
En la argumentación, los niveles de pertinencia están justificados por el recurso a la experiencia. Pero debido a que esta noción no viene con una verdadera definición, si queremos tomarla en su sentido común, se puede objetar que si no estamos dispuestos a reconocer la experiencia de las figuras, por ejemplo, plásticas o cromáticas, entonces tampoco existe la experiencia de los signos aislados. De hecho, sólo se puede tener una experiencia de las figuras o de los signos en la sucesión del texto-enunciado. Entre figuras, signos y textos, únicamente hay una diferencia de tamaño y, cuando forman parte de un mismo sistema de dependencia, estas unidades de análisis se basan en las relaciones homogéneas. Mientras que, más que el tamaño de los elementos, los niveles de pertinencia deberían ser diferentes debido a la heterogeneidad del manifestante (tal como sucede en las discontinuidades más evidentes que aparecen entre discursos, objetos y prácticas). Así, a pesar de la experiencia, según la cual el discurso está inscrito en un soporte y los soportes son cuerpos y, como tal, los cuerpos participan de las prácticas, los niveles estarían adaptados a cada semiótica específica, y ligados a un objeto específico. Una jerarquía elaborada a priori muestra límites, tal como sucede en el caso de las hipertesis donde la convivencia entre discurso, soporte y práctica es total. Como lo sugería Greimas, la heterogeneidad del manifestante en las semióticas sincréticas y, si fuera este el caso, interactivas encuentra en la experiencia del contenido y del acto su unidad inmanente. Es precisamente este último rasgo de la práctica interactiva el que caracteriza la navegación hipertextual respecto a la lectura analógica.