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Revista mexicana de ciencias políticas y sociales

Print version ISSN 0185-1918

Rev. mex. cienc. polít. soc vol.69 n.250 Ciudad de México Jan./Apr. 2024  Epub Apr 07, 2025

https://doi.org/10.22201/fcpys.2448492xe.2024.250.80786 

Artículos

Práctica política y Estado en los límites del marxismo: el debate Poulantzas/Althusser (1976-1979)

Political Practice and the State in the Limits of Marxism: The Poulantzas/Althusser Debate (1976-1979)

Graciela Inda* 

* Universidad Nacional de Cuyo, IMESC/IDEHESI/CONICET, Argentina. Correo electrónico: <gracielainda@hotmail.com>.


RESUMEN

Este artículo tiene como objetivo identificar, en las producciones de Poulantzas y Althusser en el lapso 1976-1979, la trama singular de sus discrepancias sobre la definición de Estado y sobre la naturaleza de una política anticapitalista en los albores del neoliberalismo. A partir de las diferentes miradas que suscita su debate en la literatura especializada y recuperando algunos de sus aportes, se privilegia una aproximación focalizada en los problemas teórico-políticos y sus posibles vías de acceso, más que en sus trayectorias biográficas. Tras un recorrido detallado que incluye la exploración de intervenciones desatendidas hasta ahora, en las conclusiones puede hallarse un balance de sus contrapuntos más serios: Estado condensación/Estado máquina, exterioridad/ interioridad de la política, luchas populares como efectos a distancia/como focos de resistencia. Su valor reside en contribuir al estudio de los dilemas que enfrentan las teorías marxistas del Estado y de la política bajo los efectos de la crisis de su campo de intervención, sin dejar de propiciar que puedan ser convocados para problematizar la coyuntura teórica y política actual.

Palabras clave: Althusser; Poulantzas; Estado; práctica política; crisis del marxismo

ABSTRACT

This paper aims to identify, in the work of Poulantzas and Althusser during the period 1976/1979, the singular issues of their discrepancies on the definition of the state and on the nature of an anti-capitalist politics at the dawn of neoliberalism. Taking note of the different perspectives that the debate arouses in the specialized literature and recovering some of these contributions, the article privileges an approach focused on the theoretical-political problems and their possible access keys, rather than on their biographical trajectories. After a detailed tour that includes the exploration of hitherto neglected interventions, the conclusions provide an assessment of their more serious counterpoints: the state as condensation / the state as machine, exteriority / interiority of politics, popular struggles as distant effects / or as a foci of resistance. Its value lies in contributing to the study of the dilemmas that Marxist theories of the state and politics face under the effects of the crisis in their field of intervention, while at the same time allowing them the possibility to be evoked to problematize the current theoretical and political situation.

Keywords: Althusser; Poulantzas; State; political practice; crisis of Marxism

Introducción

Los intercambios entre Poulantzas y Althusser a finales de la década de 1970 no pueden considerarse inaugurales ni sorpresivos. Ya desde la primera mitad de los años sesenta, cultivaron una relación de cercanía teórica y política, cursada por referencias y lecturas mutuas.

Si en un primer momento, a mediados de los años sesenta, la impronta dominante de su vínculo intelectual fue la adopción por parte de Poulantzas de los insumos que le ofrece la propuesta althusseriana para avanzar en una teoría marxista del Estado y de la política, en poco tiempo se pudo vislumbrar en los escritos de ambos un ejercicio de apropiaciones recíprocas y discusiones conceptuales.1 Asimismo, la correspondencia que mantienen (Althusser, 1967; Poulantzas, 1969) deja en claro que Althusser leyó en detalle y realizó comentarios a un borrador de la primera gran obra del griego, Poder político y clases sociales en el capitalismo actual (publicada en 1968), y que Poulantzas recibió y también comentó el manuscrito Sobre la reproducción (escrito en 1969, publicado en 1995), del que Althusser extrajo el famoso artículo Ideología y aparatos ideológicos de Estado (1970).

La década de 1970 los encuentra así en una relación fluida, construida sobre una serie de convicciones compartidas. Gallas (2017) define el vínculo como un diálogo entre compañeros -no exento de desacuerdos- sobre la problemática de la reproducción que da lugar a un proyecto teórico conjunto que, en lugar de ceder, como pareciera en un principio, ante una visión funcionalista de la reproducción, se muestra capaz de aceptar que no hay garantías y que los factores coyunturales intervienen con peso propio en la conservación/transformación de la dominación de clase. De igual forma, Bruschi (2018) pone de relieve la existencia de una plataforma común al considerar que sus posiciones diferentes ante el eurocomunismo, esto es, el rechazo de Althusser y la inclusión crítica de Poulantzas en su ala izquierda, constituyeron intentos de cuestionar, desde dentro, los callejones sin salida y las posibilidades de la política comunista en los albores de su estancamiento.

En su análisis sobre las posiciones sostenidas por Poulantzas en su último libro Estado, poder y socialismo (publicado en 1978), Motta (2021) argumenta que no implican una ruptura con el acervo teórico y político althusseriano, ya que, lejos de propugnar un reformismo político o una estrategia gradualista e institucionalista, adhieren a una transición definida como un conjunto de transformaciones profundas del Estado y de la economía. La permanencia de las tesis de la discontinuidad entre el joven Marx y el Marx maduro y la primacía de las relaciones de producción sobre las fuerzas productivas, así como el apego a la teoría leninista del imperialismo -Poulantzas, sostiene con acierto este especialista, no abandona a Lenin en bloque-, son otras tantas muestras de la connivencia teórica que mantuvo con Althusser hasta el final (Motta, 2014: 135).

Cercano a Althusser y miembro de su grupo de trabajo, Balibar (2006: 136) entiende que si bien la disputa que mantienen en esos años con Poulantzas puede ser etiquetada a primera vista como una oposición entre un “eurocomunismo” crítico y un “neoleninismo” más o menos ortodoxo, la realidad de sus posiciones, analizadas en retrospectiva, permite afirmar que se trató de intentos de reconstruir el marxismo en términos “estructurales”, empresa de gran vitalidad teórica en vísperas del colapso de los modelos de Estado y de partido resultantes del marxismo tradicional.

Sin embargo, no hay consenso. Desde una posición interesada en visibilizar una ruptura entre ambos, Jessop (1999: 12-22) asevera que Poulantzas, en su última etapa, dejó de lado por completo el enfoque althusseriano para adoptar un “relacionismo explícito”, en donde sustituye una “causalidad puramente estructural” por una “causalidad estratégica” a la hora de pensar las políticas estatales. También señala Jessop que realizan apropiaciones antagónicas de Gramsci, pues mientras Althusser rechaza lo que llama el historicismo gramsciano, Poulantzas incorpora algunos de sus conceptos clave en su teoría relacional del Estado, sin dejar de reconocer la presencia de tendencias historicistas (Jessop, 2007).2

Atendiendo a la existencia de afinidades de base, el estudio de Kalampokas, Betzelos y Sotiris (2018) sostiene que en su polémica de los años setenta -al que consideran como uno de los últimos grandes debates teóricos sobre la estrategia revolucionaria basado en las posibilidades históricas reales y los desafíos políticos de la izquierda y no simplemente en exigencias teóricas-, Althusser y Poulantzas tomaron direcciones cualitativamente diferentes, ya que, mientras el primero recrudece su antiestatismo, el segundo piensa formas de lucha obrera en el terreno estatal. De igual forma, partiendo de considerar que mantienen un corpus básico en común, Garau (2019) se muestra partidario de caracterizar dicho vínculo como un debate entre posiciones adversas -socialismo de Estado vs. comunismo como horizonte experimental- en el marco de la crisis del horizonte revolucionario y de la crítica radical al modelo soviético de la militancia marxista.

Incluso bajo la hipótesis de un proyecto teórico y político compartido, no puede negarse que sus diálogos de fines de los setenta sobre la definición del Estado y sobre la naturaleza de una política anticapitalista albergan contrapuntos que merecen ser localizados y estudiados en su especificidad y complejidad propias, en sus ritmos y nudos argumentales. En este sentido, este artículo tiene como objetivo identificar en las producciones de Poulantzas y Althusser del lapso 1976/1979 (conferencias, entrevistas, libros, artículos, manuscritos, editados en vida o de manera póstuma), algunas no apreciadas por los estudios previos (y, sin embargo, de gran riqueza), la trama de sus desavenencias, poniendo énfasis en los problemas teórico-políticos que ponen en juego y las vías de acceso que plantean.

Y ello sin olvidar que sus contrapuntos se encuentran apostados en trayectorias acostumbradas al ajuste de cuentas y la autocrítica. Según Codato (2008), para tomar un ejemplo conocido, la labor sobre el Estado que encara Poulantzas atraviesa por dos etapas antes de llegar a fines de los setenta a la formulación de una teoría relacional del Estado. En la primera de ellas, busca construir una teoría general del nivel político del modo de producción capitalista y en la segunda, a partir de los análisis de dos regímenes de excepción (fascismo y dictadura militar), concibe al Estado como un conjunto de aparatos. La producción de Althusser también ha sido objeto de varias periodizaciones en las que no falta la controversia, porque mientras algunas consideran que hay una continuidad sustancial, otras encuentran rupturas marcadas. Por ejemplo, mientras Sintomer (2008) considera los textos de fines de los setenta como muestras de una deconstrucción de la obra anterior, Matheron (1995) los presenta como “textos de la crisis” y Tosel (2012) los inscribe en un “momento autocrítico”.

Queremos subrayar que sus discusiones de fines de la década de 1970 sobre la definición de Estado, sobre sus relaciones con los partidos, y entre partido y clase, a veces explícitas, con nombre y apellido, otras veces adoptando maneras indirectas, revelan un pensamiento por conceptos que se sabe motorizado por posiciones políticas, en concreto, un trabajo de elaboración teórica que reconoce, por momentos de manera implacable, la crisis que sacude a su propio campo de intervención así como su carácter incompleto (e imposible de completar), sin ceder ante las posturas que reclaman su abandono en nombre de nuevas filosofías o perspectivas posmarxistas. La puesta en crisis del marxismo, como es sabido, alcanza no sólo a la práctica política marxista -evidenciada en las derrotas sufridas por el movimiento obrero y en las experiencias autoritarias de los “socialismos realmente existentes”- sino también a la práctica teórica que lleva su nombre. En efecto, en las discusiones que se desarrollan, sobre todo en Francia, Italia, España y América Latina, entre referentes de diferentes tendencias teóricas, algunas extrañas al marxismo se someten a crítica las formas lineales, esencialistas y evolucionistas de su filosofía de la historia y se identifican limitaciones en las herramientas que ofrece para pensar los problemas del Estado, el poder, las organizaciones de las masas populares y la democracia, para decirlo muy brevemente.

Althusser, lejos de intimidarse, recibió la polémica sobre la crisis del marxismo como una oportunidad para trabajar en su liberación y renovación, contra el dogmatismo y la esterilización estalinista (Althusser, 2008a: 292)3 y advierte que carece de una teoría materialista de la ideología, del Estado y del partido (Althusser, 2008b: 326), ya que se encuentra paralizado y bloqueado por las representaciones burguesas (Althusser, 1983: 10-13). En la misma senda, Poulantzas (1984b: 18) escribió que no puede haber marxismo ortodoxo ni dogmas sagrados y que los temas del Estado, de la política y de la ideología son carencias inocultables del marxismo. Estas lagunas, lejos de habilitar su obsolescencia, como pretende la ideología dominante reagrupada bajo las formas del irracionalismo, el neoliberalismo y el autoritarismo, abren las puertas a una crisis creativa y esperanzadora (Poulantzas, 2008: 376-381).4

La derrota histórica sufrida por las luchas populares y la irrupción del neoliberalismo como contraofensiva capitalista dibujan para sus intervenciones una coyuntura bisagra. Löwy -compañero de cátedra de Poulantzas varios años- describe el clima intelectual francés con estas palabras “no era ya el inmediato post-1968, cuando el ascenso revolucionario en los cuatro rincones del mundo parecía irresistible” (Löwy, 2015: 2). A partir de entonces, para usar las palabras de Lazzarato (2020: 11-12), comenzó a imponerse en los programas teóricos de la izquierda el pasaje de la revolución como forma de la realización, con la clase obrera como sujeto que contiene las condiciones para abolir el capitalismo, a la revolución como forma del acontecimiento, con un sujeto político imprevisto y contingente.

El trabajo de lectura que proponemos, comprometido con el presente, se inspira en lo que podríamos llamar un retorno de las hipótesis emancipatorias -valgan como un ejemplo cercano, entre muchos otros, las reflexiones de García Linera (2020) sobre el sentido actual de la revolución- y se entusiasma con la idea de que una revisión a conciencia del debate Poulantzas/Althusser pueda sumar un grano de arena a la empresa de “volver a asociar” crítica al capitalismo y emancipación (Corcuff, 2016: 19).

Si nos atrevemos a valorar las definiciones que producen Poulantzas y Althusser sobre práctica política y Estado -y lo que resulta del choque entre ellas- como entidades intelectuales que la historia y el deseo de conocimiento no superan, ni en sus significaciones, ni en sus usos (Balibar, 2020: 15-16), podemos “reponerlas” como un modo de intervención que en el heterogéneo y renovado hemisferio izquierda (Keucheyan, 2013) perturbe e incomode las apuestas teóricas que hacen de la política una esfera autorreferencial y de la economía un plano despolitizado, las que reducen toda política al campo estatal y/o a los límites trazados por el capital, resignando la ruptura emancipatoria, las que menosprecian el inmenso poder de violencia y sujeción del Estado y del capital, militando una política de consenso entre fuerzas desiguales, por mencionar algunas.

El debate Althusser/Poulantzas, de gran consistencia teórica y política, resulta también relevante para nutrir las actuales discusiones sobre el Estado, no sólo porque sus elaboraciones se han consolidado como tradiciones teóricas de peso dentro del amplio abanico del pensamiento marxista contemporáneo sino también porque permiten nutrir las perspectivas que, contra la idea de una progresiva desaparición de la centralidad estatal, observan el análisis del Estado como un componente central en la comprensión del mundo actual.

El cuerpo del Estado y los aparatos que lo conforman

Probablemente la crítica más célebre que realiza Poulantzas a la teoría althusseriana de los aparatos del Estado es la que pretende exponer los límites del binomio represión/ideología.5 En ella sobresalen dos ejes: 1) en la armazón del Estado ocupa un sitio propio y definido un aparato económico especializado, sede por excelencia de la fracción hegemónica de la burguesía y poco permeable a las luchas populares; 2) el Estado interviene de manera específica y activa en la producción de consenso (1984b: 30). Veamos con cierto detalle esta crítica en sus propios términos.

Mientras que en el estadio capitalista competitivo las funciones económicas se subordinan a las funciones represivas e ideológicas, en la fase del capitalismo monopolista, juegan un papel “en las entrañas mismas de la reproducción del capital” (Poulantzas, 1984b: 30), pasando a ocupar un puesto dominante. Partiendo del diagnóstico de que el conjunto de las operaciones estatales, sus instituciones, sus discursos estratégicos y sus puntos de impacto se reorganizan en función de su nuevo papel en el proceso de acumulación del capital, Poulantzas considera un error centrar la definición del Estado en el ejercicio de la violencia legítima y la reproducción de la ideología dominante.

Según Poulantzas, mediante negociaciones, concesiones y paliativos a los segmentos no monopolistas del capital, el aparato económico se ocupa de quebrar las resistencias de ciertas fracciones a tales o cuales intervenciones del Estado en favor del equilibrio interno, siempre inestable, del bloque en el poder. Hacer sacrificios en el corto plazo para garantizar la reproducción del conjunto del capital en el largo plazo es un trabajo clave del aparato económico del Estado que no puede ser desempeñado por los solos mecanismos ideológicos (Poulantzas, 1984b: 221). El aparato económico, asegura, también interviene de manera decisiva en la construcción del consentimiento de las masas, que no se puede explicar exclusivamente por razones subjetivas provenientes del mundo de las ideologías. Si bien a la larga se insertan en una estrategia a favor de la reproducción ampliada del capital, ya que tienden a asegurar la reproducción/gestión de la fuerza de trabajo, las políticas económicas que impactan positivamente en las condiciones de vida de las clases populares (reducción de la jornada de trabajo, seguro de desempleo, vacaciones pagas, sistema gratuito de enseñanza, atención médica básica, viviendas sociales, etc.), dotan, según su mirada, de una materialidad específica el consenso/obediencia de dichas clases (Poulantzas, 1984b: 225-227).

Si esas anotaciones conllevan, tal como están planteadas por Poulantzas, una corrección o la detección de una ceguera, de ninguna manera implican un menosprecio por el papel que desempeñan la represión organizada y la ideología del Estado en la reproducción de la dominación política. Los procedimientos ideológicos no tienen nada de accesorios, señala Poulantzas, ya que se encuentran constitutivamente presentes ocultando el contenido de clase de las funciones económicas del Estado mediante su presentación como portadoras de interés general y bienestar común. Asimismo, acuerda así con la insistencia de Althusser (2003: 124-125) en el papel determinante que tiene sobre todos los dispositivos de poder el monopolio estatal de la violencia legítima (1984b: 94-95)

Ante las suspicacias suscitadas por su texto sobre los aparatos ideológicos de Estado, -que se deja llevar por cierto reproductivismo funcionalista- Althusser (1978c) subrayó la primacía de la lucha de clases sobre los aparatos de Estado y sobre los efectos de consenso de la ideología dominante, posición que venía sosteniendo desde la década de 1970 en diversos escritos y que podemos encontrar desarrolladas largo y tendido en Sobre la reproducción [1969]. En consonancia a ello, Poulantzas (1979) aseguró que, con su crítica al binomio represión/ideología, no pretende afectar el núcleo de la teoría althusseriana, cuya comprensión de la lucha de clases y sus problemas le parece incuestionable.

En lo tocante a la anatomía del Estado, años después, en Marx dentro de sus límites (1978), Althusser menciona tres “formas tipo en el interior del Estado” (2003: 122): 1) el aparato de fuerza pública o aparato de represión (fuerza armada, policía, funcionarios de la justicia, prisiones, instituciones disciplinarias), 2) los aparatos ideológicos de Estado (escuela, medios masivos, iglesia, etc.) y 3) el aparato político (jefe de Estado, cuerpo de gobierno, administración y funcionarios del servicio público). La centralización jerárquica, la ideología del servicio público y el espíritu de cuerpo son rasgos esenciales del cuerpo del Estado, no captados por Marx y Lenin, sí por Weber y otros sociólogos, y que es preciso atender, señala. Resulta difícil resistir la tentación de vislumbrar en este punto preciso, aunque no la mencione, la influencia de los argumentos de Poulantzas, que no se privan de aludir con frecuencia a Weber.

Sin embargo, subsiste una diferencia, quizá de fondo. Si bien Poulantzas notó que las conquistas de derechos no son concesiones estatales sino imposiciones de las luchas de masas, y que además aceitan el proceso de reproducción ampliada de la clase obrera, Althusser fue más escéptico al observar cómo el sistema de explotación capitalista deglute estas reformas y las hace jugar por entero a su favor. Por ejemplo, el derecho de sindicalización, objeto de largas y sangrientas luchas, queda reducido a una forma de control legal de las disputas económicas y de captación de sus dirigencias. Lo mismo el derecho de asociación política, convertido en un mecanismo que permite ganar el grueso de los militantes obreros para la causa de los partidos reformistas. El capitalismo sólo retrocedió para recuperar terreno en mejores condiciones. Una vez pasado el momento en que promete cambios drásticos, la burguesía insertó las conquistas obreras y sus banderas en su sistema ideológico y las pone al servicio de sus propios fines (Althusser, 2015b: 147-151). Los frentes populares, cuyas luchas quedaron registradas en parte en las instituciones del Estado de bienestar, fueron “evidentemente sin quererlo, los instrumentos de la más gigantesca concentración monopólica de la historia” (Althusser, 2015b: 150).

Poulantzas (1980b) no dejó de insistir y se muestra explícitamente contrario a esa concepción del Estado, que no duda en inscribir en una tradición del marxismo que hay que dejar atrás porque limita el accionar estatal a la prohibición/encubrimiento, olvidando no sólo su papel económico sino también su rol de organizador político de la burguesía (Poulantzas, 1980b: 166-167). Para Althusser, en cambio, entender que la médula del aparato estatal es impermeable a las luchas populares, es esencial no sólo teórica sino políticamente, sobre todo, de cara a una estrategia revolucionaria.

La definición del Estado y la cuestión de la autonomía: entre la máquina/instrumento y la armadura/condensación

Mientras Poulantzas (1984b: 11) rechazó toda definición instrumentalista y se convenció de que, en los análisis sobre el Estado, hay que superar la metáfora tópica del edificio, Althusser (2003: 81) recurrió a ambas para revitalizar una herencia teórica de los clásicos del marxismo que consideró irrenunciable aunque insuficiente: que el Estado y el derecho se levantan sobre una base económica, formada por relaciones de producción y fuerzas productivas, bajo la primacía de las primeras. Aclarando, contra las posiciones mecanicistas, que esto no significa necesariamente correspondencia, sino más bien que el Estado es distinto de la base y que se encuentra separado de ella, porque no es otra cosa que un instrumento (Marx), un garrote (Lenin) que quienes detentan el poder de Estado emplean para perpetuar su dominación de clase.

Para Marx y Lenin si el Estado está “separado” es en el sentido fuerte de separado de la lucha de clases. Esto es lo que hará temblar a todos nuestros teóricos del atravesamiento [traversée] integral del Estado por la lucha de clases, a todos los que disputando contra la idea de la “separación del Estado”, y dándose cuenta de que la lucha de clases está ahí, de alguna forma, en juego, rechazan por eso mismo que el Estado sea una «instrumento» (Althusser, 2003: 90).

El empleo de la palabra instrumento resulta esencial para definir la razón del Estado, esto es, su función en el dominio de clase. Es un instrumento separado de la lucha de clases para poder intervenir en ella “en todas las direcciones”, es decir, tanto para sofocar la lucha de la clase obrera y popular como para impedir que las divisiones de la clase dominante pongan en peligro su sistema de dominación. Si la lucha popular sólo ha atravesado el Estado para quedar capturada por la política burguesa, como en 1968, ni las luchas al interior de la burguesía han llegado al punto de hacerla caer ante un movimiento de resistencia, es porque el Estado no está a merced de esas luchas (Althusser, 1978a: 33-35; 2003: 89).

Las luchas de clase tienen efectos en el Estado; las contradicciones entre las diferentes fracciones de la burguesía, por ejemplo, pueden verse impactadas por la lucha obrera y popular, pero en su “corazón”, esto es, en su cuerpo represivo, político, policial y de alta administración, no se ve afectado seriamente por ella. La fórmula de Marx y Lenin sobre el Estado como instrumento separado para servir mejor a los intereses de la clase dominante es correcta y no debe ser abandonada, aunque sí completada (Althusser, 2003: 99-104). ¿Cómo? Introduciendo la problemática de la reproducción como paso crucial para ir más allá de las cegueras clásicas, para poder hilar más fino y decir que el Estado está separado para asegurar la reproducción de las condiciones materiales (jurídicas, políticas, ideológicas, económicas) del dominio de la clase dominante (Althusser, 1978a: 33).

No alcanza, argumenta Althusser, con aceptar que es un instrumento: hay que explicar además la naturaleza propia del Estado. Para hacerlo, parte de la insistencia con que Marx y Lenin se refieren al Estado como una máquina y propone la hipótesis según la cual el Estado es una máquina que produce poder legal -leyes, decretos, órdenes- y controla su aplicación. Una máquina que transforma la violencia o la fuerza de la lucha de clases en leyes y derecho, que transforma el exceso de fuerza relativamente estable o potencial de una clase, resultante de una confrontación con otras clases, a las que busca mantener a raya del poder legal.6 En otras palabras, una máquina que transforma el poder absoluto por encima de las leyes en poder de las leyes (Althusser, 1978a: 34; 2003: 128-129).

Con la intención declarada de objetar las concepciones instrumentalistas del Estado, Poulantzas propuso una definición que labró por años: el Estado es una relación, o mejor, una condensación material y específica de una relación de fuerza entre clases y fracciones de clase (Poulantzas, 1987: 151; 1977b: 54; 1984b: 154-155). Contra ciertas interpretaciones, la palabra material que incluye esta definición es primordial. El Estado no se reduce a la relación de fuerzas, presenta una opacidad y una materialidad propias. Un cambio en la relación de fuerza entre clases tiene siempre sus efectos en el Estado, pero no se traduce de manera directa o inmediata: se adapta a la materialidad de sus diversos aparatos y sólo se materializa en el Estado bajo una forma refractada y diferencial según sus aparatos (Poulantzas, 1984b: 157).

Mientras Althusser señaló que “la separación del Estado no tiene nada que ver con la autonomía”, pues ninguna máquina funciona sola (2003: 103), Poulantzas propuso pensar la relación clases sociales/Estado no como una “relación de exterioridad” -según la cual la clase dominante sometería el Estado a sus intereses- sino como una relación dotada de autonomía relativa. Desde su perspectiva, respecto de las fracciones que componen el bloque en el poder, el Estado tiene el grado de autonomía suficiente para ejercer su papel de organizador político del interés general de la burguesía logrando el equilibrio inestable de sus fracciones bajo la hegemonía de una de ellas, imponiendo los compromisos materiales necesarios (Poulantzas, 1977b: 53; 1984b: 159). Las luchas de las clases dominadas, añade, no permanecen en un supuesto “exterior” del Estado, ya que los aparatos no materializan sin más el poder de las fracciones dominantes sino sus contradicciones respecto a las clases dominadas (Poulantzas, 1977b: 59); y vincula esa autonomía relativa con la cuestión de las contradicciones internas del Estado, que no pueden ser pensadas como externas, ni como meras presiones o influencias de una voluntad de clase sobre “las piezas y engranajes del Estado-máquina o instrumento” (Poulantzas, 1984b: 158). No basta con decir que las contradicciones y las luchas atraviesan el Estado, como si se tratara de horadar una sustancia ya constituida, o de medir un solar ya existente. Las contradicciones de clase constituyen el Estado, están presentes en su armazón material y estructuran su organización: la política del Estado es el efecto de su funcionamiento en el seno de éste (Poulantzas, 1984b: 159).

El Estado, argumenta Poulantzas, no organiza las contradicciones de las clases y fracciones dominantes a la distancia, sino que, al contrario, lo hace en el juego de estas paradojas, el cual se expresa como discordancias entre diferentes aparatos y ramas, y también en el seno de cada burocracia. Es el funcionamiento concreto de su autonomía, lo que hace posible su rol de arquitecto de equilibrios inestables y compromisos: el Estado no es un caparazón que admite automáticamente diferentes arreglos o compromisos sino que funciona según un mecanismo de selectividad estructural, esto es, según las fronteras definidas por su propia materialidad de clase (Poulantzas, 1984b: 161)

El concepto de condensación, asegura Poulantzas,7 pretende ir más allá que el de sobredeterminación, que en “la mejor de las hipótesis” tiene como labor indicar que lo económico no está solo, que también existen la política y la ideología. Su primera función consiste en revelar que no se trata solamente de comprender el papel de las relaciones políticas e ideológicas en la reproducción de las relaciones de producción sino también de comprender las contradicciones económicas “tal como existen” en el plano político estatal. La segunda función -que tiene el término condensación- es mostrar que, en el terreno del Estado, no sólo se encuentran las clases dominantes sino también la relación entre las clases dominantes y dominadas. Concluye que, en el Estado, no se condensa sólo un aspecto de la contradicción (las clases dominantes) mientras que el otro aspecto (las clases dominadas) queda situado en el exterior del mismo: los dos aspectos de la contradicción, esto es, la lucha de clases, se encuentran en el interior del propio Estado, pues lo “atraviesan de lado a lado” (Poulantzas, 1980a: 146-148).

Althusser, en medio de la rica polémica generada por su intervención en el Coloquio de Venecia, subraya que la distinción del Estado como una esfera diferente de la sociedad civil o de las relaciones de producción resulta ser una imposición de la ideología y la práctica burguesas. El Estado “siempre ha estado ampliado”, lo cual quiere decir que bajo formas históricas diferentes siempre ha penetrado la “sociedad civil” con sus aparatos y funciones (Althusser, 1983: 14-15).

En una entrevista que otorgó en 1979 -y cuyas preguntas giran fundamentalmente en torno de las tesis sobre Estado, partido y política mantenidas por Althusser en el Coloquio de Venecia y en sus intervenciones siguientes- Poulantzas dijo que su “amigo Althusser” piensa en los extremos y dobla demasiado el bastón en un solo sentido. Marx ya demostró, señala, que la separación relativa del Estado respecto de las relaciones de producción es distintiva del capitalismo y conforma el fundamento de su propia materialidad como aparato especial. Esta afirmación se encuentra en la base de la relativa autonomía del Estado moderno y de la política, postura que es necesaria sostener contra el reduccionismo economicista de la Tercera Internacional. Esta separación, insiste Poulantzas, nada tiene que ver con su representación jurídico-política (Estado-universalidad vs. sociedad civil-particularismos individualizados). Más aún, negarla, como lo hace Althusser, puede conducir a resultados erróneos. Logra impedir, en primer lugar, la necesaria periodización del Estado capitalista, perceptible justamente a partir de las formas diferenciales de esta separación (Estado liberal, Estado intervencionista, Estado providencia, Estatismo autoritario actual, etc.).8 También puede llevar a reducir todos los fenómenos del poder al Estado, que se supone se difunden orgánicamente en el conjunto de la sociedad, al modo del concepto “estadocrático” de la Tercera Internacional. Finalmente, y esto es lo más grave desde su mirada, torna imposible plantear la cuestión de la conservación y profundización de las libertades políticas bajo el socialismo, proceso que requiere de instituciones políticas específicas. “Esto implica entonces una cierta separación entre el Estado y las relaciones sociales, por lo tanto necesariamente (sin más pretensiones) una cierta no-decadencia del Estado” (Poulantzas, 1980b: 168). Sin caer en un “neoliberalismo de izquierda”, añade de inmediato, urge un análisis positivo del Estado de derecho y del ejercicio del poder en la transición y en el socialismo democrático, sin limitarlo, como hace Althusser, a un mero organizador de las reglas del juego del multipartidismo (1980b: 167).

Frente a la afirmación según la cual no corresponde hablar en la actualidad de una ampliación específica del Estado, en la misma entrevista, Poulantzas (1980b: 170) reclama distinguir los periodos históricos de la ampliación del Estado y sus rasgos distintivos (qué se ensancha, hacia dónde), ya que no sigue un principio transhistórico -perspectiva que le adjudica a Althusser-, sino que conforma una tendencia, con sus propios límites, planteados por el proceso de producción, por la lucha de clases y por la propia “columna vertebral” del Estado. Las relaciones entre lo público y lo privado, sus ámbitos mismos, han cambiado notablemente desde los tiempos del Estado liberal hasta el estatismo autoritario actual, por ende, razona Poulantzas, no hay dudas de que se trata de una nueva etapa del proceso de ampliación caracterizada por una presencia directa del Estado en el corazón mismo de la producción de la plusvalía y la reproducción de la fuerza de trabajo, por una concentración inaudita del saber y de la ciencia en sus manos y por una presencia inédita de las redes estatales en la vida cotidiana.

Volvamos a Althusser para atender un escrito suyo de 1978, recientemente publicado por primera vez, titulado sugerentemente ¿Qué hacer? (2022). Aquí hace hincapié en que, detrás de la tesis de la ampliación del Estado, encarnada en la problemática de la hegemonía9 planteada por Gramsci, retomada por la dirigencia del partido comunista italiano y sus intelectuales, y de ahí transformada en plataforma del eurocomunismo, hay una idea del Estado y de la política como esferas diferentes de la sociedad civil -conjunto de las asociaciones privadas o de aparatos hegemónicos- tributaria de la ideología jurídica burguesa. Y en que la razón de fondo de las “acrobacias sobre la hegemonía” no es otra que plantear “la necesidad para la clase dominada de asegurar “su hegemonía” antes de la toma del poder” (2022: 88). Esto significa que ya no se trata de apoderarse del Estado sino de conquistar los centros de poder de la sociedad civil, y esto sólo puede entenderse por referencia a la posición de la sociedad civil respecto del Estado: en el centro, como fortaleza, rodeado de trincheras y fortines de la sociedad civil, que cuando son inestables y el Estado “pura fuerza”, la estrategia es el asalto frontal, y cuando, caso actual, es una red profunda y densa, hay que tomar el control de esta red, paso a paso, trinchera a trinchera, y entonces el Estado no tendrá defensas y se podrá ingresar en él. Esta estrategia alternativa “arroja tras los bastidores” el papel determinante en última instancia de la relación de producción (el capital, el imperialismo, la reproducción de la fuerza de trabajo, etc.), mientras que la superestructura queda sola y es pensada por sí misma (Althusser, 2022).

Las formas de la reproducción, vuelve a subrayar este filósofo, son siempre “ampliadas”, ya que el capitalismo encuentra en sus crisis la manera de encontrar nuevo impulso, como por ejemplo en 1929. Y estas formas ampliadas no son simplemente formas técnicas, sino que “en última instancia son formas de la lucha de clases de la burguesía imperialista nacional y mundial contra la clase obrera nacional y los pueblos del mundo recientemente liberados de la opresión política” (Althusser, 2022: 46).

El problema de la transición: entre el socialismo democrático y una práctica política orientada al fin de toda política

Aun cuando Althusser critica la ceguera leninista ante la cuestión de la reproducción, no duda en acudir a su teoría sobre la destrucción del Estado, a la que considera de avanzada porque muestra la unidad orgánica entre el cuerpo del Estado y sus funciones. Siguiendo su rastro, subraya que tras la toma del poder del Estado por las masas movilizadas, que puede ser pacífica o violenta, legal o no, según las coyunturas, no se trata de aniquilar de la noche a la mañana todas las instituciones del Estado, todos sus agentes y sus servicios, un imposible, sino de transformar la división del trabajo estatal entre la cúspide y la base de los subordinados y entre sus diferentes funciones, sobre la base de un análisis estratégico y táctico que considere el eslabón decisivo y el momento oportuno (Althusser, 1978a: 43; 1978b: 67-68).

Si no se toca el cuerpo del Estado, si no se cambia su metal, por más que se le quiera imponer otra política y otro personal, el sistema de la reproducción del Estado por sí mismo (su personal y sus criterios de competencia para mandar y obedecer) y la separación de los poderes y de los aparatos y de los servicios, harán que esta política sea finalmente dirigida por el cuerpo del Estado. (Althusser, 2003: 137)

Si se aparta de Lenin y Althusser en otros aspectos sustantivos, Poulantzas no puede estar más de acuerdo sobre este punto referido a la transformación del aparato de Estado. En la medida en que un rasgo distintivo del campo estatal consiste en permutar los lugares del poder real y el poder formal y/o desplazar el papel dominante de un aparato a otro, la toma del poder de Estado por parte de las masas populares no se traduce automáticamente en un control efectivo de sus aparatos. Las necesarias políticas de impedir la fuga de capitales, terminar con la inflación, aplicar un impuesto a las fortunas y al capital, entre otras, no pueden po nerse exclusivamente “bajo el signo del estatismo” (Poulantzas, 1984b: 240) ni depender de un tecnocratismo de izquierda. El carácter estructuralmente burgués del aparato económico y del personal de Estado y el peligro de un capitalismo burocrático estatal sólo pueden enfrentarse con la fórmula “las masas proponen, el Estado dispone” (Poulantzas, 1984b: 241).

Ambos rechazan todo socialismo desde arriba, todo estatismo tecnoburocrático o de expertos y apuestan todo a los movimientos democráticos de las bases populares y a sus formas de organización; y hacen frente común contra las posturas que pretenden llegar al socialismo mediante la persuasión y el consenso. Althusser, como mencionamos, critica el corazón de la noción gramsciana de hegemonía, considerándola ambigua y confusa porque da a entender que puede existir antes de la toma de poder de Estado (2003:170-173), en tanto Poulantzas considera errónea la interpretación de los escritos de Gramsci según la cual es posible una hegemonía popular anterior a la toma del poder político. “Decir que uno necesita el 80% de la gente para construir la unidad necesaria para un gobierno de izquierda es una contradicción en los términos” (Poulantzas, 1979: 6).

Sin embargo, en la medida en que avanzan en la definición de la transición, de la estrategia apropiada y del papel del partido aparecen disputas más severas. Poulantzas entiende que la transición o vía democrática al socialismo designa un proceso largo cuya primera fase implica el fin de la hegemonía del capital monopolista pero no la subversión radical del núcleo de las relaciones de producción, siendo inevitable que la marcha de la economía siga siendo capitalista por mucho tiempo (Poulantzas, 1984b: 242). Implica asimismo, como su nombre lo sugiere, la plena vigencia de las libertades individuales (Poulantzas, 1979: 3) y un sistema de pluralismo de partidos dotado de autonomía respecto de la administración estatal.

Althusser, en cambio, está convencido que la cuestión de la extinción/transformación del Estado tiene que plantearse en el momento mismo de la toma del poder desde la posición del comunismo, condición absoluta que previene contra el derrumbe de todo el proceso (Althusser, 1978a: 42, 53-54, 1978b: 70-73). En este sentido, debe comprenderse su firme e insistente defensa del concepto de dictadura del proletariado contra la dirigencia del PCF que propone abandonarlo en favor de la noción de un paso pacífico al socialismo. Reconocer teórica y políticamente que todo Estado es la dictadura de una clase sobre otras y que, por ende, el concepto en cuestión, situado en el corazón de la teoría marxista, sirve para destacar la violencia por encima de la ley del dominio de clase, es vital para la estrategia del comunismo, que no es un sueño perdido sino que existe en los intersticios del capitalismo. Si el movimiento obrero abandona esta perspectiva de su lucha, corre el riesgo de caer en las trampas del adversario.

La dictadura del proletariado no se refiere a una fase destinada a ser superada por el socialismo sino que coincide con toda la fase del socialismo pues su forma política por excelencia (Lenin) es la democracia de las masas. El socialismo es un periodo de transición contradictorio en el cual pueden (o no) ganar terreno los elementos comunistas sobre los capitalistas (Althusser, 2019a: 95, 2019b: 155-166, 1978a: 15, 2015b: 171). Es “un río lleno de remolinos y de corrientes contrarias donde el barco del socialismo puede perderse si el timón no está firmemente defendido por la dictadura del proletariado contra los capitalistas” (Althusser, 2015b).

Poulantzas adhiere a las posiciones que defienden un camino democrático al socialismo sin ceder ante el reformismo. El Estado, asegura, no puede ser destruido en bloque mediante una estrategia de doble poder para ser reemplazado por otro Estado proletario en vías de extinción. No se trata de un segundo poder situado radicalmente fuera de éste que toma primero el poder estatal, la fortaleza, para luego, en un segundo momento, arrasar en bloque con el conjunto del aparato de Estado para instaurar otro, de signo distinto. Según su mirada, la vía democrática al socialismo es un proceso en el cual las luchas de las masas no apuntan a crear un poder paralelo y externo al Estado/instrumento sino que se aplican a sus contradicciones internas (Estado/campo estratégico) para modificar la relación de fuerzas, para transformar los centros difusos de poder popular en centros efectivos de poder real. Y esta estrategia, vale tanto para los aparatos ideológicos como para el represivo, que si bien es un núcleo duro no es totalmente impermeable a las luchas populares (Poulantzas, 1984b: 311-312). Recordemos que Althusser afirma, por el contrario, que el aparato represivo del Estado es refractario a las luchas de las clases populares.

Que la orientación sea hacia la extinción del Estado, premisa radical que hay que mantener, no quiere decir para Poulantzas que no puedan conservarse ciertas instituciones provenientes de la revolución burguesa. Tomando como inspiración las reflexiones de Rosa Luxemburg sobre Lenin, Poulantzas (1984b: 308-310) entiende que no se pueden eliminar por completo las elecciones generales, la libertad de prensa y de reunión y la libre confrontación de opiniones en beneficio exclusivo de una democracia “consejista” o de base, ya que la vida política de las masas se vería paralizada. Por sí solo, el Estado representativo existente conduce al reformismo o al parlamentarismo liberal, por sí sola, la democracia de base puede llevar a un despotismo estatista de partido único o a una dictadura de los expertos, asegura convencido.

Esto no significa que Poulantzas tenga una visión positiva de las democracias de su época. Por el contrario, observa que el declive de la democracia representativa en su sentido clásico ha dado lugar a un estatismo autoritario que puede adoptar formas variadas, desde neoliberales hasta fascistas, cuyas características sobresalientes son el reforzamiento del ejecutivo y de la administración, la decadencia de las instituciones representativas, la degradación de las libertades formales y la instauración de dispositivos que obstaculizan el ascenso de las luchas populares, con la consiguiente pérdida de legitimidad frente a las masas (Poulantzas, 1984b: 247-264).

Respecto de la dictadura del proletariado, Poulantzas subraya, en esta etapa de su producción, que tal como la plantea Marx tiene el rango de una noción estratégica en estado práctico interesada en señalar el carácter de clase del Estado y la necesidad de su transformación, que hoy debe ser abandonada, por un lado, porque ha terminado identificándose con el totalitarismo estalinista, por el otro, porque impide plantear el problema crucial de la articulación entre formas de democracia. “Problema que la noción de dictadura del proletariado no solamente no ha planteado, sino que ha terminado por ocultar” (Poulantzas, 1984b: 314). Además, considera que atenta contra la formación de alianzas políticas de largo plazo con clases o fracciones que temen ser dejadas de lado por una hegemonía obrera (Poulantzas, 1979: 196).

En esa combinación de unas luchas por la democratización de las instituciones del Estado con unas luchas por la extensión de los controles populares y los modos de democracia directa, ¿no existe un momento destinado a medir las fuerzas entre los poderes populares y el aparato de Estado, que por debilitado que esté por las luchas populares sigue garantizando la dominación burguesa? A esta pregunta clave, Poulantzas contesta reconociendo que siempre hay un momento de medir fuerzas, que al socialismo no se llega por una progresión de reformas. Habrá ruptura, y habrá un momento de enfrentamiento decisivo, pero atravesará el Estado. Los poderes populares de base, las estructuras de democracia directa serán los elementos de diferenciación en el seno de los aparatos del Estado, de polarización de una amplia fracción de estos aparatos por el movimiento popular, la cual, en alianza con este movimiento, se enfrentará a los sectores reaccionarios, contrarrevolucionarios, del aparato del Estado, apoyados por las clases dominantes (Poulantzas, 1977a: 6).

Ese proceso de modificación de la correlación de fuerzas internas del Estado apoyado en las luchas y los movimientos que van más allá del Estado, es más necesario que nunca, según Poulantzas, frente a la crisis de los partidos y a la crisis del Estado de Bienestar que inducen una crisis progresiva de legitimación sin llegar a una ruptura del consenso. Las nuevas formas de revuelta popular, difusas y generalizadas, desplazadas al ámbito estudiantil, feminista, regionalista, ecologista, etc.; y las nuevas formas de revuelta en las fábricas, orgánicamente vinculadas a las contradicciones de clase propias de la reproducción ampliada del capital, no pueden ser asfixiadas en nombre de simples reformas de la democracia representativa. Pero tampoco pueden quedar reducidos a micro revueltas singulares, resistencias dispersas o experimentos aislados, bajo pretexto de evitar quedar aprisionados por las redes clientelistas del Estado (Poulantzas, 1980b: 175-176).

Incluso la noción gramsciana de guerra de posición, afirma Poulantzas poco antes de su muerte (1983: 38), permanece atrapada en la lógica del doble poder y de la conquista en bloque del Estado, revelándose así incapaz de acercarnos una teoría del ejercicio del poder en las instituciones de la democracia representativa y en la transición al socialismo democrático.

Contrariamente a Althusser, he sido muy influenciado por el pensamiento de Gramsci. Pero más pasan los años y más estoy convencido que Gramsci no representa, como lo he creído durante mucho tiempo, una fase completamente nueva de la reflexión teórica. Desde luego, Gramsci ha delimitado con certeza el primer conjunto fundamental de problemas, los cuales son aún los nuestros: la ampliación del Estado, una sensibilidad muy grande por la sociedad civil, la presencia de masas populares en la construcción del Estado […]. Pero piensa siempre al interior de una concepción fundamentalmente leninista, siendo su problema el de aplicar la estrategia leninista en Occidente. (Poulantzas, 1983: 38)

En lo tocante a los partidos obreros, ambos defienden su autonomía respecto del Estado para que sean capaces de atender la voluntad de las masas y sus iniciativas (Althusser, 1978b: 65), o para que puedan articularse con los focos y las redes autogestionarias (Poulantzas, 1984b: 185). No obstante, difieren sobre el rol que tienen en la transición y su importancia estratégica. Si bien tiene una mirada demoledora sobre los partidos comunistas de los setenta (dirigencia disociada de la militancia, ausencia de discusión teórica y política, burocratización, alejamiento de las masas y de sus reclamos cotidianos, etc.), Althusser no deja de defender la tesis de que toda alianza popular debe organizarse en torno al núcleo fuerte de la clase obrera (2019b: 210). Posteriormente, terminada la transición, el partido habrá de desaparecer en favor de las organizaciones de masas surgidas durante el socialismo, las cuales pondrán en marcha “una nueva práctica de la política”, apartada de su representación burguesa y hecha de deliberaciones comunitarias sin intermediaciones (Althusser, 2019b: 71).

Por su parte, Poulantzas considera que los partidos obreros de masas ya no pueden ser pensados como el centro de toda constelación política y que hay que reconocer a los movimientos sociales no como fenómenos marginados sino como formas de expresión de nuevas subjetividades que escapan de los límites impuestos por el funcionamiento tradicional de la política. Según su diagnóstico, la tensión irreductible y desde ahora permanente entre movimientos sociales y partidos políticos conduce a poner en cuestión el viejo modelo de partido, aunque haya sido necesario en el pasado (Poulantzas, 1983: 40). Anota que si bien en las condiciones actuales el partido político tiene un papel como correa de transmisión y organizador de la articulación entre la política representativa y las participaciones directas, es posible que ya no sea ya la forma indicada y que en el futuro pasen a un primer plano los movimientos sociales autónomos, como el movimiento feminista, con sus propios modos y lógicas, que ya nada tienen de secundarios (Poulantzas, 1979: 7). Cierta tensión irreductible entre los partidos obreros y los movimientos sociales, se pregunta, ¿no será acaso una condición necesaria para la dinámica de una transición al socialismo democrático? (Poulantzas, 1980b: 183).

En referencia al concepto de hegemonía de la clase obrera, afirma que se trata de un concepto que atrasa a la teoría política marxista y que debe ser revisado porque da por resuelta la relación entre la clase obrera y la democracia política, impidiendo de este modo “el in menso trabajo de invención necesario para la elaboración de una política democrática de transición al socialismo” (Poulantzas, 1983: 41). La clase obrera, cuya complejidad y divisiones internas hay que examinar sin mitos de por medio, tiene necesidad de las instituciones democráticas no sólo para defenderse de sus adversarios sino también, llegado el momento, para ejercer el poder político sin ponerse ella misma en riesgo (Poulantzas, 1983: 41).

Mientras tanto, a la hora de pensar la práctica política, Althusser (1983: 15) pone cada vez más énfasis en denunciar lo que denomina la ilusión jurídica de la política, esto es, su reducción a las formas políticas consagradas por la ideología burguesa (partidos políticos, representación popular, luchas políticas por el poder del Estado existente). El gran desafío para las organizaciones populares, para las iniciativas políticas que desbordan la dupla partido/sindicato (feminismos, ecologismos, etc.) y para el propio movimiento obrero, consiste en poner en marcha “una nueva práctica de la política”, sin intermediarios, basada en sus propias fuerzas, que se revele por completo diferente de la política burguesa que actúa mediante los aparatos del Estado y las castas tecnocráticas (2015b: 170).

Conclusiones

Cuando en sus esbozos autobiográficos, Althusser (1993: 346) se refiere al heroísmo de su amigo Nicos, encontramos un indicio más, esta vez de evidente tono personal, de una relación de confianza mutua afianzada con los años, de un vínculo entre camaradas que miran el horizonte político y teórico de su tiempo emplazados en el espacio abierto por la teoría marxista, cuyos límites en el tratamiento del Estado y de la política no se dan el gusto de ignorar.

Si reconocen los desaciertos, las lagunas, los bloqueos, también destacan como irrenunciables ciertas tesis esenciales de la teoría marxista, entre otras, las referidas al papel principal de las luchas de masas en todo proceso anticapitalista; a la necesidad de captar y entender las iniciativas políticas inéditas (no de la “política” a las masas sino de las masas a la política); a la conexión orgánica, aunque sus temporalidades no marchen a la par, entre revolución política y transformación de las relaciones de producción; a la primacía de las luchas (de clase) sobre los aparatos de Estado y a la exigencia de su dislocación por los poderes populares. Adscripciones que hablan de un terreno común, de unas labores teóricas que no pueden leerse bajo la lógica del divorcio o de la ruptura, como plantean ciertas lecturas, por caso, la de Jessop.

Sus contrapuntos teóricos y políticos, identificados, sopesados y recorridos en detalle en las páginas precedentes, tratan, en definitiva, sobre la definición misma del Estado y de la práctica política entendida según su potencia transformadora del orden económico y estatal en los albores del neoliberalismo. Ni más, ni menos.

Ante la insistencia de Poulantzas de abandonar todo esquema instrumentalista para concebir el Estado como la condensación material de una relación entre clases, Althusser defiende una definición del Estado que si bien reconoce que no es un bloque sin fisuras, que nunca lo fue para la teoría marxista, que en algunos de sus aparatos recibe los efectos (distorsionados y a distancia) de las luchas populares, no por ello deja de ser un instrumento separado de esas luchas para poder intervenir en ellas. El Estado no es para Althusser una condensación asimétrica de la lucha de clases -concepto que propone Poulantzas como superador del concepto de sobredeterminación- sino que es una máquina, que no tiene nada de simple, en manos de la clase dominante para asegurar la reproducción de su dominación. Si lo dejamos de tratar como una máquina, argumenta Althusser, escamoteamos la cuestión decisiva de su transformación y caemos de lleno en el estatismo.

Ambos acuerdan que un proceso revolucionario implica transformar de punta a punta el conjunto de los aparatos del Estado, luego toman caminos bien diferentes. Mientras Althusser piensa la transición a partir de la noción leninista de dictadura del proletariado, a la que identifica con una democracia de masas, Poulantzas, hacia el final del lapso bajo análisis, propone dejarla de lado no sólo porque cree que impide el armado de frentes populares amplios sino también, y sobre todo, porque torna inadmisible plantear la cuestión clave de cómo emprender una transformación radical del Estado.

Poulantzas plantea la transformación estatal como un proceso de rupturas que no sucede entre el Estado y su supuesto exterior absoluto, los poderes populares de base, sino en su propio terreno, como una larga lucha contra el poder burgués desde focos de poder popular, situados en aparatos, en instituciones, pero impulsados por los movimientos de masas y las luchas populares que exceden toda esa armazón. Althusser, como vimos, alega que sólo si las organizaciones de masas construyen sus propias instituciones y practican una nueva política es posible avanzar hacia el comunismo y evitar el alargue indefinido del socialismo y el fortalecimiento del poder burgués que conlleva.

Frente a la separación que propone Althusser entre política y Estado y, por ende, entre partido y Estado, Poulantzas afirma que la completa exterioridad respecto del Estado es un mito, ya que toda lucha política, o bajo sus aspectos políticos, se sitúa en su terreno, y es un error estratégico, porque cuando los movimientos populares creen actuar por fuera del Estado no hacen otra cosa que dejar el campo libre a la práctica política de la burguesía que cumple sus objetivos de clase utilizando al máximo las fuerzas de las masas populares a las que domina mediante la represión y la ideología del Estado (2015b: 164-166).

Aunque ambos advierten la irrupción de nuevas subjetividades políticas y formas de organización que ponen en entredicho las organizaciones clásicas de la clase obrera (partidos, sindicatos), no plantean esta cuestión de la misma manera. Manteniendo la tesis del papel dirigente de la clase obrera en todo frente popular o estrategia anticapitalista, Althusser se muestra preocupado por el tipo de práctica política que ponen en marcha las masas populares, esto es, si reproduce los moldes de la política burguesa o es transformadora, que por las formas concretas que asume. Poulantzas, cada vez más disgustado con la fórmula que establece, según dice, “de antemano” la hegemonía política de la clase obrera, apuesta por colocar en primer plano, junto al movimiento obrero, a los “mal llamados” frentes secundarios (luchas feministas, ecologistas, etc.).

Althusser no deja de recalcar que el problema central que enfrentan las organizaciones obreras y populares no es otro que la confinación de la política al terreno del Estado. Y que para escapar de esta trampa, las fuerzas populares enfrentan el desafío de encontrar formas de organización radicalmente diferentes de los aparatos políticos burgueses, que les permitan tanto aglutinar las acciones políticas innovadoras que brotan más allá de sus sindicatos y partidos como construir una estrategia política, adecuada a su tiempo y circunstancias, orientada a transformar/destruir el poder del capital y la máquina del Estado.

Quizás podamos señalar, para realizar un balance de sus contrapuntos, que si es innegable que se insertan de lleno en la coyuntura teórica y política del capítulo europeo de la crisis del marxismo, están lejos de remitir a una discusión clausurada. En las condiciones de un capitalismo cada vez más destructivo y desigual, permanece vigente la cuestión de si una política contra el capitalismo puede ocupar el terreno del Estado para transformarlo “desde dentro” mediante mutaciones de sus centros de poder o si sólo puede plantarse, para ser efectiva, como autónoma y “exterior” respecto de la maquinaria estatal.

Como vimos, las cosas no son tan simples, y es bueno recordarlo contra la tentación de una lectura simplista. Althusser no sostiene ante cualquier circunstancia una radical exterioridad entre masas y Estado, ni tampoco cree que las luchas populares dejen intactos sus aparatos. Y Poulantzas no reduce el Estado a un campo de fuerzas ni piensa que la acción de las masas populares en sus dominios sea condición suficiente para su transformación.

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1Para un análisis detallado del encuentro entre ambos y sus primeros años de relación, pueden verse Inda (2021, 2022).

2 Sotiris (2017) sostiene, en cambio, que ambos mantuvieron con la teoría gramsciana una relación compleja que incluye tanto la confrontación como la apropiación. Si Althusser atacó al historicismo y a la noción de hegemonía y retomó su crítica a la distinción público/privado, Poulantzas reutilizó la noción de hegemonía para aplicarla a las prácticas políticas del bloque en el poder y concedió valor a la idea de la especificidad nacional de todo socialismo.

3Incluso podría decirse que sus reflexiones e intervenciones de este lapso están regidas por la intención de discutir en el campo del pensamiento marxista una estrategia teórica y política que permita plantear en sus justos términos esta crisis y superarla. Al respecto, pueden verse, entre otros, Por fin la crisis del marxismo (2008a), El marxismo como teoría finita (1983), Vacas Negras, una entrevista imaginaria (1976), inédito hasta hace poco, y Lo que no puede durar en el partido comunista (1980).

4 Poulantzas (2008: 385-386) no coincide de lleno con la caracterización que realiza Althusser de esta crisis. Como veremos, cree que la noción de dictadura del proletariado debe ser renovada en tanto tributaria de un marxismo dogmático.

5Esta crítica no es novedosa en su producción, ya puede encontrarse en términos similares pero menos desarrollados en Fascismo y dictadura (Poulantzas, 1984a: 354-358).

6 Althusser (2003: 145-146) aclara que no hay que pensar este proceso a partir de un antes y un después, como un punto de origen que consiste en un exceso de fuerza sin más que a posteriori pasa por el Estado y sale en forma de poder. La fuerza que entra en el Estado no es una fuerza pura, ya está sujeta asimismo al poder del Estado y de las leyes, y los supone.

7Sobre este tema se explaya en una entrevista que le realiza David Kaisergruber para el número 17 de Dialectiques, en el transcurso de la cual le pregunta por la relación que mantiene su concepto de condensación material de una relación de fuerza con el concepto de sobredeterminación elaborado por Althusser (Poulantzas, 1980a: 147-148).

8Esta cuestión de las formas del Estado capitalista ocupa una porción importante de su trabajo teórico, como puede apreciarse en Fascismo y dictadura (1984a) y en La crisis de las dictaduras. Portugal, Grecia, España (1976).

9Althusser desmenuza la concepción gramsciana de la hegemonía y sus efectos señalando, en lo esencial, que no va más allá de Marx y Lenin, que se desentiende de la infraestructura económica, que no explica cómo es asegurada la hegemonía y que reduce la lucha de clases, que es una lucha de fuerzas contra fuerzas, a una lucha de hegemonías (Althusser, 2003, 2022).

Recibido: 24 de Septiembre de 2021; Aprobado: 16 de Junio de 2023

Sobre la autora

Graciela Inda es doctora en Ciencias Políticas y Sociales con mención en Sociología por la Universidad Nacional de Cuyo; sus líneas de trabajo como investigadora del Conicet (Argentina) se inscriben en el campo de la teoría social clásica y contemporánea; entre sus publicaciones más recientes se encuentran: El Estado y sus burocracias: discusiones teóricas y avances de investigación (2023) Buenos Aires: Teseo Press; “El encuentro Poulantzas/Althusser (1964-1968): resonancias sobre Estado y práctica política” (2022) Intersticios Sociales (22); “El diálogo Althusser/Poulantzas sobre Estado y política (1969)” Religación, 6(27).

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