A su memoria y a la memoria del poeta Carlos Pellicer
Francisco de la Maza fue el primer historiador del arte mexicano de quien tuve noticias. Nunca lo conocí en persona, pero durante mi primera visita a la Ciudad de México en 1972, el poeta Carlos Pellicer Cámara (primo hermano de mi esposo), quien me recibió con interés y cortesía, no pudo dejar a un lado la tristeza que sentía por la muerte reciente del historiador del arte potosino, el 7 de febrero de ese mismo año. Me aseguró que me había faltado conocer a un gran estudioso de quien habría aprendido mucho y con quien hubiera podido tener conversaciones e intercambios importantes acerca de la historia del arte. Conforme he conocido más los escritos de Francisco de la Maza y también los del poeta, le he dado la razón a Pellicer y lamento el destino que impidió esos encuentros. Por esos recuerdos y para contribuir al conocimiento y aprecio por Francisco de la Maza, presento este texto.
De hecho, fue precisamente un escrito de Francisco de la Maza el primer artículo que me sirvió para emprender mi propio camino en los estudios del arte novohispano. Recién casada, pasé mi primer año en México dedicada a la redacción final de mi tesis doctoral en Historia del Arte (acerca de la arquitectura y los mosaicos medievales en Italia) y a aprender español. Los estudios de mi esposo lo habían llevado a ocuparse de una reforma educativa en Chihuahua, así que fue en esa ciudad norteña donde -terminada y aceptada mi tesis- inició mi futuro camino al emprender una investigación acerca de una de las obras arquitectónicas más notables del norte de México: la gran catedral del siglo XVIII de la ciudad de Chihuahua. Los estudios virreinales tienen muchos nexos con los temas de historia del arte europeos -medievales, renacentistas y barrocos- que conocía bien, así que pude avanzar sin muchos problemas. Además, un amigo chihuahuense, el arquitecto Felipe Siqueiros (pariente del pintor), tuvo la gentileza de pasarme una fotocopia de un texto que Francisco de la Maza había publicado en 1961, justo acerca de ese notable edificio.1
El artículo de De la Maza me aclaró la historia y los valores del templo norteño y me introdujo en los temas del arte virreinal que me siguen interesando desde entonces. Al vivir en Chihuahua, tuve las facilidades y el tiempo para consultar el importante archivo de la catedral, donde encontré nombres de maestros, descripciones de etapas de la obra, documentos de visitas de obispos y numerosos inventarios de la catedral y de otros templos, materiales que De la Maza no había podido examinar, y que nadie más con interés por la historia del arte y la arquitectura había consultado. Los años en Chihuahua me dieron, además, la posibilidad no sólo de conocer a detalle y a fondo el edificio y la historia de la catedral, que es la construcción virreinal novohispana más notable al norte de Zacatecas y Durango, sino también de explorar otros temas de historia de la arquitectura: las misiones franciscanas y jesuitas, que incluyen las que en la actualidad están al otro lado de la frontera norte y también en otros contextos norteños, tanto al oriente como al occidente del centro del país.
En éste -para mí- “nuevo mundo”, Francisco de la Maza, oriundo de San Luis Potosí, siguió siendo un guía, al haberse interesado una y otra vez por sitios y obras lejanos de la Ciudad de México. Un lugar norteño muy relevante, conocido y comentado por Francisco de la Maza, fue la ciudad de Durango. Como capital de la Nueva Vizcaya y sede episcopal, esa ciudad tiene muchísimo interés para la historia del arte virreinal de todo el norte novohispano. De la Maza informa en su publicación de 1948 acerca de Durango, que estuvo allí:
durante el VIII Congreso de Historia celebrado en septiembre de 1947, como delegado del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México, en compañía de los investigadores, también delegados del mismo Instituto, Clementina Díaz y de Ovando y Salvador Toscano. La publicación se hizo bajo los auspicios económicos de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y del Señor don Atanasio G. Saravia, Director de la Academia Mexicana de la Historia. Doy aquí, por ello, las más cumplidas gracias a la benemérita institución y al distinguido historiador.2
En Durango, De la Maza se alarmó frente a los cambios recientes en la ciudad y al poco cuidado que se tenía del patrimonio artístico y arquitectónico monumental: el colonial primero, pero también el decimonónico. El tema y el carácter académico de la reunión a la que asistió lo animó a citar e ilustrar casos específicos. Incluyó 42 fotografías en la publicación, y dio a conocer al público más allá del local, muchas obras arquitectónicas y artísticas. También registró piezas escultóricas dañadas (ahora perdidas, al parecer), y citó otros ejemplos más de destrucción y descuido en monumentos de arquitectura virreinal; o tan sólo de cambios, como fueron los repintes decimonónicos en la catedral. En su texto quiso, sobre todo, poner frente a los ojos de los capitalinos -pero también a los duranguenses- importantes ejemplos del rico patrimonio arquitectónico de la antigua capital de la Nueva Vizcaya, prácticamente desconocido en el centro del país y no apreciado lo suficiente en la propia localidad.
No hace falta abundar en detalles acerca de la cantidad y la variedad de los escritos de De la Maza y de su empeño en registrar, estudiar y hacer lo posible para salvaguardar el patrimonio artístico de México. Con razón, se le identifica más que nada con las áreas de artes virreinales y decimonónicas. Por mi parte, debo confesar que, al llegar a México en 1972, no podía dejar de maravillarme frente a todo lo que había que estudiar acerca del arte en México, cuya existencia me era casi del todo desconocida, a pesar de los años que ya tenía de estudiar, leer y publicar acerca de temas de historia del arte en Italia y en Estados Unidos. Mi nueva vida en México no fue sólo un nuevo camino personal; también me abrió un “nuevo mundo” de conocimientos al que podía contribuir con las enseñanzas y prácticas que había adquirido en mis estudios y viajes anteriores. La ocasión del presente coloquio en honor a De la Maza no sólo me recordó mis primeros tiempos en México. De igual manera, me animó a volver a los papeles de Pellicer -con la invaluable ayuda de su sobrino, Carlos Pellicer López. Mis hallazgos acerca de De la Maza, relacionados con Pellicer -aunque no muchos-, añaden algo a las historias tanto del historiador del arte como del poeta, así que me ha parecido apropiado compartirlos en esta ocasión.
El primer documento que presento es una postal enviada por Francisco de la Maza a Pellicer el 16 de septiembre de 1934 (figs. 1a y b), firmada “Francisco de la Maza su discípulo y amigo”. Se trata de una fotografía en blanco y negro del interior de la iglesia del Carmen de San Luis Potosí, ciudad natal del historiador, con el comentario: “He aquí una prueba de la magnificencia de nuestros templos”. Parece tratarse de la continuación, o de recuerdos, de conversaciones que, con seguridad, tuvieron. Pellicer había pasado un periodo bastante largo en Europa y había escrito cartas, ahora publicadas, en las que expresaba su maravilla al conocer las obras de arte en Italia.3 De la Maza, futuro miembro del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, estaba conociendo y dando a conocer el arte no sólo de su ciudad de origen, sino de otros lugares virreinales de México, muchos de ellos alejados del centro del país. No despreciaba para nada el arte europeo, pero su misión principal era otra: conocer y valorar el patrimonio artístico de México.
El segundo documento es otra postal de San Luis Potosí, enviada a Pellicer a finales del año siguiente, el 30 de diciembre de 1935 (figs. 2a y b). Se trata del Santuario de Guadalupe en San Luis. De nuevo, De la Maza firma como “su discípulo Francisco” y hace comentarios jocosos y agudos acerca del cura Hidalgo (por cierto, muy a la manera y estilo del poeta). Menos de un mes después, sigue otra postal, fechada el 23 de enero de 1936 (fig. 3). La imagen (no ilustrada) es de “El muchas veces famoso Teatro Juárez de la muy noble ciudad de Guanajuato”. Y añade: “Desde la ciudad que según cuentan tiene oro y plata en las paredes y en las calles, reciba mis recuerdos, F. de la Maza”. Sigue otra postal desde San Luis Potosí del 13 de febrero del mismo año, con fotografía del interior de la catedral (originalmente parroquia) del siglo XVIII, remodelada en estilo neoclásico por el obispo Montes de Oca en el siglo XIX (figs. 4a y b). “Desolado” es el sentimiento de De la Maza frente a los cambios en la catedral. Del mismo periodo, aunque la fecha precisa no se lee, debe ser la postal con fotografía de la Presa de San José, obra notable terminada en 1893 (figs. 5a y b). “Muy bella e inteligentemente construida”, dice el alumno a su maestro Pellicer.
El mensaje siguiente es un telegrama dirigido al poeta (fig. 6), diez años más tarde, el 4 de noviembre de 1946, día de San Carlos, con “nuestros amorosos y respectivos corazones contigo hoy. Paco de la Maza y Horacio Chenholls [sic, por Chenalls]”, un amigo potosino de la Juventud Sinarquista.4 Es evidente que el trato entre De la Maza y su maestro Pellicer había tomado para entonces un giro de familiaridad que continuó el resto de la vida del poeta y del historiador del arte. Aunque los significados políticos de estas relaciones quedan por explorarse aún, es evidente la sustancia afectiva de las comunicaciones.
Otro documento inédito del archivo de Pellicer es una carta del historiador del arte al poeta, en papel membretado de la UNAM, fechada el 28 de septiembre de 1959 (fig. 7):
Querido y admirado Carlos:
Tuve el atrevimiento, el honor y el gusto de dedicarte una nota sobre escultura que se imprimió en los “Anales” 28 de este Instituto y que seguramente ya llegó a tus manos. Nada más justo que recordarte allí, pues tú me señalaste y me diste a conocer la más bella de las lápidas.
Espero te haya parecido bien la audacia.
Te agra[de]cería unas líneas.
Con un cordialísimo abrazo
Francisco de la Maza.
El número citado de Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas contiene un texto dedicado al poeta: “Escultura romántica”. Se trata de una reseña de esculturas del siglo XIX, algunas de las cuales De la Maza y Pellicer habían visto juntos, muy probablemente en San Luis Potosí. De hecho, son numerosas las esculturas de este género, talladas en mármol blanco (de Carrara en muchos casos), que conmemoran a los difuntos, que pueden verse en cementerios y en iglesias mexicanas, aunque el tema es casi inédito en nuestras historias del arte. Algunas deben ser importadas, pero también las hay hechas por italianos en México.5 No está por demás añadir que en la portada de ese número de Anales está impreso un dibujo de una media figura de un joven, que no dudo en identificar como una representación en relieve de Antinoo (fig. 8), personaje amado y estudiado por De la Maza, como es muy sabido.6
Son dos las últimas cartas del historiador del arte dirigidas a Pellicer, que se conservan en el acervo de la biblioteca del poeta. Una es breve y fue dejada por el historiador, ya que no encontró al poeta en casa (fig. 9). Carece de fecha, pero tiene una dirección (Balderas 89) abajo, que sería del historiador (¿?). Con la carta, De la Maza dejó el texto de un soneto suyo (fig. 10), escrito a máquina, pero con correcciones mínimas a pluma. En su carta le pide al poeta que guarde el soneto porque “es la única copia que tengo”. Legible en la fotografía, el soneto es un mensaje amoroso, de despedida y reencuentro.
Una última carta del historiador para el poeta está fechada el 15 de enero, sin año (fig. 11). Es un mensaje con elementos de humor y algo de resentimiento (“no me gustó tu biblioteca y dice Pedro Rojas que soy un idiota”), pero termina “con todo cariño, tu último amigo”. Existe, además, un pequeño papel manuscrito de Pellicer (fig. 12) con una referencia al primer grabador en metal conocido de la Nueva España, quien trabajó en la Ciudad de México a principios del siglo XVII, Samuel Stradanus: “dato necesario para don Germán Arciniegas, preguntar al Sr. Francisco de la Maza. Mayo 14 1965. C. P.”.
Cierro este texto con una imagen de Francisco de la Maza, como es apropiado para una publicación acerca de un historiador del arte. Se trata de la portada del número 41 de Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas (fig. 13) en la que se ve un dibujo del rostro sonriente del historiador, recién fallecido el 7 de febrero de 1972. Lo que cualquier historiador del arte puede reconocer es que la fuente de inspiración del dibujo son ni más ni menos que las páginas titulares del famosísimo libro de Giorgio Vasari en el que registra las vidas de los artistas renombrados de su tiempo y de siglos anteriores: Le vite dei piu’ eccellenti architetti, pittori et scultori italiani, da Cimabue infino a’ tempi nostri, de 1550. Tal como lo hizo Vasari con sus antecesores y colegas artistas, el diseñador de la portada de Anales enmarcó el rostro de De la Maza entre dos imágenes alusivas a sus pasiones e intereses: la figura de Antinoo, el joven amado del emperador Adriano, y una pilastra estípite.
Anexo


1 Postal de Francisco de la Maza a Carlos Pellicer, iglesia del Carmen de San Luis Potosí, 16 de septiembre de 1934. Biblioteca Nacional, Archivo Carlos Pellicer, UNAM.


2 Postal de Francisco de la Maza a Carlos Pellicer, Santuario de Guadalupe de San Luis Potosí, 30 de diciembre de 1935. Biblioteca Nacional, Archivo Carlos Pellicer, UNAM.

3 Postal de Francisco de la Maza (anverso), 23 de enero de 1936. Biblioteca Nacional, Archivo Carlos Pellicer, UNAM.


4 Postal de Francisco de la Maza a Carlos Pellicer, Catedral de San Luis Potosí, 13 de febrero de 1936. Biblioteca Nacional, Archivo Carlos Pellicer, UNAM.


5 Postal de Francisco de la Maza a Carlos Pellicer, Presa de San José. Biblioteca Nacional, Archivo Carlos Pellicer, UNAM

6 Telegrama de Francisco de la Maza y Horacio Chenhalls (sic), 4 de noviembre de 1946. Biblioteca Nacional, Archivo Carlos Pellicer, UNAM.

7 Carta de Francisco de la Maza, 28 de septiembre de 1959. Biblioteca Nacional, Archivo Carlos Pellicer, UNAM.


8 Portada de la revista Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas VII, núm. 28 (1959) y dedicatoria del texto a Carlos Pellicer. Reprografía: Rodrigo del Rosal Mendoza.

10 Francisco de la Maza, soneto dedicado a Carlos Pellicer. Biblioteca Nacional, Archivo Carlos Pellicer, UNAM.

12 Nota de Francisco de la Maza, 14 de mayo de 1965. Biblioteca Nacional, Archivo Carlos Pellicer, UNAM.










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