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Therya

On-line version ISSN 2007-3364

Therya vol.2 n.3 La Paz Dec. 2011

http://dx.doi.org/10.12933/therya-11-51 

Semblanza del Dr. Bernardo Villa Ramírez

 

Beatriz Villa Cornejo1

 

1 Unidad Tecnológica Fitosanitaria Integral de la Junta Local de Sanidad Vegetal del Valle del Fuerte, SAGARPA. orisomis@gmail.com

 

Bernardo Villa Ramírez nació en plena revolución mexicana, el 4 de mayo de 1911 en Teloloapan, Guerrero, pueblo minero productor de oro y plata. Sus padres, Don Andrés Villa Brito y Doña Delfina Ramírez Benites, campesinos, no fueron revolucionarios. Procrearon dos hijos; Bernardo y Anselma quienes acudieron a la escuela primaria del pueblo. En esta época Bernardo vendía cerillos y bolitas de hilos en el mercado para ayudar a la familia. Después de terminar la primaria se convirtió en maestro rural en la Yerbabuena, pueblecito risueño en la montaña, entonces contaba con 15 años.

En esa época le llama por primera vez la atención unas criaturas nocturnas que se cruzaban en su andar nocturno por los caminos desiertos. Tiempo después, lo cambian a otro pueblo llamado Coatepec de los Costales en donde aprende el dialecto nahuatlaco, se entera de que a los murciélagos les llamaban Quimish papalo: de quimish, ratón y papalo mariposa.

Regresa a su tierra natal, de la cual sale con quince pesos en la bolsa hacia la ciudad de México. Ahí cursa la secundaria, en el corazón del barrio estudiantil. Después estudia el primer año de medicina, pero su vocación lo lleva a encontrarse con el Maestro Carlo Cuesta Terrón quien lo invita al Instituto de Biología de la UNAM, en la Casa del Lago en Chapultepec. Ahí, se hace cargo de la colección de reptiles a petición de Isaac Ochotorena, quien era en ese entonces el Director del Instituto de Biología.

Más adelante, es alumno del maestro Liborio Martínez e inicia sus primeros pininos en anatomía comparada, disciplina que le apasionará más tarde, cuando imparte clases en la Facultad de Ciencias de la UNAM.

Conoce al E. Raymond Hall, quien lo invita a estudiar la Maestría en Paleontología y Zoología, apoyado con una beca de la Fundación Guggenhein. Recién llegado de Estados Unidos, se incorpora al Departamento de Caza de la Secretaría de Agricultura y Ganadería y en el bosque de San Cayetano, Estado de México, y establece el primer criadero cinegético de venados y faisanes.

Fue el fundador de la Colección de Mamíferos de México, la más completa de América Latina con sede en el Instituto de Biología de la UNAM. En ella se encuentra representado el 99% de la fauna quiropterófila. De esta colección, en donde no sólo hay murciélagos, surgieron los libros Mamíferos del Valle de México. Los murciélagos de México y los Mamíferos de México; éste fue el último libro que le ocupó varios años, con la ilusión que sirviera para sensibilizar y apoyar en las tareas de conservación.

Una gran preocupación para Bernardo fue el tema de la conservación de especies en peligro de extinción, de ahí que pasara varios años en la Isla Rasa del Golfo de California, en donde inició el programa de recuperación de aves marinas migratorias. Más tarde trabajó con los cetáceos encaminando sus esfuerzos hacia la conservación de la vaquita marina Phocoena sinus o marsopa en el Golfo de California. En este mismo escenario se ocupó de la preservación de la ballena Balenoptera physalis.

Fue nombrado en el año de 1984 Investigador Emérito del Instituto de Biología y el Consejo Directivo del Sistema Nacional de Investigación le otorgó en el año de 1993 el título de Investigador Nacional Emérito.

Su trayectoria académica fue múltiple, con 115 trabajos científicos publicados en revistas Nacionales e Internacionales; con 147 trabajos de divulgación; cinco taxa dedicados a él; perteneció a 26 sociedades científicas, fue miembro del la American Society of Mammalogists desde 1946. Recibió varios reconocimientos nacionales e internacionales. Dirigió 45 tesis de licenciatura, 10 de Maestría y 18 de Doctorado. Contó con 20 discípulos que a la fecha son eminentes Mastozoólogos.

 

Anécdotas de Bernardo Villa

Mi padre era un excelente narrador, que mantenía la atención y que al escucharlo parecía que todo tomaba vida.

Tras la pista de los ratones viejos.

Cuando trabaje en la Yerbabuena, conocí el puente de Dios, y que la gente lo reverenciaba, porque creían que era obra de la mano de Dios. En una ocasión que estaba en este puente, vi una cueva con una gran cantidad de esqueletos de burros, caballos y vacas. La gente comentaba, que los ratones viejos que vivían en la cueva y salían en la noche, quien sabe que les hacían que morían. Yo me preguntaba qué serían, porque ratones no podían ser. Mi actividad de maestro rural en aquel lugar no me permitía buscar y menos investigar de que se trataba.

Años después cuando vine a México, lo primero que hice fue tratar de conseguir información sobre los ratones viejos que mataban a las vacas; esto lo pude resolver, porque me encontré con un libro que se refería a la rabia peresiant. El problema era muy serio, seguí yendo en compañía de mi padre en burro y en caballo a visitar las cuevas.

Mi compañero original siempre fue mi papá, él me esperaba a la entrada de las cuevas. Entré pensando que era fácil capturar a un ratón viejo saltando hacia el techo de la cueva en donde estaban colgados y decidí traérmelos para estudiarlos en la casa del Lago en Chapultepec.

En el brazo y en la mano docenas de vampiros me mordieron, afortunadamente la ignorancia a veces salva, porque sí yo hubiera sabido que eran transmisores de la rabia me hubiera asustado y no hubiera continuado.

No llevaba ninguna herramienta, apenas contaba con hachones de ocote para ver en donde estaban esos animales; cada individuo que atrapaba me mordía, mi mano izquierda y mis dedos estaban llenos de mordidas. La investigación era limitada, tenía a los animales en alcohol al 90%. Empecé a buscar y afortunadamente me encontré con un pequeño libro de Ángel Cabrera, un español radicado en Argentina. El hacía mención de los quirópteros. Yo me preguntaba constantemente que serian los quirópteros y como en el Instituto de Biología había libros que se refería a la clasificación de los animales me puse a buscar. Supe, por tanto, que las palabras quiróptero deriva de queiros – mano –, ptquerón – ala. Con esto en la mente fui nuevamente a mi tierra y preguntando a los campesinos, a los amigos que todavía me conocían les preguntaba por los quirópteros; ellos dibujaban una sonrisa y decían que esos animales no los conocían.

Lo que si hay son ratones viejos, y me llevaban a las cuevas en donde se encontraban, aspecto que me dejo la impresión de que México es una esponja, llena de cuevas por donde quiera. Ángel Cabrera explica algo sobre esto en su libro y su relación con los ratones viejos.

La palabra murciélago proviene del latín en sus fases finales porque mus quiere decir ratón, secus ciego y alatus, alado. De manera que transcribiendo estas tres partes de las palabras resulta murciélago. Esto ya fue un gran avance, darme cuenta que los animales que vivían en la cueva del Puente de Dios eran murciélagos y no ratones.

 

La cola del jaguar.

La clase transcurría normal. Éramos, si no recuerdo mal, seis alumnos de la incipiente Escuela de Biología de la UNAM. El profesor nos explicaba los fenómenos relativos al cretácico, cuyos afloramientos demuestran, claramente, la existencia de un vasto mar interior que se extendía desde el Golfo de México hasta el Océano Ártico, en Norte América, durante el cretácico medio.

De súbito, el silencio se rompió. Un cohete explotó no muy lejos del edificio de la escuela y una tremenda reacción dolorosa y patética nos dejó atónitos, paralizados, mudos. El maestro cayó al suelo, retorciéndose; la cara enrojecida, los ojos salientes y la boca llena de baba. Tardaron varios minutos para que saliéramos de nuestro aturdimiento y poco a poco nos acercamos al caído maestro, que también poco a poco se fue calmando. Empezó a palidecer. Al sentirnos cerca, nos endilgó una larga perorata iracunda, en alemán y se atrinchero detrás de la mesa en el estrado del salón. Después con acento teutón, se disculpó.

Así fue como conocí a nuestro maestro de Geología K. G. Mulleried quien fue combatiente de la Segunda Guerra Mundial, pero quedo severamente dañadas sus reacciones nerviosas. Con él viaje a las Finca cafetalera Prusia en la vertiente occidental de la Sierra de Chiapas, en la región del Soconusco. Me invito para cruzar la montaña y enseñarme algunas rocas del Oligoceno de aquella región.

De talla media, fornido, vestido con traje de color gris, con su mochila y el inseparable martillo de los geólogos, caminaba casi con paso marcial. Le seguí, llevando también mi mochila, el machete de cinta, la escopeta cuata "belga" retrocarga y la cantimplora al cinto.

No me imaginaba la maestría de ese hombre, más bien adusto, para devorar distancias. Me fui quedando atrás, pero siguiéndolo en el mismo rumbo. Lo encontré esperándome a pié de un risco. Este risco, visto a cierta distancia, se aprecia como una gigantesca pared, completamente lisa. Tenemos que tramontar, rumbo a Venustiano Carranza, un pueblo en la meseta de Chiapas, me dijo. Pensé que seguiríamos un camino que podía estar a cierta distancia, más al norte o al sur de aquel sitio, al pié del risco pétreo de más de 30 metros de altura.

Me quedé con la boca seca, atónito, cuando me explico cómo debíamos trepar subiendo el risco. No era ni había sido montañista. Además llevaba mucho equipo y me parecía casi imposible ascender.

Vi a mi maestro subir. Por amor propio, le seguí. Me parecía una intrepidez, casi el camino al suicidio, pero le seguí. Buscando resquicios en la roca, pequeñas salientes en que apoyar la punta de las botas y asiéndome en resquicios con las manos sudorosas, empecé la ascensión. El peso de la carga, aumento cientos de veces. Fueron siglos los minutos que pasaban y de pronto, una mirada indiscreta hacia abajo me cercioró de que, si por mala suerte resbalaba, alguien iría a recogerme hecho pedazos en el fondo del abismo. Seguí subiendo, a veces sin respirar casi. Subir era un imperativo de sobrevivencia. Con ansiedad buscaba, mirando hacia arriba y no hacia abajo, el borde del tremendo peñasco.

Con el cuerpo tenso, en silencio, vi agitarse una rama. Una eternidad me quedaba por delante para alcanzarla. La mirada salvadora tenía que dirigirse hacia arriba, siempre hacia arriba.

De pronto, silenciosamente, quieto, con gran ansiedad, alcance el precipicio, estiré el brazo izquierdo para asirme de algo. Mi mano alcanzo ese algo y escuché, temblando, un rugido.

Se perdió en el ruido del viento azotado en las ramas de los pinos. Seguí ascendiendo; no me quedaba ninguna otra alternativa. En la mano izquierda, sentí un mechón de pelos, pero no pude examinarlos. Con mucho esfuerzo y con la misma mano izquierda, logré atrapar la rama delgadita de un encino.

Cuando logré tramontar, me tiré al suelo, arrojando la mochila, el machete, la escopeta. Examine mi mano izquierda con cuidado y reconocí los pelos que aún quedaban entre mis dedos. Eran de la cola de un jaguar y de ese gato había sido el rugido que se perdió, entre el ruido del viento agitado las hojas acicaladas de los pinos.

Más espantado que durante el ascenso, busqué tentando, el lugar donde el jaguar estaba echado. Podía ver la hojarasca del encino de cuya rama me agarré, apretujadas y sentí el calor del cuerpo del animal que ahí estaba durmiendo y unos cuántos decímetro adelante, en la tierra floja, las huellas. Me quede mudo y quise gritar al maestro Mullerried y no pude. Además, no tenía la menor indicación del lugar donde podía estar. Con los ojos busqué en torno a la bestia que imagine espiándome, listo para saltar y matarme.

Así quede, como seguramente quedan los sentenciados a muerte, paralizados en la inmensa soledad. Después de un lapso corto de tiempo, quizás varios minutos escuché, como en sueños. Los pasos fuertes, rítmicos de un hombre en marcha, como soldado alemán.

Era mi maestro que emergió del bosque, Don Federico, fuerte, adusto, listo para seguir hacia Venustiano Carranza, un pueblo que no conocí.

Bernanrdo Villa fue un hombre de carácter recio, pero afable; siempre vivió con la convicción de ser maestro y formador de Mastozoólogos.

Fue un apasionado de la vida silvestre, excelente esposo y padre, leal a la Universidad Nacional Autónoma de México, al Instituto de Biología; y como tal fue feliz, murió con la convicción de que su paso por la tierra trascenderá a muchas generaciones.

 

Gracias maestro Villa

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