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Culturales

Print version ISSN 1870-1191

Culturales vol.7 no.14 Mexicali July/Dec. 2011

 

Artículos

 

Imágenes de la diversidad. El movimiento de liberación LGTB tras el velo del cine

 

Nina Chaparro y Soraya Estefan Vargas*

 

*Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario (ninachaparro@hotmail.com), (soro_ev@hotmail.com)

 

Fecha de recepción: 11 de agosto de 2010
Fecha de aceptación: 5 de enero de 2011

 

Resumen

El arte cinematográfico ha reflejado desde sus inicios el discurso y la estética queer y se ha convertido en una de las representaciones más importantes de su experiencia. Stonewall, Mi nombre es Harvey Milk y Filadelfia se encargaron de trazar el recorrido del movimiento estadunidense por los derechos LGBT, enmarcado en tres décadas de alta recordación y desde la perspectiva de sus realizadores. Sin embargo, detrás de lo que la imagen cuenta se esconde el relato de tres momentos determinantes para el colectivo homosexual, el cual descubre que el poder y el derecho además de ser masculinos son heterosexuales y, así mismo, legislan.

Palabras clave: cine, movimiento LGTB, homosexualidad, heterosexualidad, poder.

 

Abstract

The cinematographic art has reflected, since his beginnings, the queer speech and aesthetics and has turned into one of the most important representations of his experience. Stonewall, My name is Harvey Milk and Philadelphia have drawn the path of the American gay rights movement, placed in three decades of high recall, from the perspective of their producers. Nevertheless, behind of what the image narrates, hides the tale of three special moments for the homosexual group, which discovers that the power and the law, besides of being masculine, are heterosexual and, likewise, legislate.

Keywords: cinema, gay movement, homosexuality, heterosexuality, power.

 

Pier Paolo Passolini afirmaba: "El cine expresa la realidad mediante la realidad" (Salvat, 1974:132). Esta manifestación debe ser entendida de manera compleja. La cinematografía, a través de su lenguaje y estética, ha trascendido la apreciación objetiva del entorno para restituir extractos de la existencia de formas más íntimas e intensas. Esa mirada indiscreta, oculta en los rincones de sombríos cuartos o acomodada sobre el hombro de elaborados personajes, capaz de apropiarse de historias, retratar personalidades y moldear situaciones, no es sólo el mayor logro del cine, sino su principal privilegio entre las demás artes y medios de comunicación. Además de ser un mecanismo de desfogue de infinidad de ideas imposibles y elucubraciones intranquilas, esta forma de expresión ha asumido la responsabilidad de interpretar el contexto y aportar, a través de la imagen y el sonido, perspectivas sobre eventos e individuos inaprehensibles para un colectivo social distraído.

Así mismo, el cine se ha caracterizado a lo largo de su historia por proyectar una multiplicidad de discursos que permiten identificar a ciertos espectadores con argumentos determinados, algunas veces de manera más simple que otras. Incluso los discursos marginados, cercanos a experiencias situadas en la exclusión de las diferentes culturas, adquirieron en el séptimo arte un aliado para su difusión, como es el caso del cine queer. Las representaciones homosexuales, expresas o disimuladas, han acompañado a la cinematografía desde sus inicios, ya sea de forma positiva o negativa, central o secundariamente, y por medio de ella ha reflejado la respuesta de diversas épocas y sociedades ante su presencia. El cine ha demarcado exitosamente un mapa de la historia y el pensamiento gay por medio de los enfoques de realizadores que no han temido la desaprobación de un grupo tradicionalmente mayoritario. Sin embargo, no hay que olvidar que la limitación de los encuadres no logra exceder la amplitud de un contexto que justifica sus relatos y le da sentido a la obra, pues el cine no es más que una ventana a través de la cual se contemplan retazos de una realidad que se esconde tras su velo.

Dentro del universo de las reflexiones queer, el movimiento por los derechos LGBT ha estado, también, permeado por el fenómeno cinematográfico y a través de él ha visto revelado su avance. Directores como Nigel Finch, Gus Van Sant y Jonathan Demme recrearon momentos de especial importancia para su impulso, coyunturas potenciadas por diferentes tendencias, ideologías y revoluciones. El objetivo del presente artículo es descubrir la cortina dispuesta por el cine y reconstruir de manera general el desarrollo de dicho movimiento –focalizado concretamente en los Estados Unidos durante tres décadas determinadas– y el papel que ha tenido el derecho como instrumento de poder, ligados a las representaciones expuestas por los filmes escogidos. Para lo anterior se partirá de Stonewall y los disturbios más recordados por la comunidad homófila producto de los sesenta, una época marcada por la explosión y el exceso de nuevas libertades, los cuales significan para muchos la apertura al activismo gay. Así mismo, la lucha por los derechos de los homosexuales en la Norteamérica de finales de los setenta se recorrerá de la mano de Mi nombre es Harvey Milk, fiel retrato del principal icono del movimiento LGBT, líder de grandes movilizaciones y conquistas legislativas para el colectivo homosexual. Por último, con Filadelfia se explorarán las consecuencias de la epidemia del sida iniciada en los ochenta y el fortalecimiento de la exclusión, bajo la crisis que significó la depresión más fuerte de las reivindicaciones de la comunidad gay. De esta manera, a través de estos tres picos históricos se describirán de manera fragmentada el retorno, progreso y decaimiento de un movimiento cuyo proceso sigue en construcción.

 

Stonewall: finales de los sesenta

The Hairpin Drop Heard around the World.
New York Mattachine Newsletter

Stonewall, dirigida por Nigel Finch y basada en la obra homónima de Martin Duberman, narra la historia de amor entre LaMiranda (Guillermo Díaz), un travesti de origen latino, y Matty Dean (Frederick Weller), un joven activista que atravesó el país en busca de libertad y aceptación, en el marco de los disturbios que tuvieron lugar en el bar gay Stonewall Inn en 1969. Lejos de ser una reconstrucción histórica, como lo previene LaMiranda al inicio de la película, Finch expone por medio de los ojos de sus personajes una versión sobre el contexto de discriminación e intolerancia padecido por los homosexuales en el Nueva York de los sesenta, claro detonante del motín más recordado por la comunidad homófila actual.

A pesar de que estos disturbios son referenciados en muchas ocasiones como el inicio del movimiento gay, en realidad hay detrás de ellos una larga historia de reivindicaciones frustradas y levantamientos olvidados, los cuales empedraron el camino para que Stonewall se convirtiera hoy en el símbolo de la liberación LGBT, recordado cada año durante la última semana de junio.

 

Los inicios del movimiento

Las primeras demostraciones de activismo gay se remontan a 1860 con la carta escrita por el médico húngaro Benkert al ministro de Justicia de la entonces Federación Alemana del Norte, en la cual requería la supresión del párrafo 175 del Código Penal. Este aparte legal declaraba que los actos homosexuales –entre hombres– eran delito (Lauritsen y Thorstad, 1974:19). Benkert basó su discurso en los estudios adelantados por Karl Henrich Ulrichs sobre la homosexualidad, los cuales identificaban a los sujetos de este tipo de conducta como un "tercer sexo" y a su comportamiento como innato y natural.

Posteriormente, en 1897, también en Alemania surgió el Comité Científico y Humanitario, primera organización en pro de la liberación gay, fundado por Magnus Hirschfeld e interesado en abolir el párrafo 175 del Código Penal y de incitar a otros homosexuales a la lucha por sus derechos. Sin embargo, la fuerza del nacionalsocialismo apagó los importantes esfuerzos y adelantos de estas organizaciones. Después de un mes del nombramiento de Adolfo Hitler como canciller, en 1933, sus seguidores procedieron al cierre de casi todos los bares gay en Alemania y el 6 de mayo del mismo año inició la caída de esta primera oleada con la destrucción del Instituto de Ciencias Sexuales de Hirschfeld y la depuración de las bibliotecas por parte de los nazis (Epstein y Friedman, 2000).

"Entre 1933 y 1935 el movimiento gay se vio brutalmente exterminado tanto por los fascistas como por los estalinistas" (Lauritsen y Thorstad, 1974:85), y la rigurosa persecución apenas empezaba. La desaparición del grupo iniciado por Hirschfeld y la exequibilidad del párrafo 175 aseguraron que campos de concentración, como los de Dachau y Auschwitz, no sólo estuvieran atestados de judíos –comunidad a la cual la historia recuerda casi con exclusividad–, sino también de homosexuales, quienes eran blanco fácil de todo tipo de abusos. Incluso con la caída de la política nazi y la etapa de reconocimiento posterior a Nuremberg, las personas con esta orientación no se encontraban a salvo, pues la medida perduró en la legislación hasta 1968 en Alemania Oriental y 1969 en Alemania Occidental (Epstein y Friedman, 2000), lo que significó que para ellos el régimen de terror no había terminado.

 

Los facilitadores del disturbio

A pesar de que el inicio del activismo gay se enmarca en la Alemania de un siglo atrás, los disturbios de Stonewall jugaron un importante papel en la identificación de una minoría difusa. Este recordado motín se desarrolló gracias a los grandes cambios que sufría Estados Unidos a principios de los sesenta con el resurgimiento del feminismo y la correspondencia de sexos, el amor libre introducido por la corriente hippie, una movilización estudiantil latente, la explosión de la revolución sexual y el movimiento del Black Power, el cual abrió el debate sobre la democracia y la igualdad racial. Estos cambios dotaron de los elementos necesarios a la lucha LGBT para que las reivindicaciones homosexuales adquirieran la identidad que les hacía falta.

Es por esto que los enfrentamientos en Greenwich Village no fueron la primera revuelta presentada en la época por miembros de la comunidad homosexual. Numerosos levantamientos contagiados de las filosofías libertarias y de igualdad que dominaban el ambiente de la década fueron presenciados en las grandes ciudades de Norteamérica, durante el lustro anterior a Stonewall. Así, según las profesoras Armstrong y Crage, podemos contar entre los más importantes la redada en el New Year's Ball en San Francisco, en la cual una unidad temporal de 55 policías fue enviada para irrumpir en el lugar y efectuar arrestos entre los seis grupos homófilos que se habían reunido allí para celebrar el año nuevo de 1965. Un año después, en la misma ciudad, se registró la incursión de la policía en el Compton's Cafeteria, en el cual un grupo de travestis hicieron frente a la ofensiva policiaca rompiendo ventanas y golpeando a los oficiales con sus pesadas carteras. Finalmente, en Los Ángeles, durante la celebración del año nuevo de 1967 la policía se presentó en el Black Cat, un famoso bar gay del momento, y agredió físicamente a clientes, meseros y propietarios. Parecía además que, como réplica de las estrategias del régimen nazi, la actividad de estos establecimientos no estaba proscrita en sí misma para facilitar el reconocimiento de las personas con esta orientación sexual y así lograr una labor policial y un escarmiento público más efectivos.

Como las autoras nombradas señalan, estos precedentes, sumados a una gran cantidad de pequeñas escaramuzas establecidas en los mismos detonantes, potenciaron el desarrollo del movimiento LGBT. Con ocasión de dichos enfrentamientos, el activista Craig Rodwell sugirió la idea de efectuar una manifestación pública frente al Independence Hall de Filadelfia, como recordatorio no sólo de estos levantamientos, sino también de que "un grupo de americanos aún no tenían sus derechos básicos a la vida, libertad y búsqueda de la felicidad"1 (Armstrong y Crage, 2006:736), llamada el Recordatorio Anual, manifestaciones enmarcadas en un grupo de expresiones iniciadas en 1965 (Bravmann, 1996:494) bajo la organización de la Mattachine Society y The Daughters of Bilitis, célebres grupos de activistas homosexuales.

 

La redada en el Stonewall Inn

El Stonewall Inn era un bar ubicado en el Greenwich Village de Nueva York, en la calle Christopher Street, uno de los corazones de la vida gay de la ciudad, hogar de homosexuales, lesbianas e incluso de radicales activistas (Armstrong y Crage, 2006:737). Era frecuentado por travestis, homófilos, latinos y negros, a quienes se les permitía el acercamiento y bailar entre ellos, lo cual, como Finch relata, no era permitido en muchos de estos sitios en la época. Los dueños de estos bares no siempre eran gays, pero sí tenían vínculos con la mafia y las drogas (Armstrong y Crage, 2006:737). El director, por su lado, retrató al propietario del Stonewall Inn, Vinnie, como un homosexual adinerado pero inculto, atormentado por la impotencia de no tener una relación pública con Bostonia, su amante travesti, lo que finalmente lo lleva al suicidio.

La principal excusa para las incursiones de la policía en estos sitios era el expendio ilegal de bebidas alcohólicas –aunque actuaran en realidad como proceso de limpieza social y escarmiento público, teniendo en cuenta que los periódicos se encargaban de publicar cada uno de los nombres de las personas detenidas en estas redadas (Scagliotti y Schiller, 1985)–. Como lo describe Bravmann, "el Stonewall Inn funcionaba sin licencia de licor, pero debido a que el permiso era negado si el operador pretendía servir a homosexuales o permitir a homosexuales que se reunieran" (1996:493). En la película, algunos miembros del grupo activista al que pertenecía Matty, acompañados por dos hombres de la prensa, recorrieron los bares de la ciudad presentándose como gays con el fin de que les restringieran la venta de licor. Debido a que ninguno de los bares lo hizo bajo el argumento de que no era posible determinar su orientación sexual recurrieron al Stonewall Inn, lo cual enfatizaba "en la observación irónica de que un bar gay no podía servir a homosexuales declarados"2 (Bravmann, 1996:493). Esta escena recrea la labor realizada por el activista Dick Leitsch, director ejecutivo de la Mattachine Society, quien, con el "ánimo de desafiar la política en la que a un bar podía serle retirada la licencia si vendía licor con conocimiento a un grupo de tres o más homosexuales, convocó a la prensa y a otros dos compañeros con la misma orientación en un bar de Nueva York, para hacer la denuncia cuando les negaran el servicio" (Comunidad Homosexual Argentina). Gracias a la empresa realizada por Leitsch las políticas antihomosexuales sobre venta de licor, impuestas por la State Liquor Authority (SLA), disminuyeron. Sin embargo, debido a la falta de licencia del Stonewall Inn el bar seguía siendo blanco fácil de redadas e incursiones policiacas.

Las autoridades –específicamente un grupo de ocho detectives sin uniforme, entre ellos dos mujeres (Bravmann, 1996:494)– irrumpieron en el lugar con la idea de hacer una redada de rutina el 28 de junio de 1969, cerca de la 1:30 de la madrugada, un día después del entierro de Judy Garland. Este último elemento no fue menospreciado por Finch, quien en la depresión de Bostonia ante la noticia de la muerte de la estrella y en su cortante orden de seguir escuchando "Zing, when the strings of my heart" mientras la policía inspeccionaba a los clientes del bar retrató la importancia de la artista para la subcultura gay. Alberto Mira explica que "de entre las categorías de estrellas que funcionan como referentes entre los homosexuales, ninguna tiene la tradición histórica y el rendimiento cultural de la diva" (Mira, 2008:195). Es por eso que "la leyenda dice que las drags aquella noche estaban especialmente alteradas" (Mira, 2008:197).

Mientras la policía trataba de hacer algunos arrestos, los espectadores enfurecidos se aglomeraron en la entrada del establecimiento y empezaron a lanzar monedas, botellas y ladrillos, hasta que obligaron a los agentes a resguardarse en el bar para pedir refuerzos (Armstrong y Crage, 2006:737). Atrapados y sin muchas opciones, decidieron dejar salir a los clientes con identificación, los cuales eran aplaudidos por la multitud cuando aparecían por la puerta. Sin embargo, al usar la fuerza con un grupo de travestis que no quería entrar a los vehículos de la policía, los presentes se indignaron y retomaron el enfrentamiento (Comunidad Homosexual Argentina). Los oficiales requeridos intentaron dispersar a la muchedumbre, que ya había bloqueado la calle y parte del tráfico frente al lugar, pero sólo lo lograron hasta las 3:30 de la mañana (Armstrong y Crage, 2006:737).

 

La recordación del evento

Como ya se mencionó, la importancia de los disturbios de Stonewall no radica en su capacidad pionera, en ser la apertura a los movimientos de liberación gay o en ser el primer enfrentamiento en pro de los derechos homosexuales. La importancia de Stonewall se centra en su capacidad de recordación. Varios disturbios se presentaron antes de que la policía decidiera dirigirse hacia el Stonewall Inn, pero ninguno situado en el momento y lugar indicado para trascender en la historia. La madrugada del enfrentamiento y en vista de la fuerza que adquiría la avanzada civil, Craig Rodwell llamó a los medios para que registraran lo que estaba ocurriendo. Al día siguiente el evento fue extensamente cubierto por el periódico local en una demostración, aunque con tintes homofóbicos y sensacionalistas, sin precedentes (Armstrong y Crage, 2006:737). Rodwell cumplió además una labor determinante en la permanencia del recuerdo de estos enfrentamientos: introdujo una resolución en el Recordatorio Anual realizado en Filadelfia para proponer que se celebrara una expresión pública anualmente el último sábado de junio, en Nueva York, para conmemorar los eventos desarrollados en la calle Christopher St., llamada "The Christopher Street Liberation Day". Esta conmemoración se convertiría posteriormente en el Día Internacional del Orgullo Gay, celebrado en un sinnúmero de países alrededor del mundo, instituido no sólo para recordar los disturbios de Stonewall, sino también para invitar a la tolerancia y aceptación de aquellos que por su orientación sexual han sido excluidos y apartados de derechos que también les pertenecen.

 

Harvey Milk, la muerte del icono: finales de los setenta

Si una bala atraviesa mi cerebro,
dejen que esa bala destruya las puertas de todos los armarios.
Harvey Milk

Mi nombre es Harvey Milk, dirigida por Gus Van Sant y protagonizada por Sean Penn, está basada en la vida del primer político abiertamente gay elegido al cargo público de supervisor de San Francisco en los Estados Unidos, reconocido como icono del movimiento LGBT por ser uno de los mayores representantes y activistas en la reivindicación de los derechos de los homosexuales. La sobresaliente interpretación de Sean Penn lo hizo merecedor de un Óscar como mejor actor en el 2008, premio que también recibió Dustin Lance Black por mejor guión original. Este filme, además, contó como antecedente principal con el documental The Times of Harvey Milk, de Rob Epstein, también ganador de un Óscar en 1985, el cual expone los aspectos relevantes de la vida del político gay más recordado de la historia.

El filme de Van Sant está recreado en la Norteamérica de los setenta, un periodo de transición derivado de la confusión introducida por la contracultura, en la que unas modas se olvidaban mientras que otras corrientes se establecían. Estados Unidos representaba en ese entonces uno de los principales núcleos para el desarrollo del movimiento LGBT, pues las políticas simpatizantes con las minorías que se imponían propiciaron espacios de aceptación más rápidamente. La lista paradigmática de este nuevo statu quo la encabezaba California, un estado dividido entre las revoluciones que se gestaban y las costumbres arraigadas de la población, y que contaba en su territorio con el distrito que catapultaría a Milk a las turbulencias del activismo gay.

 

Castro

San Francisco, ciudad y condado del estado de California en Estados Unidos, es uno de los puntos geográficos más importantes dentro de la historia LGBT, entre otras razones por comprender el barrio más popular del mundo para el alojamiento de la comunidad homosexual: Castro. Desde los cuarenta la población gay se radicó en este distrito, al convertirse en el nido de exilio de los hombres descartados por la Marina de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial debido a su orientación sexual (Spurlock, 6 de julio de 2005). De ahí que "San Francisco fuera el lugar a donde todos querían ir, para alejarse, para enamorarse (...) Castro se transformó en el destino predilecto" (Gus Van Sant, 2008).

Harvey y su pareja Scott llegaron a Castro en 1972, abrieron una tienda de fotografía y se instalaron para vivir la libertad que Nueva York les había negado por más de 40 años. De la misma forma que el distrito se expandía y cientos de gays llegaban cada semana, Harvey aumentaba su interés como activista y líder local, hasta el punto de ser llamado por la gente "El Alcalde de Castro". Milk se postuló en tres ocasiones para el cargo público de supervisor y una para la Asamblea del Estado de California sin quedar electo. No obstante, debido a que San Francisco cambió las reglas de votación por unas más descentralizadas, con el fin de que la gente pudiera expresar su voto por medio de elecciones de distrito (Epstein, 1984) a personas de su mismo barrio, el furor de Castro ubicó a Harvey sobre los estrados de la democracia de California en 1977, como representante en el cargo público de supervisor del Distrito 5º. Aunque no era la primera vez que personas con la misma orientación sexual de Milk ostentaban títulos políticos,3 Harvey acertó en el lugar y momento adecuado para adentrarse en la gestión administrativa. Lo anterior debido a que sus iniciativas se dirigían a la población LGBT más grande de Estados Unidos en una época distinguida por la defensa de las libertades personales, además de que el tablero de supervisores del cual formaba parte se destacaba por tener entre sus filas a Carol Ruth Silver, ferviente defensora de los derechos de la mujer, y a representantes de minorías, entre los cuales sus propuestas no tardaron en producir eco.

Once meses duró Milk como supervisor, y aunque sus esfuerzos no se fijaban únicamente en la comunidad homosexual, entre sus mayores logros se cuentan la aprobación de la Ley de Derechos Civiles que Prohíbe la Discriminación Basada en la Orientación Sexual y el éxito de las campañas que pretendían contrarrestar el fuerte impacto del movimiento homofóbico que se extendía por todo el país durante esa década.

 

Anita Bryant y la Iniciativa Briggs

Una ola de odio se esparció por el territorio estadunidense durante 1977 y 1978, la cual tenía como fin primordial derogar o imponer leyes de desprotección para la población gay. Esta tendencia fue encabezada, por un lado, por Anita Bryant, la representación norteamericana de la mujer maternal, espiritual, políticamente correcta, el arquetipo femenino del siglo veinte. Cantante de música religiosa, reina de belleza y ganadora por tres años consecutivos en la encuesta Good Housekeeping del premio a la "Most Admired Woman in America" (NNDB), Anita obtuvo su mayor publicidad cuando interpretó en 1968 la melodía del comercial televisivo para la Comisión de Cítricos de la Florida: "A day without orange juice is like a day without sunshine" (NNDB).

Su famosa cruzada Save Our Children inició en 1977 en el condado de Miami Dade, y tenía como único objetivo añadir una ordenanza para anular la ley que protegía las viviendas y los empleos de las personas homosexuales. Los medios publicitarios la tenían en primera plana (Gus Van Sant, 2008), en especial por el enfoque que la política de Anita había tomado, la cual se centraba en un punto álgido: la protección de los niños. La propagación de un infundado temor implícito en el nombre de su campaña, que pretendía evitar que los pequeños fueran molestados, reclutados o convertidos por homosexuales –actitudes supuestamente basadas en la incapacidad biológica de éstos para reproducirse–, logró manipular y confundir a una población que coincidió en que la seguridad e integridad de los menores no podía ser arriesgada, por lo que la ley fue exitosamente derogada. Actitudes similares fueron reproducidas en Saint Paul, Minnesota; Wichita, Kansas, y Eugene, Oregon, donde Anita cobraba fuerza. A pesar de esto la resistencia no se hizo esperar, una rebelión silenciosa, similar a la protagonizada por Harvey frente a la cerveza Coors,4 fue adelantada por los miembros de la comunidad gay en contra del jugo de naranja del cual Bryant era imagen, que consistía en abstenerse de consumir el producto (Fejes, 2008:1). Este acto simbólico, sumado al famoso "pastelazo" que recibió la ex reina en televisión nacional a manos de un enfurecido activista, fue suficiente publicidad negativa para que la empresa de cítricos diera por terminado su contrato (NNDB).

Sin embargo, Anita no era la única preocupada por disminuir las prerrogativas de la comunidad LGBT. Dentro de la misma corriente se encontraba John Briggs, senador por el estado de California, quien en 1978 presentó una solicitud de referendo a nivel nacional para calibrar la aprobación de una ley que impidiera a los profesores y profesoras homosexuales enseñar en las escuelas públicas del estado. Esta ley, conocida también como la Iniciativa Briggs o "Proposition 6", se extendía además sobre cualquier profesor heterosexual que simpatizara con la causa gay. Dicho referendo recibió gran cobertura en los medios de comunicación, lo que propició la realización del primer debate nacional sobre los derechos de los homosexuales en los Estados Unidos (Fejes, 2008:3), el cual contó, de un lado, con John Briggs y, del otro, con el supervisor Harvey Milk junto a la profesora Sally M. Gearhart. Aunque los argumentos presentados por Briggs, respecto a la reproducción de la homosexualidad a través de la emulación de modelos de autoridad, como los profesores, o sobre la disminución de riesgos de todo tipo por medio de la discriminación de minorías consideradas culturalmente como amenaza5 (Epstein, 1984), fueron heredados en la actualidad, en su momento no resultaron suficientes para que la Propuesta 6 triunfara, la cual perdió por más de un millón de votos (Fejes, 2008:1).

A pesar de sus incontables intentos, los movimientos conducidos por Bryant y Briggs no sólo no fueron exitosos en ese entonces, sino que sirvieron de excusa para el reconocimiento como minoría de un grupo que se hallaba disperso y refundido, con el que, como señala Fred Fejes, lesbianas y gays podrían exigir al Estado protección contra la discriminación (Fejes, 2008:2). Sin embargo, este importante triunfo se vio empañado unos meses después con la desaparición de uno de los responsables de que esas olas de odio no se propagaran, el icono de la reivindicación gay.

 

La defensa Twinkie

La lucha de Harvey y su prometedor activismo se apagaron el 27 de noviembre de 1978 cuando fue asesinado, junto al alcalde Moscone, por Dan White –supervisor del Distrito 8, ex bombero, padre de familia y reflejo de los valores norteamericanos–, con quien sostenía una rivalidad constante y quien le guardaba un gran resentimiento por la falta de apoyo que recibieron sus propuestas, respaldo algunas veces prometido por Milk. La noche de su muerte, más de 30 mil personas caminaron desde Castro hasta el ayuntamiento en honor a Milk y Moscone, en una marcha silenciosa. El estremecimiento entumeció a la masa interminable, que sólo atinaba a recorrer las calles lentamente con una vela blanca en la mano, mientras comprendía con un inmenso dolor que uno de los representantes más importantes de la colectividad homosexual había sido asesinado.

White fue acusado de las muertes de los funcionarios y llevado a juicio. La confianza en las instituciones legales introducida por Milk a los movimientos minoritarios, al emprender una lucha de derechos a través del sistema normativo, se vio fuertemente truncada por la selección del jurado (Epstein, 1984), el cual excluyó a gays y representantes de minorías para escuchar el testimonio y alegato de Dan. La defensa, conocida como "The Twinkie Defense", afirmó que la comida basura había desequilibrado químicamente al acusado, razón por la cual había asesinado a sus colegas. Argumentos como éste, el testimonio alterado hasta el llanto de White y la afirmación de su abogado respecto a que "personas buenas, gente de bien, de buenos antecedentes, sencillamente no mata a gente a sangre fría, porque eso simplemente no sucede" (Epstein, 1984) tuvieron fácilmente asidero en el jurado elegido, el cual no tuvo problema en encontrar al ex supervisor culpable de homicidio no premeditado y en condenarlo a cinco años de cárcel, la pena mínima existente para ambos crímenes.

El veredicto despertó la ira que no había explotado la noche del 27 de noviembre. Van Sant señala que estos disturbios, conocidos como la "Noche White", han sido los más violentos en la historia del movimiento LGBT (Epstein, 1984). Henry Der, el Chinese for Affirmative Action Executive Director, afirmó:

Lo que hizo el veredicto a nuestra sensibilidad fue decir: no es importante ser civilizado en la sociedad americana y no es importante honrar derechos de otras personas mientras seas blanco y defiendas ciertos valores blancos de la clase media, porque vas a ser librado de asesinato, vas a ser perdonado (Epstein, 1984).

La defensa Twinkie y la decisión subsecuente evidenciaron la débil estructura judicial en relación con las minorías. Por un lado, afirmar que la comida chatarra causa desequilibrios químicos mentales que llevan al homicidio no es justificación alguna para un juez que decida en derecho, sino un simple trámite producto de la enorme imaginación de los abogados, en un caso resuelto antes de iniciar. Por otro lado, la selección del jurado en el caso White deja leer una sentencia con las características que sugiere el realismo jurídico norteamericano (Frank, 1993); es decir, un fallo en donde se ven reflejados los prejuicios, valores y convicciones de los jueces. Es aquí en donde los grupos minoritarios y excluidos de una sociedad entienden que la supuesta neutralidad y objetividad del derecho no existe.

 

Filadelfia y el cáncer de los homosexuales: ochenta

Silence = Death
Act Up

Filadelfia, dirigida por Jonathan Demme, relata la historia de Andrew Beckett (Tom Hanks), un prometedor abogado integrante de la exitosa firma Wyant, Wheeler, Hellerman, Tetlow & Brown, quien es despedido a causa de ser homosexual y seropositivo. Andrew inicia una batalla legal por sus derechos laborales junto a Joseph Miller (Denzel Washington), un abogado homofóbico que lo representa en el juicio, cuyo temor y recelo ante el protagonista sirve de identificación con los prejuicios históricos del público mayoritario. En 1994 el filme fue merecedor de dos premios de la Academia: uno al mejor actor por la actuación arriesgada de Tom Hanks, que le reservó la incomodidad a la audiencia heterosexual de presenciar expresiones de amor con Antonio Banderas, y otro a la mejor canción original, por Streets of Philadelphia, de Bruce Springsteen.

Aunque la trama desarrolla de manera limitada las injustas condiciones que sufrieron desde los ochenta las personas homosexuales portadoras del sida, la película realizada en 1993 rompió el silencio en Hollywood sobre este virus letal, el cual, además de haber cobrado miles de vidas en el mundo, significó una profunda discriminación. Detrás de Filadelfia se esconde la crisis más importante que aún afecta al colectivo LGBT y la respuesta de una minoría que no se conforma con la indiferencia.

 

El virus en la comunidad gay

Muchas teorías han intentado una respuesta el enigma del origen biológico del sida; sin embargo, no existe con certeza aquella que resuelva finalmente la discusión. Lo que sí se sabe con claridad es el momento en el que el VIH empezó a infectar a miles de personas para convertirse hasta hoy en una de las enfermedades más letales. El momento al que nos referimos es 1980, cuando Nueva York empezó a solicitar en mayor escala pentamidina, un nuevo tipo de medicamento, debido al repentino incremento de casos de neumocistosis en pacientes gays y de sexo masculino. Los médicos diagnosticaron la extraña enfermedad como sarcoma de Kaposi, un mal de la piel que normalmente atacaba a personas de edad y a afrodescendientes, y aunque los pacientes de Nueva York no poseían dichas características era la diagnosis más cercana a los síntomas que presentaban. Para 1981, de los ocho neoyorkinos reportados con el virus cuatro habían muerto (Grmek, 1991:30). De la misma forma, en el mes de junio de ese año la agencia epidemiológica Centers for Disease Control and Prevention (CDC) publicó el primer anuncio oficial sobre cinco casos graves de neumonía (Usierto, 2005:125) en tres hospitales de Los Ángeles observados entre octubre de 1980 y mayo de 1981, los que tenían también en común el sexo masculino y la homosexualidad de los afectados.

Los medios de comunicación rápidamente corrieron la voz sobre la nueva enfermedad que empezaba a acuñar el nombre de peste rosa o cáncer gay (Usdin, 2004:24). El 4 de junio de 1981 un nuevo comunicado, llamado "Kaposi's Sarcoma and Pneumocystitis Pneumonia among Homosexual Men – New York City and California", fue emitido en el Morbidity and Mortality Weekly Report (MMWR), el cual anunciaba a la colectividad médica sobre una nueva epidemia asociada con la orientación sexual de los pacientes (Grmek, 1991:31). El 3 de julio del mismo año The New York Times (Grmek, 1991:32) anunció, con el titular "Cáncer raro observado en 41 homosexuales", la aparición de un nuevo fenómeno patológico. Gracias a esto, sentimientos de homofobia y discriminación empezaron a difundirse en la sociedad, exaltados por la ignorancia sobre la causa cierta de la enfermedad. Así, por ejemplo, lo narra una entrevista efectuada en la época en la que una señora afirma: "Esta enfermedad afecta a hombres homosexuales, drogadictos, haitianos y hemofílicos, pero, gracias a Dios, todavía no se ha propagado entre los seres humanos (...) si atacara a todo el mundo sería una crisis terrible" (Grmek, 1991:75).

En 1982 se determinó que la enfermedad era causada por el virus VIH y se le designó con el nombre de Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida –SIDA o AIDS–. Las cifras de infectados se extendían mundialmente. Países como Francia, Alemania Federal, Bélgica, Reino Unido, Suiza, Dinamarca, Austria, Países Bajos, España, Suecia, Noruega, Finlandia, Checoslovaquia, Italia e Irlanda (Grmek, 1991:79) empezaban a reportar los primeros casos. De esta forma, sólo en Norteamérica "el número total de enfermos registrados por los CDC pasó de 200 al terminar 1981 a 750 al concluir 1982, luego a 3000 a fines del 83, para llegar a 5000 a mediados de 1984 y a 8000 en la última etapa del mismo año" (Grmek, 1991:77).

Fue tarde cuando los medios de comunicación anunciaron que el sida no sólo se transmitía entre personas gay, sino también entre heterosexuales y todo tipo de individuos, incluso por vía perinatal. Una idea fundada en prejuicios sociales y morales ya estaba arraigada en la mente de la sociedad y la enfermedad ya tenía un origen claro: era "el castigo de Dios para los homosexuales" (Grmek, 1991:73). Todo tipo de hipótesis se conjeturaban al respecto; se llegó a pensar que podía provenir de los tipos de droga usados frecuentemente por este grupo –como los poppers y las cremas corticosteroides para hemorroides y dermatosis– o de las prácticas de penetración anal (Grmek, 1991:42). Sin embargo, la principal causa de la propagación del virus era una actividad fácilmente efectuada por cualquier miembro de la sociedad y que incluía varias parejas ocasionales.

Según Anthony Piching, la pandemia del sida estalló en la comunidad gay de Norteamérica, no porque pecaran contra la naturaleza, sino porque eran más propensos a la promiscuidad (Grmek, 1991:253). Es importante señalar que el contexto de libertad social de esta década es consecuencia directa de la revolución sexual de los años sesenta, cuando los Estados Unidos, luego de una época de profunda represión –finales del siglo diecinueve y siglo veinte–, se vio inmerso en un agudo cambio de mentalidad respecto a los derechos individuales (Sebreli, 2002:6) y, de forma más específica, la homosexualidad. Así, la liberación de una comunidad condenada a la contención del deseo sexual y a la clandestinidad ocasionó un grado de promiscuidad jamás visto (Grmek, 1991:254). La libertad individual se traducía en la multiplicidad de compañeros sexuales. De esta forma, "según las encuestas, la mayoría de homosexuales estadounidenses que viven en una gran ciudad tienen varias decenas de compañeros íntimos por año: los promedios de 80-100 compañeros sexuales no eran inusuales y algunos llegaban incluso a varios centenares" (Grmek, 1991:255). Por lo tanto, lugares como San Francisco, que tenía cerca de 98 mil gays dentro de su población en 1982 (Grmek, 1991:254), fueron el nido de promiscuidad óptimo para incubar el virus y hacer más fácil y efectiva su transmisión alrededor del mundo.

 

La crisis y el activismo del sida

Después de los primeros 19 meses en que la enfermedad se propagó en Estados Unidos, 891 casos fueron reportados ante la indiferencia de los medios y los organismos estatales. Para la fecha, el New York Times había publicado únicamente siete artículos sobre la seropositividad (Crimp y Rolston, 1990:109) sin darle la importancia que requería. Sólo hasta 1985, con la muerte del popular actor Rock Hudson, cuya homosexualidad se desconocía, la epidemia alcanzó la primera plana (Scagliotti y Schiller, 1999). Esta negligencia y apatía sacudió a miles de activistas gay, quienes empezaron a agruparse con el fin de que la situación de la comunidad LGBT no fuera ignorada por más tiempo. Organizaciones como Act Up (AIDS Coalition to Unleash Power), Act Now (AIDS Coalition to Network, Organize and Win), Gran Fury, Silence = Death's Project y The Name's Project, entre otras, surgieron para reclamar atención a través de movilizaciones y propuestas estéticas.

La visibilidad inició con el resurgimiento de un símbolo: el triángulo rosa. La historia que encierra esta imagen proviene de los campos de concentración nazi, donde se identificaba la calidad de los presos mediante triángulos de diferentes colores con la punta hacia abajo. Así, por ejemplo, los marrones representaban a los gitanos, los rojos a presos políticos o adversarios (Rector, 1981:131), los amarillos a los judíos, que superpuestos formaban una estrella de David, y los triángulos rosados, muchas veces una pulgada más grande que los que identificaban a otras categorías, a aquellos que habían cometido el delito de homosexualidad, los cuales, además, eran cosidos en la camisa y el pantalón para que fueran notoriamente reconocidos (Rector, 1981:127). Con el fin de combatir el estigma, grupos activistas de los setenta replantearon la marca e invirtieron la dirección de su punta. En la década siguiente, el triángulo rosa dirigido hacia arriba, sobre un fondo negro y la frase Silence = Death en la parte inferior, fue reutilizada por miembros de Act Up para caracterizar a la lucha contra el VIH.

Los esfuerzos de las organizaciones ya identificadas se encauzaron contra las figuras visibles del sistema ejecutivo. Miles de carteles y arengas culpaban a Ronald Reagan, quien en la época del activismo del sida atravesaba por su segundo ciclo presidencial, y a su vicepresidente George H. W. Bush por la ausencia de políticas públicas para enfrentar la crisis y la falta de garantías para obtener atención médica. La respuesta del gobierno era vergonzosa; con alrededor de 4 800 muertos en Norteamérica en 1986 (Crimp y Rolston, 1990:30), ningún programa de educación sobre la enfermedad fue adelantado, ninguna respuesta médica efectiva ordenada, ninguna política antidiscriminatoria concebida, y los recursos destinados para el suministro de medicamentos se estancaron con el hallazgo de la AZT, una droga que representaba para los pacientes un costo de aproximadamente seis mil dólares al año. Parecía, además, que el hecho de que las personas seropositivas fueran en su mayoría homosexuales, de raza negra, latinos o consumidores de droga justificaba la negligencia de las instituciones gubernamentales y la indolencia de la sociedad ante una enfermedad que les cobraba más muertos que la guerra de Vietnam.

El menosprecio del tema y la ignorancia en la que el sistema se había arropado fueron reproducidos en toda la sociedad a través de diferentes mecanismos. Una de sus máximas representaciones fue protagonizada en 1987 por la policía de Washington, la cual usando guantes de goma amarillos efectuó el arresto enfrente de la Casa Blanca de 64 protestantes, lo que incrementó el miedo que se tenía al contagio por el simple contacto (Crimp y Rolston, 1990:33). Estos guantes fueron utilizados, a su vez, en manifestaciones posteriores para simbolizar el desconocimiento del órgano policiaco y sus prácticas discriminatorias.

Los medios de comunicación, por su lado, no se quedaban atrás. En 1988, la revista Cosmopolitan publicó el concepto sobre la infección del VIH del doctor Robert E. Gould, quien, basado en el prejuicio, afirmaba que las mujeres heterosexuales no estaban en riesgo de contagio, incluso si su pareja era seropositiva, y por tanto el uso del condón era innecesario (Crimp y Rolston, 1990:38). Estas declaraciones causaron gran revuelo entre los activistas, quienes exigieron nuevamente intervenciones educativas sobre la enfermedad. Sin embargo, lejos de atacar esta situación, el gobierno de Reagan la justificaba. Así lo dio a entender el fiscal general del momento, Edwin Meese, cuando aseguró que "una persona portadora o probablemente portadora del VIH podía ser despedida de su trabajo, si el empleador alegaba desconocimiento sobre el hecho médico que constataba que no había peligro conocido para la salud por el contacto en el lugar de trabajo"6 (Crimp y Rolston, 1990:33), desconocimiento claramente potencializado por la ausencia de campañas pedagógicas sobre el tema.

A pesar de lo anterior, la lucha contra el sida ganó espacio progresivamente, la educación sexual se puso en la mesa dediscusión y el condón era reconocido como un fuerte mecanismo para evitar el contagio. Sin embargo, la seguridad de estas victorias se vio obstaculizada por su más antiguo opositor: la Iglesia. Aunque en 1987 la Comisión Nacional de Obispos Católicos accedió a disminuir la rigurosidad de sus medidas frente al condón, teniendo en cuenta la magnitud de la epidemia, el cardenal conservador O'Connor, reconocido por su larga lucha contra gays y lesbianas, se opuso fuertemente a la exención (Crimp y Rolston, 1990:131). El cardenal enfiló sus ataques contra la educación sexual en los colegios y contra otro método anticonceptivo que no fuera la abstención. Su inflexible posición fue retomada posteriormente por el Vaticano, el cual afirmó su perspectiva sobre la homosexualidad y los métodos anticonceptivos como prácticas que se debían condenar.

Las prohibiciones de O'Connor no se detuvieron allí; aprovechando la impresión que sus sermones producían, el cardenal amplió las limitaciones al aborto, originando con ello una gran coalición entre las organizaciones contra el sida y los grupos feministas de la época. Este estado de represión psicológica fomentó una de las manifestaciones reaccionarias más cuestionadas, impulsada por Act Up: en diciembre de 1989, alrededor de 4500 activistas interrumpieron la misa que O'Connor impartía en la catedral de St. Patrick's (National Research Council Staff, 1993:118) y se tumbaron en el suelo, lanzaron condones al aire, se encadenaron a los bancos de la iglesia y gritaron denuncias contra el cardenal (Crimp y Rolston, 1990:138), ante la mirada estupefacta de los asistentes. El impacto de esta manifestación fue notable; en el documental After Stonewall se afirma que "la gente les tenía miedo, las compañías de drogas hacían lo que ellos pedían que hicieran porque habían ido a St. Patrick's, porque no eran más personas afeminadas, sino hombres en jeans y botas que gritaban" (Scagliotti y Schiller, 1999).

La manifestación en St. Patrick's fue un golpe frontal a la indiferencia con la que el tema del sida había sido tratado, pero la pérdida del tabú sobre la enfermedad y la visibilidad mundial de la problemática llegaron, tardíamente, de la mano de Hollywood. Aunque la pandemia significó el refrenamiento de los procesos que desde los sesenta se venían gestando y un regreso vertiginoso al armario, según Alberto Mira, películas como Miradas en la despedida, de Bill Sherwood en 1986, y Compañeros inseparables, de Norman René en 1989, continuaron la batalla e introdujeron en la representación de sus personajes reflexiones y perspectivas sobre la seropositividad; sin embargo, su presupuesto medio no fue suficiente para llegar a un público reiteradamente desinteresado. Sólo hasta 1993, el guionista Ron Nyswaner, uno de los pocos gays declarados en la industria, y Jonathan Demme, en un intento de congraciarse con la comunidad LGBT por los abusos del Silencio de los inocentes, en la que el psicópata asesino era también bisexual y transgénero, aceptaron el reto y retomaron una problemática acallada por más de 10 años. Con un presupuesto de 30 millones de dólares y "el actor más taquillero del momento" (Mira, 2008:457) como protagonista, Filadelfia logró su cometido: de manera cauta, transigente y cuidada de producir cualquier molestia, rompió el silencio sobre una enfermedad que representaba el rechazo y temor de una comunidad enseñada a ser homofóbica.

 

Conclusiones: derecho, jerarquía y homofobia.

Frances Olsen (2000:1-2) afirma que, desde incluso antes de los liberales clásicos, nuestro sistema de pensamiento ha tenido una visión dual, en la que todo se encuentra atravesado por la división de hombre o mujer, masculino o femenino, razón o emoción, activo o pasivo, etcétera. Señala, además, que el sistema de dualismos se ve representado en una estructura jerárquica, donde el derecho se identifica con los extremos superiores y en la cual lo objetivo, racional, abstracto y universal se sobrepone a lo subjetivo, irracional, concreto y particular. Una analogía ligada a la anterior afirmación puede proponerse, también, respecto de las categorías heterosexual y homosexual, en la que la primera se sitúa en un rango dominante dentro de dicho sistema de poder. En ese sentido, al estar la heterosexualidad entre las categorías prevalentes, el derecho y las leyes que comprende reflejarán un entramado de prerrogativas para un determinado tipo de sociedad excluyente de lo que no se aproxime a las mismas. Lo anterior se ve confirmado en la reconstrucción del movimiento LGBT durante el lapso estudiado, la cual muestra que tradicionalmente el derecho ha protegido a la población heterosexual, hecho que fomentó ambientes de incertidumbre respecto a las instituciones estatales en la comunidad gay, pero que, así mismo, fomentó su lucha por derechos y reconocimiento como minoría.

A pesar de que la consecución de diferentes prerrogativas por el colectivo gay refleja una fuerte oposición al factor descrito por Olsen, el traumatismo causado por la constante colisión entre los dos extremos de la estructura jerárquica del derecho no ha permitido, en la actualidad, que los derechos de la comunidad LGBT estén permeados por decisiones definitivas, sino que, por el contrario, la inseguridad delimite las victorias que se han conquistado mundialmente. De la misma forma, réplicas de lo ocurrido hace más de 70 años y de las olas de odio descritas anteriormente se reproducen aún en numerosos países, las cuales, en algunos casos, regresan para golpear con fuerza la confianza depositada en el sistema normativo. La rigurosidad de legislaciones como las de "Irán, Afganistán, Arabia Saudita, Mauritania, Sudán, Pakistán, Yemen y la de los estados del norte de Nigeria" (Amnistía Internacional, 2010), en las cuales el delito de homosexualidad está penado con la muerte, sin olvidar la cadena perpetua impuesta en "Uganda, Guyana, India, Bangladesh, Singapur, Maldivas, Bután y Nepal" (Amnistía Internacional, 2010), recuerdan el rigor de la persecución nazi, bajo la cual la opción sexual diferente de la tradicional costaba la vida.

Incluso no es necesario señalar los extremos en regiones donde la autonomía difícilmente ve la luz; un ejemplo más cercano se evidenció en 2008, con la aprobación de la "Proposition 8", la cual integró una enmienda a la Constitución de California que suprimió el derecho de contraer matrimonio para parejas del mismo sexo, con lo que la población gay de uno de los estados más abiertos históricamente a la diversidad sexual vio arrebatada una de sus más importantes potestades, a manos de la gran facción conservadora que comparte el mismo territorio, lo que renovó los esfuerzos de la mencionada "Proposition 6", frustrada por las campañas de Milk en su momento. Dicha enmienda fue declarada inconstitucional en agosto de 2010 por un juez federal de San Francisco, por considerar que los principios de igualdad y debido proceso legal estaban siendo vulnerados con su aprobación, decisión que a su vez fue objetada. Actualmente, el camino se encuentra abierto para que un tribunal superior cierre la discusión sobre la validez o invalidez del matrimonio gay en California.

Así mismo, la constante tensión entre las categorías prevalentes y las minorías en ascenso subyace, incluso, al sistema legal establecido. De esta manera, aunque determinados países de África, Centroamérica y América del Sur cuentan en su legislación con un gran número de leyes y políticas públicas a favor del respeto por la diversidad sexual, el cumplimiento y entendimiento de las mismas escapa no sólo a una sociedad fuertemente polarizada, sino también a los órganos gubernamentales. Es el caso, por ejemplo, de Sudáfrica, en donde, a pesar de tener una de las constituciones más progresistas del mundo en cuestión de derechos sexuales, las mujeres lesbianas son perseguidas y violadas, según informes de Action Aid International (2010), con el fin de aplicar un correctivo a su conducta que es considerado como una "cura". De la misma forma, las detenciones arbitrarias y los constantes abusos policiales –muchas veces acompañados de impunidad– en Colombia y El Salvador, para citar sólo algunos casos, dirigidos con especial fuerza contra la población trans, reviven reiteradamente los detonantes de un Stonewall esta vez infortunado e ineficaz.

A pesar de lo anterior, también la resistencia física, legal y simbólica evidenciada durante las tres décadas revisadas, a raíz de los eventos reconstruidos, ha tenido su correspondiente reproducción, al día de hoy, en distintas partes del mundo. Cabe destacar en esta instancia el caso de Latinoamérica, donde junto a la aprobación de uniones civiles se ha abierto el debate a diferentes derechos de la comunidad LGBT, facilitando decisiones como la que avaló en Argentina la realización de la primera boda gay del continente o la reciente legalización del matrimonio entre parejas homosexuales en el Distrito Federal de México, resolución emitida en un país marcado por la rigidez de sus costumbres y los feminicidios perpetrados en Juárez. Lo anterior demuestra que es posible que la reivindicación de derechos sexuales se fortalezca, incluso en lugares de tradiciones estáticas. Sin embargo, el rechazo al cambio y la censura de la diferencia marcan aún grandes sombras de homofobia alrededor del mapa. Por esto, es necesario que el movimiento continúe sus esfuerzos y que, además del cambio legislativo, diferentes formas de expresión, como el cine, el arte y la literatura, converjan para construir memoria y orientar a la sociedad sobre el respeto a la opción sexual diferente y evitar, así, los indeseables escenarios que vulneran la libertad e igualdad de los individuos.

 

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Notas

1 Traducido del original.

2 Traducido del original.

3 En 1974, Elaine Nobel y Kathy Kozachenko, dos mujeres lesbianas, fueron elegidas para cargos públicos en Massachusetts y Michigan, respectivamente, después de fuertes campañas y violentos opositores (Librería Berkana, n.f.)

4 El líder del sindicato de camioneros, Allan Baird, convocó a Milk para boicotear la cerveza Coors a cambio de contratar gays declarados. Bajo la fuerte influencia de Harvey, los propietarios de los bares de Castro se abstuvieron de expender esa cerveza, la cual dejó de ser la número uno.

5 Dentro de este argumento, Briggs señaló en el debate que frente a la imposibilidad de evitar el abuso infantil lo conveniente era reducir las posibilidades excluyendo a los homosexuales de la docencia y manteniendo a los heterosexuales.la Propuesta 6 triunfara, la cual perdió por más de un millón de votos (Fejes, 2008:1).

6 Traducido del original.

 

Información sobre los autores

Nina Chaparro Gonzalez. Colombiana. Abogada del colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, tiene un diplomado en derechos humanos dela misma Universidad trabaja en el áreade investigación en derecho constitucional, justicia transicional y género y sexualidad en el derecho. Su piblicación más reciente es la transcición en la Republica Democrática del Congo: las dificultades y retos de construirr un oreden democratico nacional y local del medio del conflicto (en coautoría, en Camila de Gamboa ed, El tránsito hacia la paz de las herramientas nacionales a las locales.Estrategias de la transición en cinco países y en tres ciudades colombianas, GTZ/Universidad del Rosario. Bogota, 2010)

Soraya Estefan Vargas. Colombiana. Abogada del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, trabaja en áreas de investigación en derecho constitucional, derechos humanos y género y sexualidad en el derecho. Hizó sus prácticas jurídica en la corte constitucional, ha adelantado estudios en filosofía en la misma institución y tiene un diplomado en Corrección Literaria y discursiva del texto en la Pontificia Universidad Javeriana. Es cuautora de procedencia de la acción de tutela contra "providencia judiciales: una propuesta para su regulación", fue joven investigadora del grupo de Investigación en Derechos Humanos en la facultad de jurisprudencia de la Universidad del Rosario, en el proyecto " Eficaciaen el acceso ala información del Registro Público de Acciones populares y de grupo- Plataformas RAP" de la Defensoría del pueblo.