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Investigación bibliotecológica

Print version ISSN 0187-358X

Investig. bibl vol.25 no.53 México Jan./Apr. 2011

 

Reseñas

 

VICIEDO VALDÉS, MIGUEL. Biblioteca pública y revolución: su desarrollo de 1959 a 1989

 

por Felipe Meneses Tello

 

La Habana, Cuba: Ediciones Extramuros, 2009, 124 p.

 

El objeto de estudio central es la biblioteca pública cubana, así que la obra de Miguel Viciedo Valdés contiene tres capítulos: 1) La biblioteca pública: enfoque y tendencias, 2) La biblioteca pública cubana en el periodo anterior a 1959 y 3) La biblioteca pública en el periodo de 1959 a 1989. Este libro trata de responder a dos preguntas expresamente planteadas por el autor, a saber: ¿Cuál fue el desarrollo alcanzado por la biblioteca pública en ese país caribeño durante el periodo de 1959 a 1989? y ¿Qué factores económicos, políticos, sociales y culturales incidieron en los cambios que se produjeron en la biblioteca pública cubana?

Con el fin de responder a estas preguntas, el objetivo general del libro es esclarecer esos factores en el desarrollo de esta institución bibliotecaria de Cuba. Los objetivos específicos que se plantean son, apunta Viciedo Valdés:

Exponer los antecedentes de la biblioteca pública en el periodo prerrevolucionario. Analizar los cambios que se producen en la biblioteca pública entre 1959 y 1989. Establecer nexo entre el entorno de la biblioteca pública y los cambios culturales que se producen en ella.

El capítulo uno comienza con breves antecedentes históricos de este tipo de institución bibliotecaria y analiza una serie de definiciones extraídas de diccionarios de reconocidos autores (Domingo Buonocore y José Martínez de Souza). Esto le permite a Viciedo Valdés afirmar que el concepto generalizado de biblioteca pública ha estado vinculado con los criterios que orientan la definición del primero, el autor argentino, y luego a aseverar que el acceso a los acervos y el disfrute de los servicios bibliotecarios de esta naturaleza, en el contexto geográfico–temporal que cubre, "son de uso general, directo y gratuito, de libre acceso". No obstante las bibliotecas públicas de Cuba, como las de prácticamente toda América Latina, han estado orientadas y fusionadas por dos paradigmas: 1) la biblioteca española con su erudición y 2) la biblioteca pública sajona de libre acceso. Así, la colonización española, por un lado, y el neocolonialismo norteamericano, por el otro, son los antecedentes históricos que marcarían las primeras bibliotecas públicas de Cuba.

En virtud de las relaciones culturales entre Cuba y la Unión Soviética, prácticamente a partir del triunfo de la revolución, 1959, y hasta antes de 1989, la biblioteca pública de esa Isla, afirma Viciedo Valdés, "asimiló los rasgos y las características de la llamada «Bibliotecas de Masas»"; esto es, servicios públicos gratuitos de biblioteca y con libre acceso para el pueblo en general. En esta tesitura el autor dedica un epígrafe intitulado: La biblioteca pública en la sociedad socialista, en el que valora el logro cuantitativo y cualitativo respecto al desarrollo de las colecciones y la creación de bibliotecas en el plano de este tipo de orden social. La proyección de la política socialista en el universo bibliotecario apuntó, en concordancia con lo que escribe V. Valdés, hacia la "contribución a la educación, la cultura y el disfrute estético de la toda población".

Más adelante el autor observa a la biblioteca pública como objeto de investigación científica. En términos generales comenta que esta institución ha sido tema de análisis y estudio en varios países, aunque los aciertos varían en cuestión de extensión y profundidad, así como en asuntos tratados, tales como los de carácter histórico, sociológico, administrativo, tecnológico y otros. En estas páginas vuelve a destacar el notable trabajo bibliotecario, tanto práctico como teórico, realizado por la escuela socialista soviética, entre cuyas figuras menciona a Vladimir I. Lenin, N. Krúpskaya, A. I. Abramov y O. S. Chubarian. A su juicio, en América Latina la biblioteca pública ha sido poco investigada como objeto de estudio, en contraste con el resto del mundo. Este retraso se debe, afirma Viciedo, a

la carencia de profesionales lo suficientemente preparados como para abordar el tema.

En Cuba, particularmente durante el periodo revolucionario, el funcionamiento de esta biblioteca ha sido objeto de la investigación científica en relación con la promoción de la lectura, los servicios bibliotecarios, los fondos bibliográficos, los recursos humanos, la bibliografía, la superación profesional, la historia de las bibliotecas, los usuarios, etcétera. Estas aportaciones se caracterizan por ser estudios empíricos presentados en varios foros, talleres y seminarios, nacionales e internacionales, inherentes al gremio bibliotecario. En contraste, el trabajo teórico realizado en Cuba en materia de bibliotecas públicas "resulta cuantitativamente menor". La revisión que el autor hace referente a los escritos de autores cubanos se centra en Sidroc Ramos, Sara Escobar Carvallar y Emilio Setién Quesada, aunque menciona a otros a pie de página. Asimismo la perspectiva que caracteriza a las bibliotecas cubanas como las del resto del mundo, está en concordancia con el Manifiesto de la UNESCO para la biblioteca pública, tendencia que se evidencia con más nitidez después de 1959.

El autor dedica el segundo capítulo al periodo anterior a 1959. Para tal efecto, cubre dos momentos históricos: el colonial y el republicano. En virtud de que la República de Cuba se instauró en 1902, respecto al primer periodo analiza a grosso modo la creación de tres bibliotecas: la de la Sociedad Económica de Amigos de París (1793); la Biblioteca Pública de Matanzas (1835) y la Biblioteca Municipal de Santiago de Cuba (1899). La primera biblioteca pública de Cuba durante el siglo XVIII estuvo reducida en realidad a un grupo de personas, es decir, a quienes podían instruirse en virtud de su condición económica y clase social. La segunda biblioteca, creada por intelectuales, personalidades y burgueses de la ciudad de Matanzas, ofreció servicios principalmente, asevera Valdés,

a un limitado círculo de lectores de la clase acomodada, la burocracia citadina y algún que otro ciudadano de otros estratos sociales.

La tercera biblioteca creada a fines del periodo colonial estuvo a cargo de Emilio Bacardí Moreau, así que cuando él murió, en 1922, la biblioteca adoptó el nombre de Elvira Cape, viuda de Bacardí.

Con respecto a la situación de las bibliotecas públicas durante la República, Valdés menciona algunos acontecimientos que contribuyeron a construir los cimientos del desarrollo de este tipo de instituciones culturales, tales como: en 1901, recién creada esta forma de Estado, la fundación de la Biblioteca Nacional de Cuba; en 1920, la fundación de la Biblioteca Municipal de La Habana con dos bibliotecas sucursales; en 1938, la celebración de la Asamblea Nacional Pro Bibliotecas, de la que emanó la Asociación Bibliotecaria Cubana; y en 1954, la creación mediante decreto de la Organización Nacional de Bibliotecas Ambulantes. Se favoreció también la confección de una legislación bibliotecaria, en la que se estipuló la creación de bibliotecas públicas con el apoyo económico del gobierno, pero una cosa fue lo expresado y otra la práctica. Asimismo, durante la primera mitad el siglo XX comenzaron a impartirse los primeros Cursos de Iniciación Bibliotecológica a través de la Biblioteca Pública del Lyceum Lawn Tennis Club, los cuales estuvieron a cargo de María Buceta y contaron con el apoyo de María Teresa Freyre de Andrade y Jorge Aguayo. Durante este mismo periodo se inaugurarían una serie de bibliotecas municipales (en 1915 la de Sancti Spíritus; en 1926, la de Santa Clara; en 1935 la de Cienfuegos; en 1938 la de Camagüey; en 1941 en Mariano, en 1941 la de Santa María del Rosario; y en 1943, la Panamericana, estas tres últimas en la ciudad de La Habana).

El capítulo tercero y último es, a juicio de Viciedo Valdés, el más importante en tanto que está dedicado a cubrir el estudio sobre la biblioteca pública en el contexto revolucionario de 1959 a 1989. Para tal efecto, el autor recurrió al análisis documental del periodo; esto es, a recoger puntos de vista a través de entrevistas hechas a bibliotecarios que se formaron durante esos años y que estuvieron estrechamente ligados a la fundación, el auge y la consolidación de este tipo de instituciones bibliotecarias; y a la consulta de personas expertas que estuvieron vinculadas directamente con el trabajo que desarrolló la entonces Dirección Nacional de Bibliotecas.

El autor toma en cuenta tres factores que determinaron las transformaciones de la biblioteca pública cubana en ese periodo: los sociopolíticos, los socioeconómicos y los socioculturales. En relación con los primeros, considera la nueva legislación bibliotecaria revolucionaria que se generó a favor de la cultura (como el Decreto 684 del 23 de diciembre de 1959, primera ley que reconoció el status social de los bibliotecarios públicos); y agrega luego que la apertura de las relaciones con el entonces régimen soviético fue lo que permitió el intercambio profesional con países del bloque socialista, así como que la nueva división político–administrativa trazada por el gobierno revolucionario, favoreció el incremento del número de bibliotecas públicas en todo el territorio cubano. Desde la perspectiva socioeconómica menciona la conversión de los manuales de procedimientos y las metodologías del trabajo en la Norma Cubana de Descripción Bibliográfica de Libros y Folletos; y el ingreso de Cuba en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), lo que contribuyó a la colaboración con bibliotecas de otros países, y amplió de esa manera el horizonte profesional y, por ende, el quehacer bibliotecario cubano en el contexto internacional.

Por lo que respecta al ámbito sociocultural, el autor menciona una serie de sucesos históricos de particular trascendencia, tales como la creación, en 1960, de la Imprenta Nacional y la fundación de varias editoriales (Editora Política, la Editorial Pedagógica y la Editorial Universitaria y la Editorial Juvenil), que apoyaron la producción de libros y folletos para el desarrollo de las colecciones en las bibliotecas públicas cubanas; la Campaña Nacional de Alfabetización que inició en 1961; la Campaña por la Lectura Popular, entre 1963 y 1964; la creación del Ministerio de Educación que estimuló el surgimiento de la Organización Nacional de Bibliotecas Populares Ambulantes, antecedente de la Red de Bibliotecas Públicas, cuya organización estuvo a cargo de la Dirección Nacional de Bibliotecas; la conversión del Consejo Nacional de Cultura en Ministerio de Cultura, acontecimiento que permitió aumentar la cantidad de este tipo de instituciones bibliotecarias en los ciento nueve municipios en que fue dividido el territorio cubano, y forjar las Coordinaciones Provinciales de Bibliotecas; la instauración del Instituto Cubano del Libro y su red de librerías en 1967, lo que estimuló el incremento de los acervos bibliográficos y el mejoramiento de los servicios bibliotecarios públicos; la implementación de la carrera de Información Científico–Técnica y Bibliotecología en la Universidad de la Habana en la década de 1970, que facilitó la formación académica de bibliotecarios profesionales; y por último el ingreso oficial, en 1986, de la Asociación Cubana de Bibliotecarios a IFLA, lo que posibilitó el contraste, en la esfera internacional, del progreso alcanzado en materia de bibliotecas públicas en relación con otros países de peculiar tradición bibliotecaria.

Viciedo Valdés divide, por último, en tres etapas principales el desarrollo de la biblioteca pública cubana. Cada uno de estos periodos lo analiza con base en las figuras de personas que, a su juicio, "marcaron y lideraron el movimiento bibliotecario cubano" a lo largo del periodo que cubre su obra. La primera etapa (1959–1967) está representada por María Teresa Freyre de Andrade, a quien le correspondió la creación del sistema de bibliotecas públicas. De la segunda etapa, subdividida en dos periodos (1967–1974; 1973–1977), sobresalen Sidroc Ramos, quien se ocupó del ascenso de este sistema, y Luis Suardíaz, Olinta Ariosa y Julio Riverend durante los tiempos de la creación del Ministerio de Cultura. En la tercera etapa (1977–1985), comparece nuevamente Olinta Ariosa Morales apuntalando el trabajo del bibliotecario público en Cuba.

En las tres etapas el autor esboza la nueva concepción del quehacer bibliotecario, derivada ésta de las transformaciones suscitadas a raíz de la revolución cubana. Destaca así el trabajo de personajes e instituciones que forjaron el Sistema de Bibliotecas Públicas durante los años que cubren sus apuntes, los cuales pueden orientar al lector–investigador interesado en el tópico a emprender un análisis más amplio y profundo, más refinado y riguroso, más crítico y detallado en relación con los acontecimientos más sobresalientes que han marcado la historia social de la biblioteca pública en Cuba.

Finalmente el autor incluye la bibliografía general y tres anexos: 1) lista de nombres a quienes se les entrevistó y consultó; 2) antecedentes curriculares de las personas entrevistadas (Rebeca Brull Ramírez, Tomás Fernández Robaina, Araceli García–Carranza Bassetti, Hortensia Goenaga Vázquez, María Esther Hernández Broche, María Margarita León Ortiz, Blanca Patallo Emperador, Emilio Setién Quesada, Marta Benedicta Terry González, Olga Vega García) y 3) expertas consultadas (Margarita Bellas Vilariño, Sara Moreno Rodríguez y Roselia Rojas Ricardo). Por último adjunta una serie de fotografías como testimonio iconográfico.