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Revista mexicana de ciencias políticas y sociales

Print version ISSN 0185-1918

Rev. mex. cienc. polít. soc vol.69 n.250 Ciudad de México Jan./Apr. 2024  Epub Apr 07, 2025

https://doi.org/10.22201/fcpys.2448492xe.2024.250.80821 

Artículos

Integración y dualismo: concepciones generales para tratar tensiones en las teorías de Pierre Bourdieu y Niklas Luhmann

Integration and Dualism: General Conceptions to Deal with Tensions in Pierre Bourdieu’s and Niklas Luhmann’s Theories

Pedro Giordano* 

Gastón Becerra** 

* CONICET/Universidad de Buenos Aires, Argentina/Universidad de Flores, Argentina. Correo electrónico: <gastonbecerra@sociales.uba.ar >.

** CONICET/Universidad de Buenos Aires, Argentina/Universidad de Flores, Argentina. Correo electrónico: <gastonbecerra@sociales.uba.ar >.


RESUMEN

Este trabajo examina la manera en que Pierre Bourdieu y Niklas Luhmann problematizan una serie de tensiones centrales en el pensamiento sociológico, a la que denominamos concepción general y la hipotetizamos como rasgo identitario de cada teoría. Se atiende la tensión individuo/sociedad, constituyente del campo sociológico; la de realismo/constructivismo, pertinente a debates epistemológicos y ontológicos; y la de descripción/crítica, centrada en la finalidad de la labor sociológica. Posteriormente, se presenta la interpretación de las concepciones generales de cada autor y, con ese criterio ordenador se discute con la literatura especializada. Las conclusiones exponen que, con un planteamiento integrador, Bourdieu pretende desarticular lo que denomina falsas oposiciones, mientras que Luhmann propone una mirada sistémica en la que prima el principio de la diferencia, sugiriendo una concepción dualista. Finalmente, se explora la utilidad de las categorías introducidas para evaluar la coherencia interna de las teorías analizadas.

Palabras clave: integración; dualismo; tensiones sociológicas; dicotomías; concepción general

ABSTRACT

In this paper we examine the way in which Pierre Bourdieu and Niklas Luhmann problematize a series of central dichotomies or tensions in sociological thought. We elaborate on this problematization as a general conception, treating it as an identity feature of each theory. In the first place, the individual / society tension, constituent of the sociological field, is addressed; then, realism / constructivism, pertinent to epistemological and ontological debates; third, description / criticism, focused on the purpose of sociological work. Finally, our interpretation of the general conception of each theory is presented and used to discuss with the specialized literature. The conclusions show that, with an integrating approach, Bourdieu intends to dismantle what he calls false oppositions between the tensions, while Luhmann proposes a systemic look in which the principle of difference prevails, suggesting a dualist conception. Lastly, we explore and evaluate the usefulness of the introduced categories as conceptual tools to analyze the internal coherence of the theories.

Keywords: integration; dualism; sociological tensions; sociological dichotomies; general conception

Introducción

Las dicotomías o tensiones son construcciones analíticas especialmente útiles para abrir ámbitos de discusión con los cuales relacionar, distinguir y/o comparar posiciones en torno a lo social. En virtud de que son divisiones claramente definidas de dos partes entre las que se marca un contrapunto, que permiten trascender espacios y temporalidades específicas e incluir distintas perspectivas y tratarlas simultáneamente, resultan centrales en el pensamiento sociológico. Lejos de ser casual, su empleo es una constante, al punto que se sostiene la existencia de “dos sociologías”, la de la acción y la del sistema (Dawe, 1970: 214), enfrentadas en los niveles sustantivo, metateórico y metodológico. En la misma línea, se organizan dos sociologías en torno a otras dicotomías: individuo/sociedad, acción/estructura, micro/ macro (Van Krieken, 2002); por ejemplo, Jenks (1998) compila una lista con veintitrés pares de ideas fundamentales en la discusión sociológica, entre las que resaltan continuidad/ cambio, local/global, cualitativo/cuantitativo, sexo/género, teoría/práctica, civil/político, normal/patológico. Dado que el término dicotomía sugiere una separación exhaustiva y excluyente entre dos polos (Johnson, Dandeker y Ashworth, 1984), en el presente trabajo preferimos utilizar la noción de tensión, ya que da lugar a vínculos más complejos, donde ningún punto de vista descarta del todo al otro (de Ipola, 2004).

Usualmente, cuando se trabaja con tensiones se busca posicionar una perspectiva con relación a dos polaridades enfrentadas. Aquí pretendemos ir más allá y explorar la manera de problematizar tensiones, a lo que denominaremos concepción. En principio podemos suponer tres concepciones: a) acentuar sólo uno de los lados de la tensión, tal vez porque se considera factor explicativo suficiente; b) aceptar el dualismo, asumiendo la irreductibilidad de los polos y aceptando ambas soluciones como alternativas; y c) integrarlas en un marco común, capaz de desarticular la antinomia entre los extremos, generalmente mediante una fusión o síntesis. En contraste con la pregunta por la posición e indagando la concepción, se alcanza un mayor nivel de abstracción que permite trascender resoluciones particulares y avanzar en la comparación del tratamiento de diversas tensiones. Desde allí, consideramos la posibilidad de arribar a una concepción general, categoría que será objeto de análisis a fin de evaluar su utilidad para especificar modalidades características en el abordaje de tensiones.

Aplicando esta idea de concepción, examinamos la manera en que Pierre Bourdieu y Niklas Luhmann problematizan una serie de tensiones centrales en el pensamiento sociológico, e hipotetizamos una concepción general como rasgo identitario de cada teoría. Además de tratarse de dos referentes de la sociología contemporánea, la selección de los autores responde a que son exponentes de dos concepciones generales alternativas: con un planteamiento integrador, Bourdieu pretende desarticular lo que denomina falsas oposiciones; Luhmann, en cambio, propone una mirada sistémica en la que prima el principio de la diferencia, sugiriendo una concepción dualista.

Hasta donde se tuvo registro en esta investigación, no se cuenta con antecedentes que vinculen a los autores seleccionados con esta forma de tratar las tensiones. Los precedentes más cercanos son Fuchs (2008) y Pfeilstetter (2012) que concuerdan en que las teorías de Bourdieu y Luhmann han problematizado las dicotomías del pensamiento sociológico y, si bien coinciden en señalar el interés del primero por la integración, difieren en la caracterización del segundo, quien sigue buscando la integración, según Pfeilstetter pero no según Fuchs, que ubica a Luhmann en el dualismo. Por otro lado, existen antecedentes que los vinculan comparativa y sistemáticamente, y los caracterizan como impulsores de diversos giros recientes de la teoría sociológica: Mascareño (2017) se refiere a un giro operativo, Bialakowsky (2017) a uno del sentido, y Pignuoli y Zitello (2008) a uno lingüístico. Todos ellos, con énfasis distintos, sugieren que esos desplazamientos habilitan el replanteamiento de las dicotomías. Alternativamente, tratándolas como obstáculos epistémicos, y en base a la forma necesidad/ contingencia, Galindo (2008) sostiene que los aportes de Bourdieu y Luhmann son complementarios para elaborar una teoría de la sociedad donde los polos se encuentren integrados.

La estructura del artículo es el siguiente: en la primera sección, atendemos la tensión individuo/ sociedad, constituyente del campo sociológico; en la segunda, la de realismo/constructivismo, pertinente a debates epistemológicos y ontológicos; en la tercera la de descripción/crítica, centrada en la finalidad de la labor sociológica; posteriormente, en la cuarta sección presentamos nuestra interpretación de las concepciones generales de cada autor y, con ese criterio ordenador, discutimos con la literatura especializada. En las conclusiones exponemos los resultados obtenidos y exploramos la utilidad de las categorías introducidas para evaluar la coherencia interna de las teorías.

Individuo/sociedad

Precisar límites y relaciones entre individuo/sociedad1 es una marca de origen de la teoría social en su pretensión de objetivar un segmento propio de la realidad. Pese a los valiosos intentos de los clásicos por saldar esta problemática, la misma reaparece incansablemente, ya que “la opacidad de esos límites mantiene su pertinencia”, originando un permanente desplazamiento entre pares conceptuales (Wilkis y Berger, 2005: 78). A fin de explorar la manera en que Bourdieu y Luhmann tematizan el vínculo individuo/sociedad, a continuación, se atiende a las nociones de habitus y campo del primero, y a la relación entre sistemas psíquicos y sociales en el segundo, llegando a indicar la manera en que elaboran respectivamente una teoría del espacio social y una teoría de la sociedad.

Evaluando el estado general de la sociología, Bourdieu diagnostica una división artificial entre dos modos de conocimiento; aunque son diversas las dicotomías que trata a lo largo de su obra, considera que “la fundamental y la más ruinosa es aquella que se establece entre el objetivismo y el subjetivismo” (Bourdieu, 2007: 43). Consecuentemente, se propone superar el antagonismo entre un subjetivismo que reduce las estructuras a las interacciones y un objetivismo que deduce las acciones e interacciones de la estructura. A fin de demostrar que se trata de una falsa oposición, decide conservar los logros de cada perspectiva y explicitar los presupuestos que comparten en su teoría de la práctica (en adelante TP), ideada para cuestionar las condiciones de producción y funcionamiento del juego social, y retornar reflexivamente sobre la experiencia directa (subjetiva) del mundo y sus estructuras (objetivas).

La TP plantea una complicidad ontológica entre habitus y campo, entre “la historia hecha cuerpo y la historia hecha cosa” (Bourdieu, 2002c: 42). El habitus, en tanto “subjetividad socializada” (Bourdieu y Wacquant, 1993: 126) o “interiorización de la exterioridad” (Bourdieu, 2007: 74) apunta a remarcar que lo individual, lo personal y lo subjetivo siempre presentan componentes sociales y colectivos, a la vez que aportan a su reproducción. Las diversas definiciones redundan en enfatizar la historicidad y dinámica de este sistema de disposiciones duraderas y transferibles que son interiorizadas en el cuerpo del agente como si se tratara de una cuasinaturaleza y que son constituyentes de nuevas experiencias. Según una de sus metáforas predilectas, el habitus origina prácticas que están “colectivamente orquestadas” pero que no dejan de ser “producto de la acción organizadora de un director de orquesta” (Bourdieu, 2007: 86). Al unificar ambos planos, el habitus toma la forma de una “necesidad hecha virtud” (Bourdieu, 2007: 88), que además de orientar al agente hacia un orden específico le hace querer ser parte de él, mitigando la posibilidad de que realice prácticas impensables o improbables.

Por su parte, con la noción de campo Bourdieu se dispone a reemplazar el pensamiento sustancialista por uno donde las propiedades siempre existen en relación a otras, resultando en una topología social. Según esa lógica relacional, la idea de espacio social permite emparentar a la sociedad con un macrocosmos, conformado por diversos campos que son microcosmos relativamente autónomos o “espacios estructurados de posiciones (o de puestos) cuyas propiedades dependen de su posición en dichos espacios y pueden analizarse en forma independiente de las características de sus ocupantes (en parte determinados por ellas)” (Bourdieu, 2002a: 117). Más allá de sus peculiaridades, todo campo es una arena de lucha donde se batalla por la acumulación de capitales específicos -cultural, económico, social y simbólico-. Definir un campo, entonces, implica especificar qué es lo que se pone en juego -es decir, definir qué tipo de capital se busca incrementar- y cuáles son las relaciones de fuerza que hay en él. Generalmente, las luchas suelen darse entre una heterodoxia interesada en reestructurar el capital para revalorizar el propio y la ortodoxia de quienes ocupan posiciones jerárquicas y pretenden seguir monopolizando el capital. No obstante, todos los participantes deben aceptar tácitamente la doxa y compartir la creencia de que merece la pena luchar por aquello que se pone en juego.

Para comprender cómo el agente se inserta en un campo es preciso revisar su trayectoria y para ello es imprescindible comprender su habitus; a su vez, para desenvolverse dentro del campo, el habitus genera estrategias, inversiones en torno a cuánto se está dispuesto a poner en juego. Más que de cálculos cínicos o de búsquedas por maximizar ganancias, se trata de resultados involuntarios del entrelazamiento entre habitus y campo en “acciones que están objetivamente orientadas hacia fines que pueden no ser los que se persiguen subjetivamente” (Bourdieu, 2002a: 93). Para referirse a estos intereses introduce la categoría de ilusio, implicando el sentido de adhesión al juego. En suma, según la representación pluridimensional del espacio social, habitus, campo, capital, trayectoria, estrategia e ilusio conforman el entramado al que es preciso atender para explicar el desencadenamiento de las diversas prácticas.

Por otro lado, el hecho de que la sociología no logró delimitar conceptualmente a su objeto de estudio -la sociedad- es para Luhmann una de las principales manifestaciones de la crisis de carácter teórico que atravesó durante la década de 1980. Al rastrear las razones, identifica una serie de obstáculos epistemológicos, entre los que destaca que la sociedad se constituye de individuos y de relaciones entre ellos. Desde su óptica, esta idea es heredera de una tradición humanista que prevalece debido al temor a quedarse sin una medida de evaluación de la sociedad; y que reproduce la distinción individuo/sociedad sin identificar cuál es la unidad de la diferencia (Luhmann, 1998). A fin de eludir dicho obstáculo, su teoría de sistemas sociales (en adelante TSS) comienza trazando una distinción con los sistemas psíquicos. Si bien ambos operan en el medio del sentido -conquista evolutiva que comparten y cuya utilización no pueden evadir-, el sistema psíquico se clausura enlazando recursivamente operaciones de conciencia, mientras que el social lo hace mediante las de comunicación. Luhmann aclara que ambos son órdenes emergentes y sui generis, que presuponen a los otros, pero no los incluyen; de allí deriva la tesis según la cual la sociedad se compone del “conjunto de todas las comunicaciones sociales posibles” (Luhmann, 1998: 353); no de individuos, los que se ubican en el entorno. No obstante, entiende que la comunicación sólo está acoplada directamente a las conciencias, de modo que éstas controlan su acceso al mundo y tienen una posición privilegiada con respecto a su autopoiesis.

Para precisar el vínculo, el concepto de interpenetración detalla los contactos entre sistemas que coevolucionan, señalando que uno es condición de posibilidad del otro, pero que ambos son autónomos respecto a su operación. Este concepto se asocia a las ideas de integración y socialización. Hay integración cuando cada sistema emplea el mismo esquema de diferencia en la reproducción de sus elementos. Si bien nunca existen garantías de que una comunicación sea aceptada, la integración habilita la posibilidad de que un sistema específico determine el esquema que rige la comunicación. En ese marco, “no unidad, sino diferencian, es la fórmula de la interpenetración, y no se refiere al ser de los sistemas, sino a su operación reproductiva” (Luhmann, 1998: 217). Respecto a la socialización, es un “proceso que, mediante la interpenetración, forma el sistema psíquico y el comportamiento corporal controlado del ser humano” (Luhmann, 1998: 224), aunque el autor aclara que debe ser entendido en términos de operaciones propias, dando lugar a la autosocialización. Posteriormente, estas conceptualizaciones son reevaluadas a luz de la noción de acoplamiento estructural, útil para detallar cómo se enlazan sistemas autopoiéticos desde el punto de vista de un observador externo. Según Luhmann, el lenguaje es la forma cardinal de acoplamiento entre conciencia y comunicación, facilitando la estabilización del improbable acto de entendimiento entre ego y alter2 (Luhmann, 2007).

El análisis se profundiza cuando atiende a la condición de posibilidad del orden social, el cual debe superar el problema de la doble contingencia, emergente toda vez que se enfrentan sistemas complejos que operan en el medio del sentido -sistemas psíquicos y sociales- y no pueden calcular la reacción de la otra parte. La resolución radica en los efectos autocatalizadores del problema: el interés por superar la indeterminación desencadena la formación de estructuras que restringen las posibilidades de acción. En cuanto a los sistemas sociales, se encuentran determinados por estructuras que se conforman temporalmente por coordinación de expectativas que igualan acontecimientos heterogéneos bajo un denominador común, limitando sus alternativas y disciplinando las secuencias de comportamiento. Si bien la estabilización de expectativas absorbe la incertidumbre y vuelve esperable la salida a una situación de doble contingencia, lo hace de manera momentánea, nunca para siempre; por ello es que la determinación estructural no implica seguridad. La naturaleza de este orden emergente, el social, es altamente inestable, cambiante y en permanente evolución, por lo que su devenir es impredecible y contingente.

La TSS distingue distintos tipos de sistemas sociales:

  1. Las interacciones: diferenciadas con base en la presencia física de los participantes de la comunicación.

  2. Las organizaciones: cuya forma distingue entre miembros con altos grados de coherencia e integración y no miembros, mientras su base operativa es la comunicación de decisiones.

  3. Los movimientos de protesta: cuya forma separa a los que protestan de los que no.

  4. La sociedad: que, por involucrar al conjunto de todas las comunicaciones, carece de entorno social y contiene al resto de los sistemas sociales.

De tal entramado conceptual resulta la teoría de la sociedad, cuyo planteamiento constituye el propósito medular de la obra de Luhmann. Dado que la sociedad opera en el medio del sentido, se vale de sus tres dimensiones como puntos de referencia para especificarla: social, temporal y objetual. Al observar estos tres ejes, la TSS postula una sociedad funcionalmente diferenciada, caracterizada por el desarrollo de sistemas parciales encargados de reproducir una función específica en la constitución del orden social. La consecuencia que se desprende de esta caracterización es que la sociedad carece de un centro o de una cima jerárquica, mostrando una estructura heterárquica (Luhmann, 2007).

Constructivismo/realismo

Desde la década de 1970 se suele oponer el constructivismo al realismo en la discusión por una teoría del conocimiento científico interesada en lo que se puede conocer del mundo, fijando la mirada en el sujeto cognoscente. La irrupción de la idea de construcción social lleva dicha discusión hacia el terreno de las ciencias sociales, poniendo en entredicho la visión clásica y heredada de la ciencia y sus mecanismos de construcción, y de algunos criterios normativos centrales para la modernidad, tales como la objetividad (Hacking, 1999). Buscando identificar la concepción en el tratamiento de la tensión realismo/constructivismo, esta sección considera razonamientos de índole ontológica y epistemológica en la TP y la TSS.

Comenzando con Bourdieu, la pregunta por la teoría del conocimiento y la imagen de la ciencia se puede rastrear en El oficio de sociólogo, aunque su formulación más acabada la encontramos en El oficio del científico. La primera se vale del racionalismo aplicado de Bachelard para indagar las condiciones adecuadas de producción de conocimiento sociológico. Allí sostiene que el hecho científico se conquista en una marcha inacabada, rechazando parejas epistemológicas que no suelen dialogar entre sí, tales como empirismo/convencionalismo, realismo/idealismo o inductivismo/teoricismo. Posteriormente, subraya la necesidad de romper con la “sociología espontánea” y las prenociones del sentido común -principal obstáculo epistemológico-, e invita a una objetivación metódica, junto a una vigilancia epistemológica y reflexiva. En contra del realismo ingenuo, que afirma captar percepciones reales mediante la experiencia y la observación, postula que el hecho social es una construcción que realiza el investigador, con un estatus epistemológico distinto al que sugiere la sociología espontánea, pues “nada se opone más a las evidencias del sentido común que la diferencia entre objeto ‘real’, preconstruido por la percepción, y objeto científico, como sistema de relaciones expresamente construido” (Bourdieu, Chamboredon y Passeron, 2002: 58). Como toda construcción, siempre involucra presupuestos teóricos, el racionalismo aplicado ofrece el marco adecuado para invertir la relación entre teoría y experiencia planteada por positivismo y empirismo, y así afirmar el “primado epistemológico de la razón sobre la experiencia” (Bourdieu, Chamboredon y Passeron, 2002: 97).

El oficio del científico, por su lado, actualiza el contexto de la discusión para incluir al debate una nueva pareja epistemológica, constituida entre el dogmatismo logicista de una filosofía anglosajona -en la que destacan Kuhn y Popper- y el relativismo de una sociología de la ciencia europea -con Bloor, Barnes, Woolgar y Latour-. Frente a tal dicotomía, Bourdieu elabora un programa para una sociología reflexiva de la ciencia, capaz de dar cuenta de la realidad de la práctica y del conocimiento construido. A fin de describir a la ciencia, una actividad inscrita en la historia que asegura producir verdades transhistóricas, eternas y universales, apunta a “asociar una visión realista del mundo con una teoría realista del conocimiento” (Bourdieu, 2001: 14). Para ello, sostiene que el sujeto epistémico no es el individuo sino el campo, espacio de disputa por el capital de la autoridad científica. A diferencia de otros, el campo científico debe sus características a que sólo los competidores pueden conferir el reconocimiento que valide sus aportes, y esto mientras cada uno busca imponer una definición de la ciencia que le permita ocupar una posición dominante. Esta dinámica, que combina el enfrentamiento entre competidores y la necesidad de acuerdos y convenciones, incluyendo validación y verificación de lo afirmado, es la principal defensa de la racionalidad y la objetividad. De esta manera, describe una ciencia que construye sus propias reglas y condiciones de observación, y a la vez promueve una construcción progresiva y acumulativa del conocimiento. Finalmente, su perspectiva rechaza tanto al realismo ingenuo o representativo, por el cual la ciencia refleja o registra la realidad, como un constructivismo relativista, en el que se construyen múltiples realidades a partir de distintos esquemas, estructuras e intereses. De igual manera, recupera cierto racionalismo realista, según el cual “la construcción científica es la condición del acceso a la llegada de lo ‘real’” (Bourdieu, 2001: 136) para vincularlo con uno que entiende que las condiciones de desarrollo en este campo particular son una “construcción social de una construcción social” (Bourdieu, 2001: 153) y que, por ello, deben ser objeto de indagación sociológica.

En el caso de Luhmann, su caracterización parte del constructivismo operativo, un resultado de la teoría de la reflexión de la ciencia que despliega una serie de principios ontológicos y epistemológicos para afrontar el problema de la “unidad de la diferencia entre cognición y objeto real” (Luhmann, 2006: 242). Esta perspectiva se nutre del diálogo con las propuestas de Jean Piaget, Ernst von Glasersfeld, Humberto Maturana, Francisco Varela y Heinz von Foerster, principalmente.3 Entre sus prioridades resalta la desontologización radical del pensamiento europeo moderno, lo que, lejos de poner en duda la existencia de la realidad, cuestiona la relevancia epistemológica de una representación ontológica de ella, es decir, de una concepción asentada en la unidad del ser. En lugar de partir de la unidad, y en línea con las leyes de la forma de Spencer Brown, se inicia con una diferencia que, al conectar con la teoría de sistemas, funda la distinción entre sistema/entorno. Por tanto, la TSS defiende la existencia fáctica de sistemas que operan en el mundo reduciendo su complejidad gracias a la introducción de diferencias.

De esta manera, la introducción de diferencias es la condición que posibilita la observación,4 de modo que se descarta cualquier observación neutral, si por ello entendemos “sin diferencia”, junto con cualquier referencia ontológica en el entorno que pudiera ser fundamento para el conocimiento (Luhmann, 1990: 67). Esta diferencia no es más que un producto interno del sistema que se externaliza en la unidad de lo observado. Así, el conocimiento es real porque es una operación y la realidad, en tanto unidad de la diferencia entre cognición y objeto, forma parte del entorno de los sistemas cognoscentes. Ante la complejidad inherente a la realidad, la ciencia está coaccionada a seleccionar y es justamente a esas selecciones a los que denomina construcciones. Por tanto, mientras la ciencia construye su propia realidad, el constructivismo operativo se encarga de observar cómo lo hace, sacrificando la idea clásica de correspondencia entre el conocimiento y una realidad que, al ser inaccesible, siempre “permanece desconocida” (Luhmann, 1990: 64). Con estas consideraciones asume su deuda teórica con el constructivismo radical, para el cual el conocimiento sólo es posible porque el sistema no tiene acceso inmediato a una realidad externa a él, y que por ello cualquier fundamento del conocimiento debe ser de carácter autorreferencial. Sin embargo, el acercamiento no está libre de reparos: Luhmann advierte sobre la insuficiencia de intentos anteriores que han optado por otra referencia sistémica -los sistemas vivos para Maturana o los sistemas psíquicos para von Glasersfeld- y que, por ello, podrían reclamar un estatus de observador externo. Al inclinarse por la sociedad, en cambio, cree plausible completar el proceso de clausura ya que sólo habría un único sistema observador en cuyas operaciones se deberán rastrear las diferencias que fundan lo observado (Luhmann, 1990, 1997, 2006). De esta manera, nociones centrales de su epistemología toman la forma de paradojas, es decir, fórmulas binarias que introducen la diferencia junto con lo observado (Luhmann, 1995; Luhmann y Fuchs, 1988), y cuya explicitación invita a la observación de segundo orden: “hablaremos de ‘mundo’ para indicar la unidad de la diferencia entre ‘sistema y entorno’ […] [y] de ‘realidad’ para indicar la unidad de la diferencia entre ‘cognición y objeto’” (Luhmann, 2006: 256).

En el plano de la observación del sistema científico, la TSS afirma que alcanza su clausura operativa enlazando selectiva y recursivamente comunicaciones en torno al conocimiento verdadero. Como todo sistema social se basa en operaciones de comunicación que mantienen a los sistemas psíquicos en su entorno: lo propio de la ciencia es seleccionar -bajo criterios propios- qué observaciones del sistema psíquico se reproducen (Luhmann, 1997: 52). En ese sentido, la verdad será tratada como un medio de comunicación simbólicamente generalizado, es decir, una estructura comunicativa que reduce la doble contingencia, estableciendo un nexo entre motivación y selección. Así entendida, la verdad no es un atributo de un fenómeno sino una designación en la comunicación: hay un valor positivo con capacidad de enlace, y uno negativo cuyo valor es reflexivo. En virtud de su diferenciación como medio, parece sugerir que la verdad (científica) no puede aceptar posiciones pluralistas ni relativistas, y que “... nos acercamos a la difundida concepción que ve en la coherencia de los conocimientos, esto es, en un indicador interno del sistema, el único criterio de verdad absoluto (referencialmente ajeno)” (Luhmann, 1997: 268). Por último, para especificar los valores del código, el sistema tiene a disposición programas propios: las teorías -que siguen una condicionalidad asimétrica y operan una externalización de las referencias de las operaciones del sistema- y los métodos -que siguen una condicionalidad simétrica y operan con la determinación circular entre verdad/falsedad.

Descripción/crítica

Desde sus inicios, la sociología discute el alcance y los límites de su involucramiento en la sociedad, en un “espectro variado que va desde descripciones objetivas hasta apreciaciones valóricas sobre fenómenos en particular. Y muchas veces parece que la discusión se centra entre lo que el mundo social es y lo que debería ser” (Padilla, 2007: 467). En este apartado elucidamos la manera en que Bourdieu y Luhmann abordan la tensión entre una orientación descriptiva para sus teorías y otra orientada a ejercer un rol crítico, político y moral.

Para Bourdieu, la sociología tiene una misión: romper con el sentido común y hacer visibles los mecanismos de dominación que perpetúan la desigualdad entre distintos grupos sociales. Dicho objetivo se puede vincular con varios momentos de su obra teórica y empírica, como se registra en la compilación Intervenciones políticas. Un sociólogo en la barricada (Bourdieu, 2002b). Por ejemplo, al interesarse tempranamente por registrar y buscar el trasfondo social de la dominación colonial, la guerra y el desarraigo en Argelia, donde se anticipan varios conceptos centrales como el habitus o se vislumbra la mirada topológica de los campos. Es bien conocido su trabajo de los años setenta en el cual, en el terreno de la educación, denuncian que la igualdad formal y la ideología del don natural esconden desigualdades de oportunidades (Bourdieu y Passeron, 2009). Esta tarea continua en sus participaciones en consultas y comisiones sobre políticas para democratizar el acceso a la educación. En la década de 1980, resaltan sus intervenciones sobre la cuestión de la opinión pública, marcadas por la crítica a los usos políticos de los sondeos por medio de encuestas y su difusión en los medios de comunicación masiva y el enfrentamiento a doxósofos, comentadores, panelistas y opinólogos de todos los temas, que coinciden en fabricar una opinión falsamente consensuada de carácter ideológica. En el terreno público, Bourdieu invitó a los sociólogos a ejercer una vigilancia epistemológica sobre el discurso político y mediático, es decir, sobre quienes tienen el privilegio de hablar, para advertir la distancia con quienes carecen de voz. Finalmente, hacia el final de su carrera en los noventa, su prestigio le permite erigirse como una voz central en la denuncia de un capitalismo trasnacional que buscaba naturalizar la invisibilización de gran parte de la población humana (Bourdieu, 1999).

En un claro rechazo a todo tipo de neutralidad axiológica o valorativa -que, en su opinión, son formas de autocensura o autolimitación-, pregona una sociología comprometida con las disputas y luchas de su tiempo. Desde su óptica, en la medida en que no caiga en la ortodoxia, el compromiso político y social del trabajo científico no supone pérdida de autonomía. De hecho, cree que la figura del intelectual debe encarnar la superación de la oposición entre “la autonomía y el compromiso, de la cultura pura y la política” (Bourdieu, 2002b: 221). Esto también puede verse reflejado en el desarrollo de espacios de intercambios académicos y artísticos, donde llega a proponer una “Internacional de los intelectuales”, orientada a “superar la vieja alternativa entre utopismo y sociologismo para proponer utopías sociológicamente fundadas” (Bourdieu, 2002b: 9). La condición para que todo esto se cumpla es la reflexividad, la cual implica dar cuenta de las condiciones sociales de producción del discurso sociológico y de su capacidad para objetivar la realidad social. Alcanzar la reflexividad es una ardua tarea a la que se le presentan diversos desafíos: dar cuenta de la estructura del campo y de los intereses que condicionan las posiciones profesionales y, por esta vía, de la dinámica de los enfrentamientos que lo delimitan; deconstruir las categorías y las palabras del pensamiento sociológico y de la razón misma, develando su carácter histórico y heredero de la ontología política de la modernidad; interrogar niveles de la práctica científica tan sutiles como la de los métodos y las técnicas, o “la teoría de la práctica teórica” (Bourdieu y Wacquant, 1993: 43).

La TP es en sí misma una teoría reflexiva, cuyo objeto son las prácticas, actos regulados, repetidos y recurrentes que efectúan los agentes de una forma no plenamente consciente. Dado que las prácticas no se deducen ni de las condiciones presentes que a primera vista parecerían haberlas suscitado, ni de los condicionantes del pasado que producen el habitus, la tarea del sociológico es vincular ambos estados del mundo social junto a su objetivación en los cuerpos y las instituciones. De cara a ese fin, es menester revisar críticamente tanto la perspectiva objetivista como la subjetivista e intentar integrarlas en los objetivos y en el diseño metodológico; para ello, resulta imprescindible reconocer la distancia existente entre el observador y su objeto de estudio sin conceder privilegios epistemológicos al primero por sobre el segundo. También es necesario entender que la antinomia entre las abstracciones puramente teóricas y los registros positivistas, así como el enfrentamiento entre el trabajo estadístico cuantitativo y la observación etnográfica cualitativa, son intentos de regular la competencia entre actores en el campo académico (Bourdieu y Wacquant, 1993: 181).

Junto al rechazo a todo tipo de orientación política que guíe la construcción teórica, la TSS parece rechazar de plano la posibilidad de una acción transformadora sobre el mundo. En apartados anteriores se abordó su alejamiento del normativismo humanista, perspectiva que hace derivar del ser humano la definición de la sociedad y lo social, y que busca su realización y emancipación como objetivo máximo del proyecto sociológico (Luhmann, 1998: 15). Ahora, se trata de indagar cómo este antihumanismo replica en la renuncia a vincular la autoobservación y autodescripción de la sociedad con miradas normativas; ya sus primeros trabajos lo ubican cerca de un “escepticismo sociológico” (Luhmann, 1973: 93- 95) que rehúsa el ideal de la Ilustración, según el cual puede fundarse una sociedad justa en base a la participación de los individuos en un proyecto racional y, más aún, que dicho proyecto pueda ser llevado a cabo con éxito. Esa mirada se mantiene constante hacia el final de su obra, donde aún sugiere que la razón es un proyecto asentado en premisas humanistas que suponen que las características naturales y trascendentales del individuo podrían garantizar un mínimo de acuerdo social. En lugar de encolumnarse detrás de este ideal, su sociología busca analizarlo en tanto construcción, preguntando por sus correlatos socioestructurales (Luhmann, 2007: 808). Ello se torna aún más evidente en su enfrentamiento a la teoría crítica en general y a la perspectiva de Jürgen Habermas en particular.5 Para Luhmann, los reclamos morales de la teoría crítica suponen una observación de la sociedad permanentemente en crisis y en falta con los principios de la razón; en ese sentido, “... lo que habría que entender … es por qué la sociedad se causa tantos problemas a sí misma, independientemente de la intención de mejorarla .... La sociología tendría que comprender su relación con la sociedad como una relación de aprendizaje y no de enseñanza” (Luhmann, 2007: 10). En su opinión, este tipo de enfoques normativos involucran una autolimitación de la observación ya que suponen la introducción de “niveles inviolables” que esconden la contingencia y la resignan a una observación de primer orden que le impide ver, entre otras cosas, que ella misma es parte de la sociedad (Luhmann, 1992).

En lugar de la crítica, la TSS postula la observación de segundo orden que, al permitir tematizar los supuestos normativos, reconocería que sus observaciones se dan dentro de la sociedad. Luego, defiende como objetivo de la sociología el ofrecer autodescripciones de la sociedad, lo que supone la observación del todo desde una de las partes, combinando así autología -una observación que se alcanza a sí misma- y hetero-observación -una observación que reconoce a otros observadores- (Luhmann, 2007). Lo particular de la comunicación científica (sociológica) sería plantear descripciones cada vez más abstractas, distanciadas del conocimiento cotidiano y basadas en observaciones de segundo orden que pongan en relación las construcciones de distintos sistemas funcionales. Para cumplir esta tarea, la teoría juega un rol central, pues se encarga de introducir diferencias capaces de igualar lo distinto y de diferenciar lo igual, y así establecer paralelos cada vez más improbables. Por último, respecto a los valores sociales de los investigadores, sin negarles cierto rol epistémico, resalta que a nivel de la comunicación científica se tematizan reemplazando su normatividad por contingencia (Luhmann, 1997).

Para graficar cómo estos planteamientos aplican a un caso específico, es útil reparar en Ecological comunicación, orientado a relevar de qué forma múltiples sistemas sociales se enfrentan a problemáticas complejas (Luhmann, 1989). Allí sugiere que la sociedad reacciona frente a los peligros generando comunicaciones específicas, y que esta resonancia introduce dos riesgos: que los sistemas no reaccionen frente a eventos potencialmente catastróficos; o que los sistemas reaccionen de más, implosionando desde adentro con sus propias demandas, y provocando reacciones imprevisibles en los demás (en este último riesgo ubica los límites de la política). Producto de esta complejidad, la sociología debe restringirse a señalar los límites de cualquier intento transformador. “¿Es ésta una teoría des alentadora?” se pregunta, para luego subrayar que, si bien la TSS no provee recetas, ni tiene una “referencia práctica”, al menos evita “el entusiasmo inútil” de las expectativas y demandas de la Ilustración (Luhmann, 2012: 91).

Concepciones generales

En este apartado planteamos la concepción general que predomina para tratar las tensiones, según cada autor: en el caso de Bourdieu, se destaca un intento general por integrar los polos; mientras que en el de Luhmann, se reafirma la dualidad. A continuación, se profundizan estas apreciaciones y se incorporan algunas de las principales interpretaciones que han despertado sus teorías.

Bourdieu: integración de polos

Para Bourdieu las tensiones adquieren la forma de dicotomías, que persisten por la existencia de perspectivas teóricas que solo atienden a uno de los polos, sin dialogar con las que se enfocan en el otro. Con base en ello, denuncia que esas separaciones constituyen artificios que obstaculizan el correcto entendimiento de una realidad social donde los polos ya se encuentran integrados. En la primera tensión, la complicidad ontológica que surge en el espacio social entre habitus y campo es la clave con la que sostiene que individuo y sociedad están integrados en toda práctica. Esta tesis es revalidada por Fuchs (2008) y Wacquant (Bourdieu y Wacquant, 1993). Para el primero, el esfuerzo integrador se observa en el tratamiento del habitus, categoría que no adscribe unívocamente ni a las estructuras ni a los actores sino a la mediación entre ambas, ya que genéticamente se imbrica en un proceso de internalización de lo externo y externalización de lo interno. El segundo sostiene que, al formular la dialéctica entre estructuras mentales y sociales, Bourdieu pretende señalar su correspondencia, marcar la relación causal o genética existente entre ellas y estimular una visión crítica que enlace las categorías del entendimiento con las relaciones de dominación; todo ello queda claro en el sentido práctico, noción ideada para superar los dualismos hacia un tratamiento monista del fenómeno social.

En la misma línea se encuentra Mascareño (2017), quien emparenta el sentido práctico con una operación, un evento presente, resultante de eventos pasados y estructurante de condicionamientos futuros; por esa razón, sitúa al autor dentro del giro operativo de la teoría social contemporánea que desustancializa las estructuras sociales al entenderlas como operaciones pasadas que estabilizan y limitan operaciones actuales, sin ser externas o sustantivamente distintas a ellas. En el segundo eje, la integración supone el entrelazamiento entre constructivismo y realismo. Baranger (2012) expone que la mirada sociológica de Bourdieu concilia al realismo del sujeto con el realismo del conocimiento, adecuándose a criterios coherentistas de la verdad y planteando relaciones circulares entre teoría, método y empiria. Enmarcado en una tradición que defiende el ideal de la objetividad y que entiende que la objetivación implica un proceso de construcción, su aporte es reemplazar los acuerdos intersubjetivos por competencias que se dan en el campo científico bajo condiciones de reflexividad epistémica. En cuanto al tercer par, vimos que la TP no concibe una sociología alejada de las luchas políticas. Al respecto, diversos autores concuerdan en que la sociología bourdieuana es eminentemente política, y en que sus análisis sobre cómo las estructuras de dominación reproducen la violencia simbólica son inescindibles de la crítica hacia las relaciones de desigualdad y del compromiso por transformarlas. Suárez (2009) enfatiza que, en un contexto en el que la disciplina estaba siendo despolitizada, su originalidad reside en la capacidad de conjugar investigación teórico-epistemológica, empiria e intervención política En la misma línea, Rubinich (2021) observa que no hay ruptura entre las acciones políticas y la obra estrictamente sociológica de Bourdieu, debido a que el recorte del objeto de estudio de esta se guía por un sentido de responsabilidad por el espacio privilegiado del sociólogo en la sociedad.

Por otro lado, se observan interpretaciones que cuestionan que la TP haya conseguido la pretendida integración. Tal es el caso de Farías (2010), quien asevera que la doble referencia del habitus a estructuras corporales y a esquemas mentales reproduce la dicotomía al interior de un concepto (supuestamente) mediador; también detecta cierta primacía del cuerpo en la que opera la determinación de las condiciones sociales de una forma prerreflexiva y limitante de la capacidad creativa de las prácticas, lo que ubicaría a Bourdieu más cerca del polo de la sociedad. En relación al segundo eje, Maton (2003) argumenta que la epistemología bourdieuana conduce a un reduccionismo sociológico, pues la reflexividad alcanzada en términos de base social y enfoque objetivo del conocimiento -o entre campo y habitus científico- no se corresponde con el alcance logrado a nivel epistemológico, donde falta la referencia a una realidad independiente. Para Maton, este conflicto se soluciona si se incorpora la idea de capital epistémico, orientado a incrementar el conocimiento del mundo. En otro sentido, Vandenberghe (1993) explica que Bourdieu comete la falacia epistémica de suponer que los enunciados sobre el ser pueden reducirse a enunciados sobre el conocimiento; ello lo conduce a posicionamientos racionalistas y escépticos sobre la existencia de un mundo independiente de la mirada teórica, arribando a una perspectiva que “evita el riesgo de cosificación de la teoría, pero sólo al precio de la cobardía ontológica” (Bourdieu, 1993: 40). En cuanto a la tercera tensión, Susen (2011) reconoce que este proyecto asume la difícil tarea de reconciliar cientificidad y politicidad. Sin embargo, objeta que la manera en que lo hace no reconoce que toda actividad de representación científica está limitada por valores insertos en el lenguaje, contextos discursivos, e interpretaciones subjetivas, todas ellas normativamente condicionadas. Vandenberghe (1993), por su parte, observa un corrimiento a lo largo de esta obra: la pretensión inicial de mantener separado política y ciencia merma en la medida en que explicita la naturaleza política de sus investigaciones, llegando a intervenir en la esfera pública como un “agitador político” (1993: 60). A su vez, supone que su esfuerzo por ser el portavoz de un colectivo intelectual autónomo en contra de la hegemonía neoliberal es incompleto, en tanto no logra dar cuenta de las fuerzas sociales capaces de llevar adelante políticas emancipadoras.

Al analizar estas críticas entendemos que lo que cuestionan es que el posicionamiento bourdiano en alguna de las tensiones no logra un tratamiento parejo de cada polo y que, por ello, no sólo no consigue la pretendida integración, sino que en ocasiones caería en diversas formas de reduccionismos, por ejemplo, se señala que el habitus enfatiza sobre todo el polo “sociedad”, que su epistemología prioriza el sesgo constructivista y que al final de su obra subsiste una mayor inclinación hacia la política. No obstante, entendemos que estas interpretaciones no opacan su constante interés por mostrar que los dualismos son un artificio teórico, de espalda a una realidad social donde los polos están integrados. Precisamente, este es nuestro principal fundamento para hipotetizar una concepción general para tratar tensiones en la que prima la integración. Si se acepta esto como un rasgo identitario de la tp podría sugerirse que su planteamiento sobre la distinción individuo/sociedad sería más consistente si hubiera avanzado sobre la especificación acerca de cómo los distintos campos se integran en el espacio social.

Luhmann: reafirmación de la dualidad

La TSS es una teoría de la observación que al partir desde la diferencia no se orienta hacia la unidad, sino a construir dualismos para luego especificar por qué se ubica en algunos de los polos. En la primera tensión, la diferenciación entre sistemas sociales y psíquicos es el sustento que informa que los individuos se ubican en el entorno de la sociedad. Izuzquiza (2008) considera que es en virtud del dualismo que Luhmann puede ubicar en la diferencia al principio generador de lo social, y que “de hecho, toda su obra bien puede considerarse como un monumento al valor de la diferencia” (2008: 79). En la segunda tensión, el constructivismo operativo plantea que los conocimientos son construcciones de los sistemas posibilitados por la falta de acceso inmediato a lo real. Para Moeller (2012), la epistemología constructivista con la que Luhmann manifiesta cómo se genera la cognición, coexiste con una ontología realista desarrollada para explicar cómo se produce la realidad; por ello sostiene que, aunque el constructivismo radical le provee el marco apropiado para sostener que las observaciones constituyen su propia realidad, su constructivismo operativo tiene la peculiaridad de que “al final […] es tan radical que resulta ser un realismo al mismo tiempo” (Moeller, 2012: 90). Aunque también destaca el dualismo, Rasch (2012) entiende que los polos no conviven tan pacíficamente: la concepción de una realidad per se, independiente del sujeto o sistema cognoscente, se encuentra tensionada con la idea de una realidad em pírica construida por el conocimiento científico. Por esa razón, concluye que pese a todos sus intentos de desontologización, la ontología tiene un lugar importante en su perspectiva epistemológica. En el tercer eje, la dualidad aparece en la imposibilidad de cruzar la descripción hacia una praxis teóricamente fundada. De acuerdo con Izuzquiza, Luhmann “no se cansa de recordar que toda su obra no pretende ser más que una descripción de la sociedad” (2008: 35), y señala que en vistas de este objetivo busca maximizar la observación, eliminando condicionamientos provenientes de la normatividad. La lectura de King (2009) es similar, ya que, para él, Luhmann es agnóstico en el plano moral porque carece de una visión utópica de la sociedad, y que en lugar de buscar cambiar al mundo, pretende modificar (sólo) la forma en que las personas entienden, describen y explican lo que sucede en él (King y Thornhill, 2003).

Existen interpretaciones alternativas para las cuales la concepción luhmanniana va más allá del dualismo. Por un lado, y en relación a la primera tensión, Farías (2010) observa en la TSS un intento por esquivar o socavar las dicotomías, en lugar de resolverlas por la vía sintética. De acuerdo con este autor, cuando Luhmann constituye lo social en la recursividad de las comunicaciones, privilegia “la figura del tercero excluido en la lógica binaria” (2010: 29). Mascareño (2017) incluye a la TSS dentro del giro operativo de la teoría social en vistas de la manera en que se introduce la comunicación y señala que en este tipo de perspectivas las antinomias carecen de sentido ya que la operación incluye la unidad de estas diferencias desplegadas en el tiempo. Esta manera de vincular los polos a través de la dimensión temporal se observa también en el terreno epistemológico, donde observamos la preeminencia de paradojas. Nassehi (2012) argumenta que en la teoría de Luhmann los sistemas se componen de elementos que se relacionan secuencialmente en el tiempo, de tal modo que “el sistema mismo es tanto constructor como construido, basado en sus propias operaciones. Despliega su paradoja básica en el tiempo y por el tiempo” (2012: 14). En la misma línea, Pignouli Ocampo (2019) sugiere que Luhmann plantea la distinción entre realismo y constructivismo con un tratamiento no-dualista: la antinomia entre observador y observado, y entre operación y observación, sólo se sostiene opacando la capacidad de re-entry de las distinciones en las que se fundan. Con relación a la tercera, sobresale el debate acerca de si la TSS se encuentra inherentemente confinada a una posición antinormativa y antiintervencionista. Por caso, el programa de la intervención contextual sistémica (Mascareño, 2011) reconoce la dualidad cuando señala que “en un contexto de sistemas sociales operativamente clausurados ninguna intervención es realmente posible” (Mascareño, 2011: 3); no obstante, propone que se los puede orientar y auto-intervenir modulando sus propias operaciones.

Por otro lado, se denuncia que la dualidad esconde la imposición de autolimitaciones que acotan el espacio de reflexión. Respecto a la primera tensión, se dice que la TSS renuncia a pensar al individuo y su capacidad de agencia: para Fuchs (2008) cuando se relacionan es tructuras sociales y actores humanos de manera dualista no se puede explicar el fenómeno de la comunicación; luego, junto con Hofkirchner, sugieren que remarcar la autonomía de la sociedad escindida del fenómeno individual es una forma posmoderna de reduccionismo (Fuchs y Hofkirchner, 2009). A nivel epistemológico, Scholl (2012) y Matuszek (2015) lo alinean con el constructivismo radical, corriente que renuncia explícitamente a la posibilidad de afirmar la existencia (independiente) en la realidad de los objetos del conocimiento. En el tercer eje, se ha sugerido que la renuncia a una mirada normativa es un posicionamiento político encubierto. Según Fuchs (2008), las ideas de autorregulación y diferenciación funcional se alinean con doctrinas políticas neoliberales, como la de Hayek, “sesgadas ideológicamente [para] legitimar científicamente un orden capitalista rígido y el dominio global de la lógica económica” (2008: 28). Zolo (1995) defiende el mismo argumento en relación a la autopoiesis, a la que juzga defensora del statu quo y conservadora.

Frente a las tensiones, para la primera línea interpretativa, la TSS desarrolla configuraciones más complejas, como las formas de la paradoja y la re-entry. Esto no parece descartar la idea de la dualidad sino más bien ubicarla en un planteamiento más amplio, en el que se vinculan diferentes órdenes de observación y distintas operaciones a lo largo del tiempo. Si se acepta que la superación de dualismos no constituye un objetivo programático de la TSS, entendemos que estas propuestas alteran dicho rasgo identitario de la teoría. En cuanto a la segunda, según la cual la TSS esconde reduccionismos, consideramos que, al igual que lo que sucede con Bourdieu, enfocan a la idea de posición, donde explícitamente Luhmann se ubica más cerca de algún polo. Al no considerar la concepción, pierden de vista que cuando la TSS restringe la observación a uno de los lados asume la parcialidad de sus descripciones, no reclama pretensiones de exclusividad, y tampoco forcluye la posibilidad de cruzar hacia lo no distinguido en un tiempo ulterior. Con todo, entendemos que la concepción general de la TSS es de intención dualista y que alcanza su versión más consistente cuando, en la primera tensión, restringe el enfoque a los sistemas sociales, limitándose a indagar relaciones de interpenetración y acoplamiento estructural con los sistemas psíquicos; posteriormente, que en materia epistemológica se evidencian ciertas ambivalencias entre la pretensiones realistas y las tesis más radicales del constructivismo operativo; y, finalmente, que la resolución del tercer par es la menos consistente pues a la introducción de la dualidad descripción/crítica, le sigue el rechazo a cualquier tipo de normativismo que promueva la transformación de la sociedad.

Conclusiones

Al comparar las posiciones de los autores, en la tensión individuo/sociedad, Luhmann se ubica más próximo al segundo polo que Bourdieu, siendo campos y sistemas los conceptos a enfocar en busca de convergencias. En el plano epistemológico se observa una mayor cercanía, ya que ambos concuerdan en que la producción científica es resultado de construcciones que realiza la propia ciencia. No obstante, mientras que Luhmann es tajante al afirmar que la realidad siempre permanece desconocida, Bourdieu sugiere que la lógica del campo científico es condición de posibilidad del acceso a la realidad. En el tercer eje sus posiciones parecen irreconciliables: Bourdieu no concibe una sociología alejada de las luchas políticas sino más bien una orientada a evidenciar las estructuras de dominación que reproducen la violencia simbólica y las desigualdades; en contraste, para Luhmann la labor sociológica genera descripciones de la sociedad, concepción en la que aflora su rechazo a cualquier tipo de normativismo.

Más que comparar posiciones, nuestra propuesta consistió en abordar la manera en que los autores problematizan las tensiones, a lo que denominamos concepción. Lejos de sostener que la concepción deriva del posicionamiento -o viceversa, que este se encuentra determinada por aquella- se trata de una distinción analítica que no pretende soslayar la intrínseca circularidad existente entre ambas dimensiones. Después del examen de tres concepciones en tensiones particulares arribamos a la idea de concepción general: en el caso de Bourdieu destacamos la voluntad de resolverlas mediante la integración, y en el de Luhmann, la de restituir los dualismos. Acorde a su concepción general integradora, la TP es consistente en su presentación de conceptos sintéticos o mediadores, como el habitus, la pretensión realista tanto a nivel del conocimiento como de la realidad social que lo construye, y la figura del sociólogo comprometido en las luchas políticas. Respecto a las críticas que indican que la integración no es exitosa -por lo que Bourdieu caería en distintos reduccionismos-, consideramos que apuntan a nivel de la posición en tensiones específicas, sin afectar su concepción general.

También proponemos que, para ganar consistencia, la teoría de la práctica (TP) debería ajustar la articulación entre posición y concepción en esos tratamientos específicos, prestando especial atención a que la formulación del habitus no limite la capacidad creativa y reflexiva del actor; en la misma línea se podría avanzar sobre la pregunta por cómo se integran los campos, introduciendo una conceptualización de la sociedad. La teoría de sistemas sociales (TSS), por su parte, aboga por un dualismo que, en vez de resolver dicotomías, busca marcar la diferencia para luego fundamentar por qué se observa un lado antes que el otro. Así plantea por qué a la sociología le urge desarrollar una TSS, asentada en una epistemología constructivista operativa y limitada a efectuar descripciones de la sociedad. Acerca de los cuestionamientos que señalan distintos reduccionismos entendemos que también apuntan a la idea de posición y no a la de concepción general. En cuanto a las que ven en el dualismo la posibilidad de una integración ulterior, o de plantear una forma superadora o paradojal, asumimos que hay otros desafíos que parecen más coherentes con este rasgo identitario de la teoría, a saber: ponerla en diálogo con programas de la psicología sistémica; dilucidar la fundamentación de una mirada empírica que habilite un entendimiento realista de los sistemas y principios para “probar sus afirmaciones frente a la realidad” (Luhmann, 1998: 37); e incorporar la tematización del rol epistémico de los valores en las observaciones científicas.

Para concluir consideramos que, al trascender posicionamientos particulares, la categoría de concepción general alcanza un nivel de abstracción especialmente idóneo para observar la dirección que suele adoptar una teoría al momento de lidiar con tensiones. En ese sentido, podría ser una herramienta analítica adecuada para identificar rasgos identitarios de las teorías pocas veces dilucidados, por ejemplo, aclarar qué significa cuando se afirma que Bourdieu es un autor “sintético” o que Luhmann sea un “teórico de la diferencia”. Sumado a ello, destacamos su valía en tanto criterio de comparación para guiar la búsqueda de convergencias y divergencias entre perspectivas teóricas, lo cual podría extenderse hacia tensiones aquí no consideradas. Aún más promisoria es la posibilidad que brinda para evaluar la consistencia o coherencia interna de una teoría y, a partir de allí, plantear nuevas líneas de revisión. En futuros trabajos se intentará continuar probando su utilidad, poniéndola en práctica en el examen de tensiones y autores aquí no contemplados. Además, se buscará indagar sus semejanzas con otras nociones generales propias de la reflexión teórica, como puede ser la de método, en el sentido sugerido por Raymon Boudon (2003), que apunta a la crítica de los procedimientos, conceptos y teorías científicas, o la de heurística que, en los términos de Judea Pearl (1985), involucra principios para decidir cursos de acción efectivos para alcanzar un fin, en este caso, poner en cuestión tensiones típicas del pensamiento sociológico.

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1 Al elegir esta tensión no se desconoce la relevancia de otras, también centrales para el pensamiento sociológico, como las de acción/estructura; microsociología/macrosociología; acción/sistema, entre otras. En todo caso, entendemos que el examen de la tensión seleccionada ofrece claves interpretativas para entender las demás, aunque se reconoce su insuficiencia para abordarlas en toda su complejidad.

2A la vez, para referenciar a los sistemas psíquicos en la operación comunicativa, Luhmann introduce la forma persona: “Llamaremos personas a aquellos sistemas psíquicos que son observados por otros sistemas psíquicos o sociales. El concepto de sistema personal es, entonces, un concepto que implica una perspectiva de observador, lo cual debe incluir la autobservación (por decirlo así: autopersonificación)” (Luhmann, 1998: 117). De esta manera, el concepto brinda la posibilidad de construir y fijar referencias externas al interior del proceso comunicativo.

3Las convergencias y divergencias entre las tesis ontológicas y epistemológicas de Luhmann y estos autores fueron abordadas en trabajos anteriores (Becerra, 2018; Becerra y Castorina, 2018; Giordano, 2022a, 2022b). En relación al vínculo entre Luhmann y Maturana, la revisión ha sido más extensa, observando que el debate en torno a la noción de autopoiesis origina controversias respecto a consideraciones epistémicas, concepciones valorativas y compromisos éticos acerca de lo humano y lo social (Becerra y Giordano, 2019; Becerra, 2016).

4Una caracterización más completa de la conceptualización luhmanniana de la observación se encuentra en (Giordano, 2021). Allí, se examina la relevancia de la teoría del observador de Luhmann para entender su postura ontológica y epistemológica, atendiendo especialmente a la distinción entre tipos y niveles de observación.

5Desde fines de los años 1960, Luhmann y Habermas han entablado un álgido debate intelectual, seguido por varias décadas, y que registró uno de sus episodios en la obra conjunta publicada en 1971 “Theorie der Gesellschaft oder Sozialtechnologie?”. A grandes rasgos, Luhmann se muestra escéptico de varias pretensiones racionalistas de Habermas, tales como que sean posibles consensos finales en la comunicación, o que en base a estos consensos se pueda diseñar un cambio social. Por su lado, Habermas señala que el proyecto luhmanniano toma la forma de un “antihumanismo metodológico” (1993: 444). La disputa ha despertado diversas interpretaciones que prosiguen hasta nuestros días. Por ejemplo, se complementa la caracterización habermasiana afirmando que Luhmann es un hiperracionalista (Sotomayor, 2014) o afín a un positivismo ingenuo (Sánches Flores, 2007); contrariamente, se dice lejos de rechazarla, Luhmann entiende la crítica de manera diferente, por lo que es factible elaborar una teoría de sistemas crítica (Esposito, 2017; Overwijk, 2020). Más recientemente, Alvear y Haker (2020) han reseñado proyectos integradores de estas posiciones, destacando dos caminos alternativos: la teoría de sistemas crítica, que plantea posibles puntos de encuentro entre teoría de sistemas y teoría crítica; y, la teoría crítica de sistemas sociales que, con uso laxo de la teoría de sistemas la vincula con tradiciones marxistas.

Recibido: 28 de Septiembre de 2021; Aprobado: 24 de Febrero de 2023

Sobre los autores

Pedro Martín Giordano es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (Argentina). Sus líneas de investigación son la teoría sociológica, la teoría social, la teoría de sistemas sociales y las epistemologías constructivistas; entre sus publicaciones más recientes se encuentran: “El problema de la doble contingencia en las teorías sociológicas de Talcott Parsons y Niklas Luhmann” (2023) Revista Internacional de Sociología, 81(3); “La reconstrucción del método funcional en las teorías de Talcott Parsons y Niklas Luhmann” (2023) Papers, 108(2); “Contribuciones ontológicas y epistemológicas de la teoría luhmanniana del observador” (2022) Revista Mexicana de Sociología, 82(4).

Gastón Becerra es doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (Argentina); sus líneas de investigación son la teoría de los sistemas sociales y complejos, la epistemología constructivista, y los fenómenos tecnológicos recientes, como el big data; entre sus publicaciones más recientes se encuentran: (con José Antonio Castorina) “Hacia un análisis de los marcos epistémicos del big data” Cinta de Moebio, 76; “La Teoría de los Sistemas Complejos y la Teoría de los Sistemas Sociales en las controversias de la complejidad” Convergencia Revista de Ciencias Sociales, 27.

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