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Revista mexicana de ciencias políticas y sociales

Print version ISSN 0185-1918

Rev. mex. cienc. polít. soc vol.69 n.252 Ciudad de México Sep./Dec. 2024  Epub Apr 08, 2025

https://doi.org/10.22201/fcpys.2448492xe.2024.252.89332 

Dossier

El exilio como experiencia: abordaje interdisciplinario y multidimensional de la configuración de experiencias de exilios literarios

Exile as Experience: Interdisciplinary and Multidimensional Approach to the Configuration of Literary Exile Experiences

Alan Yosafat Rico Malacara 

Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), México. Correo electrónico: <alanrico@politicas.com.mx>.


Resumen

Este artículo examina la importancia de la interdisciplina y multidimensionalidad en las ciencias sociales, subrayando la necesidad de diálogo entre la sociología del arte y otras disciplinas para profundizar en el análisis de las representaciones sociales y artísticas. Se sugiere que esta transdisciplinariedad puede enriquecer la comprensión de cómo las obras de arte y literatura no solo reflejan, sino también constituyen, realidades sociales complejas dentro de la intersección entre arte, literatura y sociología desde diversas perspectivas teóricas. Posteriormente, exploramos cómo el exilio puede actuar como un quiebre social que redefine identidades y narrativas individuales. Se argumenta que los escritores exiliados, como narradores privilegiados de esta experiencia, ofrecen perspectivas únicas que entrelazan la producción literaria con la reconstrucción identitaria en contextos de ruptura. Se busca un cruce de metodologías y herramientas que van desde relatos de vida y análisis hermenéutico hasta archivo histórico e interpretación estética, para captar las complejidades temporales y espaciales de estas trayectorias individuales.

Palabras clave: escritores exiliados; experiencia; sociología del arte; interdisciplina; multidimensionalidad

Abstract

This article examines the importance of interdisciplinarity and multidimensionality in the social sciences, highlighting the need for dialogue between the sociology of art and other disciplines to deepen the analysis of social and artistic representations. It is suggested that this transdisciplinarity can enrich the understanding of how works of art and literature not only reflect, but also constitute, complex social realities within the intersection between art, literature and sociology from diverse theoretical perspectives. Subsequently, we explore how exile can act as a social rupture that redefines individual identities and narratives. It is argued that exiled writers, as privileged narrators of this experience, offer unique perspectives that intertwine literary production with identity reconstruction in contexts of rupture. A cross-section of methodologies and tools is sought, ranging from life stories and hermeneutic analysis to historical archive and aesthetic interpretation, to capture the temporal and spatial complexities of these individual trajectories.

Keywords: exiled writers; experience; sociology of art; interdisciplinarity; multidimensionality

Introducción

Cristina Peri Rossi -poeta uruguaya exiliada en España-, refiriéndose al exilio, denota que “Partir/es siempre partirse en dos” (Peri Rossi, 2002: 59). Esto nos plantea que se presentan muchas escisiones en la trayectoria biográfica de un exiliado; sin embargo, también se configuran algunas continuidades. La ruptura es la base del exilio.

Trasladando esta referencia del lenguaje poético a un plano más sociológico, en la investigación del exilio también encontramos un rompimiento: la fragmentación de tratarlo en dos dimensiones analíticamente distantes, a saber, un plano subjetivo y una posición objetiva. En la primera, hallamos significaciones, “microprocesos”, experiencias individuales, etc. En la segunda, procesos macrosociales y relaciones estructurales. Así, históricamente, desde la sociología, el análisis del exilio ha estado “partido en dos”.

No obstante, los esfuerzos de una sociología más reciente se han abocado a acortar esta brecha analítica. Uno de los objetivos de este artículo es plantear las problemáticas y posibles soluciones de una ciencia social -en este caso, de la experiencia del exilio- con un alcance más heurístico en su análisis, para tener una instantánea más amplia del fenómeno social que nos compete. Construir la experiencia del exilio como herramienta analítica nos ayudará a plantear intercomunicaciones entre disciplinas y escalas de conocimiento, además de reconfigurar conceptualmente un fenómeno como el exilio.

En este sentido, “[v]ivimos en un mundo y en un momento declaradamente globales”, dice Homi K. Bhabha (1999) en Arrivals and departures; afirmación que pareciera un tanto obvia en la actualidad; la globalización es uno de los tópicos centrales de nuestro tiempo. Sin embargo, pensar este tema como una obviedad ha llevado muchas veces a entender incorrectamente los procesos y particularidades que esta ha desencadenado a lo largo del mundo; comprensión que se extiende al pensamiento disciplinario dentro de las ciencias sociales. Vivimos en un mundo global y complejo, por lo que es necesaria una ciencia en búsqueda de respuestas igualmente globales y complejas.

El pensamiento lineal, propio de las “modernidades sólidas”-para hablar en código baumaniano- nos obliga a invadir la realidad como una homogeneización unitaria, como una superposición de “culturas globales” y “ciencias globales” de dudosa existencia, como una necesidad de supresión de expresiones -culturales y científicas- particulares. Sin embargo, ¿qué se esconde detrás de ese “conocimiento” abierto hacia otras formas culturales? Este cuestionamiento acarrea una discusión acerca de la idea de sistemas de pertenencia y estos, sin duda, desbordan complejidad. Los extremos de estas discusiones pueden llevarnos, por un lado, a la solidificación de la cultura y la ciencia social, es decir, a tratar de encasillarse en la idea de que la cultura -“nuestra cultura”- y la ciencia social disciplinaria son herméticas, con fronteras entre ellas finamente trazables y posiblemente impermeables a otras formas de expresión cultural. Dicho hermetismo cultural y académico conlleca a discriminaciones de otras maneras de pensar el mundo, lo cual desemboca fácilmente en violencias físicas y simbólicas de todo tipo. Asimismo, junto con la celebración de un “mundo declaradamente global” y de “una ciencia disciplinaria”, acechan la posibilidad de la eliminación de anclajes culturales fundamentales y el borramiento de discusiones posiblemente trascendentes propias del siglo XXI, respectivamente. Este doble movimiento paradójico: 1) desdibujar las fronteras que se trazan con cada expresión cultural en el mundo y encasillar estas expresiones en un mismo universo de posible significación y 2) dibujar fronteras científicas rígidas, reduce infinitamente la diversidad de maneras en que los seres humanos experimentan la vida social en general y a aquellos quienes la estudian.

De tal forma, este artículo se compone de tres secciones principales. En primer lugar, se plantea una reflexión sobre la importancia de expandir el rango analítico de las ciencias sociales -primordialmente de la sociología- a partir de la discusión sobre las posibilidades de la multidimensionalidad e interdisciplinariedad de este campo de conocimiento, interconectado con otras lógicas de pensamiento. En segundo lugar, nos concentraremos en exponer la complejidad de la categoría de experiencia como base de la discusión conceptual y el argumento general de este artículo; se visualiza la multiperspectividad de la herramienta de la experiencia vinculándola con diversos campos disciplinarios: psicología social, filosofía, historia, estética, entre los principales, pero teniendo como basamento el dispositivo sociológico. En tercer lugar, proponemos un engarce analítico para vislumbrar la envergadura del estudio de las experiencias de los exilios literarios, donde diferentes facciones de la composición investigativa reflejan el ensamblaje interdisciplinario propio de unas ciencias sociales complejas.

La trastienda de la experiencia del exilio: discusión sobre multidimensionalidad e interdisciplina

La sociología ha sido siempre terreno fértil de discusión, pero también de acuerdos, y uno de los consensos más importantes parte de la necesidad de una mirada integradora, que suprima los vicios de perspectivas fragmentarias; para utilizar la frase de Norbert Elias (2008) “la sociología como cazadora de mitos”, pero también de mitos sociológicos. Desde su fundación y desarrollo inicial, esta disciplina ha buscado dicha visión conciliadora y, en el siglo XXI, este discurso se ha fortalecido cada vez más. Pierre Bourdieu y Loïc Wacquant (2005), por ejemplo, llaman a construir una ciencia de la sociedad que unifique los dos campos de estudio que el mismo Bourdieu denomina “física social” y “fenomenología social”. En ambos se presentan mecanismos particulares que dan cuenta de la configuración de la vida en sociedad. Como dice Bourdieu, “el mundo social existe dos veces”: en clave estructural y de forma subjetiva.

En esta búsqueda de una integración teórica y metodológica, la sociología contemporánea ha avanzado significativamente en la construcción de marcos analíticos que abarcan la complejidad de las relaciones sociales. La multidimensionalidad, entendida como la consideración simultánea de diversas dimensiones del fenómeno social, se presenta como un enfoque necesario y enriquecedor. Esta perspectiva permite capturar la interacción dinámica entre estructura y agencia, destacando cómo las instituciones sociales y las acciones individuales se entrelazan y co-determinan mutuamente. Como indica Emirbayer (1997), el enfoque relacional en sociología subraya la importancia de las relaciones y procesos en lugar de las entidades y cosas, lo cual es fundamental para una comprensión profunda de los fenómenos sociales.

Asimismo, la interdisciplina se erige como un pilar central en el estudio sociológico actual. La integración de conocimientos y metodologías provenientes de diferentes disciplinas permite abordar los problemas sociales desde múltiples ángulos, enriqueciendo así el análisis y la comprensión. Por ejemplo, la convergencia de la sociología con la economía, la antropología y las ciencias políticas ha permitido el desarrollo de enfoques más robustos y comprehensivos en el estudio de la desigualdad social y la movilidad intergeneracional. Según Wallerstein (2006), la crisis de las ciencias sociales en el siglo XXI se resuelve mediante la adopción de enfoques interdisciplinarios que trascienden los límites tradicionales de las disciplinas académicas, promoviendo así una visión más holística y global de los fenómenos sociales.

La integración de estas perspectivas multidimensionales e interdisciplinarias no solo enriquece el análisis sociológico, sino que también tiene implicaciones prácticas significativas. En la formulación de políticas públicas, por ejemplo, es esencial considerar las múltiples dimensiones que afectan a los individuos y las comunidades, tales como la educación, la salud, el empleo y la vivienda. Las investigaciones que adoptan un enfoque multidimensional pueden proporcionar insights más detallados y precisos, facilitando la creación de políticas más efectivas y equitativas. Como señala Sen (2000), el desarrollo humano debe ser evaluado y promovido a través de una pluralidad de dimensiones, reconociendo que el bienestar no puede ser capturado por una sola métrica.

La capacidad de la sociología para adaptarse y evolucionar, incorporando estas perspectivas amplias y diversas, asegura su papel central en la comprensión y mejora de las sociedades del siglo XXI. Más allá de la interdisciplina, la transdisciplina se presenta como una evolución necesaria en la sociología contemporánea. La transdisciplina no solo integra conocimientos de diferentes disciplinas, sino que trasciende los límites disciplinarios para crear nuevos marcos conceptuales y metodológicos que aborden problemas de investigación de manera innovadora y holística. Según uno de los mayores exponentes del pensamiento transdisciplinario, Basarab Nicolescu (1996), la transdisciplina implica un enfoque que conecta, integra y va más allá de las disciplinas, promoviendo una comprensión unificada del conocimiento. En sociología, esto se traduce en la capacidad de desarrollar teorías y métodos que no solo combinen, sino que transformen los enfoques tradicionales, adaptándose a la complejidad y dinamismo del mundo social actual. La transdisciplina permite abordar cuestiones globales como el cambio climático, la migración y la justicia social con una perspectiva que integra dimensiones científicas, humanísticas y éticas, ofreciendo soluciones más comprensivas y sostenibles.

La búsqueda de espacios (trans)disciplinarios en sociología

Todas las ciencias en general, y las ciencias sociales en particular, se han convertido en sistemas institucionalizados y geolocalizados de conocimiento consensuados, al punto que autores como Pierre Bourdieu (2011) hablan de “campos” especializados para especificar las lógicas de acción y fundamentos epistemológicos que se desenvuelven dentro de ellos. La relación que tiene la ciencia con el mundo social es particular de cada una de las disciplinas y campos de conocimiento. Aquellas investigaciones que se han dedicado a indagar sobre las dinámicas disciplinarias de la ciencia subrayan que la complejidad del mundo social rebasa, necesariamente, cualquier esfuerzo por aprehenderla y, simultáneamente, genera nuevos fenómenos dentro de estas filosofías y sociologías de la ciencia: ¿qué tan pertinente resulta la especialización? ¿Qué tan problemática resulta nuestra mirada cuando nos posicionamos dentro de “fronteras disciplinarias”? ¿Qué caminos epistemológicos debemos trazar para afrontar los retos de ciencias sociales más complejas, propias del siglo XXI? (Bokser-Liwerant, 2008).

Uno de los movimientos más importantes dentro de las epistemologías de las ciencias sociales es la configuración de los objetos de estudio. Por muchos años, estas prácticas científicas estuvieron sustentadas en las naturalización de la relación entre realidad y observador. Sin embargo, hoy en día, se ha reflexionado inmensamente sobre la construcción de la realidad social (Berger y Luckmann, 2003), al punto de que ahora el trazo de los límites de un objeto de estudio contiene elementos propios de un divertimento, sin perder rigurosidad ni cientificidad.

En el pensamiento científico contemporáneo, la postura de inter y transdisciplina ayuda a comprender de mejor manera la realidad social. Es importante percatarse que, más allá de limitarse a reconocer las interacciones o reciprocidades entre pensamientos especializados, hay que localizar estos vínculos dentro de un sistema total de conocimiento sin fronteras definidas, es decir, dentro de las totalidades, siempre hay nuevos espacios intersticiales. ¿Cómo podemos obrar científicamente sobre esta idea? El conocimiento es una totalidad que fragmentamos haciéndolo relacional; nuestras conexiones científicas no son más que relaciones gnoseológicas de aspectos de una realidad total (Nicolescu, 2005), y es ahí, en la búsqueda de delinear nuestros objetos, donde hallamos los intersticios.

Sin embargo, estos resquebrajamientos no son ínfimos sino que tienen una potencialidad inagotable. Sin embargo, este potencial estaría desperdiciado si no se fundamenta en herramientas de investigación concretas, metódicas y comunicables. Nicolescu es reiterativo al explicar que este tipo de acercamientos a la construcción de la realidad debe, por un lado, tener un basamento en el pensamiento tradicional, el cual no debe desecharse y, por otro, fundamentarse en un método propio (Nicolescu, 1996). Para configurar un enfoque transdisciplinario, se necesita un “espíritu del conocimiento transdisciplinario”, sin él, no es posible aprehender esa configuración del conocimiento de la realidad, por lo tanto, el diseño de investigación debería ser transdisciplinario. El sujeto de conocimiento debe requerir conocimientos, “espíritus” y metodologías de diversas disciplinas para lograr configurarlo transdisciplinario. En este sentido, se acerca a la idea del pensamiento rizomático de Deleuze y Guattari (2014).

Cabe, entonces, la pregunta ¿cómo podemos configurar objetos de investigación posibles de estudiar desde esta perspectiva? La respuesta de este artículo es: la experiencia de escritores exiliados, es decir, una relación -que creemos simbiótica- entre arte-migración-sociología. En este objeto de estudio y reflexión no sólo estamos buscando las posibles influencias de las experiencias subjetivas, sino que también se busca las implicaciones artísticas de esta ruptura en la experiencia. Por ello, la comprensión del “arte desde el arte” para explicar lo social resulta la adquisición metodológica de herramientas estéticas, hermenéuticas y analíticas diversas, fuera de las provistas por las ciencias sociales. El análisis del arte exige herramientas estéticas.

En este contexto, el siguiente apartado explorará el basamento “dislocado” de la experiencia en un nivel transnacional e interdisciplinario. Abordaremos cómo la experiencia individual y colectiva se entrelaza con la migración y el arte, manifestando nuevas formas de entender y representar lo social. Este enfoque no solo enriquece la comprensión sociológica de las dinámicas transnacionales, sino que también desafía las convenciones metodológicas al integrar herramientas estéticas y hermenéuticas en el análisis sociológico. Así, nos adentramos en un territorio donde las fronteras entre disciplinas se diluyen y donde la experiencia humana se revela como un campo fértil para la innovación teórica y conceptual en las ciencias sociales contemporáneas.

“Estar en todos lados”: experiencias de pensarse global

Hoy en día pareciera que tenemos la capacidad de encontrarnos en “todos lados”, gracias al avance de las telecomunicaciones y los transportes. El tiempo se ha hecho casi instantáneo y acercarnos de un punto del planeta a otro es en extremo fácil. Viajes turísticos, migraciones, desplazamientos forzosos por igual han proliferado en la época actual rumbo a cualquier rincón del mundo, lo cual plantea un reto para la comprensión de nociones como el arraigo y la identificación con formas “sólidas” de apropiación de la cultura, de nuestra cultura: no escurridizas ni huidizas; lo cual también despierta una disputa antaña que data al menos de los socráticos: “ser extranjero en todas partes” y “en todas partes me encuentro en casa”. Estos tipos de cosmopolitismo aunado con la situación globalizada de la actualidad plantea diversas visiones y perspectivas cuando hablamos de la conceptualización del exilio. ¿Cómo hablar de “desplazados” en un mundo donde pareciera que todos lo estamos, aunque sea en cierto grado? ¿Cómo es posible y conveniente estudiar el exilio bajo esta rúbrica globalizante y globalizadora? ¿Qué tipos de anclajes culturales o sociales están posibilitados de ofrecernos algún tipo de seguridad en estos tiempos globales?

Por ejemplo, en el pensamiento de Michel Wieviorka, la noción de pensar global representa un llamado imperativo a trascender las fronteras disciplinarias y geográficas en la investigación sociológica (Wieviorka, Levi-Strauss y Lieppe, 2015). Wieviorka (2021) propone una mirada que no se limita a los confines tradicionales del conocimiento académico, sino que busca integrar perspectivas diversas y globales para abordar los complejos desafíos de la sociedad contemporánea. Este enfoque no solo implica un entendimiento profundo de las interconexiones globales que configuran nuestra realidad social, sino también una apertura a nuevas formas de pensar y de investigar que puedan captar la complejidad de los fenómenos sociales en un mundo cada vez más interdependiente. Wieviorka argumenta que pensar globalmente no es simplemente un ejercicio intelectual, sino una necesidad ética y epistemológica para enfrentar los problemas urgentes del siglo XXI, tales como la migración, el cambio climático, la desigualdad global y la emergencia de nuevos movimientos sociales transnacionales. El argumento de este sociólogo francés invita a trascender las barreras disciplinarias y a adoptar un enfoque holístico que permita comprender y transformar la realidad social desde múltiples ángulos y contextos, redefiniendo así los límites tradicionales de la sociología contemporánea.

El hecho de vivir en un mundo donde, digamos, el hogar se ha desplazado quizá a ninguna parte, plantea igualmente nuevos retos al acercamiento de la noción de exilio y exiliado, en particular, dentro de las ciencias sociales. ¿Cómo abordar el exilio? ¿Bajo singularidades o bajo grandes conceptualizaciones sociológicas? ¿Se puede hacer una síntesis de ambas posturas: hacer un esfuerzo por conceptualizar sociológicamente a partir de experiencias singulares del exilio?

¿Realmente será tal el desarraigo donde todo se encuentra desplazado o difuminado a tal grado que la discusión acerca del exilio queda obsoleta? No lo creo. Sin embargo, hoy en día, por ejemplo, encontramos una perspectiva del pensamiento sociológico en relación a los desplazamientos que tiene que ver con una postura enaltecida del nomadismo, como una metáfora utilizada en la teoría actualmente, y sus formas de desarraigo. Autores como Michel Maffesoli realzan la postura del nomadismo como un impulso actual hacia una vida errante, anteponiendo los beneficios de la movilidad por encima de lo terrenal y lo establecido, y con ello, valores como la flexibilidad, el desarraigo, la transitoriedad y lo efímero son enaltecidos. “El nomadismo continúa siendo un sueño tenaz que evoca el poder para instituir y por lo tanto alivia la pesadez mortífera de lo instituido”, dice Maffesoli (2005). ¿Será verdad que lo instituido conlleva una “pesadez mortífera”?

Si el exilio es una forma de anhelo por el hogar, el nomadismo y sus defensores reniegan de esa búsqueda alegando el hallazgo del hogar en cualquier parte. La exageración de lo efímero por encima de lo instituido o lo establecido vino como respuesta a una modernidad que terminó por “solidificar” al extremo procesos y representaciones sociales, como bien apunta Zygmunt Bauman (2010). Sin embargo, esto no quiere decir que esa postura sea la correcta para vivir en los tiempos que suceden actualmente. Se le ha denunciado, y con razón, a posturas como el nomadismo, de nublar la totalidad de la visión de diferentes realidades sociales empíricas y enfocarse solamente en un tipo de movilidad propio de las sociedades contemporáneas que pierde de vista otros sujetos sociales que no encajan en esta dinámica de movilización mundial, es decir, no podemos hablar de una realidad global donde cualquier persona tiene a su alcance la elección de trasladarse de un lugar a otro; un ejemplo de esto es el turista, viajero por decisión propia. Esta noción pierde de vista que existen otras figuras que se movilizan casi siempre en contra de su voluntad por diversos conflictos en los contextos en los que se encuentran. Así, figuras como los refugiados, desterrados o exiliados desaparecen de la visión de estas posturas, pero no habrá que perderlas de vista.

La situación del desplazamiento no es una situación generalmente privilegiada -como lo argumenta la postura “nomadista”-, al contrario, puede ser la búsqueda para dar sentido a ciertas situaciones específicas en la que se encuentran tales figuras como exiliado, refugiado o desplazado y, por otro lado, puede ser un esfuerzo de los mismos por encontrar arraigo en algún elemento de la realidad en la que se encuentran insertos. Muchas veces hace falta un “anclaje” a esta realidad para conservar el sentido de la misma. Un ejemplo teórico importante sobre esto es aquel que realizó la antropóloga Liisa Malkki en su etnografía Purity and exile (1995), donde, tras indagar en campos de refugiados hutus en Tanzania, halló que no sólo el desplazamiento forzoso hacia otras latitudes africanas afectó a esta población, sino que, aun así, dichos refugiados produjeron cosmovisiones que los diferenciaran de otro tipo de desplazado y que esa producción creaba una consciencia particular y un sentido de pertenencia entre los mismos grupos. Esto promueve una forma de arraigo, de apropiación del territorio y del mundo en general.

El interés principal de este artículo es indagar por una experiencia -como herramienta conceptual- que pueda dar cuenta tanto de la subjetividad como de las condiciones estructurales que aquí hemos delineado un poco. De esta forma, la categoría de experiencia del escritor exiliado será importante para proponer nuevos caminos teórico-metodológicos para aproximarse al fenómeno social del exilio. De igual manera, si es posible encaminar la experiencia desde una perspectiva sociológica, podemos complejizar esta relación epistemológica y pensar más allá de la cuadrícula científica y llevarla a otros horizontes del saber, por ejemplo, el arte. Esta postura inter -y quizá trans- disciplinaria se puede lograr si indagamos en experiencias empíricas concretas; en este caso, la experiencia de escritores exiliados.

La experiencia: relaciones entre estructuras e individuos

Si bien la sociología desde sus inicios ha tenido presente que las experiencias de los individuos son una parte importante de sus indagaciones, no hubo una problematización de dichas experiencias de manera formal. Marx (2001) efectivamente se preocupó por la consciencia de clase como eje rector de la organización social -situación que, como ya vimos, fue la piedra angular de las investigaciones de los historiadores británicos de la segunda mitad del siglo XX-, Durkheim (2012) cuestionó las posibilidades de la experiencia individual a partir del concepto de representaciones colectivas; para Weber (2008) el sentido mentado de la acción y su causalidad dependía en parte de las experiencias sociales del individuo, Simmel (2014) hacía, sucintamente, de una noción de experiencia la base de percepciones y sensaciones que configuraban el mundo social.

En este sentido, en esta sección nos enfocaremos en la implicaciones particulares que tiene el concepto de experiencia en la sociología, a partir de tres vías: 1) los esfuerzos teóricos de tres autores que tratan de dar cuenta de la relación estructura-agencia utilizando como base el concepto de experiencia; hablamos puntualmente de Schütz (1993, 2003), Foucault (2003, 2013) y Dubet (2010); 2) el concepto de representaciones sociales ha abandonado la exclusividad de la psicología social y ha ampliado su rango hacia las demás ciencias de la sociedad, por ello, en su introducción al estudio de la experiencia sociológica nos percataremos de que la relación entre esta y aquellas son esenciales, casi orgánicas, al punto de afirmar que no podemos pensar una sin la otra. Estudios como los de Denise Jodelet (2008), Wolfgang Wagner y Fátima Flores (2010) o Jean-Claude Abric (2004) dan sustento de esto; 3) los cambios sociales de los últimos treinta años, han hecho que la categoría de reflexividad sea una herramienta conceptual central en las ciencias sociales, situación que no dejamos de pasar desapercibida cuando queremos enmarcar a la experiencia dentro de las discusiones sociológicas. Los tres autores en los que nos basamos -Foucault, Schütz y Dubet-, que auxilian la comprensión de la experiencia desde una visión sociológica, alimentan perfectamente la incursión de ambos conceptos -reflexividad y representaciones sociales-, fundamentales para comprender la complejidad de las sociedades; desde luego, aquí lo enmarcaremos en el caso de la experiencia y, posteriormente, la misma en escritores exiliados.

La clave para comprender la relación sujeto-realidad era lo que se denominaba sentido y para tener una correcta comprensión [Verstehen] del sentido hay que apelar a la interpretación. Así, toda comprensión de la experiencia se basa en la interpretación hermenéutica. “Tener” una experiencia se diferencia de la “mera” experiencia por el hecho de que en la primera toda la carga histórica nos sumerge en una estructura relacional, en la cual otorgamos un sentido. Para Weber, por ejemplo, esta noción de experiencia vivida socialmente es el fundamento de la acción, de su sentido y de sus consecuencias, “cuando alguien basándose en los datos ofrecidos por “hechos” de la experiencia que nos son “conocidos” y en fines dados, deduce para su acción las consecuencias claramente inferibles (según nuestra experiencia) acerca de la clase de “medios” a emplear” (Weber, 2008). Los acciones y sus significaciones están mediadas por la experiencia, pero esa experiencia es una vivencia sociohistórica, es decir, relacional y temporal.

Si la acción social es la base de la sociología, para la corriente comprensiva lo fundamental es el significado que un sujeto particular le otorga a dicha acción y las maneras de interpretación de dicha acción. Ese significado está mediado por la experiencia. Todo sentido está mediado por la posición del sujeto, posición que se desglosa individual y temporalmente gracias a la situación biográfica. Por tanto, para comprender la experiencia de un individuo hay que construir su situación biográfica. No hay que perder de vista que esta situación es intersubjetiva. No hay biografía que no sea relacional: los otros individuos, las estructuras y las instituciones, las tipificaciones y los sucesos sociales; todos están en relación al sujeto que produce experiencias. Si queremos dar cuenta de la experiencia habrá que indagar por cómo esta se encuentra afectada por el mundo y, por lo tanto, condiciona la interpretación de los sucesos de la vida social y la acción sobre ella. Es un doble condicionamiento: la experiencia está condicionada por el mundo social y, a la vez, esta condiciona nuestra interpretación que damos de vivencias específicas. Entonces, comprender una acción particular significa indagar en la interpretación hecha por el individuo desde una experiencia construida sociohistóricamente, es decir, apelar a un proceso hermenéutico. Comprender una experiencia es comprender también el mundo social donde se produce, e igualmente comprender la trayectoria biográfica de aquel o aquella que construye dicha experiencia y le otorga un sentido específico.

Foucault, por su parte, nos alerta acerca de caer en simplezas y creer que existe una aproximación inmediata al mundo; al contrario, nos insta a comprender que toda percepción se encuentra ya codificada y que el sujeto, aunque logre establecerse como dotador de sentido, es primero un “emanación de las estructuras”. Este rasgo es parte de lo que denomina subjetivación, es decir, un proceso donde se organizan estructuralmente las posibilidades de consciencia de sí de un sujeto, el cual deja de ser ente cartesiano y trascendental, y pasa a ser una forma moldeada por las estructuras históricas, sociales y discursivas. El sujeto no es ya algo dado y autoconsciente, sino una constante pugna de definición (Hermo, 2015). De tal manera, la experiencia pasa a formar parte de este proceso de subjetivación estructural, y su definición se convierte en una política. Esta política de (por) la experiencia se genera a través de una interrelación de poderes; la posibilidad de tener una experiencia se fundamenta en la correlación histórica entre “campos del saber, tipos de normatividad y formas de subjetividad” (Foucault, 2009). Con Foucault comprendemos que hay que reconstruir las condiciones generales que posibilitan una experiencia antes que prestar atención al sujeto. Es la experiencia la que construye al sujeto y no al revés; son los condicionantes estructurales y sus relaciones político-históricas los que abren posibilidad de experiencias particulares; aquéllas son la base inextricable de estas.

De esta manera, para entender una (posterior) subjetivación realizada por el individuo, habrá que visibilizar la faceta previa a dicho proceso subjetivo, esto es, la comprensión de la constitución del sujeto de la experiencia y la producción de una subjetividad con un punto de vista particular, son antecedidos por los procesos que estructuran sociohistóricamente la apropiación del mundo. La pregunta que surge, entonces, es ¿cómo podemos acceder a esos elementos previos a la apropiación y a la subjetivación, que se encuentran determinados por condiciones sociales y estructurales? Asestamos una posible respuesta hacia la teoría de las representaciones sociales, fundada por Moscovici, bajo el auspicio crítico de la sociología durkheimiana.

La importancia de las representaciones sociales y su teorización radica, principalmente, en que si queremos saber cómo se construye una experiencia -a partir de un proceso de apropiación de elementos de la realidad social-, debemos develar las formas en que dichos elementos están estructurados, lo cual nos remite a aquellas representaciones que forman parte de la “información social” que disponemos para llevar a cabo dicha apropiación. La relación entre representaciones sociales y experiencia es importante en la medida en que comprendemos que la apropiación del mundo social está mediada por tales representaciones. No hay apropiación de la realidad que sea “inocente” o “sin filtros”. Tanto la apropiación, como la visión y las consecuencias prácticas de las mismas están estructuradas por una posición en el espacio social y esta posición se encuentra cargada de representaciones sociales particulares. La inclusión de la teoría de representaciones sociales nos lleva, de nuevo, a la configuración de la experiencia en términos epistemológicos. La experiencia es aquello a lo que apelamos cuando construimos nuestra visión particular de la realidad, pero cualquier visión experiencial se encuentra previamente articulada por una serie de representaciones construidas socialmente de las cuales el individuo se alimenta para configurar su relación con la realidad social; codifica nuestro acercamiento al mundo social al que nos enfrentamos diariamente, vela el posible conocimiento de elementos pasados, presentes y futuros.

Sin embargo, una experiencia social no sólo depende de la integración institucionalizada a estructuras heterogéneas, ni de la relativa autonomía de acciones estratégicas que dan cuenta de las tensiones entre diferentes dimensiones, sino también de una distancia crítica respecto de “lo vivido” que construye subjetividad; esta distancia se produce debido a que el agente actúa en esferas diferencias y heterogéneas del mundo social y, por lo tanto, sus lógicas de integración y de estrategización varían dependiendo del lugar que esté ocupando en un espacio social determinado, lo cual exige del actor un trabajo de asunción crítica de roles, lo que otros sociólogos como Giddens (2006) denominan reflexividad. Podemos razonarlo de la siguiente manera: el mundo social, al estar parcelado en varias dimensiones con lógicas heterogéneas, hace al individuo transitar entre ellas continuamente, lo cual genera tensiones tanto entre las lógicas diferenciadas como en la constitución de una subjetividad. El individuo de Dubet comienza siendo un actor disociado con vivencias parceladas debido a que actúa en el marco de diversas esferas de la vida social y -reformulando planteamientos de Weber- yuxtapone múltiples selfs, los cuales, evidentemente, se encuentran en tensión.

Para comprender nuestro flujo pasado de vivencias -que ya no se encuentran sino en el pasado- debemos construirlas como experiencias, es decir, construir una subjetividad temporal, histórica y cargada de significaciones. Es ese espacio de cimentación subjetiva de la experiencia, donde el sujeto tiene la posibilidad de construirse. El sujeto no es algo terminado, es siempre un haciendo, y en ese trabajo es necesaria un cierto grado de distancia crítica reflexiva. Por lo tanto, para comprender qué es una experiencia-para-alguien hay que transformar un yo en un (Mead, 2016).

Ahora bien, preliminarmente, habría que decir que el trabajo que hace el investigador de dotar de un sentido ulterior la cuestión de la experiencia, es decir, el otro que interpela -en este caso, el que redacta estas líneas- también tiene un papel fundamental dentro del proceso de construir una experiencia. La importancia de este último punto radica en que devela una característica epistemológica fundamental de la experiencia, esto es, que esta tampoco se basta de unas condiciones estructurales determinadas, sino que debe haber una narración hacia algún “otro” para que se complete esa construcción. De tal manera que la intersubjetividad -en este caso, narrada- también es fundamental para construir experiencias. El investigador, en este caso, es ese escucha de segundo orden que construye una experiencia y le da trascendencia, no ya como relato en términos de materia prima, sino como un constructo sociológico capaz de ser operativo metodológicamente.

De tal manera, apelando a que la experiencia no es un objeto que “esté ahí” sólo para ser “recolectado”, sino que más bien es una construcción, habrá que recalcar que estos procesos de subjetivación que apelan a una experienciación no son de ninguna manera construidos “en el aire” sino que dependen de tres elementos que ya mencionamos anteriormente: primero, las condiciones estructurales que también determinan esa construcción -Foucault, Jodelet-. Segundo, el aspecto de que dicho ensamblaje se hace de manera narrativa -Benjamin-; en este sentido, podemos decir que, para este trabajo, no hay experiencia fuera de su narración. Tercero, esa narración es, sin lugar a dudas, un elemento de reflexividad -Mead, Dubet-. De esta forma, encontramos una posible relación entre experiencia, narración y reflexividad.

De esta manera, la construcción de las experiencias desde la sociología, posibilitan la entrada interdisciplinaria de otros campos de conocimiento. En este caso, la reflexión del arte, particularmente de la literatura. Si bien, desde la experiencia podemos configurar las representaciones, qué mejor forma representativa del mundo social que el arte literario. La relación sociología-arte ha sido simbiótica desde el nacimiento de esta ciencia social y ha dado para muchas discusiones, unas más fructíferas que otras.

El estudio de la literatura: representaciones artísticas en figuraciones sociales

En el plano del estudio del arte desde la perspectiva sociológica se ha hecho costumbre remitirnos a la Sociología del Arte, tradición que -de manera dominante- se retrotrae desde Karl Marx hasta Pierre Bourdieu.

Marx, por ejemplo, iguala todo producto artístico con cualquier otro tipo de producción: “El objeto de arte -de igual modo que cualquier otro producto- crea un público sensible al arte, capaz de goce estético” (Marx, 2007), que, ligado a su clásica idea de que la estructura determina la dinámica superestructural, nos permite concluir que el arte no es, para Marx -al igual que toda la corriente marxista que deviene de ese pensamiento-, sólo un producto más de la dinámica material; con características particulares, pero un mero producto al fin. Por ejemplo, otro filósofo del arte de perspectiva marxista como es Marc Ickowicz, comenta que “la obra de arte está ciertamente determinada por el estado general de los espíritus y de las costumbres de la época” (citado en Bastide, 2006). Esta lógica es renovada por Lukács o por Goldmann al agregar otros conceptos o intermediarios en la relación entre la estructura social y la superestructura artística.

En un plano más contemporáneo, uno de los últimos grandes referentes de la teoría sociológica, Pierre Bourdieu, retoma la discusión marxista de la relación arte-sociedad situándola en su lógica de los campos. Según Bourdieu, explicando la lógica relacional del campo artístico podemos develar la lógica de la obra artística: “[las obras artísticas] no son esencias eternas que hayan surgido ya armadas del cerebro humano sino los productos históricos de un tipo concreto de labor histórica ejecutada según las reglas y las regularidades específicas de este mundo social particular” (Bourdieu, 2007). Efectivamente, es innegable el origen social de toda obra (artística o no), pero agotar la lógica de un texto literario a su dinámica social parece reduccionista.

El aporte bourdiano de resaltar la autonomía del campo artístico -con sus lógicas propias, sus tiempos y ritmos particulares, con capitales específicos construidos- parece significativo ya que, para adentrarse a la obra de arte, el estudio de la dinámica autónoma del campo artístico es indispensable.

Para este trabajo, la visión del arte como una representación resulta fundamental: el arte de lo social y para lo social (Becker, 2015). Esa representación necesariamente hace uso de herramientas sociales para producirse; a fin de cuentas, el arte también es un producto y se encuentra instalado en un proceso. Debemos entender la noción del arte en su faceta de representación social como una producción. Aclarar esta noción de producción literaria tiene varias implicaciones. Por un lado, como su nombre lo indica, la producción denota proceso y proceso denota tiempo. Una obra de arte (literaria, en este caso) se va construyendo en un proceso con una dimensión temporal incierta y que, en su construcción, es polifacético, ya que el autor, para edificar tal obra, utiliza múltiples elementos de la realidad de manera distinta y los conjunta con una creatividad personal y que elabora en un determinado espacio y tiempo, todo lo cual resulta en tal o cual obra. Multitemporal y multidimensional, así es la producción de una obra literaria. Así, al ubicar en un proceso de múltiples dimensiones y con múltiples tiempos, siempre anclados a lo social, podemos dar apertura a una construcción sociológica de la obra de arte como objeto.

Hay que aunar a estas características de la obra literaria, la propuesta filosófica-aventurada, sí, pero muchas veces certera- de Theodor W. Adorno, quien plantea que las circunstancias internas mismas del texto artístico nos permiten dilucidar las condiciones sociales de los individuos productores y de la época donde determinado texto es creado (Witkin, 2000; Adorno, 2005). El texto literario debe, según este filósofo alemán, promover la dialéctica sociedad-arte, permitiendo la infinita renovación de ambas; si no la promueve ni la posibilita, no podemos llamar arte a tal expresión. Entonces, según Adorno, hay que encontrar en el texto (en este caso literario), los elementos sociales y artísticos -estéticos y anestéticos, en la antropología de Bastide- que ahí se hallan. ¿Cómo se logra esto, para este pensador frankfurtiano? Indagando en la esencia profunda del arte; desproveyéndola de cualquier ornamentación innecesaria que nuble la “vista en busca de dialéctica” artística y social.

Sin embargo, también al resaltar a la literatura como un proceso de producción que genera representaciones nos acercamos a la pregunta de ¿qué representa tal producto? ¿Qué queremos decir con “representación”? ¿Tal representación obedece únicamente a condicionamientos sociales? La respuesta a estas preguntas me acerca a la filosofía de Jean-Luc Nancy (2007), quien expone que representar no es ilustrar o copiar; el prefijo re- da un carácter de intensificación; la representación es una “presentación recalcada” (Nancy, 2007: 36), que, epistemológicamente, muestra al objeto con otras características nuevas, fundadas en el proceso de creatividad. El objeto que forma parte del arte no es un objeto que encontramos en la vida cotidiana, sino que es una representación, una presentación intensificada por la forma en que la percepción se apropia de esos objetos.

Construyendo experiencias de escritores exiliados: fusión de perspectivas epistemológicas

El estudio de rupturas sociales debido a desplazamientos (muchas veces forzados) ha posibilitado que afloren diversidad de expresiones sociales de reconfiguración de subjetividades, identidades, representaciones y percepciones sociales. El exilio, como una condición sui generis de desplazamientos forzados, ha dado pie a muchas investigaciones donde la relación entre tal situación y la reconstrucción identitaria se pone en primer plano; por ejemplo, la antropóloga Margarita del Olmo hace hincapié en la importancia de los “quiebres sociales”, que generan crisis de identidad (Del Olmo, 2007). La relación entre identidad y exilio ha sido abordada constantemente en las ciencias sociales. Es en momentos de ruptura social -como lo es sin duda el exilio-, donde se concientiza la valía de la construcción identitaria. No es casualidad que mucha de la literatura del exilio tenga una gran preocupación por la constitución de subjetividades y, viceversa, cuando hablamos de identidades sociales, construcción de la relación del yo y su entorno, siempre surge el espacio para reflexionar acerca de momentos de quiebre, momentos intersticiales, que ponen en tensión dichas nociones de identidad. El exiliado como una figura importante del mundo actual provee de paradigmas importantes a la sociología de la identidad y en su expresión en el mundo cotidiano. Su testimonio puede dar cuenta de muchos factores importantes de la construcción de esta. La misma reconstrucción de su historia de vida resulta ser un paso importante para la objetivación de la construcción de subjetividades.

Dentro de la amplia gama de exiliados, se distingue la particularidad de la condición del escritor que atraviesa por esta situación y que, por ello, funge un papel significativo en la narración del exilio. Por esto, para los estudiosos del exilio, es importante fijar la mirada en esta figura (Sznajder y Roniger, 2013). El escritor exiliado es un caso paradigmático que da profundidad y amplitud a tal experiencia crítica; la perspectiva que da acerca de su experiencia es imprescindible para construir una imagen que relaciona exilio e identidad. Pero no sólo en términos sociales, sino que su carácter de “narrador” modifica el paradigma en varios aspectos: el carácter testimonial que su obra literaria da a la experiencia del exilio genera cuestionamientos tanto a la condición social coyuntural en cuestión, y también acerca de cómo existe una relación entre las representaciones sociales que el individuo se hace y los contenidos de su obra artística.

Es necesario, como hemos dicho, indagar en tres vías: las condiciones sociales de producción artística, la práctica individual del escritor como creador y la obra como objeto autónomo. Por lo tanto, espacios donde el exilio sea una preocupación central resultan menesteres para ahondar en esta relación exilio, experiencia y producción literaria. Así, al relacionar un momento necesariamente de ruptura (exilio) con la constitución conceptual de una noción también hoy en día trascendental para las ciencias sociales, como la identidad, podemos mejorar en la hondura de la correspondencia casi originaria que existe entre ambas esferas del acontecer humano y, si además añadimos que la experiencia particular de estos exiliados está abocada al arte literario, es necesario indagar empíricamente en la importancia de su obra literaria como un objeto social posible de interpretarse y en el transcurso paralelo de su trayectoria con miras a la reconstrucción de relatos de vida; entonces, la retroalimentación sociológica es mayor.

Por ello, la triangulación de la información antes mencionada -condiciones sociales, experiencia individual y obra autónoma- comprueban que la literatura es una herramienta con la que cuentan los escritores para expresar sus preocupaciones personales, sus motivaciones y su perspectiva particular del mundo social. Al buscar una correspondencia del exilio con la literatura, hallamos que aquél genera una intensificación creativa en esta, provista por una ruptura social, en este caso el exilio. Dicho de otra manera, si partimos de la idea que en la vida cotidiana (fenomenológicamente hablando) vivimos en un “dar-por-sentado-el-mundo”, es el quiebre con esta vida cotidiana la que provoca una reflexividad amplificada (Giddens, 2011), la cual provoca una nueva mirada del mundo, lo que nos lleva a esa intensificación creativa y tal “intensificación” también es moldeadora de -y moldeada por- las representaciones sociales que el individuo crea a partir de su experiencia social, es decir, de las obras de arte.

De igual manera, para vislumbrar metodológicamente esta relación entre arte y mundo social, entre literatura y exilio, que englobe el complejo entramado del escritor exiliado y su experiencia, partimos de una estrategia cualitativa.

La construcción de trayectorias sociales desde una perspectiva cualitativa a partir de la herramienta de los relatos de vida (Bertaux), provista gracias a entrevistas semi-estructuradas y a profundidad. Con ello, se rastrea esas configuraciones de las representaciones sociales inscritas en un tiempo y en un espacio concreto que posibilitan la construcción identitaria que, a su vez, cristalizan el dinamismo que las representaciones artísticas tienen. La trayectoria, según Michel de Certeau, “dibuja [y] metamorfosea la articulación temporal de lugares en una continuidad espacial de puntos” (De Certeau, 2010), por lo cual, las representaciones se configuran en esos espacios y tiempos. Además, la importancia de la construcción de trayectorias en la situación apremiante de exilio ayuda al análisis identitario, en el sentido de Michael Pollak, ya que, si bien en el relato de vida las representaciones posibilitan el vislumbramiento de la construcción identitaria, la experiencia crítica del exilio disloca la “naturalidad” con la que dichas representaciones son incorporadas; así, es importancia de “los objetos empíricos de casi todos los estudios sobre identidad sean tomados de las situaciones de transición o de traumas que ponen a los individuos en ruptura con su mundo habitual” (Pollak y Heinich, 1986). La importancia de este enfoque es que resalta el carácter múltiple del individuo; en un mismo relato podemos encontrar diversas trayectorias del sujeto estudiado: en el caso de este trabajo trayectoria biográfica, trayectoria como escritor y trayectoria como exiliado, lo que a su vez plantea diferentes temporalidades y ritmos en las mismas.

Para darle profundidad a la construcción de la relación entre experiencia del exilio y producción literaria nos apoyamos en lo propuesto por Rivera Sánchez de captar todas las ondulaciones de un relato de vida en su carácter longitudinal. Si existen (o han existido) modificaciones, transformaciones, persistencias, rupturas o discontinuidades en una experiencia, la construcción de trayectorias longitudinales nos ayudarían a captarlo, ya que las “trayectorias vitales no necesariamente [son] lineales y definidas por un solo evento, sino producto del entrelazamiento de otras trayectorias en la experiencia de vida de las personas” (Rivera Sánchez, 2015). De igual manera, si uno de los supuestos de esta aproximación es que en el proceso de exilio (posibilidad-ruptura-resocialización) se puede, paralelamente, reconstruir un proceso de la producción de ciertas obras literarias, la herramienta de la trayectoria permite visualizar esa retroalimentación paralela al distinguir diferentes dimensiones de lo social, por lo tanto temporales, del individuo. Al observar el recorrido de la trayectoria como escritor junto con la trayectoria biográfica podemos vislumbrar imbricaciones complejas que nos ayuden a comprender mejor el papel que tiene el fenómeno del exilio en la obra literaria de los escritores seleccionados.

De igual manera, al reconstruir grandes lapsos de tiempo en una vida también se puede entrever la importancia que tienen los múltiples espacios en los relatos. La importancia de las trayectorias multitemporales es que son asimismo multiespaciales, y ¿qué podría dar mayor significación al carácter multiespacial de la trayectoria que una que relate el itinerario de un exiliado? Así, multitemporalidades y multiespacialidades siempre presentes en la existencia de un escritor que vive sus días en el exilio, se sustentan metodológicamente con una herramienta que trata de resaltar esa característica social.

Por otro lado, en el texto del enfoque biográfico espacial se resaltan las mismas ideas de múltiples tiempos y múltiples espacios, sin embargo lo que más llama la atención, por lo menos para investigaciones de este tipo es otra característica metodológica: la intención de este enfoque de construir no sólo trayectorias con hechos sociales objetivamente contrastantes, sino también de rescatar significaciones otorgados a situaciones del sujeto a investigar. Este método “permite acercarse a la experiencia migratoria atendiendo a la forma como los individuos experimental el tiempo y el espacio, y dan significado a eventos específicos” (Velasco y Gianturco, 2015). Esto es realmente significativo para este texto debido a que, como se mencionó anteriormente, no nos vamos a orientar única y objetivamente en los hechos del exilio, sino en su experiencia, es decir, en cómo los escritores “experimentaron” dichos acontecimientos, por lo que un enfoque que permita, metodológicamente, localizar significaciones provee un gran avance.

Evidentemente, este acercamiento a sentidos y significaciones y no sólo a hechos exige del investigador un trabajo hermenéutico serio para localizar dichos sentidos y no caer en una sobreinterpretación casuística.

La segunda vía propuesta es el acercamiento de la obra literaria como producción artística inscrita en condiciones sociales específicas. Si bien no hay que reducir la obra literaria a sus meras condiciones sociales, tampoco hay que situarla fuera de ellas, en un plano metasocial. Un autor importante que podemos posicionar en un enfoque sociológico y que se preocupa por los elementos cualitativos de la obra es Paul Ricœur. La herramienta metodológica que propone este autor francés deviene en un trabajo hermenéutico -que deviene de los escritos de Gadamer y Heidegger (Grondin, 1999)- y trata de conciliar tanto las condiciones sociales de producción literaria con la capacidad creativa del artista, el cual es demiurgo de sentido. Entonces, para hacer una exégesis relevante de la obra literaria es imprescindible anclar los diferentes elementos de esta (sus imágenes, sus metáforas, sus referencias) a sus condiciones sociales de producción sin perder de vista nunca que dichos elementos son también inauguradores de un nuevos sentidos de lo que narran, ya que “toda narración interpela a una identidad narrativa propia de la obra artística” (Ricœur, 2013). Indagar por la imágenes, los símbolos, las metáforas resulta más productivo, ya que estos simbolismos tienen, evidentemente, una raíz social. Esta raíz se transforma, se re-presenta, cambia de forma y se autonomiza.

Consideraciones finales

Reflexionar sobre la experiencia del exilio literario y su basamento interdisciplinario, desde una perspectiva sociológica y cultural contemporánea, nos conduce a explorar un complejo entramado de dimensiones teóricas y empíricas que revelan cómo el arte, específicamente la literatura, se convierte en un espacio privilegiado para la expresión y la resistencia en contextos de desplazamiento forzado. Desde las primeras formulaciones de Marx sobre la producción artística como un reflejo de las condiciones materiales y sociales hasta las elaboraciones más recientes de teóricos como Pierre Bourdieu, hemos visto cómo el arte no solo imita o representa, sino que también participa activamente en la construcción y transformación de la realidad social.

La literatura del exilio, en particular, se erige como un campo de batalla simbólico donde convergen múltiples tensiones identitarias, políticas y culturales. Los escritores exiliados, al narrar sus experiencias, no solo ofrecen testimonios personales de ruptura y desarraigo, sino que también articulan críticas implícitas y explícitas a las estructuras de poder y las narrativas hegemónicas. Este acto de narración no es simplemente una reproducción de la realidad, sino una construcción compleja que desafía y reconfigura las percepciones dominantes sobre la identidad, la pertenencia y la memoria colectiva.

Desde una perspectiva metodológica, la utilización de enfoques cualitativos como las trayectorias de vida y los relatos biográficos nos permite adentrarnos en la intimidad de las experiencias individuales de los escritores exiliados. Michel de Certeau nos recuerda que las trayectorias vitales no son líneas rectas, sino redes de experiencias entrelazadas que se transforman y se resignifican a lo largo del tiempo y el espacio. Esta comprensión es crucial para captar la complejidad de cómo los eventos disruptivos como el exilio no solo fragmentan las vidas individuales, sino que también generan nuevos espacios de significación y narrativa que desafían las normativas culturales establecidas.

En términos teóricos, la obra literaria del exilio no solo se interpreta como un producto artístico autónomo, sino como un artefacto cultural cargado de significados sociales y políticos. Paul Ricœur, en su enfoque hermenéutico, nos invita a desentrañar los símbolos y metáforas de estas obras para comprender cómo se entretejen con las condiciones sociales e históricas de su producción. Este análisis revela que las representaciones artísticas no son simples espejos de la realidad, sino que son construcciones dialógicas que interactúan activamente con el contexto social, ofreciendo nuevas interpretaciones y posibilidades de resistencia ante las narrativas dominantes. Desde una perspectiva crítica, la literatura del exilio nos invita a cuestionar las narrativas oficiales y a reconsiderar las fronteras conceptuales y emocionales que definen nuestras identidades individuales y colectivas. Este proceso de reconfiguración identitaria no solo es personal, sino que también tiene implicaciones profundas para la comprensión de las dinámicas socioculturales más amplias. En última instancia, el estudio del exilio literario nos muestra que el arte no solo refleja la realidad, sino que también la moldea y la transforma, abriendo nuevos horizontes de comprensión y acción en la sociología de la cultura y el arte contemporáneo.

Finalmente, las discusiones sobre interdisciplinariedad y multidimensionalidad de las ciencias sociales emergen como aspectos fundamentales al abordar el fenómeno del exilio literario. Desde la sociología de la cultura hasta la antropología literaria y los estudios de migración, diversas disciplinas convergen para iluminar aspectos diferentes y complementarios de esta compleja experiencia humana. La sociología, en particular, aporta herramientas analíticas que nos permiten desentrañar las estructuras de poder y las dinámicas sociales que configuran tanto las condiciones del exilio como las respuestas creativas de los individuos frente a ellas. Al mismo tiempo, la antropología literaria nos invita a considerar cómo las narrativas individuales se entrelazan con las narrativas colectivas y cómo estas se inscriben en el contexto cultural más amplio.

La transdisciplinariedad, por su parte, nos ofrece un marco conceptual para trascender las limitaciones disciplinarias y explorar las interacciones entre diferentes dimensiones del conocimiento. La obra literaria del exilio no se puede reducir a una sola perspectiva; más bien, exige un enfoque integrador que incorpore tanto las condiciones sociales y políticas como las experiencias subjetivas y estéticas de estos escritores. Esta perspectiva transdisciplinaria nos permite no solo entender mejor las complejidades de este fenómeno social, sino también abrir nuevos caminos de investigación que desafíen las fronteras tradicionales entre las ciencias sociales, las humanidades y las artes.

La posibilidad de una transdisciplina en el estudio del exilio literario no solo enriquece nuestro entendimiento académico, sino que también tiene implicaciones prácticas y éticas significativas. Nos invita a cuestionar nuestras propias posiciones epistemológicas y metodológicas, fomentando un diálogo crítico y reflexivo que trascienda las divisiones disciplinarias y contribuya a la construcción de un conocimiento más integral y comprensivo. Al integrar perspectivas diversas y complementarias, podemos avanzar hacia una comprensión más profunda de cómo el arte no solo refleja, sino también transforma las realidades sociales y culturales en contextos de desplazamiento.

En el contexto del exilio literario, la relación entre la sociología y la hermenéutica filosófica se presenta como un espacio fecundo para la comprensión profunda de las experiencias individuales y colectivas. Mientras que la sociología aporta herramientas analíticas para estudiar las estructuras sociales y las condiciones materiales que rodean a este tipo de migración, la hermenéutica filosófica profundiza en la interpretación y el significado de las narrativas individuales. La interacción entre ambas disciplinas permite una aproximación integral que no solo explora las dimensiones externas del exilio, sino que también se sumerge en las subjetividades y las significaciones que los individuos atribuyen a sus experiencias. Así, la sociología y la hermenéutica filosófica se complementan mutuamente, proporcionando un marco robusto para la investigación del exilio literario que abarca desde las condiciones sociales y políticas hasta las profundidades del sentido y la interpretación.

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Recibido: 14 de Junio de 2024; Aprobado: 07 de Agosto de 2024

Alan Yosafat Rico Malacara. es candidato a doctor en Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Sociología y maestro en Estudios Políticos y Sociales por la UNAM. Es profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM. Sus líneas de investigación son sociología del arte, sociología del exilio y literatura y sociedad, especializándose en sociología de la poesía del exilio. Realizó una estancia doctoral en la Universidad de Leiden, en los Países Bajos y es parte del grupo de trabajo académico Onderzoekers Latijn Amerika (OLA) Dutch PhD Forum on Latin American Studies de la Universidad de Ámsterdam. Actualmente se desempeña como Editor Asociado en la Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM. Sus más recientes publicaciones son: “‘Los muros del exilio’. Reflexiones sobre las transformaciones de las dinámicas del exilio a raíz de la caída del Muro de Berlín” (2020) Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, 65(238); (con Ana María Herrera Galeano) “La construcción social del riesgo. Claves analíticas para comprender la pandemia de Covid-19 en México: el caso de la Jornada Nacional de Sana Distancia” (2021) Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, 66(242).

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