1. Introducción
El 10 de agosto de 1979, Ecuador regresaba a la senda democrática luego de siete años de gobiernos militares (Unda, 2020). Desde aquella fecha a la actualidad, la historia política de este país ha atravesado periodos de fuerte convulsión política que van de León Febres Cordero, con su lema “Pan, techo y empleo”, Abdalá Bucaram con su “Jama, caleta y camello”, a Rafael Correa y su grito “Que se vayan todos”, y todos han evidenciado una característica significativa de la cultura política del Ecuador: la admiración de figuras de liderazgo fuertes y carismáticos.
Por tal razón, cuando hablamos de liderazgo político resulta necesario estudiar los partidos, ya que es dentro de este tipo de organizaciones donde germinan, se desarrollan, consolidan o desaparecen los fuertes liderazgos debido a los controles de la institución. En poliarquías (Dahl, 1989), hablar de partidos es hablar de democracia, debido a que un sistema democrático se concibe como un sistema de partidos (Sartori, 1987, pp. 31-191), puesto que son los representantes y actores de la vida política (Ware, 2004; Alcántara, 2004; Montero & Gunther, 2002) y a que, tal como lo expresó Michels (1961, p. 67), son “el arma de los débiles en su lucha contra los fuertes”.
Así, en esta investigación se propone profundizar en un campo inexplorado en las ciencias políticas: el hiperliderazgo, en relación con los partidos políticos desde el enfoque institucional (Burke, en Sartori, 1976; Duverger, 1957), y el elitista y/o del liderazgo (Michels, 1961; Alcántara, 2004), estableciendo la interacción entre los partidos y su vínculo con el personalismo político donde “mientras más lejos se va quedando la motivación y el ímpetu ideológico inicial [...] más se inclinará el sistema hacia el poder personal” (Linz, 2009a, p. 121).
Desde los estudios de Michels (1961 b, p. 189) acerca de que “Quien dice organización, dice oligarquía”; de Duverger (1957, p. 163), quien en su momento estimó que “la dirección de los partidos [...] presentan el doble carácter de una apariencia democrática y de una realidad oligárquica”, y de la coalición dominante de Panebianco (1990), el liderazgo de unos pocos ha sido el ámbito referente del estudio de los partidos. Por ello, el eje de estudio gira en torno al análisis de un liderazgo sobredimensionado (en adelante LSD) y cómo este pasa a convertirse en un hiperliderazgo. Por tal causa, el hiperliderazgo será la variable dependiente de esta investigación.
En consonancia con lo anterior, se estudiará qué es y cómo se produce el hiperliderazgo, por lo que la hipótesis será: la producción del hiperliderazgo consiste en la materialización de un conjunto de eventos tales como, un LSD con un proceder caudillista, populista, dominador de masas, con elementos carismáticos que el líder desarrolla en su vínculo con los seguidores; un partido institucionalmente débil que le permita prescindir de los controles institucionales; una cultura política que facilite enarbolar una narrativa populista, y un contexto de crisis que permita que el líder logre autonomía frente al partido y los seguidores.
2. Metodología
La metodología será cualitativa porque requiere la comprensión del hiperliderazgo. El análisis se ciñe a un número reducido de casos dentro de un solo país con la intención de estudiar un hecho determinado, para evaluar qué fenómenos se parecen “más” o “menos” en cuestión de grado o tipo (diferencias cuantitativas y cualitativas). Por ello, será un estudio empírico descriptivo y explicativo, en razón de producir una vinculación entre las explicaciones causales y sus descripciones pertinentes (King et al., 2000, pp. 14-15, 45).
Se seguirán los lineamientos de la teoría de rango o amplitud media, que estudia aspectos concretos de las que se derivan hipótesis que pueden ser comprobadas empíricamente y en circunstancias determinadas, oscilando entre aquello que es verdad, ya sea en todas las sociedades, o en una sola y en un momento específico (Cea D’Ancona, 1998), para comprender e interpretar la realidad sobre la que se desarrolla el mencionado fenómeno.
Se empleará la lógica comparativa de Ragin (1987, 1994, 2000), la cual permitirá comprender unidades complejas y, mediante el diseño de sistemas similares, compararemos casos semejantes (Della Porta, 2008), pero que difieren en la variable dependiente; así, se estudiarán las variables independientes que expliquen la presencia o ausencia de propiedades que repercuten directamente en la variable dependiente, lo que posibilitará el examen de cada caso comprendiéndolo como si fuese un todo interpretable (Ragin, 2000, p. 22).
Uno de los principales puntos de referencia de la investigación radica en generar una teoría sobre el hiperliderazgo mediante la construcción o falsación de la teoría, por ello se instrumentalizará el theory-building (Beach & Pedersen, 2013). Por otra parte, la estrategia analítica será el process tracing que Bennett & Checkel (2015, p. 7) han definido como “el análisis de la evidencia sobre los procesos, secuencias y coyunturas de eventos dentro de un caso con el propósito de desarrollar o testear hipótesis sobre los mecanismos causales que podrían explicar causalmente el caso”. Con este abordaje se podrá construir un criterio que relacione las variables y analice las similitudes y diferencias en los mecanismos entre los casos de estudio (Aguirre, 2017, p. 172).
En virtud de ello, los casos difieren a nivel temporal y en las circunstancias en las que se originaron, para poder disponer del concepto de causalidad coyuntural propuesto por Ragin (1987), el cual se refiere a la articulación de múltiples factores que explican una coyuntura. Como se analizará a los partidos políticos, es imprescindible emplear el institucionalismo histórico como enfoque de estudio (Pierson & Sckocpol, 2008), para utilizar la historia como disciplina vertebradora que faculte articular los casos en una secuencia de eventos donde parte de la explicación se fundamente en la dimensión temporal de los procesos sociales (Pierson, 2004, p. 2), así será “posible afrontar situaciones en las cuales se nos plantean contextos de causalidad múltiple o coyuntural” (Jolías, 2008, p. 9).
Se empleará el path dependence para conocer la vinculación e influencia que los casos puedan reflejar entre sí para demostrar “(la) relevancia causal de etapas anteriores en una secuencia temporal” (Pierson, 2000, p. 252). Por ello, se recurre a los criterios planteados por Smelser (1976, p. 174), esto es:
— las unidades de análisis se adecuan al objeto de estudio planteado porque los casos seleccionados manifiestan variaciones dentro de un mismo contexto, y, sin embargo, mantienen otras características constantes;
— son importantes para el fenómeno porque expresan variables que los pueden afectar;
— son empíricamente invariables porque comparten tanto la cultura del país como las generalidades impuestas por el sistema político;
— los datos disponibles se encuentran en literatura específica sobre ellos;
— las decisiones para seleccionar y clasificar las unidades de análisis se basan en procedimientos estandarizados y repetibles donde el estudio se encargará de demostrar, falsar y/o establecer el fenómeno.
En lo referente a los tres casos seleccionados, el primero es un movimiento político: Movimiento ALIANZA PAIS - Patria Altiva i Soberana, fundado el 19 de febrero de 2006; los otros son partidos políticos: Partido Social Cristiano, fundado en 1951 como Movimiento Social Cristiano, y el Partido Roldosista Ecuatoriano, fundado en 1982.
3. El liderazgo sobredimensionado en los partidos políticos
En las modernas democracias representativas, donde los partidos son entendidos como instituciones partidistas (Alcántara, 2004; Alcántara & Freidenberg, 2006) y se instituyen para la ciudadanía en “el arma de los débiles en su lucha contra los fuertes” (Michels, 1961, p. 67), ¿qué sucede cuando al interior del partido político, un individuo, paulatinamente, concentra poder en sus manos obviando los medios institucionales en su relación con los seguidores? ¿Estamos ante un nuevo tipo de liderazgo?
Novaro expresa que, en las democracias contemporáneas se da un proceso de constitución de fuertes liderazgos que establecen una relación directa con la ciudadanía, así como la centralidad que ocupan y el diseño de aquellos mecanismos institucionales capaces de controlar los desvíos propios de formas arbitrarias de autoridad (citado en Rodríguez, 2012, p. 45). Estos liderazgos fuertes, que concentran el poder en las manos de un protagonista, impiden la emergencia de nuevos líderes, debilitan al partido, y ocasionan que este último pierda autonomía y su función deliberadora (Linz, 2009a).
Este tipo de liderazgo emplea elementos como la democracia política interna para afianzarse en el poder, anulando su función de alerta temprana de prácticas de políticas impopulares (Maravall, 2003), o, para hacer rendir cuentas al líder en forma vertical, porque la horizontal se encontraría limitada (O’Donnell, 1998) debido al resultado de los juegos de poder verticales.
En correspondencia con la hipótesis planteada, aquí se estudiarán las dimensiones del LSD para determinar su existencia en las unidades de análisis, con el fin de, posteriormente, definir la configuración de un hiperliderazgo. La medición de las características del líder tendrá las dimensiones enlistadas en la tabla 1.
Tabla 1 Liderazgo sobredimensionado
| Dimensiones | Medición |
|---|---|
| Personalismo político | Nulo - Medio - Extremo |
| Carisma | Nulo - Medio - Extremo |
| Relación líder-seguidores | Verticalismo fuerte / No verticalismo débil |
Fuente: Elaboración propia.
La selección de estas dimensiones obedece a que la acumulación de poder se vincula con el personalismo y el carisma del protagonista y su relación con el electorado, siendo este último quien le confiere autoridad mediante los comicios. Los valores extremos evidencian cómo los controles institucionales del partido son omitidos por el actor político, lo que hace probable que estemos ante un LSD; sin embargo, cuando en una de tales dimensiones no existe una valoración extrema, será imposible que surja un hiperliderazgo.
El personalismo político dentro del partido se medirá según una sola persona acapare la capacidad de decisión en los juegos de poder horizontales entre los diferentes líderes, y en los juegos de poder verticales que se dan en las bases de la organización (Panebianco, 1990; Navarro, 2011). De esta forma, un líder que no tome en cuenta los líderes intermedios y que no sea cuestionado en sus palabras y/o decisiones, será proclive a convertirse en un líder de personalismo político extremo.
En cambio, un líder consistente con la posición del partido, que toma en consideración las voces de otros aunque su postura no cambie, tendrá un personalismo político medio. Mientras que un líder cuyo posicionamiento sea el del conjunto del partido y que sus decisiones reflejan la voluntad de una coalición o intereses externos, tendrá un personalismo político nulo.
Respecto al carisma, se le ha definido como el “don que tienen algunas personas de atraer o seducir por su presencia o por su palabra y que es percibido por otros como una cualidad extraordinaria y fuera de lo común” (Freidenberg, 2003, p. 183) y cuyo efecto es una “relación de complementariedad que representa la coincidencia de las cualidades extraordinarias del jefe con los fines supremos de la comunidad nacional” (Perla, 2011, p. 113), lo que se identifica con lo que Conway denominó dominador de masas: “[aquellos] que logran arrastrar a la muchedumbre y son capaces de concebir una gran idea y de formar una muchedumbre suficientemente grande para realizarla y de forzar, efectivamente, a la muchedumbre a realizarla” (Marín, en Álvarez, 1987, p. 79).
Este proceder se identifica con la dominación caudillista que va generando la emancipación de las masas y de los miembros del partido, ya que “El poder que el caudillo recibe de la masa se torna irrevocable cuando se emancipa de ella en el ejercicio del gobierno y la convierte en un ente subordinado sin ninguna autonomía” (Hurtado, 1997, p. 233), donde “el líder carismático no se siente atado a reglas o instituciones y personaliza al Estado” (Alcántara et al., 2016, p. 158).
Por ello, su medición será un líder que se autodenomina como “la voz de la Nación”, “excluidos”, “pueblo”, manifestando una simbiosis entre el interés de los ciudadanos y él, pero estableciendo su superioridad, consiste en un carisma extremo. Por su parte, un líder que, aunque empatice con el pueblo, no se concede a sí mismo características superlativas, es un líder con carisma medio. En tanto que un líder que no se autopercibe con características superlativas y/o represente a la “Nación”, es un líder con carisma nulo.
En cuanto a la relación líder-seguidores, esta tiene matices a considerar ya que la autonomía se da en términos de independencia frente a otros líderes (Panebianco, 1990), la organización (Linz, 2009a, 2009b), al Estado (Perla, 2011) e inclusive frente a los propios ciudadanos (Navarro, 2011). La acentuada demanda de deferencia se produce en dos formas paralelas: la autoridad se genera al interior de la organización donde los compañeros del líder le confieren superioridad y pasan a ser sus seguidores, a la vez que, frente al pueblo, este líder adquiere características mesiánicas (Viviani, 2017; Mudde & Rovira, 2017). A este tipo de relación vertical se la evaluará de forma binaria, es decir, observando si existe o no entre el líder y los seguidores.
Con el objetivo de evaluar las características individuales del líder, nos ceñimos a las palabras de Hermann en las que propuso diferenciar entre: a) el líder flautista de Hammelin: centrado en el líder, cualidades personales, seducción y carisma; b) el líder vendedor: que detecta los deseos, expectativas y necesidades de los seguidores; c) el líder marioneta, que enfatiza en los seguidores y actúa como un mero instrumento del grupo; d) el líder bombero, que surge en un contexto de crisis para solucionarla (citado en Freidenberg, 2007, p. 26).
El estilo de liderazgo que aquí se pretende estudiar se alinea con los prototipos del líder “a”, “b” y “d”, en razón de que las cualidades personales del líder suscitan la devoción por parte de los seguidores porque existe la promesa de que los deseos, expectativas y necesidades de estos últimos serán satisfechas (Schröter, 2010; Kitschelt & Wilkinson, 2012), y donde la crisis propicia el surgimiento de este liderazgo y la tarima sobre la que se desarrollan sus políticas.
El resultado de la composición entre el líder flautista de Hammelin y el vendedor señala un proceder de caudillaje caciquil en el que los elementos interactuantes son la adhesión personal al jefe y la promesa de recibir algo a cambio (Álvarez Junco, 1994), y un intercambio de bienes y servicios por apoyo político sostenido bajo la confianza mutua y la lealtad (Schröter, 2010), ya que los ciudadanos se identifican con la idea moral de la narrativa populista del líder a través del manejo de significantes vacíos (Laclau, 2005).
Sin embargo, este intercambio asimétrico, directo y contingente “requiere un montaje contractual específico y complejo a través de los partidos políticos” (Kitschelt & Wilkinson, 2012, p. 13), y es ahí donde un partido político con bajo grado de institucionalización propicia una fuerte presencia del líder. En sistemas democráticos en vías de consolidación, existen instituciones que la literatura no reconoce, cuyas prácticas son permanentes y ubicuas, extendidas a lo largo del tiempo y profundamente arraigadas, coexistiendo tensamente con y dentro de las instituciones formales de la poliarquía, esto es, las instituciones informales (O’Donnell, 1996, pp. 221-232). Por lo tanto, en la presente investigación se considera que las características enlistadas en la tabla 2 son necesarias en un LSD.
Tabla 2 Características del liderazgo sobredimensionado
| Dimensión | Características |
|---|---|
| Liderazgo |
|
Fuente: Elaboración propia a partir de Álvarez Junco (1994), Conway (citado en Álvarez 1987), Freidenberg (2008a, 2008b), Mudde & Rovira (2017), Panebianco (1990), Perla (2011) y Viviani (2017).
Matriz de criterios del liderazgo sobredimensionado:
a) Mantiene una relación directa, personalista y paternalista con los seguidores.
b) El manejo de significantes vacíos dentro de la relación líder-seguidores.
c) Se atribuye características mesiánicas.
d) Establece una relación caudillista caciquil mediante el clientelismo, generando identidad y cohesión entre el líder y los seguidores.
e) Esta relación prescinde de intermedios institucionales.
f) Afecta directamente al surgimiento de líderes alternativos o intermedios.
g) Surge en un contexto de crisis.
h) Promueve la identificación directa tanto del partido como de los seguidores.
i) Centraliza el poder mediante el dominio de las zonas de incertidumbre.
Por lo tanto, entendemos que el LSD tiene procederes populistas, caudillistas, mesiánicos y autoritarios, y que prescinde de los medios institucionales de la organización partidista. De la confluencia de los literales “E” y “H” de esta exposición teórica se desprende la necesidad de estudiar a los partidos como instituciones políticas.
4. Los partidos como instituciones políticas
Para ser consecuentes con la hipótesis de la investigación, resulta imprescindible estudiar las organizaciones políticas en virtud de que estas se configuran como la tarima sobre la que se desarrollan los liderazgos y, en la producción del fenómeno, forman parte sustancial para su materialización. Es por ello que entenderemos por partido político (en su potencial explicativo) a “[un] grupo de individuos que, compartiendo ciertos principios programáticos y asumiendo una estructura organizativa mínima, vincula a la sociedad y al régimen político de acuerdo con las reglas de éste para obtener posiciones de poder o influencia mediante elecciones” (Alcántara, 2004, p. 30).
Desde la literatura clásica especializada proveniente de Duverger (1957), Michels (1961), LaPalombara & Weiner (1969), Weber (1964) y Sartori (1976), cuando nos referimos a los partidos políticos, el análisis se centra en las estructuras internas de los mismos y cómo interactúan en los juegos de poder frente al Estado (relación interinstitucional) y la sociedad (relación vertical); y, desde la literatura moderna, los estudios adquieren nuevos matices, fruto de reflexiones contemporáneas que profundizan en el dominio de la organización y su grado de institucionalización: Panebianco (1990), García (1986), Ware (2004), Linz (2009a, 2009b), Montero & Gunther (2002) y Alcántara (2001, 2004).
La idea que subyace a estas teorizaciones consiste en que los partidos son elementos sustanciales para la democracia porque materializan la representación civil. Por ello, en la presente investigación, cuando nos referimos a los partidos políticos lo haremos desde las dimensiones institucional y la elitista y/o del liderazgo. En beneficio de poder asociar los partidos políticos con la institucionalización, debemos explorar definiciones concernientes al término “institucionalización” para apreciar con nitidez su fuerza aclaratoria.
Entre las definiciones generales de institución se encuentra la propuesta de O’Donnell (1996, p. 224), quien la concibe como “una pauta regularizada de interacción conocida, practicada y aceptada (si bien no necesariamente aprobada) por actores cuyas expectativas es seguir actuando de acuerdo con las reglas sancionadas y sostenidas por ella”. Duverger (1979, p. 109) entiende instituciones políticas como “[...] aquellas que se refieren al poder, a su organización, a su devolución, a su ejercicio, a su legitimidad, etc. A través de la historia, estas instituciones se han combinado según diferentes tipos denominados ‘regímenes políticos’. Los regímenes políticos se refieren a los marcos institucionales directos, dentro de los que se desenvuelve la vida política”.
Colomer (2001, p. 13) considera que las instituciones políticas “conforman las estrategias de los actores y éstas, en su interacción, producen resultados colectivos. Más aún, proveen de información, oportunidades, incentivos y restricciones tanto a los ciudadanos como a los líderes para la elección de ciertas estrategias y/o comportamientos”. Por su parte, Douglass North (1993, p. 13) estima que “Las instituciones son las reglas del juego en una sociedad o, más formalmente, son las limitaciones ideadas por el hombre que dan forma a la interacción humana [y estas] reducen la incertidumbre por el hecho de que proporcionan una estructura a la vida diaria”.
Por esta razón, la investigación sostiene que, en los partidos políticos institucionalizados, este tipo de controles no permitirán el surgimiento de un LSD que se podría convertir en un hiperliderazgo; y, así mismo, identifica cinco características que diferencian a un partido institucionalizado de una máquina ideológica (tabla 3).
Tabla 3 Características de una institución política
| Partidos políticos | |
|---|---|
| Característica | Preguntas |
| TVP | ¿Cuánto tiempo de vida tiene el partido? |
| Origen | ¿Cómo nació el partido? |
| Alcance | ¿Tiene difusión o penetración territorial? |
| Pluralidad de protagonistas | ¿Existen liderazgos fuerte intermedios? |
| DPI | ¿Es cuestionada la palabra del líder? |
TVP: tiempo de vida partidista. DPI: democracia de la política interna.
Fuente: Elaboración propia.
En relación con el tiempo de vida partidista (en adelante TVP), este permite evidenciar que los resultados colectivos sostenidos en el tiempo estabilizan la organización, confiriendo legitimidad e institucionalización al partido. Es por esto que, para Panebianco (1990), el TVP diferencia un partido institucionalizado de uno carismático, dado que la institucionalización ayuda a que el partido se proyecte en el tiempo, consecuentemente con el desarrollo de intereses en el mantenimiento de la organización (por parte de los dirigentes en los diversos niveles de la pirámide organizativa), y con el desarrollo y difusión de lealtades organizativas.
La institucionalización puede ser medida en dos dimensiones. 1) El grado de autonomía respecto al ambiente: una organización poco autónoma ejerce un escaso control sobre su entorno, en contraste con aquella de fuerte autonomía que domina su entorno, e incluso lo pliega a sus exigencias. 2) En lo que respecta al grado de sistematización/interdependencia, este se refiere a la coherencia interna donde, a mayor sistematización, menor autonomía de los subsistemas internos. Ambas dimensiones están ligadas entre sí: un bajo nivel de sistematización organizativa implica una débil autonomía en relación con el ambiente (Panebianco, 1990, p. 116-120).
Por otro lado, para Alcántara (2004), el TVP faculta al partido a adoptar mecanismos modernizadores para mantenerse a lo largo del tiempo, sustituir liderazgos y adaptar sus estrategias programáticas y organizativas con el fin de superar liderazgos personalistas (Alcántara, 2004, pp. 53-59; Alcántara, 2006, pp. 20-36), lo que dota de institucionalidad al partido donde la trascendencia del caudillo fundador no se encuentra entre sus finalidades y lo hace diferente a las máquinas partidistas que son instrumentos de actuación de caudillos.
En cuanto al origen, Alcántara (2004) advierte que una institución partidista posee una lógica que se articula con base en su programa, origen y organización; el segundo es el que se considera en la presente investigación, con la finalidad de saber si un partido surge como confrontación al régimen político vigente o nace en el seno del sistema. Es por esto que aquí se recurre a la división taxonómica de Alcántara (2004, 2006): revolucionaria, reactiva y neutra, lo que llevará a determinar la naturaleza de la organización.
Se entenderá por revolucionario al partido “cuyo carácter fundacional contestatario viene definido por un ímpetu de cambio que les lleva a defender un ideario de transformaciones radicales”; por reactivos a los partidos contestatarios “que surgen con una clara intención de defensa del orden anterior que ven en peligro”; y como neutros los partidos que “pretenden un mínimo de modificación de la realidad a través, básicamente, de estrategias reformistas e incrementalistas” (Alcántara, 2004, p. 101).
Respecto al alcance territorial, se empleará el planteamiento de Panebianco (1990), es decir, si el partido cuenta con células en todo el territorio nacional de forma autónoma o, por el contrario, si descansa sobre coaliciones de organizaciones sociales de diversa índole que prestan su contingente humano para la conformación de la estructura organizativa donde comparten intereses y la influencia racionalizadora del líder orienta la voluntad de las diferentes organizaciones (Rodríguez, 2012, p. 53) bajo una relación clientelar.
En lo que respecta a la pluralidad de protagonistas, se pretende analizar si en la organización existen liderazgos intermedios que funcionen como cauces comunicativos entre el pueblo y el/los representante/s del partido en una relación vertical, sosteniendo, y a la vez evitando, que este/os último/s prescindan de los líderes intermedios en su relación con el pueblo, implantando así una subordinación de la organización a la figura del líder (Mainwaring & Scully, citado en Navarro, 2011, p. 141).
En cuanto a la democracia política interna, esta funciona como una alerta temprana que facilita obtener información sobre las reacciones del líder frente a los cuestionamientos de los miembros de la organización. Se trata de una característica que terminará demostrando si existe o no la centralización del poder (Maravall, 2003).
Finalmente, cabe decir que, en lo referente a las características definitorias del líder, la medición irá acorde a las dimensiones proporcionadas anteriormente; serán evaluadas numéricamente, esto es, si se presentan las siete, el valor asignado corresponderá a 7 puntos, y por lo tanto se lo identificará como un LSD. En contraste con el estudio de las características del partido en la causalidad interactiva (entre las del partido y las del líder), donde se pretenderá corroborar que ellas propician o limitan un LSD. Y en la causalidad coyuntural, se determinará en qué momento específico el LSD se convierte en un hiperliderazgo, y si estos casos de estudio ubicados en diferente tiempo están conectados o no causalmente y en qué grado.
5. Casos de estudio
Los casos de estudio que se abordan en este artículo se ubican en Ecuador. Los partidos políticos en este país han sido históricamente débiles y generadores de conflictos que son incapaces de resolver, son además personalistas y alejados de la gente, mientras que su debilidad recae en el peso de la tradición populista y las múltiples interrupciones sufridas en su vida democrática. Su institucionalización incompleta se debe a su fuerte patronazgo y el clientelismo (Alcántara, 2013, p. 441).
La cultura política en Ecuador históricamente ha favorecido la consolidación de fuertes liderazgos, ya que, para estos, la democracia se fragua en los espacios públicos donde los sectores populares participan mediante redes organizadas para respaldarlos, por ello se ha señalado que “el populismo en Ecuador no es algo anómalo, extraño ni pasajero sino que forma parte de la cultura política de ciertos sectores del electorado, ya que la gente emplea esos movimientos como un canal de participación en el sistema político” (Freidenberg, 2007, 2014, 2008a, p. 189).
Aquí se analizan los liderazgos en las dimensiones de carisma, personalismo político y la relación líder/seguidores, para determinar si existe un LSD al interior de los partidos objeto de estudio, y, en qué casos se configura o no un hiperliderazgo, en virtud de que, si bien el LSD tiene un proceder caudillista, populista, dominador de masas, con elementos carismáticos que el líder desarrolla en su vínculo con los seguidores, acumulando poder simbólico que permite la identificación, tanto de la ciudadanía como del partido con su persona, el hiperliderazgo lo absorbe y necesita de otros elementos como la cultura política, el partido y un contexto en el que pueda surgir y establecerse.
5.1. El Partido Social Cristiano
El Partido Social Cristiano (PSC) se fundó en 1951 con el nombre de Movimiento Social Cristiano (MSC) en la ciudad de Quito, “en un país donde la corriente liberal había controlado de manera hegemónica el poder durante 61 años” (Freidenberg & Alcántara, 2001, p. 29). Pasó a llamarse Partido Social Cristiano en 1967 a partir de una escisión con el MSC; sus lineamientos políticos pretendían romper con el clivaje clericalismo-anticlericalismo, con la pretensión de reformar la realidad mediante estrategias reformistas e incrementalistas (Alcántara, 2004).
El origen del PSC es neutro (Alcántara, 2004, p. 103) porque, fundacionalmente, no presentaba un carácter contestatario que buscara materializar modificaciones trascendentales o defender el orden ya establecido. Su alcance territorial se dio por penetración en dos momentos: el primero corresponde al de su fundación, e inicia en la capital para expandirse a las demás ciudades, esto es, del centro a las periferias; el segundo se vincula con el régimen político institucional de entonces, el de 1978, que planteaba ciertas exigencias para que los partidos se constituyeran en fuerzas nacionales, y se realizaba desde Guayaquil (Freidenberg & Alcántara, 2001).
La pluralidad de protagonistas del PSC se caracteriza por una estructura piramidal jerárquica de fuerte liderazgo intermedio, una coalición dominante a la que se conoce como los “notables provinciales”, que son caciques locales, provinciales, empresarios y diversas figuras políticas que, aparte de darle consolidación el partido, determinan quiénes serán los postulantes a la presidencia del país, que no son los que ejercen el poder interno.
El PSC tiene un TVP de 73 años y conserva su vigencia política, de modo que en los comicios presidenciales de 2023 postuló a Jean Topić como candidato. En concordancia con esta investigación, se analizará el liderazgo de León Febres Cordero por su figura y como actor político dado que ocupó el cargo presidencial en 1984-1988.
La presidencia de Febres Cordero se dio por la alianza pluripartidista llamada Frente de Reconstrucción Nacional, en donde confluían fuerzas políticas como el Frente Velasquista, la Acción Revolucionaria Ecuatoriana y la Coalición Institucionalista Revolucionaria. Era un líder independiente y no se le consideraba un político de trascendencia, por ello tuvo que afiliarse a una organización partidista.
Una vez en el poder, Febres Cordero ejerció un liderazgo populista y autoritario excluyente de las decisiones (Mecías, 2014; Herrera, 2005), con el que marginó a miembros de su administración, en concordancia con su posición sobre la participación de independientes en la política. Sus decisiones fueron poco cuestionadas, mantenía un dominio sobre las masas derivado de su poder de convocatoria, lo que le facilitó establecer una relación caciquil y clientelista, con la que ejercía el control político por encima de las instituciones democráticas llegando incluso a anular al Legislativo mediante decretos de Necesidad y Urgencia (Alcántara & Freidenberg, 2001).
A pesar de lo anterior, el personalismo político de Febres no era extremo, sino medio, porque el manejo de las zonas de incertidumbre estaba a cargo de los notables provinciales, y aunque en la estructura informal del partido él era el principal referente de autoridad, la supervivencia de la organización a su poder se aseguraba con la participación de los líderes intermedios, mismos que discreparon del estilo autoritario y beligerante del entonces presidente (Conaghan, 2003, p. 233).
En cuanto al liderazgo carismático, la idea central de Febres Cordero consistía en reconstruir un país denostado en el gobierno de Hurtado. Su oferta populista “Pan, techo y empleo” se consolidaba en su “...juro que jamás os traicionaré...” (Freidenberg & Alcántara, 2001, p. 42). Con su postura antipartidista lograba su identificación con la ciudadanía. Proponía arrebatar el poder a los políticos para dárselo a los dirigentes de las empresas: “Ecuador es mi partido, porque ese es el partido de todos los que sienten el dolor de un pueblo que no soporta sectarismos ni divisiones alentadas por el odio y que aboga por la reconstrucción moral y de la justicia para hoy y el futuro” (Freidenberg & Alcántara, 2001, p. 38).
Febres Cordero se presentaba como un hombre trabajador de manos encallecidas, generador de riqueza y empleo, que compartía la impotencia de quienes sufren hambre y desempleo por equivocaciones de los políticos que lo habían antecedido (Montúfar, 2000, p. 7). Encarnó en su momento la agonía de la nación, a los pobres y trabajadores, pero también a aquellos con presencia y liderazgo, lo que confirió estabilidad y fuerza al partido y a su persona ante los ciudadanos: “Básicamente soy del PSC por admiración a León Febres Cordero, por su liderazgo. Es un hombre que impresiona, que abruma. Me gusta la gente fuerte, la gente de carácter, yo siento que los socialcristianos lo son” (Freidenberg & Alcántara, 2001, p. 70). Su discurso se adscribía a la fuerza y el mesianismo, razón por la cual su carisma pronto se convirtió en referente de arbitrariedad y terror (Herrera, 2005).
En el debate televisado que sostuvo con Rodrigo Borja mientras contendía, fumaba cigarrillos, representando así la hombría ecuatoriana y el coraje guayaquileño (Montúfar, 2000). Asumiendo el cálculo populista en función de su electorado (Mecías, 2014, p. 18), expresaba continuamente “el Ecuador es mi partido”, fundando una escuela propia de retórica antipolítica, instalándose como un símbolo de la ira pública (Conaghan, 2003, p. 250), fundiendo en un solo protagonista el (carácter del) populismo con la (la procedencia de la) oligarquía (Freidenberg & Alcántara, 2001, p. 36), criticando a los políticos “vagos”.
En conclusión, el liderazgo carismático de Febres Cordero es medio, debido a que, si bien es cierto que los ciudadanos se identificaban con el líder, su política autoritaria producía temor. En lo que respecta a la relación entre el líder y los seguidores, al ser el PSC una organización piramidal, jerárquica y con relaciones de poder en el interior de la organización, los seguidores establecen un lazo con el líder en tanto y en cuanto duren los comicios electorales, en una relación que puede calificarse de verticalismo débil.
5.2. El Partido Roldosista Ecuatoriano
El Partido Roldosista Ecuatoriano (PRE) fue creado el 5 de febrero de 1982 en una reunión realizada en la casa de Modesto Torres Alvarado, en Guayaquil, por iniciativa de un grupo de 47 amigos liderados por Abdalá Bucaram Ortiz (Freidenberg, 2003, p. 94). El PRE fue reconocido por el Tribunal Supremo Electoral el 18 de enero de 1983. El fallecimiento, tanto de Roldós el 24 de mayo de 1981 en un accidente aéreo, como el de Assad Bucaram el 5 de noviembre del mismo año, permitió la existencia de un espacio programático, significativo y vacío de liderazgo en Concentración de Fuerzas Populares (CFP), oportunidad que utilizó el PRE para su nacimiento. No obstante, en 2014, luego de malos resultados en las elecciones generales de 2013 y en las seccionales de 2014, el Consejo Nacional Electoral le retiró su personería jurídica y lo disolvió. El TVP del PRE fue de 32 años.
El origen de dicho partido es neutro, tanto por las características personalistas y programáticas del líder y del partido, como por las circunstancias políticas que rodearon su origen, inscritas en la tensión política entre sus dos máximos representantes: Jaime Roldós, presidente de Ecuador, y Assad Bucaram Elmahalín, tío consanguíneo de la esposa de Jaime y líder de Concentración de Fuerzas Populares, y presidente de la Cámara Nacional de Representantes. Ambos personajes pertenecieron al partido CFP.
Respecto al alcance del PRE, fue por penetración territorial, ya que contó con una importante red de apoyo proveniente de caciques y dirigentes locales de las provincias que colaboraban con Abdalá Bucaram a causa de su política populista y de centro (Alcántara, 2006, p. 68) e izquierda (Conaghan, 2003, p. 224), que profesaba e identificaba al partido.
Referente a la pluralidad de protagonistas, en el pacto originario del PRE, la mayoría de actores eran amigos personales de la familia Bucaram, lo que permitió legitimar la figura de este como “Director Supremo” de la organización, lo que dejó en sus manos las políticas partidistas, la elección de los dirigentes y la elaboración de la estrategia electoral. Esto evidencia una estructura piramidal jerárquica, mostrada en que, después del exilio de Bucaram por su destitución presidencial, se dieron fuertes disputas por el poder entre los legisladores roldosistas y el aparato del partido, con la posterior salida de los disidentes (Freidenberg, 2008a).
El personalismo político en este partido era extremo, debido a que todos sus miembros fundadores lo hicieron en torno al liderazgo de Abdalá, el mito de Jaime Roldós y la movilización de masas de Assad Bucaram Elmahalín. No se cuestionaba el proceder de Abdalá, de forma que este dominaba las zonas de incertidumbre y anuló la emergencia de líderes alternativos (Freidenberg, 2003, p. 349). La política del partido se caracterizó “por un fuerte personalismo y por la identificación de los seguidores con el poder carismático del líder, expresando una nueva religión secular y proveyendo, al mismo tiempo, un instrumento de control social sobre las masas” (Freidenberg, 2007, p. 153).
El carisma de Bucaram fue tan pronunciado que los propios activistas, y las masas populares en general, se describían “más como abdalacistas que como roldosistas... [porque] Bucaram se ha presentado como un hombre del pueblo” (Freidenberg, 2008a, p. 201). Esta lealtad hacia el líder fue producto de que los seguidores creían en las características mesiánicas de Bucaram, porque para el pueblo él era «“Dios”, “un amigo que sabe escuchar los problemas de uno”, “un líder a quien seguir”, “un hermano a quien respetar”, “el miembro más inteligente de la agrupación”, “el presidente de los pobres y los humildes”, “el loco que ama”, “el abogado”, “alguien que comprende el sufrimiento del pueblo”, o, simplemente, “el líder”» (Freidenberg, 2007, p. 156). El carisma de Abdalá Bucaram Ortiz era extremo.
Por último, la relación entre líder y seguidores era de un fuerte verticalismo, ya que prescindía del partido, sus controles y miembros; empleando un vocabulario “chabacano y popular”, Abdalá establecía la división programática del pueblo frente a la oligarquía, encarnando al hombre de pueblo frente a los “vende patria”: “yo creo ser el pueblo, yo creo ser el indio, el cholo, el negro. Yo los conozco; yo me compenetro con ellos” (Freidenberg, 2007, pp. 154 -155).
5.3. ALIANZA PAIS
Según la taxonomía de Alcántara, el origen del Movimiento ALIANZA PAIS - Patria Altiva i Soberana (PAIS) fue revolucionario, debido a que, del retorno a la democracia en 1978 a 2006, pasaron por Carondelet 12 presidentes; y de 1996 a 2006, tres más que fueron derrocados (Freidenberg, 2007). Estas interrupciones presidenciales (Marsteintredet, 2008) evidenciaban una severa crisis política, con fracturas en los planos regional, moral y económico, lo que le permitió a Rafael Correa enarbolar su discurso “en contra del neoliberalismo... [atacando a la] clase política tradicional a la cual identificaba como corrupta e ineficaz y a la que responsabilizaba de todos los males de la democracia ecuatoriana” (Alcántara, 2013, p. 425).
ALIANZA PAIS tuvo una difusión territorial a pesar de que no disponía de una estructura consolidada (Herrera, 2017, p. 101). Al grito de “Que se vayan todos”, se tejieron las alianzas necesarias para solventar el requisito de tener directivas en 12 provincias del país, permitiendo así que Rafael Correa participara en las elecciones presidenciales de 2006. De esta forma, Correa configuró una red de apoyo que albergaba movimientos, grupos sociales, organizaciones, intelectuales de izquierda y dirigentes de movimientos de derechos humanos (Freidenberg, 2007, 2008b).
Sobre la pluralidad de protagonistas, hay que decir que era débil. El motivo fue que, al interior de la organización, Correa obtuvo un capital político producto de su capacidad intelectual, lo que le permitió controlar las relaciones con el entorno y fijar las reglas formales e informales. Hizo gala del control de la organización cuando esta empezó a desmantelarse de sus fundadores por su actuar autoritario (Zueger, 2015), una muestra de que el control le correspondía por el triunfo alcanzado (Hernández & Buendía, 2011).
Correa no podía ser cuestionado y la responsabilidad de las fallas las atribuía a otros para reforzar su imagen de superioridad frente a la de los simples mortales (De la Torre, 2013, p. 32). Esa actitud apabullante se extendió a los medios de comunicación y periodistas (CIDH, 2007, párrafo 197), ya que, todo aquel que resultaba opuesto al gobierno era tildado de mediocre, llegando, inclusive, hasta los civiles, lo que terminó por definir el modelo autoritario competitivo de Correa (Basabe & Martínez, 2014, p. 145).
El TVP de la organización es de 18 años, dado que, a pesar de que su gobierno concluyó en 2017, y dejó como sucesor del poder presidencial y del partido a Lenin Moreno, Correa optó por desafiliarse a causa de las disputas internas. No obstante, la organización siguió existiendo hasta 2024, fecha en la que perdió su registro electoral.
Correa empleó la democracia plebiscitaria (Freidenberg, 2008a) para fortalecer su liderazgo mediante el manejo de las masas, y por fuera de las instituciones democráticas usando una retórica carismática y vendiendo su imagen en todo el país para acrecentar su control. Todo esto le permitió manejar a placer las zonas de incertidumbre de la organización. En consecuencia, se colige que el personalismo político de Correa fue extremo.
Respecto al dominio carismático, Correa identificaba su persona con el ciudadano común arguyendo que ambos se oponían a la “partidocracia” y a los “pelucones” (Freidenberg, 2012, p. 145). Así lo decía su lema de campaña: «“A la mafia de la seis, dale Correa”; “ya los tenemos derrotados, están asustados”; “capos y jefes de la partidocracia”» (Freidenberg, 2008a, p. 226). Se consideraba el redentor del pueblo, prócer de la segunda independencia, la independencia económica, y en esa batalla frente a los poderes financieros, para acabar con la larga noche neoliberal, se autodenominó como el llamado a encabezar la lucha, a motivar al pueblo (De la Torre, 2013). Se concluye entonces que la dominación carismática de Correa fue extrema.
Y en cuanto a la relación líder-seguidores, cabe decir que en el caso de Correa fue de fuerte verticalismo, dado que él prescindió del partido, e incluso del Estado, recurriendo a la democracia plebiscitaria. En sus “Enlace ciudadano”, hacía gala de su manejo tecnocrático y carismático de la economía y las masas, evidenciando que el presidente estaba cerca de sus mandantes, cantando canciones de protesta y burlándose de sus opositores sin necesitar intermediación organizativa o institucional (Freidenberg, 2012).
6. Análisis comparado
Hay que afirmar que, de los tres casos estudiados, en dos estamos ante un hiperliderazgo. Lo que produce la presencia de la variable dependiente es la manifestación de una constelación de características que actuaron interactivamente para la materialización del fenómeno, de modo que se sostiene que, la ausencia de un elemento de esa constelación evitaría la configuración de un hiperliderazgo, lo que afirma la hipótesis central de esta investigación.
A nivel metodológico, los casos se encuentran dentro del retorno a la democracia: 1979, lo que faculta suscribir el análisis comparado en los patrones de vida institucional y política desde esta fecha, posibilitando un análisis histórico para identificar si existe una influencia causal del entorno político y, a su vez, de los casos entre ellos. A continuación, se realiza una comparación de los tres liderazgos para determinar en qué punto y grado se asemejan y en cuáles se diferencian, esto llevará a saber cómo se produce la variable dependiente. Se inicia comparando las características del líder (tabla 4).
Tabla 4 Análisis de las características del liderazgo
| Líderes | |||
|---|---|---|---|
| Características definitorias | León Febres Cordero | Abdalá Bucaram Ortiz | Rafael Correa Delgado |
| Dominio de masas | Sí | Sí | Sí |
| Dominio caudillista | Sí | Sí | Sí |
| Dominio populista | Sí | Sí | Sí |
| Dominio de zonas de incertidumbre | No | Sí | Sí |
| Líder vendedor | Sí | Sí | Sí |
| Líder bombero | Sí | Sí | Sí |
| Flautista de Hammelin | Sí | Sí | Sí |
| Valor total | 6 | 7 | 7 |
Fuente: Elaboración propia.
El resultado permite conocer que Bucaram y Correa poseen las siete características, obteniendo en consecuencia un LSD en sus respectivas organizaciones, mientras que, en el caso de Febres Cordero, las zonas de incertidumbre las dominaban otros individuos, de modo que su liderazgo no supera un peldaño convirtiéndose en una dificultad para tener la organización a su disposición. Por lo tanto, el liderazgo de los tres difiere.
Veamos el aspecto de las dimensiones (tabla 5).
Tabla 5 Análisis dimensional
| Líderes | |||
|---|---|---|---|
| Dimensiones | León Febres Cordero | Abdalá Bucaram Ortiz | Rafael Correa Delgado |
| Personalismo político | Medio | Extremo | Extremo |
| Dominación carismática | Medio | Extremo | Extremo |
| Relación líder-seguidores | Verticalismo débil | Verticalismo fuerte | Verticalismo fuerte |
Fuente: Elaboración propia.
Con base en lo anterior, analizaremos cuáles son las propiedades que poseen los líderes, recurriendo a las literales que guiaron el presente estudio.
Tabla 6 Análisis comparado de las propiedades del liderazgo
| Líderes | |||
|---|---|---|---|
| Propiedades | Febres Cordero | Bucaram | Correa |
| A | No | Sí | Sí |
| B | Sí | Sí | Sí |
| C | Sí | Sí | Sí |
| D | Sí | Sí | Sí |
| E | No | Sí | Sí |
| F | No | Sí | Sí |
| G | Sí | Sí | Sí |
| H | Sí | Sí | Sí |
| I | No | Sí | Sí |
Fuente: Elaboración propia.
Se observa que los liderazgos de Bucaram y Correa tienen, tanto en las dimensiones como en las propiedades, resultados similares, aunque difieren en algunos campos con el liderazgo de Febres Cordero, debido a que, en la cultura política del Ecuador, el populismo tiene una trayectoria de décadas, la dominación carismática es un elemento común en la presencia de liderazgos fuertes y personalistas y la relación con los seguidores es proclive a establecerse de forma directa.
Sin embargo, los liderazgos son desemejantes en cuanto a la organización partidista que representan, ya que el PRE y ALIANZA PAIS son el producto de una forma de entender la política en Ecuador, donde es más proclive que, cuando un político no ha conseguido sus aspiraciones de conducir la organización, se incline por el cambio o la creación de otro partido antes que por la sumisión a otro liderazgo (Freidenberg, 2003). La tabla 7 profundiza en la diferencia entre las organizaciones políticas.
Tabla 7 Análisis comparado de las organizaciones políticas
| Partidos | |||
|---|---|---|---|
| Indicadores | PSC | PRE | AP |
| TVP | 73 años | 31 años | 18 años |
| Origen | Neutra | Neutra | Revolucionario |
| Alcance | Penetración | Penetración | Difusión |
| Pluralidad de protagonistas | Fuerte | Débil | Débil |
| Democracia política interna | Media | Débil | Débil |
Fuente: Elaboración propia.
La evidencia muestra que los elementos de mayor envergadura son la pluralidad de protagonistas y la DPI, los cuales consolidan la organización. Ambos puntos impiden que se instale un LSD al interior de la organización y su consecuente hiperliderazgo.
7. Conclusión
Obtenemos así varias aristas. Primeramente, la hipótesis se pudo corroborar en virtud de los resultados de comparar las organizaciones políticas. Los liderazgos difieren entre sí en múltiples aristas, sin embargo, en cuanto a Correa y Bucaram, donde se manifiesta la variable dependiente, tanto las características del partido como las dimensiones y características del liderazgo son similares; además, el bajo grado de institucionalización de la organización política facilitó el tránsito de un LSD hacia un hiperliderazgo, sumado a la cultura política y el contexto de crisis de aquel entonces.
El institucionalismo histórico nos facultó vertebrar los casos y establecer una vinculación entre ellos: los liderazgos están ubicados en un contexto temporal de retorno a la democracia, de marcos institucionales denostados y de un sistema de partidos débil; sin embargo, las coyunturas críticas que surgieron en los tres casos no son similares, por lo que su grado de influencia en la producción del fenómeno difiere, y esta es una de las causas que obstaculizan que la variable dependiente se manifieste en todos ellos.
El process tracing confirmó la hipótesis al analizar que el PRE y ALIANZA PAIS surgieron como organización en una severa crisis económica, social y política. Así, estos líderes configuraron un partido que respondiera a los ciudadanos, quienes, en consonancia con su cultura política, participaron de la narrativa populista para sentirse vinculados de forma emocional y autodefinirse como correístas y abdalacistas (Freidenberg, 2008a; De la Torre, 2013) en lugar de identificarse con el partido. En cambio, el PSC se fundó en 1951 y fue bajo un ambiente político más estable que el PRE y ALIANZA PAIS.
En cuanto al partido, las aristas de mayor envergadura fueron la DPI y la pluralidad de protagonistas, ya que estas consolidaron al PSC y permitieron trascender el liderazgo de Febres Cordero. Y es precisamente con este líder que inicia la vinculación de estos tres protagonistas, ya que el path dependence permitió realizar la vinculación histórica de los casos y la influencia que cada uno ejerce en esta conexión.
Febres Cordero desarrolló una política económica conocida como estatización del neoliberalismo, basado en un discurso populista que prometía “pan, techo y empleo” y que terminó dejando una crisis económica, política y social, sumada a los crímenes de lesa humanidad (Solís, 2018; Caicedo, 2014). Este ambiente de crisis en diferentes planos sirvió de base para que Abdalá Bucaram buscara el poder ejecutivo.
El “pan, techo y empleo” pronto se volvió “jama, caleta y camello”, con una postura antipartidista. El “líder supremo” que prometía acabar con la clase política que había ocasionado la crisis precedente, terminó profundizando la crisis política de su época culminando en su destitución del sillón presidencial. Esta crisis inició el periodo de mayor inestabilidad política en Ecuador hasta 2006, cuando Correa llegó a la presidencia.
De esta forma, el outsider Rafael Correa se presentaba como la figura política que acabaría con la larga noche neoliberal dejada por Febres Cordero y la inestabilidad política en Ecuador después de las interrupciones presidenciales acaecidas desde 1996 en el gobierno de Abdalá Bucaram, lo que terminó sucediendo: estabilidad económica y política (una década de gobierno 2007-2017). He aquí la vinculación causal e histórica de los tres casos.
A través del institucionalismo histórico se pudo vertebrarlos, y la teorización del path-dependence nos arrojó dos evidencias: por un lado, la influencia que ejerció la cultura política del Ecuador en los liderazgos, y por otro, la influencia de cada caso sobre el posterior, y su entrelazamiento. Igualmente, se identificó un patrón de causalidad coyuntural que propició la materialización de un hiperliderazgo a partir de un LSD, donde, la coyuntura crítica, un partido débil institucionalmente y una cultura política son los componentes constitutivos que materializaron el fenómeno.
Se concluye entonces que el hiperliderazgo es un fenómeno que requiere de una constelación de características para manifestarse, si una de ellas no está presente, es difícil que aparezca. Es cierto que el líder mesiánico necesita de una crisis para presentarse como salvador, pero también es imprescindible tener una organización política débil y un contexto de crisis para poder configurarse como hiperlíder.
















