Cuando comencé a leer El manejo del odio, de Nitzan Shoshan, vino a mí la imagen de una visita que hice al Monumento al Voortrekker, en Johannesburgo, en 2006, en el marco de mi trabajo de campo. Ese monumento es un exponente claro del nacionalismo bóer, y por ende, uno de los testimonios visuales del apartheid. Le pregunté al guía, un hombre negro congolés, por qué creía que ese monumento seguía abierto con un apoyo económico del gobierno de Mandela y Mbeki, y sobre todo, por qué seguían yendo los niños en edad escolar de toda Sudáfrica en plena era democrática, y respondió en francés: “si usted fuera sudafricano, le contestaría que lo central es mostrar los testimonios negativos de la historia, porque de eso se aprende. Pero usted es extranjero y merece otra respuesta. El asunto aquí es el odio. Y al odio o se lo administra o se vuelve un monstruo que crece bajo tierra. Y eso el Estado lo sabe”.
El manejo del odio de Nitzan Shoshan es una obra densa, sin complacencias con el lector, escrita con el registro cuidadoso de quien decide reflexionar sobre el lugar que dio origen a la investigación, así como sobre las categorías primarias que permiten salir del sentido común acerca temas tan espinosos como la sombra del holocausto, la inmigración reciente, el racismo rampante, pero en esencia, el retorno posible de lo reprimido por la historia. De hecho, cuando Jacques Derrida reflexiona sobre el fenómeno del racismo en Refiguring the Archive (2002), dice con portentosa tranquilidad que no se trata de explicar cómo retornan los fantasmas, sino de entender cómo han vivido entre nosotros, alimentados por nosotros, sonreído por nosotros, controlados y abismados, una vez más, por nosotros. El subtítulo del libro de Shoshan es un adelanto de la pertinencia contemporánea de su análisis. A lo largo de sus 500 páginas, con un prefacio, un epílogo y nueve capítulos, El manejo del odio constituye un aporte central al trabajo etnográfico de las afecciones, el Estado y lo político.
Por un lado, si hace diez o 15 años las tensiones del imperio poblaban la trayectoria de formación en los seminarios y opciones clave de pensamiento, hoy no podemos sino reconocer la centralidad de la noción de nación para entender las inflexiones sustancialistas de la política y la pasmosa transformación de las estrategias discursivas para canalizar afecciones políticas y apoyo público.
Por otro lado, con un trabajo cuidadoso, entre la buena etnografía, el análisis de coyuntura y la inflexión histórico-política, Shoshan nos introduce en el terreno evanescente de los afectos, la modulación de las afecciones y la importancia crucial que esa modulación adquiere en la construcción cotidiana de los regímenes de estatalidad mediante la administración de las zonas de contacto y las sujeciones políticas. Al comienzo del libro, lanza una frase inquietante: “lejos de reificarse como objeto, el nacionalismo surge como un sujeto dentro de virtualmente cada familia alemana en la forma de ancestros. Aquellos a quienes amamos, consanguíneos nuestros, se convierten de ese modo, con demasiada frecuencia en el material de nuestras pesadillas” (p. 32). Uno de los aciertos más claros del texto, para mí, fue la forma en que trabaja el nacionalismo, no como un “objeto” ni como un “discurso”, ni siquiera como un “acontecimiento”, sino como un campo semiótico, una abigarrada trama de signos que todo el tiempo es moldeada por los actores que comparten el código, que avanzan y retroceden en su forma de concebir su radicalidad, y nunca constituyen un bloque homogéneo de cuerpos abyectos con ideas retrógradas, sino seres que, en su profunda humanidad, reaccionan a la falta, la fragilidad, a lo que Robert Castel llamó “las fórmulas perversas de la desafiliación” (1997: 122).
Shoshan es meticuloso en la escritura: jamás justifica el lenguaje del odio o la precisión quirúrgica del desprecio con la que los jóvenes con los que convive y conversa hablan de los musulmanes o de los “árabes” en general. Tampoco se escuda en la condescendencia empática. La marca presencial del autor, creo, es una marca de escritura: una descarnada y sobria descripción de la vulnerabilidad, la desposesión y la exclusión. Porque Shoshan tampoco recurre a la explicación estructural simple del odio de clase -como las interpretaciones clásicas sobre el ascenso de la derecha bóer en Sudáfrica, con los blancos pobres- ni a la modulación particular del “performativo soberano”, que permitiría comprender una relación diferente entre el lenguaje, el poder del enunciado y el sujeto de la enunciación. No hay excusa para la abyección que haría de ese skinhead en el kugel un ser despreciable sin ningún atributo más que su odio.
Todo eso está presente, pero a Shoshan le interesan los cuerpos en el espacio, la clase afincada en formatos de interacción, los gestos modulados de una derecha extrema que se moldea en la frontera, entre signos que flexibilizan su indexicalidad, su relación con el referente. Los árabes son horribles para esos informantes, pero los jóvenes extremistas se reúnen en algún bar turco porque “en la pequeña Estambul la cerveza sabe mejor”. Sin duda, una de las grandes ventajas de la buena etnografía es escapar, en situaciones como ésta, de lo que Homi Bhabha (2002) llamó “la pulsión escópica” del estereotipo, ésa que indica que lo mostrado del otro no es ni verdad ni mentira, sino incompleto, fragmentario. Para Shoshan, los matices son importantes, no porque esquiven la responsabilidad, sino porque la historizan, la muestran en la crudeza de los procesos. Esto ayuda a comprender una de las frases que aparecen como directriz central del trabajo: “en esta obra entiendo las relaciones afectivas a la vez como objetos y como efectos de gobernanza. Pero también considero a los propios mecanismos de gobernanza como elementos cargados de apuestas afectivas” (p. 27).
La estructura somática de las relaciones es crucial en su análisis, a lo largo de los capítulos: ¿qué ansiedades despierta una mezquita en un barrio clásico de Berlín entre neonacionalistas? ¿Qué instala un puesto de kebabs en una fisonomía naturalizada del espacio que lo vuelve ilegible? ¿Cuál es la eficacia de un Estado que gesta su gobernanza en la opacidad? ¿Cómo se constituye una “espacialización de lo extraño” en tanto topografía movible o sintaxis espacial que hace de la otredad una de las formas difusas del olor, los sabores, las formas edilicias?
Y en una fórmula clave de la producción de frontera que, desde Barth (1976) hasta Edward Said, nos recuerda claramente que la afirmación del yo depende de esa confrontación episódica con la otredad, el autor analiza con detenimiento sus entrevistas para mostrar las modulaciones del rechazo: todo con moderación. No es que odiemos a los griegos, su comida está padrísima, pero bueno, que no sean tantos, que no nos acorralen, que no se desborde. Como en una imagen de El huésped, de Guadalupe Nettel (2006), el pánico de ser colonizado por otro tiende a fragmentar su presencia como amenaza potente y a despertar una paranoia capaz de conectar lo imposible. O bien, como en Esperando a los bárbaros, de John M. Coetzee (2010), cuando la amenaza es la sinécdoque que desplaza cualquier significante icónico de esa barbarie. Nunca se sabe bien a bien en qué está cifrado el barbarismo, pero es el territorio soberano del yo el que se siente constantemente amenazado por una presencia fractal. Esa presencia se hace efectiva sólo cuando se concatenan narrativas, rumores, fragmentos espaciales, indicios vagos. Así trabaja el rompecabezas que Shoshan nos permite divisar: la aparición súbita de estrellas de David; la disposición de la “comida étnica” griega o árabe en Berlín -un punto central en el texto-, percibida por estos jóvenes como un índice de la disposición efectiva de los cuerpos migrantes. Por otra parte, aparecen los relatos de los jóvenes de extrema derecha que, en una reyerta banal, una pelea callejera que incluye apenas golpes, gritos y arengas de himnos particulares, parecen “defender Alemania”, proteger un espíritu de pueblo, convertirse en héroes sacrificiales, apelar a la épica. Quizá también porque, como planteaba Mijail Bajtin (1989), la narrativa épica, a diferencia de la histórica, se construye sin apelar a la reelaboración, la contraparte o el contraargumento. La creación ex nihilo de una épica nacionalista entre los jóvenes parece que les permite mantener no sólo una “utilidad” en medio de la desafiliación, la falta de acceso a recursos del Estado y el sostenimiento de una diferencia sustantiva entre el Este y el Oeste de Alemania, sino también una justificación de existencia más allá de la frontera que distribuye volúmenes y estructuras de capitales -sociales, relacionales, económicos- sobre quiénes pueden y quiénes no pueden hablar y hacer el mundo fenoménico de lo político.
Shoshan tampoco es complaciente consigo mismo. ¿Cómo trabajar con seres que nos resultan repugnantes?, se pregunta. No responde con claridad esta interrogante, pero ofrece una estrategia de escritura no lineal, casi literaria por momentos, que permite al lector, si no la empatía, al menos la posibilidad de leer con sobriedad una subjetividad acorralada, una modulación del yo -no sólo del entrevistado, también del etnógrafo- por los aparatos epistémicos, políticos y administrativos de las posibilidades de existir y acontecer como sujetos, siempre ya sujetados.
A su vez, en este libro, la reificación de la ley y su desplazamiento, así como la distinción peculiar entre público y privado, reformulan las prácticas de lo político desde la sensibilidad etnográfica. Por otro lado, la fuerza de los regímenes de visibilidad, en el capítulo “Visiones nacionales”, se vuelve un núcleo sustancial de análisis para entender el campo de las imágenes como una política de la visualización de la que es imposible sustraer el amplio debate posestructuralista entre ideología y significación, o entre estructura y subjetividad. Aquí el autor vuelve con cuidado al Estado, sus maniobras y sus actos, a las formas menos desnudas de su funcionamiento: “el Estado alemán delinea con cuidado los términos de la visibilidad nacional, esforzándose por incitar y habilitar performances visuales de un nuevo nacionalismo alemán, oficialmente apoyado, al tiempo que lucha por mantener una fuerte sujeción sobre las formas que tales performances toman” (p. 407). Este control y la gestión de paisajes heterotópicos, como les llama Shoshan en referencia a la conocida conferencia de Michel Foucault (1999), se tratan en el texto con particular perspicacia: desde la forma, se gestiona el nacionalismo alemán, se intenta decantarlo de su fantasma nacional-socialista, se le pretende domesticado bajo el virtuosismo de la solidaridad y la gentileza. Una vez más, en regímenes apenas suturados por modulaciones de gobernanza, aparece la salvedad de la observación de Ernest Renan (2010): la nación es, sobre todo, el olvido de lo que la llevó a ser. Por eso, como recuerda Shoshan en el epílogo del libro, “la ‘cosa’ extremista de derecha y otros remanentes y recordatorios contemporáneos del pasado nacional habilitan toda una política del manejo afectivo que es al mismo tiempo, también, una política de la memoria y un proyecto de construcción de nación” (p. 466).
El manejo del odio es, creo, un aporte central a la comprensión contemporánea de las modulaciones de lo nacional, del avance sustantivo, pero a la vez particular, de las formas de la derecha como una política de las afecciones. También es, sin duda, un texto que desafía las nociones más clásicas de la antropología sobre el lugar del investigador, la ética y la infamación, y sobre los límites de la implicación etnográfica.










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