frente de la provincia de Siria, y parece que en esta ocasión el romano subestimó al tribunal, al que ni tan siquiera tomará la molestia de comprar, a la espera de -creía él- su segura absolución.49 Ahora Pompeyo, fuera de la ciudad -como procónsul aún no podía penetrar en ella- no podía persuadir directamente a parte del tribunal. Curiosamente, Cicerón, quien en el anterior proceso participase muy activamente en la acusación a Gabinio, se empleará en defenderlo en el presente animado por Pompeyo.50 César también tratará de apoyar al reo enviando cartas a Pompeyo para que este las lea públicamente.51
Y precisamente pretendemos volver ahora a César y a su actividad bélica en la Galia. Con sus cartas, César apoyaba a Gabinio y su salida de la provincia asignada, así como también su guerra relámpago en Egipto, emprendida ilegalmente. Pero ¿hizo lo propio César en la Galia? Entrando ahora de lleno en el conflicto con los helvecios, si ya habíamos señalado que esta guerra fue desatada sin mandato alguno desde Roma, incluiremos ahora que César, al igual que hiciese Gabinio, abandonará su provincia para emprender el ataque sobre el enemigo -enemigo al menos para César-.
Para analizar los hechos recurriremos a una fuente de primerísima mano, el propio César y su de bello Gallico commentarii, si bien, nos mantiene alerta el componente subjetivo en su relato. Ya en el comienzo de su narración, César da cuenta del único motivo que lleva a los helvecios a abandonar sus tierras: la falta de espacio vital.52 No en vano, Dion Casio se referirá a aquel territorio como excesivamente poblado (Ἐλουήτιοι γὰρ πλήθει τε ἀκμάζοντες καὶ χώραν οὐκ αὐτάρκη τῇ πολυανθρωπίᾳ σφῶν ἔχοντες),53 no resultando por ello extraño que Livio describa a las gentes que lo pueblan como nómadas.54 Pero César aparta pronto en su relato el carácter itinerante de este pueblo, su necesidad de recursos, y pasa de inmediato a resaltar su naturaleza profundamente beligerante. Lo describe como superior en valor a los galos,55 capaz asimismo de luchar cotidianamente contra los propios germanos. Sea como fuere, en un momento dado los Helvecios inician un abandono masivo de sus tierras para alcanzar la zona de Aquitania, en el territorio de los sántonos. César es informado de la inminente marcha cuando aún se encuentra en Roma sin partir a su provincia, y de inmediato se dirige a la Galia Narbonense.56 Los helvecios tendrían dos únicas opciones de tránsito, dice: o bien por el norte, de manera más compleja, entre eduos y secuanos, o bien por el sur, por la provincia de César, con más fácil tránsito.57 A su llegada a Geneua (actual Ginebra), César ordena cortar el puente que comunica con el territorio helvecio58 y alista de emergencia gran número de efectivos en la provincia.59 En cambio, cuando los helvecios tienen noticias de la llegada de César, deciden enviar a su presencia a los más ilustres embajadores,60 gesto que evidencia la importancia que otorgan al parlamento con los romanos. Más aún, es extraño que César no enviase previamente igualmente una embajada sobre los propios helvecios para conocer sus intenciones, incluso para adelantar su rechazo al tránsito por la provincia. El diálogo o la disuasión no estaban en la mente de César, y parecería irónico, pero la diplomacia restaba tiempo para preparar la guerra. Con su pasividad, César busca precipitar el paso helvecio por la provincia y, sin que aquel pueblo tuviese la menor idea, le estaban entregando una llave para que abriese de par en par las puestas a una guerra abierta en toda la Galia.
Los legados helvecios manifestaron no tener la menor intención de causar daño alguno a los romanos y su provincia, pues únicamente pretendían transitar por ella.61 César escribe que no tenía voluntad de conceder el paso,62 pero ocultó su postura en un primer contacto y fingió la necesidad de deliberar por unos días al respecto.63 Como él mismo reconoce, buscaba ganar tiempo para la llegada de refuerzos,64 desarrollando una actitud profundamente reprobable frente a una embajada que no trae un mensaje beligerante. Resulta curioso que, tiempo después, César llegue a desconfiar de otra embajada, en este caso germana, acusándola precisamente de hacer lo que él ahora hacia con los helvecios, esto es, de mentir para aguardar refuerzos en previsión de un ataque a traición. Volveremos a este episodio con los teutones más adelante. Y continuamos ahora con los helvecios, que vuelven puntualmente en la fecha establecida por César para conocer su decisión final, o lo que es lo mismo, para asistir al final de su falacia. Les indica ahora que la costumbre romana le impide conceder el paso por la provincia, de forma que, si intentan contravenir este punto, actuará: negat se more et exemplo populi Romani posse iter ulli per prouinciam dare et, si uim lacere conentur, prohibiturum ostendit.65 Para entonces César había dispuesto un sistema defensivo para cortar el paso a la provincia.66 Los helvecios tratarán pese a todo de cruzar la provincia vadeando los sistemas defensivos romanos, siempre sin una actitud atacante, pero siendo rechazados por los artefactos romanos, desisten.
Hasta este punto, simulando no conocer lo que en adelante habría de suceder, aún podríamos defender tenuemente la actitud de César67 como la propia de quien se defiende de una invasión, pues ha creado unas defensas para evitar el paso helvético. Bien es cierto que la manera en que engaña y traiciona a la embajada helvecia ofrece poco margen para hablar de un “ejercicio del deber” por parte de César en sus acciones. Y ello cuando inicia una escalada bélica, con alistamientos de emergencia y gran movimiento de tropas incluidos, sin dan menor aviso a Roma. César guardaba silencio de sus propias ilegalidades en la misma forma en que lo guardara Gabinio tras su marcha a Egipto. Pero sí sería razonable afirmar que César había salvaguardado la integridad territorial de su provincia, a cuya custodia estaba encomendado, frente a un pueblo que en masa pretendía cruzar el territorio. Si ello hubiese sido así ¿cómo se puede explicar que César, habiendo desistido el pueblo en cuestión de su paso por la Galia romana, decida a continuación entrar en persecución del mismo para abrir una batalla no declarada por Roma, abandonando además su provincia? Esto será precisamente lo que suceda cuando los helvecios se dispongan a emplear la segunda opción de tránsito: parten al norte, entre eduos y secuanos. César, que ha de buscar una excusa para desatar el ataque, afirma lo siguiente:
intellegebat magno cum periculo prouinciae futurum ut homines bellicosos, populi Romani inimicos, locis patentibus maximaeque frumentariis finitimos haberet.68
Pero, insistimos ¿podían constituir los helvecios por entonces, cuando se estaban alejando de la provincia, un peligro para la misma? Dion Casio, que a buen seguro tiene como fuente principal (si no única) para su propia narración a César y su obra, refiere también la preocupación por la provincia, y en concreto por la ciudad de Tolosa, ubicada junto al territorio de los sántonos, pues dice, César temía que los helvecios la atacasen en su travesía.69 Hecho este un tanto difícil cuando les separaba una distancia de unos doscientos kilómetros. Es igualmente Dion Casio quien da cuenta de cómo los helvecios habían pedido permiso a eduos y secuanos para cruzar su territorio sin causar daños: ἐφ᾽ ᾧ μηδὲν ἀδικηθῶσι, παρεχόντων διιόντες οὐκ ἐνέμειναν τοῖς ὡμολογημένοις, ἀλλὰ τὴν χώραν αὐτῶν ἐλεηλάτουν.70 Desconociendo si César fue o no conocedor de ello, o si acaso le hubiese importado, el general marchó nueva y presurosamente a Italia para disponer de cinco legiones adicionales. A su vuelta, César escribe que los helvecios estaban saqueando los campos de eduos y secuanos, pues habían llegado embajadores de aquellos pueblos pidiendo el auxilio romano.71 Ambadros y alóbroges terminarán haciendo otro tanto, siempre según el relato de César, quien parece ahora querer cimentar expeditivamente una justificación al ataque que está a punto de emprender. El fugaz viaje a Italia para dotarse de las cinco legiones es relatado por César con anterioridad a la mención de las embajadas de auxilio de los pueblos galos, por lo que hemos de entender que la guerra estaba en pleno trámite ya cuando llegan eduos y secuanos implorantes a su presencia. De igual forma, César también había dejado previo testimonio del principal fundamento en su inminente empresa bélica: la seguridad de su propia provincia, por poco creíble que ello deba parecer. En suma, no parece que las embajadas galas de auxilio llevasen a César a intervenir. Ni tan siquiera podemos afirmar que tales legaciones hubiesen existido como tal. Es importante recordar que tanto eduos como secuanos apenas mantenían por entonces contacto con los romanos y, difícilmente podemos pensar que hubiese aún por entonces suscrito un tratado de amistad con Roma. El caso es que César incluía una excusa más para su ataque.
La ofensiva romana se precipita cuando se conoce que, en su avance y alejamiento hacia el norte, los helvecios han cruzado a tres cuartas partes de su comitiva por el Río Arar. Únicamente quedaba por cruzar la tribu de los tigurinos, la misma que medio siglo atrás, en el 107 a.C., había dado muerte al cónsul Lucio Casio y derrotado a su ejército en la batalla frente a Burdigala (actual Burdeos), haciendo tras ello pasar humillantemente a los vencidos bajo el yugo.72 Ya con anterioridad en su relato, César había recordado que esta derrota, pesando aún en su mente,73 le había llevado a negar el paso a los helvecios. Una justificación más que sumamos al resto, pues, si bien no se ha de negar que César, como romano y como militar, sintiese irritación y pesar por aquellos hechos, parece que, pasado ya medio siglo de aquella derrota, no resulta convincente que fuese aquélla motivo de peso para emprender ningún conflicto. Pero resultaba tentador sumarla a la causa.
Finalmente, los tigurinos fueron atacados y derrotados.74 El resto de comitiva será luego finalmente derrotada y mandará una embajada final frente a César.75 Este les pedirá rehenes como única forma de detener el ataque. Se le contesta que los helvecios acostumbran a recibirlos, no a darlos.76 La respuesta es soberbia, pero hemos de entenderla en un contexto de abierta provocación y un intento de humillación. Sin duda, César no quería rehén alguno, ni menos aún que su campaña sobre los helvecios se detuviese entonces para dar paso al parlamento. César únicamente perseguía vencer a este pueblo en el campo de batalla. Acababa de atacarlo por la espalda cuando precisamente se alejaba de la provincia romana, tal y como César supuestamente deseaba, y ahora el romano quería rehenes cuando los helvecios no habían dado motivo alguno para su entrega. Los contactos no fructifican en acuerdo alguno y, un día después, la caballería romana es puesta en fuga por los helvecios, hecho que precipita a los últimos a lanzar un contraataque general contra los romanos cuando las tropas de César se desvían transitoriamente a por víveres, malinterpretando entonces el enemigo que los romanos estaban huyendo. Plutarco refiere que lo que siguió fue una masacre, pues los helvecios no eran en su totalidad soldados, sino solo una parte a la que además acompañaban mujeres o niños. Todos juntos, también los últimos, combatieron contra los romanos, pereciendo masacrada en su mayoría:
χρόνῳ δὲ καὶ χαλεπῶς ὠσάμενος τὸ μάχιμον περὶ ταῖς ἁμάξαις καὶ τῷ χάρακι τὸν πλεῖστον ἔσχε πόνον, οὐκ αὑτῶν μόνων ὑφισταμένων ἐκεῖ καὶ μαχομένων, ἀλλὰ καὶ παῖδες αὑτῶν καὶ γυναῖκες ἀμυνόμενοι μέχρι θανάτου συγκατεκόπησαν, ὥστε τὴν μάχην μόλις εἰς μέσας νύκτας τελευτῆσαι.77
La derrota fue absoluta y llevó al envío de una última embajada ante César para comunicar la rendición.78 César les ordeno volver a sus tierras, ante el temor de que estas fuesen ocupadas en su ausencia por los germanos.79
Las acciones de Gabinio y César se asemejan enormemente, pues ambos habían emprendido una guerra sin la preceptiva autorización del senado y el pueblo romanos, e igualmente ambos habían abandonado a tal fin sus respectivas provincias, pues así como Gabinio viajó nada menos que de Siria a Egipto, César no dudó en entrar en persecución de los helvecios por el interior de la Galia no romana, abandonando para ello la Galia Cisalpina. Únicamente hallaremos diferencias en las motivaciones de uno y otro, pues si a Gabinio le movía el inmediato soborno o, no lo olvidemos, la propia presión de Pompeyo, a César le inspiraba una ambición difícilmente parangonable. En suma, existían motivos ya más que suficientes para enjuiciar a César del mismo modo en que se había procedido con Gabinio. Bien es cierto que parece poco creíble que su poderosa alianza con Pompeyo y Craso diese pie a tal juicio, pues el propio Gabinio resultó finalmente absuelto por aquella causa gracias a diferentes corruptelas. En cambio, los apoyos de César tenderán a desaparecer a medida que su poder en la Galia se acrecienta, y por ello, poco a poco su posición pasa a ser menos inviolable. Hemos recordado las palabras de Suetonio y su referencia a una embajada senatorial en a la Galia para tomar conocimiento de las injusticias cometidas por César allí ¿fue enviada tal legación al finalizar el conflicto helvecio? Cuestión esta difícil de conocer hoy.
GUERRA ILEGÍTIMA SOBRE GERMANOS
Avancemos ahora en el tiempo hasta el año 55 a.C. César había iniciado tras el conflicto helvecio una serie de campañas que le habían llevado a un control aparente de toda la Galia.80 Pero ahora, el romano está a las puertas de otro conflicto que ya en su época las fuentes reflejaron con polémica, por su dudosa legalidad. El episodio guarda notables similitudes con el vivido frente a los helvecios. En esta ocasión serán dos pueblos germanos, los usípetes y los téctenos, quienes decidirán partir de Germania para ocupar tierras de la Galia.81 César tiene noticia de esta migración cuando se encuentra en los cuarteles de invierno de la Galia Cisalpina, pero marcha de inmediato a las riberas del Rin para interceptar a la fuerza teutona. Cuando los germanos conocen la proximidad de César acuden de inmediato en embajada a su presencia.82 Vemos cómo hasta en sus primeros pasos el relato se asemeja al helvético. Los embajadores comunican que no tienen la menor intención de desarrollar un conflicto con los romanos,83 pero advierten igualmente que se defenderán frente a todo ataque. Asimismo, comunican a César haber sido expulsados de su patria,84 y piden finalmente la amistad de los romanos.85 César, quien responde negativamente en un primer momento, afirmando que no podrán ser amigos si deciden permanecer en la orilla gala del Rin, les propone a continuación tornar a Germania e instalarse en el pueblo de los ubios, tribu amiga de César.86 Los germanos propusieron a César tres días para deliberar sobre la propuesta, y también le pidieron -le rogaron- que no avanzase más con su ejército sobre su campamento.87 César dejó escrita su desconfianza ante el plazo solicitado por los germanos, pues afirmaba, estos estaban a la espera de recibir a parte de su caballería, que había salido días atrás en busca de víveres (entiende César, para preparar la guerra). Sin embargo, en el pasado conflicto con los helvecios fue el propio César quien se valió de un falso plazo de deliberación para aguardar refuerzos. Poco más que decir.
En el transcurso de los tres días que César terminó concediendo para la deliberación germana, sus tropas siguieron acercándose peligrosamente al grueso de la comitiva teutona. Por ello, al retorno de la embajada los germanos imploran una vez más a César que detenga su avance,88 ello en vano. Respecto del asunto de su posible ingreso en el territorio de los ubios, los embajadores se muestran favorables, pero piden a César que antes se les permita enviar una legación ante los propios jefes ubios para que estos juren un acuerdo de hospitalidad que respalde lo dicho por César.89 La petición parecía no sólo correcta y acorde a lo que el mismo César deseaba, sino que, más aún, era muestra de las buenas intenciones de los germanos. Pero César no se pronunció entonces, emplazando a los embajadores para el día próximo, cuando se volvería a valorar nuevamente la cuestión.
Casi de inmediato se produce un choque entre las caballerías romana y germana, parece que por instigación de los últimos. Mueren setenta y tres jinetes romanos y el resto de la caballería, unos cinco mil hombres, son puestos a la fuga por ochocientos jinetes teutones.90 Al día siguiente una gran embajada germana encabezada por los más notables y ancianos jefes usípetes y secuanos acude ante César:
quod postridie eius diei mane eadem et perfidia et simulatione usi Germani frequentes, omnibus principibus maioribusque natu adhibitis, ad eum in castra uenerunt.91
El propio César deja escrito que pretendían mostrar sus disculpas por haber iniciado un combate: simul, ut dicebatur, sui purgandi causa, quod contra atque esset dictum et ipsi petissent, proelium pridie commisissent.92 Dion Casio es más explícito y refiere que los ancianos germanos, en contra del parecer de los más jóvenes del campamento, decidieron acudir ante César para suplicar su perdón, exponiéndose incluso para que sobre ellos cayese cualquier responsabilidad y culpa.93 Ciertamente, el relato de Casio tiende a restar dramatismo al choque entre caballerías, responsabilizando del mismo a un pequeño grupo de jóvenes y exaltados jinetes.94 Sea como fuere, César mandó retener a los legados germanos.95 Pero ¿llegó a capturarlos en sentido literal, prohibiendo su partida, o pudo simplemente volver al engaño para retrasar su vuelta al campamento germano? Es decir, pudo entretenerlos más que retenerlos. Dion Casio menciona este supuesto: César había dejado en su campamento a los embajadores bajo el engaño de pretender considerar sus súplicas de perdón (Ὁ δὲ τούτους μὲν, ὡς καὶ ἀπόκρισίν τινα αὐτοῖς οὐκ ἐς μακρὰν δώσων, κατέσχεν).96 Es posible que ello sea cierto, buscando César practicar de inmediato, como así hizo, un ataque sorpresa sobre los germanos, y en tal sentido afirma Casio que los jóvenes teutones dormían tranquilamente en el momento de producirse la ofensiva romana, pues sabían que sus ancianos se encontraban parlamentando con César.97 Efectivamente, el propio general escribe que su ataque sorprendió al campamento germano totalmente desprevenido (prius ad hostium castra peruenit quam quid ageretur Germani sentire possent).98 A la sorpresa por la irrupción romana siguió el temor y el caos.99 No en vano, inmediatamente antes de iniciarse el ataque las tropas romanas estaban estacionadas a tan solo ocho millas100 del campamento germano. Lógicamente, los últimos eran conocedores de la muy cercana ubicación de los primeros, y si aun así el ataque les cogió totalmente desprevenidos, ello sólo se explica porque no había motivo alguno para el mismo. Habría sido absurdo pensar que los varones germanos durmiesen plácidamente desprotegiendo a mujeres y niños, si fuese siquiera imaginable algún tipo de ataque. No cabe duda, a tenor del contexto de total sorpresa en que se desarrolla el ataque, de que César utilizó a la embajada para, a través de su retención, dotar a los germanos de una mayor tranquilidad: los romanos jamás atacarían en el momento en que una embajada estaba parlamentando con ellos. Se equivocaron, pues César traicionó la costumbre existente entre los pueblos que entendía las embajadas como un momento de tregua. Plutarco se expresa claramente en este sentido cuando afirma que César atacó a los germanos pese a haber acordado con estos una tregua previamente, masacrando así nada menos que a trescientas mil almas:
τοῦ δὲ Καίσαρος ἐμβαλόντος εἰς ἔθνη μάχιμα καὶ παραβόλως κρατήσαντος, Γερμανοῖς δὲ καὶ σπονδῶν γενομένων δοκοῦντος ἐπιθέσθαι καὶ καταβαλεῖν τριάκοντα μυριάδας.101
Las noticias de la victoria llegaron pronto a Roma, y el senado decretó la celebración de juegos.102 Pero Catón, según cuenta Plutarco, contrario a cualquier celebración por lo ocurrido en la Galia, pidió la entrega de César a los mismos bárbaros para que la ciudad de Roma pudiese expiar la culpa de haber violado una tregua:
Τανύσιος δὲ λέγει Κάτωνα τῆς βουλῆς ἐπὶ τῇ νίκῃ ψηφιζομένης ἑορτὰς Καὶ θυσίας ἀποφήνασθαι γνώμην ὡς ἐκδοτέον ἐστὶ τὸν Καίσαρα τοῖς βαρβάροις, ἀφοσιουμένους τὸ παρασπόνδημα ὑπὲρ τῆς πόλεως Καὶ τὴν ἀρὰν εἰς τὸν αἴτιον τρέποντας.103
Apiano se expresa en igual sentido, señalando que Catón pedía la entrega de César, pues era responsable del crimen cometido sobre un pueblo que únicamente pretendía negociar:
Κάτωνά τε ἐν Ῥώμῃ τῶν τις συγγραφέων φησὶ γνώμην ἐσενεγκεῖν, ἐκδοῦναι τοῖς βαρβάροις τὸν Καίσαρα ὡς ἐναγὲς ἔργον ἐς διαπρεσβευσαμένους ἐργασάμενον.104
César debió sentir preocupación, pues una vez conoció la denuncia pública de Catón, también públicamente se preocupó de que se diese lectura a una carta suya ante el senado. En ella no iba más allá de la mera descalificación personal hacia la persona de Catón.105 El aludido respondió ante los patres tratando de abrir los ojos (lo venía haciendo desde años atrás) respecto de las verdaderas intenciones de César y los peligros que se cernían sobre la República. En cambio, pese a que el ambiente comenzaba a ser más propicio a las críticas a César, en relación a la petición de entrega del general a los germanos nada se acabó acordando. Sí se comenzó a hablar entonces de la necesidad de dotar de sustituto a César en la Galia,106 sin duda un signo de la pérdida de influencia que el general comenzaba a sufrir en Roma, y más concretamente en la curia, pues en las calles existía ya entre la plebe una importante masa favorable a César. Su número y acciones eran ya tales que llegaban a intimidar al propio Senado.107
Para comprender mejor la petición de entrega efectuada por Catón debemos acudir a otro suceso ocurrido en Roma siglos atrás en el tiempo, pero que guarda importantes similitudes con el presente caso. Nos situamos nada menos que en el 391 a.C., año en que los galos han invadido Italia y asolan, entre otros, los campos de los clusinos, pueblo etrusco aliado de los romanos. Luego de pedir auxilio a los últimos, Roma envía una embajada108 ante los galos. Dirige la legación Quinto Fabio,109 quien representa a los aliados para lograr el fin de las hostilidades. Los galos avalan la opción de la embajada y el parlamento, pero piden que se les concedan algunas tierras de los clusinos.110 Los romanos responden preguntando en qué se basan los galos para reclamar tierras que ya tienen un poseedor,111 sentenciando: quid in Etruria rei Gallis esset?112 En ese momento, dice Livio, los embajadores, temiendo el peligro que ya se ceñía sobre la misma Roma, deciden tomar las armas y con ello atentar contra el derecho de gentes:
ibi iam urgentibus Romanam urben fatis legati contra ius Gentium arma capiunt.113
Quinto Fabio había salido al galope para atravesar con su lanza a uno de los jefes galos,114 y cuando los galos comprobaron que era miembro de la legación,115 decidieron acudir ante el senado de Roma. Pues, pese a sopesar entonces iniciar una guerra contra los propios romanos en respuesta, terminó imperando una postura más atemperada que pasaba por la petición de reparación ante la violación del derecho de gentes:
uicere seniores, ut legati prius mitterentur questum iniurias postulatumque ut pro iure Gentium uiolato Fabii dederentur.116
No en vano, su legitimidad era tal que el propio senado romano, disgustado con la acción de Fabio, se mostraba favorable a su entrega a los galos.117 En cambio, optó por dar al pueblo la última palabra y la asamblea popular se mostró contraria a la entrega. Los galos marcharon de vuelta sin haber obtenido al romano y comenzaron los preparativos para una guerra. Plutarco incluye una información que nos es de gran interés en relación a la petición de entrega efectuada por Catón. Los sacerdotes feciales118 habían conminado igualmente al senado para que entregase a Fabio a los galos:
ἐνταῦθα τὴν μὲν σύγκλητον οἱ Φιτιαλεῖς ἔπειθον ἐκδιδόναι τὸν ἄνδρα τοῖς Κελτοῖς.119
Otro pasaje, en que se da cuenta de la motivación fecial para la entrega, se asemeja en su contenido a lo dicho siglos después por Catón:
ἐν δὲ Ῥώμῃ τῆς βουλῆς συναχθείσης ἄλλοι τε πολλοὶ τοῦ Φαβίου κατηγόρουν, καὶ τῶν ἱερέων οἱ καλούμενοι Φητιαλεῖς ἐνῆγον ἐπιθειάζοντες καὶ κελεύοντες τὸ τῶν πεπραγμένων ἄγος τήν σύγκλητον εἰς ἕνα τὸν αἴτιον τρέψασαν ὑπὲρ τῶν ἄλλων ἀφοσιώσασθαι.120
Unos y otro hablan de la necesidad de purificar (ἀφοσιόω) la ciudad de Roma. En ambos casos, primero frente a los galos y luego ante los germanos, se había perpetrado un ataque de forma injustificada. En cuanto a Fabio y los galos el daño es palpable, pues supuso el atentado de parte de un embajador hacia un pueblo que ni tan siquiera está en guerra con Roma. Fue un ataque a traición, perpetrado en el abuso de la confianza que otorga una embajada y el propio derecho de gentes. En el caso de César, si bien no se habría atentado físicamente contra los legados germanos, estos sí fueron retenidos, ya sea por engaño o mediante intimidación, violando además un estado de tregua para a continuación atacar, igualmente a traición, al campamento germano, que no se puede tachar de enemigo, pues eran precisamente los romanos quienes acosaban y seguían los pasos de los teutones, muy probablemente para provocar una respuesta violenta, como así sucedió en el choque de ambas caballerías. César violó también el derecho de gentes cuando cayó sobre un campamento que dormía en la tranquilidad de estar en plenas negociaciones con los romanos.
Los feciales eran competentes en la violación del derecho de gentes por parte de un romano, y en general, en diferentes asuntos referidos a los protocolos de guerra con otros pueblos.121 Pues tal como señala Cicerón, las leyes feciales romanas prescribían que sólo eran justas aquellas guerras iniciadas tras la preceptiva reclamación al enemigo, o aquellas que habían sido formalmente anunciadas y declaradas:
ac belli quidem aequitas sanctissime fetiali populi Romani iure perscripta est. ex quo intellegi potest nullum bellum esse iustum, nisi quod aut rebus repetitis geratur aut denuntiatum ante sit et indictum.122
Desde la óptica romana el inicio de una guerra requería un procedimiento de aprobación previo, y Fabio y su temerario comportamiento habían dado a los galos motivos para emprender una guerra unilateral contra Roma. En cambio, eran conocedores de cómo el derecho de gentes contemplaba como reparación la entrega del violador, y por ello acudieron a reclamar a Fabio. Esta costumbre de entrega estaba inserta en el ordenamiento romano a través del ius fetiale. Y es obligado aquí acudir nuevamente a Cicerón, quien al hablar de la entrega de Régulo a los cartagineses durante la Primera Guerra Púnica escribe que aquel conflicto se resolvió de acuerdo con la justicia y las leyes, según lo dispuesto en el derecho fecial.123 El orador afirma: sin este marco legal el senado jamás habría entregado a los enemigos varones ilustres romanos:
cum iusto enim et legitimo hoste res gerebatur, aduersus quem at totum ius fetiale et multa sunt iura communia. quod ni ita esset, numquam claros uiros senatus uinctos hostibus dedidisset.124
Disponemos de varios ejemplos de la entrega de insignes romanos al enemigo. En el 321 a.C. los samnitas hicieron pasar a los romanos bajo el yugo tras la derrota de Espurio Postumio Albino y Tito Veturio Calvino en el desfiladero de las Horcas Caudinas. Al tiempo, forzaron al cónsul a firmar una paz desigual pese a que los cónsules habían advertido al enemigo que no era posible formalizar tal tratado sin el mandato del pueblo, sin la presencia fecial y el resto del ritual previsto.125 No se había llegado entonces más que a una mera promesa.126 No en vano, señala Livio, si el tratado hubiese tenido la categoría de tal, únicamente habrían estado consignados en él los feciales.127 Así, a la llegada de Espurio a Roma se le acusa de haber acordado una paz ignominiosa,128 y el propio general reconoce haber acordado una paz sin el mandato del pueblo romano,129 pidiendo que sean los feciales quienes lo entreguen, apartando así al pueblo romano de cualquier castigo divino, y dando igualmente motivo para emprender una nueva guerra justa y pía:
dedamur per fetialis nudi uinctique; exsoluemus religione populum, si qua obligauimus, ne quid diuini humaniue obstet quo minus iustum piamque de integro ireatur bellum.130
Si volvemos nuevamente sobre la petición hecha por Catón, esto es, la entrega al enemigo del culpable de haber emprendido una guerra injusta para aplacar así la ira divina sobre la ciudad de Roma, entenderemos ya plenamente que el político republicano estaba adoptando una postura perfectamente encuadrable dentro del marco político-institucional romano. Espurio fue enviado por los sacerdotes al Samni,131 pese a que finalmente no se aceptase su entrega. Como tampoco aceptarán los numantinos en el 136 a.C. la entrega del cónsul Gayo Mancino que, en un escenario similar al de Caudio, había sido derrotado por los hispanos y, tras pasar con su ejército bajo el yugo, había sido obligado a firmar una paz ignominiosa, sin la autorización del senado romano.132 La noticia del tratado provocó hondo malestar en Roma, y Mancino fue llevado a juicio a la ciudad bajo escolta de embajadores numantinos.133 El senado terminó decretando por senadoconsulto la entrega de Mancino a los numantinos bajo la custodia fecial,134 no siendo su entrega aceptada.
Los sacerdotes feciales también eran responsables de la entrega de romanos como maltratadores de embajadores extranjeros. Es célebre la embajada enviada por Cartago a Roma en el 187 a.C., cuando sus integrantes fueron agredidos por Lucio Minucio y Lucio Manlio. De inmediato el senado ordenó al pretor Marco Claudio el envío de los agresores a Cartago bajo la custodia fecial, y sin retorno posible:
aduersus eosdem hostes pacem fidem in iure legationis tuendo patres conscripti exhibuere: M. enim Aemilio Lepido, L. Flaminio consulibus L. Minucium et L. Manlium Karthaginiensium legatis, quia manus his attulerant, per fetiales a M. Claudio praetore dedendos curauerunt.135
Tiempo antes, en el 266 a.C. se había vivido una situación similar, pues los feciales hubieron de entregar a la ciudad de Apolonia a los ediles Quinto Fabio y Gneo Apronio por haber atacado en Roma a embajadores de aquella ciudad:136
legatos ab urbe Apollonia Roman missos Q. Fabius, Cn. Apronius aedilicii orta contentione pulsauerunt. quod ubi conperit, continuo cos per fetiales legatis dedidit…137
En suma, había precedentes más que sobrados para que César pudiese ser igualmente entregado, necesariamente a través de feciales, al enemigo germano. Había retenido a una embajada de jefes teutones, y aun no existiendo una agresión física, el mero secuestro, ya fuese a través de engaño o por la fuerza, atentaba por sí solo contra la dignidad, integridad, y también desempeño, de los emisarios. Como telón de fondo a los hechos encontramos una situación de tregua y la rotura unilateral y a traición de la misma a través de un ataque totalmente ilegal para el propio sistema de gobierno romano, pues César no estaba legitimado como gobernador para emprender guerras sin autorización del Estado romano, y mucho menos fuera de su ya lejana provincia (Galia Cisalpina). Menos si cabe sobre un pueblo que no estaba entonces en armas contra Roma. El caso es que César temía realmente ser procesado a su vuelta de la Galia, pues tras finalizar su segundo mandato de cinco años al frente de la Galia, el ambiente en Roma hacía tiempo que había venido enrareciéndose para sus intereses, hasta el punto de perder buena parte del apoyo senatorial al compás con que Pompeyo se alejaba del propio César, quien victorioso, era ahora igualmente temible e impredecible. En este sentido, Suetonio refiere el miedo de César a un posible procesamiento, si bien centra las causas en su actuación durante el consulado previo a la Galia, cuando había actuado contra los auspicios, la ley y los magistrados.138 Suetonio cita expresamente a Catón, que afirmaba tener intención de presentar una acusación sobre César en el preciso momento en que este hubiese licenciado a su ejército (cum M. Cato identidem nec sine iure iurando denuntiaret delatorum se nomen eius, simul ac primum exercitum dimisisset).139 Pero incluye, cuando César venció finalmente a sus oponentes en Farsalia, y según dice Asinio Polión, comunicó a los supervivientes que, de no haber sido por su ejército, ya habría sido condenado:
“hoc uoluerunt; tantis rebus gestis Gaius Caesar comdemnatus essem, nisi ab exercitu auxilium petissem”.140
Pese a que Suetonio había puesto el foco en su labor consular, cuando refiere la explícita intención de Catón de denunciarlo, no podemos pasar por alto que había sido el mismo Catón quien había denunciado ante la curia el crimen de César sobre los germanos y la necesidad que había de entregar al general a los propios ofendidos para no manchar a Roma con tamaño crimen. Difícilmente podemos pensar que obviase Catón esta denuncia, por otra parte, perfectamente pertinente, legítima y ajustada a derecho. En este sentido, la propia carta de César enviada al senado a raíz de la acusación de Catón puede llevar a sostener con bastante solvencia que César realmente temía ser procesado por los sucesos del Rin a su vuelta a Roma. Quien sabe si también por su exterminio del pueblo helvecio.
CONCLUSIONES
Julio César se ha hecho célebre principalmente por sus dotes políticas, elevada ambición y genio militar. En la fase previa a su asalto a la Galia, César desarrolla una política que combina su carácter carismático ante la plebe con una faceta muy diferenciada en el plano político: su incipiente autoritarismo. Su consulado, el cual encuentra garantías por medio de la previa amistad estratégica con Pompeyo y Craso, es ejemplo constante del anti-republicanismo practicado por César. El romano mantiene una política de perversión del sistema de gobierno vigente a través del engaño, la extorsión, la amenaza o el mero populismo. Catón, personaje antagónico a César, y defensor a ultranza del sistema republicano, critica con dureza a César por tratar de dinamitar el andamiaje del Estado.
Cuando César marcha a la Galia Cisalpina porta consigo su ya característico ejercicio de la ilegalidad. Prontamente decide buscar la guerra con el pueblo helvecio, quien, tratando de cruzar brevemente por la provincia de César, siendo rechazado marcha por otros territorios: César persigue y aniquila incomprensiblemente a trescientos mil hombres y mujeres sin que medie provocación alguna. Tampoco ha recibido para ello ninguna autorización de Roma, y mucho menos ha sido autorizado a abandonar su provincia, cosa que hace impune e imprudentemente. Ambas acciones estaban penadas por las leyes de Roma y exponemos al efecto como ejemplo el caso de Aulo Gabinio, contemporáneo.
En realidad, la entrada en persecución de los helvecios es la excusa que permite a César penetrar en la Galia Transalpina e iniciar su anhelado y personalísimo proyecto expansionista. Y curiosamente allí, junto a las fronteras del Rin César vuelve a masacrar a otro pueblo, germano en esta ocasión, en unas circunstancias muy similares a las vividas en el caso helvético. En esta ocasión César se sirve de una tregua para atacar a traición a dos tribus teutonas hasta su práctico exterminio. La curia de Roma se hace eco de los hechos y surgen voces, con Catón a la cabeza, que piden la entrega de César al enemigo como forma de expiar tan sacrílego atentado al derecho de gentes. Son en concreto los feciales quienes efectivamente se encargan de efectuar la entrega, y exponemos en la publicación diferentes ejemplos al respecto. Catón estaba en lo cierto: César debía ser entregado por feciales al enemigo.
El peso político (y también militar en forma creciente) de César, había venido evitando que este tuviese que responder judicialmente por sus ilegalidades en la Galia. Sin embargo, en el presente artículo podemos constatar que, tanto el derecho romano a nivel general, como el específico derecho fecial, preveían el enjuiciamiento de comportamientos como los llevados a cabo por César, y es evidente también que el general romano llegó a temer un procesamiento a la vuelta de su prolongada gobernación en la Galia.










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