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Investigaciones geográficas

Print version ISSN 0188-4611

Invest. Geog  n.78 México Aug. 2012

 

Geografía humana

 

El turismo ante el reto de peligros naturales recurrentes: una visión desde Cancún1

 

Tourism facing the challenge of recurring natural hazards: a view from Cancún

 

Frank Babinger*

 

* Departamento de Análisis Geográfico Regional y Geografía Física, Facultad de Geografía e Historia, Universidad Complutense de Madrid, c/Profesor Aranguren s/n, Ciudad Universitaria, 28040 Madrid, España. E-mail: fbabinger@ghis.ucm.es

 

Recibido: 5 de mayo del 2011.
Aceptado en versión final: 28 de octubre de 2011.

 

Resumen

Este artículo analiza la dualidad existente entre el desarrollo económico basado en la actividad turística y las repercusiones de su ocupación territorial a expensas de un medio ambiente que engloba unos peligros naturales determinados. La transformación de los espacios costeros al ser ocupados por el turismo, es uno de los graves problemas que no se tienen en cuenta a la hora de planificar la actividad. Cancún es un modelo paradigmático en el cual un crecimiento explosivo de turistas, habitantes y construcciones turísticas ha llevado a la masiva ocupación de un espacio costero afectado histórica y actualmente por tormentas tropicales y huracanes. De ello resulta un claro aumento de la exposición al riesgo y de la vulnerabilidad. Esta colonización espacial por el turismo y los impactos de los huracanes tienen repercusiones directas sobre los establecimientos hoteleros y las urbanizaciones turísticas que ponen en entredicho el mantenimiento de la actividad turística en un futuro.

Palabras clave: Turismo, Cancún, ocupación del territorio, riesgos naturales, huracanes.

 

Abstract

This article discusses the duality between economic development based on tourism and the impact of land occupation at the expense of an environment that includes specific natural hazards. The transformation of coastal areas to be occupied by tourism is one of the serious problems which are not taken into account when planning the activity. Cancún is a paradigmatic model in which an explosive growth in tourists, residents and tourist buildings has led to the massive occupation of a coastal area historically and currently affected by tropical storms and hurricanes. The result is a clear increase in risk exposure and vulnerability. This space colonization by tourism and the impacts of hurricanes have a direct impact on the hotels and housing developments, which call into question the maintenance of tourism in the future.

Key words: Tourism, Cancún, land occupation, natural hazards, hurricanes.

 

TURISMO Y DESARROLLO

Impulsar el turismo crea oportunidades no solamente para inversores extranjeros, sino también para las economías regionales y locales (Niblo y Niblo, 2008:31; McCarthy, 2010:27) y para permitir el desarrollo industrial y agrícola del país (Valenzuela y Coll-Hurtado, 2009:175). La implantación del sector turístico es favorecida por las autoridades competentes en búsqueda de un desarrollo económico atraído desde fuera, materializado en forma de divisas extranjeras que conseguirían un reequilibrio regional y nacional a través de la creación de empleos y la acción inductora sobre otros sectores económicos. Sin embargo, con este miramiento hacia fuera, hacia lo extrarregional o extranjero, nunca se enfoca el sector hacia el esparcimiento de la propia población local y regional (García, 1979:15; López, 2002:131; Valenzuela y Coll-Hurtado, 2009:173) y no faltan voces críticas que señalan la ausencia de beneficios económicos para el conjunto de la región donde se ubican los centros turísticos (López, 2002:143) y la intervención de las élites socialmente dominantes en el desarrollo del turismo (Mombelli, 2010:121).

El hecho de copiar un modelo que se ha mostrado eficaz en otros países –como puede atestiguar el espectacular auge turístico y subsecuente desarrollo socioeconómico en España a partir de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado– sin tener en cuenta las especificidades del lugar, puede acarrear consecuencias económicas, medioambientales, sociales y culturales desastrosas, reproduciendo los problemas de otros lugares sin haber aprendido de ellos, lo que ha llegado a denominarse el "síndrome de deficiencia turística adquirida" (Mansfield, 2001:159).

El turismo, en su faceta de impulsor de desarrollo regional, presenta una dualidad difícil de superar. Por un lado, el sector es beneficioso para las regiones que ya tienen un cierto desarrollo puesto que se integra en él y lo refuerza. Sin embargo, son precisamente las regiones que no tienen los medios para asegurar su desarrollo y que no tienen otros recursos, las que optan por el turismo como última oportunidad (Cazes, 1992:297), lo que puede significar "pedir la dependencia a gritos" (Britton, 1992:217), ya que el turismo puede tener efectos mucho más negativos en el balance de la dependencia económica (Turner y Ash, 1991:16), que positivos en los resultados macroeconómicos del país.

La implantación de la actividad turística ha provocado efectos negativos en numerosas zonas costeras de México que no se pueden negar ni minimizar y que han tenido como consecuencia una transformación radical del espacio geográfico en el cual se han sobreimpuesto, con modificaciones en los usos del suelo, en las actividades económicas y hasta en las mismas sociedades, acarreando cambios culturales y la pérdida de identidades y tradiciones (Mombelli, 2010:121). Con todo, no se debe olvidar que en la mayoría de los casos estas mismas regiones se encontraban en una situación económica subdesarrollada, con pocas opciones para conseguir un desarrollo económico. Desde este punto de vista, la ubicación de los centros turísticos pretende conseguir el necesario desarrollo local y regional y, por lo tanto, y a pesar de todo lo expuesto, se debe considerar como algo positivo.

En este sentido, el caso de Cancún y del litoral de Quintana Roo resulta paradigmático, ya que se implantó el sector turístico en una región que carecía históricamente de un desarrollo económico comparable con el resto del país, situándose en la periferia de la periferia (Córdoba, 1999:1380). Sin embargo, con la focalización en lugares concretos, el resto de la región no se ha beneficiado de este desarrollo, que sigue limitándose a los centros en los cuales se despliega la actividad.

En vez de favorecer el reequilibrio territorial, los centros turísticos se encuentran desligados de la estructura urbana regional y de su economía (Trujillo, 1997:11-12). Sin embargo, no todo es negativo y el éxito de Cancún ha sido y sigue siendo innegable a tal punto, que ha conllevado una reestructuración de toda la región, abarcando no sólo al estado de Quintana Roo, sino a la península de Yucatán en su conjunto (Córdoba et al., 2007). La nueva economía estatal, basada exclusivamente en el sector turístico, tuvo un éxito casi inmediato con lo que provocó una fuerte inmigración (en Acapulco se dio una evolución semejante, aunque anterior en el tiempo (Valenzuela y Coll-Hurtado, 2009:176)).

Los problemas ligados a esta apuesta son continuos en Cancún, puesto que las autoridades municipales no son capaces de ofrecer los servicios básicos a una población que crece más rápidamente de lo previsto y de forma más acelerada, que la respuesta institucional. De esta manera, paradójicamente, el éxito económico de Cancún es el causante de las carencias en los servicios básicos que sufren sus habitantes, aunque ello no sea suficiente para reducir la atracción del lugar, que sigue captando importantes flujos migratorios en búsqueda de puestos de trabajo y en mejoras de su nivel de vida (Córdoba y García, 2003).

El caso de Cancún: introducción

Cancún no necesita presentación; la ciudad se encuentra plenamente insertada en la globalización espacial y económica; es un centro de ocio cosmopolita conocido en todo el mundo como símbolo del turismo de sol y playa del Caribe. En la actualidad, el aeropuerto de Cancún es el principal aeropuerto internacional del país, al cual llegan más vuelos internacionales que al de la Ciudad de México. Por añadidura, se podría decir que el turista internacional no viaja a Quintana Roo, o a México, sino a Cancún.

La población de Cancún ha conocido una evolución demográfica inaudita, teniendo en cuenta que se implantó en un espacio casi despoblado. Según datos del ayuntamiento de Benito Juárez, del que Cancún forma parte, el emplazamiento de la futura ciudad apenas contaba con algo más de cien habitantes cuando se decidió la construcción del centro turístico. En 1970 ya contaba con 441 habitantes, sobre todo personal encargado de levantar las estructuras e infraestructuras necesarias para el futuro desarrollo de la ciudad. A partir de 1975, ya con Quintana Roo erigido como estado federal y con la fundación del municipio de Benito Juárez, la ciudad tenía una población de 8 500 habitantes. A partir de entonces, y como se puede apreciar en la Tabla 1 con el gráfico asociado, el crecimiento ha sido explosivo, continuado y muy significativo, especialmente por la fuerte inmigración. únicamente en tres ciudades de la costa atlántica mexicana se da una proporción de inmigrantes superior al 50% sobre el total de la población, y todas se encuentran en el estado de Quintana Roo: Cancún, con cerca del 75% de inmigrantes, la mayor proporción de todo el país; Playa del Carmen, al sur de Cancún, con dos tercios de inmigrantes y Cozumel, con el 60%. Estas ciudades son representativas del impacto de la actividad turística; antes del inicio de la colonización turística de la entidad, ésta no contaba con ninguna localidad urbana, siquiera muy pequeña, en sus costas (Gutiérrez y González, 1999:121-123).

El crecimiento de Cancún ha sido espectacular a partir de la apertura del primer hotel en 1974 y hasta la actualidad (Figura 1), como se desprende de la información de Fonatur. Desde entonces se han construido casi 150 hoteles, lo que equivale a la construcción de cinco hoteles por año, aunque esta media no refleja la realidad, puesto que la zona hotelera de Cancún se ha desarrollado en distintas fases.

Según datos oficiales de Fonatur, en 1975 Cancún fue visitado por casi 100 000 turistas, una cifra nada desdeñable si se tiene en cuenta que se trataba de un lugar completamente desconocido para la mayoría de los turistas. En 1981 el centro turístico superaba ya los 500 000 turistas, en 1989 superó ampliamente el millón de visitantes, un año más tarde millón y medio; en 1992 pasa el umbral de los dos millones de turistas, en 1997 supera ampliamente los dos millones y medio y a partir del 2000 se llega a los tres millones –con una disminución entre 2001 y 2002 por los atentados del 11 de septiembre.

En 2004, y según datos de Fonatur, son casi 3 400 000 turistas los que llegan, el mejor año de toda la historia de Cancún hasta hoy, puesto que en 2005 se produjo una reducción debido a la excepcional temporada de huracanes; dos que impactaron en las cercanías de Cancún. Algo más de 3 250 000 turistas visitaron Cancún en 2008, cantidad que se volvió a alcanzar en 2010 tras una baja significativa en 2009 por la crisis económica y, sobre todo, por la alarma sanitaria provocada por el virus AH1N1, de especial repercusión en México y, por ende, sobre la imagen turística del país.

Espacios turísticos desdoblados

Esta ocupación masiva y espontánea del medio natural provoca cambios drásticos en el mismo y, en muchas ocasiones, los nuevos asentamientos urbanos no pueden hacer frente a la ola migratoria impulsada por su propio éxito económico. De esta manera surgen dos ciudades compartidas, la planeada y planificada que cuenta con los servicios básicos para la población, y los asentamientos espontáneos, creados por la población inmigrante, que no ha podido ser asimilada por las estructuras urbanas preexistentes (Córdoba y García, 2001). Esta realidad es observable dentro de un mismo perímetro urbano, como en Cancún, con una zona hotelera bien diferenciada de la ciudad de los trabajadores asociada a la primera, como fue planificado desde el principio (García, 1979). Pero también encontramos otras ciudades bien diferenciadas según el mismo criterio en la Riviera Maya, donde "ciudades gemelas" (Córdoba y García, 2003:120) han crecido a la sombra de los resorts de la costa.

En el caso de Cancún, la condición de enclave turístico y espacial es reforzada por la ocupación de una estrecha franja arenosa, límite entre el mar abierto y un sistema lagunar interior, que físicamente supone una disgregación espacial entre el recinto turístico y el desarrollo urbano asociado (Figura 2). Esta disposición permite una segregación espacial total de la zona hotelera y de la ciudad residencial. De hecho, desde el aeropuerto, que se encuentra al suroeste de las lagunas, se acude directamente por una carretera a la zona hotelera, sin tener que pasar por la ciudad, que la mayoría de los turistas siquiera llega a conocer (Córdoba y Córdoba, 2008:362).

Esta realidad no se limita, sin embargo, a la ciudad de Cancún, puesto que muchos de los centros turísticos mexicanos, como Acapulco, Puerto Vallarta, Los Cabos, Loreto, Mazatlán, Huatulco o Ixtapa-Zihuatanejo, presentan la misma problemática (Acapulco en Carrascal y Pérez, 1998 y Valenzuela y Coll-Hurtado, 2009; Acapulco e Ixtapa-Zihuatanejo en Mombelli, 2010; Los Cabos en López, 2002; Riviera Mexicana en Juárez et al., 2006; Huatulco en Gullete, 2009; Puerto Vallarta en Everitt, et al., 2008; Mazatlán, Puerto Vallarta, Cancún y Los Cabos en Wilson, 2008). El éxito económico del modelo es el mismo que provoca sus mayores disfuncionalidades y esta dualidad es insostenible territorial y socialmente ya que no sólo presenta un enorme contraste entre los gastos en infraestructuras y servicios efectuados en la zona turística y las pocas inversiones, sino ausencia de las mismas, que se efectúan en las ciudades gemelas que, en muchas ocasiones, adolecen de los servicios básicos de luz y agua, inmersos en un medio natural a veces hostil (Barbaza, 1992:298).

El desarrollo desigual de dos zonas diferenciadas dentro de un mismo espacio puede llegar a provocar un enfrentamiento entre las mismas, desde los lugareños y trabajadores, que viven en situación de desventaja en comparación con las zonas turísticas, hacia los moradores temporales (Jiménez, 1998:27), de los cuales, sin embargo, dependen sus puestos de trabajo e ingresos. El turista, por su lado, se encuentra en un mundo artificial que poco tiene que ver con la vida real de sus habitantes, en una especie de burbuja virtual, creada y recreada por las instalaciones turísticas, y donde se le mantiene conscientemente alejado de las condiciones de vida existentes en el espacio que comparte temporalmente con los habitantes, quienes seguirán allí cuando el turista ya se haya marchado.

Los folletos turísticos promocionan lo que los turistas quieren ver –lo que no engloba los riesgos naturales– y así muchos lugares que se presentan como bellos paraísos, en los cuales el turista puede encontrarse consigo mismo, además de con un medio ambiente limpio y natural, que son para sus habitantes verdaderos infiernos donde tienen que lidiar con la suciedad, un entorno deteriorado y problemas de insalubridad e inseguridad (Richter, 1992:35).

Cancún se construye territorialmente a partir de la zona hotelera, del centro urbano y de los nuevos desarrollos a lo largo de las carreteras principales que llevan a Mérida, al oeste, y la Riviera Maya, al sur. En la Figura 3 se puede apreciar el desarrollo del núcleo urbano de la ciudad de Cancún a principios de los años noventa del siglo pasado y a mediados de la década anterior. La morfología urbana de los años noventa es la que sigue apareciendo en los mapas de la ciudad difundidos actualmente, por lo que éstos se corresponden con una realidad estática, no dinámica, que se ha superado ampliamente.

El crecimiento urbano del centro es patente, haciéndose en paralelo a las vías urbanas más importantes y progresando por fajas cada vez más alejadas del centro de la ciudad. Este crecimiento explosivo, que no puede ser asimilado por las estructuras urbanas, provoca una acuciante falta de servicios e infraestructuras básicas. Asimismo, conlleva una notable ausencia de áreas verdes, puesto que el crecimiento descontrolado, impulsado por una importante inmigración, carece de planeamiento urbanístico que, al no poder adelantarse a la explosiva migración, se hace a remolque de una ocupación consumada.

Turismo, ambiente y ocupación del litoral

Los efectos de la actividad turística sobre el espacio en el cual se inserta, o sobre el cual se impone, son evidentes, ya que llega a transformar el medio, tanto natural como antrópico, en un espacio singular pensado para un uso específico: el ocio de los visitantes (García, 2000:45). Estas modificaciones llevan asimismo a un cambio en los modos de vida de la sociedad que los habitaba antes de su transformación, por lo que se puede hablar de una verdadera turistización del espacio (González, 2003:137). La economía local preexistente es desplazada acorde a las necesidades del sector turístico, lo que conlleva un cambio en el aspecto físico y social de la región, llegando a una nueva pauta de ocupación del territorio (Macías, 2004:13-14). Esto lleva a la subordinación del medio y a la despreocupación frente a su funcionamiento natural, con lo que los peligros naturales simplemente no se tienen en cuenta, porque se escapan a la lógica económica de la conquista del espacio para el turismo. De ello resulta una creciente vulnerabilidad que no solamente es subestimada, sino desestimada, puesto que la realidad natural no se ha tenido en cuenta y la antrópica se contabiliza únicamente en términos de beneficio económico.

El crecimiento de la población y la escasa experiencia ante los efectos de un huracán por parte de la población inmigrante facilitan su exposición a los riesgos. La zona costera de Quintana Roo está en la trayectoria de los ciclones del Atlántico por lo que presenta mayor vulnerabilidad ante los efectos de los huracanes, lo que pone en evidencia la insistencia del hombre en ocupar espacios con un peligro natural conocido. La existencia de un riesgo –combinación del fenómeno natural con la exposición y vulnerabilidad antrópicas– no es suficiente para evitar la colonización de una zona determinada, si su ocupación presenta un determinado interés económico o de otro tipo (Marco et al., 2000:94).

La economía del estado de Quintana Roo depende del turismo de sol y playa de Cancún y de la Riviera Maya. La planificación inicial, llevada a cabo por las autoridades federales, no tuvo en cuenta las limitaciones del medio ambiente y llegó a una profunda transformación de la costa y del sistema lagunar, con una subordinación completa de la naturaleza a las exigencias de la actividad turística. Una de las consecuencias de esta ocupación sin límite por hoteles y urbanizaciones turísticas es el franco retroceso de las playas que conlleva repercusiones ambientales, pero también económicas como la necesaria regeneración de las playas para el mantenimiento de la actividad turística, pero también existe el peligro que estas regeneraciones resulten insuficientes en relación con la dinámica de la erosión costera. En algunas zonas de Cancún se ha hecho necesaria la construcción de playas artificiales apoyadas en sacos de piedra y de arena, con un impacto visual y paisajístico negativo muy fuerte en un centro turístico que vive de la belleza de sus playas (Figura 5).

En este caso, la playa natural casi ha desaparecido por completo, por lo que las instalaciones turísticas se encuentran a menos de 20 m del mar. La fotografía fue tomada después del paso del huracán Emily en julio de 2005, pero es anterior al fuerte impacto de Wilma en octubre de ese mismo año, mostrando la fragilidad de las playas de Cancún. Como la dinámica natural no se puede cambiar y las modificaciones introducidas por el ser humano son irreversibles, Cancún se enfrenta a lo que probablemente será un programa de mantenimiento permanente –y costoso– para conservar la arena de sus playas. Muchos de los hoteles de la zona hotelera de Cancún se encuentran casi en contacto con el mar (Figura 6), por lo que ni siquiera hacen falta huracanes para que las olas lleguen a bañar las estructuras del hotel.

Los huracanes en Cancún y su impacto en el turismo

Cada espacio alberga en su territorio distintos peligros naturales que varían enormemente de un lugar a otro, confiriéndole una identidad propia. A pesar de la semejanza de los destinos turísticos por la uniformización de la oferta en el marco de la globalización, los riesgos que afectan a dichos lugares son tan numerosos, como diversos. Los efectos de una catástrofe no se limitan a la destrucción física de construcciones e infraestructuras, sino que tienen repercusiones en la percepción del lugar por parte de posibles turistas. Las secuelas del desastre son rápidamente transmitidas por los medios de comunicación, por lo que los riesgos naturales a veces impactan más y deterioran de forma más duradera la imagen de un destino turístico, que la infraestructura física, reparable en un menor o mayor lapso de tiempo (Luhrman, 2004).

El sector turístico es muy vulnerable ante el impacto de los riesgos naturales, aumentado por la amplia mediatización de las catástrofes, lo que contribuye a una clara reducción de la afluencia turística a la región afectada. Sin embargo, como han podido comprobar Mazzocchi y Montini (2001), existen algunas repercusiones que pueden ayudar a entender mejor la reacción del turismo ante los efectos de los riesgos naturales en un lugar determinado. Asumiendo una reducción efectiva y casi instantánea del flujo turístico tras una catástrofe, hay que focalizar el análisis en el tiempo que el lugar tarda en volver a tener la misma afluencia de turistas que antes del suceso. Se podría decir que habría que concentrarse en recuperar el mercado perdido, en vez de lamentarse por la pérdida puntual de competitividad.

La zona costera más afectada por las tormentas es la del actual estado de Quintana Roo, desde la Bahía de Ascensión, hasta Cabo Catoche (Jáuregui et al., 1980:48), incluyendo todo el espacio que se conoce actualmente con el nombre de Riviera Maya y que ha conocido un desarrollo urbano-turístico muy importante en estos últimos años, superando, incluso, el dinamismo de Cancún en la construcción de nuevos hoteles y resorts.

Desde la implantación de Cancún como centro turístico internacional en los años setenta, cinco huracanes –Gilberto en 1988, Roxanne en 1995, Emily y Wilma en 2005 y Dean en 2007– han afectado a la ciudad, además de cuatro tormentas tropicales de categoría inferior. Ello significa que pasaron más de diez años desde la inauguración de Cancún hasta que impactara el primer huracán y, después, pasaron otros siete, diez y dos años, respectivamente, hasta los siguientes impactos. Además, la costa del territorio quintanarroense ha sido asolada históricamente por numerosas tormentas tropicales: en la isla de Cozumel solamente quedaba una docena de casas tras el impacto del huracán 2 en 1903 (Ramos, 2004:240) y en 1955, el huracán Janet impactó fuertemente en la parte sur del territorio de Quintana Roo, afectando directamente a Chetumal, la actual capital del estado, y arrasando el poblado de Xcalak, que prácticamente desapareció puesto que de los 1 800 habitantes solamente quedaron 35 tras su paso por el lugar (Campos, 2004:294).

La vulnerabilidad ante los huracanes no se limita exclusivamente a las edificaciones construidas a orillas del mar, aunque ésta sea la más evidente, sino que es extensible a las infraestructuras lineales (carreteras, líneas de teléfono, postes de luz, ductos, etc.) que suelen tener una alineación característica en paralelo a la línea de costa, lo que aumenta su exposición ante el impacto de las tormentas tropicales. Los efectos del impacto sobre esta vulnerable línea de costa son múltiples y afectan a varias franjas, que pueden abarcar centenares de metros hacia el interior (Giardino, 1984:41). A ello se le añade la posible rotura de la barra arenosa (Palacio et al., 1999:52) –como aquella donde se concentra la zona hotelera de Cancún– que interrumpe las carreteras e impide el acceso a los efectivos de rescate y la evacuación de la población. Ello se pudo comprobar en 1988 con el impacto del huracán Gilberto que ocasionó numerosos cambios morfológicos en la costa yucateca, como la apertura de 24 bocas en la barra costera que conectaron la ciénaga con el mar, con una anchura de hasta 100 m y con profundidades de 2.5 m (Batllori et al., 2006:88), lo que implicó a la práctica incomunicación de toda la franja del norte del estado de Yucatán.

El huracán Gilberto de septiembre de 1988

Gilberto impactó en la Isla de Cozumel y en Cancún con la máxima fuerza de la escala Saffir- Simpson, dejando tras de sí una importante trayectoria de muerte y destrucción que marcó un antes y un después en la percepción del peligro real existente que representan las tormentas y los huracanes para la ciudad y la zona hotelera. Fue el primer huracán en impactar directamente en Cancún desde su puesta en marcha y sus efectos directos, y sobre todo indirectos, cambiaron el funcionamiento de Cancún. Los daños directos sobre las infraestructuras y los establecimientos hoteleros fueron muy numerosos y las pérdidas económicas que se derivaron de este hecho fueron muy notables. Muchos edificios y hoteles tuvieron que ser reconstruidos y la pérdida de las playas fue muy importante, por lo que tuvieron que ser regeneradas artificialmente. Sin embargo, el impacto sobre la economía fue mucho más allá de la necesaria reconstrucción, puesto que las noticias negativas –no siempre justificadas– dañaron al centro turístico que sufrió una notable reducción en el número de turistas, lo cual se intentó paliar con una baja en las tarifas. A la vez, se buscaron nuevos mercados y una nueva estrategia apareció para atraer al turista nacional, que no se había perseguido tanto como el internacional, y, a la vez, se buscó llenar el vacío dejado por los turistas internacionales con los denominados spring breakers, un mercado mucho menos elitista que el previsto en el planeamiento original, mantenido hasta el impacto de Gilberto.

El huracán Wilma de octubre de 2005

El huracán Wilma en Cancún es comparable con el huracán Gilberto ya que impactó directamente en la ciudad y la zona hotelera como huracán de fuerza 5 en la escala Saffir-Simpson y con vientos de 214 km/h; el huracán más fuerte jamás registrado en el Atlántico Norte, según información del NHC (National Hurricane Center) de Miami. Su impacto sobre la costa turística de Quintana Roo, desde Cancún hasta Tulúm, fue de tal magnitud que algunos hoteles aún no habían abierto sus puertas año y medio después del impacto de octubre de 2005. También es cierto, que poco antes, en julio del mismo año, el huracán Emily tocó tierra casi en el mismo lugar y cuando Wilma llegó, los destrozos anteriores todavía eran notables en toda la Riviera Maya.

Como consecuencia del impacto de Wilma, más de 35 000 turistas tuvieron que dejar sus hoteles –más de 100 han sido muy afectados o destruidos– para ser evacuados prematuramente en avión o albergarse en los refugios temporales habilitados para aguardar el paso del ciclón (Diario de Yucatán, octubre 2005).

Como ocurrió en el caso de Gilberto, también Wilma tuvo efectos directos e indirectos sobre la actividad turística de Cancún y la Riviera Maya. El impacto en la ciudad, en especial sobre las infraestructuras y las instalaciones turísticas de la zona hotelera, fue notable, mientras que las playas se erosionaron casi por completo, representando un duro golpe para la actividad turística y la imagen de Cancún. La diferencia con el paso de Gilberto estriba en el hecho, de que, aunque Wilma también causó importantes daños materiales y económicos, la reacción por parte de los empresarios y de las autoridades fue inmediata tras su impacto con el fin de evitar o de minimizar el daño para la imagen de Cancún. Debido a ello, y a la mala experiencia vivida tras el impacto del huracán Gilberto, enseguida se empezó con la reconstrucción de la ciudad y la transmisión de una imagen positiva de Cancún al exterior, en especial hacia el mercado turístico internacional (McCarthy, 2010: 28).

Si la consecuencia de Gilberto en Cancún fue el abaratamiento de las tarifas hoteleras y la búsqueda de nuevos mercados, tras Wilma también se cambió de estrategia, pero en el sentido opuesto. Así, los empresarios se sirvieron de la clausura de sus establecimientos hoteleros gravemente dañados, para renovarlos y llevar a cabo modificaciones que no se habían hecho en años. Aprovechando el cierre forzoso de sus instalaciones, muchos hoteleros se beneficiaron del dinero aportado por los seguros –cuya prima ha aumentado significativamente tras el paso del ciclón– para renovarlas, mejorarlas y subir de categoría, transformándose muchas de ellas en hoteles más lujosos y bajo la modalidad de todo incluido. Así, tras el paso del huracán, los turistas encuentran un Cancún más ostentoso, aunque más caro, convertido así en un destino turístico aún más competente en el mercado turístico global (Diario de Yucatán, octubre 2006).

Wilma paradójicamente ha resultado ser beneficiosa para los empresarios de Cancún y de la Riviera Maya, estandarte de la industria turística mexicana y conocida en todo el mundo. La zona afectada por el impacto del huracán no ha perdido el tiempo, para renacer cual Fénix –aunque no de cenizas, sino de escombros.

 

CONCLUSIONES

Los huracanes son una realidad intrínseca del medio ambiente del litoral quintanarroense y el emplazamiento de Cancún ha sido frecuentemente impactado por ellos, como se desprende de los registros oficiales desde 1851 hasta hoy. Antes de la implantación del macrocentro turístico, ello no era trascendental puesto que solamente afectaba a un medio natural preparado y modelado por sus efectos, además de a una escasa población. Esta realidad cambió drásticamente a partir de la puesta en marcha de los planes turísticos y la intensa ocupación del litoral, empezada por Cancún y seguida por la Riviera Maya.

Desde este momento, los huracanes ya no afectaron solamente al medio ambiente, ni a sus escasos habitantes, sino a una población residente que supera hoy día ampliamente el medio millón de habitantes y a unas instalaciones e infraestructuras turísticas especialmente vulnerables a los efectos de estos meteoros. Los cinco millones de turistas que llegan al aeropuerto de Cancún y los tres millones que visitan a esta ciudad turística se ven afectados de manera especial, ya que no cuentan con la preparación necesaria para afrontar sus efectos, siendo dependientes de los establecimientos hoteleros, de los touroperadores y de las autoridades.

El explosivo crecimiento poblacional, aunado con la desenfrenada construcción de centros turísticos en primera línea de playa, en combinación con la alta probabilidad de ser impactados por un huracán, hace que una futura catástrofe parezca inevitable en Cancún y en la Riviera Maya. La atracción que ejerce el litoral, sobre todo para un sector turístico siempre ávido en el consumo de espacio, no parece conocer límites y la probabilidad de un futuro impacto por una tormenta tropical no es suficiente para frenar esta expansión.

Para la evacuación previa al impacto de un huracán, Cancún solamente cuenta con el aeropuerto internacional, con el consiguiente riesgo de saturación del mismo. Si el momento de la evacuación coincidiera con un fin de semana de final de vacaciones, la acción de salvaguarda se vería entorpecida por la insuficiente capacidad de los vuelos, ya sobresaturados por la demanda planificada, como ocurrió con el paso del huracán Dean en agosto de 2007. Sin embargo, el verdadero problema se presenta tras el paso del huracán, ya que si éste llegara a destruir las instalaciones del aeropuerto, Cancún se quedaría prácticamente aislado, tanto para continuar con las evacuaciones, como, sobre todo, para permitir y facilitar la llegada de ayuda externa.

En cuanto a una posible evacuación por carretera se presentan otros problemas, puesto que la que lleva hacia el sur es la utilizada para la evacuación de los turistas de la Riviera Maya, que también son llevados al aeropuerto de Cancún. Mientras que la carretera hacia Mérida lleva a un hinterland que no está preparado para la acogida de decenas de miles de turistas por la ausencia de grandes aglomeraciones o construcciones para tal fin.

Como prevención ante la fuerza de los huracanes, y ante la dificultad de construir edificios capaces de soportar los efectos de los mismos, solo sirve tener espacio suficiente entre el mar y las construcciones. Ese espacio, ocupado por barreras naturales, playas, dunas, vegetación sobre arena, manglares, sirve para atenuar la fuerza de las aguas (Bautista et al., 2003:26-27). La colonización de las playas para la construcción de urbanizaciones turísticas y complejos hoteleros lleva consigo la destrucción de la vegetación costera que ha incidido notablemente en la vulnerabilidad de toda la zona, puesto que tras su desaparición, la playa queda expuesta a la acción de los vientos y de las olas marinas de manera continua, aumentada fuertemente en el caso de los embates de tormentas y huracanes excepcionales (Pérez y Carrascal, 2000).

Después de ocurrido un desastre viene la búsqueda de la responsabilidad que suele recaer en el fenómeno natural, aunque realmente quedaría por esclarecer quién autorizó construir en una zona en riesgo. El problema no consiste en una preparación y una previsión temporales, sino en otra eficaz y duradera. En definitiva, se puede avisar de un huracán o de una tormenta que probablemente harán crecer las aguas y que arrasarán una urbanización turística construida en la línea de costa, pero de lo que realmente se trata es de evitar que se construya en estas áreas. Al evitar la construcción en espacios en riesgo no se tendría sólo una previsión a corto plazo, que, en el mejor de los casos, permite la evacuación, sino que se habría conseguido una duradera, a largo plazo, reduciendo el riesgo a través de reducir la exposición y la vulnerabilidad.

Cancún y la Riviera Maya seguirán siendo impactados por huracanes, de los cuales algunos serán catastróficos como lo han sido Gilberto y Wilma. Si esta realidad se repitiera con mayor frecuencia, el sector turístico de Cancún podría encontrarse ante una amenaza real e importante. La imagen de un lugar paradisíaco evacuado por las amenazas de un peligro natural con posibles efectos catastróficos no puede ser asimilada por el mercado turístico. Las agencias de viajes, los touroperadores y hasta los propios turistas podrían evitar frecuentar un lugar habitualmente afectado por huracanes, dirigiéndose a lugares menos peligrosos durante la época de huracanes, entre julio y noviembre, que coincide con la temporada vacacional más importante y la mayor frecuentación de turistas en las costas del estado de Quintana Roo.

Si los turistas decidiesen no volver a Cancún y a la Riviera Maya, por sentirse en peligro; si las agencias de viajes y los touroperadores optaran por retirar sus ofertas durante la temporada de huracanes, o desaconsejarlas a sus clientes, el litoral de Quintana Roo se vería privado de una gran parte de sus visitantes y, por ende, de los beneficios. Teniendo en cuenta que toda la economía se basa en el éxito económico del turismo, el impacto de tales decisiones resultaría catastrófico para la economía del estado.

1 Este artículo se enmarca en los proyectos de investigación CSO2008-04941/GEOG y CSO2011-26527/GEOG de la Dirección General de Investigación y Gestión del Plan Nacional de I+D+i del Ministerio de Ciencia e Investigación: "Turismo, territorio y nuevas modalidades: análisis de dinámicas espaciales y culturales a través del estudio comparado de casos en México y España" y "Lugares, imaginarios y movilidades turísticas en tiempos de crisis".

 

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