“Para muestra, un botón”. Este refrán alude a que con un ejemplo tendríamos suficiente para deducir la totalidad de una situación o fenómeno; en otro sentido, el “botón” sintetizaría la esencia de la prenda. El significado del refrán es empleado por la historiadora Emily Conroy-Krutz como una estrategia narrativa o estilo expositivo al inicio de sus dos obras, Christian Imperialism (2015) y Missionary Diplomacy (2024). En la primera expone brevemente el recorrido del misionero estadounidense Adoniram Judson y en la segunda, con mayor amplitud y detalle, la vida familiar misionera de Divie Bethune McCartee. Precisamente, los énfasis puestos en estos dos botones permiten captar la esencia o, al menos, anticipar las ideas centrales que estructuran cada uno de los dos libros. Y cuando se prosigue con la lectura de los siguientes capítulos, también es posible percatarse de que siempre comienza con momentos concretos que dan pauta al relato.
A mi modo de ver, este estilo característico de Conroy-Krutz es el que le imprime su particular aporte a la historiografía sobre el tema de los misioneros evangélicos y su relación con la política estadounidense de relaciones exteriores pues, a diferencia de Sword of the Spirit, Shield of Faith de Andrew Preston (2012), Evangelicals and American Foreign Policy de Mark R. Amstutz (2014) y Protestants Abroad de David A. Hollinger (2017), quienes toman nociones generales como moral, humanitarismo y teología para analizar la influencia religiosa en la diplomacia, Conroy-Krutz busca encarnar estos y otros elementos en una serie de actores determinados frente a situaciones específicas. La centralidad en los individuos y sus interrelaciones en escenarios concretos le permiten a la autora identificar 11 tipos-ideales, categorías, marbetes o caretas identitarias de los misioneros dentro de la dinámica diplomática estadounidense en el transcurso del siglo XIX y principios del XX, mismos que fijan el número del capitulado de Missionary Diplomacy. Los lectores encontrarán de principio a fin un libro lleno de “botones” pequeños, es decir, de casos específicos y concretos fundamentados en una amplia hemerografía misionera, papeles y diarios personales de misioneros y de los presidentes de la República estadounidense, así como en la correspondencia consular resguardada en los National Archives; seguramente, alguno se preguntará durante su lectura ¿dónde está la teoría o los conceptos analíticos? Si no hubiera leído con anterioridad Christian Imperialism también me habría hecho la misma pregunta, por eso, sugeriría leer conjuntamente ambos libros: Missionary Diplomacy es una extensión del primer libro, en el que la historiadora expone su marco conceptual. Pero no trataré de ello aquí, ya que la reseña es sobre la segunda obra.1
Missionary Diplomacy comprende 11 capítulos divididos cronológicamente en tres partes, un prólogo y epílogo. Estos dos últimos giran en torno a la familia McCartee. Este botón muestra las características del perfil del misionero diplomático: traductor, intérprete, negociador, defensor de extranjeros, cónsul, experto en leyes internacionales, etnógrafo y recolector de especies naturales. Todas estas habilidades y virtudes estuvieron rodeadas, en el caso de la familia McCartee, del legado y la tradición de patrocinio a las misiones, de benevolencia voluntarista en el ámbito social y de lectura asidua de escritos misioneros -Conroy-Krutz llama a esto cultura misionera-, así como de herencia misionera, como se demuestra con el caso relatado en el epílogo de la Dra. Yamei Kin, hija adoptiva de Divie Bethune, experta en la gastronomía y cultura asiáticas, y conferencista entre los círculos misioneros femeninos.
La primera parte, Missionary Intelligence, está formada por dos capítulos titulados “Politicians” y “Experts”. En ambos se explica cómo los misioneros fueron adquiriendo relevancia en las relaciones exteriores de una naciente República y, por tanto, el papel que los misioneros se autoasignaron y que luego les designaron las autoridades del Estado angloamericano. Las largas estadías de los misioneros en el exterior los convertía en fuentes confiables respecto a todo lo que comprendía el mundo lejano, exótico y desconocido, sobre todo, cuando en las áreas geográficas donde había presencia misionera se carecía de actores políticos o gubernamentales. Las prominentes figuras políticas como John Quincy Adams y Andrew Jackson tuvieron conocimiento de estos lugares ignotos a través de lo que Conroy-Krutz denomina “inteligencia misionera”, es decir, “información sobre el mundo dada a conocer por los misioneros con la intención de ampliar el conocimiento y alentar el apoyo al trabajo misionero”.2 Esta inteligencia misionera compuesta de narrativas religiosas, políticas y científicas superpuestas llegó, a través de sermones, libros y artículos en periódicos y revistas misioneras, a las manos y oídos de quienes dirigían la política estadounidense, sobre todo porque a mediados del siglo XIX esta información también fue apareciendo en importantes periódicos seculares. El desconocimiento sobre las islas hawaianas, las tierras palestinas, Siria, Grecia y China llevó a los presidentes y secretarios de Estado a consultar a los misioneros para obtener conocimiento sobre la sociedad, la cultura, la geografía y las costumbres de tales lugares. Para Conroy-Krutz, la producción de este conocimiento condujo a los misioneros hacia dos caminos: la del político y la del experto. En el primero hallamos los casos de los misioneros Peter Parker y Elijah Bridgman, de la American Board of Commissioners for Foreign Missions (ABCFM), quienes fungieron como asistentes en las propuestas diplomáticas y en la concreción de la firma del Tratado de Wanghia (1844) durante la primera Guerra del Opio (1839-1842), al ser de las personas con mayor dominio del idioma chino. De la misma manera, describe el proceso judicial de la Indian Removal Act contra los cherokees, en la que estos últimos fueron acompañados por los misioneros Samuel Worcester, Isac McCoy y Jeremiah Evarts tanto en los tribunales como en los encuentros en la Casa Blanca. La razón por la que la historiadora incluyó el caso cherokee se debe a que tanto las misiones como el Estado consideraban los territorios nativos como zonas extranjeras por tratarse de territorios soberanos, una concepción que cambiaría conforme avanzaba el siglo XIX. Claramente, recurrir a estas figuras misioneras dependió de sus estadías en el lugar, pero también de la difusión de los escritos de sus colegas misioneros, como el libro de Samuel Well Williams, The Middle Kingdom, de 1848, respaldado por sus 12 años en Cantón y Macao, en China. Así sucedió con Justin Perkins con su obra Residence of Eight Years in Persia (1843), elogiado por la prensa estadounidense por la riqueza de información que aporta. Una de las revistas que amplificó el expertise misionero fue la North American Review, que identificó a varios misioneros como expertos de lugares específicos: C. S. Stewart de las Islas de Sandwich, Rufus Anderson de Grecia, David Allen de la India, Lewis Grout de Sudáfrica y Josias Leslie Porter de Damasco. No obstante, la prensa secular siempre omitía las secciones relativas a su labor misionera.
Si en las primeras décadas de la República angloamericana los misioneros fueron agentes significativos, la historiadora Conroy-Krutz considera que el patriotismo misionero jerarquizante del mundo, la diversificación de las estrategias evangelizadoras y la profesionalización del sistema diplomático condujeron a un punto de roces y tensiones que, en la correspondencia consular, llamaron missionary troubles (problemas misioneros). La segunda parte del libro, compuesta por cinco capítulos, está dedicada a estos problemas; cuatro hacen alusión a los marbetes e identidades que se movilizaron tanto por misioneros como por representantes del Estado: ciudadanos (cap. 3), víctimas (cap. 5), agitadores o troublemakers (cap. 6) y trabajadores (cap. 7); el capítulo restante apunta a la importancia del sistema consular como medio y recurso del despliegue misionero (“Consuls”, cap. 4).
La discusión entre figuras misioneras, representantes políticos estadounidenses y de otras naciones en torno a la ciudadanía angloamericana y sus respectivos derechos se activó cuando las fuerzas armadas francesas amenazaron con invadir las islas de Hawái a finales de los años cuarenta del siglo XIX, cuando la iglesia maronita exigió la salida de los misioneros evangélicos del Imperio otomano y cuando la Iglesia ortodoxa y el gobierno griego enjuició al misionero Jonas King. Conroy-Krutz nos lleva a los detalles que explican la complejidad de estas tensiones, de cómo la amenaza de los gobiernos locales o extranjeros ponía en peligro la integridad física de los misioneros, mismos que apelaban a la protección del gobierno estadounidense en tanto ciudadanos con derechos. Rufus Anderson exclamó que la ciudadanía permanece donde quiera que los estadounidenses se encuentren o fuesen enviados. Respecto al caso maronita en el Imperio otomano, Samuel Turell, exgobernador de Massachusetts y miembro de la ABCFM, utilizó sus contactos para dirigirle una carta al secretario de Estado, Daniel Webster, aduciendo que el embajador David Porter prácticamente había desnacionalizado a los misioneros al negarles su apoyo diplomático. Y es que Webster consentía en el apoyo a los misioneros pues consideraba que parte de la misión estadounidense era establecer la libertad religiosa en estos lugares foráneos; esto lo llevó a respaldar a Jonas King ante su juicio por denigrar la imagen de la virgen y los dogmas de la Iglesia ortodoxa. Y aquí Conroy señala un aspecto relevante: las diferencias en la definición de la libertad religiosa para los estadounidenses y griegos. Para los primeros significaba el libre pase de la evangelización sin importar los discursos proselitistas, mientras para los últimos implicaba no agredir o atacar las creencias de los otros para mantener la paz. La diferenciación en las nociones de libertad religiosa fue uno de los aspectos que movilizó la maquinaria diplomática.
Frente a estos conflictos, los representantes del Estado, los cónsules y embajadores vacilaron entre concebir a los misioneros como víctimas o agitadores, como agentes pasivos o activos de los problemas. La historiadora relata los casos de martirizados en las islas del Pacífico australiano, del asesinato bien conocido del misionero congregacional John Luther Stephens en Jalisco, México, la serie de homicidios cometidos en distintas áreas de Turquía y la violencia hacia misioneros en China y Persia. De nuevo, la libertad y tolerancia religiosa se ponían sobre la mesa diplomática entre las naciones y si los gobiernos locales tenían o no la capacidad de garantizar el orden y la seguridad en sus propios territorios. Los aspectos legales y políticos que rodearon estas situaciones implicaron una carga en las funciones consulares. Conroy asegura que los problemas misioneros no disminuían en ausencia o presencia de cónsules; por un lado, si se carecía de estos funcionarios, los misioneros insistían en su necesidad y si se contaba con cónsules, aunque distantes, los misioneros exigían su intervención a pesar de las dificultades de movilidad espacial; por el otro, mientras más puestos consulares, más misioneros eran enviados a dichos lugares. Nuevos misioneros, nuevas estaciones misioneras, nuevos riesgos y nuevos problemas. Los cónsules tenían que activar la diplomacia con esta carga misionera. Esta activación, sin duda, condujo a crisis diplomáticas como sucedió en 1872 en China, cuando se arrestó a misioneros tierra adentro cuando el tratado existente llamado Treaty Ports sólo permitía la residencia y adquisición de tierras por parte de extranjeros en las ciudades portuarias; y de la misma forma con la aprehensión de misioneros por el gobierno español en las Islas Carolinas y la restricción de la prensa religiosa en el Imperio Otomano. En todos estos casos, el principio de la ley internacional, extraterritorialidad o jurisdicción extraterritorial se utilizó para defender los derechos de los misioneros en lugares foráneos; aunque, los cónsules y embajadores no tenían claro si se trataba de los derechos de los misioneros en tanto ciudadanos o actores religiosos. La actividad cívica y religiosa comenzó a cuestionarse entre los diplomáticos, algo que carecía de sentido desde la visión misionera pues la separación entre lo cívico y lo religioso era impensable. Por este cuestionamiento, los diplomáticos comenzaron a concebir a los misioneros como generadores de problemas, sobre todo, cuando los gobiernos locales los acusaban de incentivar a los movimientos de resistencia o de oposición.
Pero no todo fue malo. Conroy narra cómo la instalación del Robert College en Constantinopla (actual Estambul), de escuelas misionales en Japón durante la Constitución Meiji (1890-1847) y la fundación del sanatorio público Korean Government Hospital en 1885, liderado por el misionero Horace Allen, ayudaron a entablar vínculos entre los departamentos de educación e instrucción pública y con las autoridades reales de los respectivos países. Tanto las escuelas como los hospitales se ajustaron a los lineamientos gubernamentales ya que, por naturaleza, la labor educativa y médica podía convivir con la dimensión secular. Los misioneros venían a fundar instituciones que proveían de puestos de empleo y servicio y, en cierta medida, el sistema consular fue oportuno para llevar a buen puerto estos emprendimientos, ya que fueron la primera avanzada diplomática mucho antes de la llegada de las embajadas, además de que lograban tener una red amplia con otros cónsules por sus actividades en las aduanas comerciales. Esto les permitía a los cónsules colocar a profesores misioneros en escuelas o conseguir rentas de propiedades para la misión o para la familia misionera. De igual manera, a través de ellos podía establecerse contacto con otros líderes o figuras estadounidenses residentes en el lugar de la misión. La autora asegura que una de las estrategias misioneras para sacar beneficio del sistema consular fue compararse con los comerciantes. Para Conroy esta estrategia es sugerente, pues permite entender qué grupo de angloamericanos tenía la primacía en la esfera internacional, de la cual los misioneros buscaron asirse para activar la diplomacia a su favor.
La última parte del libro contiene cuatro capítulos, que también reflejan la ambivalencia respecto a la labor misionera. A finales del siglo XIX y principios del XX, la discusión iría en torno a las actitudes imperialistas y humanitarias de los misioneros. Los movimientos nacionalistas, la revuelta de los bóxer en China, la guerra de independencia de Cuba, la expansión geopolítica estadounidense, la aparición del evangelio social (social gospel), la crisis en el Congo bajo el dominio belga y el genocidio armenio, colocaban a los misioneros como víctimas y agitadores al mismo tiempo, por lo que se generaron reflexiones y opiniones entre los misioneros y políticos en torno a cuál sería el papel que la nación estadounidense debía cumplir en el mundo y cómo los valores misioneros tenían cabida en este proceso.
En estos cuatro capítulos encontraremos cómo, por un lado, los misioneros sirvieron como fuentes de información cuando Filipinas fue ocupada por Estados Unidos y cómo éstos sucumbieron a los deseos gubernamentales en aras de mantener su presencia en estas islas católicas, aunque el misionero presbiteriano Arthur Judson Brown justificó su presencia con un discurso que la estudiosa Mary L. Pratt ha denominado de anticonquista;3 así también, expone una situación parecida a la revuelta de los bóxer en China, donde los misioneros se eximieron de la culpa de la xenofobia antioccidental que se alimentó durante los años bélicos; por el contrario, abogaron por los beneficios misioneros. Por el otro lado, expone cómo los misioneros fungieron como activistas y protestantes (de protesta) al crear el Central Cuban Relief Committee en 1897 para apoyar a las víctimas de los estragos de la guerra de Independencia cubana, el American Congo Reform Association, en 1904, para denunciar las atrocidades de la violencia esclavista en el Congo Central (Congo Free State) por parte del gobierno del rey Leopoldo II y el American Committee for Armenian and Syrian Relief en 1915, en respuesta al genocidio armenio. Estas tres organizaciones sirvieron como puntos de referencia para la denuncia de misioneros y, por ende, de la exigencia de la intervención estadounidense por motivos humanitarios. El misionero bautista afroamericano Washington Williams, el misionero William Sheppard, el presbiteriano Samuel Chester fueron quienes denunciaron ante la prensa y mantuvieron diálogos con políticos estadounidenses para presionar su intervención en el Congo; en tanto, James L Barton, Secretario de la ABCFM, escribía en la prensa misionera y secular para dar a conocer los relatos de masacres y desplazamiento forzado de la población armenia, y llegó a ser el asesor del presidente Woodrow Wilson en el caso armenio.
Si bien la autora asegura que en la cobertura temporal de su estudio la diplomacia misionera tuvo mayor repercusión en Asia, África y en Oriente Medio, debido a que la nación estadounidense careció de amplios cuerpos diplomáticos durante gran parte del siglo XIX en dichos lugares, esto se debía gran medida a que sus intereses comerciales se habían centrado inicialmente en Europa y América Latina. Esto puede observarse también en el caso mexicano, donde los escritos misioneros sobre México de finales del siglo XIX no lograron efecto alguno más allá de sus círculos misioneros, a excepción de los folletos y panfletos del misionero Samuel G. Inman en el movimiento panamericanista. Además, las escuelas misionales estadounidenses sólo lograron una influencia indirecta a través de sus egresados mexicanos; eso sí, durante la primera mitad del siglo XIX, México fue tema predilecto en la literatura de la diplomacia viajera no religiosa4 Aun así, todo objeto de investigación siempre estará inacabado, como lo demuestra el reciente libro publicado de Cecilia Autrique sobre la prohibición del alcohol en México y cómo las asociaciones evangélicas estadounidenses fueron interlocutoras de los gobiernos posrevolucionarios en esta política prohibicionista.5 Por tanto, espero que el libro de Conroy-Krutz ayude e inspire a formular nuevas investigaciones sobre la diplomacia misionera en América Latina durante el siglo XX.










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