
Por su parte, el capital simbólico es el más complejo pues es el más difícil de definir y de medir. Para ser parte de la alta sociedad no basta tener dinero, patrimonio y buenos contactos, sino que además, se deben poseer los símbolos exclusivos de los ricos (apellido rimbombante, socialización excluyeme, rígidos códigos protocolarios, actitud gregaria y segregacionista, además del stock de base: obras de arte, mansiones, castillos, colecciones). En esta lógica, el linaje es un asunto primordial y los apellidos son el distintivo; esto podría parecer de risa en el mundo moderno, pero no lo es, pues no es lo mismo apellidarse Domínguez (o López) que Rotschild. En lo que respecta al protocolo y la etiqueta, éstos también tienen un valor fundamental pues dichas prácticas sirven como estrategia de segregación de todos aquellos que aunque ricos, no han tenido toda una vida de adiestramiento en estos menesteres. Igualmente, para pertenecer a la categoría de alta sociedad también se debe estar debidamente certificado, lo más común es la aceptación de los pares, pero en un mundo moderno tan mediatizado, esta certificación también pasa por la aparición en alguna revista del JET SET.