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Alteridades

versão impressa ISSN 0188-7017

Alteridades vol.20 no.39 México jan./jun. 2010

 

Memoria urbana y experiencias de vida de los ancianos

 

Del Monumento a la Madre Petrolera a El Monolito. Producción del espacio urbano, códigos y memoria*

 

From the Monument of the Mother Oil to The Monolith. Production of the urban space, codes and memory

 

Claudia C. Zamorano Villarreal**

 

** Investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, D.F. Calle Juárez 87, col. Tlalpan, delegación Tlalpan, 14000, México, D.F. <claudiaz@ciesas.edu.mx>.

 

* Artículo recibido el 19/10/09
y aceptado el 04/06/ 10

 

Abstract

This paper will focus on the production and transformation of urban spaces and their codes in a neighborhood built in 1936 in eastern Mexico City. My emphasis is on a public garden and the Monument of the Mother Oil that used to be in its center. A school ivas built in the center and in 1946 and the monument ivas lost and only recovered but so badly damaged in 1992 that its discoverers nicknamed it "The Monolith". In seeking to understand what ivas overshadowed and erased from the urban landscape and the human memory had revealed the interplay of three factors: institutional production of urban space and their codes, the inhabitants' appropriation of those spaces, and the urban memory.

Key words: modern architecture, production and appropriation of space, urban codes, urban memory.

 

Resumen

Se abordará la producción y transformación de los espacios urbanos y sus códigos en una colonia construida en 1936 en el oriente de la Ciudad de México. Se enfatizará en un jardín público y el Monumento a la Madre Petrolera que estaba en su centro. Sobre el primero construyeron una escuela en 1946 y el segundo fue enterrado y reapareció en 1992, tan degradado que sus descubridores lo rebautizaron como El Monolito. Indagar sobre lo que se borró o se eclipsó del paisaje urbano y de la memoria humana revelará la interrelación de tres factores: la producción institucional del espacio urbano y sus códigos, la apropiación de éstos por parte de los habitantes, y la memoria urbana.

Palabras clave: arquitectura moderna, producción y apropiación del espacio, códigos urbanos, memoria urbana.

 

Introducción

En la producción social del espacio urbano se ponen enjuego distintas dimensiones simbólicas, funcionales y materiales en las que la sociedad, los arquitectos urbanistas y los tomadores de decisiones políticas tienen distintos niveles de incidencia según el espacio y la escala geográfica de la que se trate, así como la correlación de fuerzas que se establezca en un momento histórico dado.

Dos ejemplos serían el levantamiento de una colonia de autoconstrucción y la edificación de una ciudad con la intervención de arquitectos y urbanistas. En el primero, el peso del Estado se limita a dar el aval a la ocupación del espacio, siempre con intereses de por medio. La función de los arquitectos puede darse en las intervenciones que hacen como consejeros –en el marco de una actividad militante profesionalizada– o en las representaciones directa o indirectamente transmitidas a la población sobre "lo bien construido". Así, los usuarios-constructores, cargados de representaciones sobre un derecho político-social, un saber hacer y una necesidad material, determinan la mayor parte del proceso productivo de su espacio. El otro caso se ilustra con el trazado de Brasilia, emblema de la modernidad arquitectural construida en 1956. Los arquitectos propusieron todos los componentes urbanos. El Estado los avaló, los apoyó en lo financiero y se apropió simbólicamente de ellos mediante el discurso, la nomenclatura y la monumentalidad. La población no acató por completo las prescripciones implícitas en el espacio construido; más bien, se apropió, resistió y transformó el espacio (Holston, 1989). ¿Cuáles fueron los límites de sus acciones? ¿Llegaron éstas a transformar profundamente la estructura urbana impuesta?

En el presente trabajo abordaré un caso similar al de Brasilia, pero en una escala geográfica mucho menor: el de la colonia Michoacana, construida en los años treinta en el oriente de la Ciudad de México. Ahondaré en la fortuna de un jardín público y del Monumento a la Madre Petrolera que estaba en su centro, tratando de entretejer dos ejes de discusión: aquel sobre la producción y la apropiación de la ciudad y sus códigos, inspirado en Henri Lefebvre (1991); y el de la producción de la memoria urbana, el recuerdo y el olvido, inspirado en sus inicios en los trabajos de Maurice Halbwachs (1950) y Pierre Nora (1984), y en México ampliamente enriquecido por los historiadores orales (de Garay, 2004) y los psicólogos sociales (de Alba, 2010). El jardín y el monumento sufrieron una transformación extrema: el primero se convirtió en escuela en los años cuarenta y el segundo fue enterrado en los años sesenta y reapareció en los noventa, tan degradado que sus descubridores lo rebautizaron como El Monolito. Éstos eran dos símbolos que hacían parte de un complejo sistema codificador que políticos y algunos arquitectos querían establecer en la ciudad posrevolucionaria. ¿Qué nos pueden decir su vejación y olvido sobre la producción de la ciudad y sus símbolos, sobre la recepción de estos símbolos por parte de la población y sobre la producción del recuerdo? ¿Cómo podemos aprehender estos procesos de la realidad?

Voz, papel y concreto: las fuentes de la memoria urbana

El trabajo se basa en 70 entrevistas semidirigidas con fundadores de la colonia y sus hijos, en gran parte, personas mayores de 65 años.1 Los problemas de memoria ligados a su edad, la complejidad implícita en el análisis de todo espacio urbano, así como el carácter situacional e imperfecto de la producción del recuerdo, me han exigido desde hace un tiempo reflexionar más detenidamente sobre la memoria urbana, entendida, de acuerdo con Martha de Alba (2010) ,2 "como una reconstrucción del pasado en el presente que resulta de un trabajo de selección y de interpretación y que, al pasar por el tamiz sociocultural de quien reconstruye los hechos, está sujeta a imprecisiones".

Las conclusiones hasta ahora elaboradas hacen énfasis en que esta memoria encuentra sus raíces entre el concreto, los papeles y las voces; y que hay que acudir a éstos como fuentes capaces de explicar el proceso de producción y transformación del espacio urbano (Zamorano, 2004). Siendo consecuente con ese principio, además de las entrevistas, las fuentes que acompañaron mi reflexión fueron la observación directa de prácticas, objetos y espacios; ocho fotografías aéreas históricas fechadas entre 1936 y 1999; álbumes fotográficos familiares; así como documentos y planos del Archivo General de la Nación y el Archivo Histórico de la Ciudad de México.

La densidad de información que ofrecen estas fuentes nos hace sensibles a lo inesperado, ayuda a encontrar lo que no buscamos y permite conectar elementos que aparentemente no tienen relación. No obstante, la complejidad en los espacios urbanos -producto de la sedimentación de un sinnúmero de eventos- impone sistemáticamente puntos ciegos que a veces descubrimos y a veces no. ¿Qué hacemos con ellos?

En toda entrevista -exploración de la memoria humana- los silencios y los olvidos pueden ser más significativos que las palabras mismas. Igual pasa con la observación de la ciudad -la indagación de la memoria de concreto-, donde lo destruido, lo desaparecido y lo olvidado pueden ser reveladores de un elemento urbano poco apreciado e incluso despreciado por los pobladores. En esta ocasión me apoyo especialmente en los silencios y los olvidos tanto del concreto como de las voces humanas para comprender la relación entre tres procesos que se desprenden de los ejes de discusión antes señalados: 1) la producción del espacio urbano y sus códigos por parte de los arquitectos y el Estado, 2) la apropiación de éstos por parte de los habitantes y 3) la producción de la memoria urbana. En la interacción de estos procesos veremos una sedimentación de prescripciones, transgresiones y apropiaciones, así como muchos diálogos entrecortados.

 

La producción del espacio urbano y de sus códigos: sedimentación de prescripciones, transgresiones y apropiaciones

Según Lefebvre (1991), cada modo de producción genera su propio espacio mediante una lenta apropiación (en el sentido de hacer apropiado para un uso determinado) tanto del espacio como de los objetos materiales que en él existen. En este hacer, se van estableciendo códigos -sistemas de símbolos- que comienzan a ser compartidos entre los habitantes, los constructores y los políticos, y que permiten "al mismo tiempo, vivir el espacio, comprenderlo y producirlo" (Lefebvre, 1991: 59).3 Para el autor, el ejemplo más acabado de la producción de códigos urbanos es la ciudad medieval, donde "las fachadas concuerdan para determinar perspectivas; las entradas y las salidas, puertas, ventanas, se subordinan a las fachadas, alas perspectivas; calles y plazas se ordenan en torno a edificios, palacios de los jefes políticos y a instituciones" (Lefebvre, 1991: 59). Sin embargo, aclara Lefebvre, no todos los modos de producción logran implantar códigos tan coherentes; no todos los códigos llegan a ser compartidos entre habitantes, políticos y arquitectos. Dado el carácter histórico de la producción de ciudad, existe un desfase sistemático entre modos de producción, espacios construidos y códigos establecidos. Así, podemos hablar de una sedimentación poco transparente de objetos materiales y símbolos en un mismo espacio.

¿Podría aplicar el principio abstracto de que "cada modo de producción secreta su propio espacio y sus códigos" a una realidad más concreta, como la de una unidad territorial pequeña en un régimen político específico? La respuesta es un sí con matices: además de lo señalado en el párrafo anterior, debe considerarse primero la diferencia entre un régimen establecido y un proyecto de nación que no se concretó (o se concretó parcialmente). Luego, la contraposición y el conflicto de fracciones en un mismo régimen. En la Ciudad de México, como veremos, estos factores hicieron de los intentos de producción de una "ciudad revolucionaria" una experiencia incompleta, ¿podría decir interrumpida?

La capital mexicana después de la Revolución: un archipiélago de la modernidad Juncionalista

Ubiquemos el contexto de la Ciudad de México en los años veinte y treinta. Era una fase de construcción del Estado revolucionario que trataba de acuñar un proyecto de nación en el que la política de sustitución de importaciones y la modernización industrial constituirían la base. La Ciudad de México sería la sede de los poderes federales y la impulsora del desarrollo. Para ello, el Estado apostó a una planificación urbana funcionalista, inspirada por el brío planificador que se daba en el mundo y que en México era promovida por arquitectos como Carlos Contreras y Carlos Obregón de Santacilia, Enrique Yáñez, Juan Legarreta, entre otros. De este modo, se impulsó la arquitectura funcionalista, así como el muralismo y otras expresiones artísticas que alegorizaban y codificaban una visión sobre la Revolución, tratando de convertir aquella arquitectura abstracta en una fuente de identidad nacional.

Sin embargo, tres factores limitaron la expansión de estas obras y condujeron a construir en la ciudad un archipiélago escueto de la modernidad funcionalista. En primera instancia, la falta de proyecto unitario de nación que, en el periodo objeto de estudio, se marcó con la ruptura entre el presidente Plutarco Elias Calles (1924-1935),4 quien apoyó a la industria de la construcción y el cemento, y Lázaro Cárdenas (1936-1940), quien encauzó sus fuerzas y estrategias políticas a la industria del petróleo y al campo. Éste fue un giro fundamental que provocó, como veremos más adelante, el abandono de los proyectos de vivienda que interesan para el presente trabajo. Enseguida, la oposición de otras corrientes arquitecturales, especialmente la academista y la neocolonialista, que combatieron desde distintos frentes los proyectos de los arquitectos funcionalistas, sobre todo aquellos promovidos por los radicales, un grupo de intelectuales socialistas que hicieron una interpretación propia del funcionalismo de vanguardia internacional en favor de los trabajadores (Sánchez Ruiz, 1999) y quienes precisamente diseñaron las colonias de interés para esta investigación. Al final, la carencia de recursos, aunada a la inercia social de desigualdad del país, en el contexto de industrialización y de migración interna5 de la época, condujo a la proliferación de cinturones de miseria y tugurios como lugares de asentamiento de los trabajadores.

De este modo, alrededor de los pocos edificios, monumentos y equipamientos urbanos planificados funcionalmente, se seguían desarrollando océanos de precariedad, algunos lunares de opulencia y edificios privados y públicos diseñados con tendencias conservadoras. Regresemos a la pregunta: ¿Cada régimen secreta su propio espacio y sus códigos? La respuesta es más compleja de lo que esperaba. Por un lado, aunque trató de hacer apropiada la ciudad para convertirla en sede del poder federal y del desarrollo industrial, el régimen revolucionario no logró construir su ciudad, o al menos no como se proponía en el discurso oficial apoyado en el pensamiento funcionalista. Por otro lado –o quizá como consecuencia de esto–, el sistema codificador que pretendió instaurar devino una especie de discurso entrecortado tanto en el espacio (lo que se ejemplifica con la idea del archipiélago) como en el tiempo (que se denota en los diferentes proyectos de nación que tenían los dirigentes, así como en la inercia de la desigualdad social).

¿Qué valores e ideas logró transmitir este sistema de símbolos a los habitantes de la ciudad, y qué implicaciones tuvo para el devenir de la ciudad producida y sus códigos? Los casos del jardín y el monumento abordados en el presente artículo parecen mostrar cómo este diálogo entrecortado entre el Estado, los arquitectos y los habitantes conduce a la destrucción y al olvido de muchos símbolos, restando aún más eficacidad al código que se quería instaurar.

Las colonias para obreros y empleados del Distrito Federal: sus espacios y sus códigos

Las colonias para obreros y empleados del Distrito Federal –primer proyecto de vivienda social del México revolucionario–6 deben contarse entre los islotes de aquel escuálido archipiélago de modernidad funcionalista. Son producto del concurso de Vivienda Mínima Obrera, convocado en 1932 por el Muestrario de la Vivienda Moderna, despacho de construcción a cargo de Obregón de Santacilia. Los proyectos ganadores fueron los de los arquitectos radicales quienes, como vimos, interpretaron la arquitectura de vanguardia internacional en favor de los trabajadores.

Los arquitectos programaron la construcción de cerca de 800 casas repartidas en tres colonias: la Balbuena, ahora Aarón Sáenz; San Jacinto, ahora Nextitla; y La Vaquita, ahora Michoacana. Éstas se ubicaron en lo que a principios del siglo XX se llamaba la herradura de tugurios, un medio anillo que bordeaba la periferia nororiente de la capital y que se caracterizaba por altos índices de pobreza. Justamente las colonias tenían como misión romper la inercia de la marginación de esas zonas (DDF, 1934).

Veamos en una de estas colonias -la Michoacana-los símbolos más evidentes que se quisieron establecer. Su diseñador, el arquitecto Juan Legarreta, concibió 16 manzanas con una treintena de casas cada una. Salvo en las esquinas, donde había viviendas un poco más amplias, la mayoría de las casas se asentaba en lotes de 100 m2, con una superficie construida de 54 m2. Todas contaban con agua entubada, drenaje y electricidad, lo que representaba un lujo en aquella época. Vistas en conjunto, las casas constituían una trama en la que la sobriedad de los trazos, la homogeneidad y la regularidad hacían la armonía. El arquitecto preveía amplios espacios públicos, que también beneficiarían a las colonias vecinas, con jardines y parques; un deportivo con alberca y con canchas de fútbol, béisbol y tenis; un mercado y, finalmente, un lote de 5 000 m2 destinados a un Centro Escolar ubicado en el corazón del complejo urbano (figura 1).7

En esta breve descripción resaltan al menos tres símbolos que formaban parte de un código funcionalista radical. Primero, la simplicidad y la homogeneidad de las casas envían un mensaje de igualdad en la sobriedad dignificada, en la que se cumplía con el precepto de la arquitectura funcionalista radical: "el lujo es un artefacto, la simplicidad otorga el criterio de la belleza" (López Rangel, 1984: 33). Segundo, la generosidad de los espacios públicos de esparcimiento los hacen parecer como la vía para recuperar la dimensión humana del trabajador: "podemos garantizar una población sonriente, en una ciudad con jardines amplios para todos; [...] una ciudad donde abolidas las diferencias de una sociedad clasista, la vida humana recupera su dimensión propiamente humana" (Juan Legarreta cit. en Granados Roldan, 1987: 146). Tercero, la ubicación central de la escuela y sus dimensiones ponen a la educación como la ruta hacia la igualdad social: "la escuela activa proletaria debía insertarse en el núcleo mismo de las zonas de trabajadores, con la finalidad de quebrar la inercia de la explotación, al poner en marcha los mecanismos de igualación social, al menos en las oportunidades escolares, y como núcleo futuro de la organización obrera" (Reyes Palma, 1999: 18).

Entre lo proyectado y lo producido: transgresiones y apropiaciones

Si bien las colonias Aarón Sáenz y San Jacinto se terminaron de construir y entregar durante la presidencia de Abelardo Rodríguez, con la simpatía y el aliento de Calles y bajo los cuidados de Juan Legarreta; el contexto de concreción de La Vaquita (ahora Michoacana) fue diferente: Legarreta falleció en 1934, dejando el proyecto en orfandad. Meses más tarde, Lázaro Cárdenas tomó el poder, y en sus intentos por acabar con el Maximato y solucionar el problema de la vivienda urbana mediante la producción de fraccionamientos populares de autoconstrucción, sofocó el proyecto de los radicales.8 De este modo, el proyecto en la colonia La Vaquita (Michoacana) se vio interrumpido: En 1936, momento de su inauguración, sólo se había construido 50 por ciento de las viviendas proyectadas y no se concretaron varios de los jardines, el mercado ni el deportivo (figura 2).

Sin embargo, estas transgresiones no impidieron que Lázaro Cárdenas hiciera una importante apropiación simbólica del proyecto. Según cuentan los vecinos, el 11 de diciembre de 1936 el general michoacano fue personalmente a inaugurar la colonia, momento tras el cual dejó de llamarse La Vaquita, para adoptar el nombre de su tierra natal: Estado de Michoacán. Llamando del mismo modo al enorme centro escolar, Cárdenas vio en este espacio el lugar para albergar su modelo de educación socialista. Asimismo, por 1937 apoyó al muralista estadounidense Pablo O'Higgins -alumno de Diego Rivera y miembro de los Talleres de Gráfica Popular y del Partido Comunista Mexicano-para realizar un fresco de 200 m2 en el auditorio de dicho centro escolar: una alegoría de la expropiación petrolera. Además, en 1938, asistió a los festejos del segundo aniversario de la colonia, trascendente fiesta cívica que -con concursos, bailes, veladas literarias y competencias deportivas- tenía convocatoria también en las colonias vecinas. Fue quizá en ese entonces que se decidió instalar el Monumento a la Madre Petrolera que nos ocupa en el presente artículo.

En resumen, sobre esta arquitectura moderna y abstracta Cárdenas imprimió tres de los símbolos centrales de su sexenio: la expropiación petrolera, la educación socialista y el estado donde nació. Las acciones parecen haber dado resultado, pues la mayoría de los fundadores de la colonia que entrevisté atribuyen la obra al general michoacano y comentan con orgullo los momentos en los que asistió.

Lázaro Cárdenas promovió todas estas casas. Sí, él nos las... puede decirse que nos las regaló, porque, como le dije la vez pasada: ¡Nos cobraban 19 pesos mensuales de renta [hipoteca]! (Señora Gutiérrez, 85 años, costurera jubilada).

Pues, el presidente, entonces estaba Lázaro Cárdenas, vino a cenar una Navidad aquí a la colonia, y se le dijo que necesitábamos una escuela, puso empeño y nos hizo la Michoacana (señora Romero, 86 años, ama de casa).

Con el paso del tiempo -sexenio tras sexenio, regencia tras regencia- otro tipo de apropiaciones materiales y simbólicas se realizaron en aquel pequeño espacio programático de la modernidad: a) en 1943, el gobierno de Ávila Camacho avaló la expropiación de los terrenos que el arquitecto Legarreta había destinado al centro deportivo, para favorecer la autoconstrucción de viviendas; b) en los años cincuenta y sesenta, el terreno destinado al parque central acogió un deportivo y algunas instalaciones del sector salud; c) también por esos años, el centro escolar fue dividido en cuatro escuelas y el proyecto de educación socialista se abandonó. Por último, lo importante para este trabajo, d) el único jardín que sí se concretó en 1936, situado al oeste de la escuela, desapareció a mediados de los años cuarenta para dar lugar a la Escuela Secundaria Técnica "Lauro Aguirre" y ej en los años sesenta, el jardín de enfrente recibió a la Escuela Vocacional Número 1.

Con esto vemos el paso entre lo proyectado y lo construido; entre lo construido y lo transformado en un proceso complejo de interpretación y apropiación de la arquitectura funcionalista que vio al menos tres fases (algunas superpuestas): la interpretación y la apropiación que hicieron los arquitectos mexicanos sobre la arquitectura de vanguardia internacional entre los años veinte y treinta; aquellas realizadas por los políticos que participaron en la concreción de las colonias a principios de los años treinta; y las apropiaciones que sobre el espacio construido fueron haciendo los tomadores de decisiones políticas –en diferentes escalas– durante los años posteriores al cardenismo.

Es pertinente enfatizar en las apropiaciones materiales y simbólicas que realizaron los residentes de la colonia, tanto de los espacios públicos como de los privados. Entre las más importantes está una que tiene que ver con los perfiles de población que se establecieron a partir de criterios de asignación de las viviendas. En efecto, las casas no se asignaron sólo a obreros –como se podía suponer de un proyecto de Vivienda Mínima Obrera- sino también a empleados, particularmente aquellos inscritos en el naciente sistema corporativo mexicano.9 Esto produjo una composición social donde predominó una clase media baja con pretensiones de ascenso social; lo que llamé en un momento "los hijos consentidos de la modernidad" (Zamorano, 2007). Entre los efectos de esta asignación, me interesa subrayar la transformación del paisaje urbano debida a que los beneficiarios -buscando responder a sus necesidades materiales y simbólicas-aumentaron el número de pisos de sus viviendas y modificaron sus fachadas incorporando una gran variedad de estilos, incluyendo el neocolonial, tan aborrecido por los radicales.

Estas transformaciones muestran, por un lado, la ineficiencia de los símbolos que querían implantar los radicales, como aliados del Estado revolucionario, y, por el otro, los límites de la noción de usuario que asignamos a aquellos que ocupan el espacio. En efecto, ellos no sólo usan este espacio, sino que se lo apropian material y simbólicamente, y muchas veces lo transforman. Como destacó Michel de Certeau (1996), no son consumidores-esfinge de la cultura, los espacios o la lengua, sino consumidores-fabricantes; entendida la fabricación como una producción poiética (creadora, inventiva y generadora), heterogénea entre los actores e impregnada de conflicto. El comentario del arquitecto José Villagrán García, escrito cuando visitó la colonia en los años cincuenta, muestra bien la cuestión: "De hondas significaciones resulta visitar esas casas. Unas han ocupado el taller para artesano como sala para recibir, con muebles de gusto pésimo y muy alejado de la idea que se tiene de un modesto obrero. La cocina se ha convertido en cochera, el cuarto de baño, en ropero y el patio..." (Villagrán García, 1989: 392).

 

Producción del espacio urbano, apropiaciones y memoria

Las diferentes formas de interpretación y apropiación del proyecto urbano de los radicales nos permite entender grosso modo el proceso de producción del espacio urbano y de sus códigos. Empero, la comprensión plena de estos espacios, la decodificación de los símbolos no es una tarea fácil. La estructura urbana es cambiante. Sus elementos tangibles tienen una durabilidad y ritmos de evolución diferentes. Incluso hay algunos que se desvanecen, se destruyen o casi desaparecen. Éste es el caso de El Jardín y el Monumento a la Madre Petrolera, que se analizará a continuación. ¿Qué significa esta desaparición parcial o total? ¿Qué nos dice esto de la construcción de la memoria urbana? ¿Qué nos dice de la eflcacidad de símbolos con los que arquitectos y políticos produjeron esos espacios?

El Jardín y el Monumento a la Madre Petrolera: memoria opaca de dos símbolos

El Jardín medía alrededor de 2000 m2 y estaba ubicado al oeste del centro escolar, entre los dos únicos bloques de viviendas que se habían construido en 1936. Para ese entonces, era el único de los tres espacios recreativos que ya estaba arbolado y con pasto, contaba con caminos de tierra geométricamente trazados y una plaza central que bien podía hacer las veces de centro cívico (véase figura 2).

Cuando en entrevista los fundadores eran invitados a describir la colonia en sus primeros años, algunos (por cierto pocos, si pensamos en las 70 entrevistas que realicé) llegaban a describir espontáneamente este jardín, sus usos y su mobiliario:

Era un jardín hermosísimo. Yo lo disfruté muchísimo. Había columpios, resbaladillas. Pero, más que eso, había unos prados... muy bonitos. En el centro del jardín había unas palmeras, una palmera muy grandota y con flores, así debajo de las palmeras. Todo muy bonito (señor Roca, 74 años, artesano y activista político).

Nosotros acostumbrábamos ir con mi mamá los ñnes de semana para hacer días de campo (señora Rosas, 6 7 años, secretaria de gobierno jubilada).

Al lado de la familia Olvera encuentras todavía una de las bancas que habían donado las familias para el parque. Esa banca todavía dice: donado por fulano de tal... (señora. Juárez, 68 años, secretaria jubilada).

Los entrevistados hablaban también de su desaparición y tomaban una posición:

Ahora, recordando ahí el jardín... ¡Bellísimo! Los padres de esa época, los que vivían ahí, no objetaron [...] que se pusiera la secundaria. Pensaron más en la educación que han de recibir sus hijos, en secundaria, que en defender ese jardín para recreo de la colonia (señor Roca, 74 años, artesano y activista político).

Todos estaban de acuerdo en que se siguiera con la escuela. Y luego los mismos padres gestionaron la secundaria: ¡Ahora ya tenemos secundaria! y tenemos además la [escuela] Estado de Michoacán, que es primaria. Si nos fue muy bien (señora Fernández, 64 años, cultora de belleza).

Mi papá fue de los fundadores de la secundaria. Inclusive [...] un aula lleva el nombre de mi papá... Ahí, en una placa en la entrada (señora Pérez, 67 años, cuidadora de enfermos).

Aunque son pocos los testimonios, vemos en ellos un cierto detalle de los elementos del jardín y su destino. También es interesante observar el cambio sutil pero sugestivo en el nombre: mientras que el plano que firmó Legarreta en 1933 denominaba a este espacio el Jardín Obrero, los habitantes de la colonia le llamaban el Jardín de Orfebrería, haciendo referencia a una de las calles que lo circundaban. ¿Esto permite sugerir una toma de distancia que esta clase media quiere hacer ante el movimiento obrero?

Pese al detalle que había en la descripción del jardín, nadie había mencionado la existencia del Monumento a la Madre Petrolera, objeto que, al parecer, sí estaba bien eclipsado de la memoria de los residentes de la colonia. Me empecé a interesar en él tras una pregunta de la señora María O'Higgins, esposa del muralista estadounidense que pintó un fresco en el auditorio del centro escolar alrededor de 1937. Conversando sobre los problemas para dar mantenimiento a la obra de su marido, María O'Higgins me preguntó: ¿Tú sabes qué fue de una escultura grande de piedra sobre la lucha de las mujeres por el petróleo? Ella me dio la indicación de que había sido esculpida por un miembro de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) -a la que había pertenecido su esposo-y que estaba situada en El Jardín. Indagué un poco con los vecinos sin obtener grandes resultados.

En mayo de 2004, una vez que consideré concluido el trabajo de campo, organicé una exposición gráfica con el material de archivo y las fotografías de los álbumes de las familias fundadoras. El evento tendría lugar en el Centro de Estudios Científicos y Tecnológicos Luis Enrique Erro del Instituto Politécnico Nacional (CECyT-IPN), justo enfrente de donde estaba El Jardín, donde ahora se encuentra la secundaria. Durante los preparativos de la exposición, el decano del plantel me hacía una visita guiada por las instalaciones y me explicaba su historia: en los años sesenta, se instaló la Escuela Vocacional Número 1, que fue cerrada en 1973 o 1974, tras enfrentarmentos armados entre estudiantes y autoridades. Las instalaciones se convirtieron en una bodega del ipn hasta mediados de los años noventa, cuando se decidió aprovechar las instalaciones para el CECyT-IPN. A finales de estos años –me explicaba el decano–, cuando se cavaban las zanjas para la cimentación de una nueva sección del Centro, apareció El Monolito.

El Monolito es ahora un bloque de piedra de cerca de dos metros cúbicos en el que se dibuja un busto femenino con rasgos indígenas y, podemos suponer, ataviado con un rebozo. En la parte trasera se distingue el fragmento de un oleoducto y se puede ver que varias piezas le han sido arrancadas. Se encuentra frente al edificio central de la escuela, cerca del área administrativa, sin zoclo alguno, pero en un pequeño jardín rodeado de arbustos relativamente bien cortados. En la convivencia con los estudiantes y trabajadores durante la preparación de la exposición, me di cuenta de que se había convertido en un hito espacial, lugar de citas, punto de referencia: "nos vemos en El Monolito"; "allá frente a El Monolito". Incluso uno de los empleados llegó a afirmar que era una pieza prehispánica olmeca.

El día de la inauguración de la exposición, los vecinos de la colonia entraron a la escuela, muchos por primera vez después de su reapertura en los años noventa. Uno de ellos, que había sido uno de mis interlocutores privilegiados por la cantidad de fotos y recuerdos que tenía, dijo con gran admiración al ver El Monolito: "¡Órale: La Madre Petrolera!" (señor Palmares, 73 años, tramoyista jubilado).

Del recuerdo y el olvido: límites de la etnografía y situacionismo de la memoria urbana

Esta anécdota me produjo una especie de risa confusa, de ésas que surgen cuando la tragedia es demasiado burda: ¿estaba cerrando campo o apenas empezaba a obtener información fina? ¿Cuántas "Madres Petroleras" más iban a emerger si buscaba con un poco más de paciencia? Fuera de la desazón, la experiencia me permitió, por un lado, evaluar críticamente mis estrategias de campo y comprender algunos límites de la etnografía urbana. Por otro, recordar el carácter espacial y situacional de la memoria urbana.

Al combinar las entrevistas múltiples con la observación y la investigación archivística, intenté generar una densa trama de información. Mi proceder consistió en iniciar el campo con entrevistas relativamente abiertas y, de ahí, identificar ciertos elementos urbanos de interés y profundizar en ellos con nuevas entrevistas. Pero en la complejidad de la interpretación y en la enorme cantidad de elementos urbanos que encontré y que no encontré, resultó que la profundidad con la que pude abordar los temas no era uniforme, que había también puntos ciegos. Uno de ellos era la monumentalidad. Para paliar un poco el problema, me aventuré a contactar a tres vecinos que llegaron a la colonia en 1936 cuando eran apenas unos niños. De ahí empecé realmente a reconstruir la historia de El Jardín y, sobre todo, la del Monumento a la Madre Petrolera, que había pasado bajo silencio en las entrevistas anteriores.

De acuerdo con estas conversaciones, en los inicios de la colonia el monumento estaba efectivamente en el centro de El Jardín, sobre un zoclo de concreto. Los vecinos me hicieron notar ciertos elementos que le habían sido arrancados, en especial el bebé que la mujer sostenía en sus brazos cubierto con un rebozo. El monumento no había pasado inadvertido en esas épocas, era incluso un punto de reunión para los jóvenes y lugar de encuentros amorosos: "ahí nos veíamos con las chamaconas" (señor Palmares, 73 años, tramoyista jubilado). A mediados de los años cuarenta, cuando los vecinos –organizados como Asociación de Padres de Familia del Centro Escolar– gestionaron la construcción de la secundaria en lugar de El Jardín, el monumento fue desplazado al centro del parque de enfrente. Este lugar (conocido como el "Parque de las Lijas" por la rugosidad de la textura de su tierra) había sido convertido por los jóvenes vecinos en una cancha de fútbol:

La palomilla organizó poner el campo de fútbol donde ahora está el Poli [Politécnico]: con palos y picos, ahí estábamos, a nivelar. Le pedimos ayuda al diputado [un vecino de la colonia] y nos mandó una aplanadora y arena y todo eso. Teníamos dos equipos: uno de infantiles y otro de juveniles. Los registramos en la Federación de Fútbol del Distrito Federal y en la Federación Mexicana de Fútbol y organizaban partidos. Mandaban de diferentes lugares a jugar con nosotros y, de vez en cuando, salíamos nosotros también. Era una cancha legalizada y formal de 100 mx 50... (señor Villalobo, 82 años, ferrocarrilero jubilado).

Según el señor Palmares, cuando pusieron a la Madre Petrolera en el centro de la cancha, no fue difícil para los jóvenes futbolistas moverla con palas y picos hacia una orilla donde no estorbase. En los años sesenta, el "Parque de las Lijas" desapareció y, junto con él, el monumento:

Cuando pusieron la vocacional, quitaron el parque y, de repente... desaparecieron el campo de fútbol. Yo vivía entonces en la Balbuena, ya estábamos adultos y ni quien lo defendiera... (señor Villalobo, 82 años, ferrocarrilero jubilado).

Nada sé sobre las interrogaciones que provocó la presencia de la Madre Petrolera en ese parque para los constructores de la vocacional. Tampoco sé del estado de degradación que podía tener. Puedo suponer un cierto embarazo y también bastante menosprecio hacia ese bloque de piedra, como para decidir enterrarlo al pie del edificio.

Interpelando de nueva cuenta al recuerdo de mis entrevistados, logré paliar parcialmente las lagunas de información que tenía en torno a estos dos objetos urbanos. No obstante, surgían aún más interrogaciones alrededor de la memoria urbana. Ciertamente, la ciudad (de manera más extensa, el espacio y los objetos en él depositados) constituye un marco social de la memoria colectiva que otorga certeza, identidad y capacidad de resistencia (Halbwachs, 1950). Para recordar -es decir, representar en la imaginación lo vivido en otro momento y lugar (Halbwachs, 1950)–, la memoria urbana se finca en estos espacios y sistemas objetos. Cuando éstos se transformaron radicalmente o desaparecieron, no emergen en el discurso a menos que, en el momento en que se emite el recuerdo, representen objetos culturales indispensables o significativos para el que está hablando. En resumen, la memoria, además de tener un carácter espacial, es situacional.

Esta aseveración recuerda la pugna establecida entre la memoria: vida sujeta a lo dialéctico del recuerdo; y la historia: reconstitución problemática e incompleta de lo que ya no está (Nora, 1984: XIX). En esta pugna, los lugares de memoria -espacios y objetos donde la memoria encuentra sus raíces- tienen la función de avivar el recuerdo. Pero ¿qué podemos hacer cuando ya no están o casi desaparecieron? ¿Qué significan su destrucción y olvido? Tratando de responder a estas preguntas, me centraré en tres hilos que parecen entrelazados en torno a la producción social del espacio: los intentos frustrados de arquitectos y autoridades por construir ciudad y establecer códigos eficaces (esto es, capaces de transmitir mensajes y valores a la sociedad), y la recepción de estos códigos por parte de los usuarios, quienes –como ya señalé– están lejos de ser consumidores pasivos de la ciudad.

 

Reflexiones finales: diálogos entrecortados Estado, arquitectos y sociedad

Las historias de El Jardín y de la Madre Petrolera permiten ver a escala micro ese complejo proceso de producción social del espacio del que habla Lefebvre (1991), como una especie de diálogos entrecortados entre sociedad, arquitectos y tomadores de decisiones políticas. Los arquitectos, mediante un complejo sistema de circulación de ideas, se apropian e interpretan la arquitectura vanguardista internacional y la ofrecen al Estado revolucionario como una entrada a la modernización de la ciudad. Este último acepta la idea y se la apropia incorporando sus signos particulares. Es decir, la hace suya y la completa mediante un discurso, una nomenclatura y una monumentalidad que le son propios. En este hacer, ambos quieren establecer su peculiar sistema de códigos a fin de transmitir a la sociedad su propia visión de la ciudad y la historia, específicamente la Revolución. La población que llega a asentarse ahí no se vuelve un usuario pasivo del espacio. Esta, mediante sus prácticasy representaciones sociales -reflejo extremadamente complejo de prioridades y necesidades sociales, culturales y materiales– se apropia y produce un nuevo espacio, transgrediendo así los códigos que arquitectos y hombres políticos querían establecer.

El Jardín, como lugar de esparcimiento de los trabajadores, sería –según vimos en el discurso del arquitecto Legarreta– lo que le daría un sentido humano al trabajo, a la lucha social y al hombre. La monumentalidad sería la vía para transmitir una versión de la historia y de la misma Revolución. Ésta sería una especie de mercadotecnia política destinada a acoplar la superestructura ideológica a las instituciones y aparatos políticos.

La transgresión del primer código, El Jardín, parece bastante transparente. Los vecinos priorizaron la educación sobre la recreación, poniendo en pugna dos símbolos que el Estado y los arquitectos habían exaltado, siendo el segundo el que perdió más rápido su significado para la población o el que quizá sólo lo adquirió cuando ya era muy tarde, cuando El Jardín ya no existía; como podemos notar en algunos discursos (bastante extemporáneos para cuando se quitó El Jardín) sobre los espacios públicos: "Aquí mi crítica: ¿quitar un jardín tan bonito para hacer una secundaria? ¡Había más espacios! Quitar un jardín es quitar un pulmón" (señor Villalobo, 82 años, ferrocarrilero jubilado). Haber asignado a la escuela secundaria el nombre del maestro Lauro Aguirre –uno de los primeros secretarios de Educación del periodo revolucionario– ¿puede interpretarse como la ratificación del triunfo de la educación (o más bien del magisterio) sobre las demás necesidades de expansión de la clase trabajadora?

Por su parte, la Madre Petrolera, con su accidentada historia que la convirtió en El Monolito, fue un signo mancillado, olvidado y después revalorado y resignificado. Su vejación y olvido exigen al menos la formulación de hipótesis en torno a dos líneas de investigación.

La primera atañe a la recepción de los pobladores hacia el monumento. Al parecer, la Madre Petrolera era un signo abstracto del movimiento obrero que poco interpelaba a esta clase media popular con aspiraciones de ascenso social. Como la transformación de las fachadas -que destaqué anteriormente-, el desdén hacia el monumento podría interpretarse como el efecto de un diálogo poco logrado entre dos partes: los arquitectos y el Estado –que tenían su imagen del "obrero ideal"–, y los trabajadores, que buscaban una ruptura con su condición obrera, como lo demuestra su fuerte inversión escolar y el ascenso social de las nuevas generaciones (Zamorano, 2007).

La segunda reflexión debe considerar el paso de un objeto de propaganda política a un objeto patrimonial. En este caso particular, el paso significó el cruce de lo más o menos explícito –una alegoría– a lo oscuro de una figura deforme, especie de cabeza olmeca en el oriente de la Ciudad de México. Podemos observar tres momentos principales: el primero se dio a la mitad de los años cuarenta, diez años después de la inauguración de la Michoacana. Aquí, la Madre Petrolera no significaba un objeto cultural indispensable para los habitantes de la colonia, quizá precisamente por esta evocación del movimiento obrero que para los colonos era abstracto o hasta un objeto de rechazo. Así, no se sacrificaría lo más preciado, el símbolo mejor aprendido y lo que entonces se consideró una auténtica garantía de movilidad social ascendente: la educación. El segundo momento ocurrió en los años setenta, cuando la Madre Petrolera fue sepultada al pie de la escuela vocacional. Aquí se experimentó algo similar al primer momento, pero acentuado por el deterioro del monumento. ¿Es posible pensar que el ultraje del que fue víctima esta pieza fue solapado por el desdén particular que el regente capitalino –Ernesto P. Uruchurtu– manifestó por la historia y la cultura de la Ciudad de México? Recordemos que este funcionario no sólo fue conocido como el Regente de Hierro, por su particular fuerza de decisión y acción. También se le apodaba el Bárbaro del Norte, quien en pos de la modernización destruyó varios objetos monumentales de la capital. Finalmente, el tercer momento se observa en los años noventa, cuando exhuman a la Madre Petrolera convertida en El Monolito. Aquí vemos una resignificación de la pieza, inducida, al parecer, por una nueva conciencia de la noción de patrimonio, donde todo lo que tiene olor a viejo debe rescatarse y ser valorado, aunque su significado nos quede completamente oscuro.

En efecto, surge aquí la necesidad de introducir esta noción que, de haberse ocupado para analizar los hechos de los años cuarenta, cuando apenas empezaron las vejaciones contra la Madre Petrolera, hubiera sido más bien extemporánea: la noción de patrimonio. De acuerdo con Pierre Nora (1984), esta noción, así como los objetos considerados como patrimoniales, tomaron una nueva dimensión en el mundo a partir de 1972, con la firma del tratado de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) sobre la identificación, protección y preservación del patrimonio cultural y natural en el mundo. Hace falta estudiar de qué manera esta nueva conciencia de la patrimonialidad pasa a formar parte de las representaciones sociales de los ciudadanos comunes y autoridades medias (en especial las del CECyT-IPN), para revalorar cómo hicieron estos objetos, sin conocer siquiera su significado y su origen.

Para terminar se puede decir que el eclipsamiento del Monumento a la Madre Petrolera de la memoria de los vecinos y de su espacio físico original, así como la desaparición de El Jardín, no estaban desligados de los modos en los que el Estado revolucionario y los arquitectos radicales (e incluso los artistas revolucionarios) querían producir la ciudad y sus códigos: una arquitectura que quiere establecer símbolos más que diálogos. La arquitectura moderna funcionalista, aunque en el fondo tenga un complejo sistema estético y codificador, parecía vacía de significado para los usuarios, quienes, lejos de consumir el espacio pasivamente, lo transformaron, se lo apropiaron; es decir -retomando de nuevo a Lefebvre (1991)-, lo hicieron apropiado para responder a sus necesidades simbólicas y materiales.

 

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Notas

* Agradezco los generosos comentarios que en diversos foros me han ofrecido Graciela de Garay (Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora), Denise Hellion (Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco) y Gerardo Necoechea (Instituto Nacional de Antropología e Historia).

1 Las entrevistas fueron realizadas por la autora entre marzo de 2001 y octubre de 2004, generalmente en la colonia Michoacana y en el domicilio de los entrevistados, cuyos nombres han sido cambiados para preservar su anonimato.

2 "Sentido del lugar y memoria urbana: envejecer en el Centro Histórico de la Ciudad de México", que forma parte de este número de Alteridades.

3 Todas las traducciones del inglés y del francés al español son responsabilidad de la autora.

4 Como sabemos, el periodo presidencial de Calles terminó oficialmente en 1928, pero se extendió de facto hasta 1935, época conocida como el Maximato.

5 De 1910 a 1940 la población de la Ciudad de México pasó de 541 000 habitantes a 1 644 000. Buena parte de este crecimiento se debía a la migración interna (Unikel, 1974).

6 Este proyecto constituyó un embrión del concepto de vivienda de interés social dado que en él presenciamos por primera vez un acuerdo entre el Estado, la industria privada de la construcción y las corporaciones sindicales, dirigido a producir y hacer circular (mediante créditos) vivienda para los trabajadores.

7 Cabe señalar que los arquitectos no previeron ningún espacio para oficiar credos, ausencia que no era inocente. ¿Podríamos pensar que los arquitectos sustituían la importancia de la iglesia por la educación?

8Los informes anuales de los regentes de la Ciudad de México entre 1932 y 1938 (DDF, 1932-1938) permiten ver cómo, de ser presentado por el regente Aarón Sáenz (1932-1935) como la solución al problema de vivienda de los trabajadorescapitalinos, el proyecto de Vivienda Mínima Obrera pasó a ser considerado un gasto superfluo e ineficaz en la regencia de Cosme Hinojosa (1935-1938).

9 Esta tendencia ya se presentaba en la asignación de las otras dos colonias, pero en la Michoacana parece que se acentuó (DDF, 1934).