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Estudios de cultura náhuatl

Print version ISSN 0071-1675

Estud. cult. náhuatl vol.43  México Jan./Jun. 2012

 

Reseñas bibliográficas

 

Marta C. Muntzel y María Elena Villegas Molina (eds.), Itinerario toponímico de México. Ignacio Guzmán Betancourt

 

por Ascensión Hernández de León-Portilla

 

México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2010, 198 p. (Colección Científica).

 

La toponimia es un campo del conocimiento que dice más de lo que parece. En ella se guardan los nombres del lugar, los que ha quedado quietos en un espacio a veces por siglos. Podría decirse que en ella se guardan también los nombres del tiempo, aquellos que marcan un hecho histórico que permanece en la memoria de todos. Son nombres que simbolizan una huella en el espacio y en el tiempo, palabras que contienen un significado más allá del que puede otorgarle la forma léxica de la lengua en la que están construidas.

Precisamente por este rico contenido que entrañan los topónimos, desde hace mucho tiempo han sido objeto de estudio de filólogos, lingüistas, geógrafos e historiadores; y, por supuesto, de gente común, interesada en saber dónde vive y de dónde viene, cuál es su pasado. En México, el estudio de la toponimia tiene larga tradición ya que, además de toda la riqueza semántica que contiene un topónimo, aquí guarda un dato más: la riqueza lingüística del país. En los topónimos mexicanos se revela la existencia de una o más lenguas, la pervivencia de un contexto en el que conviven varias lenguas o la persistencia de una palabra de una lengua desaparecida que, como reliquia lingüística, desafía al tiempo y pone en aprietos a los investigadores más conspicuos.

El libro que aquí reseñamos es una muestra del valor que encierra el estudio de la toponimia para el conocimiento de las lenguas y la historia de México. Es también muestra del interés que en ella han puesto los modernos investigadores, concretamente del interés y dedicación de Ignacio Guzmán Betancourt. Ignacio es precisamente un ejemplo de aquellos que dedicaron mucho tiempo al estudio de los nombres de lugar y de los que encontraron en ellos secretos inesperados para reconstruir la historia, la lengua y el pensamiento de algunos pueblos de México, en especial de los nahuas.

Si hacemos memoria, el joven Ignacio, recién llegado de Estrasburgo, con su tesis doctoral bajo el brazo, preparó un trabajo para un Congreso de Expertos de las Naciones Unidas en Nombres Geográficos, que fue publicado con el título de "Hacia un concepto de toponimia urbana" en 1986. El trabajo fue la puerta a la elaboración de un libro colectivo coordinado y prologado por él, De toponimia y topónimos. Contribuciones al estudio de los nombres de lugar provenientes de lenguas indígenas de México (1987), en el que reunió muy buenos estudios de un grupo de colegas interesados en estos temas y trazó líneas de orientación y caminos a seguir.

Dos años después publicó Toponimia mexicana: bibliografía general (1989), en la que reunió 319 títulos. En fin, el tema le interesó toda su vida y en 1998 sacó un hermoso libro, Los nombres de México, en el que reunió un material de enorme valor sobre el origen y significado del nombre de esta ciudad, cien veces estudiado e interpretado.

Después de estos antecedentes hay que decir que el presente libro es un testimonio de esta pasión de Ignacio por conocer el secreto de los nombres de lugar. Sus colegas y editoras Martha C. Muntzel y María Elena Villegas señalan en la presentación que, "sabiendo la importancia que este trabajo significaba para Ignacio revisaron sus archivos de computadoras, junto con Luis Núñez Gornés, y encontraron lo que ahora está aquí impreso"; un libro que ahora se llaman Itinerario toponímico de México, título muy atinado para definir un contenido que se extiende en un espacio dilatado y en un tiempo largo, y que es resultado de la colaboración de 14 autores.

Poco nuevo me queda decir del contenido pues ya las editoras dicen lo principal en la presentación. En síntesis breve pero sustanciosa, describen ellas el contenido y las aportaciones de cada autor. No queda más que recorrer todos juntos este Itinerario que nos llevará lejos en el espacio y en el tiempo. De manera que, para mejor recorrerlo, lo he dividido en partes a modo de jornadas de viaje con pequeños descansos.

La primera es la jornada del propio Ignacio y contiene cuatro trabajos. El primero es "Historia de la investigación toponímica de México", trabajo de índole teórica en el que se resalta el valor del estudio de los nombres de lugar como fuente de conocimientos históricos y lingüísticos y como camino de interpretación de la cosmovisión de algunos grupos humanos ya desaparecidos. En él analiza los primeros topónimos nahuas que aparecen en los cronistas. El trabajo se completa con una "Bibliografía toponomástica con referencia especial a México", en la que se dan a conocer numerosos estudios sobre el tema, hechos dentro y fuera del país. Con ella se cierra el libro.

Los otros dos trabajos versan sobre el náhuatl de Sinaloa. Sus títulos: "El problema de la toponimia náhuatl de Sinaloa" y "¿Dónde y cuándo se habló el náhuatl en Sinaloa?" En realidad, los dos artículos forman una unidad, se complementan en su temática. El núcleo del estudio lo constituye el análisis de testimonios para saber si se habló o no el náhuatl en aquella región; tema controvertido y difícil, ya que se considera que los topónimos nahuas fueron puestos por los tlaxcaltecas que llegaron con las tropas españolas. Ignacio se adentra en las fuentes históricas, que él conocía a fondo y de ellas extrae la información necesaria para afirmar que el náhuatl hablado en Sinaloa es de época posterior a la Conquista. Puede decirse que estos dos trabajos ayudan a dilucidar un punto polémico entre los historiadores modernos de los siglos XIX y XX, pero también ayudan a que el lector se adentre en aquella región occidental de México, en el transcurrir de la vida de sus gentes, de las relaciones entre sus lenguas y del significado de la actividad misional de los jesuitas. Su exposición deja claro el proceso de mexicanización de aquellas tierras y el uso del náhuatl como lengua franca.

La segunda jornada nos lleva a recorrer cinco trabajos referentes a toponimia náhuatl. Con ellos se puede recorrer un largo camino que comienza en el mundo mexica y termina en la ciudad de México. Es Leonardo Manrique quien nos introduce en él con un extenso artículo: "La escritura tradicional de los topónimos provenientes de lenguas indígenas". El artículo de Manrique comienza de forma inesperada, tratando de las convenciones ortográficas del español. Pero no por inesperada es menos interesante. Todo lo contrario, resulta muy acertada la aclaración de que a partir de las convenciones ortográficas del español se codificaron alfabéticamente las lenguas mesoamericanas. La verdad es que las páginas sobre el español del siglo XVI son de gran precisión y ayudan a entender todo lo que viene después, que no es poco. Hago un repaso rápido: los fonemas del náhuatl y su escritura, los del maya, el mixteco, el zapoteco y el tarasco, es decir, los de cinco lenguas generales mesoamericanas, en todas las cuales se generaron multitud de textos escritos y se escribieron los milenarios topónimos con escritura alfabética. Imposible entrar a fondo en el contenido del trabajo de Manrique. Sólo destacaré que contiene una enorme descripción fonológica sobre las lenguas mesoamericanas citadas y un sinfín de valiosos datos diacrónicos sobre los topónimos que usamos todos los días. El trabajo de Manrique pone de relieve, además, el origen de las tradiciones ortográficas de varias lenguas y el proceso por el cual la escritura alfabética se usó como herramienta tecnológica para codificar lenguas nuevas, cualesquiera que fueran los fonemas de ellas.

Complemento de la forma de codificar fonéticamente los topónimos es la manera de integrarlos en una cultura con dos lenguas: el náhuatl y el español. Éste es el tema del trabajo de Ana Laura Díaz Mireles, "Topónimos y antropónimos en la obra de Sahagún". Elige ella un conjunto de estos nombres entresacados de los libros VIII y IX de la Historia general de las cosas de Nueva España (Códice florentino) de fray Bernardino de Sahagún. Avisa que son nombres correspondientes a gobernantes y grupos étnicos, es decir, antropónimos y gentilicios, y que, a través de ellos, es posible adentrarse en un análisis semántico que mucho puede decirnos acerca de la cosmovisión de los antiguos mexicanos. En su estudio, la autora analiza los procedimientos de los que se sirve Sahagún para explicar a sus lectores el significado de las nuevas palabras mostrando muchos ejemplos.

A estos dos trabajos de tema náhuatl vienen a sumarse otros dos de Miguel León-Portilla. El primero lleva por título "Los nombres de lugar en náhuatl. Su morfología, sintaxis y representación glífica". En él, el autor explora profundamente la formación de locativos desde la lingüística, concretamente desde los elementos morfológicos que componen la oración: nombres, adjetivos, formaciones verbales, formaciones pronominales y partículas. Con base en estos elementos se adentra el autor en la composición, en sus potencialidades morfológicas y semánticas. En cuanto a las primeras, afirma que pueden llegar a tener una connotación equivalente a una frase u oración; con respecto a las potencialidades semánticas señala que no sólo expresan connotaciones deícticas de espacio y tiempo sino también posesión, acción y significaciones metafóricas, como las que representan conceptos del calendario o las referentes a las partes del cuerpo. Los abundantes ejemplos que ilustran el trabajo, permiten ver con claridad el uso de la lengua náhuatl para representar la realidad geográfica y cultural de sus hablantes.

El segundo trabajo, que sin duda puede complementar al primero, es "De la nomenclatura en la ciudad de México. Antiguas supervivencias, cambios y repeticiones". A pesar de la problemática que el tema lleva consigo, el autor ofrece una visión diacrónica de cómo se generó la toponimia de esta megalópolis desde el año de su fundación, 1325, hasta nuestros días y da a conocer los intentos hechos por otros autores. Para ello divide el tiempo en etapas: en una primera reconoce la traza de la ciudad prehispánica con sus calzadas y sus cuatro grandes parcialidades o campa, con sus calles y canales transversales y sus nombres, en gran parte deícticos. En una segunda etapa, identifica los nombres españoles: pocos de conquistadores, bastantes de santos y de elementos religiosos; no pocos de gremios y oficios. Finalmente en la última etapa, reconoce los nombres introducidos en la época moderna con referencia a hechos y personajes de la Independencia, Reforma, Liberalismo, Revolución y, algo muy característico, de familias temáticas de ríos, sierras, nombres de ciudades europeas, de doctores y escritores, de virreyes, etcétera. La realidad es que la toponimia es compleja en esta urbe de más de 750 colonias: en ellas se multiplican los nombres de reyes, héroes y santos, pero también en ella se torna presente "el ser histórico, su personalidad y su cultura". "El estudio de la toponimia de la ciudad es acercamiento histórico de excepcional interés", dice el autor.

En suma, la segunda jornada termina con unas breves pero sustanciosas páginas de William Brigh, sobre "Topónimos nahuas en Estados Unidos y en México". Este conocido lingüista preparó varios diccionarios de topónimos y se metió en el magno proyecto de un diccionario etimológico de los topónimos de origen indígena de los Estados Unidos con el título de Toponimia indígena de México. Aquí nos ofrece una breve muestra del diccionario comentando con sabiduría y gracia algunos nombres de lugar mexicanos en su país.

La tercera jornada nos lleva a tierras de un pueblo yuto-nahua, los huicholes o wixarica. "Toponimia Huichola" es el nombre del trabajo y se debe a Julio Carrillo de la Cruz, Julio Ramírez de la Cruz y José Luis Iturrioz Leza. Comienza Iturrioz señalando, y esto es importante, que en el Departamento de Lenguas Indígenas de la Universidad de Guadalajara se lleva a cabo un proyecto de estudio de la onomástica huichola, que cubre una gama amplia de aspectos y de la cual el propio Iturrioz ha publicado bastantes trabajos tanto en español como en alemán. Sintetizando mucho, porque el trabajo es muy amplio, podemos distinguir en él tres partes: una primera, teórica; una segunda, gramatical; y una tercera, histórica. El autor parte de que "los nombres propios son una técnica lingüística de aprehensión de objeto, que implica, como ninguna otra, el reconocimiento de la permanencia del objeto nombrado a través del tiempo en las redes de la comunicación. "Con ellos se construye la permanencia espacio-temporal." Pondera también la importancia de la toponimia para el conocimiento y reconstrucción de la historia de un pueblo. En la segunda parte, el autor señala varias cualidades de los topónimos desde el punto de vista lingüístico: la transparencia semántica, pues en ellos se plasman muchos datos deícticos y hasta metáforas, y a la vez la estructura gramatical, en la que se revela la complejidad morfosintáctica de la lengua, desde oraciones hasta unidades monomórficas, además de la transitividad, la composición y otros rasgos lingüísticos.

Una parte más es la dedicada al simbolismo que en ellos se guarda, conformando lo que él llama la "geografía sagrada" o "paisaje simbólico". Es un paisaje en el que se acomodan los acontecimientos de la historia, tanto real como mítica. Este paisaje conforma el territorio que tienen como su casa, al cual llaman Wirikuta, que abarca desde San Blas hasta Real de Catorce, territorio que se ha ido achicando a partir de la Conquista. En este territorio hay una red de caminos y sitios de sus antepasados, que a su vez sirven de comunicación con lo divino en su peregrinaje anual. El territorio está estructurado en 5 peldaños desde el mar hasta la montaña, hasta Real de Catorce. El autor describe los peldaños con sus nombres y destaca el rico simbolismo que ellos entrañan. La cuarta y última parte del estudio es la descripción de un documento de 1725 llamado "Acordonamiento", de gran valor para los huicholes. Es un documento dado por las autoridades españolas en el que se fijan límites y mojoneras y en el que se fijan 743 topónimos huicholes. El "Acordonamiento" es un arma para defender la posesión de sus tierras y reforzar su identidad. José Luis enumera y traduce los topónimos. En suma, el trabajo de Iturrioz, de contenido variado, reúne una amplitud de miradas y un análisis detallado. Además, es muestra también de las posibilidades pragmáticas que puede tener un estudio teórico como es el de la toponimia.

Una jornada más la constituye el recorrido por el mundo del occidente de México. Es un mundo que constituye un área cultural con una identidad muy marcada dentro del conjunto de los pueblos mesoamericanos, identidad que se manifiesta en su lengua, solitaria en Mesoamérica, quizá emparentada con el quechua. Sus topónimos también son parte de esa identidad y constituyen una riqueza cultural. En este libro son objeto de estudio por parte de Frida Villavicencio y Fernando Nava en un trabajo titulado "Toponimia purépecha: lugares de estudio y áreas de interés". Estos dos propósitos manifestados en el título son el objeto principal del ensayo: "por un lado, advertir la complejidad que encierra la toponimia purépecha, y por el otro, destacar las áreas de interés que hasta ahora han pasado inadvertidos a los estudiosos e interesados en el tema". Sobre el primer punto, muestran ellos el grado de complejidad del tema haciendo un recorrido por los textos históricos en los que se registran topónimos desde 1523 hasta los estudios de eruditos modernos actuales. Presentan fragmentos de los textos para analizar en ellos los elementos lingüísticos que los conforman y las traducciones al español, a veces diferentes, según el traductor. El recorrido es un buen ejercicio de historia de la toponimia y de historia de Michoacán, así como de la formación de los nombres de lugar, en los que se manifiesta la naturaleza de la lengua aglutinante. Concluyen que el estudio de la toponimia representa un reto y que es necesario conjuntar una serie de saberes para esclarecer el significado de un topónimo. No obstante estas dificultades, el estudio de Frida y Fernando abre al lector un amplio horizonte para adentrarse en el antiguo reino de Michoacán y en el Michoacán moderno.

La quinta jornada se vive en el centro del país, en los pueblos otomangues. A menudo nos olvidamos de los topónimos en estas lenguas, quizá por la abrumadora presencia de los nombres de lugar en náhuatl, de manera que esta parte del libro es muy importante tenerla en cuenta. Son tres las lenguas de este viejo tronco lingüístico que aquí se incluyen: el otomí, el popoloca y el trique. Del otomí escribe María Elena Villegas Molina en su ensayo "La ortografía otomí en algunos topónimos". Su trabajo se centra en el análisis de ocho topónimos que ella documenta en un corpus diacrónico constituido por manuscritos del siglo XVI, gramáticas, vocabularios y estudios de varios autores modernos —Luis Neve y Molina, Yolanda Lastra, Ewald Hekking y Ángel María Garibay. De cada topónimo descubre sus elementos lingüísticos, sus variantes, las huellas de la interacción con otras lenguas como la mazahua y, sobre todo, la cultura y personalidad del otomí de una amplia región del centro de México. A través de estos ocho nombres de lugar el lector tiene la oportunidad de acercarse a una lengua difícil y poco conocida y mostrar diversos aspectos de gran interés de la lengua y cultura otomíes.

Igualmente interesante es el breve trabajo de María Teresa Fernández de Miranda, "Toponimia popoloca". Pocos son los trabajos sobre topónimos en esta lengua, de manera que es un acierto haber incluido éste de María Teresa, quien abrió camino en la reconstrucción de la familia popoloca, especialmente del protopopoloca y protoixcateco. En el presente trabajo, publicado en 1961, la autora analiza 337 nombres de lugar provenientes de la zona popoloca de Puebla y Oaxaca y, a través de ellos, identifica rasgos fonéticos y morfológicos de esta lengua, además de explorar la estructura gramatical típica de los toponímicos y aportar otros datos más, como el conocimiento geográfico histórico de la región, de su flora y su fauna. Trabajos como éste nos hacen conocer mejor lenguas poco estudiadas de Mesoamérica. El tercer trabajo versa sobre la lengua trique. Éste se debe a Elena E. de Hollenbach y lleva por título "Topónimo triques: huellas de la prehistoria". Se centra la autora en topónimos del trique de San Juan Copala y San Andrés Chicahuaxtla y en su estudio aparece la etimología de un gran número de nombres de lugar que prácticamente son desconocidos, ya que la mayor parte de la toponimia trique está en náhuatl o en español y, además, es ésta una lengua muy poco documentada. Hay que señalar que, más allá de las consideraciones lingüísticas, la autora precisa muchos datos etnohistóricos, geográficos y de historia social que hacen de su trabajo una aportación valiosa para el conocimiento de esta lengua y la cultura de sus hablantes.

La última jornada de este itinerario es corta pero atractiva y conlleva un acercamiento a la lengua zoque, una lengua menos estudiada, pero no por ello menos importante en la historia del preclásico de Mesoamérica, ya que se supone que una parte de los hacedores de La Venta eran hablantes de ella. "Toponimia zoque" es el título del artículo de William L. Wonderly que cierra esta jornada. El autor se centra en varios topónimos zoques de Copainalá y ofrece un análisis morfológico de ellos en el que análisis muestra rasgos de la estructura de la lengua.

En suma, el libro es una recopilación de muchos y muy variados topónimos. Los estudios que lo componen versan sobre aspectos poco estudiados de este tema. Casi todos están hechos con una perspectiva histórica ya que, a través de la toponimia, los autores reconstruyen parte del pasado de los hablantes de las lenguas. En el conjunto de estos trabajos se muestra, además, la riqueza toponímica de México, cuyas lenguas tienen aún mucho que decir del pasado y presente de Mesoamérica.

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