Los célebres versos finales de la Tebaida de Estacio (XII, 810-819) fueron trasladados al castellano en la primera mitad del siglo XV por don Enrique de Villena,1 y en el último tercio del XVI comenzó Juan de Arjona la traducción del poema entero en octavas reales que, después de que este hubiera concluido los libros I-IX, terminó Gregorio Morillo hacia 1618.2 Desde entonces no se había contado en el ámbito hispanohablante con ninguna otra traducción completa de la Tebaida, y esta carencia se había ido haciendo especialmente notable en las últimas décadas por cuanto contrastaba con la creciente proliferación de versiones a otras lenguas modernas: una al francés -la de Roger Lesueur (1990-1994)-, dos al alemán - las de Otto Schönberger (1998) y Hermann Rupprecht (2000) -, tres al italiano -las de Antonio Traglia y Giuseppe Aricò (1980)), Giovanna Faranda Villa (1998) y Laura Micozzi (2010)- y seis al inglés -las de A. D. Melville (1992), David R. Shackleton Bailey (2003), Charles S. Ross (2004), Annabel L. Ritchie (2007),3 Jane W. Joyce (2008) y Anthony S.Kline (2013) -. Así pues, la traducción llevada ahora a cabo para la colección “El libro de bolsillo” de Alianza Editorial por Rosa María Agudo Cubas, autora de la versión española de las Vidas de los doce Césares de Suetonio publicada en 2002 por la Biblioteca Clásica Gredos, ha venido a colmar un vacío que hasta ahora sólo en parte habían remediado los traslados de los libros I y VII respectivamente ofrecidos por Cecilia Criado (2019) y por Juan José Marcos (2019a).
La traducción se ha basado en el texto latino de John H. Mozley (1928), reemplazado hace veinte años en la Loeb Classical Library por una nueva edición -la de Shakleton Bailey- en la que se percibía ya la tendencia a la corrección ope ingenii que iba a ser llevada a extremos ciertamente llamativos por John Hall (2007). Y esto hace que, en algún punto, el texto español de Agudo se remita a un original latino que, a nuestro juicio, es preferible al de Shackleton Bailey, al de Hall y aun al de Donald E. Hill (1996), como sucede cuando en I, 10 mantiene el Tyrios transmitido por la gran mayoría de los códices en lugar de introducir el Tyriis presente sólo en cinco recentiores y propuesto como corrección -en nota y con cautela- por Gronovius (1653):
Del texto de Mozley discrepa la traductora en tan sólo cinco ocasiones (p. 42), tomando siempre las variantes del aparato crítico del propio Mozley y encuadrándolas en la concepción bipartita de la tradición manuscrita que desde Otto Mueller (1870) venía oponiendo el testimonio del Parisinus Latinus 8051 o “Puteaneus” (P) al del resto de códices (ω), seriamente cuestionada por Hall.4 Recurre, sin embargo, a Hill al corregir la puntuación que para XI, 245 había propuesto Mozley, quien cerraba las comillas al final de este verso. Pero, mientras que tanto Hill como Shackleton Bailey atribuyen la exclamación contenida en XI, 248-249 al mensajero Épito, Agudo (p. 467, n. 46) la adjudica a Polinices apartándose asimismo de Hall, que se la asigna a Eteocles:
La independencia de Agudo con respecto a Mozley es, por lo demás, evidente en cuanto a la influencia que la versión inglesa hubiera podido ejercer sobre la española, pues esta difiere notablemente de aquella en pasajes difíciles como el constituido por el primi ... maris de V, 346-347:
illis in Scythicum Borean iter oraque primi
Cyaneis artata maris.
Towards Scythian Boreas were they voyaging and the mouth of the unattempted sea that the Cyanean rocks hold fast.
Rumbo al Bóreas escítico iban ellos, y antes a la entrada
del ponto cerrada por las islas Cianeas.
Merece, por otra parte, señalarse que en algunos lugares Agudo ha entendido el latín de Estacio mejor de lo que lo había hecho Arjona, como ocurre cuando traduce atque adeo tuleram (I, 219) por “si hasta he sufrido” -fren te al “por esto tuve tanto sufrimiento” de Arjona (lib. I, oct. 63, v. 1)- o necdum ... toti intepuere tori (II, 341-342) por “no se ha entibiado del todo nuestro lecho” -frente al “aun apenas caliente le tenemos” de Arjona (libro II, oct. 107, v. 8)-.
Desde las primeras páginas de la introducción expresa Agudo su voluntad de mantenerse “siempre lo más cerca posible del texto latino, incluso conservando a menudo el orden de palabras” (p. 11), propósito que frecuentemente logra cumplir con feliz éxito. Véase, por ejemplo, el comienzo mismo del poema:
Fraternas acies alternaque regna profanis
decertata odiis sontesque evolvere Thebas,
Pierius menti calor incidit.
Fraternos combates, reinados alternativos con impíos
odios disputados, la culpa de Tebas a narrar me induce
el fuego que las Musas encienden en mi espíritu.
Podría objetarse quizás que el “calor pierio”, más que “encenderse” en la mente del poeta, “cae” o “se precipita” (incidit) sobre esta; o que evolvere, más que “narrar”, significa “desarrollar” -como se desarrolla o desenrolla un rollo de papiro-. Pero, como muy bien reconoce la traductora, el audaz latín de Estacio está lleno de connotaciones que no siempre es dable reproducir al verterlo al español, y que obligan “o bien a extenderse demasiado, convirtiendo la traducción más bien en un comentario o explicación, o plagar de notas la traducción, haciendo su lectura farragosa” (p. 10). Acertadamente ha optado Agudo por la segunda opción del dilema, pues añadir anotaciones que el lector puede o no consultar será siempre preferible a banalizar la densa expresión poética estaciana privándola de estudiadas ambigüedades o laboriosas implicaciones.
La traducción de un texto escrito en verso plantea, claro, un problema que no presentan los textos escritos en prosa, y que fuerza al traductor a decidirse entre trasladarlo en prosa -posibilidad a menudo justificada por afán de fidelidad-, adaptarlo a algún tipo de versificación propio de la lengua de destino -lo cual habitualmente constriñe a quitar o añadir elementos al original- o intentar reproducir de alguna manera en la lengua de destino los ritmos empleados en la lengua de partida. Esta última opción ha dado recientemente muy apreciables resultados en los “hexámetros castellanos” de ritmo silábico-acentual usados por Vicente Cristóbal para traducir los libros I, II y IV de la Eneida,5 mientras que las posibilidades de la prosa han sido ensanchadas en los últimos tiempos por algunas versiones de poemas épicos latinos que, sin someterse a un patrón métrico fijo, intentan evocar los versos originales mediante recursos como la división lineal y el respeto a los encabalgamientos y al orden de palabras.6 A esto ha añadido ahora Agudo una suerte de isosilabismo laxo, trasladando los 9.456 hexámetros de la Tebaida estaciana a 11.044 “líneas versales” que están casi siempre compuestas por dieciocho sílabas -una más del número máximo que admite el hexámetro-, aunque en ocasiones pueden llegar a tener diecinueve o veinte, y que llevan al margen la numeración de los versos latinos que corresponden (p. 11). Y la consecuencia es una lograda versión española que resiste muy bien el cotejo con el latín del original, como puede, por ejemplo, comprobarse en el caso de la sphragís (XII, 810-819):
Durabisne procul dominoque legere superstes,
o mihi bissenos multum vigilata per annos
Thebai? iam certe praesens tibi Fama benignum
strauit iter coepitque novam monstrare futuris.
iam te magnanimus dignatur noscere Caesar,
Itala iam studio discit memoratque iuventus.
uiue, precor; nec tu divinam Aeneida tempta,
sed longe sequere et vestigia semper adora.
mox, tibi si quis adhuc praetendit nubila livor,
occidet, et meriti post me referentur honores.
¿Durarás por largo tiempo y serás leída
sobreviviendo a tu dueño, oh Tebaida mía, objeto absoluto
de mis desvelos por espacio de doce años? Ya ciertamente
la actual Fama te ha tendido un benigno camino y a las gentes
futuras ha comenzado a mostrarte recién nacida. Ya se
digna conocerte el magnánimo César, ya la juventud
itálica con afán te aprende y te recita de memoria.
Vive, ése es mi ruego; mas no intentes competir con la divina
Eneida, sino que síguela de lejos y adora siempre sus
huellas. Luego, si alguna envidia despliega todavía ante ti
sus nublados, desaparecerá, y después de mí te serán
rendidos los debidos honores.
Las notas, aunque se reducen “a las explicaciones estrictamente necesarias para la correcta comprensión del texto por parte del lector no versado en estudios clásicos” (pp. 10-11), resultan perfectamente ilustrativas y adecuadas. Y la introducción trata de manera sintética, pero suficiente, la biografía del autor y la lengua, el estilo, la técnica narrativa y el “universo anímico o espiritual” del poema, así como sus fuentes y modelos y la pervivencia de la que ha gozado -centrándose a este propósito en el Siglo de Oro español-. La siguen una breve nota acerca del texto latino que se ha tomado como base para hacer la traducción y útiles resúmenes del argumento de cada uno de los doce libros.
La publicación de este volumen constituye, pues, una excelente noticia para los lectores interesados en la poesía épica romana, y una valiosa contribución para que se conozca en el amplísimo espacio de habla española una obra que en su lengua original es de difícil acceso aun cuando se tengan nociones de latín.










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