
Cuando decimos que valoramos nuestra humanidad, en el sentido de Kant, estamos usando valorar de una manera distinta a las hasta ahora mencionadas. En ocasiones, valorar algo no tiene nada que ver con ubicarlo dentro de un dominio de evaluación, sino con verlo normativamente en un sentido positivo, como exigiendo de nosotros algún tipo de reconocimiento. Esta noción de valorar es desafortunadamente un tanto oscura, porque hay acciones y actitudes positivas muy diferentes, por ello no distingo exactamente cuáles caerían dentro de lo que sería valorar algo. Lo único claro, como afirmé antes, es que debe haber una circunstancia imaginable en la cual podríamos haber actuado de manera diferente en razón del valor. De cualquier modo, valorar a las personas y a los demás animales es al menos esto: adoptar una postura favorable hacia los intereses y los objetos de su preferencia. Valorar a las personas implica promover sus intereses y respetar sus elecciones, lo cual se logra o bien contribuyendo para consegir los objetivos de su elección, o bien, simplemente evitando obstaculizarlos. En mi ensayo más reciente, intenté expresar esta idea diciendo que al tomar nuestras propias elecciones, para conferirles valor a los objetos de esas elecciones, estamos, en efecto, confiriéndole un tipo de valor al poder de la elección racional en sí misma. Pero de hecho hay (al menos) dos formas en las cuales podemos comprender qué implica esto. De manera interesante, aunque un tanto burda, ambas aparecen en los argumentos casuísticos que Kant usa para ilustrar las implicaciones morales de la Fórmula de la humanidad.