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Revista mexicana de ciencias políticas y sociales

Print version ISSN 0185-1918

Rev. mex. cienc. polít. soc vol.70 n.253 Ciudad de México Jan./Apr. 2025  Epub May 26, 2025

https://doi.org/10.22201/fcpys.2448492xe.2025.253.87496 

Artículos

El populismo antipopulista de Javier Milei. Demandas, discurso y política de la derecha radical en Argentina

Javier Milei’s Anti-Populist Populism. Demands, Discourse and Politics of the Far-Right in Argentina

Martín Retamozo* 

* Universidad Nacional de La Plata, Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Argentina. Correo electrónico: <martin.retamozo@gmail.com>.


RESUMEN

La llegada a la presidencia de Argentina de una fuerza política (La Libertad Avanza) autoidentificada como “libertaria” e inscrita en una corriente anarcocapitalista constituye una novedad política para América Latina. Este artículo presenta un análisis de este movimiento político centrando la atención en los procesos identitarios y su capacidad hegemónica. A partir de insumos de la teoría del populismo, se explora la gramática de producción de la identidad “libertaria” y los desplazamientos discursivos que le permitieron hegemonizar sentidos y lograr éxito electoral. De igual manera, este artículo identifica tensiones y posibles futuros de este proceso reciente y abierto.

Palabras clave: populismo; derecha radical; Javier Milei; Argentina

ABSTRACT

The arrival to the presidency of Argentina of a political force (La Libertad Avanza) that identifies itself as “libertarian” and is part of an anarcho-capitalist current constitutes a political novelty for Latin America. This article analyzes this political movement, focusing on identity processes and its hegemonic capacity. Based on inputs from the theory of populism, the grammar of production of the “libertarian” identity and the discursive shifts that allowed it to hegemonize meanings and achieve electoral success are explored. Likewise, this article identifies tensions and possible futures of this recent and open process.

Keywords: populism; far-right; Javier Milei; Argentina

Introducción

El ascenso de distintas formas de las ultraderechas en el mundo es un fenómeno que articula dimensiones globales con procesos regionales y locales. En este sentido, se inscriben como respuestas a crisis civilizatorias, económicas y societales, pero se amalgaman de manera diversa con cuestiones nacionalistas, étnicas, geopolíticas, culturales, económicas y religiosas. Diferentes nombres se les ha dado a estos fenómenos: derechas radicales (Rydgren 2007), ultraderechas (Mudde, 2021), alt right (Hawley, 2017; Cooper, 2021), far-right (Stewart, 2020) extremismos, fascismos, neofascismos, posfascismos (Traverso, 2018) y populismos de derecha (March, 2017), los cuales -más allá de su necesario uso para la comunicación o la caracterización- no siempre han sido funcionales como categorías analíticas que ayuden a comprender la morfología que adquiere el fenómeno y explicar sus causas.

En América Latina, la presencia de fuerzas de derecha en este siglo experimentó un auge en un breve periodo conocido como “giro hacia la derecha” (Torrico, 2022), que las llevó al poder a través de golpes parlamentarios: Horacio Cartes en Paraguay, Michel Temer en Brasil, o mediante el voto popular: “Cambiemos” en Argentina en 2015, reconfigurando el panorama político de la región. El triunfo de Mauricio Macri en Argentina en octubre de 2015, el juicio político a Dilma Rousseff en diciembre del mismo año y la prisión de Lula en Brasil marcaron la tendencia del escenario como reacción a la llamada “marea rosa” o “ciclo progresista” (Stoessel, 2014). La derrota en 2016 del presidente Evo Morales -la primera en diez años de su gobierno- en un referéndum convocado para reformar la Constitución y permitir una tercera elección presidencial, también puede interpretarse como un síntoma del cambio de panorama al que se agregó la victoria electoral de Pedro Kuczynski en Perú (2016), Lenin Moreno en Ecuador (2017), Sebastián Piñera en Chile, Iván Duque en Colombia y Jair Bolsonaro en Brasil, todos en 2018.

2019 concluyó con la victoria de Lacalle Pou en Uruguay del Partido Nacional y el derrocamiento de Evo Morales que inició la “presidencia interina” de Jeanine Áñez. Estos procesos no solo se cristalizaron en formas gubernamentales, sino que pusieron en evidencia transformaciones en la dinámica sociopolítica donde se reconfiguraron identidades y colectivos con capacidad de movilización. En contextos de crisis, las reacciones a identidades destituidas tuvieron a diversos grupos como jóvenes varones cis, trabajadores precarizados, asalariados empobrecidos y comunidades religiosas, que desplegaron nuevos procesos de reafirmación identitaria. En este sentido, se pusieron en evidencias las tensiones entre la nueva cuestión social y las representaciones políticas.

Sin embargo, la historia persistió en ser movimiento y el péndulo que iba hacia la derecha regresó hacia el espacio de centro-izquierda con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en México (2018), Alberto Fernández en Argentina (2019), Pedro Castillo en Perú (2021), Luis Arce en Bolivia (2020) y, más recientemente, Xiomara Castro en Honduras, Gustavo Petro en Colombia, Gabriel Boric en Chile, todos en 2022, y Lula en Brasil (2023). En algunos casos, la reposición de gobiernos progresistas ocurrió después de alternativas de derecha que no pudieron revalidar en las urnas -Bolivia, Argentina, Chile, Honduras y Brasil-, en otras se evidencia la primera experiencia de izquierda nacional-popular en el gobierno, al menos en el siglo XXI -los importantes casos de México y Colombia-. Este retorno puso en evidencia, sin embargo, la espectral presencia de expresiones de derecha que emergieron o se hicieron fuertes antagonizando con los gobiernos del ciclo progresista.1 Este aspecto merece una atención especial, puesto que tanto las reacciones a los avances del ciclo progresista como las promesas incumplidas de este son condiciones de posibilidad de emergencia de derechas radicales. El ciclo acelerado obliga a enfocar nuevamente la atención en cómo lo global, lo regional y lo nacional se articulan como espacios y tiempos de la política contemporánea.

En Argentina, la aparición de Javier Milei como referente de una fuerza política (La Libertad Avanza) autoidentificada como “libertaria” e inscripta en una corriente anarcocapitalista ha merecido un número de trabajos significativo que buscan aportar a la comprensión de este fenómeno (Semán, 2023; Balsa, 2024). Desde su aparición en medios tradicionales (entrevistado en canales de televisión en su rol de economista), hasta su expansión molecular y capilar en redes sociales como Twitter y Facebook, pero especialmente en TikTok, la figura del libertario se consolidó como referente, condensador y divulgador de sentidos. Las redes sociales fueron el soporte de difusión de un compendio de ideas tomadas de la Escuela Austriaca y explicitadas en un lenguaje corto y experto, movilizado con un histrionismo y provocación que determinó ciertos efectos de sentido.

La postulación como diputado por la ciudad de Buenos Aires en las elecciones legislativas de 2021 implicó un salto a la política con el objetivo de llevar las ideas de una revolución liberal al plano institucional. A partir de un resultado positivo -obtuvo 17 % de los votos en el distrito- se posicionó como una figura disruptiva, con un discurso neoliberal, pero “anticasta” (o “antipolítica”), el cual se potenció con su candidatura a presidente en 2023. Después de haber sido la fórmula más votada en las primarias y obtenido el segundo lugar en las elecciones generales, Javier Milei y Victoria Villarruel se impuso en las elecciones presidenciales el 19 de noviembre de 2023 ante el candidato peronista de Unión por la Patria, Sergio Massa, que por entonces también era el ministro de Economía.

Este artículo busca contribuir a la comprensión del proceso político reciente en Argentina que cobra forma en la figura de Javier Milei, utilizando la categoría de populismo como una herramienta analítica para dar cuenta del proceso de conformación de identificaciones colectivas y en la disputa de una hegemonía democrática. La teoría del populismo que utilizaremos en este artículo brinda herramientas heurísticas para el análisis político, no sólo porque provee un andamiaje para el estudio de procesos sociales de este tipo, sino también debido a que ayuda a pensar su vínculo con problemas políticos centrales: la democracia y la conformación de subjetividades políticas. A su vez, la dimensión concreta del proceso social a analizar nos obliga a reformular la teoría.

En efecto, la teoría no es un prisma que se aplica a la realidad, sino una herramienta susceptible de ser reconfigurada para indagar la morfología de los fenómenos políticos, ayudar a explicarlos y comprenderlos en una práctica de investigación que tiene efectos sobre la propia teoría. Esto justifica el objetivo bifronte de este artículo: por un lado, contribuir a la comprensión de la emergencia de Javier Milei como expresión de la derecha libertariana2 en Argentina; por otro, exponer los desafíos que dimensiones diferentes del proceso histórico implican para una teoría que busca aportar herramientas para el estudio de los procesos históricos, sociales y políticos, en este caso, las expresiones políticas de las neoderechas radicales.

Populismo: perspectiva teórica y metodológica

La teoría política del populismo elaborada por Ernesto Laclau desde el artículo programático “Hacia una teoría del populismo” de 1977 hasta su consumación en La razón populista de 2005, que incorpora los insumos teóricos de su obra madura, especialmente, desde Hegemonía y estrategia socialista -junto a Chantal Mouffe (1985)- nos ofrece un perspectiva analítica y heurística sin precedentes. En efecto, hasta antes del desarrollo laclausiano, lo que existía en el campo de las ciencias sociales eran diferentes definiciones conceptuales -algunas descriptivas, otras prescriptivas, otras históricas- del populismo, pero no una herramienta analítica. El hecho de que la pregunta “¿qué es el populismo?” sea reemplazada por otra diferente: “¿a qué realidad social y política se refiere el populismo?” tal como propone el autor y su definición como una lógica política, brinda horizontes analíticos productivos que han transitado por una multiplicidad de autores tanto en Europa (De Cleen y Stavrakakis, 2017) como en América Latina (Aboy, 2010; Balsa, 2010; Barros, 2006; Muñoz y Retamozo, 2008).

La realidad social y política tiene, según Laclau (2005a y 2005b), un conjunto de precondiciones histórico-concretas para que la lógica populista tenga efectos performativos. La primera es la existencia de “demandas insatisfechas”; si bien es posible pensar que en toda sociedad existen malestares -por una negatividad ontológicamente constitutiva-, es evidente también que estas situaciones no se configuran de la misma manera en todos lados, tal como lo ha demostrado largamente la literatura sobre movimientos sociales. En efecto, desde las lecturas críticas de la perspectiva de la “privación relativa” y la teoría de los agravios sociales, se ha demostrado que no basta identificar situaciones de subordinación o lesivas que deriven en acción colectiva o en la emergencia de procesos identitarios (Opp, 1988; Gurney y Tierney, 1982; Smith, Pettigrew, Pippin y Bialosiewicz, 2012; Johnson, Laraña y Gusfield, 1994).

En este aspecto, dentro de las teorías sobre el populismo, la teoría de Laclau se ubica en un registro ya consolidado y, sin embargo, las demandas adquieren una función que las considera “unidades mínimas de análisis”, lo cual podría implicar tomarlas como dadas y evidentes, algo así como “preferencias” para las perspectivas basadas en la teoría del rational choice, o considerarlas -como lo haremos aquí- como “construcciones” cuyo estudio es necesario para determinar la morfología del proceso político. En efecto, la tramitación de la negatividad (en un sentido hegeliano) o como inscripción de una falta (en un sentido lacaniano) se puede hacer de diferentes maneras, donde intervienen situaciones estructurales y discursos que no deben escindirse de la historicidad, las experiencias, los imaginarios y las formas organizativas. Las demandas (que Laclau llama “democráticas”) no solo varían en su gramática, sino también en su alcance, tanto por su imbricación con el deseo y el goce (hay demandas de diferente intensidad), como por su contenido. En este aspecto, es importante diferenciar si una demanda es, por ejemplo, por la colocación de un semáforo en una avenida o por libertad, justicia o derechos humanos. Es indiscutible también que las demandas -paradójicamente llamadas democráticas- pueden tener contenidos racistas, xenófobos, homofóbicos o misóginos. Lejos de ser una limitación, como veremos, esta situación otorga a la noción de demanda un lugar clave en el esquema para analizar el discurso y la conformación de expresiones de derecha a condición de no concebirlas como “unidad mínima” tal como hemos argumentado en otro texto (Retamozo, 2009).

Elaboremos, antes de continuar, una consideración de orden metodológico sobre las demandas que serán clave en nuestro argumento: las demandas sociales juegan un rol central en dos procesos que conviene diferenciar analíticamente: la producción de identidades y la construcción de hegemonía discursiva. En este sentido, cabe recordar, por un lado, que Laclau inicia La razón populista con un aserto contundente: “Este libro se interroga centralmente sobre la lógica de formación de las identidades colectivas” (2005a: 9) y, en el esquema, las diferentes demandas producen en su juego de equivalencias y diferencias un espacio identitario. Es cierto que no es tan evidente la gramática de identificación y reconocimiento que implica un proceso identitario, pero la teoría del discurso y su inscripción psicoanalítica -en especial con la inclusión de la investidura afectiva- aportan ciertos elementos relevantes. Asimismo, hay conceptos, especialmente vertidos en las Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo (Laclau, 1990) en torno al problema del sujeto como imaginario, mito, decisión y promesa que complementan el análisis de la hegemonía y el populismo.

Sin embargo, por otro lado, es un registro diferente el que identifica al populismo con una lógica política propia de la anatomía hegemónica democrática, es decir, el vaciamiento parcial de cierto significante o, más precisamente, la expansión del significante para convertirse en la superficie de inscripción de una pluralidad de significados circulantes en un campo político particular. Esto es clave ya que obedece a otro problema político (y teórico) en la disputa por la hegemonía tanto en el momento crucial de los procesos electorales como de la construcción de opinión pública, ambos claves en la gramática democrática contemporánea. No se trata de conformar una identidad sedimentada que requiere de otros aspectos (narrativos, rituales, históricos) sino de la capacidad de hegemonizar sentidos en una coyuntura (o una secuencia de coyunturas) particular, y que se relaciona con la producción de sentidos comunes. Este desplazamiento fue detectado por algunos autores como Benjamín Arditi (2010) y generó condiciones para pensar una hegemonía populista (Melo, 2011).

La segunda condición refiere al proceso de articulación a través de la lógica equivalencial que tramita las demandas heterogéneas y las configura como equiparables. Recordemos que, para Laclau, la demanda misma contiene una dimensión particularista y una universal (o más precisamente, universalizable). Siguiendo con el ejemplo de una demanda por la instalación de un semáforo en una esquina, observamos que la misma contiene el reclamo de un aparato con luces (verde, amarilla y roja) pero un reverso que puede universalizarse hacia “seguridad vial” o “derecho a la vida”, “derecho ciudadano” o, incluso, “derechos humanos”. La invención infinita y potencial de los derechos tiene la capacidad de hacer que cualquier situación sea “demandable”, y que su constitución sea específicamente sociohistórica. Ahora bien, más allá de los alcances de la demanda es evidente que su estructura tiene un otro que responde a esa demanda, al menos como agente que obstruye la realización de lo demandado.

Esta configuración de la demanda permitirá explicar en cada caso las dinámicas de articulación que tramitan la particularidad y la universalidad de cada una en una unidad compacta, cuya configuración puede ponerse en cuestión (si priman lógicas particularistas y de la diferencia); por lo tanto, hay un constante trabajo de sedimentación y reactivación contingente de demandas. En esta dimensión, la universalización de una demanda particular -que es la lógica de la hegemonía para Laclau- es solo una manera de tramitar equivalencias. En ocasiones, significantes como democracia, justicia o libertad no son particulares universalizados sino universales particularizados que interpelan especularmente y configuran en el ejercicio de la representación (Laclau, 1993). Por otro lado, la alteridad interpelada también es una configuración discursiva en tanto otro: el responsable, el culpable, el enemigo se produce asignando sentidos. Por ejemplo, la falta de agua potable puede ser demandada hacia una empresa proveedora, hacia el gobierno municipal, provincial o nacional, o hacia una empresa minera que se apropia de un curso de río, independientemente de quién sea el causante empírico de esa falta. La demanda tiene un fuerte componente imaginario que le confiere potenciales efectos de identificación y se vincula con la dimensión del deseo (Zicman de Barros, 2020).

Lo anterior no puede comprenderse sin otra cuestión central: la “promesa”, que funciona como reverso de la amalgama de demandas. La promesa es un suplemento de la demanda que la constituye y permite que esa demanda no derive en una frustración inmóvil o reenviada al espacio privado. Permítasenos graficar esto con un ejemplo bastante heterodoxo: en el capítulo de Los Simpsons “Bart, el General” (01 x 05), hay una secuencia en la que Bart Simpson recluta en la casa del árbol de su patio trasero a los niños maltratados sistemáticamente por Nelson Muntz para iniciar una contraofensiva. Allí les dice “No les prometo la victoria, ni que la pasaremos bien” y repentinamente todos los niños comienzan a huir, por lo que Bart les grita “¡Está bien, les prometo la victoria, les prometo que la pasaremos bien!” y, consecuentemente, los niños regresan y se comprometen en una lucha contra Nelson con globos de agua, formando un armisticio en el que el abusador debe reconocer la existencia de la integridad de otros niños. En esta perspectiva, es necesario profundizar en la relación entre demanda y promesa. Existen demandas que, en las sociedades modernas, funcionan como universales ambiguos. Significantes como “libertad”, “progreso económico”, “seguridad”, “justicia”, “acceso a la salud”, “educación”, “democracia”, etc., se ubican en un registro diferente al “derecho al aborto” “respeto a la diversidad sexual y de género”, fundamentalmente porque este segundo tipo de demanda lleva contenida una forma de resolución particular y pueden considerarse universales concretos o concretizados históricamente. El anudamiento entre el trasfondo universal -que legitima la demanda como justa o anclada en un derecho- y la concreción empírica es un trabajo político, lo cual es clave, como veremos, debido a que nos permite adentrarnos en el incesante juego de falta, deseo, demanda, promesa, goce y resolución/frustración, cuya performatividad es histórica.

La proliferación de demandas es condición de la eficacia de la lógica populista, tanto para configurar identidades como para disputar hegemonía. Es evidente que toda sociedad se estructura en una trama de relaciones sociales que configura nodos factibles de ser constituidos como demandas. Esto es consistente con el pensamiento posfundacional en tanto cualquier principio organizador de la pluralidad (la infinitud de lo social) supone una forma de determinación, la cual implica tramitar el juego entre positividad y negatividad. Una sociedad que se basa en el derecho de las personas bajo la noción de igualdad y libertad puede dar lugar a una demanda por el “derecho a tener esclavos”, lo que cuestiona el fundamento social y propone uno alternativo, en el que se asuma la desigualdad y la jerarquía como legítimas. De manera similar, una sociedad esclavista -organizada sobre ese principio- puede ser impugnada por quienes luchan por la libertad y la igualdad, y que, al encarnar esa oposición, movilizan fundamentos alternativos.

Ahora bien, la promesa articulada en un discurso debe tener una condición para generar efectos performativos del sujeto: ser creíble. Es evidente que la credibilidad (involucrada en la fuerza de interpelación) es un aspecto no trabajado de manera satisfactoria en la teoría, y que arrastra un problema propio de la teoría de la ideología, la cual no termina de explicar por qué algunos discursos son creíbles y otros son inocuos o tienen efectos divergentes (algunos interpelan, lo hacen de diferente manera y otros no tienen efectos). Introducir aquí las condiciones de recepción de los discursos en la producción de sentido es clave, ya que hace tiempo lo identificaron investigaciones como los de Eliseo Verón (1998). Esto favorece el análisis de las investiduras discursivas con fuerza asertiva y permite explorar tanto a quien cumple la promesa como a quien la obstaculiza o defrauda al haberse comprometido a resolverla. Estudiar las condiciones históricas (materiales y simbólicas) de producción y recepción de los discursos, la promesa, los dispositivos constitutivos, las afectividades y, por supuesto, los sentidos configurados, constituye una tarea central para la investigación empírica que aspire a trascender el nivel especulativo-interpretativo.

La teoría del populismo de Ernesto Laclau da un lugar preponderante a la figura del líder. Esto ha dado lugar a muchas observaciones críticas, en especial a la función que desempeña en la configuración de la identidad. Algunos autores, como Slavoj Žižek (2006) y Emilio de Ípola (2009), han argumentado que el lazo establecido con el líder conduce a una subsunción de la pluralidad y la emergencia del autoritarismo. Si bien no podemos entrar en detalle en la polémica, para nuestro argumento es importante distinguir entre líder y liderazgo. En efecto, el líder opera en la formación de la identidad política, mientras que el liderazgo opera en el nivel del proceso político-democrático. Esto implica que el arsenal psicoanalítico (la transferencia del rol del yo ideal al líder, lazo libidinal y la investidura afectiva) ayuda como herramienta para comprender la configuración de la identidad, mientras que el liderazgo cobra centralidad en cuanto práctica política y forma de representación. No se trata de dos dominios empíricos autónomos sino de producir categorías analíticas para desentrañar procesos políticos diferentes, ambos constitutivos del fenómeno.

Javier Milei: populismo de la forma, antipopulismo de contenido

Preguntarse si Javier Milei es o no es populista puede ser relevante en términos periodísticos o en un debate político en el que la palabra conlleva un efecto descalificativo. El interrogante que, con fines analíticos y con implicaciones metateóricas, adquiere relevancia para este trabajo es si la categoría de populismo sirve para dar cuenta del proceso histórico-político morfológico del fenómeno en cuestión y, desde allí, aportar una explicación del mismo. Nuestro argumento sostendrá una respuesta afirmativa, aunque con una reserva epistémica, originada en el lugar que le asignamos a la teoría en la investigación. Desde nuestra concepción, la teoría no adopta una estructura hipotético-deductiva que implique partir de afirmaciones generales para luego deducir enunciados particulares susceptibles de falsación. En cambio, consideramos a la teoría como una configuración conceptual que, partiendo de contenidos, enfoques o perspectivas teóricas (que abarcan aspectos ontológicos, epistemológicos, axiológicos, metodológicos y técnicos de manera diversa), construye problemas de investigación y ofrece respuestas fundamentadas. Por tanto, requiere un ajuste continuo en función de las demandas emergentes de la realidad social (Laclau, 1990).

Es evidente que, en América Latina, existen malestares permanentes que son evidenciados por los niveles de desigualdad más altos del planeta. Esta situación estructural no deviene en demanda mecánicamente, ni ese malestar se resuelve necesariamente con crecimiento económico, ya que incluso una movilidad social ascendente puede generar nuevas demandas e insatisfacciones. Así como en el mecanismo de uvas verdes, (Elster, 1983) el deseo se adapta a la imposibilidad para evitar frustración, también puede intensificarse cuando el acceso al objeto se percibe como alcanzable, justo y obstaculizado por una situación susceptible de ser modificada socialmente. Una especie de mecanismo de uvas dulces sin semilla. En este caso, por ejemplo, la posibilidad de adquirir dólares o realizar viajes al exterior puede convertirse en una verdadera demanda, cuyo bloqueo provoca una destitución subjetiva: un daño.

La situación argentina

En Argentina, la conversión de situaciones sociales en demandas adquirió diferentes gramáticas. El movimiento feminista, por ejemplo, se fortaleció con la construcción de la demanda por el derecho al aborto (Esquivel, 2022), los trabajadores de la economía popular bajo la narrativa papal de “techo, tierra y trabajo” (González, 2021), elaboraron demandas por un salario social” (Tóffoli, 2021). Ahora bien, en el campo opositor al gobierno “nacional y popular” (2003-2015), surgido como resultado de una crisis y como respuesta a un plexo de demandas (Retamozo, 2011), se registró un proceso de configuración de actores de la protesta con hitos claves, como el conflicto de 2008 (Varesi, 2014) y la sucesión de movilizaciones entre 2012 y 2013 (Gómez, 2014). Este ciclo de protestas discontinuo colocó demandas de diferente índole en el espacio público. Algunas se consideran como “demandas ciudadanas” centradas en la corrupción o defensas de instituciones republicanas (Annunziata y Gold, 2018). Otras se estructuraron en torno a medidas económicas como la restricción en la compra libre de dólares conocida como “cepo” (Perelman, 2022).

Las demandas expresadas el espacio público mediante diferentes repertorios de acción entre 2008 y 2015 fueron representadas y canalizadas electoralmente por una coalición de centroderecha encabezada por Mauricio Macri y que asoció a su partido “Propuesta Republicana” con la centenaria Unión Cívica Radical (Vommaro, 2019). Sin embargo, el desempeño del gobierno de Macri en materia social y económica se convirtió en la condición que posibilitó su derrota y frustró el anhelo de reelección. El fracaso en el control de la inflación, la devaluación de la moneda, el incremento del endeudamiento externo (en particular con el FMI) y el desmejoramiento de los indicadores sociales (desempleo, pobreza y desigualdad) constituyeron el fracaso de la promesa de redención contenida en la “revolución de la alegría”.

Las precarias condiciones socioeconómicas en las que asumió Alberto Fernández -lo que implicó el regreso del peronismo al gobierno- se vieron afectadas por otros factores globales (la pandemia causada por la Covid-19), internacionales (la guerra de Rusia y Ucrania) y factores locales (una profunda sequía que afectó las exportaciones y desarticulaciones políticas en la fuerza gobernante). En este contexto, el gobierno nacional no logró evitar la devaluación de la moneda, la proliferación de tipos de cambios (oficiales y del mercado ilegal), la pérdida de poder adquisitivo de los salarios ni contener la espiral inflacionaria. Aunque el desempleo se mantuvo bajo, los ingresos salariales se vieron gravemente afectados, y la inestabilidad de precios impactó la vida cotidiana de millones de personas. A esto se sumaron las críticas por el manejo de la política sanitaria durante la pandemia, en particular la extensión y las condiciones del aislamiento social decretado por el gobierno, así como los escándalos relacionados con reuniones no permitidas en la Quinta de Olivos (residencia presidencial) y el acceso privilegiado a las vacunas contra el coronavirus.

El fin de la pandemia configuró un escenario dislocado cuyas suturas y heridas deben entenderse en su heterogeneidad, a partir de una coyuntura particular de cambios estructurales más profundos en la morfología de las sociedades, sus formas bioproductivas y sus mecanismos de representación. La composición del mundo laboral -entendido como un complejo de relaciones sociales-, y las formas de comunicación y de consumo, sufrieron una alteración significativa en cuanto a su pluralización, donde diferentes gramáticas y ritmos se entrecruzan en espacios diver-convergentes. La afección social pospandemica dejó huellas de diversa profundidad, tanto en las estructuras económicas e institucionales como en las subjetividades sociales. Como muchos estudios han demostrado, los jóvenes fueron un sector que padeció los aspectos de cambios estructurales (en tanto crisis civilizatoria) como coyunturales en cuanto a restricciones en formas de sociabilidad y recalibración de las mismas por los desplazamientos a entornos virtuales (Semán y Navarro, 2022; Feierstein, 2022; Spólita, Balsa y Brusco, 2022).

El malestar de la época encontró sintonía en un repertorio de discursos que se exacerbaron a nivel global. Las críticas a las políticas sanitarias se afianzaron en torno a un eje económico (denunciando las regulaciones a la producción y el comercio), en términos políticos -con la noción de “infektadura”- y en términos más generales de cuestionamiento a una épistémè desde diversas perspectivas que objetaban desde la eficacia de las vacunas, hasta el calentamiento global o las políticas de género. El Estado (y “los políticos”) se convirtió en el blanco principal de las críticas, al ser percibido como el núcleo coordinador, cuestionado en su eficiencia y responsabilizado por formas de regulación vistas como ile gítimas, injustas, fallidas o excesivas. (Rosso y Ferme, 2023).

Recorrido político de Javier Milei

Sin la comprensión integral de las dimensiones económicas, sociales, políticas y culturales no es posible dar cuenta de la complejidad de las condiciones de posibilidad del surgimiento de Javier Milei y su llegada a la presidencia. En las elecciones de medio término, realizadas en 2021, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Milei fue electo como diputado nacional por La Libertad Avanza con 17.04 % de los votos. En este momento, había forjado una presencia pública a partir de notorias participaciones en programas de televisión en los que era consultado como economista, sin embargo, destacaba por su histrionismo y una estética particular. En el contexto del campo político estructurado en dos coaliciones principales que habían demostrado su eficacia al contener más de 80 % de los votos, Milei proponía otro clivaje al de “peronismo-antiperonismo”.

Ubicado en una alta derecha, la frontera puesta en “la casta” le permitía galvanizar un discurso antipolítica tout court aunque con blancos privilegiados. La crítica a las políticas de Cambiemos, tildadas de “socialistas”, y, por supuesto, a las de los gobiernos peronistas de este siglo, proponía una nueva antinomia para superar la “grieta”. En este sentido, en lugar de ensayar una salida por el centro como lo habían intentado alianzas como la de Ricardo Alfonsín y Margarita Stolbitzer, o el propio Sergio Massa en 2015 bajo la metáfora de recorrer “la ancha avenida del medio”, Milei ofreció una matriz simbólica capaz de hacer comprensible la situación social, un marco de interpretación y un clivaje que, a su vez, contribuyó a elaborar una promesa.

El fenómeno político de Milei: identidad y hegemonía

Ahora bien, para comprender qué le permitió a Javier Milei construir un discurso que lo llevó a ser el candidato más votado en las primarias de 2023, es necesario percibir el doble juego entre identidad y hegemonía.

En el plano identitario, los estudios han subrayado la centralidad del componente varonil y juvenil, de sectores urbanos y clase media tanto empobrecidas como acomodadas (Vázquez, 2023). Asimismo, se ha destacado la relevancia de los entornos virtuales como incubadoras de prácticas y significados constitutivos de una identidad “libertaria” capaz de configurarse como un espacio de representación política más amplio (Goldentul y Saferstein, 2022), incluso con alcances plebeyos (Torres y Halvorsen, 2024). Este plano identitario debe distinguirse del hegemónico, es decir, de la capacidad de estas ideas de interpelar (y en este acto reconfigurar) las demandas de sectores desencantados con las promesas incumplidas del Estado como agente redentor y los derechos sociales como gramática de acceso al bienestar. Analíticamente, son dos problemas que deben separarse para luego integrarse, puesto que su articulación contiene elementos esenciales del sujeto que marca el tiempo político argentino. En ambas áreas opera una subjetividad que es interpelada en condiciones de posibilidad cambiantes, pero los alcances performativos del proceso obedecen a dinámicas distintas a las que nos referimos: un proceso de construcción de una identidad sociopolítica o a una subjetividad.

En sus estudios sobre el peronismo, Germani llamaba “masa en disponibilidad” a ese sector social desafiliado y proletarizado que luego se convirtió en las bases del movimiento nacional-popular. Esta apreciación -necesaria de refinar en función de los desarrollos contemporáneos- no deja de iluminar el proceso de cambio estructural y las dinámicas subjetivas configuradas en nuevas experiencias (no solo) subalternas. La reconversión de relaciones sociales estructurantes, moralidades, éticas, estéticas y politicidades y, en especial, su pluralización fueron un dilema para un Estado anacrónico; no tanto por estar desactualizado, sino porque no logra conectar con las temporalidades sociales que busca gestionar, producir y reparar (de ahí lo anacrónico). En contraste, el mercado y sus condiciones de posibilidad -propiedad de sí, libertad, intercambio libre y aparente inmediatez- se erigen como una nueva promesa para canalizar el malestar. Es fácil, entonces, advertir las limitaciones del peronismo, tanto como sujeto como discurso, para intervenir en este contexto.

Como afirman Semán y Welschinger (2023), la figura de Milei logra un anudamiento entre el discurso ideológico libertario y el malestar en la sociedad; la teoría del populismo ha puesto en un lugar privilegiado el elemento analítico del líder. Más allá de la investidura afectiva del nombre y sus efectos, la figura de Milei puede leerse con los desarrollos de Pierre Ostiguy en clave de una estética populista. Sin embargo, este caso en particular, problematiza la teoría. Por un lado, en una clave de liderazgo populista “antielitista” encarna una lengua bifronte entre lo plebeyo y lo experto. En efecto, Milei apela a un vocabulario plagado de insultos (“zurdos de mierda”), un discurso no verbal y una estética disruptiva inicialmente funcional para formatos televisivos y que se potencian en los formatos de redes sociales y conecta con las “pasiones tristes” (Dubet, 2020), lo cual implica una novedad para la derecha en Argentina y le otorga capacidad de interpelación en sectores sociales tradicionalmente renuentes a esta orientación. Sin embargo, también enuncia desde un lugar tecnocrático, como un economista profesional (“un docente universitario”), que habla amparado en una verdad científica provista por la teoría económica (neo) liberal. Las citas de von Mises, von Hayek, pero también sus propuestas de seguridad (siguiendo a Gary Becker), complementan un estilo efusivo, asertivo y pasional que explica el malestar, ofrece una legibilidad y propone una respuesta. Este matiz de los discursos populistas, que se apartaban de un carácter antiintelectual o anticientífico, ha sido analizado en diversos casos de populismo latinoamericano, como el de Cristina Fernández de Kirchner, donde se identifica un ethos magisterial (Gindin, 2016) o pedagógico-experto (Vitale, 2013), o un “tecnopopu lismo” propio de Rafael Correa, según algunos autores (De la Torre, 2013).

Lógica política del populismo “libertariano”: líder, pueblo y discurso en Milei

La lógica del populismo nos permite analizar el lugar del líder y de la conformación de un pueblo. La misma matriz ideológica libertariana se pronuncia contra esas dos figuras. En efecto, en el discurso no hay un espacio para el tipo de liderazgo que la ciencia política ha caracterizado en el populismo. Sin embargo, algunos teóricos del right-wing populism como Murray Rothbard (1992) incluían en su estrategia el rol de un líder,3 como parte de una secuencia que incluía “cooptar” un partido tradicional como el Partido Republicano en Estados Unidos. Esta dimensión estratégica es un reconocimiento implícito a la función del liderazgo en el proceso político, aunque el rol del líder no sea, según la consigna libertariana de Javier Milei, la de “guiar corderos, sino despertar leones”, a pesar de que sabemos que los leones suelen luchar entre sí. Así, queda claro que la función del líder es identitaria, pero también estratégica en la disputa política. De igual manera, es necesario destacar que el proceso histórico reconfigura a la teoría. El líder -en este caso Javier Milei- no ofrece explícitamente una función de representación del pueblo y sin embargo es el elemento investido de afectividad, un enunciador privilegiado y un ícono. En cierto modo, es la encarnación de una ideología liberal-libertaria en un tiempo histórico de cruzada que se sintetiza en la apelación a “las fuerzas del cielo”. En este sentido, el líder tiene una función contradictoria con relación al colectivo de identificación y su eficacia parece sustentarse en la fantasía ideológica y la promesa.

A diferencia de otras variantes del discurso de derecha, es evidente que tampoco el término “pueblo” se encuentra presente en el discurso libertariano. En este caso, se evidencia una tensión: en un punto, el discurso libertariano busca configurar un colectivo de referencia como destinatario “las personas de bien” “los ciudadanos” e incluso “los argentinos”, pero son, en términos teóricos, una agregación de individuos que solo en tanto tal constituyen un colectivo; en otro punto, la identidad, el “nosotros” ligado a una identidad colectiva política y movilizada, se restringe a “los libertarios”, visto como el conjunto de individuos que eligió romper sus cadenas, casi como una vanguardia individualista. Un ejemplo notable de dicha tensión la podemos encontrar en la película propagandística Pandenomics elaborada por militantes libertarios como crítica a la política de la pandemia. Allí, en la parte III, titulada “la Batalla Cultural”, Javier Milei se dirige a un conjunto -en su mayoría jóvenes y varones- en un sótano con una arenga:

“Libertarios” estamos frente a un momento histórico. Después de 100 años de decadencia socialista, de ser víctimas de zurdos empobrecedores, los individuos comenzaron a despertar. Es nuestra misión contarles que el camino es el camino de la libertad. Recordemos que aquellos países que son libres el pbi y per cápita es ocho veces más grande que los países reprimidos, además. El decil más bajo de la distribución está 11 veces mejor que su equivalente en el país reprimido […] recuerden que somos superiores en el plano de la moral, ya que el socialismo se basa en la envidia, en el odio, en el resentimiento, el trato desigual frente a la ley en el robo y en el asesinato. Mientras que nosotros nos basamos en el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, donde solamente es posible ser exitoso sirviendo al prójimo con bienes de mejor calidad a un mejor precio. Como si todo esto fuera poco, somos superiores estéticamente. Recuerden lo que era la Unión Soviética, lo que eran sus edificios cuadrados, oscuros, sin ventanas, o la basura de Cuba que parece un queso gruyere. Comparen con la maravilla que es Nueva York. Por lo tanto, la victoria será nuestra avancemos sin miedo. ¡Viva la libertad, carajo! (MILEI PRESIDENTE, 2020)

En este fragmento -que es pieza oficial del dispositivo de propaganda libertariano- puede apreciarse ese colectivo de identificación “libertarios”, cuya relación con el líder es de audiencia y coro. Una frontera antagónica que repone el clivaje de la Guerra Fría con criterios económicos, políticos, morales y estéticos. La misión de ese colectivo, como vanguardia, es hacer visible una orientación ideológica (el liberalismo) como opción superior en los cuatro planos (económico, político, moral y estético). ¿Qué nos dice esto desde y para la teoría del populismo?

En primer lugar, que no todo colectivo de identificación asume necesariamente el significante pueblo y que, sin embargo, puede interpretarse productivamente bajo la lógica del populismo. La tramitación de las demandas -una falta-, una lógica de la equivalencia, la investidura afectiva del líder y la frontera antagónica. Lo que queda, en todo caso, es profundizar el análisis de por qué ese discurso logra interpelar a un conjunto de personas, especialmente jóvenes varones; sin embargo, cabe recordar que muchos movimientos sociales tienen una función identitaria, es decir, ofrecer nuevos marcos de interpretación para una restitución identitaria dañada. En momentos de incertidumbre y precariedad, la fijación de un discurso ofrece espacio de reconocimiento, conmueve sensibilidades y suministra una legitimación moral a la propia existencia y sus opciones. En segundo lugar, que el juego entre la plebs (una parte, “los de abajo”) y el populus (la totalidad) puede encontrar otras formas de tramitación y otros nombres (gente de bien vs. casta). En tercer lugar, que el demos -condición de la democracia (Laclau, 2006)- implica una forma de democracia entre otras, que ligan de manera diferente soberanía popular, instituciones y régimen político. En todo caso, la dimensión democrática del gobierno de Javier Milei proviene de su legitimidad de origen, como resultado de una elección, cuyo formato de segunda vuelta le permitió obtener 55 % de los votos y generar condiciones para una democracia delegativa (O’Donnell, 1994).

Ahora bien, el proceso histórico y el devenir del sujeto político, requieren que el es tudio de conformación de un colectivo de identificación libertario se articule a partir de una disputa en el terreno de la hegemonía. La denominada batalla cultural provee de sentidos que funcionan de universales concretos y tránsito entre una dimensión (la identitaria) a la otra (la hegemónica). Es allí donde se requiere la mediación. Rothbard (1992) apunta que “emprendedores” político-ideológicos, cuadros intelectuales y ciertos líderes intermedios con conocimiento de las demandas, son elementos que se activan, especialmente, en campañas políticas presidenciales. Estos aspectos cobran una nueva fuerza ante la nueva mediatización de la política y la proliferación de entornos virtuales que funcionan de incubadoras y circulación de las ideas libertarias. En este sentido, un aspecto que es insoslayable y que se inscribe en una dinámica global es dicha batalla cultural, un término de inspiración gramsciana que referentes “liberal-libertarios” de medios de comunicación han venido desarrollando en América Latina. Los casos de Gloria Álvarez y Agustín Laje (los emprendedores político-ideológicos) contra la “ideología de género”, el “comunismo” y el “populismo”.

El término “casta” para referirse al statu quo fue movilizado por Podemos en España desde una perspectiva de izquierda, con el objetivo de superar la dicotomía izquierda-derecha mediante un clivaje abajo-arriba. En el caso argentino, este término también sirvió como herramienta para desplazar una enunciación que, aunque anclada en el espectro clásico de la derecha neoliberal, permitía establecer un antagonismo con “empresaurios”, “parásitos” y “políticos tradicionales”, especialmente en su dimensión identitaria. Ahora bien, el clivaje “argentinos de bien” vs. “casta” reactualiza la crítica a la clase política y evoca, incluso en las consignas, a las movilizaciones sociales del 2001. El “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo” es coreado en los actos libertarios, los cuales son musicalizados con las mismas canciones de protesta. La banda de sonido libertaria es la que acompañó a las movilizaciones de principios de siglo. Con ello, se evidencian las dos dimensiones: 1) identitaria que tiene la función de cierre constitutivo de alta intensidad y 2) hegemónica, en la que el discurso incorpora una noción más imprecisa de “cambio”. En efecto, en el discurso de Javier Milei pueden reconocerse elementos de mayor flotabilidad como el significante “cambio”, “República” o “populismo”, cuya función política es ampliar el espacio de representación aún a costa de perder intensidad identitaria:

Este domingo lo que tenemos que elegir es si queremos el populismo o queremos la república. En el fondo tenemos que saber que es imposible conseguir resultados distintos si seguimos haciendo las mismas cosas de los últimos 100 años […] Es el momento para dar un punto de inflexión, salir de estar de rodillas y volver a ponernos de pie para ser potencia. Tenemos que elegir si queremos esta plaga inflacionaria o vivir en estabilidad. Tenemos que elegir si los que ganan son los corruptos de la casta política o los que ganan son los argentinos de bien. (elDiarioAR, 2023)

En contextos de incertidumbre societal, la promesa opera como el reverso de la carencia y como un mecanismo que sujeta los horizontes de futuro. Así se puede entender la función del significante vacío investido: ‘la dolarización’. Los efectos dislocatorios de la inflación en la vida cotidiana y el papel del dólar, tanto en el sistema económico como en la representación cultural, son aspectos que ameritan un análisis más profundo, como han señalado algunos autores en torno a la sociología del dinero (Luzzi y Wilkis, 2019).

Este fenómeno puede comprenderse como una amalgama entre una ideología liberal-libertaria, una narrativa “anticasta” y las demandas insatisfechas proyectadas hacia el deseo. La incertidumbre provocada por la dinámica inflacionaria no solo afecta al poder adquisitivo, sino que altera una dimensión social del mercado y sus espacios de sociabilidad. Es el carnicero que da explicaciones a los vecinos por el aumento del precio de la carne quien ofrece servicios personales que explicita el aumento de sus costos. Esta situación propicia la reemergencia de sentidos comunes que cuestionan a quienes reciben subsidios o transferencias no condicionadas en términos de “derechos” sin haber hecho los méritos suficientes. En contextos de incertidumbre societal, la promesa opera como reverso de la falta y como mecanismo de sujeción de horizontes. Así se comprende la función del significante vacío investido: “la dolarización”. Los efectos dislocatorios de la inflación en la vida cotidiana y el lugar del dólar, tanto en el sistema económico como en la representación cultural, son aspectos que ameritan un análisis más profundo como el de algunos autores de la sociología del dinero como Luzzi y Wilkis (2019) que han desarrollado para el caso argentino. Los precios están dislocados, parafraseando a Hamlet, y esto trastoca las temporalidades y reconfigura relaciones sociales. Sin embargo, más allá de la coyuntura, son aspectos estructurales de la vida social los que se ponen en cuestión, como la educación (particularmente la escuela pública), la salud y el acceso a la vivienda. Los trabajos de Javier Auyero han venido alertando desde hace tiempo sobre una dolencia social y una percepción lesiva respecto a los servicios públicos y la protección social (Auyero, 2023). Las promesas incumplidas del Estado -gestionado por políticos- se convierten en las condiciones de posibilidad de nuevas promesas redentoras que surgen como antítesis de las frustradas.

El primer discurso como presidente, emitido por cadena nacional, propone coordenadas de legibilidad de un tiempo histórico marcado por lo antiestatal y lo antipolítico. En sus palabras, frente a lo que

algunos podrían llamar izquierda, socialismo, fascismo, comunismo y que a nosotros nos gusta catalogar como colectivismo, es una forma de pensamiento que diluye al individuo en favor del poder del Estado. Es el fundamento básico del modelo de la casta, es una doctrina de pensamiento que parte de la premisa de que la razón de estado es más importante que los individuos que componen la nación que el individuo solo es reconocido si se somete al estado y que por lo tanto los ciudadanos le debemos pleitesía a sus representantes: la casta política. (Perfil, 2023)

Esto muestra la configuración de una frontera antagónica (la casta y su instrumento: el Estado) y la disposición del mito (la libertad) que se elabora sobre un imaginario social o si se quiere con los fragmentos discontinuos: lo que Laclau (1977) en la teoría de los años setenta llamaba los “elementos” disponibles para ser articulados en el discurso que están presente en una cultura política. Esta noción de mito es clave para comprender el funcionamiento del discurso de La Libertad Avanza. Para Laclau,

los contenidos particulares del mito son sustituibles el uno por el otro (y es por esto que deben ser aprehendidos como conjunto en la medida en que todos ellos simbolizan una plenitud ausente y su eficacia debe ser medida por la movilización que se deriva de sus efectos equivalenciales, no por el éxito de sus contenidos literales diferenciados. (Laclau, 2002: 50)

Por lo tanto, aquello que encarne el significante “libertad” será variable y, en ocasiones, mediado y difuso.

Este estiramiento fue particularmente ostensible en la campaña electoral, posterior a las elecciones generales en las que el candidato libertario pasó a la segunda vuelta contra el candidato peronista. Allí se evidenció un desplazamiento de la frontera antagónica, pero en el marco de la propia narrativa libertariana, con el objetivo de interpelar tanto a votantes como a dirigentes del espacio de derecha derrotado (Juntos por el Cambio). Esto quedó claro en la intervención de Milei el mismo día de la elección que lo posicionó para el balotaje:

la elección que tenemos por delante es muy clara o cambiamos o nos hundimos; los que nos encerraron en una cuarentena brutal o los que pedimos libertad; los que defienden el populismo versus los que defendemos la República; los que quieren usar el estado en beneficio propio versus lo que queremos que la política esté al servicio de los argentinos de bien. (Clarín, 2023)

En este sentido, si “casta” coloca una frontera identitaria, “populismo” desplaza y redefine una frontera antagónica, capaz de incluir referentes de partidos de derecha como Jorge Macri y Rogelio Frigerio, una especie de “casta antipopulista”. Es muy visible que La Libertad Avanza también enfrenta una contradicción principal y contradicciones secundarias, como le gustaba referir a Mao Zedong.

Conclusiones

El populismo, como lógica política, trabaja la negatividad a partir de las demandas, como lo hemos analizado sociológicamente aquí. La dinámica histórica señala la necesidad de distinguir entre las demandas identitarias y las democráticas. En nuestro esquema analítico, partimos de dichas demandas ya que nos permiten incorporar tanto la dimensión material como la simbólica de la realidad social. Mientras que la lógica identitaria enfatiza la creación de fronteras e incorpora léxicos, íconos y rituales, la hegemónica exige articulaciones más flexibles, lidiando con un esquema de demanda-promesa-realidad que se inscribe en una temporalidad distinta.

Por un lado, la pérdida de horizontes de certidumbre como manifestación de una crisis civilizatoria, la desarticulación de identidades sociales (en algunos casos impulsada por avances igualitarios) y los efectos económicos, sociales y subjetivos de la pandemia han configurado un escenario emergente. Por otro lado, en la sociedad argentina se observa una proliferación de demandas ancladas en las condiciones de producción y reproducción de la vida. La dislocación causada por los efectos de la inflación y la pérdida de poder adquisitivo de los salarios produce malestares sociales cotidianos y expande los espacios de incertidumbre social. Al mismo tiempo, las promesas incumplidas del Estado como garante de derechos (fundamentalmente en salud, educación y seguridad) y las objeciones a la moralidad estatal erosionan su legitimidad ética, es decir, las críticas a los criterios visibles de asignación de recursos (programas sociales, subsidios, empleo público) inician un proceso de censura que culmina en la impugnación de las competencias del Estado como garante de derechos, cohesionador social y productor de comunidad.

La segunda condición es un proceso de articulación de estas demandas a través de una equivalencia producida por el mito de la libertad (como significante universal) y la concreción intermedia de promesas como la “dolarización”, que en el caso de Milei funciona con un significante vacío investido. Sin embargo, no se puede aislar de la frontera antagónica (la casta) y el mito (la libertad), que trabajan sobre un imaginario social compuesto por fragmentos discontinuos (como los políticos corruptos o aquellos que viven de subsidios).

Nos encontramos, entonces, en un escenario de transiciones eficaces entre los sentidos identitarios y hegemónicos que explican la victoria de La Libertad Avanza en las elecciones presidenciales. Sin embargo, es crucial mantener los dos registros analíticos para explorar la morfología del proceso y atisbar sus devenires, tanto en los que concierne a las identidades políticas como a la disputa por la hegemonía democrática. La relación entre la afirmación identitaria, con su énfasis particularista, y la dimensión del consenso hegemónico, que aquí entendemos como construcción de mayorías -tanto en consenso como cristalizaciones electorales- es heterogéneo, es decir, cuando la identidad no es mayoritaria, como es este caso, se necesitan niveles más altos de lo que denominamos transiciones discursivas entre el sentido de la identidad y de la hegemonía (precaria) de un sentido común mayoritario, o al menos un consenso activo. La práctica identitaria tiene un objetivo de autoafirmación cuyo goce es in situ, mientras que la lógica de la hegemonía requiere un horizonte de satisfacción de la demanda original (o un desplazamiento efectivo).

Este segundo aspecto -el de la hegemonía democrática- se basa en una promesa o en un conjunto de promesas que funcionan como reverso de las demandas. La postergación de la satisfacción, la sublimación hacia otros objetos e incluso el desplazamiento del objeto de deseo (reconfigurando la demanda) son procesos políticos posibles. Es evidente que el proceso identitario “libertariano” en Argentina ha configurado un sujeto político, pero queda por ver si las reformas políticas, sociales y culturales de la “Revolución Libertariana” lograrán gestionar las demandas que fueron condición de posibilidad o si estas sufrirán un reenvío simbólico que las reconfiguren, o si el reordenamiento propuesto derivará en nuevas frustraciones que se vuelvan en su contra. Esto dependerá no solo de las consecuencias del experimento libertariano, sino de esos otros sujetos del campo político (existentes o por existir). La teoría del populismo nos ayudará a comprender la conformación política de la historia, aunque para ello demande esfuerzos teóricos como los aquí propuestos.

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1Al respecto pueden consultarse los trabajos compilados en el dossier de Cuestiones de Sociología (2023).

2Usaremos derecha libertariana como concepto descriptivo de la orientación ideológica de La Libertad Avanza. Es evidente, como muestran Morresi y Vicente (2023) que son diferentes las corrientes de derecha que nutren esta experiencia, sin embargo, los nodos de sentidos movilizados se inscriben en una versión anarcocapitalista que la literatura ha sintetizado en la forma “libertariana” para reparar en su vínculo con un tipo de liberalismo y, a su vez, su distinción de tradiciones libertarias de izquierda.

3“requires inspiring and charismatic political leadership. It requires, in addition to intellectual cadre, political leaders who will be knowledgeable, courageous, dynamic, exciting and effective in mobilizing and building a movement” (Rothbard, 1992: 13).

Recibido: 26 de Diciembre de 2023; Aprobado: 11 de Septiembre de 2024

Sobre el autor

Martín Retamozo es doctor en Ciencias Sociales por la Flacso-México. Actualmente se desempeña como profesor de la Licenciatura en Sociología y posgrado en la Universidad Nacional de La Plata (Argentina), donde, además, dirige el Doctorado en Ciencias Sociales. Es Investigador Principal del CONICET en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales. Entre sus más recientes publicaciones se encuentran: (con Lucia Trujillo Salazar) “Peronismo, kirchnerismo y más allá: veinte años de estrategias políticas en Argentina (2003-2023)” (2024) Reflexión Política, 26(53); (con Soledad Stoessel) “Populismos del siglo XXI, ¿nueva fase luego del giro nacional-popular de principios de siglo?” (2023) Cuestiones de Sociología (28); (con Soledad Stoessel) “Gobiernos progresistas en América Latina. Controversias conceptuales sobre el populismo de la nueva ola” en Juan Piovani y Gloria Chicote, Convivialidades políticas y sociales en la pospandemia. CLACSO.

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