
Valorar en el primer sentido, esto es, colocar algo en el dominio de evaluación, no es solamente una cuestión de creer que tales objetos pueden ser sujetos a criterios de evaluación, sino más bien, que necesitamos aplicar ese criterio activamente como una norma para nosotros mismos. Alguien puede pensar de una cierta actuación digamos, de ballet o de boxeo que, cada una en su tipo, se realizó bien o mal y no ocuparse más del asunto en el sentido de que para ella no existe una circunstancia imaginable en la cual actuaría de manera diferente en relación con esa valoración. Pero, exactamente, cómo se transforma el criterio en una norma para uno, depende, tanto de la naturaleza del objeto, como de nuestra relación con éste. El valor que le otorgamos a la poesía puede ser expresado a través de actividades como escribirla, leerla, apreciarla, reseñarla incluido el escribir reseñas mordaces de las composiciones prosaicas, o bien, tratar de preservar los grandes poemas del pasado. Pero el valor otorgado a la poesía no exige que la consideremos superior, por ejemplo, a la prosa, o bien, a la música. Y de la misma forma, el valor que le otorgamos a la vida gobernada por principios morales no exige considerar a la vida gobernada por los instintos y las sensaciones como una forma de vida inferior. Ciertamente en el caso de una criatura llamada por su naturaleza a realizar una vida gobernada por los principios morales, si decide vivir una vida gobernada en lo posible por sus instintos y sensaciones, esa vida es inferior, pero es así porque para tal criatura sólo puede representar una elección pobre acerca de lo que es valioso.