El libro objeto de esta recensión, coordinado por Leonardo Lomelí Vanegas y Ricardo Gamboa Ramírez, recoge 15 trabajos distribuidos en tres partes: I.- La construcción del Estado posrevolucionario; II.- La economía mexicana y la política económica en los años de la reconstrucción nacional, y III.- Sociedad y cultura: entre el nacionalismo y el cosmopolitismo. Aquí revisamos la mayor parte de los ensayos.
La primera parte ofrece una versión sobre la economía política del México revolucionario, en la que Alan Knight -además de poner en evidencia sus enormes cualidades de historiador económico- plantea muy atendibles y polémicas especulaciones, como lo que hubiera acontecido si Francisco Villa hubiera resultado victorioso en las batallas del Bajío, desechando la afirmación de Pedro Salmerón, relativa a que aquellas dos derrotas se debieron a que los proveedores de parque gringos le habrían vendido balas en las que pequeños trozos de madera ocupaban el sitio correspondiente al plomo. La convicción que muestra, relativa a que el eventual triunfo de la División del Norte no hubiera significado un gran cambio respecto a lo que aconteció con la victoria del Ejército Constitucionalista, a mi parecer no se puede compartir ni desechar, en virtud de la enorme incertidumbre de la escolta; posiblemente la influencia de algunos convencionistas de Aguascalientes, en 1915, durante los trabajos del constituyente de 1917, resulte sobrestimada en este inicial ensayo.
Por esta razón, entra en sintonía con el siguiente trabajo de Leonardo Lomelí que resalta el importante reflejo que las aspiraciones progresistas de la Convención de Aguascalientes de 1915, especialmente en materia agraria y en lo relativo a los derechos sociales, lograron plasmar en la Constitución de 1917; Lomelí establece la preocupación por, y las distintas formas de, llevar adelante la reconstrucción -no sólo económica- de México, al término de las hostilidades en las que las distintas facciones revolucionarias se enfrentaron y que grandes y variados costos arrojaron en la economía y la demografía nacionales. En ambas aportaciones, el desfile de protagonistas de primera línea resalta los ideales, aciertos, torpezas y traiciones que se produjeron con generosidad en la etapa posrevolucionaria.
En el trabajo de Lomelí es notable el rigor con el que, por ejemplo, brilla el talento político de Adolfo de la Huerta al lado de sus considerables falencias como economista, más que visibles en la infructuosa búsqueda del reconocimiento al gobierno obregonista por parte del de los Estados Unidos y en el acuerdo firmado con Lamont para afrontar muy desventajosamente el espinoso asunto de la deuda externa, para arribar a los Acuerdos de Bucareli, enderezados en el propósito de convertir en letra muerta al artículo 27 constitucional.
Lomelí muestra con detalle los trascendentes y numerosos servicios que el Ingeniero Alberto J. Pani brindó al proceso de reconstrucción económica nacional, convirtiendo en realidades las instituciones que Luis Cabrera y Rafael Nieto apenas alcanzaron a esbozar durante el gobierno carrancista, incluido el establecimiento del Banco de México y sus relevantes tareas de emisión monetaria y de promoción y regulación del crédito. Este personaje brilla por su talento en ocasión de enmendarle la página, desde la Secretaría de Hacienda, tanto a de la Huerta como a Luis Montes de Oca y encabeza una lista de pensadores heterodoxos que, a través de políticas fiscales y monetarias expansivas, sortearon las terribles asechanzas de los años veinte y mitigaron los pavorosos efectos de la Gran Depresión.
En este ensayo se enfatiza el retraso con el que los gobiernos de Obregón, Calles, Portes Gil, Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez, atendieron los compromisos sociales de la revolución, mismos que -tanto en materia agraria como sindical- reciben una intensa luz durante el cardenismo; demasiada, para el gusto de Calles, quien realizó declaraciones contrarias a la agitación de obreros y campesinos y, particularmente, a la posición del presidente Cárdenas sobre el ambiente de inquietud social; las consecuencias del desencuentro son de enorme trascendencia política, por el crepúsculo del Maximato que entonces se verificó y, más significativamente, por el alumbramiento del presidencialismo que, a pesar de acercarse a sus noventa años de vida, hoy se hace sentir con fuerza indiscutible; un exceso metaconstitucional que, en su momento, fue el mejor remedio para otro exceso inventado por Calles.
Es un capítulo en el que el autor esclarece el proceso de reconstrucción nacional, haciendo preguntas de enorme relevancia, por ejemplo: ¿qué razones tuvo el presidente Lázaro Cárdenas, empeñado en practicar una política económica contra cíclica, para nombrar director del Banco de México a Luis Montes de Oca, un ortodoxo convencido, por decirlo con indulgencia? Entre otras posibilidades, se ofrece la respuesta de las relaciones de Luis Montes de Oca con el capital financiero internacional.
En lo personal, echo en falta la evocación de algunos temas relacionados con la situación del periodo: la denuncia que, en plena Conferencia de Versalles, realizan las empresas petroleras del gobierno carrancista por el probable uso del artículo 27 de la Constitución, así como por la recepción del célebre Telegrama Zimmermann de enero de 1917; también me parece importante, y no abordado en el ensayo, el cambio de posición del Partido Comunista Mexicano (PCM) durante el cardenismo, que experimentó la metamorfosis de no estar ni con Calles ni con Cárdenas al comienzo del sexenio, para acabar manifestando todo su apoyo al presidente Cárdenas y a su política reformista, después del exilio de Calles; sin duda, el padrecito Stalin y su fiel operador Gueorgui Dimitrov tuvieron vela en ese entierro, que colocó al PCM en las recién creadas garras del corporativismo mexicano.
Un ensayo que, en lo personal, llamó poderosamente mi atención es el de Sarah Osten, sobre la formación del Estado posrevolucionario en el Sureste, donde las figuras de Salvador Alvarado, Felipe Carrillo Puerto, Tomás Garrido Canabal, Adalberto Tejeda, Ramón Félix Flores y Carlos A. Vidal implantaron un vigoroso y muy peculiar socialismo, en nada anticapitalista y profundamente constitucionalista, en Yucatán, Tabasco, Veracruz, Campeche y Chiapas, respectivamente.
La autora recuerda el protagónico papel de la violencia en los años veinte, con la Cristiada, las rebeliones de Adolfo de la Huerta, de Arnulfo Gómez y Francisco R. Serrano, y de José Gonzalo Escobar, y los asesinatos de Venustiano Carranza, Francisco Villa y Álvaro Obregón. La partera de la historia, según definió Federico Engels a la violencia, no se compadeció del supuesto término de hostilidades en el que se acordó el marco institucional fundamental del país; sin embargo, lo que mayor atractivo ofrece el ensayo es la parte relativa al carácter inspirador que estas formas de organización del socialismo del Sureste -autoritarias y distributivas, jerárquicas y democráticas, corporativas y revolucionarias, reconocedoras precoces de los derechos políticos de las mujeres- tuvieron para Plutarco Elías Calles, a los efectos de formar el Partido Nacional Revolucionario (PNR) al finalizar los no tan felices años veinte.
El recuento historiográfico de Iliana Marcela Quintanar Zárate es muy completo y pertinente. Si acaso, resulta polémica la afirmación que sostiene, en el sentido de que “… la historiografía señala que la industrialización no fue en primera instancia un proyecto gubernamental” (p. 170). Bértola y Ocampo (2013) insisten en cambiar el nombre de industrialización sustitutiva de importaciones por el de industrialización dirigida por el Estado, a las reacciones de algunos países de la América latina a los efectos de la Gran Depresión. En realidad, fue ambas cosas.
El exhaustivo ensayo de Maru Romero Sotelo sobre la vida, obra y milagros de Luis Montes de Oca es, simplemente, monumental. La amistosa cercanía de éste con Ludwig von Mises, su admiración por Walter Lippmann, su enojo con la expansión monetaria cardenista, y con Keynes, y su poca estima al Ingeniero Pani encuentran, en el trabajo de Maru, una contundente variable explicativa que intentaré resaltar: por distintas fuentes (destacadamente John Cornwell, 2001), el anticomunismo y antisemitismo de Eugenio Pacelli o el pánico a la inflación de Stefan Zweig (2003) se originan en sus respectivas presencias en Alemania y Austria, después de la Gran Guerra; pues bien, según la indagaciones de Romero Sotelo, Montes de Oca estuvo en Hamburgo en 1920 y ahí, sin duda, adquirió los prejuicios del futuro heredero de San Pedro y el pánico a la inflación que, desde entonces, forma parte del ADN alemán. Lo demás que escribe Maru sobre el contador Montes de Oca, es -de nueva cuenta- el oráculo de erudición sobre el tema al que nos ha acostumbrado desde siempre.
Ismael Dionisio Valverde nos ofrece en su ensayo una profunda explicación de las posiciones monetaria y fiscal del Ingeniero Alberto J. Pani, respaldada en una sólida información y desarrollada con arreglo a una atinada interpretación. La monetización de la plata y el sobregiro gubernamental de 90 millones de pesos operaron como un poderoso incentivo para el consumo y, en general, para la expansión de nuestra economía, en plena Gran Depresión.
Tayra González Orea, al pasar revista al pensamiento agrario de los gobiernos sonorenses, nos pone al tanto de las razones por las que el neolatifundismo y la concentración de la infraestructura del riego y el crédito se aplicaron en el Noroeste del país, con una inspiración en las experiencias de los agricultores de Europa y de los Estados Unidos, en la que no hubo sitio para la agricultura campesina.
La última parte comienza con un extraordinario ensayo, rebosante de ironía, sobre la pintura mural mexicana, que recorre desde la presunta pertenencia de Diego Rivera a la masonería secreta de los Rosacruces hasta la explicación psicológica sobre las masas mexicanas, enfermas de sentimientos de inferioridad, para explicar al embajador estadounidense, por parte del presidente Lázaro Cárdenas, la función terapéutica que -para curar ese mal diagnosticado por Samuel Ramos desde 1934- tuvo la expropiación petrolera.
Es un excelente ensayo de Renato González Mello.
Dos de los tres ensayos restantes de la tercera parte no tienen desperdicio, aunque sí un pequeño error que más vale suponer de impresión que del errado cálculo de nuestro lastimosamente fallecido Ricardo Gamboa Ramírez; es el de la superficie del Distrito Federal, 1 499 metros cuadrados, mientras que la Ciudad de México solamente ocupa el 9.1% de ese territorio (p. 404). De cualquier modo, el ensayo de Ricardo muestra la evolución de la capital con erudición sorprendente sobre la cantidad y ubicación de numerosas colonias, originadas ya por la “telaraña” que tejió el trazo ferroviario, ya por la dotación de espacios para vivienda de los trabajadores e incluso para la función poco edificante de los “antros”; desde que el maestro Luis González y González abordó los efectos de la política liberal (Juárez, Lerdo, González y Díaz) destaca que la identidad entre modernización y urbanización, si bien no arrojó el resultado de una capital limpia, por lo menos sí la hizo coqueta. Ricardo Gamboa concluye con la mención del tema de la planificación urbana que se plasma en el plano regulador de Carlos Contreras en 1933, y advierte que ello será analizado en otro ensayo que, por desgracia, ya no podrá elaborar por su temprano y lamentable fallecimiento.
El libro concluye con un trabajo excepcional de Rodrigo Díaz Maldonado, “Auge y decadencia de la ‘minoría selecta’ en el pensamiento mexicano en la primera mitad del siglo XX”. La revisión profunda de los más destacados profesores y alumnos del Ateneo de la Juventud; el debate sobre el papel de la triada criollos, mestizos e indios para la redención nacional; la conveniencia y las inconveniencias del mestizaje total (la raza cósmica) y la educación niveladora que los primeros y segundos proporcionarían a los terceros; la propuesta de Martín Luis Guzmán de corregir preferentemente a criollos y mestizos, aprendiendo de los indios; las reflexiones, a un tiempo irónicas y profundas, de Alfonso Reyes y el arribo a la triste y concluyente situación de El hombre y la cultura en México, con su lamentable derrotero de la imitación, son todos aspectos fundamentales, descritos con enorme plasticidad por el autor, sin omitir las aportaciones de la Generación de 1915.
Un debate relevante que reproduce nuestro autor, y gira en torno al término técnica, es desarrollado por Gómez Morín y Lombardo Toledano. Para Gómez Morín el significado del concepto técnica no es meramente instrumental, pues se combina con las aspiraciones de la “nueva sensibilidad”:
Íntima unión de realidad, propósito y procedimiento, de manera que en un solo acto espiritual el propósito elegido ilustre el conocimiento de la realidad, el conocimiento determine la elección del propósito, y conocimiento e ideal entreguen los medios que deben utilizarse, determinen e impongan la acción, esto es lo que podemos entender usando la palabra técnica.
La respuesta de Lombardo, en 1933, es frontal:
¡Formar técnicos, hacer hombres cultos, crear seres superiores! Éste es el lema de los intelectuales contemporáneos. El propósito es loable; la utilidad del técnico es indiscutible; la superioridad social del hombre culto no puede negarse, pero la interrogación surge enseguida: ¿a quién va a servir el técnico, el hombre culto? Los intelectuales contestan apresuradamente que a todos, a pesar de todos y frente a todos si es preciso. Parodiando la frase de Hegel sobre el Estado, podría decirse que, a juicio suyo, el intelectual señala el camino de Dios por el mundo; así de arrogante es su nueva megalomanía y su falsa emancipación (pp. 462-463).
Para Rodrigo Díaz, el mecanismo para captar la alquimia del alma mexicana, que tanto inquietó a Ramón López Velarde, está en la filosofía del mexicano, iniciada por Samuel Ramos. ¿Alguna relación de este completo libro con la situación actual del país?, ¿tras la conclusión de la primera versión -primer piso, en las palabras de Claudia Sheinbaum- de la 4T, el país requerirá otra reconstrucción?, ¿caminamos en el propósito de mitigar los efectos del cambio climático?, ¿nuestra matriz energética se encamina a adquirir alguna tonalidad del verde que suponen los objetivos 20-30? Son preguntas para las que el mismo López Velarde se ocupó de advertirnos:
El niño Dios te escrituró un establo
Y los veneros de petróleo, el Diablo.
Estado, economía y sociedad en el México posrevolucionario, es un libro que comienza y termina de manera excelente. Si de forma similar a la coordinación de este libro, Leonardo Lomelí va a afrontar las tareas universitarias por venir, podemos congratularnos porque nuestra alma mater ha quedado en muy buenas manos, tal como debió ser.









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