Introducción
En las últimas décadas, la sociedad española ha asistido a dos fenómenos de profundas consecuencias sociales: un notable aumento de la implicación de la mujer en el mercado de trabajo y una rápida expansión de los valores igualitaristas en materia de género, lo cual implica un posible debilitamiento de los roles de género tradicionales, en que hombre y mujer desempeñaban funciones totalmente diferenciadas (él como principal trabajador en el ámbito público y ella como dueña de la esfera privada). Estudios previos en Latinoamérica muestran la importancia que el trabajo asalariado tiene para las mujeres que desempeñan labores profesionales y cómo el empleo remunerado las aleja de los roles tradicionalmente asignados a la población femenina (Castañeda y Contreras, 2017; Castañeda, 2019; Gómez y Salguero, 2020). Ambos fenómenos han conducido a un cambio en el reparto de las tareas domésticas y en el cuidado de los menores en las parejas heterosexuales. Sin embargo, aunque se produzca esta evolución, su ritmo es lento y las mujeres sufren la llamada “doble jornada” (García-Faroldi, 2023), en la que no solamente trabajan de manera remunerada en la esfera pública, sino que dedican más tiempo que ellos tanto a las tareas del hogar como al cuidado de la descendencia en la privada. Esta “doble presencia”, como denunciara Balbo (1987) hace ya varias décadas, implica en la vida de las mujeres una sucesión de etapas de mayor o menor implicación laboral en función de las circunstancias familiares -trabajar a tiempo completo cuando no hay hijos o son ya mayores, a tiempo parcial cuando son pequeños pero están escolarizados, o abandonar el trabajo cuando aún están en edad preescolar-, ya que la presencia en el ámbito doméstico y las responsabilidades hacia el hogar y los menores siempre era continua, si bien el número de horas dedicadas a la esfera reproductiva podía reducirse para dejar tiempo para dedicarse a la productiva.
Inevitablemente, la transformación del papel de la mujer en la sociedad equivale, por lo tanto, a un cambio del rol masculino. Los estudios sobre masculinidades desde una perspectiva de género que se han llevado en los últimos 40 años señalan que la identidad masculina ha atravesado profundas transformaciones relacionadas con la imposición de políticas neoliberales -incorporación de las mujeres al mercado laboral-, acompañada de la presencia de movimientos feministas que han señalado los privilegios masculinos en el ámbito privado y público (Fuller, 2018). De igual manera, se deben resaltar las investigaciones sobre la llamada paternidad involucrada, que pone de manifiesto que la implicación de los padres en el cuidado de sus hijos e hijas, más allá del rol de proveedor económico, ha aumentado en las generaciones más jóvenes y educadas (Gatrell, Burnett, Cooper y Sparrow, 2015; Kaufman y Uhlenberg, 2000; McGill, 2014; Sullivan, Billari y Altintas, 2014). Asimismo, en distintos contextos urbanos, como en el caso de la Ciudad de México, están apareciendo nuevas estrategias en las familias para conciliar la vida laboral y familiar, las cuales intentan confrontar los estereotipos de género, que varían en función de la relación de pareja, la trayectoria y prácticas de paternidad de los hombres (Salguero et al., 2019).
El cuidado de los menores tiene, además, implicaciones que van más allá del ámbito doméstico, ya que logra aumentar la satisfacción con la vida familiar (Miguel-Luken, 2019) y supone un desafío a la masculinidad hegemónica (Elliott, 2016; Hanlon, 2012; Holter, 2014). En este sentido, las políticas familiares igualitarias y dirigidas a incrementar la participación de los hombres en el cuidado contribuyen a desarrollar este tipo de masculinidades (Esping-Andersen, 2009; Langvasbråten y Teigen, 2006; Scambor, Wojnicka y Bergmann, 2013; Walby, 2009) y a lograr una participación más igualitaria en diversas esferas (Scambor et al., 2014), como en décadas anteriores dichas políticas familiares facilitaron la incorporación de las madres al mercado laboral (García-Faroldi, 2020).
Sin embargo, pese a la mayor presencia y visibilidad de esta “nueva paternidad”, el rol de padre como proveedor económico sigue siendo el dominante (Kaufman y Uhlenberg, 2000), aunque se haya erosionado (Nock, 1998). Los hombres que buscan cumplir con los mandatos sociales asociados a la paternidad se entrenan como actores fundamentales que proveen económicamente e identifican dicha actividad como su responsabilidad familiar y valor identitario a nivel individual (Figueroa, 2014).
Por lo tanto, en este artículo se investiga, en primer lugar, cuál es la percepción que la población tiene de las tareas que vincula la sociedad al hecho de ser padre y ser madre. La representación que tienen los demás, es decir, que los contextos normativos de los grupos sociales tienen un fuerte impacto en las actitudes y comportamientos de sus miembros. A lo largo del texto se mostrará cómo dicha percepción sigue distinguiendo claramente entre las tareas que corresponde a un padre y a una madre, reproduciendo los roles de género tradicionales y dificultando, por tanto, el cambio hacia una división más igualitaria de las tareas de cuidados en las familias españolas.
En segundo lugar, este artículo analiza a mayor profundidad cómo percibe la sociedad española el rol de ser padre en la actualidad. Se explora el grado en que el nuevo modelo de paternidad involucrada está presente en el imaginario colectivo frente al modelo tradicional de “padre proveedor”. Como señalan Connell y Messerschmidt (2005), el género es siempre relacional y la masculinidad se define socialmente en contraposición de la feminidad, por lo que se compara la percepción del rol de padre con el de madre. Los resultados muestran que ambos roles siguen siendo esferas separadas y perfectamente definidas: mientras el rol del padre sigue siendo principalmente el de “conseguir los recursos económicos”, el rol de la madre se asocia con encargarse de las necesidades básicas y dedicar tiempo a los menores. Este estudio muestra otras diferencias interesantes, como la percepción social de que las actividades de ocio están más vinculadas al rol de padre y las tareas escolares al de las madres, estableciéndose así una división sexual entre los progenitores al ejercitar sus roles parentales (García de Diego y García-Faroldi, 2022).
Sin embargo, para poder conseguir una mejor comprensión de los resultados obtenidos de la encuesta, se comienza el análisis mediante una contextualización de la situación española, comparada con la mexicana. Para ello, se equiparan los datos de ambos países en una serie de indicadores relacionados con las políticas familiares, así como la opinión pública sobre el empleo femenino y, particularmente, de las madres.
Este texto se estructura en cinco apartados. Tras esta introducción, el primer apartado explica las principales aportaciones teóricas en el estudio de la transformación del rol de madres y padres en los últimos años; en esta sección se desglosan los objetivos de la investigación. El segundo apartado se dedica a la metodología y el tercero presenta los resultados. Finalmente, las conclusiones mencionan sus principales hallazgos, limitaciones y futuras líneas de trabajo.
Marco teórico
Las nuevas formas de maternidad: las madres que trabajan en las dos esferas
En las últimas décadas, la implicación de la mujer en el mercado de trabajo en la sociedad española se ha intensificado y ha asistido a una rápida expansión de los valores igualitaristas en materia de género. Un ejemplo de ello es que, en 2018, por primera vez la tasa de empleo femenino alcanzó 61 % en España, según datos de Eurostat, aunque sigue por debajo del promedio europeo (67.4 %). Esta tasa es de las más bajas de la UE y solamente supera a las de Italia, Grecia, Croacia y Rumanía.
Desde las ciencias sociales se ha debatido recientemente sobre cuáles son los factores que explican que las mujeres trabajen en la esfera pública o no y las condiciones en que lo hacen (tiempo completo o tiempo parcial, desarrollar una carrera laboral continua o interrumpirla durante los años en que los hijos son pequeños, etc.). Los estudios muestran que una de las variables que más influye en que una mujer se mantenga activa en el mercado laboral o interrumpa su actividad es el hecho de tener descendencia, especialmente si los menores son de corta edad, lo que se ha dado en conocer como la “penalización de la maternidad”. Existen tres grandes corrientes para explicar la decisión de que las mujeres en general y las madres en particular trabajen: 1) el enfoque microeconómico, 2) el enfoque de las preferencias individuales y 3) el que se refiere a los factores estructurales, ya sean de carácter institucional (políticas familiares y mercado laboral fundamentalmente) o cultural, ya que ambos, a su vez, están muy relacionados. El enfoque microeconómico sostiene que las mujeres con mayor nivel de estudios y con mayor experiencia laboral asumen un mayor coste si deciden no trabajar, puesto que renuncian a trabajos mejores que aquellas que tienen menor nivel de estudios o experiencia. En el caso español, la educación ha mostrado ser una variable más influyente que en otros países para determinar las características del empleo y la trayectoria laboral de las mujeres (Bould, Crespi y Schmaus, 2012; Hook, 2015; León y Migliavacca, 2013; Moreno, 2010), característica que comparte con otros países mediterráneos (Solera, 2009). Hay que tener en cuenta también que un factor -nada desdeñable- que puede explicar que las preferencias no se puedan llevar a cabo es la necesidad económica. En muchas ocasiones, únicamente la posibilidad de tener dos sueldos permite mantener un mínimo nivel de vida en la familia, una situación que ocurre con más frecuencia entre los trabajadores manuales (Martín-García, 2010).
Frente al enfoque microeconómico, una de las propuestas más influyentes -y a la vez polémica- dentro de las que destacan el papel de las actitudes, es la llamada “teoría de la preferencia” de Hakim (2000, 2003). Según esta autora, las mujeres pueden dividirse en tres grupos en función de la relevancia que den al trabajo y al cuidado en sus vidas: el grupo más numeroso y heterogéneo es el que ella llama mujeres adaptativas, incluye a las mujeres que no dan prioridad a ninguno de los dos aspectos, frente a las centradas en el trabajo, cuyo ideal es trabajar a tiempo completo de manera continua y las centradas en el hogar, cuya prioridad es la vida familiar.
Una de las críticas más extendidas al enfoque sobre las preferencias individuales de Hakim proviene del tercer enfoque: muchas mujeres experimentan constreñimientos que impiden que elijan libremente qué quieren hacer cuando tienen descendencia, lo que justifica que existan incoherencias entre las actitudes y los comportamientos (Crompton y Lyonette, 2005). Uno de ellos es el contexto institucional, especialmente las políticas familiares, aunque también las políticas laborales impactan en el empleo femenino. Por ejemplo, Kremer (2006) sugiere que los regímenes de bienestar reflejan y promueven ciertos “ideales de cuidado” que definen qué es un buen cuidado y quiénes son buenos cuidadores. En este sentido, Pfau-Effinger (1998) propone el concepto cultura de género para referirse a las normas y valores que conciernen a las formas “correctas” de relaciones de género y la división del trabajo entre hombres y mujeres. Los defensores del enfoque cultural, por su parte, resaltan que esas culturas de género explican, especialmente en el caso de las comparaciones internacionales, por qué ciertas políticas familiares se implementan en un determinado contexto y no otras (Hennig, Stuth, Ebach y Hägglund, 2010). La cultura puede influir tanto definiendo que lo apropiado para una mujer es su rol de cuidadora (Olson, 2002), como promoviendo que todas las personas adultas trabajen y no sólo las mujeres se dediquen exclusivamente a cuidar (Hakim, 2004; Janus, 2013a, 2013b). En ambos casos, los factores culturales están limitando la libertad de elegir trabajar en la esfera pública. Los defensores de un enfoque más institucionalista consideran que es la modificación de las políticas públicas el que puede promover un cambio en las actitudes y preferencias hacia el empleo cuando se tienen hijos pequeños (Gangl y Ziefle, 2015). La conclusión es que, incluso en un contexto como el actual, en que existe un proceso de individualización y de privatización de los comportamientos familiares que permite una mayor libertad de elección (Ayuso, 2019; Meil, 2011), las normas sociales y las instituciones pueden influir en la decisión de trabajar, independientemente de las actitudes que tenga la mujer (García-Faroldi, 2017). Como advierten Schenone y Oliva (2017), no todas las políticas actuales de conciliación promueven una corresponsabilidad social de los cuidados, sino que algunas reconocen que las mujeres pueden trabajar fuera de casa “pero no brindan un marco institucional consistente para facilitar los tiempos, asignar recursos y proveer de servicios para externalizar el cuidado”, lo que convierte a estas madres en mujeres malabaristas (Faur, 2014) para poder conciliar su tiempo entre el trabajo remunerado y no remunerado. En el caso de México, por ejemplo, Hernández e Ibarra (2019) realizan un análisis de la legislación laboral del país y su relación con las iniciativas desarrolladas internacionalmente, como el Convenio 156 y la Recomendación 165 de la OIT. Concluyen las autoras que la normativa actual favorece la conciliación, pero coloca a las mujeres en desventaja porque se reproduce la imagen de que tienen una menor implicación laboral (Hernández e Ibarra, 2019: 178).
Para finalizar con la revisión de estos estudios, cabe resaltar que es complejo diferenciar los efectos institucionales de los culturales (Uunk, 2015) y ambos tipos de efectos son cruciales para entender el empleo de las mujeres que son madres (Boeckmann, Misra y Budig, 2015). Hay que tener en cuenta, además, que la relación de influencia entre actitudes y comportamiento es bidireccional, según han mostrado estudios longitudinales: el efecto de las actitudes en el empleo femenino es tan fuerte como el de dicho empleo en las actitudes (Corrigall y Konrad, 2007).
Las nuevas formas de paternidad: más allá del rol de proveedor económico
El sistema de género es relacional e interdependiente (Scambor et al., 2014) y, por ello, la incorporación de las mujeres al empleo remunerado ha afectado directamente a los hombres. La expansión del empleo femenino y de los roles de género igualitarios ha provocado cambios significativos en la vida cotidiana de las familias, lo cual ha afectado no únicamente a las madres, sino también a los padres. El rol tradicional del padre como proveedor de recursos económicos se inicia cuando la revolución industrial termina con el hogar como lugar de producción y vive su apogeo en la década de 1950 (Katz-Wise, Preiss y Hyde, 2010). En esta concepción, la autoridad del padre deriva de su trabajo remunerado, por lo que se asocia ser un “buen padre” con garantizar un nivel de bienestar económico a los descendientes. Ranson (2012) define este modelo como la priorización del trabajo remunerado frente a implicarse en el cuidado diario de los menores. Frente a este “padre proveedor” aparece la figura de la “nueva paternidad”, más involucrada en el cuidado y atención diarios de los hijos e hijas, que mantienen relaciones más próximas e íntimas. En este modelo los padres otorgan gran valor a las relaciones cercanas con sus hijos e hijas, incluso a veces sacrificando el avance de la carrera laboral y organizando su vida laboral para acomodarse a sus responsabilidades familiares (Ranson, 2012).
Los estudios sobre masculinidad comienzan en los años setenta con el empuje de los movimientos de liberación de las mujeres y de los gais (Connell, 1993). Desde entonces, uno de los términos que más se han utilizado para describir la situación de ventaja social del hombre ha sido el de la masculinidad hegemónica y su relación con otro tipo de masculinidades. El concepto masculinidad hegemónica aparece en los años ochenta (Carrigan, Connell y Lee, 1985; Connell, 1987) y se aplica a numerosos campos -educación, crimen, medios de comunicación, publicación, salud, etc.- hasta ser revisado tras 25 años de utilización (Connell y Messerschmidt, 2005). Como señala Segato (2014, 2019), en el patriarcado la socialización de los hombres los obliga a desarrollar lo que llama una “afinidad significativa” entre las masculinidad y la crueldad, la guerra, el distanciamiento y la baja empatía, todas ellas características que dificultan que los hombres puedan desempeñar un rol cuidador y que suponen costes para los propios hombres, tales como la violencia contra otros y contra sí mismos, los comportamientos de riesgo, la mala salud y las relaciones empobrecidas (Elliott, 2016; Scambor et al., 2014). La concepción tradicional de la masculinidad implicaba que el hombre era fuerte, duro, competitivo y poco emocional (Thomas y Bailey, 2006) . Las categorías que lo definen y que constituyen la esencia masculina, se basan tanto en la elaboración de propiedades naturales, consideradas inamovibles y que otorgan legitimidad a las jerarquías, como también en una alegoría del orden social, lo que identifica al cuerpo masculino con las jerarquías sociales y de género (Fuller, 2018).
La masculinidad hegemónica no es mayoritaria en términos estadísticos, ya que solamente una minoría de hombres pueden representarla, sin embargo se convierte en el modelo más estimado de ser un hombre, por lo que requiere al resto de los hombres que se posicionen a sí mismos en relación con ella. Se ofrecen así modelos que expresan ideales, fantasías y deseos y que proveen de modelos para relacionarse con las mujeres, legitimando ideológicamente la subordinación de la mujer con respecto al hombre (Connell y Messerschmidt, 2005).
En la revisión del concepto que realizan Connell y Messerschmidt (2005) destacan dos ideas básicas: la pluralidad existente de masculinidades y la jerarquía de dichas masculinidades. Algunas son más centrales socialmente, o están más asociadas a la autoridad y el poder, frente a otras que están subordinadas (por ejemplo, la de los hombres homosexuales). También existen lo que los autores califican de “masculinidades cómplices”, que son aquellas mantenidas por los hombres que reciben los beneficios de un sistema patriarcal sin representar una versión fuerte del dominio masculino.
No obstante, esta masculinidad hegemónica se va erosionando progresivamente y aparece el “nuevo hombre”, que se representa como más suave y sensible, más implicado en los cuidados (Edley y Wetherell, 1999). Para Elliott (2016), las masculinidades cuidadoras se caracterizan por su rechazo a la dominación y su integración valores relacionados con el cuidado, como las emociones positivas y la interdependencia. Esta concepción choca con la masculinidad hegemónica, que promueve que los hombres nieguen su necesidad de emoción e intimidad (Hanlon, 2012). Adoptar estas masculinidades puede provocar, según Hanlon (2012), el ostracismo social por no ajustarse a los roles masculinos esperados.
La aparición de la dicotomía padres buenos proveedores/involucrados, popularizada por Kaufman y Uhlenberg (2000), promovió numerosos estudios en los que se analizaba el grado de popularidad de ambos tipos de padres, utilizando para clasificar a los progenitores el grado de implicación laboral (número de horas de trabajo remunerado, salario, etc.) y el grado de implicación en el cuidado de los menores (número de horas, tipo de actividades realizadas, etc.). Los resultados mostraron una prevalencia del padre proveedor, sin embargo, a la vez, un claro giro, entre los progenitores más jóvenes y con mayor nivel educativo, hacia modelos de paternidad más involucradas (Gatrell, Burnett, Cooper y Sparrow, 2015; Kaufman y Uhlenberg, 2000; McGill, 2014; Sullivan, Billari y Altintas, 2014). La dicotomía inicial de Kaufman y Uhlenberg fue sustituida por otras a la luz de nuevas investigaciones que ponían en tela de juicio la utilidad de esta clasificación. Por ejemplo, Koslowski (2011) propone distinguir entre padres involucrados y no involucrados, a raíz de los resultados de su estudio internacional en 14 países europeos. En él, la autora encuentra un resultado que parece contradecir la tipología de Kaufman y Uhlenberg (2000): los padres que dedican más tiempo a sus hijos ganan más dinero, por lo que defiende el concepto de “padre involucrado” como aquel hombre que simultáneamente tiene éxito en el mercado de trabajo y es cuidador, frente al “no involucrado”, con menos éxito en el ámbito laboral y no implicado en los cuidados de sus descendientes. Por su parte, McGill (2014), en un estudio longitudinal desarrollado en Estados Unidos, no encuentra una asociación importante entre el número de horas de trabajo y el grado de implicación en los cuidados y sugiere que un subgrupo de nuevos padres preserva el tiempo con sus hijos e hijas incorporándolos a su propio tiempo de ocio sin afectar al número de horas de trabajo remunerado.
Un aspecto destacado en los estudios sobre los modelos de paternidad, especialmente en aquellos de carácter más cualitativo, es la importancia de los contextos normativos y de la presión social a la hora de llevar a cabo el tipo de paternidad deseada (González-Calvo, 2019). Así, el estudio de Gatrell et al. (2015) con padres británicos muestra que las expectativas que tienen las organizaciones donde trabajan estos hombres impactan en su paternidad, ya que existe una fuerte presión para que sean los proveedores económicos de la familia. Para cumplir dicha expectativa social, deben dedicar más tiempo a la carrera profesional para asegurar unos buenos ingresos que al cuidado de los hijos e hijas. En el contexto mexicano, Castillo (2015) analiza la maternidad y paternidad entre estudiantes universitarios y pone de manifiesto que los roles de género siguen muy presentes incluso entre las generaciones jóvenes más educadas: mientras que ellos sufren una “tensión constante” para poder cumplir con el papel de proveedor a la vez que continúan su formación, ellas se enfrentan a conjugar su papel de amas de casa y cuidadoras con los estudios.
Un caso interesante de estudiar es el de aquellos padres que deciden quedarse en casa y desempeñar el rol de cuidador principal de los menores. Como indica Doucet (2004), estos hombres no representan ninguna de las masculinidades más habitualmente citadas -hegemónica, cómplice o subordinada- y deben luchar contra los discursos dominantes sobre la paternidad (Locke y Yarwood, 2017; Stevens, 2015). En un análisis de la prensa británica sobre los reportajes que se refieren a estos padres, Locke (2016) encuentra que se los presenta como si su rol fuera una necesidad. Estos textos incluyen “marcadores de masculinidad” para seguir manteniendo la vigencia de la masculinidad hegemónica ante una masculinidad que la desafía. De hecho, la presión social que sienten estos padres por desviarse del modelo de masculinidad hegemónica la sufren también sus parejas, que cuando llegan a casa al finalizar la jornada laboral se dedican a cuidar a los niños para ajustarse al rol tradicional de madre y de feminidad (Latshaw y Hale, 2016). Como observan Kotila, Choppe-Sullivan y Kamp (2013), los ideales que tienen muchos padres antes de tener descendencia suelen contrastar con la realidad de unos roles más tradicionales en el reparto de cuidados de los menores cuando realmente se convierten en padres. Las mujeres trabajadoras quieren cumplir con los estándares sociales de maternidad intensiva y dejan poco espacio para que los padres se involucren. En el mismo sentido, se ha comprobado que las parejas “desviadas”, en las que ellas ganan más dinero que ellos, reparten las tareas del hogar de manera muy tradicional, para “neutralizar” el desvío de la norma, lo que demuestra la importancia del contexto cultural y de las expectativas de género (Bittman et al., 2003; Brines, 1994; Greenstein, 2000). La importancia de las expectativas sobre la masculinidad y de los contextos culturales también se ha demostrado en el caso del reparto de las tareas domésticas en la pareja. En el caso de Argentina, la conciliación laboral y familiar se ha constituido históricamente como un problema exclusivo de las trabajadoras madres y no de los trabajadores padres que continúan concibiendo su rol familiar como proveedores (Schenone y Oliva, 2017). Incluso en sociedades donde parece prevalecen las actitudes igualitarias con parejas de doble ingreso, se observan las tendencias señaladas (Thébaud, 2010).
En lo que se refiere a España, la legislación en los últimos años ha hecho una apuesta decidida por la corresponsabilidad y el reparto de cuidados entre padres y madres. Desde 2017 se ha ido ampliando progresivamente el permiso de paternidad, lo que ha tenido como efecto una mayor corresponsabilidad en las tareas de cuidados físicos de los menores (Romero-Balsas, 2022). Desde el año 2021 este permiso se equiparó al de maternidad, siendo ambos sustituidos por una única prestación por nacimiento y cuidado del menor, no transferible y de carácter individual. Por otro lado, el gasto público dedicado al cuidado de los menores es menor al de otros países vecinos. Según la OCDE, en 2017 el gasto público total del PIB dedicado a familias fue de 1.31 % y el dedicado a los beneficios en metálico para las familias (cash benefits), 0.51 %, ambos los más bajos de la UE.
Dada la importancia demostrada que tienen las expectativas sociales en el comportamiento de padres y madres (García de Diego, 2019), este estudio analiza cuáles son dichas expectativas en la sociedad española actual. Para ello, y como se explicará en detalle en el apartado metodológico, se emplea una encuesta reciente representativa de la población española, en la que se interroga a los sujetos sobre cuáles piensan que son las actividades que la sociedad española vincula a la imagen de ser padre y ser madre.
Con carácter previo a este análisis, para poder conseguir una mejor comprensión de los resultados obtenidos de la encuesta, se incorpora un primer objetivo: comparar la situación de España y México en lo que respecta a la situación de hombres y mujeres en el contexto laboral y familiar.
En lo que se refiere a la encuesta realizada por el CIS, se pretende alcanzar tres objetivos:
Comparar las imágenes predominantes de ser padre y ser madre en la sociedad española y si dichas imágenes difieren o no.
Comprobar el grado de implantación de los dos modelos de paternidad: el padre proveedor frente al padre involucrado/cuidador.
Analizar la relación de una serie de variables sociodemográficas con la imagen de ser padre.
Este trabajo aporta dos novedades importantes: en primer lugar, utiliza una encuesta representativa nacional con datos recientes para analizar cuál es la imagen social de los españoles sobre la paternidad y la maternidad, una imagen que a su vez condiciona el comportamiento de los miembros de la sociedad; en segundo lugar, la encuesta en sí misma es novedosa ya que utiliza la misma formulación de la pregunta y de las categorías de respuesta para la imagen del padre y de la madre, facilitando que la persona entrevistada, si así lo desea, indique que la imagen de ambos es idéntica y que, por tanto, no existen en la actualidad desigualdades de género a la hora de tener un hijo o hija.
Metodología
Para la realización de este trabajo se ha utilizado la Encuesta Social General Española publicada en 2018, que elaboró el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Este estudio del CIS (nº3201) se diseñó para una muestra de ámbito nacional teniendo como marco los datos del Padrón Municipal de habitantes a 1 de enero de 2017. El trabajo de campo se realizó desde febrero de 2017 a junio de 2018 a población residente de ambos sexos de 18 años y más. Los puntos de muestreo han sido 514 municipios de las 50 provincias españolas, con un procedimiento bietápico, estratificado por conglomerados. Del mismo modo, la selección de las unidades primarias de muestreo (secciones) es proporcional a su población residente y la selección de las unidades últimas (individuos) se realiza a partir de una selección sistemática de los individuos residentes en la sección, previa ordenación de estos por número de vivienda. Finalmente, la muestra real obtenida de este estudio es de 5 465 entrevistas, donde el error muestral para un nivel de confianza de 95.5 % es de ±1.4 % para el conjunto de la muestra y en el supuesto de muestreo aleatorio simple.
Por lo que respecta a las fuentes de datos para comparar las situaciones en España y México, se ha recurrido a dos. Por un lado, los indicadores relacionados con las políticas familiares se han obtenido de la base de datos que sobre este asunto tiene la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), utilizando principalmente los datos de 2018 y 2019 (los más recientes). Por otro, para comparar la opinión pública con respecto a los roles de género relacionados con la familia se ha empleado la Encuesta Mundial de Valores, en sus oleadas sexta (2010-2014) y séptima (2017-2020). En el caso de México, los datos se recogieron en los años 2012 y 2018, respectivamente, mientras que en España las encuestas se realizaron en 2011 y 2017.
La metodología para cumplir los objetivos de investigación 2, 3 y 4 se ha realizado en tres fases:
Se seleccionaron todos los casos y las variables del fichero del estudio. Habrá que tener en cuenta que los datos que se muestran están ponderados. Para una primera aproximación a la variable dependiente de esta investigación, se han utilizado las preguntas que recogen información sobre las actividades que la persona entrevistada cree que la sociedad vincula hoy en día principalmente a la imagen del padre y de la madre tanto en primer como segundo lugar (preguntas 15_1, 15_2, 16_1 y 16_2). Las categorías de respuesta incluidas en el cuestionario eran ocho, además de “Otras” y “Todas”: (1) Dedicar tiempo a sus hijos/as; (2) Jugar, realizar actividades de ocio con sus hijos/as; (3) Cuidar de sus hijos/as en caso de enfermedad; (4) Conseguir recursos económicos; (5) Encargarse de su educación y sus valores; /6) Conocer sus horarios, tareas; (7) Encargarse de sus necesidades básicas (higiene, comida, etc.); (8) Apoyar, ser cercano, conocer sus inquietudes, amigos. Estas dos preguntas han sido recodificadas en dos indicadores que suman todas las alternativas de respuesta originales del cuestionario que han sido nombradas tanto en primer como segundo lugar para el padre, como también para la madre (sin las alternativas no sabe o no contesta). Sirva como ejemplo para entender la creación de los indicadores el siguiente: si 15 % de las personas entrevistadas señalan como primera opción que la actividad vinculada socialmente con la figura del padre es dedicar tiempo a sus hijos/as y otras que no lo hicieron en la primera opción pero lo hacen como segunda opción son 10 %; el indicador daría como resultado que 25 % de la ciudadanía señala la dedicación al tiempo a los menores como actividad socialmente vinculada a la imagen del padre.
Tras realizar un análisis exploratorio de cuáles eran las actividades más y menos vinculadas a la imagen del padre y de la madre, se seleccionó como variable dependiente objeto de esta investigación la actividad vinculada al padre “Conseguir recursos económicos”. Para este respecto, se ha dicotomizado la variable a dos posibles alternativas: las personas que mencionaron esta actividad frente a las personas que no la mencionaron.
Se han llevado a cabo análisis bivariados entre la variable dependiente y las variables sociodemográficas de las personas entrevistadas como son: sexo, edad, nivel de estudios, situación laboral, nivel de ingresos, creencia religiosa, si tenían hijos e hijas. Para ello, se han realizado tablas de contingencia con pruebas de significación Chi cuadrado de Pearson para conocer si hay algún tipo de asociación estadística significativa.
Finalmente, se ha elaborado un análisis de segmentación jerárquica cuya finalidad es “dada una población de elementos, identificar subconjuntos homogéneos con respecto a determinadas características” (Luque, 2015) lo que lo hace idóneo para explorar qué variables independientes son las que en mayor medida discriminan en la actividad socialmente vinculada a la imagen de un padre. Así se obtiene un dendograma a partir de la variable sociodemográfica de la población con mayor peso en las respuestas del indicador construido; y a partir de los subgrupos obtenidos, van entrando las demás características, según su grado de importancia, que tienen diferencias estadísticamente significativas con el indicador analizado.
Resultados
El primer objetivo se plantea contextualizar la situación española y compararla con la mexicana, para poder posteriormente interpretar mejor los resultados vinculados a los tres objetivos siguientes, que son la parte fundamental de la investigación. La Figura 1 nos muestra que el gasto público en las familias es superior en todo el periodo analizado en España, coincidiendo el pico de gasto en este país (cerca de 1.8 % del PIB) con el inicio de la última crisis económica (2008-2014). La cifra en México se mantiene alrededor de 1 % el PIB entre 2008 y 2016, bajando ligeramente en los últimos años del periodo.

Fuente: elaboración propia a partir de la base de datos de familia de la OCDE.
Figura 1 Evolución del gasto público total en las familias como porcentaje del PIB (2001-2018)
Las diferencias entre ambos países son relevantes también cuando se observa el número de menores en centros escolares, tanto de los que tienen menos de dos años como de los que tienen entre 3 y 5. En ambos casos, la cifra española es superior a la mexicana, pero entre los más pequeños el porcentaje es casi diez veces superior. Por último, el número de parejas en que ambos cónyuges trabajan a tiempo completo cuando tienen menores de hasta 14 años es más del doble en España, lo que se relaciona, entre otros factores, con la mayor disponibilidad de plazas para matricular a los menores en edad preescolar.

Fuente: elaboración propia a partir de la base de datos de familia de la OCDE.
Figura 2 Matriculación de menores de 6 años (2018) y parejas en que ambos trabajan a tiempo completo con al menos un hijo de menos de 15 años (2019)
Las políticas públicas -ya sea a través del gasto en familias, o de la disponibilidad de plazas escolares- tienen, sin duda, un impacto en el empleo de las madres con hijos de corta edad, y en el reparto de los cuidados entre ambos progenitores; también es importante tener en cuenta los contextos normativos para entender las pautas sociales. En este sentido, la Figura 3 pone de manifiesto que los roles de género tradicionales están más arraigados en México que en España: la población mexicana ve más problemático que la española que la esposa gane más dinero que el marido, son mayoría quienes piensan que ser ama de casa es tan satisfactorio como trabajar de manera remunerada, así como también lo son quienes creen que los menores sufren cuando las madres trabajan (al contrario que la población española, donde esta opinión es minoritaria).

Fuente: elaboración propia con base en la Encuesta Mundial de Valores (oleadas 6ª y 7ª).
Figura 3 Opinión sobre el empleo femenino
Uno de los propósitos de esta investigación es analizar la imagen creada y aceptada socialmente sobre el papel de la paternidad, dada la importancia que tiene el contexto normativo a la hora de moldear el comportamiento de los individuos. Para ello, tal y como se recoge en el segundo objetivo, resulta fundamental conocer la percepción que tienen las personas sobre las actividades que creen que la sociedad vincula principalmente a la imagen del padre y de la madre. El primer resultado destacable (Figura 4) es que la ciudadanía cree que la imagen de padre y madre tiene vinculadas socialmente distintas actividades. Para más de la mitad de las personas encuestadas (52 % exactamente) la obtención de recursos económicos es la primera o segunda actividad que parece definir la imagen social de un padre, mientras sólo una de cada siete personas cree que esta actividad está vinculada socialmente a la imagen de la madre. Por tanto, se confirma la vigencia social del rol del padre proveedor. En segundo lugar, se observa que, tanto para la imagen del padre como de la madre, “encargarse de la educación y los valores”, es una actividad reconocida socialmente a sus roles (alrededor de 40 % para ambos), siendo esta la única actividad en que ambos progenitores están prácticamente igualados y no se establecen importantes diferencias de género. El tercer y último aspecto por reseñar, es que las actividades que a continuación son más vinculadas socialmente con la imagen de madre (38 % para dedicar tiempo a sus hijos e hijas, casi 32 % para encargarse de sus necesidades y más de 20 % cuidarlos en caso de enfermedad) tienen un menor peso cuando están ligadas a la imagen del padre (sus porcentajes bajan más de diez puntos porcentuales con respecto a la imagen de madre).

Fuente: elaboración propia con base en Encuesta Social General Española (2018).
Figura 4 Actividades que cree que la sociedad vincula a la imagen de madre y padre. Porcentaje acumulado de respuesta a las preguntas: ¿Cuál de las siguientes actividades cree Ud. que la sociedad vincula hoy en día principalmente a la imagen de una madre y a la de un padre? ¿Y en segundo lugar?
En cuanto al tercer objetivo propuesto, si comparamos la respuesta mayoritaria escogida por los españoles sobre el rol del padre como proveedor económico con las respuestas más vinculadas al rol de padre involucrado/cuidador, tales como cuidar a los menores cuando están enfermos (respuesta escogida por menos de 10 %) o encargarse de sus necesidades básicas (escogida por menos de 20 %), vemos que la imagen que predomina en la sociedad española es la tradicional, en la que el hombre desarrolla su rol de padre teniendo éxito en la esfera laboral y asegurando un sustento a la familia, mientras que la madre se asocia con las actividades que se desarrollan en la esfera doméstica. Las tareas de carácter más rutinario siguen vinculadas en la sociedad española a la madre, tales como encargarse de su higiene y comida y conocer sus horarios y tareas, mientras que las actividades lúdicas se asocian más a la imagen del padre. Estas percepciones se corresponden en gran medida con lo que ocurre en muchos hogares, según diversos estudios dedicados al reparto de los cuidados dentro de la pareja (Horschild y Machung, 1989; Kotila, Choppe-Sullivan y Kamp, 2013; McBride y Mills, 1993).
El cuarto objetivo propuesto pretende conocer las variables que pueden guardar relación con la imagen principal que se tiene sobre la figura paterna. Para ello, y dado la multitud de categorías de respuesta disponibles, se decide utilizar como variable dependiente el indicador que mide el porcentaje de personas que creen que conseguir recursos económicos es la primera o segunda actividad que la sociedad vincula con la imagen de padre. Ello se debe a que es la respuesta más escogida por la población y, además, es la que más distancia el rol de padre al rol de madre si se observan los puntos porcentuales de distancia entre ambos progenitores (más del triple en el caso de ellos que en el de ellas).
Los análisis bivariados que se pueden observar en la Tabla 1 revelan que todas las variables sociodemográficas introducidas en el análisis -sexo, edad, nivel de estudios, situación laboral, ingresos, creencia religiosa y tener hijos- muestran diferencias estadísticamente significativas con el indicador que hace referencia a conseguir recursos económicos como actividad primordial en la imagen social de ser padre. No obstante, la variable nivel de estudios es la que introduce mayores diferencias entre sus categorías con respecto a quienes han mencionado conseguir recursos económicos como actividad primordial ligada socialmente a la imagen de un padre. De hecho, aunque en términos generales en torno a la mitad de las personas entrevistadas menciona esta actividad, aumenta casi 70 % cuando las personas tienen estudios de posgrado o equivalente. Otra variable que presenta importantes diferencias es la creencia religiosa, donde las personas agnósticas o ateas superan aproximadamente en 10 puntos porcentuales a las personas católicas a la hora de pensar que conseguir recursos está vinculada socialmente con la imagen de padre. Con respecto a la variable nivel de ingresos netos personales, muestra que las personas que se encuentran en el intervalo de 900 a 1200 € (umbral donde se encuentra el salario mínimo interprofesional), son las que en menor medida seleccionan la actividad de obtención de recursos como actividad vinculada socialmente con la imagen de padre (49 %). Del mismo modo, menos de la mitad de los hombres entrevistados mencionan esta actividad ligada con la imagen de padre, frente a más de 55 % de las mujeres.
Tabla 1 Conseguir recursos económicos como actividad primordial vinculada con la imagen de padre. Porcentaje por filas, Residuos tipificados y Significatividad Chi cuadrado de Pearson.
| Variables | Categorías | Conseguir recursos económicos como actividad vinculada por la sociedad a la imagen del padre a | Residuos tipificados | Sigb |
|---|---|---|---|---|
| Sexo | Hombre | 49.3 % | -2.3 | 0.000 |
| Mujer | 55.6 % | 2.2 | ||
| Grupo de Edad | De 18 a 30 años | 55.9 % | 1.4 | 0.010 |
| De 31 a 45 años | 54.2 % | 0.9 | ||
| De 46 a 65 años | 49.8 % | -1.6 | ||
| Más de 65 años | 52.2 % | -0.2 | ||
| Nivel de Estudios | Hasta Estudios Primarios | 51.4 % | -0.6 | 0.000 |
| ESO o equivalente | 48.8 % | -1.8 | ||
| Bachillerato o FP Grado Medio | 50.4 % | -1.0 | ||
| FP Grado Superior | 54.5 % | 0.6 | ||
| Grado o equivalente | 56.0 % | 1.6 | ||
| Posgrado o equivalente | 69.2 % | 3.2 | ||
| Situación Laboral | Trabaja | 52.0 % | -0.4 | 0.016 |
| Pensionista | 51.6 % | -0.5 | ||
| Parado/a | 51.8 % | -0.2 | ||
| Estudiante | 61.6 % | 2.3 | ||
| Trabajo doméstico no remunerado | 54.9 % | 0.6 | ||
| Otra situación | 46.2 % | -0.8 | ||
| Ingresos personales netos | No tiene ingresos de ningún tipo | 56.8 % | 1.1 | 0.037 |
| Menos o igual a 600 € | 54.5 % | 0.2 | ||
| De 601 a 900€ | 54.4 % | 0.1 | ||
| De 901 a 1200 € | 49.0 % | -1.9 | ||
| De 1.201 a 1.800 € | 53.0 % | -0.4 | ||
| De 1.801 a 2.400 € | 55.7 % | 0.4 | ||
| Más de 2.400 € | 59.3 % | 1.1 | ||
| Tiene hijos/as | Sí | 50.9 % | -1.4 | 0.000 |
| No | 55.8 % | 1.9 |
Fuente: elaboración propia con base en Encuesta Social General Española (2018).
Ante la obtención de datos que muestran diferencias estadísticamente significativas en función de las variables sociodemográficas de las personas entrevistadas, se ha tratado de profundizar algo más y realizar un análisis de segmentación jerárquica. Nuevamente se toma como variable dependiente el indicador de personas que creen que conseguir recursos económicos es una actividad que la sociedad vincula con la imagen de padre, y como variables predictoras las características sociodemográficas para saber cuál es la variable con mayor poder discriminante. El resultado se presenta a través del dendograma o árbol de segmentación siguiente (Figuras 5a y 5b, encuestados hombres y mujeres, respectivamente).

Figura 5a Árbol de Segmentación Jerárquica. Variable dependiente: Conseguir recursos económicos como actividad vinculada por la sociedad a la imagen del padre (Encuestados hombres).

Fuente: elaboración propia con base en Encuesta Social General Española (2018).
Figura 5b Árbol de Segmentación Jerárquica. Variable dependiente: Conseguir recursos económicos como actividad vinculada por la sociedad a la imagen del padre (Encuestadas mujeres).
El primer grupo (Nodo 0) contiene todas las respuestas del conjunto de la población encuestada, que asciende a un total de 5 779. De esas respuestas, 52.1 % mencionaron que conseguir recursos económicos es la primera o segunda actividad que la sociedad vincula con la imagen de padre. La variable que ha mostrado mayor poder discriminante en la explicación de seleccionar esta actividad como imagen ligada al padre ha sido la variable sexo de la persona entrevistada, mientras 49 % de los hombres mencionan esta actividad, algo menos de la mitad, lo hacen el más de 55 % de las mujeres, un resultado ya observado en la Tabla 1.
En una segunda división, entran en juego las variables creencia religiosa en el caso del nodo de hombres mientras que en el nodo de mujeres es el nivel de ingresos personales netos. En los hombres que se consideran agnósticos o ateos el porcentaje que menciona la obtención de recursos como imagen de padre asciende hasta 58.6 % frente al resto que lo menciona por debajo de 47 %. En el caso de las mujeres, el nivel de ingresos forma tres nodos: mujeres con ingresos personales menores a 1 800 € al mes, las que obtienen más de 1 800 € y las que no han querido responder sobre sus ingresos. Estas últimas, son las que en menor medida (47 %) asocian socialmente conseguir recursos económicos como actividad vinculada con la imagen de padre, mientras que las que tienen mayores ingresos personales netos, el porcentaje es superior a 70 %.
En el tercer y último nivel de segmentación, la única característica sociodemográfica que entra como variable discriminante tanto en hombres como en mujeres es el nivel de estudios. En el caso de los hombres que no se han declarado agnósticos o ateos pero que tienen estudios de posgrado, casi 65 % considera que la sociedad vincula con la imagen de padre la obtención de recursos económicos, mientras que entre los que tienen estudios menores a posgrado el porcentaje baja a 46.2 %. Del mismo modo, en el caso de las mujeres con ingresos personales menores a 1 800 €, un mayor nivel de estudios influye en un mayor porcentaje de respuestas vinculando socialmente el conseguir recursos como actividad ligada a la imagen de padre (casi 80 % de las mujeres con un posgrado, frente a 61 % con un grado, o 52.5 % de mujeres que tienen estudios equivalentes a bachillerato o inferiores).
Conclusiones
En las últimas décadas se ha detectado, especialmente entre los hombres más jóvenes y con mayor nivel de estudios, un giro hacia una “nueva paternidad”, mucho más involucrada con los menores. Este modelo de “nuevo padre” se enfrentaría al modelo tradicional de “padre proveedor” del que se espera fundamentalmente que asegure el bienestar económico de la familia. Sin embargo, este trabajo ha mostrado que la imagen que los españoles perciben que prevalece en la sociedad sigue siendo la del padre proveedor. Una imagen que, además, contrasta fuertemente con lo que se espera de una madre. Pese a la incorporación de la mujer al mercado laboral, de una madre no se espera que consiga recursos económicos para sus hijos e hijas, sino que se ocupe de sus necesidades básicas, de sus tareas y actividades y de cuidarlos cuando estén enfermos (referencias anonimizadas). La única actividad que se asocia de manera bastante igualitaria a padres y madres es la de encargarse de la educación y valores de los hijos e hijas.
Numerosos estudios han mostrado la relevancia del contexto normativo a la hora de constreñir las decisiones de los padres, obligándoles en ocasiones a actuar de una manera no acorde con sus actitudes y preferencias e involucrándose menos de lo que desearían en el cuidado de los menores (Gerson, 2009; Townsend, 2002). Comparando el grado de extensión de este rol proveedor en diferentes categorías sociales (ver Tabla 1), la imagen del padre proveedor ha demostrado estar más extendida entre las mujeres, personas con estudios superiores, estudiantes, personas sin ingresos propios y con el tramo de ingresos más altos, ateos y agnósticos. Indudablemente, el motivo para esta prevalencia es diferente en cada una de estas categorías y se requiere de ulteriores estudios en los que se profundice en los datos mediante análisis multivariados. Aquí se esbozan algunas posibles explicaciones que será necesario comprobar en futuras investigaciones.
En primer lugar, un primer perfil de quien piensa que la imagen social del padre es la del proveedor económico, puede ser una persona que tiene más dificultades para ser ella misma la proveedora de dichos recursos y que, básicamente, muestra un acuerdo personal con dicha expectativa (mujeres frente a hombres, personas sin ingresos propios). En segundo lugar, aquellas personas con más recursos sociales (mayor nivel de estudios y de ingresos) y con ideas menos tradicionales (ateas y agnósticas) perciben con mayor claridad que lo que espera la sociedad de un padre es que consiga ingresos. Estas personas es posible que no estén de acuerdo con dicha expectativa, pero ello no impide que reconozcan su existencia e, incluso, que la resalten más que otras categorías precisamente por no estar de acuerdo. Es posible que esta explicación resulte particularmente aplicable a las mujeres ya que, como se vio en el árbol de segmentación jerárquica, entre ellas se diferencia claramente el grupo de las que obtienen más de 1 800 € de ingresos propios al mes. En este grupo, 70 % elige como actividad principal asociada la imagen del padre la de ser proveedor de recursos. La hipótesis cobra también mayor plausibilidad si se tiene en cuenta que el tercer factor que más diferencia, tanto para hombres como para mujeres, es el nivel de estudios: cuanto mayor es el nivel de estudios, más se escoge el rol de padre proveedor.
Los resultados evidencian cómo los mandatos de género siguen estando presentes en el significado de la maternidad y la paternidad y cómo las mujeres españolas viven el dilema de, por un lado, cumplir con unas expectativas sociales cuando son madres que se vinculan a un rol tradicional y, por otro lado, estar vinculadas al ámbito laboral remunerado como se espera de los adultos en una sociedad de economía avanzada. Esta tensión parece ser especialmente evidente en aquellas con mayor nivel de ingresos y mayor nivel de estudios. Por su parte, los hombres también afrontan el dilema entre continuar con su rol tradicional de principal responsable de los recursos económicos, o bien asumir nuevos roles más vinculados al cuidado, como se espera de ellos en una sociedad que demanda mayor igualdad y corresponsabilidad.
El trabajo presenta algunas limitaciones relacionadas con los datos disponibles. El hecho de preguntar cuál es la imagen que tiene la sociedad de ser padre y madre y no interrogar sobre cuál es la opinión del entrevistado es un punto débil. No obstante, consideramos que la ventaja de contar con una encuesta es amplia (más de 5 000 casos) y representativa de la población española, en la que además se formula de la misma manera la imagen social tanto de padres como de madres, esto es superior al inconveniente de no tener información ni de la opinión personal ni del comportamiento efectivo del entrevistado. Como ya se ha explicado anteriormente, el contexto normativo es de indudable importancia e influye tanto en la primera como en la segunda. Sería recomendable, en futuros estudios, contar con información de los tres aspectos para observar su grado de coherencia: la imagen social, la imagen personal y el comportamiento.
Por último, cabe destacar las implicaciones políticas de estos resultados, que a su vez se reflejan en las demandas sociales que han cobrado fuerza en los últimos años. Los datos muestran que la población sigue percibiendo mayoritariamente que los hombres cumplen con su función de padres asegurando los ingresos económicos de la familia, mientras que las mujeres deben encargarse de las necesidades básicas, los horarios y tareas de los menores. La interacción entre las políticas sociales y la opinión pública es compleja: por un lado, los políticos tienen en cuenta las demandas sociales a la hora de llevar a cabo sus políticas; por otro, en ciertas ocasiones se apuesta por una política que implique un cambio en la opinión y los comportamientos de la población hacia una mayor igualdad de género. En la esfera de la conciliación, por ejemplo, el proyecto europeo “The Role of Men in Gender Equality” recoge en sus conclusiones (Scambor et al., 2014) que establecer una cuota exclusiva para que el padre cuide de su hijo o hija facilita que los hombres se impliquen más en los cuidados (Kotsadam y Finseraas, 2011) y se desarrolle una masculinidad más cuidadora (Langvasbråten y Teigen, 2006; Scambor, Wojnicka y Bergmann, 2013). Será interesante estudiar en los años venideros hasta qué punto estas reformas legales inciden, no solamente en las prácticas de las parejas heterosexuales con menores, sino también en la imagen que del padre y de la madre tiene la sociedad española. El debilitamiento del rol de proveedor económico del padre, incorporando elementos más vinculados a los cuidados, implicará que la madre deje de ser la principal responsable de dichos cuidados, aumentando la corresponsabilidad de ambos progenitores en el imaginario colectivo y en la práctica social.










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