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Estudios de historia novohispana

On-line version ISSN 2448-6922Print version ISSN 0185-2523

Estud. hist. novohisp  n.72 Ciudad de México Jan./Jun. 2025  Epub Apr 29, 2025

https://doi.org/10.22201/iih.24486922e.2025.72.77851 

Reseñas

Daniela Pastor Téllez, Las virreinas. Mujeres y poder en la Nueva España de los siglos XVI y XVII.

Antonio Rubial García* 
http://orcid.org/0000-0002-9370-508X

* Universidad Nacional Autónoma de México (México) Facultad de Filosofía y Letras, arubial@unam.mx

Pastor Téllez, Daniela. Las virreinas. Mujeres y poder en la Nueva España de los siglos XVI y XVII. ., Colección Novohispana 8, México: Bonilla Artigas Editores, 2023. 232 ppp.


Hasta hace medio siglo, la historiografía se había centrado en los grandes procesos históricos y en los personajes protagónicos que habían marcado con su actuación el devenir. Pero a partir de las nuevas corrientes historiográficas, dicha actitud comenzó a cambiar a raíz de los trabajos que se dedicaron a estudiar las mentalidades y a la nueva perspectiva propuesta por la historia cultural y por los llamados “estudios de género”. Con ello se ha dado relevancia a otros actores sociales, en especial a las mujeres.

El libro que hoy reseñamos constituye una aportación en este aspecto y en muchos otros porque nos devela la presencia de las esposas de los virreyes, no sólo en su actuación cotidiana sino también en su perpectiva política. Uno de sus grandes aportes es, por tanto, situar a las virreinas como parte esencial de las redes que, tanto en España como en Nueva España, permitieron el establecimiento del sistema político que dominó los territorios americanos a lo largo de tres siglos.

Los primeros autores que trataron el tema fueron Manuel Romero de Terreros en su obra Bocetos de la vida social en la Nueva España y Manuel Rivera Cambas en el libro Los gobernantes de México...1 El primero de manera más bien anecdótica, mientras el segundo a partir de un análisis de los vínculos familiares de los virreyes, ambos dieron cuenta de la importancia de las virreinas en la vida social y de sus vínculos familiares. De manera tangencial Jorge Ignacio Rubio Mañé, en su monumental trabajo El Virreinato, habló del papel de las virreinas, aunque no les dio protagonismo.2 Sara Sefchovich en La suerte de la consorte. Las esposas de los gobernantes de México. Historia de un olvido y relato de un fracaso, además de remarcar la importancia del estudio del papel de las mujeres de los poderosos, aporta algunos datos interesantes, aunque sus apreciaciones sobre las virreinas que llegaron a México están cargadas de anacronismos y su recuento cronológico contiene varios errores.3 Un tratamiento más acabado sobre el tema se encuentra en un capítulo dedicado a la corte virreinal en el trabajo de Alberto Baena Zapatero, Mujeres novohispanas e identidad criolla (siglos XVI y XVII).4 Por último, en un trabajo más de divulgación, José Luis Curiel ha estudiado en el entorno de la vida cotidiana de la corte.5

Con un análisis pormenorizado de dichos estudios inicia el libro de Daniela Pastor en cuya introducción, además de reseñar obras generales y artículos publicados en revistas, describe las fuentes primarias donde se encuentra la información utilizada. En esa sección, uno de los aspectos que llama la atención sobre la producción historiográfica alrededor de las virreinas novohispanas es que, salvo algún ensayo general, los trabajos difundidos en revistas especializadas se refieren en su mayor parte a casos particulares; es por ello que la visión de conjunto que aporta el trabajo de Pastor Téllez resulta muy novedosa.6 En ese mismo apartado introductorio, la autora expone su propuesta metodológica, que va más allá de la mera prosopografía o de los estudios de género. Para comprender la actuación de estas mujeres tanto en su perspectiva económica y política como en su vida cotidiana, la investigadora considera fundamental situarse en sus diferentes contextos históricos. Por tanto, la estructura de la obra sigue un esquema cronológico que está dividido en cinco etapas:

En la primera (1535-1568), bajo el título “Generación de lazos novohispanos”, analiza la actuación de los tres primeros virreyes de Nueva España así como de sus consortes, todos miembros de familias muy cercanas de los Reyes Católicos y a sus descendientes Carlos V y Felipe II; aunque Antonio de Mendoza llegó a gobernar cuando era viudo y la esposa del virrey Velasco no arribó con él, la inclusión de Catalina de Vargas (difunta esposa del primero) y de Ana de Castilla y Mendoza (consorte del segundo) se justifica por los lazos familiares que influyeron en sus designaciones. Además de las relaciones de parentesco que vincularon a los dos primeros virreyes entre sí, un aspecto central de sus estrategias familiares fue establecer alianzas con las noblezas locales que comenzaban a conformarse en una Nueva España que estaba viviendo el desplazamiento de los encomenderos y la formación de nuevas élites. Esto puede verse en la actuación de Leonor de Mur, esposa del tercer virrey, el marqués de Falces, mujer de la nobleza navarro-aragonesa que testificó a favor de Martín Cortés después de la malhadada rebelión que terminó con el ajusticiamiento de los hermanos Ávila.

El más emblemático en este sentido fue el virrey Luis de Velasco, quien había beneficiado a algunas familias criollas con las que emparentó a su descendencia: a su hija Ana la desposó con el poderoso minero Diego de Ibarra, tío del gobernador de Nueva Vizcaya; a su hijo mayor, Luis de Velasco y Castilla, lo casó con María de Ircio, sobrina del virrey Mendoza emparentada con el clan Cervantes-Andrada-Villanueva, familias que comenzaban a controlar el cabildo de la ciudad de México y a la que pertenecía también Beatriz de Andrada, esposa de Francisco de Velasco, hermano del virrey.

En el segundo apartado (1568-1621) titulado “La burocracia leal a la Corona”, la autora señala cómo la rebelión de Martín Cortés y los fuertes vínculos que el virrey Velasco entabló con las nuevas élites novohispanas incidieron en un cambio de política por parte de Felipe II que sería continuada por su hijo Felipe III. A evitar situaciones semejantes se dirigió la prohibición de que los virreyes “echaran raíces” en la tierra en perjuicio de los intereses de la Corona. Para tal fin, los reyes eligieron virreyes que estuvieran más vinculados con las casas aristocráticas peninsulares y con menos relaciones americanas. De los nueve nombrados en este periodo sólo tres llegaron acompañados de sus esposas, el resto había enviudado o eran arzobispos de México. Sin embargo, por lo menos en dos casos, fue imposible la desvinculación con la realidad americana y con los virreyes que la habían gobernado. Las relaciones novohispanas del virrey Luis de Velasco y Castilla, viudo de María de Ircio y Mendoza, llevaron a su descendencia a emparentar con los Altamirano, sobre quienes recayó el condado de Santiago de Calimaya, la segunda casa nobiliaria de la Nueva España después del marquesado del Valle. Álvaro Manrique, por su parte, pertenecía a la familia Zúñiga (una de cuyas atepasadas estuvo casada con Hernán Cortés) mientras que su mujer, Blanca Enríquez de Velasco, era sobrina del virrey Martín Enríquez. Por otro lado, Álvaro Manrique, al igual que Luis de Velasco y Castilla y Diego Fernández de Córdoba, quienes no pertenecían a la rancia nobleza castellana, recibieron sus títulos nobiliarios respectivos (marqués de Villamanrique, marqués de Salinas y marqués de Guadalcázar) como una distinción por sus servicios a la Corona.

Entre 1622 y 1648 se dieron profundos cambios en la política imperial, embarcada en una guerra en el centro de Europa (la llamada de los Treinta Años), en lucha para evitar la separación de Holanda y de Portugal, y constantemente necesitada de los metales que aportaban sus posesiones americanas. La elección de virreyes y virreinas en esos conflictivos años estuvo determinada por esa situación y por la injerencia en su designación del poderoso conde duque de Olivares, valido de Felipe IV. La autora del libro denomina a esta etapa “Aristócratas reformadores y el choque con la realidad americana”, pues los siete virreyes del periodo se distinguieron por buscar el fortalecimiento de la monarquía y la mayoría provenía de familias nobles, muy vinculadas con la corte madrileña y dependientes de los favores regios. Salvo el impopular marqués de Gelves que llegó sin su esposa (de quien provenía su título de conde de Priego), del viudo y grande de España duque de Escalona y de los dos clérigos que fungieron como virreyes interinos (Juan de Palafox, y Marcos Torres y Rueda), los restantes arribaron con sus consortes. Ellas y ellos se vieron afectados por las reformas que el conde duque de Olivares implementaba, dirigidas a corregir los abusos y las costumbres aristocráticos, a solicitar de ellos ayuda material y humana para la guerra y a fomentar la creación de colegios para preparar a sus hijos como servidores públicos. Además, para recuperar la economía se buscó el apoyo de los banqueros judeo portugueses. La situación generó descontento en algunos sectores de la nobleza y en otros, arruinados por la crisis, la búsqueda de cargos administrativos cerca de la corte, como el de virreyes.

Virreyes y virreinas traían en su séquito más de 50 personas entre sirvientes de confianza, parientes, allegados y protegidos. Esta extensa clientela esperaba conseguir de sus señores beneficios, prebendas y, con su mediación, hasta un matrimonio ventajoso. La concesión de cargos a sus allegados, como los de corregidores y alcaldes mayores, levantó fuertes críticas entre los sectores criollos que encontraron apoyo en la alta jerarquía eclesiástica. Esto llevó a los virreyes a apoyar a los mendicantes, opositores de las políticas diocesanas y a entrar en fuertes conflictos con prelados como Juan de Palafox, Francisco Manso y Zúñiga, y Marcos Torres.

El cuarto apartado (1650-1673) lleva por título “La familia virreinal y la corte novohispana”. Ahí recorre la regencia de cinco virreyes y sus esposas cuyas actuaciones abarcaron los últimos años del gobierno de Felipe IV y la regencia de su viuda, la reina Mariana de Austria. La presencia de las virreinas en este periodo fue notable en la corte madrileña, pues varias de ellas pertenecieron a la “casa de la reina”. La autora observa que todas ellas y sus cónyuges tenían entre sus ancestros algún pariente que había ocupado dichas posiciones en Nueva España.

Los diarios de sucesos notables dan abundantes noticias sobre las virreinas de este periodo y gracias a sus noticias podemos descubrir la importancia que tuvieron en la sociedad virreinal a partir del mundo cortesano, un ente movil que tenía varios escenarios, aparte del palacio virreinal. Aunque en los actos oficiales no se hacían presentes al lado de sus esposos, en cambio su actuación en la vida social fue determinante, pues imponían modas, prácticas y patrones de comportamiento. Los diaristas las mencionan en sus visitas a los conventos de religiosas, en paseos y saraos, en las casas de campo de funcionarios y aristócratas, en los actos académicos universitarios y en sus “jaulas” en las ceremonias en catedral. También se refiere su intercesión para conceder favores y cargos tanto civiles como eclesiásticos.

El quinto y último capítulo se intitula “Mecenazgo, patronazgo y venta de cargos (1673-1701) y abarca los últimos años de regencia de la reina Mariana, el golpe de estado protagonizado por Juan de Austria, bastardo de Felipe IV, y el periodo de gobierno del último de los monarcas de la casa de Austria, Carlos II. Aprovechando la impericia, el notable retraso mental y la poca capacidad de este rey apodado “el Hechizado”, la aristocracia y la alta jerarquía eclesiástica retomaron su papel protagónico en la conducción del imperio. El virreinato y algunos oficios de las audiencias (como los de oidores, alcaldes del crimen y fiscales) pasaron de ser desde entonces “honoríficos” para convertirse en “cargos en venta”, en mercedes en pago de la lealtad al grupo en el poder. De acuerdo con la historiadora, las cuatro virreinas de este periodo consolidaron el papel femenino en la corte virreinal y reafirmaron su presencia en los espacios públicos, en especial en los eventos religiosos más importantes, como en las entradas oficiales de los obispos. Éstas también se distinguieron por publicitar su gran dadivosidad con regalos a templos y conventos y con el mecenazgo hacia poetas y artistas. Los más destacados fueron los casos de Sor Juana Inés de la Cruz y de Carlos de Sigüenza y Góngora.

El libro de Daniela Pastor termina con un interesante epílogo en el que se da relación del papel que jugaron las virreinas en esos siglos XVI y XVII. Ellas eran un modelo de lo que se esperaba de la mujer noble: realizar diversos actos de piedad, visitar templos y hacer regalos a las imágenes, ser caritativa con los pobres, obedecer a sus maridos y educar a sus hijos en los valores cristianos y en el respeto a la monarquía. Su papel simbólico era igualmente importante para los habitantes de los territorios americanos pues constituían la imagen viva de la reina de España, como lo era su marido del rey. Sin embargo, a diferencia de ésta, la virreina no era responsable del “legado del gobierno” (pues ninguno de sus hijos heredaba el cargo), ni tampoco podían ejercer el puesto de regentes en caso de ausencia de sus maridos.

Frente a estas “limitaciones”, el estudio de las virreinas que hace Daniela Pastor nos muestra su enorme importancia en la conformación de las redes familiares que hicieron posible el nombramiento de sus maridos para el cargo y la fuerte carga matrilineal de los títulos nobiliarios que éstos detentaron. En este libro también se hace patente la importancia social que tuvieron las virreinas en la generación de vínculos con las aristocracias novohispanas que vieron en ellas la posibilidad de visualizar e imitar lo que era la cultura cortesana europea. Piadosas y devotas, pero también intrigantes y calculadoras, las virreinas que llegaron a Nueva España durante el gobierno de la casa de Austria estaban situadas en un espacio de poder que les permitía actuar con bastante libertad, aunque siempre dentro de los límites impuestos a su género por las costumbres y prejuicios propios de estas sociedades denominadas de Antiguo Régimen.

Referencias

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Publicado: 04 de Diciembre de 2024

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