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Considero que hay una razón de por qué estas afirmaciones nos parecen tan extrañas. La cuestión del valor del ser moral —y me refiero principalmente ahora al don más que al ser merecedores— pertenece a un conjunto de cuestiones bastante interesantes surgidas una vez que tomamos seriamente la idea según la cual la bondad de una cosa es relativa a su naturaleza. Por dar sólo un ejemplo de lo que tengo en mente: John Stuart Mill (1979: cap. 2) es el autor de la famosa frase: "es mejor ser Sócrates insatisfecho que un cerdo satisfecho".17 Mill pensaba esto porque consideraba bueno para los seres humanos tener acceso a lo que él llama placeres superiores, por ejemplo, el placer de la poesía. Pero, ¿para quién son mejores?, ¿lo serían para el cerdo, si fuera Sócrates?, ¿cómo sería eso exactamente? Temple Grandin, en su libro Animals Makes us Human, señala que el gran placer de los cerdos es frotarse en la paja.18 La poesía no es un bien para un cerdo, por lo tanto no es algo valioso de lo que carezca, algo accesible para él si se cambiara por Sócrates, no más valioso que frotarse en la paja (algo ausente en nuestra vida), a lo cual tendríamos acceso si nos cambiáramos por un cerdo. ¿Es entonces la poesía un placer superior a frotarse en la paja? Si lo que hace a un placer superior es, como Kant y otros han sugerido, que nos hace cultivar nuestra capacidad para disfrutar de actividades mejores y más elevadas,19 entonces esa capacidad es anterior a la posibilidad de poder juzgarlo como algo superior para nosotros. Desde luego, podemos intentar argumentar que, hasta donde se puede decir, ninguno de los placeres del cerdo se puede considerar superior en ese sentido. Pero entonces quizás es que sólo para nosotros, seres humanos satisfechos, los placeres inferiores son algo vicioso. Mientras la paja siga siendo fresca, los cerdos nunca perderán el entusiasmo por frotarse en ella.

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